Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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I Dream of Massacres → Privado

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I Dream of Massacres → Privado

Mensaje por Serge Auric el Mar Mar 28, 2017 10:07 pm


“I dream of massacres.
I am a garden of black and red agonies.”


El universo estaba conspirando en su contra. Lo estaba empujando a una locura más atroz, si es que tal cosa podía existir para un ser forjado en odio y destrucción como él. No sólo se estaba burlando de él, le escupía en la cara y Serge no era de los que toleraran los malos tratos hacia él. No le importaba si era un mendigo en la calle al que le podía romper las piernas, o el puñetero universo que, una y otra vez le birlaba la oportunidad de la inmortalidad. Como si de antemano las estrellas supieran de la desgracia que teñiría de rojo el mundo si un ser como él lograra alcanzar la ansiada eternidad.

La promesa se desvaneció ante él. Babenberg había desaparecido con el alba. Incluso ese vampiro de gafas, insignificante como era, no se había vuelto a cruzar en su camino. Pero una de las pocas características que redimían a Serge era su tenacidad. Él no se daba por vencido. Iba a gastar hasta el último de sus recursos en esa búsqueda suya. Mientras, dejaría huella en este mundo de mierda que tanto le disgustaba.

Con ese porte de señotito entró al Musée du Louvre al anochecer. Silbando una canción que había aprendido en algún burdel, y con las manos en los bolsillos. Encantador, como lograba serlo, saludaba a guardias y visitantes por igual. Se le veía despreocupado, contento incluso. Y el Infierno sabía que esa no era buena señal.

Sin detenerse a apreciar ninguna obra, fue directo a una sala donde un cuadro de dimensiones monumentales ocupaba toda una pared. Entonces ahí se detuvo, frente a la escena bélica de que narraba parte de la toma de Jerusalén. Kuvenko se lo había dicho alguna vez. Lo generosa que había sido en donar esa obra maestra al museo. Se sentía muy orgullosa de eso, y aunque Serge desconocía qué había sucedido exactamente, su temor de la desaparición de la vampiresa le fue confirmado hace apenas unos días atrás.

Inhaló y exhaló una, dos, tres veces y cerró los ojos. En su bolsillo derecho, donde aún escondía su mano, también tenía guardada una daga sencilla. Todo lo que no tenía en belleza, lo tenía en letalidad. La empuñó, nadie le estaba prestando atención. Y sonrió como si fuera a cometer su primer asesinato. De algún modo, iba a hacerlo. Soltó un bramido, una mezcla de rabia y dolor, brincó, encaramándose al lienzo y clavó la punta del puñal lo más alto que pudo, entre los caballos de dos cruzados. Bajó el arma con fuerza, desgarrando la tela, haciendo ese sonido de las fibras separándose, como un rugido. Fue hasta entonces que dos guardias fueron a su encuentro, tratando de detenerlo, pero Serge estaba hecho un energúmeno y a pesar de su complexión delgada, logró darles batalla, sobre todo cuando hirió a uno con el cuchillo.

Suéltenme —ni siquiera levantó la voz—. Quiten sus sucias manos de mí. No lo entienden… —y no, no iban a entender que era su forma de canalizar la frustración. Ninguno de los guardias, ni siquiera el herido, respondió mientras lo arrastraban a quien sabe qué lugar. Serge dudó que fuera a la calle. Había destruido sin escrúpulos una obra maestra del flamenco temprano.

Lo aventaron en una habitación. El guardia herido le escupió, aunque no logró mancharlo, y azotaron la puerta cuando se marcharon. Serge se mantuvo sentado en el suelo, tratando de imaginarse el castigo que iban a darle. O el escándalo que iba a significar su comportamiento, tratándose de un Auric, aunque no sería la primera vez que su padre y hermano pagaran a medio mundo para callar uno más de sus escándalos.

Esto ya no es divertido —habló para sí mismo, cuando los minutos transcurrieron en oscuridad, y nada pasó.


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Re: I Dream of Massacres → Privado

Mensaje por Amanda Smith el Mar Abr 04, 2017 11:30 am

Había muchísimas características que podían aplicárseme, tanto en lo positivo como en lo negativo, a la hora de definirme como ser, no humano porque había dejado de serlo hacía mucho tiempo, pero sí como mujer, que era un término más apropiado para mí. En función de a quién se le preguntara, la definición que daría de la mujer en la que me había convertido sería diferente, igual que, por fuerza, también lo sería si se preguntaba respecto a un momento concreto de mi larguísima existencia. Por lo general, y dadas mis interacciones sociales, que debían mantenerse en el estatus que me correspondía, me había ganado fama de correcta y comedida, de ser con la más exquisita educación y una paciencia infinita, tolerante y respetuosa, lo cual encajaba perfectamente tanto con mi faceta de reina como con la de mecenas y dueña de un extenso museo en París. Esa era la actitud que debía mantener con súbditos y nobles por igual, con aquellos empleados a los que saludé, por la noche, cuando llegué al museo, y también con la mayoría de seres con los que me relacionaba, por un motivo o por otro; como tal, se había convertido en una costumbre, en una máscara de cuero viejo ya adaptado a mis rasgos que no me costaba nada ponerme, y que a veces ya identificaba como mi propio rostro. Es por eso que había llegado a un punto en el que apenas pensaba ya en ello, e incluso me lo tomaba con tanta normalidad que ni me planteaba que tal comportamiento no siempre había sido propio de mí, especialmente en mis años como neófita, donde la pasión y la volubilidad eran lo que realmente había regido mis emociones y mi comportamiento. Hacía tantos siglos que no tenía la oportunidad de que así fuera, de nuevo, que había olvidado echarlo de menos, y ni se me pasó por los pensamientos hasta que, estando sentada en mi despacho, uno de los guardias de seguridad que formaban parte de mi equipo entró corriendo a mis dependencias y, ante mi estoica mirada, me narró con la voz entrecortada el vandalismo que no habían sido capaces de impedir en una de las obras de mi colección.

Sin variar lo más mínimo la expresión de mi rostro, pues de lo contrario lo habría notado, me incorporé, con las manos apoyadas en la mesa de caoba brillante, y le pedí que me contara absolutamente todo lo que supiera al respecto. La calma con la que hablé fue aún más aterradora para él que si hubiera gritado, y su voz se volvió todavía más frenética, de modo que apenas si pude comprender todas sus palabras, en un francés tan cerrado que casi me hizo sentirme extranjera. ¿Y es que, acaso, no lo era...? Desde que me habían esclavizado me habían llamado bárbara, y pese a mis mejores esfuerzos por integrarme porque sabía que eso sería más beneficioso para mí, nunca había podido renunciar a mi vida mortal, a mi naturaleza como miembro de un clan guerrero, y guerrera a mi manera y aunque nunca nadie me hubiera entrenado para ello. Es por eso, por la certeza que me estaba recorriendo ante la visión miedosa del vigilante que me dijo que el cuadro era una donación de una mujer llamada Kuvenko (y no necesité más para saber exactamente a qué obra se estaba refiriendo, lo cual incendió aún más mis volubles ánimos), que decidí tomar cartas en el asunto y abandonar mi despacho, sin escuchar a dónde habían llevado al ladrón porque ya lo sabía: a un almacén vacío, situación que sólo era posible por el proceso de crecimiento en el que aún se encontraba mi museo. Era la única dependencia oscura y segura al mismo tiempo donde podía llevarse a un criminal para asegurarse de que pagara por su crimen, y eso era exactamente lo que yo iba a hacer, pero, por supuesto, a mi manera, pues por mucho que estuviera dispuesta a reconciliarme con mi pasado barbárico, no sentía el mismo agrado hacia la idea de convertir mi museo en un matadero. Así pues, me dirigí hacia allí sin la menor iluminación, dado que mis sentidos me permitían ver por dónde iba sin ningún tipo de dificultad; en silencio, con la agilidad que caracterizaba a mi especie, me adentré en la oscuridad donde el joven, lo capté enseguida (e incluso reconocí su olor) aguardaba, presa del nerviosismo, pero no de la culpa, porque esa no la sentiría, de eso estaba segura. – Serge Auric. ¿Tanto te ha roto el corazón la partida de la señorita Kuvenko que necesitas pagarlo destrozando su rastro? Qué patético, no me extraña que sigas siendo humano.



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Re: I Dream of Massacres → Privado

Mensaje por Serge Auric el Dom Mayo 28, 2017 6:13 pm


Una voz. Como un trueno que cruza el cielo nocturno y deja ver sus horrores por un breve segundo. Ominosa y presente. Cercana pero incorpórea. Serge se puso de pie y los golpes que los guardias le propinaron le dolieron todos, al mismo tiempo, pero no se quejó. Entornó la mirada en dirección a la voz, donde había surgido entre las sombras, pero no alcanzó a ver nada a pesar de que para ese entonces, ya se había acostumbrado a la escasa luz.

No supo qué de todo eso le molestó más. Quizá todo. Que quien quiera que estuviera hablando; una mujer, de eso sí estuvo seguro, y vampiro, ella misma se lo confirmó luego, pareciera saber su vida y obra. Hizo una mueca de disgusto más pronunciada a la que acostumbraba llevar puesta en esa cara de rasgos finos, como esculpidos por la misma daga con la que había perpetrado su crimen.

Imagino que es inútil presentarme, ya que parece saber mucho de mí —dio un paso al frente, con esa seguridad suya que a veces (siempre) parecía absurda si se tomaba en cuenta su complexión y edad. Un niño jugando a ser adulto. Pero ese mismo paso que dio, luego lo retrocedió, y uno más, aparte.

¿Conoció a Kuvenko? Maldita mujer, maldigo su nombre —pronunció todo aquello con un dejo amargo en cada palabra, en cada vocablo, en cada sonido que de su boca salió—. Soy mortal porque parece que ustedes quieren burlarse de mí. ¿Acaso les da miedo lo que podría hacer si me regalaran la inmortalidad? ¡Muéstrate! Demuéstrame que no es así. No soy de esos que creen en el destino, pero sí creo que todo llega a su momento. Y mi momento va a venir, más temprano que tarde —Serge, de por sí, no medía consecuencias. No sentía miedo como el resto, y en esa situación, dirigido por la furia, aún menos. Morir le daba exactamente lo mismo.

El problema era que, su meta real era morir, para revivir a una existencia que añoraba con tanto ahínco que parecía doloroso. Era su propia manera, muy personal, de sufrimiento. Uno que nadie iba a comprender jamás. Como nadie iba a comprenderlo a él mismo, como persona.

No sé quién eres, pero si eres inmortal, a lo mejor comprenderás lo que es un acto simbólico. Este fue un acto simbólico. Llámalo destruir su rastro. Sí, eso fue, y más. Su recuerdo, su legado. Ya no me interesa. ¿A ti te interesa? ¿O por qué estás aquí? Estoy seguro que tendrás que atender asuntos más importantes que lidiar con un pobre vándalo mortal —la última palabra vino con una entonación casi rabiosa. Como si, de estar cerca, Serge hubiera soltado una mordida hasta arrancar un trozo de carne.

Se movió en la oscuridad, aún con cierta torpeza, pues aunque ya no era tan molesto no ver nada, seguía sin… de hecho, ver nada. Pareció un cervatillo recién nacido dando tumbos. O un niño perdido en la multitud.

Lo que vayas a hacer, hazlo ahora. Pero… —sonrió. ¡Sonrió! Sólo a Serge se le ocurría sonreír en esa situación—. Quiero ver tu rostro antes —no estaba en posición de hacer esas exigencias. Porque fue una orden, no una petición, ni un último deseo antes de morir. Fue una orden porque sólo de ese modo sabía expresarse.


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Re: I Dream of Massacres → Privado

Mensaje por Amanda Smith el Lun Mayo 29, 2017 2:41 pm

Una curiosa mezcla bullía en mi interior, una que combinaba la rabia más absoluta por la desfachatez que había cometido contra una de mis obras y la admiración por su audacia, que no podía sino ser producto de la desesperación, pero que, aun así, no dejaba de resultar digna de contemplar. ¿Acaso era frecuente ver a alguien que, en la más absoluta inferioridad, lejos de rendirse hace exactamente lo contrario: hincharse y demostrar una fortaleza a todas luces inexistente? Por supuesto, admiraría más su tenacidad si no hubiera cometido una afrenta hacia mí que no quería perdonarle ni tenía por qué hacerlo; aun así, el sentimiento permanecía, camuflado bajo la frustración que me provocaba cada una de sus palabras, dichas con tal certeza que casi parecía ser yo la intrusa allí. ¡Yo, la dueña del Museo, del cuadro que había decidido vandalizar en un acto de violencia que nada tenía que ver conmigo! Francamente: me importaba muy poco cuál era el motivo real de su rabia, aunque lo conociera porque había oído hablar de Melina; me importaba más que se hubiera creído con la potestad de pagarla conmigo y con mis pertenencias, que mi tiempo me había costado conseguir. Tal vez aquel cuadro, en concreto, no fuera en absoluto la joya que más valoraba de toda mi colección, pues otros lienzos ocupaban ese lugar preeminente; sin embargo, en tanto que coleccionista, valoraba la unidad que componían las obras que había acumulado, y ver un agujero en el lienzo, literal y figurado, de mi pasión, lógicamente me enfurecía. Sin embargo, no supe cuánto exactamente hasta que él no continuó hablando, inflamando un fuego que ya de por sí era intenso y estaba lejos de ser controlado. Serge Auric estaba buscando las cosquillas de un ser que se encontraba a un paso de la monstruosidad más absoluta, y sólo esperaba que luego no fuera tan descarado de culparme a mí de las consecuencias... como ya me culpaba de su mortalidad, por otro lado.

– Por supuesto, claro, la culpa es de todos y nunca de ti. Tú, que eres bueno y dulce, inocente y justo, ¿cómo no ibas a ser merecedor de que alguien te diera la bendición de la vida eterna? – ironicé, con una risotada poco delicada al final, como demostrándome a mí misma que la identidad elegante que había construido en torno a mi persona no era más que algo que fingía para camuflar a mi verdadero yo, el animal que mi sire había visto y había decidido transformar para regalarme la vida eterna. Por desgracia para él, yo no era como mi creador, y la bestialidad nunca era una de las características que buscaba a la hora de transformar a alguien. – Un crío no nos da miedo, y si a alguien se lo da, le recomiendo que se lo haga mirar. No, si nadie te ha transformado es porque no eres digno: esa es la verdad, nada más y nada menos. – afirmé, con frialdad y desprecio, y clavé las manos en las caderas con firmeza, la misma que estaba guiando todos mis movimientos en paralelo a la rabia y al desprecio. – ¿Me preguntas si entiendo un acto simbólico a mí, dueña de un Museo? Por supuesto, Serge, y por eso he venido en persona a ocuparme de este vándalo: lo llamo meterte en vereda y recriminarte que destruyas su rastro en algo que pertenece a otro ser. ¿Hay algo más importante que eso? – pregunté, y aunque él no me vio porque permanecíamos ambos en la penumbra, sonreí. No pensaba obedecerle, del mismo modo que tampoco iba a dejar que nadie me mandara, ya no, así que decidí hacer exactamente lo contrario a lo que él deseaba: permanecer en la sombra. Incluso lo hice a medida que me acercaba, en el más pesado silencio, para que no supiera dónde me encontraba hasta que no me tuvo detrás, golpeando sus rodillas para que las doblara con una milésima del respeto que me debía sólo por existir. – ¿Vas a disculparte, niño caprichoso, o tengo que partirte el cuello de una vez, sin plantearme siquiera conocerte más para ver si eres digno de mi vida eterna? – inquirí, con la mano en sus cabellos, sujetándolo.



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Re: I Dream of Massacres → Privado

Mensaje por Serge Auric el Dom Jul 23, 2017 6:18 pm


Escucharla hablar era como escuchar a un demonio. Uno que no puedes ver por su misma naturaleza. Escritores y teólogos habían discernido por siglos respecto al aspecto de los diablos, y en ese instante, escuchando aquella voz sin rostro, Serge estuvo seguro que era una tarea fútil. Que no existía manera de que los mortales pudieran si quiera empezar a bosquejar los rasgos de un ser demoniaco. Y ella, entre penumbra, lo fue para él en ese instante.

Por vez primera en toda su corta vida, Serge sintió el peso frío del temor sobre su vientre. No lo supo de inmediato, a falta de costumbre. Sólo fue una sensación nueva, y desagradable sobre su cuerpo. Misma que ayudó a atizar la lumbre de su furia. Movió los ojos, buscando la fuente de las palabras que a sus oídos llegaban. Cuando creía haberla encontrado, ésta ya se había movido. Sus puños se cerraron tan ceñidamente, que los nudillos comenzaron a ponerse blancos, y las uñas se clavaron en la carne. El dolor de aquello fue minúsculo ante el berrinche que estaba montando.

Lo merezco. ¡Lo merezco más que nadie! ¡Pero me han quitado la oportunidad más de una vez! —Se giró con violencia en su propio eje, y elevó la voz casi en un grito desesperado—. Tú no sabes nada. Hablas por todos los que son como tú, ¿acaso eres su líder? —Se mofó, sintiendo la muerte más cerca que nunca. Y eso que él, siendo como era, la había enfrentado en más de una ocasión, saliendo con vida de puro milagro.

Pues bien, aquí estoy… —fue a continuar retando, vociferando. Pataleando como niñito consentido, pues a final de cuentas, eso era, no obstante, el golpe que lo obligó a flexionar las rodillas lo calló—. Mierda —musitó y cuando creyó que iba a caer de bruces al suelo, algo lo detuvo de la cabeza. Del cabello, mejor dicho.

Sintió aquella mano helada impidiéndole terminar de irse contra el piso. Dedos como patas de una araña monstruosa. Respiró profundamente. La tenía cerca, pero no podía voltear para verla a los ojos. Para finalmente conocerla. Cuando le ordenó que se mostrara, una parte de él estuvo consciente que muy probablemente su captora no le hiciera caso. ¿Quién era él para ordenarle a un ser milenario? Porque a pesar de todo, si había algo que fascinaba a Serge, y algo que le despertara el más mínimo respeto, eran los vampiros. Su obsesión le ganaba a la cordura, al miedo y la sensatez.

Aquí me tienes. Hazlo. Quizá antes de morir por fin pueda verte a la cara. ¿Qué existencia es esta donde mis límites mortales me detienen? Es una que no vale la pena —dijo, apretando muy fuerte los dientes, de puro dolor y furia. No obstante, lo último encendió una vela en su propia oscuridad.

Se relajó todo lo que pudo. Respiró un par de veces con dificultad.

¿Y qué si lo hago? ¿Qué si me disculpo? ¿Mostrarás tu rostro y verás lo digno que soy de la vida eterna? —Sonó casi dócil, considerando. Cambió su talante a uno más flexible y negociador. Odiaba estar en desventaja, no obstante, veía en aquello un sacrificio que podía cometer, con tal de que la recompensa fuera eso que tanto buscaba: la inmortalidad.

¿Me vas a decir que esa era tu pintura favorita? Porque te dio la menos valiosa de su colección. Yo estuve ahí —aguardó, aún sostenido por la mano de la vampiresa—. Me disculpo por mi afrenta —finalmente dijo, la voz sonó monótona, completamente falta de emoción. Aunque había algo en todo ello que hacía creer que era sincero. No por el crimen, sino porque ahora, y ante la posibilidad abierta, en verdad buscaba el perdón.


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Re: I Dream of Massacres → Privado

Mensaje por Amanda Smith el Sáb Ago 05, 2017 4:04 pm

Mi poder no provenía de mi posición, en la que su vida estaba literalmente en mis manos al encontrarme a un movimiento de distancia de romperle el cuello y obligar a su corazón a dejar de latir; no, mi poder provenía de su certeza de que lo que había hecho estaba mal, de conocer las consecuencias de enfadar a un vampiro y, aun así, hacerlo. Mi dominio provenía de mi fuerza, sí, pero también de unas circunstancias que él me había regalado y a las que estaba respondiendo con una arrogancia que, inútilmente, trataba de ocultar el aroma del miedo que desprendían sus poros, tan abrumador como intenso dada mi cercanía. Y, la verdad, no podía negar que me gustaba, como si me hubiera convertido en el símbolo de una justicia arcaica mezclada con su madre, que lo obligaba a pedir disculpas aunque no lo sintiera, como si las disculpas falsas fueran a servir de algo en su situación. ¿De verdad creía que iba a ser tan fácil tratándose de un vampiro? Es más, no solamente porque se trataba de un sobrenatural como lo era yo, sino que también era aún más complicado porque el lugar en el que se encontraba, el de su delito, era mi territorio, el cual había violentado e invadido sin mi permiso. Si eso no era un agravante, que viniera cualquier jurista del mundo y me lo dijera, pero de momento me estaba comportando con la magnanimidad de una emperatriz antigua pensándose un indulto, quizá un recordatorio de la época en la que había nacido. Tal acto me hacía plantearme cumplirle el capricho, quizá como una cruel muestra de buena voluntad antes de hacerle daño y realmente matarlo, aunque aún no sabía si lo haría o no. En condiciones normales, el daño a una pintura que, tenía razón, no era la más valiosa de mi colección simplemente traería como consecuencia que lo castigara con algo de lo que pudiera recuperarse, mas su osadía era tanta que las condiciones distaban mucho de ser normales, así que aún tendría que pensármelo un tanto.

– ¿Y...? ¿De verdad crees que tienes razón en algo de lo que dices? Si lo merecieras más que nadie, ya lo serías. Si el cuadro no tuviera valor, no te estaría castigando por su destrucción. Que no sea una obra maestra no le resta importancia, y más si ha sido un regalo; niño insensato, ¡piensa antes de hablar! – espeté, algo harta de su dramatismo, y en contraste con la dureza de mi tono, apoyé la mano sobre su coronilla, suave en el gesto y delicada en la presión que ejercía, como si no fuera un mismo ser. No debería sorprenderle, dado que los vampiros éramos tanto sombras como luz, en un claroscuro que pocos comprendían, pero que la mayoría eran capaces de respetar. – Bien, bien, casi me he creído tus disculpas... Algo de sinceridad parece que había, sí, por lo que considero que sí puedo mostrarte mi rostro. Qué menos, si voy a matarte, que ver quién es tu verdugo, ¿no lo crees así? – inquirí, con un tono de voz tan sosegado como el resto de mis movimientos, en contraste con el frenético latido de su corazón, tan fruto de los nervios como del miedo que, irremediablemente, aún me tenía. Yo, la verdad, lo prefería así; una cantidad saludable de miedo podía colocarlo en su sitio más rápidamente que la violencia real por mi parte, y tal vez si seguía así podía continuar sin matarlo, que parecía ser hacia donde me estaba dirigiendo aunque él creyera lo contrario. Para continuar con la racha de miedo que le estaba obligando a sentir, me tomé mi tiempo con los siguientes movimientos, deslizándome con calma a su alrededor hasta quedar frente a él, aún con el rostro en penumbra por el juego de la luz escasa de la habitación. Así permanecí un instante, quieta, tentándolo con la posibilidad de no enseñarle mi rostro, hasta que, sin previo aviso, realicé una genuflexión que me colocó a su misma altura, con su faz a apenas unos centímetros de la mía, ladeada. – Esto es lo que pasa cuando se te da un capricho: no quedas satisfecho. Vamos, tu rostro lo dice, ¿qué te pasa ahora? ¿Es que has visto un fantasma...? – bromeé, medio sonriendo.



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