Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Evocaciones de un Arcángel –Flashback

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Evocaciones de un Arcángel –Flashback

Mensaje por Donato G. Pecora Lippi el Vie Mar 03, 2017 9:54 pm





qui enim renascitur

El sueño es un recuerdo que frecuenta esta alma en desconcierto, recordando al que es sobre el que alguna vez fue.
Ahora ambos son, el hombre de hace setecientos años y el que patea los adoquines rumbo al puerto.
Uno, portador de la cruz que, carmesí, le ataviaba el pecho, clamando un motivo para blandir su espada; el otro, crudo y conciso, frío y calculador, que en palabras desarma la vida y en sueños reconstruye su pasado.
Ambos templos de la misma esencia divina, que al final de los tiempos tocará siete clarines y, obedeciendo al Supremo, desatará sobre la Tierra un presagio concebido en el Cielo.





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Re: Evocaciones de un Arcángel –Flashback

Mensaje por Donato G. Pecora Lippi el Vie Mar 03, 2017 10:06 pm





La primera cruzada

En la tierra yacen los hijos del Altísimo, congregados en la muerte como lo hicieron en vida, apostados en cerros de carne marchita, sus pechos blancos teñidos de carmesí; el rojo de su cruz y la sangre de sus hermanos. En medio del páramo que ahora es cementerio, se erige la silueta de un joven con expresión anonadada; el viento acaricia su rizado cabello como lo hace con los rostros de los caídos, susurra en sus oídos que no tiene derecho de contemplar el campo de batalla, donde alguna vez se meció con parsimonia la hierba y ahora se dispersan como flores los cadáveres de cuantos desenvainaron sus metales al grito de un credo.
¿Con qué excusa se derraman sus lágrimas por el caudal de sus mejillas? Si es él también, un cruento asesino que, recitando el Padrenuestro, rasgó la carne de los paganos. ¿Quién le había asegurado que aquellos no fueran también hijos de Dios? En sus miradas inertes no hallaba diferencia, eran todas esferas resecas con el alma del ausente plasmada en su desconcierto. Ninguno había comprendido que aquel era el final, todos inquirían al único de pie sobre el motivo de su condición, «¿por qué te eriges sobre mi pecho, no somos, acaso, hermanos de escudo?».
Ninguna voz había acallado a la muerte. Se había paseado de hombre en hombre, tarareando por lo bajo su melodía definitiva, tomando la vida de uno y otro, asegurándose así la propia eternidad. De su paso se evidenciaba el sofocante perfume, impregnado en la esencia derramada de todas sus víctimas –o quizá beneficiarios–, fragancia envenenada de pasiones que colmaba los sentidos de los vivos hasta sumirlos en la más siniestra desesperación.
Pero aquel sobreviviente residía entre los desterrados, rígido e inerte, como un ángel custodio, el augurio de una noche eterna en plácido descanso. ¿Qué sitio correspondía a los caballeros? En nombre de Dios habían blandido sus espadas, derramado la sangre de sus enemigos e hincado las rodillas sobre la tierra para exhalar su último suspiro, ¿eran, pues, dignos del Paraíso?

«La mención de mi nombre por encima del murmullo del viento logró que volteara hacia el Este, donde el escenario se extendía igual de devastador que en las faldas del horizonte. Otro de los caballeros se aproximaba en mi dirección, ostentando sobre el pecho la misma cruz que llevara yo, el blanco de nuestro atuendo tan derruido como la piel en los rostros de los caídos, su memoria desperdigada bajo nuestros pies.
El viento acarreaba el sofocante hedor de la sangre derramada, en comunión con la tierra, lecho de los exiliados, mientras las aves de rapiña se revoloteaban con gula, espantadas por los flameantes estandartes, incrustados entre las entrañas de los que fueran sus portadores.
–Es momento de acudir al campamento, ya habrá tiempo de recoger los cadáveres para brindarles santa sepultura.
–Que así sea, señor –respondí por inercia, concentrado en devolverle la mirada al joven que, a dos pasos de distancia, reclamaba piedad con la boca abierta y el corte en el cuello plagado de moscas.
Mi interlocutor dio por concluso su comunicado y se dio la vuelta para regresar al resguardo del bosque. Mientras que los árboles se erguían orgullosos de su longeva existencia, sus raíces se extendían sin voz debajo de los hombres sin jactancias.
Eran las colinas, único amparo de la hierba, verdes se ondulaban más allá del prado de carne, hierro inhábil y desolación. Aún no era capaz de comprender el motivo que me incitaba a permanecer de pie en aquel sitio, por qué los sesos y entrañas que rebosaban de las heridas no me infundían mayor disgusto que la expresión plasmada por la eternidad en los rostros de mis inertes hermanos y enemigos.
Esbocé el camino de regreso tal y como lo había realizado mi predecesor, esquivando miembros y escudos, semblantes inmóviles y desesperanza. Agradecí al Señor por haberme brindado una segunda oportunidad, por verme en condiciones de respirar el hedor de la sangre y la putrefacción, por haberle concedido motivación a mi existencia y un destino a mi misión.»

En los confines de su espíritu, sepultado bajo las capas de humanidad perenne, perpetuadas en el tiempo con nuevos depósitos de existencia, una esencia pura y divina, impulsaba la inconsciencia del descenso de las lágrimas. Tantos Hijos del Padre perdidos, sin retorno; la penuria que desde siempre sus ojos debieran contemplar hasta el día en que su templo liberara su integridad y, reunidos los Siete, blandieran sus trompetas para inscribir en la historia la voluntad única y definitiva del Altísimo.





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Re: Evocaciones de un Arcángel –Flashback

Mensaje por Donato G. Pecora Lippi el Sáb Jun 03, 2017 7:03 pm





La compañía


Primera cruzada, 600 años atrás.
Como se congregan las aves de rapiña en derredor de los cuerpos marchitos, se disponían los distantes caballeros en vela de la fogata. Sólo en las noches la cólera daba tregua y el cuerpo sucumbía a la debilidad de su existencia perecedera; la llama oscilante les infundía calor, el licor taponaba las penas y la plática incoherente les permitía olvidar, siquiera por un instante, que se hallaban ubicados en los confines del infierno y que, pasando la colina, una horda de sedientas espadas curvas aguardaban su caída para de su sangre beber.
Él no disponía de jerarquía, destacable casta ni envidiable habilidad, pero era astuto, sagaz, y optimista; le habían inculcado que cada tajo que marcara el fin era un escalón en ascenso hacia el Cielo, que sus camaradas eran héroes, ángeles en la tierra que pronto recuperarían el derecho a portar sus alas; que no debía temer a la muerte porque ésta suponía un abrir y cerrar de ojos, un traspaso instantáneo hacia la trascendencia definitiva, un grupo de santos bidimensionales tendiéndole una mano garabateada hacia la divinidad.
Y aunque la sopa supiera amarga y no probara carne desde hacía semanas, por mucho que el licor oliera a alcohol y no a fermento, que la malla se hubiese adherido a su magullada piel, él seguía creyendo que al final de la guerra estaría satisfecho y podría, entonces, construir una vida cimentada en el prestigio.
Un extraño calor se arremolinaba con cada nuevo silencio en su pecho, ya había preguntado a otros al respecto, puesto que los guerreros suelen padecer el mismo tipo de dolencias, mas ninguno había admitido experimentar nada similar; si bien no sentía temor, sí una angustia indescriptible. El asesinato era una carga que pesaba fatigosa sobre sus hombros, pero nada parecía indicar que ese malestar se debiera a ello. En ocasiones creía despertar de su letargo a causa de la agonía, incluso estaba considerando la posibilidad de que se debiera a algún sueño, pero resultaba imposible establecer la conexión cuando sus letargos eran resultado de la sobredosis de bebida.
Y contemplar la hoguera era desconcertante, le remitía a las tardes invernales que ocupara en la alfombra de la casona a espera de que solicitaran su presencia para cenar. Y los perros de caza roncarían a sus flancos, la señora pasearía engalanada por los pasillos; en el exterior la cosecha interrumpida y la hambruna a flor de piel, la miseria en cada mirada y su existencia ajena, porque como muy pocos –que ahora reunidos en la compañía parecían muchos– había nacido con el privilegio de ser llamado señor. O cerca.
La brisa le recordaba, nuevamente, sobre las espadas curvas al otro lado de la colina. Y su sed, su condenada sed; tan similar –si no es que idéntica– a la que coloreaba la cruz que le ataviaba. Y entonces se le olvidaba rezar, porque su garganta estaba reseca y su pecho ardiendo; en los confines del infierno el fuego es el único sustento de los desamparados.





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