Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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La noche de las mariposas| Amara

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La noche de las mariposas| Amara

Mensaje por Kaleeh el Lun Abr 03, 2017 11:41 pm

Hace mucho tiempo, antiguas brujas solían deshacer en sus calderos hilos áureos para crear pociones pacificadoras, que junto a un buen encantamiento tenían una utilidad increíble para neutralizar cualquier ser sobrenatural descontrolado por la rabia. Cuando el cielo invernal se oscurecía y la luna, galante, alumbraba con singular brillo el Bosque de Boulogne, las mariposas doradas aleteaban con fuerza sus alas cristalinas y fosforescentes. Dícese, también, que sólo aquellos con actitud dócil y con intenciones pacíficas lograrían atisbar su vuelo nocturno. No obstante, eran pocas las mariposas que bailoteaban en el aire en esos tiempos, ya que hubo una gran depredación por parte de las avispas endrinas. Ya no se veía ni una; con suerte, una noche cualquiera, tal vez alguien podría ver siquiera una.

¡Apresúrate, Kaleeh! Hoy han hecho guiso de cordero. ¡Si no llegamos rápido, se lo acabaran en un santiamén!  —Lume acompañaba a la atolondrada hechicera por el silencioso lugar. Flotaba cerca de la castaña, que llevaba un gran frasco entre sus brazos. La hechicera había atrapado una ciclópea oruga dorada. Desde luego, después de salvarla de los aguijones de una horrida avispa. Kaleeh pensó custodiarla por unos días, hasta luego de su metamorfosis, para aprovechar la cosecha de hilo áureo que desprendía cada día. Su arsenal estaba lleno y la oruga había mutado a una hermosa lepidóptera dorada de antenas plateadas, que para satisfacción de la hechicera, brillaba con un fulgor vivaz y cegador. Eso significaba que poseía mucha fortaleza.

¡Muy bien, falta poco! Ya casi llegamos al lugar.  —enérgicamente, la voz de Lume emergió en el ambiente. Kaleeh se mantenía callada, pensativa… ¿Llegará tarde a comer el guiso de cordero de madamen Genma había preparado? Su estómago rugió. Con esto en mente, siguió su camino, entre unos robles robustos y un lugar casi sin luz. Lume se transformó en un anillo en forma de flor y dejó a Kaleeh sola en su tarea.

Mientras más caminaba, menos luz guiaba su andar. Apenas podía colarse por las copas de los frondosos árboles un poco de aquella luz lunar; además que el gran frasco con la mariposa tapaba gran parte de su vista. No obstante, pudo visualizar a menos de diez varas una figura agazapada detrás de un gran roble con un arco tensado, listo para lanzar cualquier proyectil. Apenas se notaba, estaba muy oscuro… ¿Quién era…?

Repentinamente, Kaleeh siente un desequilibrio y cómo su cuerpo se inclina hacia adelante precipitadamente. Lanzó un gritito agudo. Una raíz gruesa había hecho tropezar a la morena, haciéndola caer con todo y frasco. Se escuchó cómo el cristal se hizo trizas al tocar la tierra y el tintineo alborotado de las alhajas de Kaleeh.

Pero aquello no fue lo peor. La gigante lepidóptera agitó sus alas rúnicas y brillantes hacia aquella figura y se posó en su cabeza, con un aleteo feroz alborotándole los cabellos. Era igual de grande que su cabeza. La hechicera entró en pánico y se levantó rápidamente.

Kaleeh sabía sólo una cosa: Aunque las mariposas no eran para nada agresivas o letales, su única defensa consistía en un polvillo plateado lanzado por sus antenas. Si te caía, los síntomas eran diversos: desde una comezón persistente hasta vómitos continuos si lo llegaba a inhalar. Antes de empezar a correr en su dirección, vociferó: ¡¡No te muevas!!
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Re: La noche de las mariposas| Amara

Mensaje por Amara J. Argent el Lun Jun 12, 2017 4:44 am

Tres semanas acontecieron sin que Bastien le dirigiera más de cinco palabras, si bien el hombre expresaba más con sus actos que con el habla, era extraño que no le hubiese compartido ningún tipo de información, sobre todo, después de regodearse de obtener una pista considerablemente importante sobre la identidad del asesino de sus congéneres. Un minuto, el cazador reunía armamento, organizaba a sus hombres y mantenía en sus ojos un efusivo destello de excitación, propio de aquellas veladas en las que lograba enganchar su espada en el corazón de alguna bestia; sin embargo, de un momento a otro, el resplandor que surcaba las facciones de su padre se desvaneció y entonces no pasó nada. Los días pasaron y el hombre permanecía en silencio, cargado de un austero semblante, impenetrable como roca volcánica.

Para Amara siempre fue sencillo leer intenciones a través de los gestos de sus interlocutores; Bastien era un caso aparte. Incluso aunque lo hubiese intentado, no era un misterio para ella la sencillez con la que el cazador eliminaba toda evidencia legible de su mirada. Lo único que logró deducir escudriñando entre los vagos indicios tras la extraña actitud de su padre, fue que información descubierta, bien fuera importante o perversa, había causado el impacto suficiente como para desequilibrar sus emociones.

Desde entonces su progenitor no le asignó ninguna caza o alguna de las otras banales tareas de sociedad que comprometían el negocio familiar y el ensalce de su apellido dentro de la nobleza. No hubo reprimenda o reclamo alguno, tampoco motivo razonable para ello; no obstante, latente tensión incrementaba por debajo de la aparente calma. Si bien el aislamiento le había otorgado a la castaña un espacio para esclarecer sus ideas y tiempo propicio para reforzar su entrenamiento, tanto el encierro como la ignorancia de la verdad fueron cuestiones que poco a poco se salieron de su control.

Tal vez no poseía los elementos necesarios para articular alguna teoría de la verdad, pero aquella noche, bajo la fase más oscura de la luna, lo único que tenía importancia para la cazadora era encontrar escape a las nocivas semanas de reclusión. Las pesadillas de la Lune Rouge cada noche se tornaban más brutales y la única forma de menguarlas era ocupar mente y cuerpo.

Armándose con arco, flechas, espada y sus dos gemelas de plata, sigilosa, la cazadora se dirigió a la primera planta de su hogar y se escabulló por una de las ventanas del comedor; una vez se encontró en el jardín, con ayuda de las enredaderas, escaló el muro que resguardaba los límites de la propiedad y, de un saltó, se encontró en la calle. La ubicación de la mansión Argent era estratégica, así que la caminata de allí al bosque fue bastante breve, no obstante, el tiempo que le llevó encontrar algo digno de su interés fue mucho mayor una vez se encontró internada en la espesura de la zona boscosa.

No era usual que durante la noche de luna nueva deambularan licántropos en la forma que usualmente obtenían de su opuesta, mas siempre existía la posibilidad de hallar alguno que tuviese problemas para subordinar a su bestia.
Amara escuchó un par de gruñidos a sus espaldas, alguna criatura le había seguido por varios minutos, ocultando su presencia entre las penumbras, aguardando un descuido, el momento perfecto para atacar. La cazadora, rápidamente, se dio media vuelta y desenfundó su espada con la mano izquierda, encontrando nada más que la frondosa arboleda que le rodeaba; si bien todo el tiempo estuvo al tanto del ente que vigilaba sus movimientos, prefirió simular desconocerlo, hasta que la situación lo requirió. Frunció el ceño y entrecerró los párpados intentando hallar algún indicio de la ubicación de su presa, mas no fue capaz de apreciar otro elemento en el paisaje diferente las siluetas de los árboles difuminándose entre la plena y aparentemente vacía oscuridad.

La cazadora permaneció expuesta sobre el mismo punto, sin moverse más que para abarcar el terreno con la mirada y así evitar el descuido de algún posible eje de ataque. Su ubicación era arriesgada pero la osada jovencilla optó por conservarla con el propósito de tentar a la bestia a salir de su escondite, tarde o temprano, el instinto le llevaría a ello. Era un acto peligroso, pero ejecutado de la forma correcta le pondría en ventaja sobre el animal, entonces, su postura, que hasta el momento fue defensiva, se relajó, esperando que la gesticulación de su cuerpo diera paso a una posible arremetida de su oponente.

Con el rabillo del ojo, la castaña atrapó el destello de los ojos de la bestia que se encendieron en un fulguroso verde limón. La criatura estaba lista para atacar, sin embargo, una vez brincó fuera de su escondite, Amara ya tenía su mano derecha sobre el mango de una de las dagas que guardaba en el tahalí, para posteriormente sacarla de su envestidura y lanzarla con fuerza en dirección al corazón del licano.  El tiro fue perfecto y de no ser por la tardía esquivada de la bestia hubiese caído en el blanco. La filosa hoja de plata terminó incrustaba bajo una de las costillas del animal.

Tras dejar escapar un breve alarido de dolor, el licántropo se alzó por encima de la  de la cazadora, quien ágilmente giró sobre sí misma y, con la espada que blandía en la mano izquierda, detuvo el ataque de una de las filosas garras que se acercó peligrosa a su rostro, cercenándola de un sólo corte. Aprovechando el sufrimiento de la bestia, que retrocedió en medio de quejidos y tambaleándose de lado a lado, Amara lanzó una estocada, hundiendo la punta de su espada en el pecho de la bestia, sin ser la herida lo suficientemente profunda para alcanzar el corazón.

El licántropo gruñó con una mezcla de furia y dolor. Sin darle oportunidad a la cazadora de atravesar el órgano vital, abrió las fauces para que esta se replegase, aulló tan fuertemente que la jovencilla se vio obligada a cubrir sus oídos, acto seguido, le empujó fuertemente con la extremidad que aún conservaba.

Amara voló por los aires hasta que su trayectoria se vio interrumpida por un grande y macizo roble.

Sin sentir inmediatamente los efectos del golpe, como resultado de la adrenalina que se extendía en un cosquilleo por todo su cuerpo, la cazadora se puso en pie sin dar espera, sólo para encontrar ante su mirada un espacio silencioso y vacío.  La castaña resopló llena de frustración, la bestia continuaba cerca y la ventaja de la situación no era a su favor. Resguardándose tras el árbol, envainó la espada y acudió a su arco, armándolo con una flecha y tensándolo en dirección a la nada, con la esperanza de capturar alguna señal del escondite de su oponente, sin embargo, nada surgió.

El sonido de un cristal quebrándose en mil piezas colocó en alerta a la joven cazadora, quien apuntó el arco en dirección a la procedencia del suceso. Grande fue la sorpresa de la muchacha cuando de la penumbra no emergió una bestia gigante, con filosas fauces y mirada asesina, sino una gran mariposa con alas en tintes metálicos y un tenue halo de luz a su alrededor. Pasmada ante la presencia de la lepidóptera, la cazadora solo fue consciente de su tamaño una vez este se posó sobre su cabeza, aleteando una suave brisa que a penas y le removía los cabellos. Amara ahogó un grito de terror, si bien era ella una mujer temeraria, los insectos, en general, eran una cuestión que su intrepidez no cubría.

“¡No te muevas!” le advirtió la vocecilla de una mujer que se acercaba con prisa. No tenía planeado hacerlo. Su cuerpo permaneció inmóvil y el arco continuó tensado, con trayectoria fija hacia la doncella. La cazadora mantuvo los ojos abiertos de par en par, tensó la mandíbula e intentó contener la respiración tanto como le fue posible. Una expresión de pánico se cinceló en su rostro, era cierto que aborrecía cualquier animal que anduviera en más de cuatro patas o en menos de dos, no obstante, su mayor preocupación en aquel instante fue la descuidada forma en la que quien figuraba cómo una gitana se acercó a ella, ignorando el verdadero peligro que les aguardaba.

Agáchate — masculló entre dientes más su interlocutora no pareció entender el mensaje, la bestia había salido de su escondite y se alzaba sobre la cabeza de la gitana, dejando salir un fuerte aullido— ¡AGÁCHATE!

Justo cuando la doncella obedeció la orden, Amara cambió bruscamente la orientación de la flecha y soltó la cuerda. La saeta viajó velozmente al corazón de la bestia, que cayó de plancha sobre la tierra, levantando una breve polvareda mientras se retorcía en su lecho de muerte. En medio del embate, la mariposa, atemorizada, había reaccionado al brusco movimiento de la cazadora, aleteando fuertemente y dejando caer un polvillo brillante sobre su cabeza, pero, a pesar de ello, no se había movido un centímetro de su posición.
El aullido de otro lobo se escuchó en la lejanía.

Si quieres vivir tienes menos de un minuto para quitarme esta cosa de encima.



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Amara J. Argent
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