Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Gemma Pemberton el Miér Abr 19, 2017 9:26 pm

"She feared no danger, for she knew no sin."
John Dryden

Había incontables motivos para ser incinerada. Uno de ellos, su condición de bruja. Otro, el ser la matriarca de una familia de hechiceros y la líder de uno de los clanes más grandes. Un tercer punto, que podía ser el peor de todos, era que tenía como amante al prometido de su hija, y no sentía culpa por ello. Sabía que estaba mal, ¡por supuesto! No podía ser tan insensible de no pensar en Solange, sangre de su sangre, pero no podía detener la pasión que la desbordaba cuando pensaba en las manos inexpertas de Caliban, en su deseo inagotable, en su constante predisposición. Toda ella se sentía en completo control, el poder que ejercía sobre él la excitaba más de lo que hubiera esperado. Es que a Gemma nada la enardecía tanto como el poder. Era su motor. La injerencia sobre los demás era lo que la mantenía viva.

Aquella mañana despertó con el profundo deseo de sentir a su ahijado. No importaba si había tenido una maravillosa noche con su marido, quería a Caliban para ella. Decidió no desayunar en la cama y bajó a compartir con la familia; le gustaba observarlo fijamente, incomodarlo, y antes de que cualquiera se percatara de su acción, hacer algún comentario chistoso. La vida al límite era lo que Gemma siempre había pregonado, y su aletargada cotidianeidad familiar había amenazado con destruirla. Pero no más de eso. Estaba comenzando a sentirse viva de nuevo, viva como lo fue en su juventud, esa de la que aún no lograba desprenderse porque la recordaba con gloria. Y no era que no aceptara su edad, ¡claro que sí! Las mujeres de cuarenta años de su época estaban desgastadas por la maternidad, el matrimonio y la ociosidad, pero ella no, jamás se había detenido.

Caliban —dijo, tras darle un sorbo a su café, ocupando la cabecera de la mesa. —Luego del desayuno, ven a hablar conmigo a la biblioteca. Necesito que arreglemos unos asuntos pendientes —nada en su cuerpo dio indicios de lo que era. —Amor, ¿a qué hora regresas? —le preguntó cariñosamente a Ambrose.

A la medianoche, seguramente —respondió con desencanto. Él detestaba ir a las reuniones de trabajo en las afueras de la ciudad; aunque, en realidad, lo que realmente no le gustaba, era tener que darle explicaciones a su esposa luego.

Madre, ¿recuerdas que iré con mis doncellas a ver telas para el ajuar? —la voz de Solange era romántica, como siempre, y no pudo evitar lanzarle un vistazo a su prometido.

Sí, preciosa. Y mañana iremos juntas a ver la tela para tu vestido. Ahora debo activar mi día —le sonrió. Se puso de pie, se dirigió a su marido al que saludó con un beso en los labios, se despidió de los jóvenes y se retiró a la biblioteca.

Se sentó cómodamente en su escritorio, que se encontraba en una habitación dentro de la maravillosa y gigante biblioteca, la cual estaba en el primer piso de la mansión. Era, más bien, una sala de estudios. Decorada con un mobiliario de roble, piezas únicas y exclusivas. También con tres sillones, dos de un cuerpo y uno de tres, forrados en terciopelo azul, dispuestos alrededor de una mesa ratona. Alzó la vista y observó hacia el enorme ventanal que tenía frente a ella. Dos palomas picoteaban el vidrio y se extasió observándolas. El sonido de la puerta la trajo nuevamente a la Tierra. Reconoció los golpes y se puso de pie con una amplia sonrisa.

Entra —la voz sensual de Gemma era un anticipo de lo que había estado anhelando. —Cierra la puerta —le ordenó, una vez que el hechicero ingresó. —
Con llave, cariño. Con llave.



"Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche."

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Mensaje por Caliban Ifans el Dom Mayo 28, 2017 5:48 pm


Ya no era un sueño. Ya no más. Había sentido a Gemma, sus profundidades, sus secretos. Sus manos había podido recorrer, con torpeza, ese cuerpo que, aunque Caliban no conocía muchos otros cuerpos, se atrevía a decir que era perfecto. No parecía pertenecer a una mujer con una hija de su edad. Gemma era, en todo aspecto, exquisita.

Le gustaba el juego que mantenían desde entonces. Incluso, se mostraba ligeramente más interesado en su boda con Solange, y es que, por ahora, mostrar entusiasmo era parte de una coartada. Quién podía culpar a su ingenua juventud, pues no caía en cuenta que, conforme los días avanzaban, lentos como pisadas de gigantes, la fecha de la boda se precipitaba. Aún no era una preocupación que le quitara el sueño. ¿Y cómo? Sí Gemma lo agotaba.

Alzó el rostro cuando se les unió en el desayuno y musitó un buenos días desinteresado, mientras ponía mermelada a una rebanada de pan, y miel a la otra. Se llevó una a la boca y se puso atento al escuchar su nombre.

Por supuesto —respondió solícito cuando le pidió verse más tarde, no la miró, se mantuvo concentrado en la comida. Un peso frío, los nervios de la anticipación, se instalaron en el estómago. Y sólo el cielo sabía cómo pudo reprimir a su pene para que no comenzara a erigirse ante la sola idea de estar solo con ella.

No quiso mirar demasiado a Ambrose cuando éste recibió el beso de Gemma, ama y señora de esa casa. Ni expresó nada cuando Solange habló de preparativos. Se sirvió zumo en cambio y continuó comiendo. Tampoco la miró cuando salió de la habitación. Ambrose fue el segundo en disculparse y marcharse. Solange le sonrió cuando estuvieron solos, luego dijo algo de que era tarde y le dio un beso en la mejilla, para marcharse también. Caliban ni siquiera lo sintió.

Antes de tocar, respiró profundamente y cuando ingresó al sitio indicado, la miró ahí. Dueña de todo lo que estaba ahí, incluido él. Sin dejar de mirarla, cerró la puerta y pasó el pestillo, como se le había solicitado. Sonrió entonces y cruzó la habitación con grandes zancadas hasta quedar frente a ella, sin mediar palabras, la tomó del rostro y la besó con pasión, aunque fue breve.

Lo siento —dijo cuando se separó—, había estado queriendo hacerlo desde que te vi en la mañana —se mordió el labio inferior y la miró con una inocencia anacrónica, considerando las circunstancias—. ¿Para qué deseabas verme? —Se relajó un poco y se recargó en el escritorio. Su pregunta conllevaba más de lo que las meras palabras daban a entender. Caliban podía sentir calor en su pecho, en sus mejillas y en la entrepierna. No podía controlarlo. No frente a ella.

La veía, y la volvía a ver desnuda, sobre él, caderas contra caderas, su miembro hundido en ella. Su primera vez, y estaba seguro, que la mejor que iba a experimentar jamás en su vida. Si casarse con Solange significaba no separarse de Gemma, que así fuera.


I have loved the stars too fondly to be fearful of the night.
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Caliban Ifans
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