Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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De los árboles sureños cuelga una fruta extraña. Hay sangre en las hojas, hay sangre en la raíz | Privado

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De los árboles sureños cuelga una fruta extraña. Hay sangre en las hojas, hay sangre en la raíz | Privado

Mensaje por Quetzal Vernier el Mar Feb 28, 2017 3:27 pm



«¿Sabe? Mi cuñado padecía del mismo problema. El arsénico, muchacho, el arsénico solucionó el problema que usted tiene. Si viera cómo aclaró su tez... Mi pobre Henry, Dios lo tenga en su gloria» se lamentó, apoyando su mano izquierda sobre el dorso de la mía, la señora Gillwood, cuyas arrugas y pliegues corporales sugerían esconder las reliquias del mismísimo Salomón. «¿Qué autoridad tiene con sus alumnos, monsieur Vernier?» cuestionó con sorna el señor Valdemar desde la otra punta de la mesa, plantándose en su rostro una sonrisa ladina. «He oído las noticias. La subversión no hace más que desestabilizar el orden social. ¿Coincide usted con las medidas tomadas por el virrey de Azanza?» coronó un tercer hombre, esta vez de figura no tan familiar. Instintivamente chasqueé la lengua hacia un costado. Estaba seguro que la tonalidad de mi rostro era ahora irregular, pues por este comenzaba a subir un ardor cálido; quizá eso tranquilizaría a la señora Gillwood por unos instantes. Entonces, me levanté de mi sitio.
—Oh, no puedo creerlo. Caballeros, he olvidado por completo el encargo de mi colega. Aún debemos discutir el índice de unidades. Queda poco tiempo. —Mi compañero, ese desgraciado tenía que coger un resfriado justo el día del jodido banquete laboral, organizado por el área de ciencias —Debe estar odiándome. Sabrán disculpar —finalicé a media voz, para luego incorporarme de mi asiento —Señora Gillwood, no sabe cuánto lo siento. Si sirve de algo, podrá siempre tener la imagen del ebúrneo cadáver en su memoria. —agregué, intentando darme ánimos por dentro. Me adelanté también en rechazar con gesto escueto un carruaje que me alcanzara a dicho destino. Por un momento, quise creer que con ello había logrado lapidar semejante parloteo. Empero, en tanto comencé a alejarme a pie, el mutismo cedió ante los primeros murmullos, y los primeros murmullos cedieron ante una escena asquerosa y conventillera. Parecían debatir mi aspecto, mi rojez, interpretándolo como vergüenza ante los inoportunos comentarios, estoy convencido. Vergüenza, desde luego. Vergüenza por no atreverme a reconstruir sus avinagradas caras de un golpe.

El almuerzo solía llevarse en el jardín de la mansión de la vieja. Esta se ubicaba a poca distancia del área forestal. Curiosamente, mi residencia tampoco se alejaba mucho de la zona, por lo que el traslado a pie era razonablemente factible. Tal vez buscaba la manera de alejarme del tumultuo urbano, tal vez aún hacía mi mayor esfuerzo por no volver hasta los susodichos y cumplir mi fantasía poco académica. ¡Por supuesto que no tenía asuntos con nadie! Las unidades del programa estaban correctamente ordenadas en mi escritorio, dejándose ver en ellas incluso algunas anotaciones extras a considerar. Pero no deseaba volver a ello, siquiera soportar el camino por el centro parisino. No quería oír los demás carruajes, no quería oír a los vendedores ambulantes. En cambio, mis pasos, no tan inconscientes, me llevaron a adentrarme a un perímetro del bosque que ya tenía estudiado.
Todo era silencio, o tal vez todo era sinfonía. Los arces movían sus ramas con movimientos sempiternos, monótonos, pero unísonos entre sí. Las aves emprendían vuelo con peculiar aleteo, transportando su trova a lo largo de la tierra. ¡Y un gato! Había un pequeño gato. Me recordaba a Serge, que en la sala principal debía esperarme.
— Mírate nomas.
Cuando quise darme cuenta, me encontraba encaminándome hacia la criatura. La tomaría en brazos sin pensarlo demasiado, probablemente porque se veía un tanto dócil. Los felinos eran de mi agrado. Este era pequeño, de poco peso, y de un pelaje un tanto opaco, quizá porque era privado de un buen alimento.
—Eres muy delgado. Te llevaría conmigo, pero el idiota de Serge es celoso.
»Pobre esmirriado. ¿Acaso eres la mascota de un esclavo? —solté cuan estúpido, sonriéndole un poco. Fue cuando su cuerpo comenzó a intentar escabullirse de mis brazos. No intenté retenerlo.
— ¡Vale! ¿Tú también? La discriminación resulta ser epidemia del aire. Allá tú.




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Re: De los árboles sureños cuelga una fruta extraña. Hay sangre en las hojas, hay sangre en la raíz | Privado

Mensaje por Aasim el Dom Abr 09, 2017 10:46 pm

La tarde era tranquila y el sol desfilaba por el cielo casi despejado, a excepción de una que otra nube que paseaba por el manto azul claro. En realidad no tenía nada que hacer, ni tampoco había salido de la casa con un objetivo fijo en la mente, ni siquiera joder un poco a mi “amo” era mi intención; tan solo sentí deseos de salir de ahí y perderme en el bosque un rato, caminar y ya.

Sin nada encima más que un holgado pantalón de manta, abandoné el recinto para avanzar hasta terminar  cerca de los límites del bosque en donde la urbanización empezaba. Cansado por la travesía, opté por tomar asiento sobre un tronco de árbol caído hasta sentirme con más fuerza y ánimos como para continuar, tal vez para entonces se me ocurriría una buena idea de qué hacer con el tiempo que estaba a mi disposición. Alcé la vista, clavando mis ojos azules en los edificios y el humo que se veía a la lejanía, esa niebla negra que salía de las chimeneas de las llamadas “fábricas” y que tornaba oscuro el aire que tocaba, se esparcía y mataba todo a su paso de una manera lenta. -Todo aquí es muerte. -Murmuré afligido sin despegar la vista del horizonte opaco. Exhalé con pesar  para incorporarme. Tal vez si descansaba un rato podría despejar mi mente de esas ideas amargas.

Tomé aire y volví a echarme al suelo, pero no para descansar.  Ya no era un muchacho de piel oscura lo que se veía, sino un pequeño gato con un pelaje de patrones casi atigrados, color ámbar, patas delgadas y oídos atentos. Era yo en mi forma más pequeña y “simpática”. Ya completamente transformado estiré las patas delanteras y arqueando mi espalda hasta que tronaron un par de huesos; aquello era una sensación agradable, como si la tensión acumulada en el cuerpo se quebrara para desvanecerse, siempre que hacía eso sentía el cuerpo más ligero.

Estaba por repetir el proceso pero con mis patas traseras cuando un sonido, no muy lejos de allí, me llamó la atención. Giré mi cabeza al instante y mis orejas se irguieron atentas a cualquier perturbación del bosque. Había un nuevo aroma en el aire, una mezcla de tinta, perfumes y algo más que no podía identificar pero que se parecía a la fragancia que tenía la tierra en la lluvia; un hombre se aproximaba y pronto su figura se manifestó a pocos metros de mí.

Cuando pronunció sus primeras palabras no pude evitar el ladear la cabeza como solo un animal tan flexible como un gato era capaz. Mis enormes orbes, en ese momento color almendra, se abrieron más en sorpresa. Había no una, pero varias peculiaridades en ese hombre, primero su acento, muy distinto al de la gente de ese lugar, después estaban las palabras tan extrañas que había empleado. ¿Qué se suponía que significaba “esmirriado”, o “nomás”?

Sus manos me levantaron del suelo y no pude más que incomodarme. Sus manos, a pesar de estar físicamente heladas, tenían su toque de calidez. Cegado por la curiosidad que me provocaba el hombre, me dejé alzar, al menos hasta que su comentario de ser la mascota de un esclavo estuvo en el aire. Suficiente de esto. Comenté mentalmente antes de comenzar a retorcerme. Vamos, ¡bájame!

Una vez en el suelo me sacudí vigorosamente para volver a mis estiramientos. Pero no me alejé, a pesar de que parecía lo más correcto, algo me retenía allí, y era el hecho de que había encontrado la última peculiaridad del hombre, evidentemente un humano común y corriente, y era que su piel… era distinta. No era pálida, sino que tenía un color tostado, no era como yo claro está, pero no por ello era menos notorio.

Dirigí mis ligeros pasos hacia su persona, parecía que el hecho de querer alejarme le había indignado por alguna razón. Pero por su reacción anterior al verme, deduje que le agradaban los animales. Con lentitud y elegancia comencé a pasearme por entre sus pies, de repente frotando mi pequeño cuerpo y cabeza contra su pantalón. ¿Quién eres? Quería preguntarle eso y mil cosas más.



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