Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Armgard el Jue Abr 06, 2017 12:59 am

"The line dividing good and evil cuts through the heart of every human being."
Aleksandr Solzhenitsyn

A pesar de que no llevaba grilletes, podía sentir sus muñecas encadenadas, igual que sus pies. También podía sentir su boca tapada y sus deseos anulados. Armgard estaba enjaulada sin vivir entre barrotes. De hecho, podía caminar de un lado a otro; podía, también, respirar, comer, incluso pensar. Ah…pensar… Era allí donde radicaba su única libertad, era lo único que no habían podido quitarle. Era en su mente donde se sentía en su plenitud, porque era el lugar al que nunca podrían llegar, por más que la torturaran, por más que se esmeraran en doblegarle la voluntad. Su cuerpo había sido esclavizado, la despojaron de su identidad, de su pasado, le enturbiaron el presente, pero no serían capaces de sacarle las ideas. Era una mujer inteligente, y contra eso, no podían luchar.

Lo poco que había conocido de París, le resultaba repulsivo. Demasiadas personas, demasiadas apariencias, y eso le recordaba todo lo que le habían quitado. Esa vida que veía en los demás, había sido suya y de su familia alguna vez. Ella podía ser alguna de esas jóvenes que se paseaban, elegantes, bajo sus sombrillas. Podía ser, también, una de esas preciosas novias que había visto en las pocas caminatas que había realizado al mercado. Todo aquello había sido suyo, y no podía evitar la tristeza que le oprimía el pecho cuando se veía a sí misma en los otros. No había envidia, tampoco odio. Sino una nostalgia capaz de oscurecerle el ánimo, que siempre intentaba mantenerlo en alto, porque era de la única forma que no terminaría muerta.

Mirko, su dueño, pasaba sus días en eventos sociales, y había dejado de molestarla. Armgard lo agradecía. Ya no soportaba sus manos, su aliento… Estaba lavando su cabello cuando él ingresó a su habitación. Se quedó parado bajo el umbral, observándola hasta que ella notó su presencia, y se cubrió rápidamente. Él le sonreía, complacido. Gustaba de tomarla por sorpresa. Ella solía imaginarlo agazapado, esperando el momento exacto para saltar sobre su yugular y asesinarla. Aunque, a decir verdad, no creía que él fuera capaz de matarla. Sí su esposa, de la cual se mantenía alejada, porque no tenía intenciones de abandonar el mundo sin ver a su hermana por última vez.

Ésta noche vendrá a visitarme un amigo. Y quiero que sirvas —su voz grave, casi retumbaba en el pequeño habitáculo.

Sí, señor —le resultaba extraño, pues ella nunca lo hacía, salvo que se tratase de la familia.

Todavía no consigo el personal suficiente. Usa el uniforme de alguna de las criadas. Te verás bien —le sonrió, con aquella lascivia que a la esclava le retorcía las entrañas. —Luego, irás a mi alcoba —y sin darle tiempo a responder, se retiró.

El día estuvo destinado a los preparativos para la noche. Lo único que se sabía, era que Mirko recibiría a un gran amigo y que todo debía estar en las mejores condiciones. Los empleados eran escasos, por lo que los esclavos que habían viajado, que tampoco eran demasiados, se vieron en la obligación de realizar labores que les estaban prohibidas. Armgard, por su parte, luchó durante varias horas con su cabello, para aplastarlo bajo la cofia. Era rebelde, tanto como ella.

Se vistió con el uniforme negro que mejor le quedaba, aunque le resultaba un poco grande en la cintura. Le gustó volver a usar zapatos cómodos, hacía demasiado tiempo que no tenía aquella sensación. Inevitablemente, al caminar con ellos, sonrió. La hubiera gustado tener un espejo para mirarse, pero en ese sector no había ninguno. A las ocho de la noche, todo el personal fue convocado al ingreso, para recibir al invitado. A Armgard la obligaron a colocarse un paso atrás de los demás, que eran libres. Con la vista clavada en el suelo, escuchó el carruaje y la voz de Mirko, que denotaba alegría. Intentaba adivinar cómo sería aquel saludo. A los pocos segundos, pudo divisar que unos elegantes zapatos se posaban frente a ella. Se instó a no alzar la mirada, sería castigada, pero no pudo evitarlo. Sus ojos verdes se elevaron por un minuto, y se cruzaron con los del invitado de su amo. No fue capaz de sostenerle la mirada y pegó el mentón al pecho, al instante. Armgard sintió miedo.


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Re: Devil's Backbone | Privado

Mensaje por Michael Corvinus el Vie Mayo 05, 2017 12:49 am

Deny a man pleasure, the possession of woman’s body
and he will show you his true colors.

—Chirag Tulsiani.


Siendo las ocho menos diez, Michael bajó de su carruaje y se detuvo frente a la entrada principal de la residencia Bagnoli. Era una construcción decente, bien hecha, pero nada impresionante desde su punto de vista indudablemente frívolo. Pensó que era una verdadera pena que la casa de Mirko no lograra despertar un poco de interés en él, habría sido un buen aliciente, ya que la sola idea de pasar una velada en compañía de él y de su esposa, a quien además de poco agraciada consideraba en extremo insulsa, no le provocaba el menor entusiasmo.

El italiano tenía la culpa de que Michael hubiera desarrollado esa apatía hacia él y su familia, porque desde que se habían conocido, no había dejado de atosigarlo con sus desmesuradas atenciones. No eran amigos, eso era un hecho, pero éste insistía en tratarlo como tal; lo tuteaba como si se conocieran de toda la vida y a menudo se les veía juntos, en restaurantes, bares, incluso en burdeles, pero sólo porque Bagnoli se aferraba a él como una insoportable garrapata. Corvinus le seguía el juego y con una serenidad fría lo soportaba, incluso fingía que sus bromas y comentarios tan poco ingeniosos le causaban gracia, pero consideraba extremadamente molesto al adulador. No era idiota, muy en el fondo sabía que si Mirko hacía todo aquello, invitarlo a cenar a su casa, era solamente porque buscaba conseguir un favor.

Algo resignado, pero también determinado a descubrir de una vez por todas lo que Mirko se traía entre manos, avanzó. Llamó a la puerta y ésta se abrió prácticamente al instante. Los sirvientes ya se encontraban allí, formando dos hileras, y en cuanto el invitado pisó la alfombra del recibidor, éstos se pusieron rígidos, manteniendo la espalda firme y el rostro gacho en señal de sumisión y respeto. En completo silencio, Michael dejó su chaqueta y su sombrero, y caminó por el espacio vacío entre las dos hileras de empleados, observándolos, como si se tratara de una inspección. Cuando llegó a la morena de cabello crespo, se detuvo frente a ella. Sus ojos azules la miraron fijamente. Aun sin proponérselo, el porte de Corvinus resultaba intimidante.

Qué extraño era que un hombre de su posición, tan superficial como él, mostrara interés por una insignificante empleada. Negra, además. Pero esta esclava, con su piel de un tono canela oscuro y esos inmensos ojos verdes que lo miraron apenas un segundo, le pareció una belleza. Se quedó allí, absorto, observándola de una manera casi inaceptable. Sólo se acordó de parpadear cuando el pesado de Bagnoli y su esposa aparecieron para darle la bienvenida, deshaciéndose en halagos, como era su costumbre.

¡Ah, Michael, mírate, tan elegante como siempre! —exclamó Mirko y con efusividad se aproximó para darle un abrazo. Como respuesta al indeseado contacto físico del lameculos de Bagnoli, Michael se puso rígido, apretó la mandíbula y finalmente mostró una sonrisa forzada—. Qué placer tenerte en nuestra casa.

El placer es mío —mintió. Luego, se giró para adular a la esposa de Mirko. Le dijo que el vestido que llevaba puesto la hacía lucir muy bien, pero fue un vil sarcasmo; dudaba que existiera en el mundo una prenda que pudiera resultarle favorable a una mujer tan fea.


***


La lambisconería continuó durante la cena. Mirko le habría dado de comer en la boca, si Michael se lo hubiera permitido. Era verdaderamente molesto escucharlo y ver cómo su mujer lo secundaba con su risita estúpida, celebrando todo lo que éste decía, lo que volvía doblemente insoportable la situación. De vez en cuando se distraía mirando a la mulata que servía, lo que llegó a extrañar a los Bagnoli, porque Corvinus no lo hacía con discreción, sino que se perdía, delineándola con indudable lascivia, desnudándola con la mirada. Cuando sintió que ya había tenido suficiente de los Bagnoli por esa noche, decidió dejar de fingir que le interesaba su parloteo e ignorándolos por completo, se giró hacia la esclava.

¿Cómo te llamas? —Preguntó con voz vibrante y arrebatadora. La muchacha lo miró, pero no respondió. Supuso que lo tenía prohibido.

Su nombre es Armgard —intervino Mirko—, pero eh, Michael, no creo que…

Cállate, Bagnoli —lo cortó Michael con brusquedad, lanzándole una mirada de impaciencia—. Se lo pregunté a ella, no a ti. Si realmente te interesa hacer tratos conmigo, lo que indudablemente ha sido la causa de todo este circo, deberás aprender a mantener la boca cerrada cuando la situación lo amerite.

Mirko se mordió la lengua. Altanero y dueño de sí mismo, Michael volvió a dirigir toda su atención a la muchacha.

Te hice una pregunta y quiero que seas tú quien la responda —su petición de pronto se volvió una orden—. Habla.



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Re: Devil's Backbone | Privado

Mensaje por Armgard el Vie Jun 09, 2017 1:03 am

Odiaba servir, odiaba todo lo que la mantuviera atada a ese horror. A pesar de los años que llevaba como esclava, le era imposible terminar de acostumbrarse. Se caracterizaba por ser una mujer versátil, y a pesar de que había intentado armar un personaje de sí misma para proteger los vestigios de su pasado y aferrarse a ellos con la esperanza de recuperar lo perdido, cada día la esperanza se diluía como agua entre sus dedos. Contemplaba, trágicamente, cómo la vida pasaba ante sus ojos, mientras ella se mantenía estática. Quería correr tras sus sueños, tras la libertad que tanto añoraba, pero estaba atada. Pensaba en su dulce Mahdi, en lo que podía estar pasando por la condición a la que la habían reducido, y sólo rogaba que su suerte fuera menos negra que la propia. Gran parte de la impotencia de Armgard, radicaba en que ya no podía proteger a su hermana, como tampoco había podido proteger a su madre de sus propios fantasmas. A veces, creía que merecía todo lo que le había pasado.

A lo largo de la cena, percibía la mirada del invitado de Mirko. La sentía, atravesándole la ropa y clavándosele en la piel. Era una mujer perceptiva y sensible, la afectaba más de lo que realmente demostraba. De hecho, cualquier otra muchacha en su lugar, habría tirado la mitad de la comida y hubiera arruinado el resto, por puro nerviosismo. La educación que había recibido y la elegancia que había heredado, le impedían dar un espectáculo lamentable. De hecho, se sentía de, cierta forma, contenta por volver a usar zapatos. La había costado al principio, pues solía estar descalza o usando unas sandalias que le provocaban dolor, pero su cuerpo tenía memoria y la dignidad había vuelto a ella, deformada, pero dignidad al fin, y tenía pensado disfrutarla.

La pregunta de Corvinus la tomó desprevenida, especialmente, porque su enorme capacidad de abstracción la habían sacado de esa sala y la habían llevado a un lugar feliz, a esos mismo a los que recurría en los momentos de meditación. No se sobresaltó, pero sí su rostro mostró una sorpresa inicial y, fue por eso, que lo miró. Sabía que no debía hacerlo, pero le fue inevitable. Ella…ella había sido igual a ellos, ¿por qué, de pronto, tenía que sentirse inferior? La rebeldía natural que la caracterizaba, la obligó a erguirse y adoptar aquella postura que había aprendido de su padre. Armgard había sido una dama, había tenido apellido, prestigio e instrucción como cualquier heredero. Se lo había robado materialmente, pero continuaba siendo suyo. Dudó cuando Mirko interrumpió la pregunta pero le lanzó una mirada desafiante antes de responder.

Armgard, señor. Mi nombre es Armgard —y, de pronto, recordó quién era. Como si su identidad se hubiera mantenido dormida y doliente. Su nombre fue punzante, porque le hubiera gustado presentarse de forma completa. <<Armgard Aimée van Vollenhoven-Söhngen>> gritó su alma, en la plenitud de la libertad de pensamiento que no habían logrado arrebatarle, al menos, no por ahora. Ella había visto cómo la voluntad de esclavizados y esclavizadas, que aparentaban fortaleza y orgullo, era doblegada y suprimida por completo. Las torturas y la ignorancia se volvían en contra de los nobles espíritus que albergaban los cuerpos maltrechos. La primera vez que vio a un hombre caer de rodillas, rogando piedad, lastimado y marcado con el carimbo que le quemaba la piel, supo lo que le esperaba. Aún resistía, pero sabía que no era inquebrantable. — ¿Por qué ha querido saber mi nombre? —atrevida, insolente. Detectó cómo la esposa de su dueño hacía el amague de contestar pero, un Mirko sumiso –como nunca lo había imaginado- la detenía con un gesto de su mano. Armgard hizo un paso al frente, a pesar de saber que enfrentaría los latigazos luego de que el invitado se retirara.


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