Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Maximilien Grimaldi el Lun Feb 13, 2017 10:36 pm


“Please do not tear her walls down if you do not intend to cross through the wreckage.
—Beyond all the plate steel and barb wires rests a soft heart.”


Odiaba todo eso. Lo odiaba con intensidad. Estaba acostumbrado, pero desde el destierro de su familia, en verdad despreciaba la pompa de la aristocracia. Sin embargo, Maximilien era un gran actor, el mejor, su rostro expresaba sólo lo justo, sólo lo que él pretendía. Y su sonrisa, siempre encantadora, ganaba más aliados que la punta de una espada. Estaba ahí para, una vez más, dar un paso y acercarse al regreso de los Grimaldi al trono de Mónaco. La idea amenazaba con devorarlo como un tsunami. Consumirlo como una sombra. No dejar rastro de él, sólo el legado de sus acciones, si corría con suerte, pero a esas alturas, estaba tan aferrado a su idea, que no le importaba. Iba a conseguirlo aunque en ello le fuera la vida, y mil vidas más, si tenía que ser así.

Con cortesía, educación principesca adquirida desde la cuna (aprendida, no heredada, su sangre era roja como la del resto, y no azul), saludó a nobles, miembros del gobierno y mujeres de nariz empolvada. Más de una señora de grandes enaguas, quiso presentarle a su hija. Con una habilidad envidiable, Maximilien se zafaba. No tenía cabeza para el amor. Quizá su destino era el de no contraer nupcias nunca, y no le interesaba. Su hermano ya tenía un heredero y eso bastaba. Por eso se conformaba con amigas que por las noches, y en ese acuerdo mutuo que les servía a los dos, lo recibían en su lecho. Era todo lo que necesitaba, ni más, ni meno.

O eso creía él.

Su Alteza Serenísima Grimaldi —un miembro de la corte real francesa, un hombre de espesa barba bien cuidada, poblada en canas y cabello largo, igualmente blanco, lo llamó. Maximilien acudió con ese gesto despreocupado que encantaba a todas. Eso era lo que más odiaba, la hipocresía. Se seguían refiriendo a él por su título, aunque esa nación le había arrebatado todo a su familia.

¿En qué puedo ayudarle, Piaf? —Preguntó con educación. El autocontrol que Maximilien poseía sobre sí mismo era apabullante. A tal grado que nadie lo notaba, ese era verdadero truco. Mantenerse sereno, aunque por dentro su sangre bullera como agua en una fogata.

Creo que le puede interesar conocer a alguien —continuó Piaf. Estiró el cuello y buscó entre la concurrencia—. Pero creo que no ha llegado —se giró para ver al hombre más joven—, verá, ella es… —fue a decir algo más, cuando pareció haber un súbito suspiro al unísono de todos los asistentes a la reunión.

Como acto reflejo, Maximilien enfocó su atención ahí donde todas las miradas estaban enfocadas. Y no podía creerlo. Maï, pensó como en una especie de estupor. No, no MaïBárbara Destutt de Tracy, ni más, ni menos, misma que no le había dado oportunidad alguna de replicar nada la última, y única vez que se vieron. Sintió como si nadie a su alrededor existiera, sólo ella, indomable, y sólo él, exiliado. Escuchó varios cuchicheos, «viuda de Turner» y algo sobre «su abuelo acaba de morir», se quedó en su sitio, sin saber que hacer, olvidando por completo a su interlocutor, cuando éste lo tocó para llamar su atención.

Ahí está —sonrió—, Bárbara Destutt de Tracy, dueña del Banque de France. ¿Puede creerlo? Tan joven, tan hermosa y ya con tanto poder —el viejo Piaf haló a Miximilien quien, en su sorpresa, era incapaz de actuar por sí solo y sólo se dejó guiar. Aunque ya lo sabía, sabía todo eso, sólo… no esperaba encontrársela ahí.

¡Bárbara, querida! —Piaf la saludó, haciendo una reverencia y besando su mano—. Te quiero presentar a Maximilien Grimaldi, príncipe de Mónaco —y ahí, toda la farsa que habían vivido los dos, se vino abajo en un santiamén, al menos, ella había dicho la verdad al final, pero él no, aunque en su defensa no había tenido oportunidad. Ella se la había quitado. Parecía una mujer que arrebataba lo que se venía en gana, y tú te quedabas tan tranquilo por haber sido merecedor de su atención. El aludido clavó los ojos azules en los ajenos. «Ya nos conocemos» dijo con la mirada, pero no en palabras. En cambio, se movió para saludar a la mujer, fingiendo que era la primera vez que la veía.

Un placer.


Última edición por Maximilien Grimaldi el Miér Mar 15, 2017 9:37 pm, editado 1 vez


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Re: Demimonde → Privado

Mensaje por Bárbara Destutt de Tracy el Dom Mar 05, 2017 9:31 pm

<<All secrets are deep. All secrets become dark. That's in the nature of secrets. >>
Cory Doctorow

Había rechazado, sistemáticamente, todas y cada una de las invitaciones que sus vecinos le habían hecho. Excusada en el luto por la trágica muerte de su abuelo, pudo esquivar el vergonzoso roce con el invitado de los Aramburuzabal. El arribo de su abuela, y su posterior instalación en su residencia, la obligaron a recibir en su hogar a algunos conocidos de la familia, que se veían en la necesidad –y la obligación- de prestar sus condolencias a la reciente viuda y la doliente nieta. La anciana, con ese temple de hierro que la caracterizaba, desperdigaba sus encantos de forma limitada. Sin embargo, no podía disimular la liberación que implicaba la desaparición de su esposo. No le interesaba demasiado el escándalo, sólo la vida social de París. Los grandes salones se le habían negado desde la instalación en Marsella, y quería retomar las costumbres de antaño, arrastrando a su nieta con ella.

No tardaron demasiado tiempo en aceptar una primera invitación. Fue a una reunión de té con unas damas frívolas que no tenían más temas de conversación que los nuevos ricos y sus andanzas. Bárbara se sentía completamente fuera de lugar, pensando en todo el trabajo que la esperaba en su hogar, mientras holgazaneaba con esas mujeres, que indagaban con sutileza en su vida personal. Ella, acostumbrada a lidiar con toda clase de temibles seres, esquivaba los dardos que las suspicaces féminas lanzaban. Aquello la convencía, cada vez más, de que prefería negociar con rufianes del bajo mundo que pasar tres valiosas horas de su vida cotilleando con aquel grupo de arpías.

Debes conseguir un marido, querida —le comentó la anciana, acomodada en el coche que las trasladaba al primer evento nocturno del que participarían. Ella, enfundada en un regio atuendo negro, un tocado discreto y unos pequeños diamantes iluminándole las orejas.

Sandeces, abuela —se quejó la joven, mientras estiraba los guantes que le cubrían casi la totalidad del brazo. Había decidido, en una afrenta a su familia, abandonar la rigidez del luto negro y volvía a utilizar otro color. Manteniendo la sobriedad, había elegido un vestido azul oscuro de satén, de escote profundo y amplísima falda. Su diminuta cintura, se veía aún más estrecha gracias al corsé. La propietaria del Banque de France, también había optado por los diamantes, en un conjunto de aderezo y pendientes que le iluminaban la piel tersa y perlada. Llevaba el cabello recogido en un rodete, con algunos bucles cayendo a los costados. El rostro, magnífico, quedaba libre para las pestañas ennegrecidas y un carmín muy suave en los labios.

Ya se había acostumbrado al efecto que provocaba su aparición y toda la clase de dichos sobre ella. La viuda de Turner era un total misterio para la sociedad francesa. Saludó a todos y cada uno de los que fueron acercándose a ella, a medida que avanzaba. Parecía más una anfitriona que una simple invitada, pues claro, todos querían obtener el favor de una de las mujeres más poderosas de todo el Viejo Continente. No era un secreto que había expandido sus inversiones en la América Española, en el Imperio del Brasil y en algunas zonas de África, a las que pocos tenían acceso. El nombre de Bárbara Destutt de Tracy daba la vuelta al mundo. Adorada, temida, odiada… Despertaba toda clase de emociones en aquellos que la conocían.

Querido Piaf —saludó afectuosamente, estirando su mano enguantada. No se percató de la presencia de quien lo acompañaba hasta que el hombre hizo la presentación. ¿Maximilien Grimaldi? ¿Era un chiste de mal gusto? Lo miró fijamente, sólo el tiempo necesario para que no pareciera una indiscreción. Todos aquellos días atormentándose con su actitud vil, para que la realidad se la devolviese de aquella manera. El príncipe de la exiliada monarquía. Había escuchado que la noble familia monegasca estaba en París buscando aliados para recuperar el sitio que, por naturaleza, les pertenecía. Sólo que no imaginó que el extraño de aquella tarde era uno de ellos. Se sintió una completa estúpida, aún más que en el primer encuentro. En ese momento, no era esa jovencita anónima con actos de arrojo e imprudencia.

El placer es mío, majestad —saboreó aquella palabra, con cierto desprecio, y ensayó una pomposa reverencia, reconociendo la calidad de noble de Maximilien Grimaldi. Todo era un gran acto de ironía. Bárbara Destutt de Tracy, en público, se inclinaba ante los miembros de las realezas, pero en privado, eran ellos quienes le besaban los pies, rogando por un crédito, por una cuenta, por su beneplácito. Aquel poder de destruirlos a todos la volvía, de cierta forma, Dios. Y se sentía bien en ese lugar, y más cuando su abuelo ya no estaba para someterla. —Le presento a mi abuela, Leonor Destutt de Tracy —la anciana se había posicionado junto a su nieta, y también reverenció al caballero, no sin codear a la joven con admirable disimulo.

¡Qué bondad del destino haber coincidido con vuestra merced! —exclamó Leonor, con medida efusividad. Al verlas juntas, era innegable de quién había heredado su elegancia la más joven. —Querida, te dejo bien acompañada. Iré a saludar a unos amigos. Con permiso, majestad —Piaf parecía haber acordado tácitamente con la anciana, y se ofreció a acompañarla. Un incómodo silencio reinó cuando el dúo se perdía entre la multitud.

Maximilien Grimaldi… —susurró la viuda, y le clavó la mirada, ya sin cuidar la discreción.



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Re: Demimonde → Privado

Mensaje por Maximilien Grimaldi el Miér Mar 15, 2017 10:26 pm


“Power was my weakness and my temptation.”
― J.K. Rowling, Harry Potter and the Deathly Hallows


«Majestad», jamás había apreciado el título, pero de boca de Bárbara Destutt de Tracy sonaba lo mismo a salvación que condena. Se mantuvo impasible todo ese tiempo. Saludó con toda la educación que la ocasión ameritaba a las dos mujeres. Y aunque parecía simplemente complacido con todo —porque esa era su actuación— uno podía apreciar en esos ojos afilados como hojas de cuchillos, que Maximilien estaba midiendo absolutamente todo, y a todos.

El intercambio de saludos y halagos fue irrelevante en el preciso momento que los dejaron solos. Maximilien volvió el rostro hacia las espaldas de Piaf y Leonor Destutt de Tracy, ambos alejándose de ellos e intuyó las intenciones detrás de eso. Sin embargo, poco sabían los viejos de la breve, pero agitada historia que él y Bárbara ya compartían. Sólo fue hasta que lo llamó por su nombre, que regresó su atención a ella.

Alzó ligeramente el rostro, levantando el mentón y, aún, no demostrando emoción alguna. Luego entornó los ojos azules y sonrió ligeramente de lado.

Ese es mi nombre —respondió al fin, sin dejar la dignidad de lado a pesar de la mentira y la sorpresa inicial—. Aquella vez se fue tan rápido que, no creí prudente seguirla para aclararle quién era realmente. De todos modos, la mayor parte del tiempo que pasamos juntos aquel día, usted también usó otro nombre. Además… creo que alguien de su posición entiende los motivos para ocultar una identidad, y la importancia de la misma, ¿o me equivoco? —Habló con esa seguridad que utilizaba para con los posible aliados de su familia. Como si vendiera una ideología, como si les ofreciera a cambio justicia, un lugar en los anales del mundo, un sitio en el lado correcto de la historia.

Para su desgracia, en ese momento al menos, Destutt de Tracy era clave para su lance. Simplemente se trataba de la mujer más poderosa de Europa; poderosa en el verdadero sitio que importaba, el dinero. Porque hombres y mujeres vestían coronas vacías, postrados en sus tronos de oropel, pero sin el capital para mover los hilos, tenían la misma influencia que el mendigo en la escalinata de Notre Dame. Por ello, sabía lo mucho que necesitaba de gente con el poder económico de la mujer frente a él. Sin embargo, y sorprendentemente para un hombre que siempre va un paso delante, no fue hasta después de su encuentro que investigó y supo quién era. Quién era verdaderamente más allá de Maï, de Bárbara, de la vecina de su padrino, viuda de Turner.

Estoy seguro que todo eso ya lo sabe, y le aburre —continuó. Le habló con una formalidad que, hacia el final de su primer encuentro, ya había perdido. Tampoco es que en aquella ocasión le hubiera faltado al respecto, pero después de las peripecias, ya no hacía falta tanta etiqueta, misma que en ese instante retomó.

Y estoy seguro, también, que moviéndose en los estratos en los que se mueve, sabe por qué estoy en París, más allá del exilio de mi familia —mensajes encriptados lanzados en botellas para que ella, con esas hermosas manos, los recibiera y descifrara. «Busco aliados» quería decirle. Sin embargo, había demasiada gente a su alrededor, y de ningún modo, se atrevería a pensar que ella era incapaz de interpretar el verdadero significado en sus palabras.

Un mesero con una charola de plata pasó a su lado y tomó dos copas de champán. Ofreció una a la mujer y se quedó con la otra. Hizo connato de brindis.

No quiero que me tome por un cínico —aunque lo era—, no obstante, quisiera brindar porque finalmente ambos sabemos quiénes somos. Quiénes verdaderamente somos. Los nombres y títulos tienen un poder maravilloso, pero las acciones son las que nos definen —alzó la copa y dio un trago al líquido áureo. La observó muy detenidamente, quería ver cada reacción en ella. Le parecía una mujer sumamente fascinante, más allá de los beneficios que tenerla de su lado significaban.


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Re: Demimonde → Privado

Mensaje por Bárbara Destutt de Tracy el Jue Abr 06, 2017 12:32 am

"No man really knows about other human beings. The best he can do is to suppose that they are like himself."
John Steinbeck

No podía negar que Grimaldi tenía razón. Personas en su posición, no podían estar develando sus identidades a cualquier extraño que se cruzase en su camino. Especialmente él, debido a los rumores de todo tipo que corrían en torno a su familia. Era un secreto a voces que estaban en busca de recursos económicos y apoyos políticos para recuperar la corona que les había sido arrebatada. Y, también, era de conocimiento quién orquestaba el plan para que los Grimaldi retornasen al trono: el hombre ante sus ojos. Era famoso por su inteligencia, y a Bárbara no le fue demasiado difícil detecta el por qué de las afirmaciones en cuanto a su persona. Era un caballero sobrio, gallardo, que tenía la mirada de un lince, y le agradó encontrar alguien que la tratara como un igual. Suavizó la expresión, porque tuvo el presentimiento de que Maximilien podía ser de utilidad. Él la necesitaba, y Bárbara vería la forma de cobrar con creces la decepción y, además, la ayuda que estaba dispuesta a brindar, sin que su nombre quedara asociado a las intrigas de las cortes, que en nada le interesaban.

Otra cosa que fue del agrado de la viuda, fue el hecho de la elegancia con la que se dirigía. No había tosquedad en sus formas, ni siquiera en su modo de sugerirle que estaba intentando extraerle sus recursos. No la subestimaba. Y eso, para Bárbara, era más que suficiente para darle la oportunidad de resarcir el ridículo que le había hecho pasar, pero del que, por supuesto, jamás se enteraría. Podría haber cuestionado por qué no se había hecho presente en su residencia para aclarar la situación, pero entendió que seguir dándole vueltas a ese asunto ya no tenía sentido, pues la relación de ambos iba a ser netamente comercial. ¿Acaso había pensado en un vínculo más íntimo? Optó por no hacerse esa pregunta, o al menos, reprimir la respuesta que luchaba por emerger.

El pasado ya no nos pertenece. Dejemos nuestro poco fortuito primer encuentro, y nos centremos en el presente —dio por zanjada la cuestión, porque verdaderamente se había sentido humillada, regodeándose en su vergüenza durante varios días. Le había costado conciliar el sueño, pensando en su patética actitud. Pero la tranquilizaba el percatarse de que ese traspié, quedaría en secreto. Maximilien y ella compartían un momento de gracia y libertad que, seguramente, ahora que estaban frente a frente mostrándose quiénes eran en realidad, ya no podrían tener. Ahora ella era dueña del Banque de France, y él el príncipe sin reino. Ella era su salvoconducto, la necesitaba, y a Bárbara le gustaba sentir el poder.

Brindemos por ello, entonces —tras aceptar la copa, la alzó y le dirigió una mirada cómplice. No hubo ninguna sonrisa en el rostro de la viuda, a pesar de todo, aún no conseguía que sus labios se curvaran en un gesto de tamaña sinceridad. Eso no quitaba que la sonrisa de Maximilien fuese la más hermosa que ella, y cualquier mujer en ese salón, hubiera visto. Sus dientes resaltaban bajo su piel, que no tenía la tonalidad pálida y aburrida que Bárbara. La piel de Grimaldi hablaba de su fortaleza, de su templanza, de su imperio. Era, quizá, uno de los hombres más interesantes que se habían cruzado en su camino.

Comprendo su situación —habló, luego de mojarse los labios con el champagne. —E, imagino que usted entiende que éste no es, justamente, el sitio indicado para hablar de ello —demasiados ojos a su alrededor. Bárbara nunca conversaba demasiado tiempo con alguien, pues no quería ser vinculada con ninguna personalidad, ni con ninguna causa. —Podría arreglar una cita en el Banco, tendremos privacidad y sería el lugar preciso —dejó la bebida, casi sin tocar, en la bandeja del mesero que pasaba en ese instante. —Espero que disfrute de la velada —le hizo una leve reverencia, ya sin la pompa del irónico saludo de minutos atrás. —Ahora, si me disculpa, debo retirarme a saludar a otros conocidos. Forma, también, parte de mi trabajo —algo le impedía irse, pero haciendo caso omiso a su instinto, que le gritaba que se quedara, giró sobre sus talones. Estaba escabulléndose, por supuesto. Maximilien Grimaldi era distinto, y ella podía ver eso. Y ese era su principal defecto. Bárbara debía huir de él, sin importar lo mucho que deseara continuar en ese lugar. ¿Dónde estaba Leonor cuando la necesitaba?



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Re: Demimonde → Privado

Mensaje por Maximilien Grimaldi el Dom Mayo 28, 2017 5:24 am


«El pasado ya no nos pertenece» ella dijo y quizá Maximilien debería aprenderse esas palabras. Aunque era el arquitecto del futuro de los Grimaldi, en realidad el príncipe no heredero vivía demasiado aferrado al pretérito: las voces que detrás cuchicheaban sobre su origen incierto, el destierro y la búsqueda. Debía entender que, aunque era parte de su camino, esos hechos no lo definían. A veces, o siempre mejor dicho, parecía que no tenía cabeza para otra cosa que no fuera la misión que se había autoimpuesto. Estaba sacrificándolo todo; absolutamente todo. Era su forma de retribución, la familia real de Mónaco le dio un techo, cuando lo más seguro es que, de no ser por Aramburuzabala y ellos, habría muerto de frío, con apenas unas horas de nacido. Ahí estaba la prueba de que su destino sería otro, que así había estado escrito en las estrellas esa noche de tormenta.

Hasta ahora, frente a Bárbara Destutt de Tracy podía verlo con claridad casi cegadora. Eso, su gran lance, y el sacrificio que estaba haciendo. Hasta ese momento, jamás se lo había cuestionado de manera consciente. Y ahora, incluso, lo ponía en tela de juicio, sin embargo, pragmático como era, la filosofía le parecía interesante, pero no le iba, por lo que decidió no darle más vueltas al asunto. A la significación mayor de la presencia de esa mujer en su vida: repentina, accidentada, reiterativa y definitoria.

Brindó y no despegó los ojos de ella. Aún cuando la mujer dejó la copa en una charola, él conservó la suya en la mano.

Oh, por supuesto. Es simplemente que no esperaba encontrarla aquí. Pero estaba por contactarla, usted me entiende… acelerar los procesos, aunque entiendo que hay situaciones que deben cocinarse a fuego lento —respondió y abrió la boca para agregar algo más, cuando ella se despidió así como si nada, dejándolo atónito.

Bebió lo que restaba de su copa y la dejó por ahí para, uno o dos segundos más tarde, ir tras ella. No supo qué fuerza extraña lo impulsó a aquella acción, sin embargo, allá iba, sin detenerse, disculpándose aquí y allá cada vez que tenía que mover a alguien del camino. La siguió, aún cuando la había perdido de vista, como persiguiendo el rastro de su perfume.

Cuando llegó al otro lado del salón, donde un muro le impidió seguir caminando, se dio cuenta que era caso perdido. Se llevó una mano al cabello y se lo peinó hacia atrás. Se tranquilizó, pensando en que pronto la contactaría de nuevo, aunque no sabía si eso le brindaba tranquilidad porque ayudaba a su empresa, o por otra razón. Diablos, necesitaba aire fresco. Se escabulló por una escalera de mármol que ascendía a una especie de jubé. Ahí encontró una ventana doble que daba a un balcón, y al jardín. La abrió y sintió la brisa golpearle el rostro, sin embargo, eso no lo tranquilizó como esperaba y al girarse para cerrar, la vio ahí, tan perdida como él.

Es nuestro destino encontrarnos, al parecer —habló con ese talante seguro y algo fiero que lo caracterizaba, casi como si hace un momento no hubiera estado buscando con desesperación un sitio para estar solo. Maximilien había aprendido que mostrarse vulnerable, siendo de una familia real, y en su posición de exiliado, era una tontería. Algo suicida.


Última edición por Maximilien Grimaldi el Dom Jul 02, 2017 11:35 pm, editado 2 veces


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Re: Demimonde → Privado

Mensaje por Bárbara Destutt de Tracy el Vie Jun 09, 2017 11:33 pm

«¿Qué mundos tengo dentro del alma que ha tiempo vengo pidiendo medios para volar?»
Alfonsina Storni

Era verdaderamente agotador. Bárbara no soportaba esos grandes eventos, donde todos buscaban su favor, donde debía calcar en su rostro un gesto amable, carente de su rictus serio y opaco, ese que tanto la caracterizaba. Leonor la influenciaba. “Querida, sonríe un poco más”, “Bárbara, por favor, acepta la invitación de ese muchacho”, “Ese caballero está emparentado con la realeza británica, es un excelente partido”; la voz de la anciana se le antojaba insoportable. No entendía que su nieta era una dama de prestigio y renombre, que no la necesitaba de casamentera y que, el matrimonio, ni siquiera figuraba en sus planes. Se vio a sí misma en un papel ridículo, como si fuese una niña. Recordó quién era y cuál era su lugar en esa marea de personas. Era Bárbara Destutt de Tracy, rica, poderosa y autosuficiente.

Abuela, por favor. Déjame tranquila —se soltó de su brazo en el único instante que tuvieron en soledad y se alejó, dejando a la mujer con la boca entreabierta del asombro. Si bien en su voz no había habido ni un gramo de enfado, la firmeza le llamó la atención. Bárbara, generalmente, ante ella se volvía mansa y asustadiza. Todas las vivencias del pasado, sus exigencias, habían calado hondo en el espíritu de la viuda, y la presencia de quien la había criado, se volvía un obstáculo para ser ella misma. Leonor disfrutaba del poder que ejercía sobre ella, pues parecía ser la única que le afectaba. Le gustaba la lucha de poder, y más en ese tiempo que se sentía tan vulnerable tras la muerte de su marido. No fue tras ella, no harían escándalos.

Bárbara se encontró con uno de los socios de su esposo, de los pocos que le agradaban. Tuvieron una escueta conversación sobre las inversiones en la América Española y de la importancia que había adquirido el puerto de Buenos Aires. No era de buena educación un tema así entre una dama y un caballero en un sitio público, y dieron por cerrada la cuestión cuando dos parejas se unieron a ellos. La charla se desvió hacia el casamiento de un Duque, un tema demasiado banal para una Bárbara que no veía la hora de poder irse a su hogar. Con la elegancia que la caracterizaba, se disculpó y saltó de grupo en grupo, compartiendo saludos amables, permaneciendo el tiempo suficiente que las buenas costumbres exigían.

Le ofrecieron una copa de champagne que aceptó gustosa. Logró escapar de la multitud, de las voces que la acuciaban. Desapareció por un pasillo y subió unas escaleras que parecían ser del servicio. Como si fuera un milagro, se encontró ante un ventanal que daba a uno de los tantos jardines del palacio real. Humedeció los labios con la bebida espirituosa y depositó la copa en el borde del balcón. La brisa era suave y le relajó el rostro, que se mantenía elevado. La Luna, enorme, llena, platinada, delineaba con su luz las curvas de los libustrines prolijamente podados. A sus oídos llegó alguna que otra risa, pero parecía haberse aislado de todos. Cuánto ansiaba esa paz… Dio un respingo cuando alguien ingresó, y su gesto de espanto no cambió cuando descubrió de quién se trataba.

Maximilien Grimaldi, el príncipe exiliado, el que jamás heredaría el trono pero que comandaría Mónaco tras bambalinas. Había evitado los comentarios sobre él, incluso, lo había bloqueado de su mente. Le afectaba más de lo que estaba dispuesta a aceptar y, a pesar de que hubiera preferido salir corriendo de allí –como había hecho en las dos oportunidades que se habían encontrado- algo le dijo “quédate”. Una sonrisa casi imperceptible en la oscuridad imperante, le curvó los labios generosos.

Si fuera otra clase de mujer, pensaría que está siguiéndome —bromeó. Se apoyó de espaldas al balcón. Lo observó con cierto descaro y descubrió los espléndidos ojos azules refulgiendo gracias a la Luna. Ella, que nunca se fijaba en esos detalles en el sexo opuesto, se sintió completamente atrapada. ¿Qué ocurría con Bárbara Destutt de Tracy?



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Re: Demimonde → Privado

Mensaje por Maximilien Grimaldi el Lun Jul 03, 2017 12:01 am


La fiesta parecía un recuerdo. Un recuerdo lejano, de otra vida incluso. Un eco que regresa cada vez más débil. El presente, en cambio, le pareció más calmo, un sosiego que no esperaba encontrar pronto, mucho menos con esta mujer en especial como única acompañante en el ansiado remanso que hacía mucho había buscado sin encontrar; esta mujer que lograba despertar muchas emociones en alguien tan controlado como él (y por ende, era peligrosa), tantas y ninguna de ellas era tranquilidad precisamente. Supuso que era el contexto, alejados de la fiesta, de los ojos, de la presión, y aunque había notado antes lo realmente hermosa que era, fue hasta ese momento que pudo contemplarla y dimensionar la magnitud de su presencia, más allá de un físico envidiable, que volvería loco a cualquier hombre. Sonrió de lado y terminó la tarea que había interrumpido al encontrársela sin proponérselo, que era cerrar la puerta doble de cristal; lo hizo con el pestillo. Cuando hubo terminado, las risas y la algarada de la tertulia quedaron todavía más amortiguadas, más enterradas en el cementerio de lo que no importa.

Créame, si la estuviera siguiendo, ni siquiera notaría mi presencia —avanzó como un felino. Movimientos marcados, pies ligeros, elegancia inherente—. Ha sido una coincidencia… —y guardó silencio un segundo, como si estuviera pensando detenidamente algo. Se plantó al lado de la mujer, aunque mirando al lado contrario, hacia el jardín y la noche. Recargó los codos en la baranda de piedra y soslayó a su acompañante. Sabía lo mal que sería visto que estuvieran ahí solos, considerando la posición de ambos, y no le importó. No le importó ni siquiera que su hombro estaba tocando el ajeno.

¿Cómo se supone que debo llamarla? ¿Viuda de Turner? ¿Señora Destutt de Tracy? ¿Bárbara? ¿Maï? —Clavó los ojos azules, como zafiros sin pulir, con ese mismo encanto salvaje. Podía ser un Grimaldi de nombre, y poseer el porte y la altivez de ese linaje, sin embargo, no dejaba de ser un huérfano abandonado en una tormenta de nieve. Era un sobreviviente—. Perdón por el atrevimiento, pero me niego a utilizar los dos primeros, es usted muy joven —continuó con aquella seguridad que desbordaba, como una copa de fino vino que ha sido llenada a tope y más.

Si no es la clase de mujer que pensaría que la estoy siguiendo, ¿entonces qué clase de mujer es? —Arqueó una ceja. Su voz fue un bajo barítono seductor, aunque la intención no era esa. No sabía a bien a qué demonios estaba jugando, pero lo estaba haciendo con pericia, como era siempre. Era un estratega hasta en esas situaciones banales. Aunque, si se detenía a pensarlo, el encuentro no era tan superficial. Bárbara Destutt de Tracy, viuda de Turner tenía algo que le interesaba mucho: dinero. Parné para su causa, porque regresar al trono no iba a ser barato. Y eso que Maximilien proyectaba poco derramamiento de sangre, si todo salía como lo tenía planeado.

Ha sido una noche difícil, creo. Lo ha sido para mí. No ayudó enterarme que una mujer tan bella fuera capaz de mentirme así —le echó una última mirada y volvió a dirigir la vista al frente. Guardó silencio. Aquella frase fe dicha con un dejo más liviano, algo parecido a una broma, si se quería. Como si hubiera una creciente confidencia entre ambos. Un secreto compartido.

Sí, lo estaba haciendo para ganársela y hasta cierto punto era de manera consciente y totalmente adrede, aunque eso sí, no la subestimaba. Sabía, por lo poco que la conocía, que no era como las otras mujeres que se había encontrado en París, a las que convencía con un halago y una sonrisa. No obstante, más allá de la superficie, había otra intención, una de la que hasta ahora Miximilien no estaba enterado, como si en verdad buscara conectar con ella. Era arriesgado continuar así, el problema radicaba en que hasta ahora, no veía lo que estaba haciendo de manera subconsciente, y es que siempre tenía dominio tan absoluto de todo, que esto era nuevo y desconocido, por lo tanto no tenía armas para enfrentarlo.


'Cause, darling, I'm a nightmare dressed like a daydream.
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