Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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La hija de la Luna (Misha)

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La hija de la Luna (Misha)

Mensaje por Izrail Zuhair el Jue Mar 23, 2017 12:51 am

Corre en la noche de luna llena, huyendo del depredador que le sigue, incansable, a través de una senda de muerte y desolación que más que amedrentar, enaltece más las ansias de mis hermanos y mías por darle caza. Corre. Corre y solo se detiene para diezmar una cada vez más reducida partida de cada ajeno a la propia realidad a la que se aferra con desesperación. Corre sin saber que no hay descanso en un corazón puro y que el bosque, aunque arrope la más temible oscuridad, no es refugio suficiente para el acero de nuestras espadas ni el fuego de nuestras antorchas.

Eramos ocho al salir de París. Ocho hermanos juramentados que poco a poco nos hemos ido despidiendo de los que Él ha tenido a bien, en su Divina Sabiduría, concederles el descanso eterno junto a Su trono. Tres somos lo que quedamos para dar caza a la oscuridad, armados con todo lo que nuestra Sagrada Institución puede brindarnos y lo que Su Gracia puede ofrecernos.

El hermano Beaufort sangra incontroladamente por una pierna; no la ha perdido de milagro y sólo el tiempo dirá lo que le permite resistir en pie, pues su voluntad aún no ha quebrado y, a pesar de la lividez de su rostro por la falta de sangre, mantiene el paso como puede. La hermana Frida, en cambio, muestra una rectitud envidiable explicable solo a causa de su juventud e inexperiencia. Su cabello rubio brilla a la luz de la luna llena y su cuerpo, delgado y ágil, se mueve con gracilidad entre los árboles sin hace más ruido del que haría una brisa al moverse entre las hojas.

Pero no es suficiente.

El cuerpo, casi partido a la mitad, sale despedido impactando contra el primer árbol que frena su trayectoria resultando en un golpe sordo que afianza más la muerte de la inquisidora al quebrar los pocos huesos sanos del cuerpo. Mi atención, entonces, se dirige al hermano Beaufort al que, lamentandolo mucho, debo ejecutar por mi propia seguridad. Se ha antojado una carga y, llegada la hora, resultará más un estorbo que una ayuda.

Mis manos rebuscan entre los útiles de los dos difuntos y recogen lo que creo de mayor conveniencia, colocando cada cosa como buenamente puedo en mis correajes para tenerlos a mano y que no resulten un estorbo. El peso extra se nota y mi respiración se agita, mezcla de nerviosismo y fatiga. Noto mi pecho hincharse y deshincharse bajo la cota de malla de plata que ocultan mis ropas de cuero y que sólo se desvela desde los hombros hasta medio brazo, dejando una poco elegante pero eficaz manga corta.

Mis pasos me llevan a un claro bastante amplio, donde el bosque linda con una pradera cuyo fin no alcanza la vista. La hierba corta bajo mis pies es lo suficientemente mullida como para proporcionar una falsa sensación de descanso y, la claridad que brinda la luz de la luna junto con lo despejado de la orografía, reducen mi desventaja.

Y esque no veo al "perro" pero sé que está ahí. Puede verme, olerme... saborea el miedo como un niño una piruleta porque ¿para qué negar la evidencia? El miedo es algo que no se puede dejar metido en un baúl y carecer de él, ahora mismo, sería más que valeroso, estúpido. -Muestrate, animal. Deja de huir y confronta a la mano justiciera de Nuestro Señor- grito al unísono, esperando ver el más mínimo cambio que mi sentidos, turbados y cansado, me permitan.


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Re: La hija de la Luna (Misha)

Mensaje por Misha Kaiser el Dom Mar 26, 2017 11:50 pm

Era consciente de que mi huida de esa noche traería funestas consecuencias si me encontraban, pero por primera vez desde que mi mentor me liberó de una muerte segura siendo niña, me negaba a confinarme en una mazmorra o cualquier otro tipo de prisión durante la luna llena. Después de tantos años sintiéndome presa cuando todo mi ser suplicaba por la libertad, había sido ahora, en una ciudad que apenas conocía y cuando mi puesto como guerrera de la Inquisición más se tambaleaba, cuando había decidido revelarme.
Llevaba varios meses en los que mi naturaleza clamaba a voz en grito por desatarse, semanas de encontrarme caminando sobre una fina línea entre el deber y mi propio yo; entre lo que había jurado ante un dios en el que no creía y dejarme acunar por Gaïa, mi diosa, cada luna llena.

Había llegado hasta mí el rumor de que un licántropo aparecía durante dos noches al mes en un aldea cercana a París, dos noches en las que sembraba el terror más absoluto entre sus ciudadanos. Era obvio que no era un lican cualquiera, pues a pesar de todas las partidas de caza que habían mandado en su búsqueda ninguna había cumplido con su objetivo y la mayoría de ellas contaban con un número considerable de pérdidas a su regreso. Mi idea de permitirme transformarme esa noche en el bosque para tratar de darle caza fue rechazada casi antes de que terminase de proponerla y es que, a pesar de ser cazadora, cuando la maldición transformaba mi cuerpo la razón quedaba oculta con mi parte humana, convirtiéndome en un peligro más que retener.

Así que, sin saber muy bien si lo estaba haciendo por ayudar a los humanos y tratar de dar caza a ese enigmático lobo, o si lo hacía en realidad por dejarme llevar por una noche por esa libertad que tanto ansiaba, escapé del control de mi mentor antes de que el último rayo de sol iluminase la ciudad, y me adentré en el bosque dejando mi ropa escondida en el hueco de un árbol caído. Aquella noche mi transformación fue como tendría que haber sido siempre, en la naturaleza, libre de cadenas y grilletes que sujetasen mis extremidades. Podía sentir el crujir de todos mis huesos cuando mi cuerpo comenzó a cambiar, pero esa noche no me importaba el dolor, esa noche sería libre.

Minutos después todos mis sentidos se agudizaron y no tardé en localizar un rastro lupino cerca de donde me encontraba, la aldea que recibía cada luna llena la maldición de un licántropo.




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Re: La hija de la Luna (Misha)

Mensaje por Izrail Zuhair el Mar Mar 28, 2017 1:44 pm

La sangre sucia y oscura desprende un olor característico. La oscuridad es dueña del lugar y solo unos rayos de luna desvelan el rastro carmesí sobre la hierba. Está herido y eso lo hace más peligroso. Se siente acorralado porque sabe quien soy, en el fondo de su irracional mente, de todo ese odio y maldad que la luna infiere en él, un leve atisbo de miedo primigenio e instintivo aflora en él. Por ello se esconde, agazapado en algún lugar, saboreando el inminente bocado que ya degusta sin siquiera haberme puesto un solo colmillo encima. Mis sentidos no pueden compararse a los suyos pero yo le tengo a Él, quien me cuida, me protege y me ampara en todo momento; quien no separa su mano de mi alma sino para volver a posarla y renovar mi determinación. No puedo falla.

La sombra le delata. Es más alto, fuerte y rápido que yo. Ha acabado con todos mis hermanos sin más heridas que un par de sablazos y alguna saeta en su lomo. Es un demonio, un demonio que me contempla con ojos de maldad, quieto frente a mí, exhalando vaho con cada respiración, esperando que sea yo quien acepte el desafío.

No hay grito de batalla que rasgue la noche, ni salmo alguno que pretenda inferir en mí un mínimo de protección. Acepto sin miramientos su burla y cargo contra él, descargando sobre su cuerpo mis dos pistolas antes de alcanzarle. Empuño una espada y rompo un frasco en mi otra mano antes de notar el contacto de su cuerpo. Me lanza por los aires como si fuera un muñeco de trapo, pero la bestia aúlla, heria y desorientada. El polvo de plata ha hecho su trabajo y miro mi guante, aún con trozos de cristal y argénteo metal en él. Tengo un brazo roto y las costillas no están mucho mejor pero no quiebro en mi empeño y mientras el animal se reboza con el suelo, notando como el polvo de plata ha entrado en sus ojos y pulmones, mi paso lento pero firme me conduce hasta él.

Con cuidado, le vacío un vial de sulfuro de plata encima, dibujando en él la Sagrada Cruz antes de entonar una letanía y santiguarme. Son necesarias más de seis estocadas antes de que deje de moverse para que al fin pueda separar la cabeza de su torso. A Dios doy gracias que la muerte de mis hermanos haya servido para debilitarle; no lo habría contado de ser de otro modo.

La noche pasa y mis fuerzas flaquean. Herido y cansado no tengo más remedio que poner rumbo a París antes de que mis heridas vayan a peor. Pero un ruido me pone sobre alerta, un crujir de ramas en el linde del bosque me hace levantar la espada para defenderme de una amenaza aún invisible.

-En el nombre de Dios... muéstrate- es todo cuanto acierto a decir.


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Re: La hija de la Luna (Misha)

Mensaje por Misha Kaiser el Dom Abr 09, 2017 8:57 pm

Podía sentir como el viento nocturno azotaba mi pelaje, como mi olfato quedaba inundado de mil y un aromas distintos que no había podido apreciar nunca desde mis confinamientos cada luna llena; y es que, a pesar de mi edad, esa era la primera ocasión en las que me transformaba a mi forma lupina en total libertad. Sin unos grilletes rodeando mis patas, sin cadenas que me sujetasen a una reducida celda mientras todo mi ser clamaba por verse libre, que luchaba por poder disfrutar de una maldición que me azotaba y despertaba en mí los instintos más básicos.

No me costó dar con el rastro del licántropo que me había llevado a cometer semejante locura esa noche, arriesgándome a que las represalias por haber escapado de mi prisión al día siguiente terminasen siendo como poco la expulsión como miembro de la Inquisición. Caminé despacio hacia el lugar donde mi olfato me indicó sin atisbo de dudas el lugar el exacto donde se encontraba mi igual, más de pronto otro olor se cruzó en mis fosas nasales. ¿Se trataría de un error? Imposible, negué con la cabeza. Era una magnífica rastreadora y jamás con anterioridad había cometido ningún fallo. No solo el lobo que había estado buscando toda la noche estaba malherido, sino que había un humano tras él.

Maldije en silencio. Pocos licántropos controlábamos nuestros instintos salvajes y yo no estaba entre ellos. Atacar a un lobo era una cosa, pero sabía que en caso de encontrarme con el humano no correría mejor suerte. Aun así me aventuré a seguir el rastro, incapaz de razonar y tomar la decisión correcta de marcharme de allí. El olor a sangre me llamaba y la esencia a humano provocaba en mí una ligera salivación.

Escuché en la lejanía como mi igual agonizaba entre alaridos y gruñidos, señal inequívoca de que el humano no era un ser corriente, sino que se trataba de un cazador. Aumenté la velocidad de mi carrera para llegar hasta el lugar, para ser partícipe de esa caza nocturna que en esos momentos poco me importaba quien fuese mi presa. Podía sentir mis patas apenas rozando la mullida hierba, corriendo a gran velocidad hasta que llegué a visualizar con claridad cual sería mi próximo objetivo.

Me agazapé en la maleza, quedando totalmente oculta; observando a un humano que con sus armas había dado muerte al licántropo. Mis pasos pausados y desapercibidos fueron acercándome hasta el lugar, hasta que un profundo gruñido salió de mi garganta al escuchar al humano hablar. Ambos sabíamos que la noche todavía no había terminado, y por supuesto, que no tendría tanta suerte conmigo como con mi igual. Su sentencia de muerte estaba firmada, y yo me acababa de convertir en su verdugo. Pero todavía tenía un as a mi favor, mi vista nocturna era mucho más aguda que la que pudiese tener el humano, así que habiéndome propuesto provocarle primero el peor de sus miedos, comencé a moverme en círculos, emitiendo de vez en cuando un ligero gruñido para confundirlo.




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