Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Leif Paine el Jue Feb 09, 2017 8:00 pm

Nassau. 41 años antes

Nacer en un barco y ser criado por putas y marineros hizo de aquel joven de diez años todo un pillastre. Ladrón de secretos y monedas descuidadas; acumulador de tesoros bajo la cama, y experto espadachín con palo como espada. Nada escapaba a sus sentidos, y aquello que no comprendía se espabilaba rápidamente para entenderlo. Todas las mañanas se sentaba en la arena para ver llegar los barcos, saludando a los piratas más amistosos y encarando con fiereza en la mirada a aquellos cuyo nombre era temido. Nadie tocaba un solo pelo de su cabeza porque, a diferencia del pequeño, ellos sí sabían quién era su padre.

El tiempo no era más que una extraña medición que solía preocupar a los mayores, mas no a él. Si no había aventura que empezar o tesoro que buscar, simplemente yacía en la orilla o jugaba con sus pequeños barcos de madera, tallados por los cocineros de la pensión de madame Loretta. En Nassau no había otros niños más que él, pero nunca le importó. Igual que la mascota en un hogar, el pequeño siempre tenía quien le hiciera caso y siguiera su corriente; ya fueran las putas y su necesidad de sentirse madres por un día, o los borrachos aburridos que querían matar el tiempo hasta que zarpara el barco o su chica quedara libre.

No sabía leer ni escribir, pero eso no importaba para lo que él tenía en mente. Si alguien preguntaba qué deseaba de la vida, siempre respondía de la misma forma con el pecho henchido: ¡quiero ser pirata! Su sueño era abandonar aquella playa y surcar los mares en los barcos más grandes, hacer que su nombre resonara de punta a punta en el océano, como Charles Vane o Barbanegra.

Era feliz. Tan feliz como cualquier otro niño de alta cuna. Pues, queridos amigos, en la inocencia se encuentra la felicidad.

Poco después de cumplir radiantes 9 años, llegó a Nassau un navío con un extraño polizón: una niña. Su madre, que la había mantenido oculta el máximo posible, fue abandonada en aquella playa a su suerte. Madame Loretta no dudó en acogerla en su seno y darle trabajo en la posada, enseñándole como debía satisfacer a un nombre para no acabar con la piel poblada de violáceas flores. A la pequeña, sin embargo, la dejaron a cargo de una viuda exigente que trataría de convertirla en una dama para más adelante llevársela a Francia.

La tímida Giselle tenía 12 años y parecía una muñeca. Sus cabellos brillaban más que cualquier rayo de sol, y su tono de piel solo era comparable al más exquisito mármol. Sus desbordantes vestiditos blancos y el sombrero que la protegía de las quemaduras fueron al principio motivo de burla para el pequeño soñador pirata, que la seguía a todas partes y hacía lo que fuera con tal de llamar su atención. Pronto se hicieron más amigos que el agua y la arena, allá donde iba uno estaba el otro, e incluso dormían juntos cuando lograban engañar a la viuda europea.

Durante un largo y bien aprovechado año, los dos únicos niños de Nassau crearon un vínculo especial. Era amor, el más puro de todos ellos, aunque no conocieran ese nombre.

Su décimo cumpleaños amaneció con tormenta. El día estuvo gris desde primera hora de la mañana, pero no impidió que el pequeño lo celebrara con todos aquellos a quienes le importaba. Todo parecía indicar que sería otro día alegre en Nassau, hasta que un negro navío llegó a puerto al anochecer. Los hombres desembarcaron corriendo raudos a los brazos de las cortesanas. Todos excepto uno. El capitán. Madame Loretta corrió a buscar al pequeño cumpleañero, que llegó de la mano de Giselle, algo que al parecer no fue en absoluto del agrado del pirata.

-Leif, ha llegado la hora - dijo la madame mirando al pequeño. Aunque sonreía, no era como siempre, sus ojos estaban empañados por el miedo. - Han venido a buscarte. Por fin vas a convertirte en pirata como tanto deseabas...

El pequeño Leif miró al hombre parco que lo observaba con desaprobación. Era grande y fuerte, con un parche y larga barba. Sus ojos eran verdes como los suyos, pero no le dio importancia, como tampoco sintió miedo. El desconocimiento le protegía de aquel sentimiento.

-¿Puede venir Giselle con nosotros?

-No se admiten mujeres en mi barco.

-Si ella no viene, yo tampoco - se plantó firme, hinchando el pecho como un pavo y con los dedos entrelazados con los de la rubia.

Tras un minuto de silencio, el capitán al fin habló. - Está bien...

La respuesta no agradó a madame Loretta, pero Leif no permitió que nadie le llevara la contraria. No iba a dejarla en puerto, no se separaría jamás de ella. Así de fuerte era su amor.

La noche pasó tranquila celebrando la despedida de los dos pequeños, que acabaron durmiendo abrazados con la madame y algunas de las demás chicas de la posada. A primera hora de la mañana fueron llevados al barco y enseguida tomaron rumbo al horizonte. Leif no podía estar más contento. Dejó a Giselle en el camarote y se dejó guiar por el capitán, quien fue enseñándole todo cuanto necesitaba saber para formar parte de su tripulación. Cuando el sol empezaba a descender y Leif no podía aguantar más tiempo sin ver a Giselle, el capitán le llevó a la cubierta principal. Todos sus hombres estaban ahí, todos los que no tenían trabajo que hacer. En el centro había una alta figura cubierta por telas, ocultando aquello que escondía.

-Esta es tu prueba final. Ten - el capitán le entregó un revolver, el primero que Leif tomaba en sus manos. El peso daba miedo, pero la emoción de poder usarlo se antepuso a todo. - Prueba tu puntería ahí - señaló las telas - a ver qué tan bien se te da.

Leif alzó el arma y cerró un ojo, apuntando bien al centro de la figura. Bang. El primer disparo falló. Bang. También el segundo. Mas no el tercero. El último disparo dio de lleno en el blanco, que se balanceó sobre la caja en la que se encontraba cayendo al suelo con un tremendo estruendo que asustó a Leif. Pero más miedo sintió cuando las telas dejaron a la vista aquello que ocultaban.

Giselle. Su amiga, compañera y a la que más quería. Tirada en el suelo con su vestido blanco cubierto de rojo. Inmóvil. Más pálida de lo que nunca estuvo.

El pequeño Leif tiró el arma temblando de pies a cabeza, con los ojos bien abiertos con total pavor. Estalló su furia en un grito corriendo hacia ella, pero una mano en el hombro se lo impidió. Por mucho que peleó, no se le permitió acercarse a ella.

-Esta ha sido tu última lección. La más importante de todas - dijo el capitán, mientras tres hombres cogían el cadáver de Giselle. - Nunca, jamás, sientas afecto por nada, pues tus enemigos podrán usarlo en tu contra. Un pirata no debe tener debilidades ni puntos flacos. Un pirata no puede enamorarse.

Las lágrimas cayeron cuando el cuerpo fue arrojado al océano sin una despedida. Y el corazón de Leif fue marchitándose hasta convertirse en una piedra inservible. Enterró en lo más profundo de su mente aquel suceso, marcado como "el día negro", y entregó toda su ira a su nueva vida como pirata.




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You should never ever trust my kind:




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Leif Paine
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