Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Sin in Justice — Privado

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Sin in Justice — Privado

Mensaje por Juliette Kettering el Miér Abr 19, 2017 7:38 am

Vanos son los mil credos
que mueven los corazones del hombre: indeciblemente vanos;
inútiles como malas hierbas marchitas,
o como la ociosa banalidad en el centro de la eternidad.
—Emily Brontë.



No todas las personas que gozaban de una buena posición social solían ser tan honestas, en realidad, la gran mayoría se dedicaba a negocios turbios, a los que solían ocultar tras mentiras sacras. Los Kettering no eran la excepción, ellos, tras ese imperio dedicado al mercado del arte, también tenían sus manos manchadas del lodo de la estafa. Pero esto no era lo peor, para colmo, siempre tenían personas a su alrededor que los apoyaban, que no les importaban estas cosas, sólo se encargaba de ocultarlas tan bien como podían. Quizá sería por lealtad entre socios y amigos, o quién sabe qué. A veces era una odisea descubrir las intenciones genuinas de esta clase de individuos, pues las disfrazaban bastante bien, haciendo creer a la sociedad otra historia diferente.

Juliette era la vida imagen de ello, sabía con quién aliarse para mantener su estatus, mientras, detrás de luces, se dedicaba a estafar a otros. Desde hacía algún tiempo que se dedicaba al contrabando de arte; ser marchand no era más que una máscara de falsedad. Le había cogido gusto a obtener dinero de una forma indigna, pero, ¿qué más daba? No era la única. Las personas eran ambiciosas y eran capaces de regalar grandes sumas de dinero por tener joyas valiosas. Tal parecía que el arte, no sólo se encargaba de expresar las pasiones de sus creadores, también arrancaba los más oscuros deseos de los hombres, aquellos que no eran capaces de hacer nada con un lienzo y un pincel, o en su defecto, con el cincel y el mármol. Sin embargo, existían personas como Juliette que se encargaban de complacerlos, gracias a sus grandes influencias. Aquello también la llevó a cuidarse las espaldas, y para eso, debía hallar al más indicado.

Akiva Alfvén, un sagaz abogado, había servido a los Kettering mucho antes, y ahora, se unía a la terrible Juliette para asegurarse de que las finanzas de la familia estuvieran seguras, aparte, desde luego, del origen ilícito de otras sumas descaradas de dinero que ella manejaba. Pero no sólo eso, Akiva y Juliette se la llevaban bastante bien como personas, resultaron ser compañeros afines, y prácticamente, él era un magnífico confidente, hasta ocultando la infidelidad de la mujer.

Acordaron alguna cita casual en el centro de la ciudad para conversar de cosas variadas. Pero, lo cierto es que Juliette necesitaba consejos, ¡sí, ella! Estaba en un pequeño lío, ya que, su joven amante, ese pintor que creyó haber dejado en alguna parte, se hallaba en París y algún listo pretendía chantajearla. Recordarlo sólo le generaba un horrible dolor de cabeza.

Llegó un poco antes a la cita, quizás un cuarto de hora, no lo supo muy bien, porque no era algo que realmente le importara. Se dedicó a esperar a su invitado mientras bebía un café y leía los últimos titulares del diario local, pero poco fue su entretenimiento, porque apenas alzó la mirada, ahí se encontraba él.

—Monsieur Alfvén, ¿o prefieres que te tutee? —dijo con ese tono simpático que sólo reservaba a sus allegados—. Adelante, ponte cómodo.




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Re: Sin in Justice — Privado

Mensaje por Akiva Alfvén el Lun Jun 26, 2017 7:10 am


Gran parte de su trabajo consistía en guardar silencio. En ser receptáculo de demasiados secretos, secretos además, de gente muy poderosa, con los que él podría chantajearlos y quitarles hasta la sonrisa, pero ¿para qué? Le convenía más ser un abogado modelo, no traicionar a su vasta cartera de clientes, a la larga, así ganaba más, y mantenía una reputación intacta, envidiable y que le llevaba más clientes. Ser abogado no siempre era bonito, más bien, casi siempre era horrible. Se necesitaba estómago y la cabeza muy fría, y Akiva poseía esas cualidades.

Era por ello que dinastías de abolengo enteras lo mantenían como su albacea legal, entre ellos los Kettering, a quienes servía desde sus años bajo el ala de Diethelm Arendt, su mentor en Berlín. Porque así era la fama de aquel hombre, y la suya ahora. Incluso gente de otros lugares iban a buscarlos ahí, y entonces tenían que dominar no sólo las leyes locales, sino las de casi toda Europa; otra habilidad a la que sacaba ventaja a la larga.

Avanzó por las calles de París; aún no sabía cuánto se iba a quedar en la ciudad, la mujer a la que había ido a ver, Christel Achenbach, aún no le daba una respuesta y, por las propias vicisitudes del caso, que parecieron golpear muy cerca de casa, Akiva se había mostrado inusualmente paciente. Aunque ahora encontraba beneficioso aquello, pues así le sería más fácil verse con Juliette. Dobló la esquina y estuvo en el lugar indicado, eso sí, tuvo que leer el rótulo del lugar para no equivocarse, no dejaba de ser un extranjero en una tierra extraña.

La vio allá sentada, tomando café y leyendo el periódico. Sonrió, siempre le había parecido hermosa. Tenía debilidad por mujeres como ella, subconscientemente las asociaba a su prometida que prefirió la inmortalidad a una vida atado a él. Avanzó y se plantó frente a ella.

Oh, por favor, tutéame. Creo que estamos más allá de las formalidades —arrastró una silla y se sentó—. Imposible, Juliette. Tú me pones muy incómodo, en el mejor sentido de la palabra —bromeó. Ese era él, que si no se trataba de trabajo, coqueteaba sin poder evitarlo. Aunque aún sabía si esto se trataba de trabajo o no. Igual conocía de demasiado tiempo a Juliette Kettering y podía borrar la línea que dividía aquello, mientras no interfiriera.

Fue a preguntar algo más, pero una mesera joven y muy bonita se acercó para preguntar su orden. Akiva le dedicó una de esas miradas que tenía perfectamente dominadas y eso provocó una risa tonta por parte de la chica.

Un café, sin azúcar y un poco de leche. ¿Quieres algo más Juliette? —Diciendo aquello, tocó de manera inocente el antebrazo de la mesera, que se paralizó de inmediato, como aterrada. Era el efecto que tenía en las mujeres, lo sabía.

Es todo, querida —le dijo a la mesera y le guiñó un ojo. La chica se fue muy tensa, Akiva la siguió con la mirada para luego girarse hacia Juliette y encoger un hombro—. Qué puedo decirte, me es inevitable. Y no es ni siquiera que lo intente eh, me sale natural —rio—, en fin, estábamos aquí porque querías verme, parecía importante, dime, soy todo oídos —entrelazó las manos y las descansó sobre la mesa.


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