Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Hear my heart burst (Privado)

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Hear my heart burst (Privado)

Mensaje por Kaleth Reuven el Lun Abr 10, 2017 2:22 pm

Bajó del coche frente al comedor comunitario y suspiró, sabiendo que estaba a punto de hacer una locura… La gente iba y venía a su alrededor, algunos salían del lugar con paso lento, otros ingresaban apurados atraídos por el olor del almuerzo.
Kaleth consultó su reloj con cadena y luego volvió a guardarlo en el bolsillo interno de su pechera. Era mediodía.
Se giró al sentir que alguien se apoyaba en su brazo. Una anciana algo encorvada y con una pañoleta desgastada sobre su cabeza se tomó de él. Con una voz algo rota, cansada de sonar durante toda una vida, la mujer le pidió que le ayudase a llegar al interior, pues sabía que era día de sopa de pollo.


-Claro que sí –le dijo, galante, y caminó junto a ella-. Así que sopa de pollo… Eso es algo a quien nadie se podría negar.

Mientras caminaban con paso lento, la mujer –quien se presentó como Loise- lo llenó de preguntas: ¿Por qué viene un joven como usted a comer aquí? ¿Está comprometido? ¿Por qué está usted tan delgado? ¡Qué bien huele! ¿Es agua de lirios?
Él no sabía por dónde comenzar a responder… Simplemente le comentó que le gustaba hacer algo de ejercicio y que por eso estaba tan delgado. En cuanto a la primera pregunta… sí que era complicada. No podía decirle que estaba allí porque había seguido el rastro de una mujer a la que había visto entrar en el lugar algunas veces, Loise lo creería loco. Y tal vez lo estaba, pues seguía una ilusión.

La había visto por primera vez hacía unos meses en el mercado, él no solía frecuentar esos lugares, pero había ido para acompañar a su hermana que necesitaba elegir algunas telas personalmente. Kaleth se había quedado casi hechizado al oír la voz de la mujer, al ver como sus manos se movían sobre una tela y otra. Había querido acercarse a ella, entablar una conversación banal… pero no había podido, Lucille –su hermana- era terriblemente celosa y de seguro se habría ofendido al verlo coquetear con una mujer cuando en realidad había prometido ayudarla con la compra de telas para los uniformes de los niños del orfanato que ella dirigía. De igual modo no se fue con las manos vacías del lugar en lo referente a aquella mujer. Cuando Lucille se distrajo, él le preguntó al vendedor qué sabía acerca de la muchacha que acaba de irse… El hombre no conocía mucho, creía que debía ser una voluntaria del comedor comunitario ya que había comprado telas para la confección de manteles.


“Dato más que suficiente”, pensó Kaleth en el momento.

Desde esa vez, procuraba pasar con el carro frente al comedor siempre que le fuese posible. Así la había visto otras dos veces, ingresando al lugar con paso apurado y gesto concentrado. Se la imaginaba sensible, solidaria y dulce… Lo hacía porque solo quien no conoce realmente a alguien puede darse el lujo de idealizarlo; y eso le ocurría, la idealizaba.

Allí estaba finalmente, dispuesto a encontrarla en ese mar de gente necesitada, con la idea de volverse un voluntario más con tal de conocerla y saber si estaba o no acertado en la imagen que su mente se había hecho de ella.


-Hasta aquí la acompaño, Loise querida –le dijo a la anciana y corrió una de las sillas para ayudarla a tomar un lugar en la larga mesa. Antes de irse besó la mano de la mujer y ella lo bendijo.

Se movió hacia un lado y otro buscándola con la mirada. Kaleth Reuven era un joven optimista por lo general, pero no podía callar a la vocecilla molesta que le susurraba que estaba equivocado, que había sido una estupidez ir allí en busca de una mujer que ignoraba la existencia de él, que debía estar estudiando y no vagando por aquel lugar lleno de gente…
Se acercó a un joven que servía algunos vasos de agua y le preguntó si podía ayudar en algo. El muchacho –de seguro unos años menor que él, aunque la apariencia de Kaleth no coincidía jamás con su edad real- lo miró de manera estudiosa y le dijo:


-Aquí hay un orden. No puede venir cualquier señorito aburrido a estorbar. Si quiere ayudar debe entrevistarse con la dueña, si es que ella lo aprueba…

-¿Dónde encuentro a la mujer? –preguntó, conteniendo con esfuerzo su instinto feroz que pretendía obligarlo a darle un empujón a aquel nadie.

-Por allí –señaló con el mentón-, en aquel saloncito que usamos de oficina –le dijo y se giró para seguir con sus tareas.

Sin agradecerle, Kaleth caminó hacia el lugar pasando entre las largas mesas en las que los más necesitados de la ciudad se alimentaban. Se paró frente a la modesta puerta que el joven le había señalado –la única que estaba a la vista en realidad- y, algo molesto porque aún no había visto a la causante de su visita al lugar, golpeó la puerta.


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Re: Hear my heart burst (Privado)

Mensaje por Geneviève Lemoine-Valoise el Mar Abr 25, 2017 11:02 pm

No había hecho más que pensar en Áedán Zaitegui. Cada maldito segundo de su vida, lo ocupaba en él. No la abandonaba ni en sueños. Sonreía estúpidamente de la nada, recordando, anhelando. ¿Quién era esa mujer que se miraba al espejo y se sentía plena? No podía creer que fuera ella misma. Incluso, estaba distraída, lo cual recaía, indefectiblemente, en sus ensayos. Le costaba concentrarse y, por primera vez, recibió reprimendas de su maestro. Luego del pequeño fastidio del profesor, había logrado enfocarse, pero sólo en las horas de práctica. Geneviève no lograba encontrarse en esa persona en la que se había convertido, aunque lo disimulaba a la perfección frente a su familia. No toleraría ninguna clase de interrogatorio. Sólo su querido abuelo se había percatado de su cambio, pero se había limitado a preguntarle si estaba bien en dos oportunidades. En ambas, la muchacha dio una respuesta escueta, por lo que el anciano dejó de insistir.

Había tomado la decisión de dedicarle más tiempo al comedor comunitario, que había comprado con sus propios ingresos y que recibía generosos aportes de anónimos, aunque la nieta del Archiduque de Aquitania, creía que éste era su principal benefactor. Aquel día había pensado en dedicarse, específicamente, a las finanzas. Los números siempre le habían agradado, era una mujer inteligente, por lo que prefería revisar ella misma el balance que le había entregado el contador. Así había pasado las últimas tres horas de esa mañana, enfundada en su discreto atuendo gris plomo –nunca vestía de forma estrafalaria para sus visitas al comedor-, con el cabello recogido en un rodete que ya estaba flojo, y la vista fija en las hojas. Había levantado la cabeza una sola vez, para llamar a su ayudante.

El golpe en la puerta la sacó de esa pequeña burbuja que había creado. Le costó entender que era a ella a quien buscaban. Descubrió que el té de menta aún humeaba, por lo que le dio un sorbo antes de ponerse de pie. El sonido de sus talones retumbó en el suelo durante el trayecto de diez pasos, que separaban su sencillo escritorio del ingreso a la habitación. Si alguien la molestaba, sabiendo que estaba revisando asuntos importantes, seguramente debía ser algo verdaderamente urgente.

Cuando abrió la puerta se encontró con un muchacho, de aproximadamente su edad. Geneviéve no era la clase de mujer que sonriera con facilidad, aunque tampoco podía decirse que tuviera una expresión de amargura constante. Lo que, en realidad, se veía en los ojos de la cantante, era una profunda nostalgia. Sin embargo, últimamente, la alegría había avivado el verde de sus ojos. Lo primero que la pelirroja notó, fue que vestía de manera sumamente elegante, y luego, con esa costumbre a veces tan tediosa, inspiró de forma discreta para percibir su aroma. <> pensó con satisfacción. Lo miró a los ojos y supo que esa fragancia iba con él. Mitigó cualquier mal humor que hubiera despertado ser molestada.

Buen día, Monsieur —saludó con esa voz de tonos graves, que no parecía de esa mujer menuda, baja, de rostro casi angelical, si no fuera por esas pecas que ella tanto odiaba. Lo único que parecía estar acorde era su cabello, esa melena rojiza, casi indomable, que amenazaba con salir de su rodete que, a las siete de la mañana, había sido perfecto. —¿Qué se le ofrece? —preguntó inmediatamente. Le llegó una risita y observó más allá del joven, que comenzaba a parecerle sumamente alto. Descubrió a dos voluntarias, Claudia y Berenice, de quince años, lanzado miradas prometedoras al desconocido. A Geneviève le fue inevitable reprimir una suave sonrisa. —Entremos, lo mejor será que conversemos aquí —se hizo a un lado para dejarlo pasar y cerró la puerta a sus espaldas. —Geneviève Lemoine-Valoise —extendió su mano para ofrecérsela en un gesto masculino, nada de besos en el dorso de los dedos. —Aunque si está aquí, imagino que sabe mi nombre. ¿Usted es..? —y dejó la pregunta bailando entre las cuatro paredes, las cuales estaban pintadas de un suave amarillo, y decoradas, una con una biblioteca, la otra con dibujos de niños y, la que estaba detrás del escritorio, con un gran ventanal que daba al patio interno del lugar. El aroma de los jazmines, que Geneviève utilizaba como esencia y lo que estaban en un jarroncito sobre la mesa, inundaba la estancia.



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Re: Hear my heart burst (Privado)

Mensaje por Kaleth Reuven el Jue Mayo 11, 2017 1:17 am

Era hermosa. Ahora que tenía la bendición de verla de cerca –y de respirar su perfume tan característico- lo confirmaba, era más hermosa de lo que creía. El recuerdo que tenía de ella, comprando en el mercado, no le hacía justicia a la realidad que veía al tenerla frente a él.
Cuando le abrió la puerta, Kaleth se quedó de piedra pues no esperaba que fuese ella –la mujer que se colaba en su mente una y otra vez- la dueña de aquel sitio y con quien debía entrevistarse, esperaba encontrar a una anciana de blancos cabellos, joyas anticuadas, piel rugosa y perfume dulzón, en cambio… ella.

El mundo se había detenido, Kaleth era ajeno a todo lo que ocurriese entorno a ellos dos en eso momentos. Sin decir nada la siguió al interior de la sala –estaba perfumada y amueblada de manera funcional, eso fue todo lo que registró su mente en esos momentos- mientras se rearmaba mentalmente, era imposible de soslayar que le estaba costando volver a pensar con claridad.
Geneviève. ¡Al fin lo descubría! Geneviève, ese era su nombre ¡y era tan dulce!


-No, no sabía su nombre, señorita. Soy el señor Reuven, pero puede llamarme Kaleth –le sonrió mientras le tendía la mano para estrechar la suya, pequeña y suave. Hubiera querido besar el nacimiento de sus dedos, pero iba a aceptar cualquier cosa que ella quisiera darle en esos momentos.

¡Quería preguntarle tantas cosas! Si era soltera –para empezar-, si podía invitarla a cenar, si quería acompañarlo a la fiesta del sábado en el Palacio Royal, si podía permanecer con su mano pegada a la suya durante lo que durase aquella charla… pero no lo hizo, todavía guardaba algo de cordura, y acabó soltando su palma y sonriéndole.


-He sido informado de que debía entrevistarme con la dueña si quería ser aceptado como voluntario –le dijo, aparentando tranquilidad y pleno dominio, mientras tomaba asiento tal como ella le indicaba- . Claro que no imaginaba que la dueña fuese una mujer tan bella y con una voz que podría amansar hasta a la más feroz de las fieras…

Volvió a regalarle su más encantadora sonrisa mientras se acomodaba en la butaca.

-Estimada señorita, he venido porque estoy encantado con el trabajo social que usted está haciendo aquí. Dígame qué hace falta en este lugar que tan bien le hace a nuestra comunidad y hoy mismo mandaré a comprarlo para que mañana ya esté a su disposición. Además, me gustaría ser voluntario… He de serle sincero: no dispongo de mucho tiempo libre, puesto que estoy terminando la carrera de leyes, pero ese poco tiempo que dispongo se lo entrego a usted, dígame en qué puedo ser útil.


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Re: Hear my heart burst (Privado)

Mensaje por Geneviève Lemoine-Valoise el Sáb Mayo 27, 2017 11:16 pm

Había algo en Kaleth Reuven que, a pesar de halagarla como todos los que la conocían, no le incomodaba. No había malas intenciones en su mirada, tampoco en ningún gesto de su cuerpo, como si la galantería surgiera natural de cada céntimo de su piel. Estaba seguro de que era la clase de caballero que le prodigaba palabras amorosas a las ancianas, a las niñas, a las jóvenes, a las de clase alta y a las de clase baja, como si su misión en éste mundo fuese hacer sonreír a las féminas. Lo pensó cuando se descubrió a sí misma, sonriendo con cierto pudor ante sus elogios, algo que raramente hiciera. Se sintió en confianza, ninguna alarma se disparó y pudo relajarse, lo que no era común en una mujer como ella.

Geneviève vio sinceridad en su discurso, la olfateó, como cuando tenía entre sus manos los elementos para preparar fragancias. Degustó cada palabra y las ideas acudieron a ella como si se tratasen de una marea. Le agradaba la pasión del muchacho, que estaba poniéndose a su disposición. Y, al mismo tiempo, aceptaba que era ella la que comandaba ese barco, y no le importaba que fuese una mujer, él quería ayudar y la veía como una líder. No era común, todo lo contrario. Había recibido muchos voluntarios de las elites que buscaban decirle qué hacer o cómo disponer de los recursos; por eso, la mayoría de las personas que trabajaban en el comedor eran mujeres, de todas las castas.

Oh, fue muy bien informado, Monsieur Reuven —aún no caería en la informalidad de llamarlo Kaleth, como él había manifestado, aunque se sintió tentada. —Veo que tiene muchos deseos de comenzar. Eso me gusta —afirmó, al tiempo que en un delicado movimiento, se cruzaba de brazos. —Estoy muy agradecida con usted. No hace demasiado que compré éste lugar, el cual estaban por derrumbar, y todavía estamos intentando armarnos y darle un orden certero —agradecía la hipocresía de la clase alta, que se esmeraba en demostrar su posición, brindándole una porción pequeña e ínfima de su fortuna, a aquellos que no tenían si quiera para comer. Allí jugaba un importante rol su apellido pero, sobre todo, ser una de las artistas más reconocidas de Europa, una niña mimada de la alta sociedad.

Usted es joven y es fuerte, y creo que estaría muy bien ayudando con el mantenimiento, siempre y cuando no le moleste ensuciarse un poco. Imagino que debe tener alguna prenda vieja que usar —había cierta picardía en su voz. —En cuanto a lo que necesitamos, no hacemos pedidos específicos. Si decide quedarse con nosotros, verá cuáles son nuestras debilidades y, por supuesto, cuáles nuestras fortalezas —se acomodó el cabello en un gesto inconsciente de coquetería. La cercanía de Áedán Zaitegui la había chocado de frente con una feminidad de la que no conocía su existencia. —Las donaciones que recibimos son a criterio de quien la hace. Es poco pudoroso darle una lista de todo lo que necesitamos —se dirigió a la puerta, cambiando abruptamente el clima que se había formado entre ellos. — ¿Le gustaría acompañarme a recorrer las instalaciones? Así podría mostrarle cuáles serían sus labores aquí —sería el momento ideal para estudiarlo. Debía saber si podía confiar en aquel joven y si sus intenciones eran tan buenas como parecían.



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Re: Hear my heart burst (Privado)

Mensaje por Kaleth Reuven el Miér Jun 21, 2017 7:47 pm

Kaleth Reuven sonreía. Y sí que tenía motivos para hacerlo, ella era mucho más bonita de lo que recordaba, es más: parecía brillar. Sus modos eran dulces pero decididos, había pasión en su voz cuando hablaba de todo lo que le significaba aquel lugar, su nombre era tan hermoso que tenía ganas de pronunciarlo varias veces en una misma frase… y Kaleth solo sonreía porque estaba encadenado, no podía hacer más.

Sí era joven y sí era fuerte –más que cualquier otro hombre, dada su condición-, pero aún así era incapaz de imaginarse realizando tareas de mantenimiento, no estaba tan mal como para llegar a mentirse a sí mismo: carecía de habilidades manuales, era un hombre de letras, de leyes puntualmente. ¿Arreglar viejos muebles? ¿Kaleth Reuven? ¿Ver el estado de los techos y suelos? ¿Él? ¿Rellenar el aceite de las lámparas de pie? No, definitivamente no creía que pudiera hacer aquello, pero en cambio dijo:


-Claro que sí, encantado le ayudaré en todo lo que necesite. Cuente conmigo, con mi tiempo y dinero, como ya le he dicho. –Le ofreció su brazo izquierdo para salir junto a ella. La miró por un momento antes de traspasar la puerta, porque quería permitirse hacerlo, y sonrió cuando le respondió-: Sería un placer acompañarla para que me muestre mejor este lugar que usted parece amar tanto.

No sabía en lo que se metía, mas confiado pactaba con ella ayudarle en todo lo que le fuese posible. ¿Por qué? Porque era hermosa, porque tenía un corazón noble, porque sus ojos la habían amado primero -hacía algunas semanas ya, cuando la vio por primera vez en el mercado de telas-, pero ahora era su alma la que gritaba que ella era la mujer correcta para él.

“¿Por qué me enamoro con tanta facilidad?”, se lamentó –porque se sabía un idiota-, mientras se rascaba la nuca, pues no era la primera vez que le ocurría aquello.

-No se preocupe, puedo darme una idea de qué es lo que necesitan. Me disculpo si la he puesto en un apuro al pedirle precisiones, no fue muy educado de mi parte –dijo, notando que ella se había incomodado ante su pedido, mientras caminaban entre las mesas, entre las voces de los más necesitados y olvidados de París-. Puedo ver ya qué les hace falta y a la vez notar que todo funciona muy bien y quiero aprovechar estos minutos que me está obsequiando en su grata compañía para felicitarla por todo lo que ha logrado en este tiempo. –Kaleth tomó la mano de Génèvieve y la besó en la punta de los dedos, lo hizo porque no acostumbraba a quedarse con las ganas de nada y el saludo frío que ella le había dispensado minutos atrás le había sabido a muy poco.


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