Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Tangled in the great escape {Privado}

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Tangled in the great escape {Privado}

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Vie Abr 14, 2017 3:56 pm

Tenía los ojos cerrados con tanta fuerza que veía chiribitas en los párpados apretados; los puños tan tensos, a ambos lados del cuerpo, que la piel pálida aún lo parecía más de lo que ya, de por sí, era. Tumbada sobre el lecho, completamente desnuda, ojalá estuviera sola, pero ya nunca lo estaba, ni siquiera aunque no hubiera nadie a mi alrededor. En este caso, la compañía no sólo estaba dentro de lo más profundo de mí, sino que también estaba entrando y saliendo de mi cuerpo sin nada de cuidado, de forma tan dolorosa que sentía... quería que mis manos se apretaran en su cuello, no en las sábanas.

Eso es, hay que matarlo, haz que pague por esta corrupción...

No contento con ello, porque algunos hombres nunca lo estaban (eso no lo recordaba: lo había aprendido en los escasos días que llevaba en aquel burdel, donde ¿había estado antes...? ¿O no?), me abofeteó y me obligó a abrir los ojos de golpe. La luz me golpeó como lo había hecho él, titilante en las velas que se movían con cada respiración, por breve que fuera; las espirales de color invadieron su cara y lo volvieron agradable un momento, pero después, cuando me llevó las manos al cuello, se me pasó la breve impresión.

¡Hay que detenerlo! ¡Páralo! ¡No puedes permitir que nos trate así! Vamos, Alchemilla, ¡detente!

Pero no lo hice. Ni iba a hacerlo. No quería morir, no sin recordar todo lo que se me había esfumado de los pensamientos, pero no quería tampoco desobedecer, y sabía que era peor hacerlo, aunque parte de mí, una que apenas controlaba, se resistiera a la idea. Simplemente lo sabía: él era un hombre que prefería tomar el control, que acabaría rápido si así era, y efectivamente, antes siquiera de que me desmayara por falta de aire y cuando casi me dolían los pulmones por no respirar, se corrió y me soltó.

Tendrías que haberlo matado.

Respiré hondo, y mientras tanto, él se apartó de mí como si le diera asco y me lanzó las monedas a la cama, arrugada por su culpa, y en absoluto por la mía y mi falta de movimiento y respuesta. No, no tendría que haberlo matado, porque de lo contrario no habría pagado. Y firmemente convencida de ello me incorporé, con la simiente del hombre escurriéndose entre mis muslos, y me vestí de nuevo, guardando las monedas en el escote mientras él se marchaba, dando un portazo y sin mirar atrás.

¡Valemos más que un puñado de monedas...!

No dije nada, ¿qué sentido tenía hacerlo? Discutir conmigo misma me echaría del burdel; había oído historias de compañeras que así lo decían, pero no sabía si lo habían comentado por mí o porque era cierto. No confiaba en ellas, pero realmente no confiaba en absolutamente nadie, ni siquiera en mí misma. Sólo sabía que necesitaba esas monedas, y que mi cuerpo, dolorido, era la manera más rápida de conseguirlas, nada más. Todo lo demás importaba poco...

Todo salvo recuperar la memoria, ¿no?

Me mordí el labio, dudosa, y a continuación estiré las sábanas en un intento desesperado por no pensar en ello. Por supuesto, eso sólo significaba que es lo que hice a continuación: ¿quién habría sido yo? ¿De dónde venía? ¿Tendría una familia, alguien que se preocupara por mí...? Eso último lo dudaba, pero ¿cómo podía saberlo con certeza? Aún no podía, pero llegaría el momento; debía llegar. Tan cierto como que me llamaba Alchemilla... Porque eso era cierto, ¿no?

Por supuesto que lo es. Eres Alchemilla Gillespie, nada más y nada menos.

Si tan sólo supiera qué era ese más y ese menos... En fin, no valía la pena. Me dirigí hacia el espejo para tener una superficie donde poder adecentar mi rostro, pues a diario me recordaban, y en eso sí podía saber que no me mentían, que lo que más valía de mí era mi belleza, así que debía cuidarla. Y aunque no recordara cómo había aprendido a hacerlo, sí que conocía los usos de todos los ungüentos que se esparcían por todo el tocador. Sin pensar en ello, empecé a aplicar la esencia de rosa mosqueta primero, y la de manzanilla después, suavizando la piel y dejándola intacta, como si nadie acabara de montarme.

Justo a tiempo: llaman a la puerta.

– Está abierto. – respondí, limpiándome los restos de suciedad del cuerpo con el paño de lino que había cogido a continuación y que me habían recordado por activa y por pasiva, como si fuera estúpida (¿tal vez en el pasado lo hubiera sido? Es posible, pero no lo creía así), que era una afortunada por tener. Sin mirar en su dirección, lo dejé caer y me trencé el cabello para apartarlo del rostro, de forma que, cuando lo miré no hubiera interrupciones; a los clientes no solía gustarles que así fuera. – Bienvenido, Aleksandr. – lo recibí, y quise creer que así se llamaba, porque ¿creía recordarlo...?

Su nombre no es Aleksandr. No, no, no lo llames así, ¡ni Mussorgsky!

– No, no Aleksandr. Bienvenido, Shura. – murmuré, ladeando el rostro, y aunque no sabía por qué lo sabía, sí que sabía que lo hacía. Del mismo modo, sabía que no era un hombre normal, y creía recordarlo antes... mordiéndome el cuello, tal vez, pero eso no podía saberlo simplemente mirándolo, por mucho que su bello rostro atrapara mi atención de forma inevitable.

Y no sólo la tuya...



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Re: Tangled in the great escape {Privado}

Mensaje por Aleksandr Mussorgsky el Dom Mayo 28, 2017 5:57 pm


Su vida, o eternidad mejor dicho, había sufrido una serie de cambios en los últimos meses. Se había casado, y había enviudado con la misma rapidez con la que todo pasó. Aleksandr no era un «viudo negro» o algo por el estilo, pero Vesper terminó por estorbarle, y qué se le iba a hacer. Sacó provecho de todo mientras duró. Y no es que la respetara demasiado (simplemente, casi la mata en su noche de bodas), sino que estaba urdiendo demasiados planes como para ir a ese lugar. Vaya, ¡fue incluso a Italia! Y estuvo allá algunas semanas, azorando un pobre pueblo.

Sin embargo, ahora estaba de regreso. Antes de su breve matrimonio y su partida, esa puta de nombre Alchemilla había desaparecido. Y le importaba porque era de las más entretenidas, y cuya sangre sabía mejor. A su regreso, una de las primeras cosas que supo, casi por error, es que estaba de vuelta y no dudó un segundo en hacerle una visita. Seguro lo extrañaba; esa forma suya que tenía de arrancar la vida como si arrancara la piel, lento y doloroso. Y justo cuando el dulce beso de la muerte te iba a alcanzar, él te lo negaba, sólo para prolongar el tormento. Sí, seguro lo extrañaba.

No se anunció, en parte porque no se trataba de un jodido baile de alta sociedad, y porque había sido una decisión rápida. No se caracterizaba por tomar muchas de esas, sin embargo, que Dios amparar al mundo cuando lo hacía. De un plumazo podía decidir que París le aburría y comenzar a destruir la maldita ciudad.

En el burdel, las madrinas, mujeres de carnes flácidas y maquillaje descuidado, lo recibieron con gusto, le dijeron cuánto lo habían echado de menos. Las prostitutas, en cambio, trataron todo lo que pudieron de esconderse, para que el demonio no las eligiera para pasar la noche. Y es que las más viejas sólo disfrutaban del oro que Aleksandr dejaba en ese lugar, y las más jóvenes eran las que sufrían con las peculiaridades de este cliente.

Pero una de las más viejas parecía saber a qué había ido exactamente. Tomó su abrigo y sin palabras, lo condujo a la habitación. Lo dejó apenas estuvieron frente a la puerta. Aleksandr sintió, desde ese momento, que algo esencial había cambiado, pero no identificaba el qué. Tocó al fin, e ingresó. Ahí estaba ella, la meretriz perdida que regresaba porque al parecer no sabía tener otra vida. Alzó el rostro y la estudio. Arqueó una ceja cuando lo llamó por su nombre, pues no había anunciado su arribo y la sorpresa se convirtió en enojo al escuchar aquel apelativo de cariño.

Vaya, regresaste con sorpresas —le dijo, tratando de mantener la compostura, porque en ese instante deseaba abofetearla hasta verla sangrar de nariz y boca—. ¿Dónde aprendiste ese nombre? ¿En dónde demonios estuviste? —Se acercó con ese semblante suyo, de amenaza, de cataclismo. De sombra que repta por el mundo, queriendo consumirlo todo. Entornó la mirada, podía sentirlo, pero no verlo; eso que había cambiado en ella.

¿Me extrañaste? —Con brusquedad la tomó del mentón y la obligó a verlo a los ojos. Verdes como un fuego maldito. Como los de Ilya, su abuelo, hechicero condenado por los siglos—. ¿Es por eso que regresaste? ¿Por qué me extrañaste mucho? —La soltó con fuerza, de tal modo que la hizo volver el rostro a un lado.

Con parsimonia, se quitó el saco y lo acomodó en respaldo de una silla. Luego se desabrochó los puños de la camisa y comenzó a remangarse hasta debajo de los codos. Parecía que se preparaba para una lucha cuerpo a cuerpo. Se quitó un mechón de cabello oscuro del rostro.

¿Vas a hacer que te saque las palabras, una a una, a golpes? Sabes que eso me encanta —la dulzura de su voz fue un contraste con las atrocidades que estaba diciendo. Sonrió y se quedó de pie frente a ella, aguardando. Había tenido un cliente antes, podía oler aún la peste mortal de quien se había corrido en el interior de la mujerzuela, pero cualquier salvajada que éste hubiera cometido, era un lecho de rosas, en comparación de la barbarie que él estaba a punto de cometer.


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Re: Tangled in the great escape {Privado}

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Lun Mayo 29, 2017 2:28 pm

Con él me sucedía algo particular, distinto, que no creía recordar de antes; sin embargo, ¿qué era lo que recordaba de antes? Bien podía no ser ningún desconocido, al hecho de conocer su nombre y su ¿apodo? me remitía, pero ni lo sabía ni podía saberlo, así que las dudas permanecían, regadas de algo que creía identificar como miedo. Sí, definitivamente: tenía tanto miedo de él como de perder la cabeza y la noción de lo que era real y lo que no, y por eso retrocedí, aunque fue inútil porque él fue más rápido.

¡Siempre va a ser más rápido, Alchemilla, así son los vampiros! Y él es uno, claro, uno muy peligroso.

¡No hacía falta que lo jurara...! Sometida, sumisa como creía que jamás lo había sido (porque no recordaba haber sentido tanto miedo, mezclado siempre con más; ya nada era simple, y mis emociones menos), obedecí y le permití tocarme y manejarme sin que me hubiera pagado siquiera por ello. ¿Cómo se llamaba a una prostituta que se ofrece así a un cliente, sin que haya ni medio franco de por medio? Peor aún: ¿cómo se llama a una mujer que lo hace, sin plantearse que puede haber otras alternativas en su situación? El coraje de pensarlo fue lo que me devolvió los movimientos, no su amenaza; eso quise creer, al menos.

¡Ni se te ocurra desafiarlo!

– No lo he aprendido, lo sabía. Sé que eres Aleksandr Mussorgsky y que sólo tus allegados, que no tienes, te llaman Shura. No sé cómo, pero lo sé. – respondí más desafiante de lo que pensaba, pero no tenía intenciones de retractarme. Podía estar temblando un tanto, más de frío que de otra cosa (el miedo me paralizaba, ¿recordáis? Sí, tú, voz, ¡te hablo a ti! ¿Por qué no respondes cuando debes y sólo cuando quieres?), pero lo miraba a los ojos y así seguiría haciéndolo, sin rendirme.

No, no, ¡eres demasiado estúpida! En buena hora elegí meterme...

¡Ya basta! Pero había escuchado suficiente: se había metido, ¿quién y cómo? ¿Por qué y cómo? Dónde y cuándo lo sabía: cuando desperté en la caseta, después de ¿algo?, ya estaba así, y no me la podía quitar de mi cabeza. Pocas veces había estado tan convencida de algo como de que aquello que tenía en los pensamientos era hostil y ajeno, malo como el demonio, malo como él, que me miraba (se me debían de ver todos los razonamientos en el rostro) con atención.

– No recuerdo a dónde fui. – me sinceré. ¡No le digas la verdad, la usará contra nosotras! Precisamente por esa advertencia, continué diciendo la verdad. – No sé nada de mí misma. Creo que me llamo Alchemilla y sé que soy carne de burdel. Quiero decir, es evidente, ¿no? – solté una risita al final, amarga, y me señalé el cuerpo, vestido a la manera de las fulanas, a mi manera. Si algo tenía claro, de entre toda la maraña que era mi realidad, era que debía ser meretriz, porque los talentos que había demostrado que poseía en ese sentido no se ganaban gratuitamente.

No sigas, no sigas... ¿Qué tengo que hacer para que me escuches? ¡Sigue, sigue, cuéntale todo!

Oh, pero eso es exactamente lo que voy a hacer... ¡No! Apártate, aún es tarde, ¿no ves todo lo que lo está rodeando? Entorné los ojos y miré alrededor, tras él, en su rostro, hasta que lo vi: un rostro antiguo, transparente, de ojos verdes, que me miró con tal dureza que, instintivamente, me aproximé a un vampiro que deseaba mi dolor, no mi cercanía. ¿Cuándo me había vuelto tan capaz de ignorar el sentido común...? Probablemente desde que oía algo en mi cabeza que atentaba contra toda la lógica posible.

¡Me preocupo por mantener tu cuerpo intacto, desagradecida!

– No sé quién eres. No he podido echarte de menos, ¿no crees? – repliqué, y aunque parecía descarada, estaba como en otro lugar, con la vista clavada cerca de la pared, en ese rostro que se había dado cuenta de que lo miraba y sabía que estaba allí y parecía refulgir con más fuerza. Abrió la boca y dijo algo; me costó varios intentos leer sus labios, pero cuando lo hice, fruncí el ceño. – Ilya. No te acompaña nadie, pero allí... Allí... El hombre dice que es Ilya. – desvié el rostro hacia Aleksandr, o Shura, o como demonios se llamara, presa de la confusión.

Reza, Alchemilla, porque tal vez si te ve inocente, tu muerte por desafiarlo llegará más rápido.



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