Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Nadie se salva solo (Privado)

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Nadie se salva solo (Privado)

Mensaje por Shayla Kraemer el Lun Abr 03, 2017 8:26 pm

Lo había soñado; esa no sería una buena noche. Aún así se había dirigido al centro de la ciudad, amparada por las sombras en las que podía esconder sus andares característicos, esas formas que evidenciaban su origen gitano.
Shayla temía adentrarse en París, pese a que se consideraba una mujer valiente. Las calles se volvían peligrosas y las personas violentas cuando de gitanos se trataba… Hacía menos de un mes había recibido empujones sin motivo de parte de un ebrio al que había chocado sin intención cuando el hombre salía de una de las tabernas; al grito de gitana ladrona la había empujado y hasta corrido durante algunos metros pese a que Shayla nada había hecho. ¿Qué le pasaba a los parisinos últimamente? Si podía evitar el centro de la ciudad lo hacía, su vida no giraba en torno a esas calles, mucho menos a la gente que las transitaba. Ella se sentía plena en el circo, donde había encontrado más que compañeros… todos allí se sabían familia.

Se había llegado a la botica porque debía reponer en su baúl ciertas esencias y ungüentos. En el circo, era Shayla quien más sabía de curaciones –todo lo había aprendido de su madre hacía tiempo, casi podría decir que en otra vida- y por eso procuraba estar bien provista. Había comprado varios frascos y potes, los llevaba en una cajita de madera que apretaba contra su pecho mientras caminaba con paso rápido para salir de la trampa que aquella zona representaba.
La sobresaltaron algunos gritos y corridas. En el preciso instante en el que comenzó a llover, Shayla oyó un estruendo procedente de la calle que tenía a sus espaldas. Se giró y entendió de qué se trataba: había una persecución, la policía montada corría tras un pequeño grupo de hombres. Se llevó la mano al cuello para encontrar su amuleto de piedra blanca –buscando protección-, pero no lo halló. Lamentándose se puso nuevamente en marcha para alejarse de los problemas, recordando que ahora -luego del desagradable encuentro con aquel ebrio- cuando se adentraba en la ciudad lo hacía procurando no parecer gitana. Se despojaba de sus aretes, ningún pañuelo le cubría el cabello, no llevaba anillos… y también dejaba su amuleto.


“Rápido, camina rápido sin volverte, sin querer hallar respuestas. Camina rápido que ya no estás tan lejos”, se repetía para darse ánimos mientras las gotas caían sobre ella y le volvían cada vez más pesada la ropa.
Oyó otro estruendo y fácilmente podría haberlo confundido con un trueno, pero el olor tan particular de la pólvora se mezcló con el de la tierra húmeda y ella supo de qué se trataba. Giró en la siguiente esquina, intentando alejarse de todo aquello que en nada le incumbía, y allí los encontró: dos agentes de seguridad con sus armas en las manos.


-Buenas noches –saludó, porque no sabía qué más decir, y siguió su camino pasando junto a ellos con la cabeza gacha. Cuanto antes se alejase mejor, no confiaba en la policía, eran quienes peor trataban a las personas como ella, abusándose de su posición.

-¡Alto! –gritó uno de los hombres y Shayla se detuvo-. Ponga la espalda contra la pared –le dijo y se le acercó mientras ella obedecía, rezando para que acabase todo pronto, para que apareciese alguien que distrajera a esos hombres dándole la oportunidad de seguir su camino.

-No había ninguna mujer entre ellos, Pierre –aseguró el otro hombre, ese que se mantenía distante y junto a los caballos.

-Eso no lo sabemos, ¿dónde ha estado en la última media hora? –le preguntó a Shayla mientras guardaba su arma en el cinturón y le quitaba la caja de madera de las manos.
Otros disparos se oyeron en la lejanía, al parecer había varios policías involucrados en aquella persecución.


-En la botica.

-¿A estas horas? –preguntó. Luego de no hallar nada interesante en la caja la arrojó a un lado.

-Sí, la dueña es mi amiga y…
Con un gesto el agente la hizo callar. Se alejó unos pasos y la observó una y otra vez, como si buscase algo en Shayla.

-¡Es una gitana! –exclamó y a ella le pareció ver que sonreía, ¿cómo lo había notado? Por segunda vez sus manos buscaron el amuleto que ella no había llevado-. Nos vamos a la dependencia, cárgala en tu caballo –le dijo a su compañero y la tomó con fuerza del brazo.

-¡No he hecho nada! –se quejó Shayla, removiéndose mientras él la arrastraba hasta donde estaba el otro agente-. ¡Suélteme! –sabiendo que se equivocaba, le dio un puñetazo en el hombro y el policía se plantó, asestándole un golpe en el rostro que por un instante le quitó la posibilidad de pensar.

-Déjamela a mí –dijo el otro hombre y se acercó.
Disculpándose por los modales de su compañero, le explicó que un grupo de gitanos había irrumpido en la plaza tertre esa noche rompiendo la mayoría de las estatuas. Por eso le pedía que por favor los acompañase para contar cualquier cosa que supiese al respecto.


-¿Qué tantos modales con una gitana? Vamos a llegar diciendo que capturamos a una de las culpables y así podremos pasar una noche tranquila, habiendo hecho nuestra parte del trabajo. No tengo ganas de perseguir más gitanos en medio de esta tormenta –dijo el que la había golpeado-. Te subes al caballo y ya –sentenció, volviendo a tirar de ella.

-No he hecho nada –dijo una vez más-, no estuve en la plaza…
Cuando el policía le dio el segundo golpe, Shayla entendió que lo mejor que podía hacer era estarse callada. Mientras sus ojos se llenaban de lágrimas vio su cajita de madera tirada a un costado, la esencia de manzanilla se había derramado y se mezclaba con las gotas de lluvia




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Re: Nadie se salva solo (Privado)

Mensaje por Riagán O'Rourke el Mar Mayo 02, 2017 10:40 pm


Cuando se ha estado involucrado en tantas revueltas, uno logra predecirlas. Hay algo en el aire, en las miradas de las personas, en la tensión de las voces. Hay algo que Riagán no podía nombrar con exactitud, pero ahí estaba. Y esa noche, donde las nubes nocturnas se cuajaban en el cielo, parecía que existía ese elemento entre la gente y entre las charlas. Se dijo que debía hacer lo que tenía encomendado y ya estaba. Era muy pronto para dejar que su nombre ya tuviera un precedente en París. Por eso había elegido esa ciudad, lejos de Dublín, porque era un lienzo en blanco y no iba a mancharlo por una tontería.

Se encontró con aquel hombre, un informante, en una taberna tan común y tan igual a las demás. Estuvieron hablando, Riagán evitó tomar alcohol, podía perderse muy fácil en ese dulce tormento. En algún momento que no podía puntualizar con certeza, unos músicos callejeros entraron con sus acordeones, panderos y bajos. Los soslayó y los identificó como gitanos, pero no les prestó más atención. Hasta que un borracho se puso de pie.

¡Sucios gitanos! ¡Tabernero! ¡Tabernero! ¡¿Cómo dejas que esta escoria toque donde yo bebo?! —Gritó, a pesar de arrastrar las palabras. Todos guardaron silencio. Riagán se encogió un poco en su lugar y se repitió que no debía intervenir.

Más borrachos se unieron al primero, y otros tantos les pidieron que se callaran y se sentaran. Intercambiaron palabras apenas entendibles y el irlandés lo supo. Le dijo a su acompañante que era hora de marcharse, pero el otro, con unos cuatro o cinco whiskies encima, parecía más aletargado. Quiso ayudarlo a ponerse de pie, pero fue tarde, comenzó la reyerta. Riagán se agachó para evitar una botella que saló volando y cuando se paró de nuevo, su acompañante ya no estaba. Quiso huir, pero alguien le rompió un vaso en la cabeza, por fortuna no lo noqueó. Luego alguien le chavó lo que parecía el trozo de una silla en el costado, no muy profundo, pero alcanzó a desgarrar la camisa y la sangre comenzó a brotar.

Logró salir sólo porque aquella trifulca también lo hizo. Y entre dimes y diretes, algunas estatuas se vieron dañadas. No tardó en llegar la policía, y en apuntar a los zíngaros como culpables. Una vez más se dijo que no debía meterse, al contrario, debía largarse cuanto antes. Para entonces, la lluvia ya comenzaba a caer.

Caminó en paralelo a las persecuciones de los gendarmes montados a caballo, doliéndose de ambas heridas. Para su fortuna, el saco cubría la más evidente, la de su costado. Escuchó cascos y balazos, pero no se detuvo. Sólo lo hizo cuando vio a dos policías y una mujer. Se quedó en las sombras, esperando que terminaran. Riagán, para su labor, había desarrollado una memoria excepcional, y en definitiva no recordaba a esa chica de la revuelta. Tragó grueso, si hubiera actuado a tiempo, quizá todo se hubiera evitado. Para un hombre de su oficio, tenía un sentido del honor demasiado elevado, y le estorbaba. Sacudió la cabeza, la lluvia, al menos refrescaba la herida en su nuca.

No estuvo en la plaza —dio un paso al frente, al fin develándose bajo la mustia luz de algunas farolas, disimulando sus heridas—, yo vi a los que provocaron todo, ella no estaba. ¿Ahora ya encierran a gente inocente sólo para cumplir una cuota? —Arqueó una ceja, parecía seguro, pues sabía actuar muy bien. La lluvia provocaba que el cabello rojo se le pegara a la frente y le estorbara un poco la visión. Lo acomodó y al fin vio a la pobre víctima, gitana, definitivamente. Pero inocente también.

¿Entonces tú sí estuviste?

De paso —Riagán alzó el mentón, sin perder la calma. Las gotas de lluvia se precipitaban desde sus pestañas hacia el vacío—. Déjenla —se rebuscó algo en el pantalón y sacó un bello reloj de bolsillo de oro y piedras preciosas, un botín menor de una estafa reciente—. ¿Esto es suficiente para comprar su libertad? —Sostuvo la joya por la cadena, con el brazo estirado, frente a los ojos codiciosos de los policías. Riagán no era hombre que invirtiera energías en causas perdidas, y sabía que tratar de razonar con ellos iba a ser inútil. Sólo entonces, miró a los ojos a la joven, trató de transmitirle calma, pero no supo si lo había conseguido.


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Re: Nadie se salva solo (Privado)

Mensaje por Shayla Kraemer el Vie Mayo 12, 2017 12:00 am

Se asombraba, para mal, de sí misma. Shayla era tan diferente cuando estaba segura en su mundo… Nadie en el circo se atrevería a hablarle de esa forma, ninguno de los gitanos que compartían con ella la zona de tolderíos la insultaría o humillaría como aquellos hombres estaban haciendo en esos momentos. Ella, amable pero firme, resolutiva y segura de sí misma, notaba que cambiaba por completo cuando salía de su entorno, de su micromundo. Cuando estaba en París, rodeada de la gente normal, Shayla se apagaba y bajaba la mirada, sumisa, como si aceptase como cierta esa mentira… como si les diera la razón y creyera que en verdad ella era inferior por ser gitana.
Quería rebelarse, pero no podía. No tenía la fuerza habitual su espíritu cuando estaba fuera de su territorio, no podía decir las frases ocurrentes y desafiantes que a su mente acudían prestas. Simplemente no era ella, no se reconocía.

Sólo volvió a moverse cuando los policías se montaron nuevamente en los animales y se alejaron de aquella esquina.
Sí, había oído las palabras del desconocido que había abogado a su favor, había visto –asombrada por demás- como él les daba algo –de seguro muy valioso, pero no alcanzó a distinguirlo- a ellos para que se marchasen… Fue testigo de todo, pero no pudo intervenir pese a que estaba en el centro de la discusión.
Cuando se marcharon volvió a respirar, el latido desbocado de su corazón comenzó a normalizarse y Shayla pudo hablar.


-Gracias. Yo… ¿qué les dio para que se fuesen tan rápido? –quiso saber, pues entendía que estaba en deuda con él ahora-. Tengo dinero, no aquí… pero tengo y puedo devolverle el valor de lo que les haya dado.

No le gustaba tener deudas, ni morales ni materiales. Odiaba alimentar aquella murmuración popular que decía que los gitanos eran ladrones, estafadores y que no honraban sus deudas. Ella no era así, se cuidaba de no pedir ayuda de nadie y de no deber nada, ni siquiera a sus pocos amigos.

El viento se intensificó y la lluvia se volvió más fuerte, ya estaba empapada por completo y la ropa le pesaba. Shayla se apuró a recoger su cajita de madera, esa que el policía había arrojado a un costado de la calle. Algunos frascos se habían roto, pero la mayoría estaban bien, se habían salvado. Suspiró aliviada, pues había gastado sus buenos francos en todo aquello.

Cuando se incorporó, notó que el hombre se había acercado a ella. Pese a la lluvia, la cercanía le permitía verlo mejor y sus miradas podían encontrarse. Rápidamente algo llamó la atención de ella, al parecer su salvador estaba herido, lo notaba aunque él parecía querer ocultarlo bajo sus ropas.


-Está herido –no era una pregunta-. ¿Qué le ocurrió? Está sangrando bastante… Uy, y tiene un pequeño corte en la frente también –notó y, como si tuviera confianza con él, le acarició la herida con los dedos-. Afortunadamente para usted traigo muy buenos ungüentos en esta caja. Déjeme ayudarlo –le pidió, aunque sabía que lo mejor que podía hacer era irse rápido de allí-, puedo hacerlo así como usted me acaba de ayudar a mí.




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Re: Nadie se salva solo (Privado)

Mensaje por Riagán O'Rourke el Sáb Jun 17, 2017 11:10 pm


No importa lo que les di —respondió de inmediato—, ya no es mío. Ya no está. No dejes que te quite el sueño —respondió con ese tono huraño suyo, aunque sin ser grosero. Era mejor de ese modo, aquel reloj mal habido no importaba, conseguiría otro, otros 10, otros 100 si se lo proponía, y todos estarían manchados por la negrura de sus acciones.

Será mejor que…«te vayas», pero no pudo terminar la frase. Ella ya estaba agachada, recogiendo lo que los gendarmes le habían echado al suelo. No pudo ver qué era, aunque notó muchos frascos. Algún mejunje gitano, seguramente. Se acercó, con intenciones de ayudarla, aunque para cuando lo hizo, ella parecía haber acabado y volvió a mirarlo de frente. Ahora estaba más cerca, y como él, estaba empapada.

Se hizo ligeramente hacia atrás, como acto reflejo, cuando lo tocó en la frente. Ni siquiera había notado ese corte. No logró salir de su alcance, y en cambio silbó de dolor al sentir sus dedos sobre el corte. Luego él mismo acercó la mano y vio las yemas rojas, aunque su sangre se encontraba diluida por la lluvia.

No es necesario, será mejor que… —¿qué no iba a poder terminar esa condenada frase? De nuevo se interrumpió, aunque ahora no fue ella, sino un balazo, uno demasiado cerca. Como buen hombre dedicado a lo turbio, la primera reacción de Riagán fue la de cubrirse, aunque sólo se agachó un poco. Cuando reaccionó, se dio cuenta que había cubierto con su cuerpo a la gitana, sin llegar a abrazarla, sino simplemente se colocó como escudo humano.

La herida en el costado le punzó. Un segundo balazo, todavía más cerca, resonó. Tan cerca, que incluso le zumbaron los oídos.

Sí, como quieras —la tomó con fuerza la muñeca—, pero no aquí, esto no ha acabado, sígueme —le ordenó y la jaló con fuerza. Avanzó con rapidez. Se metió por callecillas que sólo los lugareños parecían conocer. Su labor era saberse todos esos rincones: vías de escape o posibles escondites.

Una vuelta aquí, otra allá. Un tercer balazo resonó, aunque esta vez, más lejos; signo inequívoco de que dejaban el peligro atrás. Conforme avanzaba, la cabeza comenzó a dolerle más, seguramente por el vaso que le rompieron. Y para entonces ya sentía la camisa tiesa y pegada a sus costillas debido a la sangre.

Por aquí —fue el último jalón que le dio. Pasó por una panadería, cerrada para entonces y de entre la tierra de las plantas de la cornisa de aquel negocio, sacó un juego de llaves. No era idiota, mantenía sus cosas lejos del alcance de sus enemigos, que eran muchos. Si lo mataban, no lograrían entrar tan fácil a su casa y entrometerse en su vida. Continuó en línea recta un par de cuadras más, y se detuvo frente a un edificio modesto de apartamentos—. Cuida la calle —le ordenó, mientras él abría la primera puerta que daba pie al pasillo.

Entra, entra, demonios, apresúrate —la tomó de nuevo para hacerla ingresar. Cerró la puerta que daba a la calle y en la primera junto a ésta, introdujo una nueva llave.

No debería traerte a mi casa —se quejó antes de ingresar y se giró para verla—. ¿Vienes o qué? —Y cuando finalmente la chica lo hizo, cerró con más pestillos que lo que la sencilla casa parecía merecer.


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Re: Nadie se salva solo (Privado)

Mensaje por Shayla Kraemer el Dom Jul 09, 2017 1:57 am

“¿Cómo acabé metida en esto?”, se preguntó mientras corría sin saber bien a dónde y con un desconocido que la arrastraba tras él.

-¿A dónde vamos? –le preguntó, pero él pareció no oírla. Shayla no tuvo tiempo para insistir, disparos se oyeron –peligrosamente cerca de donde se encontraban- y ella no pudo contener un gritito. El corazón le latía desbocado, no estaba acostumbrada ya a emociones tan fuertes, ¿hacía cuanto tiempo que no tenía tanto miedo?

Siempre le pasaban cosas extrañas -pero no a esos niveles-, su madre lo había atribuido a la luna con la que Shayla había llegado al mundo. Ella no lo veía tan claro, simplemente creía que estaba destinada a encontrarse eternamente en el lugar y momento equivocado. ¿Qué hacía Shayla siguiendo a ese hombre por las calles de París, toda mojada y temblando de miedo?

Se impuso hacer todo lo que él le dijese hasta poder encontrar la forma de volver al circo, de estar al fin en su toldo rodeada de sus cosas. Por eso, por esa imposición, fue que acabó siguiéndolo al interior de una vivienda que supuso suya, claro. Dudó un instante, por supuesto que sí, pero no tenía más opción, era seguir al desconocido al interior de la casa o quedarse en la calle donde cualquier cosa podría ocurrirle.

Una vez traspasadas ambas puertas, Shayla se quedó inmóvil estudiándolo, con la caja aún en sus brazos. Lo observó poner los seguros… Estaba dolorido. Tal vez no quisiese demostrarlo, los hombres eran verdaderamente extraños a veces, pero era evidente que sentía dolor. Además parecía enojado, molesto con algo… tal vez con ella por haberlo metido en el pleito.


“No, él quiso ayudarme”, pensó, sabiendo que no podría culparla de eso.

No quiso moverse demasiado, temía mojar la pequeña casa pues sus ropas chorreaban, igual que las de él.


-Mi nombre es Shayla –le dijo, buscándole la mirada porque él parecía preferir ignorarla-, lo digo para dejar de ser solo una gitana desconocida –aclaró y se acomodó un mechón de su largo cabello tras la oreja. Y, como en los tiempos que corrían ser gitano era casi pecado, una maldición y sinónimo de cosas bajas, ella necesitó agregar-: Soy Shayla y no soy ladrona, así que puede estar tranquilo que no le faltará nada cuando yo me vaya.

Algo le decía que el hombre no era dado a sociabilizar, no tenía las formas de alguien afable o expresivo –como sí lo era ella que a veces hablaba más de lo que cualquier mortal podría resistir-, estaba incómodo con la idea de haberla metido a la casa y ya se lo había hecho saber. Shayla quería decirle que estaba dispuesta a irse, no quería causarle más problemas, pero no podía. Temía volver a la calle en lo inmediato.

-¿Quiere que le ayude con sus heridas? –ofreció una vez más, porque en realidad no sabía qué otra cosa podía hacer para devolverle la ayuda que él le estaba dando.

Ella misma debía usar la mezcla de aceites en su rostro, pues si no lo hacía el golpe que el policía le había dado le dejaría una marca visible al día siguiente.




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Re: Nadie se salva solo (Privado)

Mensaje por Riagán O'Rourke el Sáb Ago 19, 2017 11:39 pm


Se quedó un momento de pie, a una distancia prudente de ella. A Riagán no le gustaba crear lazos con nadie, porque eran un estorbo para su trabajo. Íde, su fallecida esposa, era muestra de lo terrible que resultaba cometer ese error. El sólo pensamiento le hizo doblarse levemente, como si éste potenciara el dolor en sus heridas. No dijo nada, no respondió ante la presentación de ella, aunque memorizó el nombre: Shayla. Riagán no era de los que juzgaran, ni a gitanos, ni a nadie. Tenía un par de contactos romaníes porque era bueno tener gente conocida en todos los ámbitos, y no los tachaba de ladrones, podían ser astutos y ladinos, pero a él le habían ayudado. Además, de una manera más sutil y elaborada, él también era un ladrón, un criminal mucho más peligroso que la gente calé.

Sin más, con una indiferencia atroz y sobreponiéndose al dolor, fue hacia la ventana que daba a la calle. Se asomó por ella, afuera parecía bastante tranquilo, y los disparos ya no se escuchaban hasta allá, lo cual era buena señal, aún así, corrió las cortinas y se dejó caer en un sofá cercano. Cansado y dolorido. Alzó el rostro ante el ofrecimiento.

Tú también estás herida —fue su respuesta, haciendo un además vago hacia ella—, allá está el baño, ve a revisarte si quieres, yo estaré bien —Riagán no era de esas personas desinteresadas que antepusieran a los demás por sobre él, lo que no quería era ser tocado por ella. No porque fuera gitana, sino porque siempre iba a tener sus reservas con los desconocidos.

Anda. Puedes pasar la noche aquí, pero no quiero que tu herida empeore y me metas en más problemas —se puso de pie y la apremió. Tragó saliva para no quejarse de sus propios dolores. Se quedó ahí, mirándola de tal modo que casi le ordenaba que se marchara. Quería él mismo revisarse las heridas y no quería hacerlo frente a ella.

Cuando la gitana finalmente le hizo caso, se quitó el saco y vio la horrible plasta de sangre que pegaba la camisa a su cuerpo. En su cara, los hilos de sangre también ya se estaba secando. Respiró profundamente, diciéndose que había soportado cosas peores en el pasado y esto no era nada. ¡Sobrevivió un balazo directo! Qué podían representar estas heridas menores para él. Tragó saliva cuando quiso quitarse la camisa. El ardor de separar la tela de la herida fue enceguecedor.

Luego, no recuerda nada.

***

Riagán cayó primero de rodillas, haciendo un ruido como de costal sobre duela, y luego dejó caer el cuerpo hacia enfrente, quedando tendido a mitad de la estancia de su pequeña casa. Perdió el conocimiento, la adrenalina había mermado, y con ello, comenzó a sentir la verdadera magnitud de lo que le había pasado. Había perdido bastante sangre y había aguantado más de lo que era humanamente normal.

De haber estado solo, habría muerto ahí. Por fortuna para él, por primera vez, no lo estaba. Allá en el baño estaba una mujer desconocida, pero que probablemente no lo abandonaría. En su inconsciencia, comenzó a sentir frío. Los labios se le pusieron morados, y el cuerpo se entumeció. Si iba a morir, era la peor forma de hacerlo. La sensación muy parecida al ataque del que fue víctima en su mueblería, donde Fergus, Íde y su hijo nonato murieron. Pero tal vez esta vez, y para siempre, sí dejaría de existir.


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Re: Nadie se salva solo (Privado)

Mensaje por Shayla Kraemer el Lun Sep 11, 2017 11:56 pm

Sí que estaba frente a un hombre cuanto menos particular… Gruñón, así lo definiría, pero se dijo que no hacía bien en juzgarlo, ambos estaban pasando momentos tensos y de temor, al menos así lo percibía ella. Le hubiese gustado no detenerse a pensar en él, ni en nadie, pero no podía hacerlo ya, su mente trabajaba a toda prisa para intentar protegerla, después de todo estaba en la casa de un desconocido. Era resuelto, sabía lo que hacía, desde que se habían conocido ella no lo había visto dudar o titubear ni por un momento y eso le había gustado. En esos momentos era una bendición. Poseía una seguridad en sí mismo, un dominio de situación… A Shayla le fue imposible no obedecerle, aunque hubiese querido no hubiera podido ir en contra de sus sugerencias que sabían a órdenes.

No le costó hallar el cuarto de baño, se metió en él con el pequeño frasco de aceite en sus manos. Allí encontró lo único que necesitaba: agua fresca y una toalla. Se demoró especialmente en lavarse la cara y enjuagarse la boca. ¿Todo aquello era real? No lo parecía, semejaba ser alguno de sus sueños, incluso se sentía como metida a la fuerza en algún relato ficticio, de esos que se le cuentan a los niños antes de dormir. ¿Cuánto tardaría en aparecer el monstruo que la atacaría si no se comportaba como una niña buena? Parecía todo el invento de alguien más… Sin embargo era cierto, allí estaba ella, refrescándose en un baño ajeno, masajeando el golpe que había recibido en el rostro con el aceite que por fortuna le había comprado a la boticaria.

Sentía frío. Pasado el ejercicio físico –de tener que seguir los largos pasos del hombre por las calles-, el cuerpo le volvió a la temperatura habitual y fue consciente de lo mojadas que estaban sus ropas. Tal vez, si reunía el valor, podría pedirle al hombre que le permitiese encender un fuego. Era improbable que una casita como aquella no tuviese un hogar… Hasta ella, que vivía en un toldo armado con distintos tipos de telas, tenía un sector donde encendía fuego en los días más fríos.

En esos pensamientos andaba cuando oyó un ruido, parecido al que haría un costal con piedras al caer sobre una alfombra. Se recompuso y salió del cuarto de baño con cierto temor, caminó con cautela hasta volver al saloncito donde el hombre se había quedado y lo descubrió tendido en el suelo. Su camisa estaba empapada de sangre. Shayla salvó rápidamente la distancia que los separaba y se arrodilló junto a él.


-Señor, ¿me oye? –lo sacudió un poco y se asustó al ver la palidez de su rostro, sus ojeras se habían acentuado repentinamente.

Actuó rápido, terminó de quitarle la camisa para poder constatar cual era el tamaño de su herida… Podría decirse que Shayla no era el tipo de mujer que actuaba bien ante situaciones límites, por eso ella misma se hallaba sorprendida al ver la celeridad con la que se manejaba. Buscó agua y más aceite; usó la misma toalla con la que antes se había secado el rostro. Le limpió la herida con cuidado, sin poder evitar que las manos le temblasen, y descubrió que era en verdad un gran corte.


-No se muera, ¿me oye? –Temía, no sólo por la vida de él que le parecía tan valiosa como cualquier otra, sino también porque podría llegar a meterse en problemas si la encontraban en una casa ajena y con el dueño del lugar muerto a su lado-. Todo va a estar bien –le prometió y se prometió mientras hacía presión para provocar que la herida, ya limpia, cerrase pronto. No tenía la valentía para coserlo, por eso le había aplicado solo uno de los ungüentos.

Él estaba helado, incluso más que ella. No podría moverlo -eso era evidente, llegarlo hasta una cama estaba descartado-, por lo que recorrió la casa entre apuros hasta hallar una manta gruesa. Con ella lo cubrió y se sentó a su lado, en el piso. ¿Qué más podía hacer? Quería llorar porque él parecía medio muerto y no le respondía por mucho que le hablara y lo acariciara en el rostro (que también limpió) para demostrarle que no estaba solo… Sí, quería llorar, pero en cambio le tomó la mano entre las suyas y comenzó a cantar una vieja canción en susurros.




El destino me ha dado corazones desequilibrados.
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Shayla Kraemer
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