Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Cuando el cielo penetra en la tierra (Privado)

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Cuando el cielo penetra en la tierra (Privado)

Mensaje por Aruna Lafrancq el Sáb Abr 01, 2017 1:08 am

Jean se había ido por negocios a Escocia hacía ya una semana y volvería en diez días. ¡Que libertad experimentaba! Sentía que volvía a ser ella, Aruna, por primera vez en años… Y nada había cambiado en realidad, simplemente sus temores se habían ido a Escocia junto con su esposo.
Como determinante medida, Jean había prohibido que se hablase castellano en la casa, todos debían hablar pura y exclusivamente francés. Sucedía que Aruna se había pasado los últimos dos años estudiando el idioma de aquella tierra, varios profesores habían pasado horas junto a ella aplicando decenas de técnicas de enseñanza y todos se habían rendido al no ver resultados en la joven mujer que parecía entender el francés, mas no podía hablarlo. Durante los últimos siete meses, Aruna y las dos esclavas que habían llegado con ella desde Andalucía, debieron olvidar por completo su lengua madre. Ella ni siquiera se atrevía a rezar en castellano, se limitaba a arrodillarse frente al altar –como cada noche de su vida- y fijar su mirada en la misericordiosa de Cristo, rezando en su corazón segura de que Él, que todo podía escudriñarlo, entendería sus limitaciones.
Aunque Jean Lafrancq se encontrase de viaje, su esposa obedecía su orden de no hablar castellano en la casa porque, ¿qué otra cosa podía hacer? Allí hasta las paredes le temían al hombre y cualquiera podría irle con el cuento cuando llegara, Aruna no podía propiciar una nueva golpiza, ya había comprobado cuanta fuerza tenía él y cuanto tardaban en borrarse los golpes de Jean de su piel. Solo podía oír la hermosa melodía de su idioma cuando salía a pasear por los jardines junto a Nesa, su esclava más cercana, pues, técnicamente, al dialogar allí afuera no quebrantaban la ley impuesta por Lafrancq. En una de esas caminatas, la negra le refirió a su señora que en las afueras de la ciudad había un párroco que confesaba en castellano. Se había enterado porque la familia de una de las muchachas del servicio vivía en la aldea en la que se encontraba la pequeña iglesia y habían pensado en la señora Lafrancq al enterarse que el nuevo párroco del lugar hablaba varios idiomas.


“Ahora no solamente soy la comidilla del personal de la casa, sino también de la gente de las afueras”, se apenó Aruna. ¡Cuánto le avergonzaba no poder hablar el idioma! ¿Por qué Nesa y Lumá no habían tardado en aprender la lengua? ¿Qué estaba mal en ella? No tenía mucho ánimo, pero se dejó convencer por Nesa y le aseguró que en dos días visitarían la iglesia…
Y hacía allí se dirigía Aruna –junto a sus dos esclavas- cuando el cielo penetró en la tierra:

Era una mañana oscura, pero de igual modo irían hasta el lugar que le habían referido. Alleon, el cochero y fiel informante de Jean Lafrancq, había recibido las indicaciones de la señora a través de una de las esclavas y, aunque nada odiaba más aquel hombre que sentir que un negro le daba ordenes, había preparado todo para el recorrido. Se pusieron en marcha y Aruna no tardó en cansarse del andar del coche, ¿tan lejos era? ¿En qué se estaba metiendo? ¿Y si algo les ocurría? De seguro su esposo no aprobaría que hiciese aquel largo trayecto, aunque solo fuera para ir a la iglesia.
Los truenos parecían sacudir la tierra y el ambiente se había tornado húmedo, llovería de forma intensa de un momento a otro.


-Hace tanto frío… –dijo Arú y se ajustó su capa. No estaba comiendo bien, creía que por eso sentía más frío de lo normal. Siempre le sucedía, cuando pasaba largos periodos de angustia su estómago se cerraba y por más que tuviese apetito nada podía ingerir. Todo en su vida cambiaría si pudiera, al fin, tener un hijo. Eso era lo único que Jean deseaba, lo único que ella no había podido darle.
Mientras la señora Lafrancq vagaba en sus grises y eternos pensamientos, un estruendo los estremeció y coche se sacudió hacia un lado y el otro. Gritos de parte de Alleon se oyeron y Aruna creyó entender que insultaba mientras intentaba controlar los caballos. Cuando volvió la estabilidad, tras dos minutos larguísimos, Nesa y Lumá bajaron apresuradas para ver qué había sucedido. Aruna quiso seguirlas, pero Lumá no le permitió bajar y se puso junto a la puertilla –del lado de afuera- para impedírselo.


-¡Lumá, muévete! Quiero ver qué ha sucedido –le dijo, desconcertada. Al cabo de unos minutos, cuando las esclavas y el cochero entendieron que no había peligro, la negra dejó que la señora Lafrancq descendiera y viera con sus ojos lo ocurrido: Un rayo había caído justo frente a ellos, en la carretera a unos cinco metros. Un agujero humeante daba muestra del impacto.-Oh, mejor volvamos –pidió Aruna asustada.

-¡No, señora Arú! ¡Más que nunca tenemos que encontrar al cura! ¿No lo ve? ¡Esto es una señal! –dijo Nesa tomándola de la mano, ambas estaban junto al hoyo-. Es Dios mostrándole que oye sus rezos y que entrará a su vida sin que usted lo note, así como nadie pudo saber que el rayo caería justo delante de nosotros.
Aruna sintió un escalofrío y con su mano libre buscó la cruz de oro que llevaba siempre al cuello, la apretó mientras pedía a Dios protección. Tal vez aquello fuera una señal, pero para mostrarles que debían regresar.

-No, a mí no me parece... Creo que deberíamos regresarnos a la casa –dijo en un susurro mientras alzaba su rostro al cielo plomizo que no tardaría en descargarse sobre ellos.
Las negras se negaron a volverse sin la bendición del sacerdote, hablaban de forma apresurada y atropellada acerca de las bendiciones y las maldiciones que traían el impacto de un rayo tan cercano. Aruna acabó cediendo a lo que ellas decían y no pasó desapercibido a ella el gesto que el cochero hizo al ver que quienes decidían el inmediato futuro de todos eran las esclavas.


-Seguimos camino –le anunció en su pésimo francés, llenándose de vergüenza al oírse pronunciar la simple orden.
No tardó en comenzar a llover, por lo que la marcha se ralentizó. De igual modo, al cabo de unos cuarenta minutos más de incómodo viaje, Aruna Lafrancq llegó a la pequeña aldea.
La iglesia era mucho más pequeña de lo que ella se había imaginado durante el viaje. Descendió del carro y se apuró a ingresar en la santa edificación, ¡era tan cálida! Al ver el altar con las velas encendidas, Arú se sintió atraída como a un imán y salvó por el pasillo central los pocos metros que la separaban de Dios. A punto estaba de arrodillarse cuando un movimiento a su derecha la asustó.


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Re: Cuando el cielo penetra en la tierra (Privado)

Mensaje por Tavish MacRaighnaill el Mar Mayo 16, 2017 11:32 pm

Le había ofrecido su vida y devoción eterna a Dios. A esa entidad abstracta de la que muchos dudaban, que otros tantos negaban, y que una gran mayoría recordaba cuando se veían acuciados por los problemas. Tavish, por supuesto, pertenecía a este tercer grupo, aunque su fe había terminado mutando en una verdadera paz consigo mismo y su misión. No la misión impuesta por los hombres, sino la que fue aprendiendo a lo largo de los años que duró su preparación para ejercer el sacerdocio. Sabía que era un hombre que debía marcar el camino a aquellos que lo necesitaban, era un pastor representante de Dios en la Tierra, encargado de salvar a los corderos que se habían alejado del rebaño. La contemplación, la oración y escuchar al prójimo, se habían terminado convirtiendo en dogmas, en palabras con un significado real y vívido, no simplemente ideas sueltas en un discurso moralista.

Había desarrollado un don especial para escuchar, por eso no había quién, en la pequeña aldea, no hubiera recurrido a él. Incluso los que eran ateos o agnósticos lo buscaban, sorprendidos de descubrir, detrás del sacerdote, un hombre inteligente y con quien se podía conversar. Había terminado enfundado en el traje de un líder, que guiaba esa pequeña comunidad, carente no sólo de esperanza, sino también de recursos básicos para la supervivencia. Los fieles eran, en gran parte, personas muy pobres y humildes, y Tavish se las ingeniaba para enseñarles a cultivar sus alimentos y pudieran proveerse de ellos. Aquellos que no podían, comían en su mesa. No sabía si para la Iglesia sería correcto su accionar, pero nadie le había dado una directiva clara sobre cómo haría para sobrevivir en aquel lugar tan inhóspito. Debió recurrir a las herramientas que había adquirido en su vida.

Ser licántropo lo había dotado de una fuerza superior, por lo que ayudaba a montar casas, podar, trasladar escombros. Claro que dejaba tiempo para orar, dar misa, confesar, ungir a los enfermos y dar la extremaunción. Pero con su personalidad no iba la reclusión, por eso había salido y se había puesto manos a la obra. Además, quería ser un buen ejemplo para el pequeño Alexander, quien lo consideraba su padrino y que, también, aún estaba triste por la muerte de su madre y asustado por los cambios repentinos.

El invierno estaba resultando lluvioso y demasiado frío. El día había amanecido gris, y eso parecía trasladarse al ánimo de los lugareños. Más de uno había aparecido en la parroquia pidiendo la confesión, aunque sólo contaban angustias, más de uno lloró y una jovencita hasta le planteó la idea del suicidio. Con la tranquilidad que lo caracterizaba, y con la calidez que poseía, había persuadido a la muchacha y hasta había conseguido sacarle una sonrisa. El propio Alexander estaba angustiado, se cumplían ocho meses del fallecimiento de su progenitora y había despertado llorando. Tavish lo había acunado hasta lograr que se durmiera de nuevo. Al despertar, estaba un poco más animado.

Padrino, alguien entró —comentó el niño, que detuvo el cucharón de sopa a mitad de camino. Estaban almorzando en la sacristía. En cualquier otro lugar, ello hubiera sido plausible de sanción, pero no allí, donde estaban olvidados.

Iré a ver. Termina de comer —se limpió la boca, sacudió sus manos y se puso de pie. El trayecto era más bien corto, y se detuvo al notar que una persona se inclinaba ante el altar. A pesar de que intentó no sorprenderla, notó que la asustó. —Disculpe. No quise interrumpirla —su voz grave, profunda, retumbó en el silencio de la estancia. Llevaba la sotana negra y un crucifijo colgado, como siempre. —Puedo volver luego si le parece —se acercó con prudencia. Descubrió que era una mujer… Quizá, la mujer más hermosa que hubiera visto. Lo mejor hubiera sido desviar la vista pero, simplemente, no podía parar de mirarla. Hizo un enorme esfuerzo para que no se notara el impacto. Luego, notó que ella lo miraba confundido. — ¿Habla francés? —le pareció extranjera.


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Re: Cuando el cielo penetra en la tierra (Privado)

Mensaje por Aruna Lafrancq el Dom Mayo 21, 2017 11:30 pm

Le habían bastando dos segundos de estar a solas ante el altar –aunque solo fuese de pie- para saber que todo aquel viaje en medio de la tormenta había valido la pena. Pero ese momento de paz fue interrumpido y, asustada, se volvió hacia su derecha para ver al sacerdote que a ella se dirigía, mientras su mano trepaba hasta su cuello para apretar la cruz de oro por segunda vez en pocas horas.

Era alto y mucho más joven de lo que había imaginado. Y hermoso, muy hermoso. Aruna se permitió observarlo durante un instante, luego –al entender quién era él y en qué contexto se encontraban- se apresuró a bajar la mirada y a corresponder a su saludo con un asentimiento de cabeza.
Con voz suave y hasta melódica, el sacerdote se dirigió a ella en francés y eso, algo tan simple y cotidiano, la angustió terriblemente. Después de todo, habían ido hasta las afueras de la ciudad –en medio de una aldea que parecía olvidada por Dios- en busca del sacerdote que hablaba y confesaba en castellano… Sólo por él estaba allí porque a Dios podía rezarle en cualquiera de las iglesias del centro –incluso en Notre Dame, aunque no le gustaba pues estaba siempre demasiado concurrida- y de esa forma no tardaría más que unos pocos minutos en estar de vuelta en su casa, en su cárcel privada.


“Tengo que hablarle”, pensó. Su mente intentó formar alguna frase en ese idioma que comprendía vagamente, pero que no podía hablar. Estaba bloqueada a la idea del francés.
Perdía tiempo y lo sabía, él la miraba tranquilo –al parecer-, pero era evidente que esperaba una respuesta de su parte.


“Soy tan estúpida”, se dijo angustiada, pues había empezado a creer que Jean tenía razón al calificarla de ese modo. ¡Había hecho caso de las ideas de las esclavas! ¿Y si todo aquello era un invento? Les tenía cariño, hasta las consideraba casi sus amigas, pero no dejaban de ser lo que eran por mucho que Aruna las quisiera. ¡Por culpa de los chismes entre las empleadas y las esclavas ella estaba allí ahora, frente al sacerdote más bello que jamás había visto, y sin poder decidir qué debía hacer! Tal vez lo más sensato fuese rezar una plegaria corta y huir del lugar, esperando que todos los involucrados olvidasen aquello…

“No, tengo que hablarle, tengo que averiguar si es cierto el dato de Nesa y Lumá”, se dijo, obligándose a ser valiente.
Sin poder armar ninguna frase coherente en francés, y notando que su esclava la había dejado sola allí -que no había ingresado-, Aruna decidió hablar en su lengua madre, deseando que no se hubieran equivocado al viajar hasta aquella iglesia:


-Por favor, dígame que es usted el sacerdote que habla castellano –rogó mientras se acercaba a él con pasos tímidos-. Por favor, dígame que no he venido en vano.


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Re: Cuando el cielo penetra en la tierra (Privado)

Mensaje por Tavish MacRaighnaill el Vie Jun 23, 2017 11:46 pm

Tavish no podía negar que era un hombre vivido. Había visto lo suficiente para reconocer un alma atormentada, que pugna por liberarse de la opresión. Inmediatamente, la mirada de la joven, lo llevó al rostro de aquellas muchachas que aparecían en el burdel, desesperadas, en busca de ayuda, de alimento, de algo que pudiera sostenerlas. Esa clase de emoción, no sólo existía en las mujeres de los estratos sociales más bajos, era universal. La infelicidad no distinguía de clase, y ni todo el dinero del mundo podía comprarla. Debajo de aquella ropa elegante, de ese rostro precioso, distinguió la angustia, y no era sólo por no comprender el idioma. La mirada triste de aquella extraña, lo atravesó como un puñal. Pudo sentirle haciéndose carne en él, y tuvo que reprimir el deseo de abrazarla. Parecía una niña que necesitaba protección, que le dijeran que todo iba a estar bien.

Esperó en silencio que ella lograra replicar algo. Era un hombre paciente, y sabía que nadie que se encontrara en bien, recurría a una Iglesia. Esbozó una sonrisa, muy pequeña, una suave curvatura que, escasamente, movió su barba, siempre prolija y recortada. Los ojos le brillaron en un gesto de simpatía, y asintió. A pesar de que no podía quitarse el anhelo de cuidar de ella como si se tratase de su propio hijo, hizo un paso más y, ésta vez, su boca sí se amplió, dejando al descubierto la blancura de sus dientes, esos que cuando la Luna se llenaba, se convertían en brutales, hambrientos de carne y sangre.

—Sí, soy el sacerdote que habla español —dijo, finalmente. La gravedad de su voz parecía cubrir la estancia. Era claro en el idioma, y sólo lo acompañaba un pequeño acento, producto de su irlandés. —Y no ha venido en vano —quiso agregar que nadie iba en vano a la casa de Dios, pero decidió no agregar nada. Cuando la tuvo cerca, pudo inspirar su aroma, no el del perfume, sino el de la mujer. Allí estaban sus instintos, esos que se habían agudizado con su nueva naturaleza, jugándole una mala pasada. Debió apretar la mandíbula. Era demasiado hermosa para ser real. ¿De dónde había salido una beldad semejante?

—Soy el padre Tavish, pero aquí todos me tienen confianza y ya me llaman Tavish. Puedes hacerlo tú también —no hacía falta ser demasiado iluminado para notar su procedencia española, andaluza específicamente. El licántropo era un hombre culto, se había codeado con la suficiente cantidad de personas para poder distinguir la región del país en la que habían nacido. — ¿Cómo se llama, señorita? —por acto reflejo, desvió su mirada un instante hacia la mano de la muchacha, donde un anillo delataba su estado civil. —Señora, disculpe —se corrigió inmediatamente. Afortunado aquel que veía aquel rostro cada mañana. Debía haber hecho algo demasiado jodidamente bueno para ser premiado de aquella manera.

—Padrino, ¿quién entró? —Alexander, con gesto de preocupación, interrumpió la conversación. Se colocó detrás de él, y Tavish le acarició la cabeza.

—La señora estaba justo por presentarse —le habló en español, pues el niño comprendía el idioma, si bien no lo hablaba bien. El sacerdote elevó su mirada, una vez más, en la espera de una respuesta. Quería saber el nombre de ella.


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Re: Cuando el cielo penetra en la tierra (Privado)

Mensaje por Aruna Lafrancq el Mar Ago 01, 2017 7:42 pm

Lo miró a los ojos. Se quedó prendada de su mirada segura y pacifica, de su fuerza y de la benignidad que parecía irradiar. Por un momento fue ajena por completo a lo que sucedía alrededor de ellos, no hacía caso de la voz del niño que les hablaba ni de la poderosa tormenta que descargaba su furia y fuerza contra la aldea. Nada podía importarle menos que el entorno en el que se encontraba, nada podía importarle más que aquel hombre. ¡Había deseado tanto oír a alguien más hablar su idioma! ¡Le había pedido tanto a Dios!

“Dios siempre nos oye, nunca nos desampara y siempre nos sostiene con su fuerte mano derecha”, se recordó, mas el recuerdo le llegó con una tonalidad de voz que no era la propia, sino la de su madre pues era esa una de las frases que ella más decía. Era una certeza que quería dejarle a sus hijas, la fe inquebrantable que la mujer deseaba legarles a las tres niñas y al menos en ella –en Aruna, la mayor- sí que lo había logrado.

Se acercó a él y, pese a que no le había tendido la mano para que ella la besase –como sí hacía siempre el sacerdote que la confesaba cada semana en Notre Dame-, Aruna se inclinó, tomó la mano tibia y pesada del hombre santo y la besó.
No se trataba de un beso corriente, no se trataba de religiosidad, no lo hizo por mandato; el impulso sí que había obedecido a la costumbre, pero sólo había sido eso, el impulso. Luego todo había cobrado otra importancia... Ese beso pequeño era sentido, cargaba esperanza, emoción y gratitud. Era, además de una señal de respeto y reconocimiento, la forma en la que Aruna podía expresarle a él –y a Dios- lo feliz que se hallaba al haberle encontrado, al haber dado con el sacerdote que podía confesar en español.


-Oh, padre Tavish –dijo, porque aunque él se lo había ofrecido ella no se animaba a tutearle, no se sentía confiada todavía-, no se imagina cuanto deseé hallar a alguien como usted, le pedí a Dios… -No pudo continuar, su voz se quebró y Aruna necesitó llevarse una mano al pecho como si de esa forma pudiese detener la angustia que afloraba, que se liberaba, aunque no completa-. Lo siento –susurró apenada por el espectáculo que brindaba, intentando dominar su voz. Por fin reparó en el niño y se dijo que debía calmarse si no quería asustarle-. Mi nombre es Aruna, Aruna Lafrancq –dijo tras unos instantes, mirando al pequeño como si sólo se presentase a él, se esforzó por regalarle una sonrisa también antes de volver a mirar al sacerdote-. Quisiera saber si es posible que pueda confesarme, padre.


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Re: Cuando el cielo penetra en la tierra (Privado)

Mensaje por Tavish MacRaighnaill el Dom Sep 10, 2017 8:59 pm

Tavish era un hombre oportuno. Sabía cuándo hablar y cuándo callar. Si bien los gestos de devoción no le gustaban, supo comprender la verdadera intencionalidad de la mujer, y entendió que no era su mano la que besaba, sino la de Dios. ¡Qué pretenciosos eran los seres humanos! Si había un pecador y alguien que no debía ser un puente entre los hombres y Él, ese era Tavish MacRaighnaill
. Pero también era un entendedor, y cortar el momento de solemnidad de la joven, sería violento. La dejó hacer, y el tacto se le antojó exquisito. La piel de la española era suave, y le recordó a los pétalos de las rosas. Tragó con dificultad, porque los impulsos de la carne eran su gran debilidad. Se encomendó a Dios, pensó en su misión y en que debía luchar contra sí mismo, cada día, a cada instante. Para eso también había tomado los hábitos, y no podía traicionar su juramento.

La voz de Aruna –su nombre le resultó exacto, era para ella- era dulce y melodiosa, y a Tavish le agradó cómo se dirigió a Alexander. Y lo agradeció, porque se encontraba afectado. El pensamiento recurrente, básico y primitivo, era la hermosura de la recién llegada. Algo salvaje se despertó dentro de él, y debió fortalecer su espíritu a base de oración para contener sus emociones. Todos los días iban jovencitas a la iglesia, muchas intentaban seducirlo, y más era dueña de una belleza pagana, pero Aruna era un ser angelical y pagano, capaz de hacerle perder la cabeza a cualquier hombre.

—Mucho gusto, señora Lafrancq —respondió el sacerdote. —Y él es mi ahijado, Alexander —aunque no estuvo demasiado seguro de que lo hubiera escuchado. Asintió ante su petición y el niño entendió que era el momento de retirarse. Saludó a Aruna con una sonrisa muy suave, y desapareció por la misma puerta por la que había entrado segundos atrás.

—Aquí no acostumbramos a tener un confesionario —era todo demasiado precario. —Si no le molesta, tomemos asiento en el primer banco. Usted puede hacerlo detrás, algunos suelen sentirse incómodos cuando los están mirando —se preguntó qué era tan grave para tenerla tan angustiada, no podía imaginar qué había hecho para estar sumida en tamaña desesperación. Se dio cuenta que aquel hombre que no lograba dejar atrás, estaba nublándole la razón, y que esa pobre desdichada lo que necesitaba, era el oído de un representante de la fe, y no un caballero que la rescatase.

—Y no tenga miedo, Aruna. Aquí sólo están usted y Dios. Él será quien, realmente, la escuche —ella parecía desarmarse. Estaba devastada y Tavish no pudo hacer más que sentir un profundo deseo de protegerla.


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