Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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La noche más oscura {Miklós L. DeGrasso}

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La noche más oscura {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Kala Bhansali el Sáb Ene 28, 2017 7:38 am

Acompañada por su tío, Kala emprendió el camino desde el campamento a la ciudad. Él tenía que hacer algunos encargos en distintas casas y locales, y ella quería visitar el mercado para hacerse con algunas provisiones que le empezaban a faltar. Caminaba alegremente cogida de su brazo charlando de todo lo que se les iba ocurriendo fuera cual fuera el tema. No importaba, cualquier cosa valía para entablar una conversación con él.

Llegaron al cruce que llevaba, por un lado, a la plaza del mercado y, por el otro, a la zona residencial de París. Rajesh se despidió con el clásico beso en la mejilla, seguido de un fuerte abrazo, y le recordó que se verían allí mismo para volver a casa. A Kala no le gustaba caminar sola por la ciudad, pero aún quedaba un rato de luz en el que nada malo podría pasarle. O al menos eso pensaba ella.

Caminó entre los puestos escuchando la enorme diversidad de lenguas que se hablaban allí. Aunque el recinto donde se concentraba no era excesivamente grande, era el punto central donde se reunían la mayor parte de las personas de la capital. Allí poco importaba la clase social a la que pertenecieses; tanto pobres como ricos acudían allí para llenar sus alacenas o para conseguir algo que llevarse a la boca. Incluso los artistas callejeros aprovechaban la ocasión para realizar sus trucos y sacarse así unas cuantas monedas extra.

La gitana estaba frente a un puesto de fruta cuando escuchó de pronto los gritos de uno de los tenderos que había tras ella. Todo el mundo se giró para ver cómo un niño pequeño corría con algo bajo el brazo, probablemente robado. Unos gendarmes intentaron darle alcance, pero un hombre se interpuso entre ellos y el crío, permitiendo que éste se escapara entre la multitud. Los policías, furiosos por haber sido interrumpidos, intentaron llevar detenido al hombre, pero él opuso resistencia ayudado por más gente que poco a poco se iba uniendo a la trifulca. Llegaron más agentes y estalló el caos, convirtiendo aquello en una auténtica batalla campal. Kala corrió en dirección contraria con el único objetivo de salir de allí sin sufrir daño alguno. No era la primera vez que se veía en una situación así, y tampoco sería la primera que recibiera un golpe por no marcharse a tiempo. Más gente pensó como ella y corrían todos en la misma dirección como si fuera un rebaño guiado por el pastor. No se fijaba por donde corría, tan sólo quería dejar atrás los gritos y el sonido de los golpes. Una piedra mal colocada la hizo tropezar, torciéndose un tobillo y cayendo de rodillas, magullándose una de ellas. Cojeando, siguió corriendo evitando las peleas que se iban formando en el camino entre más gendarmes que acudían a la plaza y la gente que se cruzaba en su camino.

Paró de correr cuando los gritos cesaron. Respiraba agitadamente debido al esfuerzo y sentía un dolor agudo en el costado. Se inclinó hacia delante apoyando las manos sobre los muslos y recuperando el aliento. Mientras esperaba, levantó la falda para mirarse la rodilla; la caída le había hecho un raspón que le escocía cada vez más. Del tobillo ni se acordaba. Se acercó a una fuente que había no lejos de donde se encontraba y se limpió la herida con suavidad. Después miró a su alrededor. No reconocía la calle en la que se encontraba, ni tampoco los aledaños. Suspiró.

Comenzó a caminar buscando una zona conocida desde la que poder guiarse para salir de allí, pero cuanto más caminaba más perdida se sentía. La luz iba bajando poco a poco y la gitana se sentía cada vez más inquieta. Aceleró el ritmo de sus pasos de manera inconsciente, girando en las esquinas y buscando calles anchas que le dieran seguridad, pero terminó parándose en mitad de una estrecha calle con el cielo teñido de un azul oscuro.

Genial —murmuró.



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Re: La noche más oscura {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Jue Feb 09, 2017 2:48 pm

Para los sensibles oídos de Miklós, el sonido rasposo de su incipiente barba contra el muslo de la cortesana entre cuyas piernas había terminado se le antojaba casi insoportable, tan horriblemente intenso que le estaba produciendo migraña. ¿O era, más bien, la ausencia de opio la responsable de ese tamborileo incesante en su cabeza? Porque, aunque no quisiera reconocerlo, después de la larga temporada que llevaba sumido en la calma que le proporcionaban los opiáceos, renunciar a ellos lo habían convertido en un ser absolutamente enmonado, que necesitaba hundirse en cualquier cosa, lo que fuera, hasta el cuerpo de una mujer hermosa, para conseguir el mismo efecto. Lo cierto era que realmente ni él mismo sabía por qué había decidido parar con la droga, tan fácil de conseguir como el rapé; simplemente sabía que lo había hecho, y que, como consecuencia, había terminado en un burdel, ¡de cualquiera de todos los sitios posibles precisamente! Aunque realmente no era tan raro que Miklós se entregara a los placeres de la carne, sí lo era cuando, y lo había comprobado varias veces de forma empírica, cada mujer con la que se cruzaba tenía un mismo rostro, que él conocía tan bien que hasta con los ojos cerrados sería capaz de dibujar. Tal vez intentando romper con esa dinámica, el húngaro había decidido reincidir, porque a tozudo no lo ganaba nadie, y quizá de ese modo lo consiguiera. Hasta el momento, el veredicto, efectivamente, había sido positivo, pero los excesivos estímulos sensoriales que él captaba, como si no se hubiera transformado bien en persona desde la última vez que había sido un gato gigante, lo hacían pensar demasiado, y si pensaba, la veía. Por tanto, para evitarse el mal trago, decidió volcarse de lleno en la tarea que tenía entre manos, tan literalmente que le habría dolido de no ser porque estaba ocupado dando y recibiendo placer, momentáneamente liberado de las cadenas que él mismo había sido responsable de ponerse. Cómo no… Era sadomasoquista; ¿acaso alguien esperaba otra cosa de él?

Así pues, el revolcón (los revolcones, de hecho, porque él jamás se conformaba con uno solo) llegó a su fin, y también lo hizo su estancia con una mujer tan opuesta a su Imara que la sola idea de que pudiera llegar a confundirlas solamente podía hacer dudar de su escasa estabilidad mental. En cuanto dejó los billetes sobre el cuerpo dormido de la mujer, el húngaro se escabulló como si se avergonzara de ella, cuando lo hacía de sí mismo, y era precisamente en momentos como aquellos en los que realmente se arrepentía de su profundo deseo de sentir algo, lo que fuera, pues la vergüenza no era algo que estuviera precisamente ansioso por experimentar. Dios, desde siempre, se había caracterizado por un humor particularmente cruel cuando se trataba de él, pero como pecador plenamente consciente de que lo era, Miklós jamás había llegado a esperar que se le tuviera piedad, o incluso un mínimo de humana consideración. Por eso, a sabiendas de que estaba solo y solo seguiría aunque hubiera descubierto, en París, a más familia de la que creía que tenía, se encendió uno de los cigarros que había conseguido gracias a un trabajador de la tabacalera, que los vendía baratos; el humo le tapó el rostro, creando una cortina tras la cual se permitió ocultarse un instante, lo que le llevó decidir qué haría a continuación: vagabundear sin rumbo hasta encontrar dónde caerse muerto, o si no, simplemente dormido. Indiferentemente, pues, a todo estímulo externo, Miklós comenzó a arrastrar los pies, convenciéndose de poner uno detrás del otro tras un largo debate mental que solamente le llevaba en torno a medio segundo, y así fue como inició el camino que lo llevó a otro tiempo, otro lugar y otro momento, hasta si seguía en el presente, en París y tras un encuentro pasional con una prostituta oriental. – ¿Kala…? – preguntó, con el ceño fruncido, y se permitió mirar a su alrededor, únicamente para darse cuenta de que se encontraba en un callejón, igual que ella lo había estado desde vete tú a saber cuándo.

¿Qué demonios había hecho él mal para que, sin excepción, París le presentara, en los peores momentos, rostros conocidos de su pasado…? O, mejor dicho, ¿qué había hecho cambiar de opinión a Dios para presentarle a alguien que no le provocaría, o eso esperaba, más necesidad de hundirse en los opiáceos de la que ya tenía…?




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Re: La noche más oscura {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Kala Bhansali el Sáb Feb 18, 2017 11:20 am

El callejón se extendía frente a ella con una iluminación tenue que lo único que conseguía era hacer que la joven quisiera echar a correr en cualquier dirección. Seguía parada en mitad de la callejuela, mirando hacia todos los lados, desde el cielo oscuro hasta los adoquines de la calzada. No se oía ni siquiera el susurro del viento. Comenzó a caminar de nuevo con paso renqueante. La rodilla le dolía, pero sabía que hasta que no llegara a un lugar más transitado, detenerse no sería buena idea.

No había dado ni dos pasos cuando el sonido de una botella rota le llegó desde su espalda. Se giró de golpe. Lo siguiente que escuchó fue el maullido estridente de un gato que echaba a correr en dirección contraria a la suya, y después, silencio. Sólo silencio. Kala tragó saliva, se humedeció los labios y se agarró la falda a la altura que le habían quedado las manos. Tenía que conseguir salir de allí. Sabía que la ciudad no era segura de noche, y no porque lo hubiera vivido en carne propia. En el campamento se contaban historias que bien podían ser sólo leyendas, pero, si uno se tomaba el tiempo de fijarse, había detalles que hacían recapacitar sobre el origen de las mismas. Algunos tomaban a estos cuentacuentos por locos, pero Kala sabía que no todo era mentira. Sí era cierto que adornaban las historias dándoles, quizá, un tono mucho más tenebroso que el que realmente tenían, y el boca a boca sólo conseguía acrecentar ese aura misteriosa que envolvía a todo lo tocante con los seres de la noche, pero la base, la semilla que había originado aquel cuento, era cierta. La gitana lo sabía y no estaba dispuesta a experimentarlo por sí misma.

Se dio la vuelta y siguió su camino, con los ojos clavados en el suelo. Volvió a pararse y se giró para cambiar de dirección, siguiendo al gato que había huído calle arriba. Dio unos pocos pasos, pero se detuvo de nuevo. Cerró los ojos y respiró hondo, intentando centrarse. Cambió de idea por tercera vez, sólo que esta vez, al girarse para seguir el camino inicial, se encontró con la figura de un hombre frente a ella. Dio un respingo y ahogó un grito, tapándose la boca con la mano. El desconocido se había detenido a la sombra entre dos de las luces que alumbraban la calle, con lo que a la gitana le resultó imposible verle el rostro. Quiso dar la vuelta y correr, pero había sido tal el sobresalto que se quedó congelada en el sitio. El hombre se acercaba hacia ella, envuelto en una nube de humo procedente del cigarro que fumaba. Kala creyó que no volvería a ver el campamento, ni a su gente, ni a su tío. ¡Su tío! Estaría esperándola donde siempre, y lo haría eternamente, porque no pensaba que saldría de allí con vida.

Y de pronto, cuando se vio completamente perdida, escuchó su nombre en labios de él.

Entornó los ojos y miró al frente. Dio un paso y luego otro en su dirección, con precaución pero llena de curiosidad. La nube de humo fue disipándose poco a poco, mostrando a aquel que se ocultaba detrás. Lo que vio fue un rostro conocido, un rostro que hacía mucho tiempo que no veía y que, a decir verdad, no pensaba volver a encontrar. Clavó los ojos en él mientras erguía el cuerpo, ya sin miedo, pero tenso igualmente. Flashazos de escenas ocurridas años atrás cruzaron su mente de manera fugaz, imágenes que despertaban viejas sensaciones que hasta ese momento había creído olvidadas. Su mente tardó en reaccionar porque, de todos los hombres que había conocido a lo largo de su vida, él era el que más la había podido sorprender.

¿Miklós? —preguntó, todavía sin estar del todo segura—. Qué... —”¿haces aquí?”, fue a preguntar, algo bastante absurdo, dada la situación—. Sorpresa.

No sabía bien qué decir o qué hacer. Se quedó mirándole de arriba a abajo, observando el casi inexistente paso del tiempo en él. ¿Cuánto había pasado desde la última vez que se vieron? Años, pero Miklós seguía igual —o muy parecido— a como ella le recordaba, al contrario que Kala, que estaría mucho más cambiada en comparación. La gitana sonrió y se rió suavemente mientras negaba con la cabeza. No sabía si aquello había sido mera casualidad o algún extraño juego del destino, pero se alegraba de que fuera él, y no otro, el que la había encontrado allí.

Eres la última persona con la que me esperaba encontrar hoy aquí —comentó, cambiando el peso de pierna y adoptando una postura más natural. Después cruzó los brazos debajo del pecho, encogió los hombros y apretó los labios—. ¿Cómo estás? —dijo finalmente, sólo para comenzar una conversación que desconocía si él querría tener.



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Re: La noche más oscura {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Miér Mar 01, 2017 2:09 pm

¿Sorpresa? Efectivamente. ¿La había sentido como tal él, apático como aún permanecía, abrumado en su indiferencia, inerte en cuanto a las emociones gracias a los efectos del opio, del sexo y de sus innumerables traumas? No. Pero si algo se le daba bien a Laborc era mentir y fingir que sentía cuando, en realidad, no lo hacía, así que se permitió sonreírle a la mujer que era como un producto de sus fantasías (cuando éstas no las copaba Imara, claro estaba...) e introducirla en el caos de su vida, consciente de que esa no era una buena decisión. Pero ¿cuándo lo era alguna de las que él tomaba? Se caracterizaba por su impulsividad cada vez que se ponía como un gato enfurecido, que bufaba a diestro y siniestro, e incluso por existir, por el simple hecho de que, como felino, podía pasar de querer ser acariciado a morder en cuestión de segundos. Lógicamente, semejante variedad de actuaciones debía afectar a su capacidad de toma de decisiones, y aunque tal vez eso fuera lo único en lo que Miklós se caracterizara por la lógica, lo cierto es que estaba a punto de cometer otra locura, como era seguir hablando con ella. Por todos los santos, ¿cuánto tiempo había pasado? En una de sus etapas más desvergonzadas, aunque Miklós no se avergonzara precisamente de su pasado (únicamente lo hacía de algo en lo que Kala no tenía nada que ver, aunque también fuera protagonizado por una mujer), se la había cruzado y la había desvirgado, para después marcharse como el reptil que, en el fondo, también era. Entonces ella era casi una niña, claro, y aunque en su cultura las mujeres se desposaran pronto y se introdujeran en lo carnal aún antes de eso, seguía quedándole el regustillo amargo en la parte trasera de la lengua de saberse el que la había corrompido... Aunque ella no pareciera echárselo en cara. Es más, parecía genuinamente alegre de haberlo visto en un callejón cualquiera de la ciudad de París, por lo que ese fingimiento que se había creído que tendría que experimentar antes se tornó, al menos en una pequeña medida, real.

– Qué... hago aquí, ¿no? No me mires así, es lo que cualquiera en nuestras circunstancias preguntaría. – aventuró él, encogiéndose de hombros, y al final incluso se permitió un ligero guiño travieso, como si dentro de él hubiera un adolescente juguetón que estuviera intentando salir a la luz. A propósito, buen ejemplo de la parquedad del húngaro, refiriéndose a su pasado conjunto como “nuestras circunstancias” e ignorando absolutamente el hecho de que Miklós se encontraba deseando cada vez más repetir el pasado que los había unido, aunque sólo fuera llevándola otra vez al lecho. Podía culpar al opio, a tener aún fresco el recuerdo y el sabor de una mujer por la que había pagado (otro acto desvergonzado del que nunca se arrepentía; con razón tenía asumido que iba a ir al Infierno...), o a cualquier cosa que se le ocurriera, pero el húngaro era plenamente consciente de que si aún se sentía atraído era enteramente por ella. Efectivamente: Kala se había convertido en una belleza, como ya había intuido en sus años de juventud, y frente a él, tan morena en un mar de rostros pálidos y muy semejantes, la convertía en un dulce apetitoso, en una jugosa fruta con la que él, repentinamente muerto de sed, fantaseaba sin que se le notara en el rostro. – Lo cierto es que llevo unos años viviendo aquí. He vagabundeado por todo el continente, pero finalmente decidí asentarme en París. Supongo que hubo algo que me atrajo, y que conociera el idioma era una gran ventaja. ¿Y tú? ¿Cuál es tu excusa? – inquirió, finalmente, aunque le daba vueltas a lo que había visto por el rabillo del ojo mientras su mente vagaba: el gesto de Kala, inconsciente de que él lo notaría, de cambiar el peso del cuerpo de una pierna a la otra. Un nuevo vistazo, directo esta vez (y un tanto desvergonzado también, para qué nos vamos a engañar), hizo que se fijara en su rodilla, y sin mediar palabra, rápida y elegantemente, se agachó y sostuvo su pierna herida con ambas manos, ásperas al tacto pero suaves en el contacto. – Esto tiene una pinta muy fea, Kala... Deberías sentarte a descansar. – sugirió, con las manos aún clavadas contra su piel, y mirándola desde una perspectiva que, con su rostro, clamaba todo tipo de indecencias si se le permitía hacer lo que le viniera en gana.

¿En qué momento había pasado de ser el hombre apático de siempre a un seductor nato, que ni siquiera pensaba en lo que estaba haciendo y simplemente lo hacía? Él, por descontado, lo ignoraba, pero lo cierto era que Kala estaba despertando una faceta dormida en el Miklós del presente, y eso podía ser tanto bueno como malo... dependiendo de qué estuviera dispuesta ella a hacer con él.




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Re: La noche más oscura {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Kala Bhansali el Mar Mar 14, 2017 4:25 pm

No te miro de ninguna manera —aclaró con una media sonrisa en el rostro—. Pero sí, supongo que nuestras circunstancias me han llevado a preguntarme eso —dijo, encogiendo los hombros ligeramente—. Aunque eso no significa que no haya sido una sorpresa verte.

En realidad no le miró de ninguna forma distinta a la que solía hacer, pero en sus ojos sí se podía apreciar ese ligero brillo que surge al ver algo que te agrada. Porque sí, a pesar del tiempo y de otros hombres que habían pasado por su vida, a Kala le seguía gustando Miklós. Era algo de lo que cualquiera se daría cuenta a simple vista, con lo que el cambiante tuvo que apreciarlo casi antes de verla frente a él.

Da la casualidad de que también vivo aquí, desde hace bastante tiempo, además —contestó, refiriéndose al hecho de que se encontraba en París y no en cualquier otra ciudad. Qué hacía en aquel callejón en particular se lo ahorró, porque le daría a Miklós motivos de sobra para que se estuviera riendo de ella el resto de la noche—. Digamos que a mí no me quedó otro remedio. Creo que, de haber tenido ocasión, habría elegido otra ciudad. París no me gusta demasiado, pero, bueno... ya me he acostumbrado a ella —comentó—. Lo cierto es que para estar viviendo los dos aquí nos hemos visto poco.

Más que poco, era más bien nada, y estaba claro que era porque no frecuentaban los mismos ambientes. Kala no solía visitar la ciudad, a pesar de que ésta ofrecía infinidad de opciones. Disfrutaba mucho más de la libertad que le brindaba el campamento, aunque a primera vista pareciera más sucio, maloliente y, en general, poco apetecible. Casi todo lo que necesitaba para su día a día podía conseguirlo de manos de sus vecinos, que ofrecían gustosos sus mercancías a cambio de otras cosas distintas, unos francos, y a veces incluso sólo como un favor hacia el prójimo. El campamento era como una gran familia a la que la gitana se había acostumbrado y de la que le costaba alejarse durante demasiado tiempo. Además, sabía bien la imagen que el resto de habitantes de la urbe tenían sobre ellos, y eso era algo que sólo conseguía aislarla más del resto del mundo.

Casi antes de que terminara de hablar, Miklós se agachó frente a ella y le sostuvo la rodilla herida que analizó con detenimiento. La piel de la gitana se erizó con el contacto sin poder evitarlo. Algo bastante tonto, a decir verdad; esas mismas manos habían tocado zonas mucho más íntimas de su cuerpo, pero la sensación de volver a sentirlas contra su piel morena la devolvió a otro tiempo y a otro escenario muy distinto al que se encontraban en ese momento. Inclinó el cuerpo hacia delante y apoyó una mano en el hombro de él para mantener el equilibrio, bastante precario debido al gesto repentino de la pantera. Él la miró desde su posición y ella hizo lo propio desde la suya. La que parecía una conversación cualquiera sobre su herida surtió el efecto contrario en Kala: no le parecía que estuviera siendo para nada inocente. Sintió como su pulso se aceleraba hasta el punto de que tuvo que desviar sus ojos hacia la rodilla, completamente azorada.

Sí, será mejor que me siente —murmuró, bajando la falda y tapando la pierna.

Miró a su alrededor y encontró el alféizar de la ventana de una planta baja próxima a ambos. Se acercó despacio y apoyó las palmas de las manos para subirse de un salto. Nada más sentarse sintió el cansancio en todo el cuerpo. Se dio cuenta de que hasta que no se había cruzado con Miklós no se había atrevido a pararse para descansar. Toda la caminata hasta la ciudad, la carrera para salir del mercado, la caída y, ahora, todo el tiempo que había estado vagabundeando sin encontrar el camino a casa. Sin duda, necesitaba descansar. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la ventana que tenía detrás durante unos pocos segundos. Después dobló la rodilla herida y la levantó hasta poder apoyar el pie sobre el mismo alféizar, de tal manera que pudiera comprobar cómo estaba. Tal y como había dicho el cambiante, no tenía buen aspecto, pero cosas peores le habían pasado.

Así que —dijo limpiando la piel alrededor de la herida con el bajo de la falda— de entre todas las ciudades que habrás visitado, e imagino que habrán sido muchas, París es la única que ha conseguido atraerte lo suficiente como para quedarte a vivir, ¿no? —Paró para mirarle un momento, pero siguió con su tarea enseguida—. ¿Puedo preguntar qué le viste a esta ciudad? Es fría, el Sena cada vez huele peor y los franceses son… aburridos. Y remilgados.—Soltó la falda para mirarle definitivamente, esperando que se quedara un poco más con ella para que, al menos, le diera tiempo a descansar.



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Re: La noche más oscura {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Vie Mar 17, 2017 6:10 am

Efectivamente, era una casualidad, pero con la población de París, ¿realmente le resultaba sorprendente a alguien que no se hubieran encontrado hasta aquel momento...? Seguía tratándose de la misma ciudad donde había encontrado a un padre que no estaba buscando y a la hermana a la que se había pasado los últimos años rehuyendo a la vez que intentaba hallarla con toda su desesperación; si eso, ¡y más!, le había pasado a él, ¿cómo no iba a ser posible encontrarse a una mujer que formaba parte de su pasado? Y sin embargo le seguía resultando extraño, tal vez porque ella formaba parte de un tiempo en el que él había sido satisfactoriamente feliz, y ese tipo de sorpresas no eran las que la ciudad le tenía reservadas, en absoluto. No: Kala Bhansali, con el rubor de sus mejillas (tan satisfactorio como solía recordarlo), era un regalo inesperado que él planeaba disfrutar un tanto, y por eso la siguió hasta el lugar donde ella decidió descansar, prácticamente embobado con el vuelo de su falda. Si algo recordaba de la mujer que tenía delante, aparte de la calidez y suavidad de su cuerpo, eran los colores que siempre parecían envolverla a través de telas finas y sedas ricas, tan exóticas como ella, tan fuera de lugar en París como sólo ella. – París tiene una capacidad especial para juntar a lo mejor de cada casa, o de lo contrario, no tiene sentido que yo haya terminado aquí. No, lo cierto es que no creo que encajes bien aquí, es demasiado estructurado y opresor para ti, y lo digo en el mejor de los sentidos. – afirmó Miklós, y por una vez así era, ya que, con ella, no debía hacer acopio de ningún tipo de acritud u hostilidad, sino que le salía más fluidamente lo de comportarse como el ser educado en el que Eszter había intentado, con todas sus fuerzas y limitaciones, convertirlo. – Yo terminé aquí por casualidad, estuve un tiempo viajando pero descubrí que no había ciudad más pecaminosa que esta, y sabes que siempre he estado muy próximo a la corrupción en todos los sentidos. – afirmó, sin inmutarse lo más mínimo.

Ella, mejor que nadie, sabía bien que Miklós era sincero cuando hablaba de corromper; a fin de cuentas, la había desvirgado, sin importarle la diferencia de edad, que si ya era considerable, entonces lo había sido más al ser ella literalmente joven e inexperta. Sin embargo, Kala también había conocido una faceta de Miklós que el resto del mundo no solía tener la oportunidad de conocer, y que de hecho únicamente su Imara conocía: Kala había conocido al Miklós que no era mala persona, y que además se había llegado a preocupar por ella. La pregunta más apropiada, por tanto y dadas las circunstancias, no era ya qué demonios estaba haciendo un hombre como él en un lugar como París, sino qué quedaba del hombre que ella había conocido en el cascarón vacío que aún seguía siendo capaz de ruborizarla sin siquiera esforzarse para conseguirlo. Tristemente, el húngaro ignoraba la respuesta a esa pregunta (aunque suponía que no mucho, y sus suposiciones podían llegar a ser bastante acertadas cuando se trataba de sí mismo), por lo que tendrían que seguir hablando para poder descubrirlo. Desde luego, a él eso no le importaba en absoluto. – Hay lugares que podrían llegar a gustarte más. La Provenza, tal vez, o incluso el interior; cerca de aquí hay unos cuantos pueblos, y al norte, en los Países Bajos, los campos de tulipanes eternos tal vez te gustarían. Aunque, claro, si te molesta el frío aquí, ni hablar del norte, o de mi tierra. Los inviernos húngaros son inclementes, mucho más que lo de aquí, pero no somos tan estirados y pomposos, o al menos eso me gusta creer. – afirmó él, encogiéndose de hombros, y pasando de puntillas por la pregunta que realmente captaba su curiosidad, y que ella también había dejado caer casi con cierta indiferencia, tal vez para que él no le prestara mucha atención. ¿Por qué no le había quedado más opción que París? Tal vez hubiera encontrado a un familiar, como él, o tal vez hubiera encontrado una oportunidad laboral única, pero eso último lo dudaba, francamente. Así pues, ¿qué era? – Bueno, dime. ¿De qué huías, exactamente, que te arrastró hasta aquí? Yo de mi padrastro. En realidad, del padre de mi hermana, pero le molesta más que le recuerde el vínculo familiar, así que usaré eso. Intentó matarme, y tuve que huir. ¿Y tú? – se sinceró.

Resultaba sorprendente que lo hubiera hecho, sobre todo cuando no se avergonzaba nunca a la hora de mentir y ese era un recurso que utilizaba a menudo, pero con Kala, no le importaba. Ya lo conocía más que muchas personas con las que se relacionaba, y no era peligrosa, así que no había riesgo al contarle algo tan privado como eso. Al menos, él no lo veía.




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The thought alone makes you swallow your hope:
And now it's harder to cope:
And I don't know where I'll go:
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Re: La noche más oscura {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Kala Bhansali Hoy a las 3:49 pm

Estructurado y opresor. Era una buena forma de definir la ciudad de París para una mujer como ella, tan distinta a todo lo que se veía en las calles que era difícil que pasara desapercibida. Quizá por eso no pisaba demasiado la ciudad; la mezcla de culturas que había en el campamento era el mejor de los camuflajes para ella, donde era sencillo encontrar a alguien con una actitud similar a la que tenía Kala, muy distinta a la de los franceses, y muy distinta también a la de Miklós. Por un momento, se lo imaginó con esa pose refinada, con ese caminar recto y delicado y esas maneras tan finas que a veces resultaban incluso femeninas, y se rió sin ocultarlo. No, él no era pomposo, refinado, y ya no digamos delicado. Tenía otras muchas características que atraían a la gitana, pero se diferenciaban tanto de las de los franceses que quizá fuera eso lo que vio en él la vez que se conocieron, tantos años atrás.

He oído hablar de esos campos de tulipanes, pero no he tenido el placer de verlos en persona. Tampoco es que haya tenido muchas opciones de viajar por el mundo, aunque te confieso que me gustaría mucho. Huir de este frío, eso sería genial. —Estiró la falda tapándose las piernas, como si quisiera combatir las bajas temperaturas de la noche—. No es que no lo soporte, es más, me encanta ver nevar. En Ceylan no se ve la nieve —dijo, como si él supiera de dónde venía ella. No recordaba si se lo había dicho alguna vez, pero la forma natural que tenía Miklós de hablarle de su tierra se le contagió, haciendo que ella confesara cosas que a otros ocultaba por precaución, por vergüenza o por no querer recordar—. La Provenza es el sur, ¿verdad? Allí el clima será más parecido al de mi tierra, supongo. El de París es demasiado distinto. Aquello es cálido, y sobre todo muy húmedo. Es ese calor que se queda pegado a la piel y no hay forma humana de quitártelo de encima. —Así dicho, sonaba a algo horrible y parecía imposible que a alguien pudiera gustarle, pero cuando te lo arrancan de golpe y sin ninguna otra opción, se echa de menos tanto como el buen vivir o un ser querido—. Lo que se me hace cuesta arriba es pasar tantos días de frío, y lluvia, y más frío, y más lluvia. Cuando empieza el invierno me dan ganas de meterme bajo un montón de mantas y no salir hasta la primavera.

Y tras eso, llegó la pregunta. Ella ya lo había dejado caer sin darse cuenta, y le había estado dando más pistas sobre su procedencia. Al principio dudó en contárselo, no porque no se fiara de él, sino porque era algo que no acostumbraba a contar a la primera de cambio. Pasar tanto tiempo en silencio con respecto a ese tema la había vuelto reacia a hablar de ello, pero al ver que el propio Miklós se sinceraba con ella de manera tan natural y de que las historias de ambos no se diferenciaban tanto, decidió que no perdía nada, al contrario.

Yo huí antes de que lo intentaran —contestó. Se abrazó las piernas pegándolas a su cuerpo y apoyó la barbilla entre las rodillas—. Mi padre era el capataz de una plantación de té. El dueño anterior murió, y el que vino después no era tan... permisivo, vamos a decir —comenzó a explicar—. No nos dejaba hablar tamil en su presencia porque ni siquiera se molestó en aprender lo básico, así que siempre pensaba que lo usábamos para decir algo malo sobre él. Y, por supuesto, no podía permitir algo así, así que, simplemente, lo prohibió. Tuvimos que aprender inglés, pero no todos lo tenían fácil. Castigó a mucha gente.

El castigo por hablar la lengua de su tierra era un latigazo por cada palabra, pero como no sabía cuándo terminaba una y empezaba la siguiente, siempre daba unos cuantos de más, por si acaso. Era un hombre muy cruel, y eso se reflejaba en el ambiente, que había sido tranquilo y alegre hasta que él llegó. Kala recordaba aquellos años con terror, y el poco inglés que llegó a aprender deseaba olvidarlo para siempre. No le gustaba oírlo, y mucho menos entenderlo.

Llegó un punto en el que creía que los trabajadores estaban organizando una revuelta en su contra, y acusó a mi padre de haberla empezado. Por supuesto eran todo imaginaciones suyas, pero dos de mis hermanos sufrieron sendos accidentes que mi madre no se creyó, así que nos dividió al resto llevándonos con distintos familiares. —Se encogió de hombros—. A mí me envió con mi tío, su hermano. Adivina a dónde.

Sonrió y deshizo el nudo de los brazos, dejando caer las piernas. Las manos las metió debajo de éstas, aprisionándolas contra el alféizar. Se miró los pies y los agitó pegando con los talones en el muro. Después miró a Miklós de nuevo y miró su rostro con detenimiento.

No has cambiado nada —dijo—. ¿Estás un poco más delgado, quizá? Pero no es muy notorio. La verdad es que podría reconocerte en cualquier lugar.



elle:




Om Shanti:


Eṉ nēram:

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Kala Bhansali
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Re: La noche más oscura {Miklós L. DeGrasso}

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