Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Capsizing the Sea {Privado}

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Capsizing the Sea {Privado}

Mensaje por Amanda Smith el Mar Abr 04, 2017 11:30 am

La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales había llegado, hacía apenas unos meses, a su final, tras un período de más de dos décadas de pura caída en picado del que nadie había sabido hacerse cargo a tiempo y en el que la corrupción, así como la ruina económica, habían campado a sus anchas. Algunos nobles me habían trasladado, con la boca pequeña por supuesto, una mínima preocupación por el estado de la Compañía, pero desde mi llegada al trono había sabido que era inútil el esfuerzo, y por ello, la había dejado morir sin lamentarlo lo más mínimo. Consideraba que los intereses comerciales del Reino debían enfocarse hacia el comercio americano, además del asiático que ya era predominante, y de una forma privada yo misma llevaba mucho tiempo invirtiendo en navíos y expediciones... aunque, siendo absolutamente fiel a la verdad, no lo hacía con una visión generosa y altruista, en absoluto. Desde siempre me había fascinado el mar, y aunque los azares del destino jamás me habían permitido embarcarme como durante mucho tiempo había sido mi sueño, ello no había impedido que me relacionara con piratas y con marinos de los más diversos confines del mundo. Y no sabía exactamente por qué era, si por azares de un destino que, de por sí, ya era condenadamente azaroso y por simple casualidad, los piratas con los que mejor me había llevado habían sido hombres besados por el fuego como, antaño, yo misma lo había sido, y a veces aún amagaba con volver a serlo. Así era: en mi cabello todavía existían los reflejos pelirrojos, especialmente a la luz de las velas o de las antorchas de los puertos, como el de Róterdam, que me había dado la bienvenida de una forma mucho menos regia que la última vez que lo había visitado. La pompa y el beato de la disolución de la Compañía Neerlandesa habían dado paso a una actitud mucho más austera por mi parte, ya que me encontraba cubierta casi completamente por una capa oscura; además, el puerto había perdido su engalanamiento artificioso de entonces, y ante mí se presentaba, recién anochecido, como lo que era: un enorme puerto comercial lleno de aromas, colores y visiones de lo largo y ancho del mundo.

Con los ojos cerrados, inspiré profundamente para llenarme de la esencia de un mundo al que era cercana, pero al cual no pertenecía, y cuando los abrí seguía sin saber el rumbo que iba a llevar en aquella visita, mucho más improvisada de lo que estaba dispuesta a admitir, pero ¿acaso había tenido otro remedio? Si, como monarca, hubiera expresado mi deseo de dirigirme hacia allí, habría tenido que verme acompañada por una escolta que llamaría la atención poderosamente sobre mi persona, arrebatándome un anonimato del que estaba disfrutando con auténtica fruición, casi más incluso que si se tratara de sangre de algún cuello desdichado o afortunado, según el caso. No, prefería darme un paseo y dejar que mi instinto, habitualmente correcto y que solía sacarme de muchos problemas antes siquiera de meterme en ellos, fuera quien guiara mis pasos, y con esa mentalidad me deslicé entre las embarcaciones, con el aroma a salitre y a sudor de los fornidos marinos que trabajaban a mi alrededor elevándose a bocanadas e inundándome por completo. Casi llegué a sentirme como una más, pero el problema era, como de costumbre, que ese casi no significaba que pudiera serlo de verdad; consciente de ello, decidí alejarme y aventurarme en una taberna próxima, regentada por un antiguo pirata de nombre tan peligroso como su aspecto, lleno de cicatrices y con una pata de palo, peligrosamente cerca de la podredumbre en mi (nada) modesta opinión. Él, avispado como solía serlo, sí que me reconoció, pero un saquito de monedas que le pasé como al descuido fue capaz de garantizarme que mantendría la boca callada, como me aseguró con una sonrisa de madera en la que algún diente sí que era suyo, pero la más absoluta minoría. Comprado su silencio, sostuve la jarra de cerveza que me había servido y comencé a dirigirme hacia una mesa, mas él me avisó, llamándome pelirroja y con unas confianzas que, en circunstancias normales, no le había permitido, de que había alguien a quien me interesaría ver en la mesa más apartada, en semipenumbra. Curiosa, se lo agradecí con un gesto de cabeza y me dirigí hacia la mesa para encontrarme allí a un antiguo compañero de travesías del tabernero y un histórico socio mío, mucho más comedido que de costumbre, aunque el fuego siguiera transpirando de él a través de sus cabellos, su barba y su poblado bigote. – No esperaba encontrarte en tierra, zorro astuto. ¿Me permites acompañarte?




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Amanda Smith
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Re: Capsizing the Sea {Privado}

Mensaje por Reinout van Bergeijk el Vie Abr 21, 2017 5:10 pm


“if
the ocean
can calm itself,
so can you.
we
are both
salt water
mixed with
air.”
― Nayyirah Waheed


El olor a salitre que se acumulaba entre los remaches de los barcos era avasallador. Y Reinout no supo si sería porque hace algún tiempo, no demasiado, había dejado esa vida bucanera, o porque así siempre había sido. A veces creía que idealizaba aquel pretérito en alta mar, que nada podía ser tan increíble y peligroso, que nada podía hacer latir su corazón como recordaba. Entonces se paraba entre los barcos del muelle de Róterdam, la mitad de su padre, seguramente y se daba cuenta que sí, que estaba equivocado, que había sido aún mejor. Que esos años que pasó en anonimato, de puerto en puerto, entre prostitutas, opio y batallas, habían sido los mejores de su vida. Pero ya lo dicen, a los lugares donde fuiste feliz no debieras tratar de volver.

Observó por algunos minutos cómo anclaban un monumental navío, el “Waterkat”, el más grande la flota de su familia. Aunque no estaba ahí para eso. Su padre lo había enviado a cerrar unos negocios con unos ingleses que iban de paso, marineros también y temió que hubieran sido antiguas víctimas suyas, de sus años como pirata. Por fortuna, no fue así, y dicho asunto quedó saldado la noche anterior. Cuando la tripulación del “Waterkat” ya estaba echando amarras, dio media vuelta y se dirigió a una sucia taberna donde los marineros y grumetes se juntaban después de las jornadas de trabajo. Aquel apestoso lugar le recordaba los muchos, muchos que visitó en sus viajes. Además, estaba regenteado por un viejo colega que, por algún tiempo incluso, estuvo bajo su comando. Siempre que regresaba a su país natal, visitaba aquel lugar, aunque no tuviera asuntos que atender en Róterdam.

Con un vaso de absenta, licor al que le había agarrado el gusto en su corto tiempo en París, la ciudad a la que iba a regresar pronto, se sentó en la mesa más alejada, amparado por las sombras. Ahí estuvo bebiendo un rato, en silencio. Escuchando conversaciones ajenas; eran las desventajas de su condición, aunque no quisiera entrometerse, terminaba haciéndolo. Tampoco bebió de manera desmedida como lo hiciera antaño, al día siguiente regresaría a Ámsterdam y luego a París, de nuevo.

Sólo alzó el rostro al escuchar que lo llamaban con ese viejo mote que utilizó en altamar. Sus ojos azules se clavaron en aquella figura, y de no ser porque poseía una memoria inigualable, casi no la hubiera reconocido. Alzó ambas cejas y al final sonrió, moviendo el bigote.

Mira nada más lo que trajo la marea —se puso de pie—. El que no esperaba encontrarte aquí, soy yo. Me he enterado en lo que andas últimamente. Esas cosas siempre se saben. Pero por supuesto, siéntate, siéntate…—sonrió y la estudió, aunque parecía más bien divertido. Se refería a la posición que Amanda ahora ostentaba en esa misma tierra suya. Se apresuró a rodear la mesa y separar la silla para que tomara asiento; podía ser todo lo corsario que quisiera, pero no podía negar de dónde venía realmente.

Pero qué demonios le pasó a tu cabello —se quejó y regresó a su lugar, donde se sentó. Otrora hermanos de cabello rojo, ahora ella lo había perdido—. Espero que sólo hayas perdido el fuego en la cabeza y no aquí —se señaló el pecho—. Como supondrás, aquí no venden la mejor de las bebidas, y creo que por eso me gusta. ¿Qué tomas? Porque no me vas a decir que me vas a dejar beber solo —Se inclinó ligeramente al frente, con ese gesto suspicaz que le grajeó el sobrenombre de zorro demasiado astuto.

Ah, sí, tierra… —luego suspiró—. He estado en tierra más de lo que me gusta admitir, como un año, más o menos, ¿puedes creerlo? Mi madre murió y tuve que regresar, y no me he podido volver a escapar desde entonces. Temo que la tranquilidad pueda oxidar mis habilidades. Aunque a decir verdad, lo dudo —rio de buena gana y alzó una mano, para llamar al tabernero. Si bien ese no era el trabajó de aquel grandullón, se trataba de Reinout, su antiguo capitán; y de Amanda, su nueva reina.


He was red, and terrible, and red:


Sorry, not sorry:
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Re: Capsizing the Sea {Privado}

Mensaje por Amanda Smith el Mar Abr 25, 2017 2:45 pm

Qué apropiada resultaba la comparación, esa alusión a una mar que jamás había dejado de acompañarme aunque no le hubiera permitido en ningún momento ser parte protagonista de mi existencia, ya que otros asuntos siempre habían reclamado mi atención con más fuerza y, sobre todo, mayor insistencia. Aquella pausada compañera me había granjeado relaciones, un vástago e, incluso, un apodo que Reinout desconocía, claro, pero ¿acaso alguien aparte del capitán Black Blood me llamaba sirena por un motivo de peso, ajeno a lo que mi aspecto pudiera invitar a pensar de mí? No; si el zorro astuto, que como siempre demostraba mejores modales que incluso los más curtidos de mis cortesanos, había hecho alusión a la marea únicamente se trataba de una referencia a su pasado, a cómo nos habíamos conocido y, sobre todo, en qué circunstancias de su vida, aparentemente totalmente distintas a las actuales. Así era: yo no era la única de los dos que había cambiado su rumbo y andaba en cosas diferentes a las de entonces, pero su relativo anonimato me había impedido descubrirlo hasta que no lo tuve delante, mientras que él había podido enterarse a la perfección de mi ascenso, por supuesto. ¿Acaso no era deber de todos mis conciudadanos conocer la identidad de su monarca...? Y él era un hombre, un pirata y un zorro, pero también era neerlandés hasta la médula, uno de los ejemplares más dignos con los que me había cruzado aunque lo hubiera hecho en un momento en el que eso se encontraba fuera completamente de mis pensamientos, así que era inevitable que lo supiera casi todo sobre mí... Con el énfasis, por supuesto, en ese casi; siempre habría detalles que no trasladaba al público general, y que solamente unos privilegiados como él lo era podrían llegar a conocer, ya que pasaba por mí, y solamente por mí, elegir a los destinatarios de mis más profundos secretos.

– Jamás te permitiría beber solo, ¡Dios me libre de semejante descortesía! – le aseguré, falsamente dramática, y a continuación sonreí y acepté su asiento y su ofrecimiento, ya que aproveché la llegada del cantinero para pedirle un vaso de aguardiente, algo menos intenso que la absenta de mi acompañante pero lo suficientemente intensa para que el golpe del trago me mantuviera atenta y despierta. Como si él, simplemente con encontrarse junto a mí, no me causara ya ese efecto... – Honestamente, espero que el fuego de arriba sea el único que he perdido, pero ya sabes que la diplomacia cuesta su precio, y me temo que también he tenido que refrenarme en otros sentidos. Lo que sucedió es que era algo que le gustaba a un enemigo, a mi rey nada menos, y decidí que la mejor manera de molestarlo sería mitigarlo y convertirlo en otra cosa. Pero no debes preocuparte de ninguna guerra civil en el reino, querido Reinout: solamente existe conflicto en el palacio, entre nosotros, para mi enorme y eterna desgracia. – aclaré, encogiéndome de hombros delicadamente mientras lo estudiaba con su mismo interés, pero con algo menos de astucia; en eso, me temía, nadie sería capaz de igualar al hombre de rasgos de zorro que tenía delante, y que parecía encontrarse tan en dique seco como yo misma, aunque lo suyo, como cualquier referencia marítima que pudiera ocurrírsenos, siempre sería un poquito más literal. – Lamento lo de tu madre, igual que lamento que te encuentres a punto de echar raíces. Para un lobo de mar, como lo eres tú, eso debe de ser el peor castigo que se pueda ejercer, y eso que, hasta donde yo sé, no te mereces ningún castigo, de momento. – comencé, con picardía, y choqué mi vaso con el suyo para, a continuación, darle un sorbo a la bebida, tan ardiente como su mismo nombre indicaba. – No lo sé, tal vez podamos solucionar eso. ¿Qué tal estás de disponibilidad? Y, más importante aún, ¿cuánto de dispuesto estarías a negociar con tu reina para volver a salir al mar?




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