Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Tuberculosis y Belleza

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Tuberculosis y Belleza

Mensaje por Thackery Laine el Lun Mar 27, 2017 10:43 pm


Tuberculosis y Belleza

A Golden Day Dream - Emily Mary Osborn

Breve reseña de la patología

Durante comienzos del siglo XIX, la tuberculosis se convierte en una epidemia de fácil expansión en Europa y Estados Unidos dada a la inexistencia de los antibióticos, siendo bautizada como “la plaga blanca”, mal du siècle. Para aquel entonces existía la creencia de que era causada por susceptibilidad hereditaria, miasmas (conjunto de emanaciones fétidas de suelos y aguas impuras), o simplemente “malos aires”. La infraestructura de las alcantarillas era defectuosa, y las personas solían acumular agua en recipientes de porcelana. A diferencia de la burguesía, la clase media y baja se veía privada de un buen sistema sanitario, y por tanto resultarían ser los más afectados. El contagio podía darse sencillamente entre los obreros, ya que no contaban con el equipo, ropa o materiales adecuados para realizar su trabajo. Estos eran explotados y de fácil reemplazo por quienes venían desde el campo en busca de empleo, de manera que no representaba gran problema al sistema piramidal social.
Se desconocía que fuera una enfermedad contagiosa, pues la teoría microbiana de la enfermedad no sería expuesta sino recién a mediados del siglo por el médico y microbiólogo Robert Koch. De allí su posterior sobrenombre «bacilo de Koch».
Es causada por una bacteria (Mycobacterium tuberculosis) que ataca principalmente a los pulmones. Puede contraerse al inhalar partículas de dichos microorganismos presentes en el estornudo o tos de una persona infectada, como también puede ser causa de desnutrición o condiciones de vida precarias. Por otra parte, aún cuando puede decirse que fueron casos aislados, fue una enfermedad arraigada a las mujeres por el simple uso estético del corsé, pues su extrema compresión llegaba a producir hemorragias internas, afectando así los pulmones. Esto último, sin embargo, ha llegado a mantenerse en discusión.
Entre sus síntomas se encuentran: tos con rastros de sangre, cansancio, fiebre, sudoración excesiva, pérdida de peso, dificultad respiratoria y dolores fuertes en el pecho. Algunos médicos llegaban a detectar la patología cuando se presentaba inflamación de los ganglios linfáticos del cuello (u otras áreas), derrame pleural, crepitaciones, o dedos hipocráticos en manos y pies; este último caso en personas con enfermedad avanzada.
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Imagen: La miseria - Cristóbal Rojas


El impensado efecto en la estética



¿Quién iba a pensar que del desconsuelo por la inexorabilidad de la muerte nacería una connotación estética? Si por algo se caracterizaban los victorianos, era por el simbolismo estrambótico que podían adquirir fenómenos como la tuberculosis. Se extendería así la peculiar tendencia de romantizarla, llegándose a denominar como dolencia de los poetas. A ella se le atribuía el talento, la belleza extraordinaria, los espíritus sensibles; se decía que ponía en relieve la existencia que muy pronto fenecería. Se la consideraba enfermedad de prestigio, y, en contraste a otras patologías, la construcción gradual de la muerte era motivo de admiración. Irónicamente, muchísimos escritores destacados de la época habrían de morir con el “honor” de sus síntomas.
Sin embargo, sería ineludible no hacer énfasis en el rol que tomó la imagen de la mujer durante esta época.
Los hombres llegaron a considerar que la figura femenina se veía encantadora bajos los efectos de tal padecimiento. La delgadez extrema, las pupilas dilatadas en relación a una mirada brillante, la tez pálida — casi traslúcida — en contraposición a mejillas sonrojadas y labios rosáceos, fueron algunos de los rasgos que causaban fascinación. De pronto el atavío débil y vulnerable se había vuelto estándar de belleza. Desde luego, la industria de la moda se esforzaría en alcanzar ideal semejante. Durante muchos años, la sociedad vería atravesar la creación de diversos productos que buscarían emular la apariencia física de las dolientes.

En cuanto a vestimenta, sencillamente se buscó exagerar la función del corsé con piezas que dejaban la cintura tan delgada como una avispa. Para resaltar aún más el efecto sobre las medidas del cuerpo, los corsés se solían combinar con faldas abultadas.
Pero si hablamos del rostro…

OBLEAS DE ARSÉNICO


Los anuncios de obleas de arsénico, cremas y jabones para el rostro se comprometían a “transformar la piel más pálida en una aún más radiante y 'saludable'; remover espinillas, limpiar la cara de pecas y de las manchas solares, así como dar a la tez un brillo indescriptible, haciendo que cada dama tuviera una apariencia adorable”.
Los efectos secundarios del arsénico sobre la piel comúnmente eran daño al sistema nervioso, insuficiencia renal, pérdida del cabello, conjuntivitis y, vaya ironía, lesiones cutáneas.

PINTURA CON PLOMO


Si el arsénico no era lo tuyo, siempre se podía recurrir a una particular pintura blanca para simular el brillo de la tuberculosis. Algunas mujeres llegaban al punto de remarcarse las venas con azul sobre la pintura blanca para acentuar el efecto. Evidentemente, se presentaron algunos inconvenientes.
Para reducir el riesgo de que la pintura endurecida se agrietara, las damas debían mostrar un rostro sin muchas expresiones; nada de fruncir el ceño o sonreír. Sin embargo, todo aquel veneno provocaba en estas mujeres más que fruncidas del ceño.
Generalmente, la pintura se fabricaba con plomo, lo que provocaba inflamación ocular, calvicie, parálisis, atrofia muscular, inflamación cerebral y la muerte. Como sucedía con el arsénico, el plomo también tenía sus efectos sobre la piel, creando heridas y cicatrices que solían cubrir con más pintura repleta de plomo.

GOTAS DE BELLADONA


Quizás unas de las prácticas más habladas hoy en día. Para lograr unos ojos hermosos y brillantes, algunas damas exprimían unas cuantas gotas de jugo de naranja o perfume. Pero otras recurrían a la belladona, que duraba más tiempo y les proporcionaba esas pupilas dilatadas que tanto buscaban, pero tenía un desafortunado efecto secundario: la ceguera.


¿Hasta cuándo?


Por suerte, esta moda tuvo su declive pasada la segunda mitad del siglo XIX. En 1882, Robert Koch anunciaría su hallazgo: había descubierto, y aislado, la bacteria responsable de la enfermedad; para entonces, la teoría del germen (o teoría microbiana de la enfermedad) ya había salido a la luz. La postura sobre los miasmas caería y, en su lugar, ganaría legitimidad su descubrimiento. Así, los médicos empezarían a calumniar las faldas largas, pues creían que eran responsables de barrer los gérmenes y llevarlos hasta el hogar. Los corsés también fueron atacados, ya que se decía que exacerban la tuberculosis al limitar el movimiento de los pulmones y la circulación de la sangre. Los "corsés de la salud", elaborados con tela elástica, fueron introducidos como manera de aliviar la presión en las costillas.
Un anexo a esto fue también la moda masculina. A inicios del siglo, muchos varones tendían a lucir barbas frondosas. No obstante, luego de aquel giro, el vello facial habría desaparecido en gran medida de las caras de los hombres. Por supuesto, quienes iniciaron el cambio fueron los médicos. Estos, a principios del siglo XX, comenzaron además a considerar la idea de prescribir tomar sol, como tratamiento a la tuberculosis, viéndose vestigios del actual y popular bronceado.

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Thackery Laine
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