Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Katakomben von Paris; das Phantom

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Katakomben von Paris; das Phantom

Mensaje por Moune el Jue Feb 02, 2017 9:02 pm


Un cadáver; la putrefacción, la pérdida del rigor del cadáver, los huesos perdiendo la figura de la humana que era, colgada había sido, que solo el cráneo con la médula espinal yacían con la cuerda floja, desgastada, pelada, con sus restos caídos, al menos en la dureza de la alcantarilla yacían y no en las aguas del drenaje fluyeron, sin saberse si el mal olor es del cadáver o del sitio en sí. Nadie se acordaba de su existencia, nadie oró para su eterno descanso, fue olvidada (más nunca era recordada en vida, todos la querían ver muerta que el día llegó y nadie sufrió por ella) tan miserable fue y sigue siendo, si había una deidad ni se compadeció de ella, la dejó vagar en el mundo de los vivos, sufriendo por los pecados que ha cometido, pero ella no tuvo la culpa, ella vivió con la enseñanza de que era una mujer, todos la trataban como una, que el descubrir, el saberse que era un hombre, ni ella misma lo cree, aun no lo admite, es una falacia más para ir en su contra, para desdeñarla, maltratarla como siempre ha sido. Ha padecido desde su nacimiento, que ahora podía esperar lo peor, y así fue.

Sus restos siguen yaciendo en esa alcantarilla, por algo se esconde en las catacumbas, cree que es el único lugar donde nadie más le podrá hacer daño, no, hasta en ese instante lo creyó, pero no fue así, alguien, un animal, un roedor de los bajos mundos, uno de tantos que vive en esta pestilencia, estuvo merodeando por el lugar de su muerte, paseándose de aquí y allá por encima de sus huesos, ¡no tuvo respeto por los restos! Han pasado años (demasiados, una era, un mundo totalmente distinto al que vivió) que solo eran huesos disecados, dispersados, se veían al menos la forma de lo que era su cuerpo, pero aquel animal, se posesionó de un dedo, (el muy bastardo creyó que era alimento!) Un hueso con el que podía jugar, encariñarse como un perro, al que le lanzan para que lo atrape, ¿tan jugoso era para morderlo, sujetarlo en su hocico? Porque ese ratón así lo hizo, arrastraba ese dedo, más no se percata que es el más valioso para Moune, pues es el dedo que porta su pasado, su presente y futuro. Uno donde porta sus alegrías, penas, traiciones, un amor, el odio, la vida y la muerte, en ese se resuena un metal arrastrándose, no sabe que ahí se halla un anillo, un valioso artefacto de unión y desunión. Que entre sus cuatros patas, esa miniatura hizo daño inconscientemente al fantasma de ese cuerpo.

Moune sintió como si le faltara algo, un arrebato de terror que le alarmó, le hizo desaparecer y aparecer en el lecho de su muerte. Y ya no estaba, ahí se observó, dolida, aterrada, observando cada segmento, cada lazo de los huesos, pero en especial, una marca estaba ahí, un faltante le marcaba, su dedo, en especial donde portan el anillo de bodas, en su dedo anular de la mano izquierda. Vago, de un lado a otro en su búsqueda, ella se imaginaba de un animal, si, diminutivo, por lo que siguió inspeccionando el lugar. Con sus irises rojizas y húmedas, el llanto era inevitable, la congoja insuperable, quizás, solo quizás, su marido la quiera seguir torturando, quizás, solo llegó a su mente, que podría ser él quien la quiera destruir nuevamente.

Que comenzó a recorrer su mundo, su escondite, y su reino, la princesa, reina en las catacumbas, que las conoce mejor que nadie, desde sus creaciones, desde que comenzaron a cavar, ella, ya lo llamó castillo. (Las salidas de las alcantarillas le llevaron al bajo mundo de tierra excavada) Recorriendo ese laberinto, dolida, y torturada avanza, con el cuerpo en que fallecio; tan atroz y hermoso para ese mundo secreto, gimoteando en busca de su mas preciado recuerdo, porque del anillo, no se sabe dónde quedó, pero su dedo, su dedo necesita primeramente.


«Me han convertido en una lagrima pútrida que descabeza a la razón, un alfiler que cae en mi habitación. Mirando el espejo me encuentro, diciendo: -hipócrita el reflejo. -miro mis ojos, y temo.»

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Re: Katakomben von Paris; das Phantom

Mensaje por Melchior el Sáb Feb 04, 2017 9:12 pm



Katakomben von Paris; das Phantom
los tesoros son juzgados a criterio del explorador

Polvo ancestral, pestilencia eterna, lodo surgido del desecho humano, persistente humedad y el chillido de millares de pares. ¿Acaso había sitio más confortable que las alcantarillas para un roedor? Allí no había luz cegadora, animales desprestigiados que buscaran darles caza, mucho menos el menosprecio de los hombres. Melchior se conformaba con aquella vasta vía de conductos atroces por los que circulaba un arroyo de excrementos, pues en aquel sitio nadie le buscaba, podía destrozar cualquier objeto que encontrara, tomarlos en propiedad sin que nadie pudiese acusarle de ladrón y desafiar en velocidad a sus semejantes, aquellos que no adoptaban la forma de sus enemigos.
No resultaba sorprenderte que el niño se introdujera en aquel universo hediondo para librarse de las presiones impuestas por la sociedad, en ese sitio podía hablar su propio idioma, promulgar sus inherentes modales y predicar su concerniente religión. Quizá las alcantarillas no fuesen el territorio más idóneo para el contento de un lirón, pero los bosques ya constituían un escenario igual de opresor que la mansión donde habitaba como humano; por su corriente sanguíneo fluía la inequívoca ascendencia de su madre, la de una inmunda rata que en ningún momento se aceptó como tal. Había sido un desperdicio criado con los dotes de una princesa.

El niño ostentaba vastos conocimientos del recorrido subterráneo realizado por los túneles del alcantarillado; sabía de la región que se inundaba en los días lluviosos, estaba muy al tanto de las salidas bloqueadas donde las brujas preparaban sus rituales e incluso había presenciado en aquel infierno un atroz asesinato y hurtado del cadáver, luego, una muela maravillosa, tan podrida como su lecho de muerte.
El único inconveniente que exponía aquella carretera secreta era la inexistencia de sitios seguros para abandonar sus tesoros, ya fuese porque los otros roedores le hurtaran sus pertenencias o porque el ascenso de la pestilente marea arrasara con los muros de su alcance. Era por ello que el sitio seleccionado por el niño para alojar sus valores residía en las catacumbas. ¡Ah!, qué sitio tan maravilloso, repleto de cadáveres olvidados, de arañas abismales, pertenencias oxidadas e infinidad de nichos sinuosos entre los que jugaba a las escondidas.

Relatemos, pues, lo acontecido en la pertinente ocasión. Melchior iba de tránsito por las concurridas cloacas, habíase escapado hacía algunas horas de su habitación con objeto de evadir la asistencia a otra de sus clases y yacía, entonces, recorriendo las regiones más inhóspitas del laberinto. Aunque, como se ha mencionado, el pequeño llevara impresa en la memoria una infinidad de rutas subterráneas, aún le restaban varias por explorar; París era una ciudad demasiado grande para que develara sus misterios en apenas unos meses y lo cierto era que no siempre se hallaba de humor para iniciar una aventura, mucho menos cuando la temperatura era tan baja.
Recorrió las canaletas con sumo entusiasmo, topándose con edificaciones que debían datar de épocas ancestrales, seguramente no quedaran mortales vivos que hubiesen presenciado su construcción.
En cierta instancia de la travesía arribó a una suerte de descanso, quizá correspondiese a una región empleada para la locación de cadáveres en alguna otra época y por ello ostentara entonces una gran cantidad de restos óseos. El roedor se internó, anonadado, entre las decenas de vestigios humanos que yacían entre la piedra; se había topado con un reducido paraíso de su exclusiva propiedad y debía remarcar su autoridad esparciendo su aroma por todo el recinto.

Melchior consideraba ya haber descubierto su gran botín del día, mas algo en aquel extraviado cementerio hizo que detuviera su quehacer y se aproximara a contemplar. Desde la bóveda de roca que envolvía el escenario un cráneo y su médula pendían inertes; el niño se preguntó si aquella persona habría sido asesinada allí mismo y le colmó la inquietud; en el suelo se alojaban las restantes partes del esqueleto, en idéntico estado de putrefacción que sus montones de centinelas, sin embargo, uno en aquel cúmulo de huesos clamó su siniestra atención. Era pequeño, la congregación de tres falanges adosadas por musgo y telarañas, pues resultaban tan añejos que se presentaba imposible el que conservaran la carne.
¡Era sublime! Un dedo maravilloso, frágil al tacto de sus diminutas patas, aparentaba valer más que cualquier otro despojo en aquel basural y fue juzgado digno de pertenecer a su creciente colección de tesoros.

Lo alojó entre sus dientes, en custodia de su mandíbula y recorrió en su posesión el camino que le conducía hasta las catacumbas; allí los muertos aparentaban una decepcionante juventud en comparación con los acumulados en su nueva cámara de los secretos, pero no podía privarse de la practicidad que le brindaban los nichos con sus limitados féretros, uno de los cuales acogía un cuerpo cuya calavera se hallaba agujereada y dentro de la cual, el pequeño, resguardaba sus objetos de valor.
Arribó a su equis en el mapa y tomó asiento sobre el suelo que le presidía; allí adoptó la forma que le correspondía como humano y se recargó contra la pared para comenzar un detenido escrutinio de su nueva adquisición. Cada una de sus grietas resultaba fascinante para el jovencito, quien tomó la decisión de pausar su actividad para encender una de las antorchas que adornaba las paredes, el resplandor del hueso a la luz de las llamas le sumió en un estado de creciente sopor, le hubiese encantado conocer al dueño original de aquella magnífica extremidad.
De improviso, un impropio viento sopló entre los pasillos del santuario, haciendo oscilar la flama de la tea; un llanto agónico hizo eco en las paredes y una presencia extraña alertó los sentidos del lirón, quien se puso de pie inmediatamente, en estado de alerta latente. Desnudo como estaba disponía, únicamente, de dos posibilidades: enfrentarse al intruso con riesgo seguro de perecer o huir a la primera señal de peligro.


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Re: Katakomben von Paris; das Phantom

Mensaje por Moune el Mar Feb 21, 2017 9:38 pm

Una vez hizo una confesión, no volverá a pasar, han acabado con todos sus aspiraciones, después de ese catastrófico día, todo prosiguió ese orden de destrucción. (¡Fue condenada a morir de una manera brutal y despiadada!). Desde entonces, no ha podido descansar, y no sin antes planear su cruel venganza. Andando entre caminos desolados, y sombrientos, un sendero que no tiene fin; solo sombras se vislumbran en una línea, de un lado a otro desplazándose, lamentándose porque nadie tuvo consideración de enterrar sus restos, al contrario, la ofenden más, (al arrojar más desperdicio en ese lugar, el pisar los restos como si no hubiese nada, pateando y desfigurando lo que una vez fue su cuerpo), que pesar se carga, sus lágrimas derramadas. Y ahí, escucha, diminutas pisada, ruidos producidos de pequeñas patas, de uñas mejor dicho, rápidas, arrastrando algo, el choque con el suelo producía un aturdido sonido, recordándole que no existe el tiempo, siendo siempre aquella época en la que fue torturada de manera violenta, salvaje, sanguinaria e inhumana, trastornada en esos episodios. ¡No es fácil salir de aquella pesadilla! es como si jamás volviese a salir de ella, la ve una y otra vez, recordando los golpes, ¿cómo olvidar lo que te termino matando? ¿Cómo no iba a tener miedo? Acaso, ¿existe la posibilidad de no tenerlo? Nadie vivió lo que ella padeció, le juzgaban, le insultaban sin ser conscientes del daño ocasionado. Como justo su llanto aterrador, no podían comprender el grado de signifiquidad de su cuerpo, cada segmento era conmemorativo, que el verse sin uno de estos, le destrozaba por completo, no se imaginan el daño psicológico que generan, si así desprecia su físico, repudiando lo que és, el verse de aquella manera, destruye su autoestima, creyéndose horrorosa y desfigurada; un monstruo.

El miedo es infinito, el mostrar ese rostro exponiendo sus debilidades, pánico de las mentiras y verdades que se mezclan y confunden, segura del sendero tomado, cambiaba el aroma, había un ingrediente más, encubierto y difícil de percibir, pero para espectros, hasta la peor esencia perciben con facilidad, (y sólo tratándose de humores hediondos y potentes). Que, a una distancia, a una luz lóbrega, una bestia, un animal jugando con aquel segmento deteriorado, (su dedo, su simbólico dedo), el ambiente se inundó de tristeza, aflicción, y frialdad, moviéndose su reflejo conforme el fuego se balanceaba, produciendo atroces sonidos, desgarradores gritos, perturbando los tímpanos ajenos, causándole angustia, transmitiendo el caos, y la destrucción que generó. Propagando una trampa de encarcelamiento, acercándose más, hasta que extendió los brazos, abrazándolo tras mostrar su corporeidad, (¡Horripilante y tétrico cadáver! desnuda, humillada por las heridas, y desfigurada), el fin de su presencia fue para sembrarle en su mente las pasadas remembranzas,(la extensión de vida que cargo mientras era torturada, cada capítulo, cada momento), las bárbaras situaciones en las que se vio vista, viviéndolo una vez más, castigando a la bestia (al pequeño con máscara de ángel) por tomar algo que no es suyo. Lo torturó mentalmente, obligándolo a debilitarse, ablandarse para que no represente aún más una amenaza. Se escondía en las catacumbas porque era un lugar secreto; su mundo de protección. Y viene alguien como él a destruir esa farsa. ¡Qué egoísta! el retorno de los sentidos hace que teman de lo muerto, una danza de sensaciones que alteran a la bestia, eso quería eso esperaba, golpearle con los tormentos.



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Re: Katakomben von Paris; das Phantom

Mensaje por Melchior el Vie Mar 10, 2017 2:36 pm



Katakomben von Paris; das Phantom
recuerda: los vivos ponen las reglas, los muertos, observan

La cándida flama de la antorcha menguó hasta casi extinguirse, el viento, que ahora era brisa perezosa, acarreaba el gélido murmullo de un llanto agónico. El niño, inquieto, se rodeó el pecho con los brazos, en un débil intento por conservar el calor; su palma acunaba con fuerza su óseo trofeo, recelosa de exponerlo a la vista de los muertos congregados en la cámara.
De improviso, el muchachito comenzó a sentirse acongojado, el hecho de respirar le inspiraba tal melancolía que seguir de pie suponía la más lacerante tristeza; al otro extremo del pasillo que enlazaba las diferentes salas mortuorias, una figura desdibujada hizo acto de presencia. Asemejaba la silueta de una complexión humana mas el escenario que se vislumbraba detrás con reducida nitidez daba indicios de su incorporeidad, la luz que se derramaba a su alrededor parecía no alcanzarle y, sin embargo, se jactaba de figura encandilada, como si fuera un espíritu que hubiese recogido una pizca de luz de luna y ahora la alojara en su interior.

Un receloso caudal de lágrimas brotó de los orbes del muchacho, al tiempo en que el espectro se aproximaba en su dirección. No se hallaba particularmente asustado, puesto que degustaba la compañía de los muertos con harta frecuencia, pero sí consternado, era la primera vez que un merodeador le abordaba con tal rechazo. Los escalofríos le recorrían las extremidades, el alma se lamentaba en su pecho por una marea de sentimientos que le eran ajenos, impuestos, e imposibles de identificar.
Había pasado frío antes, pero nunca lo había experimentado tan abusivo, estaba seguro de que, incluso llevando un abrigo de la más espesa piel de lobo, habría continuado calándole hasta los huesos; también había sentido tristeza alguna vez, cuando perdiera algún tesoro en el río de las alcantarillas y se viera obligado a olvidar que lo hubiese poseído jamás, cuando la comida que hurtaba no sabía tan exquisita como aparentaba y, tal vez, sólo tal vez, cuando descubrió que su primer hogar se había convertido en un cúmulo de ceniza humeante y la única compañía que hubiera conocido hasta entonces se había esfumado junto con sus recuerdos. Lo cierto era que no extrañaba a Mor, así estaba mucho mejor, por ello decidió descartar aquel último acontecimiento como un digno comparativo de su corriente situación.

Se hallaba inmóvil, incapaz de poner en marcha cualquiera de sus planes de escape, pues el frío y el nudo en la garganta impedían que pudiera actuar. El espectro se detuvo frente a él y adoptó una figura tangible, la luz en extinción de la antorcha se reflejó en su rostro y Melchior quedó embelesado con la visión que acaparaban sus ojos. La piel de aquella dama era tan blanca como la nieve y su expresión doliente se asemejaba a los rostros de mármol que ostentaban los demonios vencidos en los cementerios; el niño quiso tocar aquellas facciones, pero el espíritu le acogió en un sofocante abrazo, uno sumamente helado que le indujo a quedar ciego y vislumbrar una memoria.
Fue capaz de oír gritos agónicos, olfatear el metálico hedor de la sangre –demasiado intenso, a su parecer, como para pertenecer a una ilusión–, contempló cómo un cuerpo de tez albina recibía los ardientes azotes del cuero, la atención de bruscas extremidades que impregnaran en ella manchas violáceas, lágrimas, cruentas violaciones y, finalmente, cómo aquella víctima del ultraje era privada de su órgano viril antes de pender por la eternidad sumida entre desechos y el olvido.
Melchior se encontró agotado, presenciando aquella visión había sido impregnado con los sentimientos del inmolado, muchos de los cuáles apenas había logrado comprender, aún era pequeño para asimilar un sufrimiento que le era desconocido y, hasta entonces, impensable. La piel se le había erizado a raíz del frío y fue un estornudo el que le liberó de aquel mortuorio abrazo; retrocedió un paso, aprovechando la distracción para limpiarse la nariz con el dorso de la mano, recordando así el tesoro que poseía en la palma. Ahora ya sabía a quién había pertenecido originalmente.

¿Cómo iba a temer a un ser tan intrigante como aquel? Le había visto sentir, sufrir, expirar y había disfrutado de cada memoria que le fuera revelada. Melchior era bueno descartando pensamientos innecesarios, y ciertamente, en aquel momento, cegado por su capricho, reparar en la congoja que poco a poco se desanudaba en su garganta era un asunto de menor interés.
Alzó la mano y expuso con total descaro la falange pelada que había hurtado, lo hizo con una amplia sonrisa plasmada en el rostro, obsequiando una mirada profunda y colmada de coraje a su agresor. Aquel ser ya estaba muerto, ¿qué iba a hacerle? Él tenía su dedo y estaba seguro de que lo querría de regreso; desafortunadamente, no estaba dispuesto a cumplir con sus deseos.
Señaló su propio pecho, dando a entender que el anular le pertenecía. Ahora veía aquel hueso como una herramienta, ya no valía lo que en un principio como individual, sino que representaba un lazo con el espectro y era este último el trofeo que Melchior deseaba reclamar. Así como los hombres llevaban de la correa a su mascota, ¿por qué no podía él tener la suya propia?


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Re: Katakomben von Paris; das Phantom

Mensaje por Moune el Jue Abr 06, 2017 11:02 pm

Temor; ¿a qué grado el terror ha sido la base para el desarrollo de la vida? Se presume que la naturaleza sigue siendo bestial, tan egoísta por satisfacer solo el pro persona, tan ingratos, infelices, y animales se han detenido los humanos, sin progresar en lo absoluto, encerrándose en un mundo que solo miserias traerá, porque tarde que temprano caerán. Tanto, que en esas catacumbas poco a poco la porquería se conocía, así como dieron con su cadáver, no tardarían poco en descubrir todo lo que ha sido arrojado, a menos que se concierta en el sepelio de todos aquellos que serán víctimas de las atrocidades, siendo desechados hasta que vean que ya no queda nada y mueran, en espera que llegue otra época, otros tiempos mejores del que se trata de huir. Porque no basta percibir lágrimas hipócritas para querer borrar el camino oscuro que se acecha, ya Moune había desprendido su naturaleza en ese lugar, siendo imposible cambiarlo, o quizás destruir todo con un agónico grito. El ver a ese ladrón, es claro que no muestra piedad alguna, nadie lo tuvo para con ella, que, ¿por qué debería de otorgarlo?, no perdonara que hayan desterrado algo valioso de ella, es imparable el sentimiento, el sembrar el dolor, el recuerdo de lo vivido, quería asustarlo, que muriera del miedo, que ahí mismo desfalleciera por la impresión que su insultante corazón debía tener. Mas, ¿que obtuvo? El mismo ciclo enfermizo, el herirla, ¿porque se empeñan en dañarla? ¿Qué ganan con hacerlo? Porque si se ha de ganar, se proclamará su propio daño, con tal de que esta vez pueda obtener algo, lo haría.

Como aquella alma, su recipiente podía obtener, desterrar por unos instantes de ese ser, y solo para hacerle pagar su acto vil, no se percata que tan valioso es el cuerpo, no tiene ni la menor idea de que ha ocasionado, si, quería tatuarle el mismo dolor. Separados eventualmente, lo sofocaba, que su mismo cuerpo reaccionaba, repeliendo, sin permitir que retrocediera, furiosa, con el recelo grita, si, esta vez ataca a sus tímpanos, ningún mortal soporta esto, y mucho menos a alguien sobrenatural, porque no es idiota, conoce y reconoce lo que realmente son. Que sin abandonar el sonido aturdidor, va directo a ese cuerpo, se confiaba aquel ladronzuelo, tal que él las tenía más de perder, que al traspasar su cuerpo, que con el impulso hace que se caiga. — ¡Dámelo! O hare que lo hagas… — Subestiman a los espectros y a los más dolidos, ¿que no saben que el dolor los hace más fuertes? Porque en ese momento demandó, ya no requirió, ni mucho menos suplico. El llanto, la desgracia podrán ser sus sonidos, pero puede tomar lo que le arrebatan, esa era una ventaja, poseer el cuerpo y usarlo a su antojo como lo hicieron con ella. Demostrado tras pasar por su carne, estando a la defensiva.


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Re: Katakomben von Paris; das Phantom

Mensaje por Melchior el Sáb Jun 10, 2017 10:28 pm



Katakomben von Paris; das Phantom
si lo arrojo, tú lo buscas; si lo guardo, lo custodias, ¿es un trato?

Melchior se preguntó en qué momento había comenzado a hacer tanto frío y le reprochó a la naturaleza por haber privado a los hombres de pelaje. Encontraba en aquella aparición una fuente inverosímil de entretenimiento, ¿qué pensarían los parisenses si un niño se paseara de la mano de un fantasma? Seguro que aquel ser tendría acceso a sitios recónditos, donde ni siquiera un sano lirón podría echar la pata. El niño se encontraba fascinado en su silencio, formulando un sinfín de hipótesis y experiencias ficcionales que, a su parecer, podrían acontecer en el futuro y resolverse con tanta precisión como en su imaginario.
Su primera gran pregunta rondaba en torno a la capacidad del espíritu para atravesar superficies macizas, el más grande estorbo con el que se topaba un roedor en sus reprochables aventuras. Mas la pronta respuesta no le dejó del todo satisfecho, puesto que en el interior de su cabeza, el fantasma y él no eran precisamente enemigos; quizá no estuviera tomando en cuenta que el chantaje no era el mejor método para entablar una amistad.

De improviso, el aire pareció incrementar su densidad y un chillido agónico, abrumador, se desprendió de aquellos labios de ectoplasma para extenderse por todo el recinto, estrellándose contra las paredes, espantando a los insectos, levantando el polvo y perturbando el eterno descanso de los muertos.
Melchior alcanzó a cubrirse los oídos con fuerza, presionó tan vigorosamente sus palmas contra su cráneo que creyó que lograría aplastarlo; aquel alarido habría sido ensordecedor para un humano convencional, para él era la más vil de las torturas. En ningún momento liberó el hueso hurtado de su agarre, aunque trastabilló en vano y se raspó las plantas de los pies, el dedo se mantuvo firme entre los suyos.
A continuación, el niño experimentó la más desconcertante experiencia de toda su vida, el espectro se adelantó en su dirección y, como una bruma invernal, atravesó su cuerpo, llevándole a caer de espaldas sobre el suelo. Melchior creyó sentir cómo sus partes se despegaban unas de otras para dar paso al espíritu, cómo su propia alma se encogía en un rincón, temerosa de ser hallada y despojada de su hogar; el frío le heló la sangre y su piel recibió magullones indoloros cuando entró en contacto con la roca bajo sus pies, tan pronto como se vio librado de la experiencia, el cuerpo entero comenzó a incordiarle.

La voz del ser resonó nuevamente, alta y brusca, exigiendo algo. El niño, sin embargo, era incapaz de comprender del todo el contenido de la frase, lo único que pudo rescatar fue la exuberante ira que suplantó la anterior desolación en su discurso. Melchior frunció el ceño, ciertamente disgustado con la forma de actuar del espectro, sus oídos estaban taponados y la cabeza le dolía como si un centenar de avispas estuviese aguijoneándole desde adentro.
Logró incorporarse con torpeza, alojándose a unos pasos de distancia y frente a frente con la aparición. Todo en aquel ser resultaba intrigante, más allá de su condición de no vivo, su aspecto era, sin dudas, completamente fuera de lo convencional y el torcido gesto agónico de su rostro disponía de una amplia cantidad de arrugas de variada longitud; obviando aquello, las lágrimas que descendían a torrentes desde sus ojos resplandecían místicamente, ¿sabrían tan saladas como las de los seres humanos?
El joven no iría a ceder y era predispuesto a olvidar de inmediato todo aquello que consideraba de escaso interés, el peligro recientemente sorteado se quedó enterrado junto con los otros vestigios del pasado y decidió que aquel fluido incorpóreo contenía mucho más valor que el temor que pudiera generársele.
Avanzó con cautela, mas sin disposición de pedir permisos, y extendió el brazo en dirección de aquel níveo rostro para, veloz como de costumbre, hurtar una de sus lágrimas. Atrajo su mano hasta sus ojos y contempló cómo la gota que reposaba sobre su dedo se esfumaba, como el vapor, del mundo terrenal. Intentó lamer la zona para comprobar su sabor, pero también aquello había desaparecido.

¡Ah! Entonces recordó qué era lo que hacían los hombres para apaciguar a sus perros, construyó inmediatamente la imagen en su memoria y, sin previo aviso, avanzó una vez más a peligrosa distancia del fantasma, tendiendo la extremidad en su dirección, para rozar con su palma aquella prominente mejilla. La sensación resultó sumamente desconcertante, estaba frío y algo húmedo, pero la superficie de su piel no se hallaba realmente colmada de líquido, creyó que si presionaba demasiado podría atravesar su figura y, sin embargo, no fue ese el caso. ¡Cuán enigmático!
¡Oh! Pero si con aquello no iba a bastar, los señores acariciaban a sus perros y acompañaban la gestualidad con una frase, Melchior no tenía idea sobre su significado, pero supuso que los receptores le encontrarían el sentido.
Tranquilo, tranquilo –imitó con torpeza, aferrando el dedo despellejado con empeño en su muñeca; aquel que ahora era suyo pero que se encargaría de cuidar con devoción, de modo en que el espectro pudiera estarse seguro de que no lo perdería y él cerciorarse de que su dueño verdadero regresara siempre ante su presencia.


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Re: Katakomben von Paris; das Phantom

Mensaje por Moune el Jue Jun 15, 2017 12:22 am

¡No, no, no…! Embravecida, el dolor se convirtió en ira, la ira en desdén, y el odio en daño, ¿hasta cuándo dejara el niño…? ¡Maldito! ¡Malditos todos! En su contra se tornan, siempre queriendo perjudicarla, arrebatarle algo valioso, y denigrarla, ya, demasiado es que el roce de aquel, el egoísmo que profesa con sus movimientos, acciones descaradas y viles, aumentaban los deseos de devolverle cada herida, cada dolor que le está enloqueciendo. No bastaba con haberle amenazado, ¿cuánto necesitaba para que lo entendiera? Parece que no sabe nada, estúpido mocoso, que no le siga tocando, que no se acerque más, ¡basta! Una cosa era defenderse, amenazar con posesionarse de su templo y hacer que así mismo entregará su segmento, pero no entendió eso, no, se aferra a seguir tocándola. ¡Claro es que no obtendrá lo que busca! Tanto que dejó de presentarse su figura ante él, era peligroso continuar con la forma corpórea que utilizo para aterrar al muchacho pero estaba muy familiarizado con ello, no importaba más, se esfumó cuando hizo un segundo intento de acercarse, más su presencia permanencia. Gritando y aturdiendo, era una repulsión, un asco total que alguien tan solo intentara tocarle, sintiéndose sucia, un asco, ¡Monstruoso! Ver como seguía intentando capturar algo de ella, como era tratada, exactamente como él; su marido. Palabras más, palabras menos, tratos adheridos, ofensas concluidas. Una angustia, el pesar le dominaba, moviendo la cabeza de un lado a otro, más ya no se veía, solo se podía observar como un aire, una plaga, o una luz espectral se movía, distorsionando lo que se reflejara en esta, acumulándose hasta ir directo al cuerpo del niño, un instante de escalofrío, una lucha interna para doblegar ese cuerpo, un poco de expansión y era suyo.

Si hubiese sido una maldita como ellos, como él, hubiese intentado suicidarse, golpearse la frente con la pared hasta que se matara, o el aventarse a las aguas y ahogarse, tantas maneras bestiales de morir que ninguna empleo, solo bastó para ponerse de pie, percibiendo la protección excesiva con el dedo, su tiempo es limitado, por lo que se apresuró y con órdenes propias, alzó el brazo, caminando hacia la alcantarilla que recorre esas aguas, la que va en dirección del cadáver, más, se le vino a la mente que lo volvería ir a buscar, por lo que solo necesitaba dejar que se alejara del mocoso, y lo soltó en el agua, este iría arrastrándose porque está endurecido, sin vida, con más peso al portar el anillo, y para que le diera tiempo, se volteó, y corrió con rapidez hasta estamparse con la pared. Lo había noqueado, al grado de que la sangre fluyó de la frente, y salió de su cuerpo, yendo a posesionarse de su segmento y sólo en cuestión de segundos se hizo presente ante la humana que protege, para pedirle que por favor cuide de ese tesoro, y que su cuerpo sea removido de ese lugar. Así sea lo último que haga, para que nadie más pueda causarle una tortura, ya fue suficiente la aflicción que padeció, ya fue demasiado morir por el odio.



«Me han convertido en una lagrima pútrida que descabeza a la razón, un alfiler que cae en mi habitación. Mirando el espejo me encuentro, diciendo: -hipócrita el reflejo. -miro mis ojos, y temo.»

¡Ya!, por favor… Ya, quiero despertar. No soporto el tormento de este, Sopor Aeternus:
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