Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Tala Misrahi el Jue Abr 06, 2017 6:07 am

"La chica que soñaba con volar".
...
Aquella tarde se había tornado insípida... No por nada, sino por el semblante que todo el mundo portaba así como su forma de actuar. Los días que amenazaban con lluvia, a muchos les disgustaba pues suponía que el negocio debía cerrar, así tanto las clases altas como los campesinos tendrían que dejar las cosas a un lado para tomar un breve descanso, al menos hasta que la lluvia amainase. Pero en su caso; el descanso no era una opción, tampoco es que su trabajo fuese poco agradable, aunque los huéspedes en lugar de salir a visitar las glamurosas calles parisinas, estarían dando tumbos dentro de la casona con todo el descaro que una persona pudiente debiera. Algunos acababan con todo el alcohol que había en la casa, incluso ese que se utilizaba para desinfectar las heridas como les ocurrió el mes pasado. o en otros tantos casos que de buscar al huesped desaparecido, se lo encontraron durmiendo en el gallinero. Cosas divertidas a fin de cuentas, que ella guardaba con recelo en su memoria, instándola a sonreir en cuanto el huesped les daba a entender que aquello no debería salir de entre aquellas cuatro paredes. Sus propias y avergonzantes historias eran bien pagadas al final de su estancia.

Pero en aquella ocasión, a Tala se le había encargado expresamente ir a por unos recados, para que al despertar, los huéspedes tuvieran lo exigido y así no se tomasen ciertas libertades con escusas sin fundamento alguno para pagar menos de la cuota que debían. Aunque fuese algo que le impusieron, tampoco es que le desagradase la idea de recorrer las calles parisinas con su cesta y ataviada con una capa color verde esmeralda, lo suficientemente grande como para cubrir su cuerpo menudo, regalo de una buena señora que se hubo hospedado hasta hacía poco en la casona. Esa pequeña libertad diaria, le hacía sentirse menos obligada a fijar un horario para entrar y salir de allí. Cada día se fijaba un camino distinto y el que había tomado aquel día bien pudo suponer un cambio drástico en la historia de alguien más.

Gritos y cristales rotos rompieron el silencio que la lluvia tapaba con su incesante golpeteo. Ella se apresuró a bajar por aquella calle, con el corazón latiéndole muy deprisa, llevándose la mano que le quedaba libre al cierre de su capa, como si aquello pudiese impedir que cualquier maleante ignorase su tan sóla existencia.

- Si vas a bajar por aquí, ten cuidado con esa ladrona.- Dijo el hombre con la lengua más afilada que la hoja de un cuchillo. No juzgaba nunca a las personas y menos por un hecho sumamente aislado. Aunque aquel hombre fuese la víctima del robo, no podía pasar por alto la figura de la muchacha en mitad del suelo. Aferró de nuevo sus dedos en torno al cierre de su capa que no dudó en llevar hacia la capucha que la resguardaba del frío, para así poder ver mejor al hombre.
- Disculpeme, pero esa ladrona de la cual habla, es mi hermana. - Mintió descaradamente, no podía decir que nunca lo había hecho antes, pero lo cierto era que la culpabilidad que sentiría después evidenciaría la pureza de sus actos.

No se sabe qué fué lo que convenció al muchacho, pero éste se disculpó ante la rubia y le quiso regalar una botella de leche. Ella, tras haberle mentido, no la aceptó sinó pagando aquella muestra de gratitud con algunas monedas que le habían sobrado de la compra. Una vez el hombre desapareció, Se acercó a la muchacha y comprendió el motivo de por qué seguía aún en aquel suelo frío, mientras la lluvia se llevaba cualquier evidencia de aquel saqueo fortuito. Se agachó con prisa, mostrándole una sonrisa rebosante de amabilidad, para que la chica no viese en ella algo que no era.

- Acabo de engañar a ese hombre para que no te vuelva a molestar, así que lo menos que puedes hacer por mí es seguirme sin rechistar.- permaneció en silencio, compartiendo su capa con la muchacha para al menos resguardarla un poco de la lluvia, pese a que podía sentir el frío calar sus huesos. La jóven la llevó hacia la casona, por dónde entraron gracias a la llave que poseía de la puerta trasera que daba a las cocinas. No le importaba si alguien la veía, así como tampoco creía que la muchacha fuese a robar allí dentro después de lo que había hecho por ella, porque de hacerlo, supondría un gran desastre para ella y su futuro dentro de aquel lugar que conocía como hogar.

Lo primero que hizo fué sacar alcohol, unas gasas y pinzas, para así poder sacar los cristales de la mano de la muchacha. Ella sabía lo que era uncorte, dos, hasta diez, pero lo que allí tenía la muchacha era algo desagradable, aunque superficial. Nada que no se pudiese curar en dos o tres días.

- Me gustaría saber tu nombre.- Dijo ante la luz de los relámpagos que iluminaban la cocina, ésta, que tan sólo tenía un candil encendido.
- Mi nombre es Tala y trabajo en éste lugar.- Dijo con voz dulce mientras le terminaba de curar las manos.- ¿Es cierto que robaste la leche?- Le pregunto, curiosa, sin afán de hacerla sentir mal ni luego delatarla a la policía.
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Tala Misrahi
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