Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Preliator — Privado [Flashback]

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Preliator — Privado [Flashback]

Mensaje por Erinnia S. Graffiacane el Vie Mar 17, 2017 6:31 pm


Abadía de Montecassino (Roma) - Edad Media.

Se puso de cuclillas, y extendiendo su mano, tomó un puñado de tierra árida; su vestidura, una vieja túnica negra, estaba rasgada y sucia, arruinada por el mal tiempo y los días que estuvo divagando de un lado a otro. Había llegado a Cassino hacía varios días atrás, persiguiendo una de las leyendas más asombrosas de la época. Con increíble destreza siguió los pasos de algunos templarios que se dirigían airosos a la abadía que se hallaba en la colina; suponía que llevaban algo, que según su conciencia antigua, le pertenecía desde el inicio de los tiempos. El Mensajero había abandonado Tierra Santa sólo para hallarse cara a cara con el tesoro que tanto había deseado obtener en el pasado, antes de que fuera puesto en manos de supuestos elegidos. Todas las pistas conducían a aquel lugar rocoso, en donde alguna vez reposó un templo en honor al dios Apolo.

Desde su posición podía observar como la construcción se erigía con supremacía, destacándose ante cualquier edificio antiguo. Sin duda, estaba en el lugar correcto, y no importaba cuántas almas tuviera que arrojar al abismo, ella, como una arcaica deidad primigenia, reclamaría su poder. Observó la arena en su mano y la dejó caer, como lo hacía el sol en ese día. Su plan marchaba tal y como lo había planeado. Entre los árboles que circundaban la zona, sus trovadores, como fieles vigilantes nocturnos, se enteraban de cada movimiento del enemigo. Manipular la mente de Le Fay había sido la tarea más sencilla, y todo gracias a sus ataduras hacia los dioses silentes de las islas británicas, además de haber compartido con ella el mismo entrenamiento con un talentoso mago.

Urdido el plan, dejó que la noche reposara con serenidad, para sí poder mezclarse en las tinieblas, pareciendo incluso una sombra más, una que se desplazó a través del trecho de tierra que conducía a la abadía.

Graffiacane, en esa precisa encarnación, había obtenido habilidades mágicas, pues, mantenía gran parte de su esencia atada a ella. Podía hasta cambiar su apariencia para despistar a cualquiera, y también lograba dominar a los muertos con increíble destreza, encerrándolos en los cadáveres de cuervos, para así utilizarlos como emisarios. Gracias a estos dones logró colarse entre las paredes frías de la edificación, pasando desapercibida en la forma de un pobre monje Benedicto que pedía alojo durante una supuesta peregrinación. ¡Era increíble como osaba engañar el demonio del quinto círculo! Por algo su gemelo reinaba en el anillo del Fraude. Sin embargo, las cuestiones que la llevaban a actuar en soledad eran muy diferentes; su propia codicia, por ser quien gobernara en el abismo con el mismo poder de cuando era uno de los poderosos Tronos celestiales.

—A coelo usque ad centrum —susurró cuando estuvo cerca de una mujer de cabellos castaños, quien se hallaba sentada en uno de los desolados corredores—. A cohores fratres viventem in aeternum —continuó, aún con la mirada fija en los ojos de la joven, quien supo reconocer de inmediato quien se ocultaba tras la apariencia de un monje de mediana edad—. No fue complicado, ¿cierto, Morgan le Fay? Tu mente aún está bajo mi control. Y espero que lo continúe o tu maestro tendrá que sufrir las consecuencias. —Chasqueó la lengua, sonriendo con esa malicia propia de un demonio—. Humanos, es tan fácil engañarlos con cualquier apego a lo emocional. Llévame a los caballeros, sepáralos en el bosque, atormenta al Merovingio y yo me haré cargo de Gabriel.

Y con estas palabras se esfumó a través del pasillo oscuro, dejando a Le Fay terriblemente confundida, mirándose las manos como si intentara hallar alguna solución en las marcas que se trazaban en las palmas.



Última edición por Erinnia S. Graffiacane el Sáb Mar 25, 2017 2:28 pm, editado 2 veces


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Re: Preliator — Privado [Flashback]

Mensaje por Donato G. Pecora Lippi el Vie Mar 24, 2017 8:32 pm





Preliator
Reúnan los alados el aliento, tras la orden del Definitivo, soplarán los clarines del desenlace.

Las tinieblas se habían cernido sobre la santa obra del Creador cuando los peregrinos interrumpieron su marcha a mediados del bosque. Hasta el anuncio del alba reposarían sus extenuados cuerpos y velarían en turnos por la integridad de los elegidos; la noche era el escenario en que los caídos y sus vástagos desempeñaban su pagana labor, mas se esperaba que no acopiaran la osadía de incordiar a los caballeros. En comunión con el horizonte se erigía la abadía, con sus cúpulas de antaño y la promesa de rocosos aposentos y mullidos lechos en los cuales conciliar, finalmente, el sueño. Habían pasado algunas semanas desde la partida y cada suspiro amenazaba con ser el último, cinco Caballeros del Temple cargaban con la responsabilidad de la misión, presididos por dos compañías y seguidos por otras tres, cuyo objetivo era camuflar la reliquia que portaban ellos, los encarnados, ya próximos a arribar a destino.
Gabriele y otro élite montarían la primera ronda, debían velar por la integridad del guardián y procurar que se presentara en el templo con el Santo Grial.

Hacía varias jornadas que el joven no lograba descansar con placidez, el letargo era una siniestra tortura que acarreaba consigo la manifestación de atroces pesadillas. Una y otra vez había despertado bañado en sudor y tiritando de espanto, las voces en su cabeza se comunicaban en diversidad de idiomas, recordándole su pasado, distorsionando su presente y anticipando un incierto futuro que con cada anochecer se extendía más sombrío. Frente a los caballeros se comportaba con naturalidad, esforzándose por acallar el desorden que era su mente e incentivar los buenos ánimos; le valoraban por su inteligencia, astucia y comprensión, y así se perpetuaría hasta que sus restantes fuerzas acabaran de desgastarse.
Como si un millar de puñales se clavaran en su pecho y una horda de estacas le perforaran el vientre, había comenzado a evadir las comidas con la excusa de proporcionar seguridad; la armadura se cernía como un parásito sobre su carne y la espada a cada instante se volvía más pesada, hacía tiempo que se le habían agotado los suspiros y desde joven se le había enseñado a no llorar, su único soporte residía en sus plegarias, en ellas volcaba su espíritu, anhelando que el Todopoderoso le brindase la fortaleza para superar un día más. Era una escasa legua la que le distanciaba del acogedor abrazo de su doncella, el único pecado del que jamás encontraría redención.

El joven acostumbraba perderse en el mar de pensamientos que inundaba su sano juicio, en ocasiones olvidaba quién era y cuál misión respondía a su cargo, mas siempre lograba aferrarse a la realidad con drasticidad; eran la sangre de sus heridas, la insistencia de un compañero y una voz producto de sus alucinaciones las que le habían salvado en todas aquellas ocasiones. Pero ya no estaba seguro de cuánto más le sería efectivo.
Desde el momento en que pusiera pie en Tierra Santa, la confusión acarreada por su designio había arrasado con cualquier intento de resistencia; la reliquita envuelta en sábanas de lino y resguardada por el único individuo con la dignidad para portarle parecía susurrarle hechizos al oído, envenenándole el intelecto y conduciéndole hacia un valle de miserias sin salida.
–¿Oyes eso? –interrogó su compañero, con la templanza de todo caballero pero la inquietud de quien portaba una responsabilidad. Gabriele aguzó el oído y se concentró en la misteriosa melodía que endulzaba la brisa.
Se puso de pie, con la mano aferrando su empuñadura y viró para establecer contacto con el templario en guardia, tras asentir como respuesta, avanzó en dirección de las tinieblas que residían en el bosque.
Aguarda aquí. Si notas que no regreso en breve, si te percatas del choque de metales o percibes que hay un sexto entre nosotros, despierta a la compañía y emprendan de inmediato el camino hacia la abadía. Les alcanzaré entonces.

Las malezas crujieron cuando el joven se adentró entre las cortezas, envainada su espada –mas inmensamente predispuesta– y aferrada su zurda al cabo de una antorcha, se distanció de sus hermanos para comprobar que podían descansar hasta el amanecer. Pero aquella voz, angustiosa y armónica, continuaba suspendida en el aire y comenzaba a contraerle, impiadosa, el corazón. Se asemejaba demasiado a la dulzura en el tono de su amada, con cada paso que esbozaba en dirección de su fuente, se obstruía su respiración; temió que su juicio se estuviera corrompiendo hasta el límite sin retorno, pero no podía evadir proseguir en pos de su mal augurio.
Cuando la lumbre de la hoguera descansó imperceptible y los únicos presentes fueron él, los abetos, las raíces y el firmamento nocturno, se detuvo. En aquella encarnación, había sido bendecido con las habilidades de un hechicero y, aunque siempre se hubiese abstenido de emplearlas con fines mundanos así como en las batallas, tenía vastos conocimientos en su aplique; por ello no fue misterio que reconociera el encantamiento detrás de la niebla cuando la claridad del cántico comenzó a menguar. Un atisbo de esperanza colmó su doliente cuerpo y, hurgando con la vista entre las siluetas en la oscuridad, se aventuró a saldar su presentimiento.
¿Morgana?




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Re: Preliator — Privado [Flashback]

Mensaje por Erinnia S. Graffiacane el Lun Jul 03, 2017 1:44 am


En antaño se regodeaba de ser la más poderosa entre los suyos; había heredado las habilidades dignas para perseguir sus objetivos con hambre y audacia. Graffiacane, como un cuervo hambriento y astuto, siempre vigilaba atenta a sus enemigos, para luego urdir la mejor de las trampas y hacerlos perecer, mientras ella danzaba alrededor de las flamas de la victoria. Por eso se encontraba en aquel preciso lugar, valiéndose de los poderes obtenidos en dicha encarnación (más adelante sólo debía conformarse con ser un simple cuervo nada más), filtrándose en la antigua abadía, vestida en las pieles de un viejo monje... hallando a un blanco fácil entre las paredes húmedas del recinto.

Le Fay aún conservaba una mente inestable y demasiado errática, la indicada para ser perfectamente manipulada, basándose en las carencias de control emocional, del que tanto se burlaba Graffiacane. Si bien aquella bruja resultaba ser talentosa, ya había cometido muchos fallos, los necesarios para que hiciera caso a las advertencias del demonio que se ocultaba tras la mirada de ese monje. No pasó mucho para que Le Fay lo notara; era buena, eso lo sabía de sobra. Aun así, no fue suficiente para evitar que se sembrara en ella la semilla de la incertidumbre. Una manipulación terrible que amenazaba sus principios por completo.

Pero bien, cuando Graffiacane culminó su labor con Le Fay, se dirigió a recorrer cada centímetro de la abadía, recolectando información que pudiera resultar interesante y justa, en especial para ella, una ambiciosa de conocimiento de proporciones cósmicas. Sin embargo, tenía el tiempo en su contra, pues su disfraz se desvanecería pronto y debía darse prisa. Lo hizo, desde luego que sí. Por esa misma razón, luego de hallar lo que le convenía, se internó nuevamente en la maleza circundante, sabiendo que los caballeros se encontraban ahí, aparte de Le Fay, que había obedecido al pie de la letra sus indicaciones. Casi podía escuchar la melodía de la victoria... Casi. Tampoco podía ser tan cabezota como para asegurarlo todo de las buenas a las primeras.

Lo que sí logró asegurar fue la presencia de los dos miembros que perseguía. Luego de haber recuperado las energías de ese odioso recipiente humano (y no menos habilidoso), se dirigió hacia sus objetivos. El joven merovingio de seguro estaba cayendo en las ilusiones creadas por Morgan, mientras ella iba directo hacia un enemigo mucho más antiguo. ¡Claro! Que no los engañe la juventud de Gabriele, porque es casi lo mismo que Graffiacane, sólo que está en el bando contrario, así de sencillo. Sin embargo, también cometía fallos, y fue cuando el cuervo astuto se aprovechó.

—Así es, Gabriele. Lamento haber tardado —respondió, pero esta vez su apariencia no era ni la suya, ni la del monje, sino la de la mismísima Le Fay, quien se encontraba haciendo de las suyas, bajo las influencias del cuervo arcano—. No podía estar tanto tiempo encerrada en esa abadía...

Dio un paso y otro, y luego otro más, hasta acortar la amplia distancia entre ambos. Era una buena imitadora; el control ancestral de esos poderes en antaño resultaba esplendido, pero la confianza en el campo de batalla, algunas veces, puede ser terrible. Graffiacane lo sabía, aun así, su ego podía cegarla a un punto nefasto. Y a pesar de la advertencia de su mente, continuó con la farsa, atreviéndose a rodear con los brazos a Gabriele, como lo haría Le Fay (tanto así los había vigilado).

—Por favor, llévame contigo... —susurró—. Por favor.

Pero un grito desgarrador irrumpió en el silencio de la noche.




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