Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Riagán O'Rourke el Lun Mar 20, 2017 10:39 pm


“I have been casting shadows all my life without caring about how deeply they stain my soul.”
— Friedrich Nietzsche


A esto había venido a París. Para esto había dejado Irlanda y luego Inglaterra. Para renacer como un fénix. ¿Era capaz? La respuesta le daba miedo y por única respuesta tenía el actuar. Hacer las cosas, no pensarlo más. Por días enteros, en la soledad del piso que rentaba cerca del centro, había trazado este plan. Sentía una extraña e incómoda náusea en el estómago, el nerviosismo, que no quería aceptar, de comenzar a trabajar solo. Era mejor… siempre era mejor estar solo. Tras las pérdidas y las heridas, esa era una realidad que le llegó de frente hasta dejarlo sangrando. No había otro modo de vivir para un hombre como él.

Antes de salir, se miró frente al espejo. De Dublín y luego las ciudades en Inglaterra que visitó, se trajo un par de trajes de buena calidad. Disfraces. Fachadas confeccionadas a la medida. Debía aparentar todo, menos quien era en realidad. A veces, en sus momento de mayor cordura, temía disolverse entre las muchas identidades que tomaba para trabajar. No reconocerse más. Por eso, ahí, viendo su reflejo, se tocó el rostro, la barba pelirroja bien recortada y se miró directo a los ojos, diciéndose quién era, y por qué estaba ahí.

Rentó un buen carruaje para llegar a la casa de subastas. No podía dejar ningún cabo suelto. Toda su actuación debía ser perfecta, cada detalle debía estar cuidado. Como nombre eligió Fergus, en honor a su mentor, y como apellido Buchanan. Era un empresario escocés (acento que tenía dominado), de bajo perfil, pero el suficiente dinero como para pretender comprar algún bien incautado (aunque desconociera que fueran precisamente, objetos obtenidos por la inquisición). Algunas semanas atrás, se encargó de que el rumor de la llegada de Fergus Buchanan corriera por París. Después de unos días, la gente ya no se preguntaba quién diablos era, sino qué tratos podrían trabar con él. Era una táctica muy sencilla. Distraer la atención de lo importante.

Al entrar al lugar quedó maravillado y lamentó tener que comportarse. Riagán tenía un amor muy arraigado por las artes decorativas,  ahí, en ese sitio, estaban las piezas más exquisitas que había visto jamás. No lo sabía, pero muchas de ellas eran tan antiguas que los sitios de donde venían ya ni siquiera existían, y es que provenían de esas lúgubres casonas de los vampiros. Seres que, hasta el momento, le eran desconocidos. Un mozo se acercó para tomar su abrigo, y con educación, Riagán, o Fergus, se lo dio, sólo para seguir avanzando.

Tomó asiento en la tercera fila del anfiteatro. Arriba del escenario, ya estaba el subastador vestido de etiqueta y con guantes blancos. Un hombre delgado y de nariz respingadas, que distaba mucho de ser apuesto. Riagán oteó el lugar y cuando su vista se dirigió al pasillo por el que él mismo había entrado, la vio llegar. Era hermosa, no iba a negarlo, no obstante, ese hecho no tenía por qué entorpecer su trabajo. Tratando de no ser muy obvio, siguió sus movimientos. Se sentó al otro lado, un dos filas atrás. Fingiendo que iba al baño, se puso de pie, desapareció unos minutos y a su regreso, tomó lugar junto a ella. Para su fortuna, el lugar que había estado ocupando previamente, había sido ocupado, asunto que jugó a su favor. Era horrible trabajar solo, uno debía atenerse a las circunstancias y eso era poco fiable, por decir lo menos.

Espero no le moleste, madame —le habló con educación, haciendo un leve asentimiento con la cabeza—, mi lugar previo ya ha sido ocupado —y señaló con vaguedad allá donde había estado sentado. Luego le sonrió—. Así que amante de las antigüedades. No hay muchas mujeres jóvenes interesadas en esto. Siento si la estoy molestado —e hizo amago de girarse al frente para dejar de hablarle.

Oh, ¿ya vio? Es una hermosa bedenza de caoba, parece isabelina… creo que será la primera pieza en ser subastada —comentó y la miró por el rabillo del ojo. Aquello no había sido aprendido, Riagán genuinamente sabía esas cosas. Si la vida hubiera sido más benevolente con él, aún se dedicaría a vender y restaurar muebles finos entre otras cosas. Si bien estaba solo en la ciudad, y en esa misión, había indagado lo suficiente para poder ganarse a la dama en cuestión, a pesar de que más de una persona le advirtió que no se trataba de una mujer común: cuidado con Abigail Zarkozi, le dijeron, pero Riagán decidió hacer oídos sordos y continuar.


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Re: Stained → Privado

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Mar Abr 04, 2017 10:15 am

La leyenda decía que hacía mucho, mucho tiempo, yo había sido una inquisidora tan buena y tan profesional que aproximadamente tres cuartas partes de los objetos incautados en la subasta a la que me tocaba acudir aquella noche los había conseguido yo. Y digo leyenda porque hacía tanto que no tenía una misión real que ya casi me había olvidado; la mayor parte de la acción y del trajín de mi vida se producía en la luna llena por algo que no podía controlar, pero que cada vez deseaba más que me sucediera porque, así, al menos salía. Precisamente por eso, casi había redondeado la fecha de la subasta en el calendario que manejaba para poner algo de orden en mi ya de por sí demasiado monótona vida, y había estado tachando todos los anteriores hasta que por fin llegó el momento de acudir, aunque sólo fuera por unas horas, con la excusa de decorar mi hogar. Lo cierto era que tenía la casa medio vacía de muebles porque ya apenas pasaba tiempo allí, así que la excusa era más bien un motivo de peso que justificaba mi asistencia igual que la de los empresarios extranjeros que, según había oído, acudirían al local donde se celebraría. Quién sabía, a lo mejor entre muebles y hombres encontraba algo que me pudiera entretener mínimamente... Así que, con esa idea en mente y las intenciones bien claras, como siempre, decidí que había llegado el momento de llamar al servicio para que me prepararan un baño, me seleccionaran un vestido elegante con un corsé más sutil que los del resto de damas (porque, a decir verdad, tampoco es que me hiciera mucha falta usar uno) y se ocuparan de pulirme y darme el esplendor que los documentos e informes se habían ocupado de robarme cada noche. Con una tarea tan fácil, porque la materia prima con la que tenían que trabajar era de calidad notable, enseguida terminaron conmigo, y para cuando salí de mi casa (me negaba a llamarlo hogar; yo de eso no tenía), parecía una verdadera dama... una mentira tan grande como cualquier otra de las que contaban en la Iglesia.

Dado mi atuendo, un largo vestido de seda esmeralda con escote sutil y un abrigo negro por encima para protegerlo, no podía ir caminando y arriesgarme a mancharlo de barro o de la suciedad de la ciudad, por lo que no tuve más remedio que subirme a un carruaje que me conduciría directamente hasta el pequeño local, enclavado en la zona comercial de París. Una vez allí, decidí mantener la apariencia de dama un rato más y acepté la ayuda del cochero para descender e incluso para entrar en el local, donde aparentemente no quedaba bien que una inquisidora que no iba vestida de ello se paseara sola, como lo estaba haciendo yo. En fin, qué le iba a hacer; resignada, porque a aquellas alturas ya me había mentalizado de que incluso en la subasta iba a aburrirme condenadamente, me dirigí hacia mi sitio, sin pasearme entre las piezas expuestas porque haberlas conseguido yo misma me daba cierto conocimiento sobre lo que había... Apenas nada, ¿eh? Lo suficiente para poder sentarme con las piernas cruzadas y las manos, con guantes de encaje también negros, sobre el regazo, mirando al frente y deseando que todo terminara lo más rápido posible hasta que alguien me interrumpió de la mejor manera posible: atrayendo mi atención. Había sido inevitable que me fijara en su melena pelirroja desde el instante en que había entrado, y su acento escocés lo delató como Fergus Buchanan, un empresario del que todos habíamos oído hablar en los días previos, pero que nadie había visto hasta la fecha de la subasta. ¿Debía, pues, sentirme honrada, o simplemente curiosa porque había presenciado su sutil acercamiento hasta mí, que me parecía que de casual tenía poco? Tal vez fuera mi instinto de inquisidora, pero había algo en él en lo que no terminaba de confiar; sin embargo, estaba lo suficientemente bien educada para dejarlo en la parte trasera de mis pensamientos y enfrentarme a él de cara, con una amplia sonrisa y la mejor de mis actitudes, esa que desde hacía tiempo parecía no existir ya.

– Oh, para nada, no es molestia, ¿Monsieur...? Lo cierto es que si me encuentro aquí es más por necesidad que por pasión: me encuentro a la búsqueda de muebles para decorar ciertas estancias de mi hogar, y escuché que aquí habría algunas gangas... interesantes. Y pese a que la bedenza de caoba, isabelina, sea fascinante, tengo la atención puesta en un bargueño de ébano, carey y marfil de en torno a 1600, que creo que subastarán después. ¿Usted qué opina? ¿Me merece la pena esperar o manifiesto ya mi interés por esa bedenza...?



Oh how I love to hear you beckon:

and stripped to the bone:
But when I come around:

I come inside and just leave:

Because if I had a heart:
I wouldn't wear it on my fucking sleeve:

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Abigail S. Zarkozi
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