Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Magnificent Light | Privado

Mensaje por Mathilde Hewson el Sáb Mar 25, 2017 11:46 pm

"The tragedy of this world is that no one is happy, whether stuck in a time of pain or of joy."
Alan Lightman

Les habían anunciado la llegada de un visitante poco tiempo atrás. El patrón amobló completamente una de las habitaciones más grandes, hizo comprar sábanas y cortinas nuevas, y hasta reacondicionó el cuarto de baño para que fuera lo más cómodo posible. Los trabajadores de la mansión tuvieron que pintarlo, las mucamas airearlo todos los días, y Mathilde fue una de las designadas para redecorarlo. Su tía querida, creía que ella tenía buen ojo para la estética, así que le designó la tarea. Le dijeron que era un muchacho joven, un artista y que no querían colores estridentes. Optó por una decoración sobria en la gama de los bordó, amarillos y azules. Se abocó, casi completamente a dejar la alcoba del huésped, como si se tratase de los aposentos de un príncipe. Todos los días, a pesar de que ya no le correspondía, iba a la habitación y lustraba algún mueble nuevo o quitaba una mancha imaginaria de la alfombra.

El día de la llegada, se despertó muy temprano, atrapada por la curiosidad. Su señor era bastante apático, por lo que la dedicación para con aquel joven, llamaba poderosamente la atención de Mathilde. Le había preguntado a Anne si lo conocía, si sabía quién era, pero la mujer la hacía callar con la mirada. La naturaleza incisiva de la joven, solía sacar de las casillas a su tía, que era incapaz de abandonar su posición de ama de llaves y saciar, aunque sea mínimamente, la imaginación de su sobrina. La mujer, solía pedirle que se pareciera más al pequeño Liam, que era un verdadero pan de Dios, que se quedaba quieto y obedecía sin chistar. Mathilde, como toda respuesta, mostraba su amplia sonrisa de dientes blancos.

La casa se activó rápidamente, para tener todo listo para el arribo del extraño. Una vez dejada la residencia en condiciones, debían instalarse en la puerta para darle la bienvenida. Mathilde se ofreció para tender la cama y darle el último toque a la habitación, y como recibió la aprobación tanto de su tía como del mayordomo, se colocó uno de los mejores uniformes, buscó un precioso jarroncito, le puso agua, cortó unas lavandas del jardín, y lo dejó en el escritorio reluciente que el patrón había comprado. Luego, se lavó las manos y depositó el acolchado nuevo, sin una arruga. Canturreaba, alegre, como siempre, por lo que no se percató de que la puerta a sus espaldas se abría. La joven conformaba un extraño espectáculo tarareando y meciéndose suavemente, mientras le quitaba una inexistente mancha al cobertor. Dio un respingo cuando la puerta se cerró, casi de forma intempestiva. Su primer pensamiento fue para el viento, hasta que alzó el rostro y vio la hora. Se le congeló el corazón. Giró lentamente y se encontró con un muchacho, no demasiado más grande que ella, pero sí mucho más alto, con el porte de un gran señor. Se sonrojó e, inmediatamente, agachó la cabeza, pegando el mentón a su pecho.

Buenos días, Monsieur. Mi nombre es Mathilde, estaba terminando de acondicionar sus aposentos —estaba nerviosa, la voz le temblaba. El joven era demasiado hermoso para ser humano. —Disculpe por haberme encontrado aquí, no debería haber sido de ésta forma —se movió hacia un costado, aún sin mirarlo, y con los brazos pegados a los costados del cuerpo. —¿Necesita, su merced, algún servicio de mi parte?


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Re: Magnificent Light | Privado

Mensaje por Travis Halford el Lun Mayo 08, 2017 10:39 pm


Se trataba de un amigo de Nicholas, sin embargo, Travis sabía que no iba a encontrar sitio mejor. Según su protector, aquel hombre solitario tenía más espacio y servidumbre de la que ocupaba, y lo dejaría en paz, estaría siempre en sus asuntos, y no se quejaría del ruido. Travis lo recordaba vagamente de algún recital privado que pudo haber dado para los más cercanos de Guthrie. Siempre se preguntó si los hombres es posición, con su poder, carisma y dinero, hacían lo mismo que Nicholas le hacía a él por las noches. Era un pensamiento aberrante, que sin embargo no asustaba a Travis. Peores cosas había visto, y vivido.

Acompañado de tan sólo un par de mozos desde Inglaterra, mismos que regresarían en cuanto Travis se acondicionara, arribó a Francia vía marítima, para luego tomar una ligera diligencia de dos caballos, lista y preparada para él y su comodidad. El trayecto fue corto, y sin mayores incidentes. Durante todo ese tiempo, el joven genio pronunció apenas las palabras necesarias. La idea de dejar solo a Bobby a merced de Nicholas le conflictuaba en demasía. Y no sabía si quería proteger al arpista o se sentía celoso por las atenciones que recibía por parte del mentor de ambos. Esa idea rápidamente lo puso de malas, y en ese estado llegó a la casa del amigo de Guthrie.

Con desdén y aburrimiento recibió toda la pompa usual. Se había acostumbrado rápido a los lujos, y con esa misma facilidad ahora los encontraba banales. Exigió, como sólo él sabía, que lo llevaran a su habitación de inmediato, y así fue. Un valet de su anfitrión lo acompañó, pero antes de llegar a la puerta señalada, Travis le pidió que lo dejara solo, y caminó los últimos metros así, hasta abrir la puerta. Dentro no encontró la tranquilidad deseada, al contrario, una intrusa se encontraba cantando. Se paró en seco, indignado y arqueó una ceja. Una vez que ella habló, no respondió de inmediato, en cambio estudió la habitación. Debía admitir que estaba perfectamente decorada, como si ya lo conocieran de antemano. Caminó como si la chica no estuviera ahí si quiera. Avanzó y con la yema de los dedos comprobó la calidad de la madera de algunos muebles. Al final, se paró frente a un escritorio, donde unas lavandas descansaban en agua. Aspiró su perfume, era tranquilizador. Sin embargo, Travis no era de los que felicitaran por un trabajo bien hecho, y no podía dejar que la intrusa se fe invicta.

Lo odio —soltó y se giró con violencia—, odio las lavandas —mintió con tanta convicción que no había lugar a dudas. Sus palabras destilando arrogancia y amargura, demasiada para alguien de su edad—. Y odio estos muebles, quiero que los cambien. Odio esos edredones también… ¡nada está bien! —La miró con los ojos incendiados. Así de fácil era que se enojara, con la velocidad de un fósforo al encenderse—. ¡Los franceses tienen pésimo gusto! —Resultaba irónico, debido a que él no siempre había gozado de los privilegios que tenía ahora.

¡¿Me estás escuchando?! ¡Mírame cuando te hablo! —Subió la voz hasta casi gritar. Tomó el jarrón de las lavandas y lo azotó contra un muro, que se notaba, estaba recién pintado. Todo fue un desastre, un estruendo, cristales rotos por todos lados. A Travis le daba exactamente lo mismo darse a conocer con tan solo unos segundos en esa casa. Era mejor así, creyó, que supieran el demonio que tenían encerrado en esa casa. Que se atuvieran a las consecuencias.


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Re: Magnificent Light | Privado

Mensaje por Mathilde Hewson el Dom Mayo 28, 2017 12:26 am

La suave sonrisa que caracterizaba a Mathilde, fue desdibujándose conforme pasaban los segundos que compartía el espacio con el visitante. Lejos de ser lo que en su mente había imaginado, se encontró con un muchacho amargado y violento, que la miraba como si se tratase de una cucaracha, de esas que ella odiaba y pedía por favor que pisasen, porque le daba asco sentir cómo el bicho explotaba bajo sus pies. Estaba segura de que, si se lo proponía, el nuevo habitante de la mansión, podía hacerla estallar de un pisotón. Sin embargo, le habían enseñado a mantenerse erguida y digna, a pesar de cualquier trato humillante que pudiera recibir. Las enseñanzas de su tía, al fin de cuentas, parecían haber hecho mella en Mathilde, pues soportó con estoicismo todos y cada uno de los insultos que recibió.

Sintió directamente herido su corazón, como si cientos de dagas se clavasen en su pecho. Todo el esfuerzo y dedicación del último tiempo, había sido en vano. Se mordió el labio inferior para contener el llanto. No daría un espectáculo deplorable, pero tenía un deseo muy fuerte de llorar. No recordaba cuándo había sido la última vez que una tristeza semejante la había abrazos con crueldad. O sí, pero prefería esconder esos recuerdos dolorosos, porque no le hacían bien. Mathilde era así, capaz de reprimir todo lo negativo y aprovechar los buenos momentos, que se convertían en luz cuando creía que la invadía la oscuridad. Buceó, desesperadamente, en su memoria, en busca de un lugar feliz al que acudir, para no salir corriendo de la habitación con lágrimas en los ojos. Inmediatamente, viajó hacia Liam y su carcajada cuando ella le daba besos en la barriga y lo hacía reír. Ah…el dolor comenzó a mermar, y a pesar del respingo que dio cuando el jarrón se estrelló contra la pared, decidió que aquello no le iba a afectar.

Le hizo caso y lo miró. Lo tenía prohibido pero, igualmente, lo hizo. Sus ojos verdes, de pestañas oscuras, espesas y arqueadas como la cola de un pavo real, sólo mostraron compasión. Mathilde veía la tristeza detrás de la ira, y sólo quería abrazarlo, decirle que, a pesar de todo, algo bueno podía sacar. Pero, por supuesto, se mantuvo en su lugar. No por mucho tiempo, porque la muchacha era así, una caja de pandora, capaz de sorprender con su reacción incluso a su tía, que era quien más la conocía.

Si me disculpa y le parece bien, iré a buscar algo para limpiar —sacó pecho y alzó levemente el mentón, como hacía Anne cuando su señor estaba alterado. Los años junto a ella, le habían hecho adoptar algunas posturas e, incluso, la forma de expresarse. Claro que, a comparación de la mujer, Mathilde era un animalito salvaje, pero se las ingeniaba para disimular su falta de pericia. Hacía uso de la gran creatividad que tenía, era su manera de sobrevivir, y veía la vida como esas esculturas que hacía a escondidas. En sus manos tenía el poder de moldearlo todo, no importaba cuán adversas fueras las circunstancias, cuán difícil de manipular fuera el material.

Y, si me permite hacerle una corrección antes de retirarme —<<quédate callada, quédate callada>>— nada dentro de éste lugar fue elegido por un francés. De hecho, fue decorado por alguien oriundo de Irlanda, por lo que, seguramente, quienes tienen mal gusto son los irlandeses — ¿alguna insolencia más, Mathilde Hewson? En ese momento, la puerta se abrió y tía Anne apareció con el rostro pálido.

¿Qué ha ocurrido? ¿Qué fue ese estruendo? ¿Están todos bien? —en ese momento, cayó en la cuenta de que su sobrina estaba donde no debía. —Mathilde, ¿qué haces en la habitación del señor? —tenía la mirada desencajada. Temía que la joven fuera echada.

Un terrible contra tiempo, t… —se detuvo, ya que no podía llamarla “tía” en horario de trabajo— mademoiselle. Una terrible confusión —de alguna manera, el cuadro le pareció gracioso y, de contener el llanto, pasó a contener la risa.


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Re: Magnificent Light | Privado

Mensaje por Travis Halford el Sáb Jun 17, 2017 11:23 pm


La manera que tenía Travis de canalizar el dolor era a través de la furia, del desdén, de la arrogancia. Estaba demasiado herido, y supuraba pura rabia, no conocía otra manera de hacerlo. Alguna vez fue un niño ingenuo, puro, y se encargaron de destruir todo eso. Ese don que tiene le costó caro, pues fue a causa de él que se fue topando con la gente que lo quebró a lo largo de su corta vida. ¿Ese era el precio? Pues que así fuera, porque nada, nada, bajo ninguna circunstancia, lo haría renunciar a eso que él, y nadie más tenía. Esa habilidad para crear música, para trascender. Era su único refugio ahora.

Miró a los ojos a la chica y ensanchó las fosas nasales, estuvo a punto de decirle, o gritarle mejor dicho, que no fuera ridícula y no llorara. Se dijo que si lloraba ahora, no iba a aguantar después, porque él no se iba a mover de ahí hasta completar su obra y lo más probable es que la corrieran a ella, si es que él así lo pedía. No que se tentara el corazón ante eso, sino que le parecía aburrido si no podía sobajarla más. Quizá hacía eso con las personas como revancha a las vejaciones de las que él había sido víctima. Quizá simplemente se trataba de un joven cruel.

¿Qué dijiste? —En cambio, musitó aquello entre dientes, como si estuviera conteniendo más enojo, más gritos, más violencia, ¿cómo se atrevía a cuestionarlo? La miró a los ojos. Al menos le había hecho caso con eso. Se topó con una mirada diferente, no era la que acostumbraba a ver en la servidumbre cuando, al igual que a esta chica, les pedía que lo miraran, porque sabía que lo tenían prohibido. ¿Qué había aquí? Más allá de las lágrimas… encontró dignidad, y un dolor propio, porque él conocía muy bien de esas cosas. Toparse con esto, que no esperaba, lo hizo dar un paso hacia atrás.

Entonces fueron interrumpidos y Travis miró a la mujer que entró. Mayor, pero que le recordaba a la más joven. Sonrió ante la respuesta. Había llamado de muchas maneras a sus desplantes, pero «confusión» era nueva.

Una confusión —reafirmó—. No me gustan las lavandas, ¿podría traerme otras flores? Calas blancas, por favor —y aunque pidió «por favor» la orden era clara. Así como era claro que se dirigió a la más grande, no a la joven.

Por hoy dormiré con estos edredones tan vulgares, pero quiero que los cambien. Quiero algodón egipcio —se movió por la habitación y les dio la espalda. Supuso que tendría que aguantarse con los muebles que no eran de su gusto, por el puro capricho de decir que no eran de su gusto. No se dirigió a ninguna de las dos en específico.

Quiero las flores para ya —se giró y apremió a la mujer. De nuevo, fue una manera brusca de pedirlo, pero dotó de sus palabras de una entonación que hacía sonar como si le estuviera hablando a un bufón en una corte; alguien con problemas cognitivos. Era evidente que quería que la mujer fuera a por ello, y que la chica se quedara.

En cuanto a ti —se giró hacia la joven—, quisiera que limpiaras el desastre de las lavandas —con la mano señaló vagamente el lugar donde el florero ahora yacía hecho pedazos. Hizo sonar como si aquello fuera culpa de la muchacha y no de él y su altanería. Jamás era su culpa y quería que la chica aprendiera esa lección. ¿Quién era él para andar escarmentando así a las personas? El señor de la casa desde ese día, ni más, ni menos.


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