Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Vale más ser paciente que valiente (Privado)

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Vale más ser paciente que valiente (Privado)

Mensaje por Nadia Scrymgeour el Sáb Abr 22, 2017 11:42 am

Nada estaba siendo como ella había imaginado antes de casarse y eso la frustraba, pero al mismo tiempo la impulsaba a persistir.
Iain era un hombre bueno. Pese a que hablaba poco y no permitía que ella lo llegase a conocer en profundidad, Nadia sabía que se había unido a un hombre bueno, generoso y pacifico. Ella siempre había sido certera a la hora de descubrir la esencia de las personas y cuando miraba a los ojos a Iain podía ver benignidad.
Estaba convencida de que él no la quería; de seguro se debía a que a penas la conocía. Había personas que tardaban más que otras en adaptarse a los cambios de vida y ella creía que eso era exactamente lo que a él le ocurría; todavía no se había dado cuenta que debía quererla para siempre.


“Sucederá. Llegará el día en el que me diga que no puede vivir sin mí”, se decía confiada porque, ¿cómo podía alguien no amarla? No lo entendía, ya que nunca le había costado obtener lo que deseaba y encontraba ahora un verdadero desafío con el que podía poner a prueba su tenacidad, su valor. Su único objetivo era que Iain Scrymgeour la quisiese, que sintiera que solo junto a ella encontraba un lugar de pertenencia.

Incansable, Nadia proponía siempre y él solía aceptar. Paseos, cenas especiales, la ópera, compras… resignado se dejaba conducir dentro de lo que ella planificaba, pero Nadia no lo veía feliz. ¿Qué debía hacer para provocar que él sonriese de forma genuina? ¿De qué debía hablar? Odiaba los caballos, les temía, pero se había montado junto a él en uno –solo para que Iain la creyese valiente- y lo recordaba como una de las experiencias más tortuosas de su vida, no había hecho más que llorar y sufrir con el trote del animal, ¡había clavado sus uñas en las manos de su esposo e incluso le había hecho sangrar!

Nadia Galloway, ahora Scrymgeour, sonrió al recordar aquella escena patética y se puso su abrigo de piel gruesa. Después de todo estaban en el mar y ella se disponía a salir a la cubierta para buscar a su marido.
Se dirigían a París y se suponía que si seguían navegando sobre aguas calmas llegarían en unos dos días más. Aquel viaje había nacido de sus deseos de cambiar de aires, de salir de la rutina aburrida y monótona en la que se había convertido su vida. Simplemente le había dicho,
quiero ir a París, amor mío, nos merecemos un viaje de placer y él le había prometido que irían entonces. Así de rápido, así de sencillo, justo como a ella le gustaba vivir la vida. Y allí estaban.

Salió al frío que dominaba la noche y, mientras se ajustaba el abrigo, lo buscó con la mirada, recordando los planes especiales que tenía para los próximos días.
Estaba convencida de que al reencontrarse con esa amiga misteriosa de la que todos, menos él, hablaban -señalándola como casi una hermana de Iain- y saber que ella, su esposa, había preparado tamaña sorpresa, él se rendiría por completo a su amor. Nadia solo había visto a Isaura el día de la boda y no habían hablado, pero intercambiaron un par de cartas muy amistosas meses después, luego de que la joven se hubiese asentado en París, y sabía que podía contar con ella para sorprender a su marido.
No tardó en hallarlo junto a la barandilla metálica, mirando la nada. Se aproximó a él y le sonrió cuando Iain se giró para descubrir que ya no estaba solo, que había sido interrumpido. Sin perder esa sonrisa, Nadia se le arrimó y lo abrazó.


-¿En qué piensas, Iain? –le preguntó, buscando esa mirada que él le esquivaba.


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Re: Vale más ser paciente que valiente (Privado)

Mensaje por Iain Scrymgeour el Dom Mayo 28, 2017 5:31 am


Casi nunca solía rememorar a sus padres cuando él era niño. Su matrimonio siempre pareció sólido, feliz. Rabastan daba libertad a Aphra y cuando los veía juntos, siempre los notó serenos. Sin embargo, últimamente —desde su boda— regresaba una y otra vez a esas memorias de su infancia y notaba nuevas cosas. Pormenores que había pasado por alto, por conveniencia o inocencia. Y luego ya no sabía si se estaba inventado las cosas.

El suave oleaje mecía el barco, mientras él, mascando una hoja de menta, miraba el horizonte. El viaje de Inglaterra a Francia no era tan largo, sin embargo, a él se le estaba haciendo eterno. Los tonos dorados del sol reflejado en el océano le recordó algo. O a alguien, mejor dicho. Y eso lo condujo de nuevo a sus padres: siempre le pareció que estaban de acuerdo en todo, sin embargo, ahora rememoraba esas miradas duras que parecían decir «luego hablamos» o «no enfrente de los niños». También podía recordar esas cenas tensas, en las que él o uno de sus hermanos preguntaban qué sucedía, y nadie se atrevía a responder. Es más, incluso le parecía recordar que alguna vez los escuchó elevar la voz, amortiguada por alguna puerta cerrada. Sus padres distaban mucho de ser perfectos, y les agradeció siempre guardarse eso para su intimidad. Sabía que como él, se habían casado en un matrimonio arreglado, y les admiró que, a pesar de las diferencias, habían sabido sobrellevarlas. Todo ello alimentaba un temor creciente. Uno que tenía desde que podía hacer memoria, pero que últimamente crecía exponencialmente, amenazador e insaciable; el de no cumplir las expectativas.

Complacía a Nadia en todo; esa había sido su posición desde el día uno, la de ceder. No negaba que era una mujer hermosa, inteligente y que había estado preparándose para él desde que era una chiquilla, sin embargo, se odiaba por no poder quererla, ya ni siquiera amarla. La respetaba, desde luego, sin embargo, no le provocaba querer besarla todas las noches, acostarse sobre su pecho, dejar que le acariciara el cabello. No le provocaba nada, y eso era peor que si la odiara. Nadia no merecía eso y se esforzaba, por Dios que lo hacía. Desde entonces parecía cansado todo el tiempo, y es que ese denuedo lo estaba consumiendo. Cerró los ojos y escupió hacia el agua los restos de la hoja de menta. Al girarse, se dio cuenta que ya no estaba solo.

Sonrió. Pero sonrió como solía hacerlo para con ella. Algo forzado, algo fingido. Confiaba en que no se diera cuenta, no obstante y como él mismo había concluido, Nadia no era tonta.

Oh, en nada en especial —respondió, correspondiendo la muestra de afecto demasiado tarde al deslizar su mano por la cintura de su esposa—. Cosas que dejé pendientes en Escocia. Ya sabes cómo soy, el deber es primero —respondió, sin mirarla, con la vista fija en el agua y el horizonte. Sus palabras eran dignas de análisis: «ya sabes cómo soy»; no, Nadia no sabía como era porque no se había abierto ni un poco con ella, y «el deber es primero»; sí, eso era verdad, la muestra era su casamiento, que siguiera ahí con ella y que no hubiera huido. Iain creía que se estaba hundiendo demasiado deprisa en su propia autocompasión.

¿Qué tal te ha sentado el viaje? Hablé con el capitán, dice que si los vientos siguen tan favorables, el probable que lleguemos a Calais mañana por la tarde, ¿no es genial? Sé que de ahí es un día o dos en carruaje hasta París —quiso brindarle una sensación de normalidad a su conservación. Buscó las palabras que, creyó, serían las adecuadas entre unos esposos recién casados. Y ahí era donde fallaba, lo hacía demasiado conscientemente, y por ende, obvio.


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Re: Vale más ser paciente que valiente (Privado)

Mensaje por Nadia Scrymgeour el Dom Jun 18, 2017 9:12 am

Oh, siempre tan responsable, tan cuidadoso y previsor… Nadia quería decirle que debía dejar de preocuparse por los negocios, que estaban en un viaje de placer, que aprovechase a relajar su mente a la par de su cuerpo… Pero temía ofenderlo. Según todo lo que había aprendido sobre los hombres, ellos necesitaban sentirse importantes, sentir que emprendían grandes cosas que dependían plenamente de ellos. Por eso no se ofendió al saber que su esposo pensaba en lo que había dejado en Escocia, simplemente se apenó por él que no podía relajarse.

“Cuando se reencuentre con su amiga todo cambiará”, pensó y no pudo evitar una amplia sonrisa. Se lo imaginaba al fin feliz y agradecido para con ella por haber organizado algo así.

Otra frase que resonó en ella fue el deber es primero. No pudo evitar preguntarse entonces qué puesto ocupaba ella… ¿el segundo? ¿el tercero? ¿el décimo? Una vez más calló sus dudas, a penas comenzaban a conocerse, a saber uno del otro, y no quería arruinarlo todo con preguntas de ese estilo. Pero bien se conocía y sabía que su paciencia no sería eterna, mucho menos su poca habilidad de callarse a tiempo.

Nadia suspiró y el cansancio se hizo pesado en su cuerpo, descendió sobre ella abrumándola. Apoyó su mejilla en el hombro de él y le respondió:


-Estoy bien, pero este viaje ha sido muy diferente a otros. Jamás me había sentido tan mareada como en estos días, es como si no hallara la estabilidad ni aún estando recostada. Es la sensación más horrible que he experimentado, por suerte su duración es corta. –No estaba preocupada, pero sí asombrada. Amaba el mar y no entendía qué le estaba ocurriendo aquella vez.

Había viajado varias veces en su vida, mayormente con sus padres y la última vez con sus hermanos y cuñadas. Nunca había sentido los mareos que la asaltaban por las mañanas en esta ocasión. Era como si Nadia, de pronto, no entendiese su cuerpo. Además se sentía cansada, pese a que no hacía más que salir a dar cortos paseos por la cubierta.


-Oh, que buena noticia. –No lo era tanto, odiaba viajar en carruaje durante largos trayectos, pero mejor eso que seguir navegando, esa misma mañana se había sentido tan mareada que había considerado arrojarse a las frías aguas y dejarse morir. La inestabilidad no duraba mucho solo un par de horas, pero ellas se tornaban insoportables-. Creo que estando en tierra volveré a sentirme entera. No sé por qué el mar me ha hecho esto durante este viaje. Me siento tan cansada… pero he venido a buscarte para cenar contigo, Iain. Muero de hambre.


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Re: Vale más ser paciente que valiente (Privado)

Mensaje por Iain Scrymgeour el Mar Sep 12, 2017 12:10 am


De no haber estado tan sumido en su propia miseria, Iain habría entendido las implicaciones de lo que su esposa le acababa de decir. Era un tonto, y más últimamente, pensando en todo lo que no pudo ser, en supuestos, asido a castillos de humo. Él jamás había sido así, siempre había tratado de habitar la realidad. Y aunque no era consciente de su ejercicio escapista, la verdad era esa, que cuando la realidad ya no le satisfizo o gustó, buscó en el mundo ideal algo a lo cual sostenerse. Su padre, en una de las raras veces que se acercó a él para habar «de padre a hijo» le dijo que tuviera cuidado con aferrarse a los sueños, porque entonces olvidamos vivir.

Suspiró nada más cuando sintió el peso de Nadia sobre su hombro, la abrazó por la cintura y la acercó más a él. Eso debía hacer, ¿no? ¡Demonios! Debía dejar de pensar tanto, de darle tantas vueltas, de analizarlo todo hasta que ya no quedaba nada coherente en su cabeza. En cambio, del bolsillo interior de su chaqueta, sacó una cigarrera, aunque desde luego no guardaba tabaco ahí, sólo hojas de menta para masticar.

Toma una, te hará sentir mejor —ofreció de manera totalmente sincera. No odiaba a Nadia, y se lo repetía al despertar, antes de dormir, y durante todo el día. La quería ver feliz, y la iba a hacer feliz, aún a costa suya—. ¿No has ido con el médico a bordo? Quizá el pueda ayudarte con las náuseas. Nadia… —Se separó un poco, para poder verla. Su belleza le dolía. Sus rasgos hermosos eran como cuchillas cortando sus retinas—. Me habías dicho que habías navegado antes, de haber sabido, no hubiera accedido a este viaje —declaró. Era verdad, en ese afán de protegerla, incluso de sí mismo, hubiera traicionado su política de ceder en todo ante ella. Era una posición complicada en la que estaba.

Pero hubo un significado más profundo en sus palabras. Quizá si no hubiera dejado las islas británicas, la posibilidad de ver a Isaura sería más alcanzable, ahora con el Canal de la Mancha de por medio, era una oportunidad que se esfumaba frente a sus ojos, y él, con tal de no alejar a Nadia, ni las manos pudo meter. Ni siquiera sabía cuándo iban a regresar, y no quiso preguntarle a su esposa.

Claro. —La soltó y se llevó el medio e índice diestros a la frente—. Casi lo olvido, la cena. —Sonrió afectado. No sería la primera vez que Nadia le tenía que recordar de alguna comida. Iain cada día se sumergía más en su mundo y su melancolía, aunque no quisiera verlo o aceptarlo. Dio un paso hacia atrás, y tomó la mano de su mujer.

No comas demasiado, o las náuseas pueden ser peores. —Un intento patético por sonar cándido, bromista y relajado a su lado.

Entonces se dejó guiar por Nadia. Se movió en automático por la cubierta. Se sintió extraviado, desubicado, y ella pareció la única salvación a su repentina amnesia. La única cosa que tenía sentido en medio del caos. Eso, al contrario de traerle paz, sólo incrementó el sentimiento aciago que conforme el tiempo pasaba, inundaba más y más su pecho con la negrura de lo no dicho, lo no hecho, lo inacabado.


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Re: Vale más ser paciente que valiente (Privado)

Mensaje por Nadia Scrymgeour el Miér Oct 18, 2017 12:10 am

Mascaba la hoja de menta lentamente y sentía algo realmente extraño, pero ¿qué no había sido extraño en su vida desde que la había unido a la de Iain Scrymgeour?

Ella tampoco sabía qué le sucedía. Como ya le había dicho, no era la primera vez que viajaba, pero sí la única oportunidad en la que se había sentido así. Afortunadamente, el mal no la aquejaba en las noches, porque no se creía capaz de poder resistir aquello sin estar descansada. Nadia dormía y más de lo habitual, pero culpaba de eso al oleaje.


-No me fío de ese médico, Iain –le dijo, mientras caminaban juntos hasta el salón comedor-. ¿Lo has visto? Debe tener unos pocos años más que nosotros. ¡Jamás he conocido un médico tan joven! –Hubiera agregado que era muy bello, pero no le pareció un comentario apropiado-. ¿Cómo sabremos que en verdad ha estudiado y que no es un marinero más que juega a curar? Se dicen siempre tantas cosas de las personas que viven en el mar… No, no me fío.

Ingresaron en el gran salón, el aroma a caldo lejos de asquearla le provocó un suspiro. Tenía hambre.
No podía decirse que aquel sitio era lujoso como el más refinado restaurante londinense, pero para ser un barco estaba más que bien. Las mesas más pequeñas dispuestas a los costados, el centro dominado por una larga que ya comenzaba a llenarse con los comensales más destacados del pasaje.

Nadia estaba a punto de elegir alguna íntima y alejada, cuando se acercó a ellos un muchachito diciéndoles que estaban invitados a la mesa del capitán. Era un honor que ya habían tenido antes, una de las primeras noches, y que ella no quería repetir. Se había aburrido mucho, solo hablaban de embarcaciones y de caballos, pues el hombre, al igual que Iain, era un amante de aquellos animales. No. No quería repetir aquello, prefería cenar a solas con él y así poder hablar un poco más. Necesitaba llegar a conocerlo mejor, a veces se sentía tan ajena a su vida, a sus deseos y gustos… ¿Qué pensaba Iain de ella? ¿La creía bonita? ¿Inteligente? ¿Culta? ¿Refinada? ¿Algo de lo que Nadia era le parecía interesante?
Buscó la mirada de su esposo, para que viera en sus ojos cuál era su deseo para esa noche, pero no la halló. Él ya caminaba hacia la mesa central. Al final, le pidió ayuda para quitarse el abrigo –el cambio de clima era notorio, en la cubierta el viento era helado, pero allí hacía calor-, y se resignó.


-Buenas noches –saludó en un susurró a las personas con las que compartiría la cena y fue a tomar su lugar a la derecha de Iain y justo en frente del dichoso médico de la embarcación-. Te lo dije, Iain –murmuró inclinándose sobre su oído, segura de que en esos momentos nadie la observaba-, este hombre parece más un monaguillo que un doctor. No pondría en manos de ese hombre tu vida y tampoco la mía.


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Re: Vale más ser paciente que valiente (Privado)

Mensaje por Iain Scrymgeour el Lun Nov 20, 2017 10:55 pm


Rio nada más ante la reticencia de su esposa. Admitía que el médico a bordo era en extremo joven, pero Iain era de los que pensaban lo mejor de las personas, algo que Aphra, su madre, siempre le inculcó, cualidad que compartía con Isaura, y ahí estaba de nuevo, pensando en ella, entonces su risa se esfumó y decidió continuar caminando en silencio. Cada maldita cosa se la recordaba, y se dijo que era porque se trataba de su mejor amiga, nada más, pasaron mucho tiempo juntos, aún podían hacerlo, a su regreso, aunque no tenía idea de cuándo iba a ser eso.

Sin voltear a ver a Nadie, algo que en el futuro debía aprender a hacer más, aceptó la invitación a la mesa del capitán. El hombre, de cabello oscuro encanecido y rasgos mediterráneos, aunque de nombre inglés, le caía bien, su pasión no sólo era el mar, sino los caballos también y por eso desde el día uno congeniaron bien. Cuando hablaba de caballos, se olvidaba de las miserias de su vida, mismas que lo hacían sentir aún peor porque su existencia siempre había sido privilegiada y creía que no tenía motivo para sentirse como lo hacía. Era peor ahora, porque tenía que fingir, por su mujer, para no contagiarle su desdicha. Una y otra vez se lo decía, debía protegerla, incluso de sí mismo.

Buenas noches —saludó también y tomó asiento. Nadia a su lado, como siempre y se inclinó cuando notó que quería decirle algo. Volvió a reír disimuladamente mientras se acomodaba la servilleta de tela en regazo.

Están bien —le dijo, separándose un poco y luego tomando sus manos entre las suyas—, pero prométeme que en cuanto pisemos tierra verás un doctor, no es normal tanta náusea. —Una vez más, todas las señales le pasaron de largo, demasiado ocupado en su autocompasión fútil. Actuó bien, creyó, iba mejorando en su papel de esposo preocupado. Y es que aunque no odiaba a Nadie, e incluso quería lo mejor para ella, Iain solía ser distraído con lo que las personas que no eran de sus afectos, de sus verdaderos afectos, necesitaban.

Vino la comida. La entrada primero, con pan horneado en el barco. Crema de verduras y caldo de frutos del mar para quien así lo quisiera, pero Iain se decantó por lo primero. Charló con el capitán, una vez más, cada uno presumiendo de buena gana los sementales que tenían en casa, prometiendo buscar yeguas entre sus caballadas para procrear buenos ejemplares. Iain, una vez más, ignoró a Nadia sin querer.

No fue hasta que llegó el segundo tiempo, y el capitán se distrajo con algún otro invitado a su mesa, que el joven recordó que no iba solo. Que nunca más iba a volver a estar solo.

Oh, Nadia, ¿cómo sigues? —preguntó—, ¿cómo te sentó la comida?

Si quieren yo puedo revisarla —el médico excesivamente joven para el gusto de la recién casada, intervino—, se ve algo pálida.

Iain entonces quedó en una encrucijada. ¿Cómo iba a decirle al pobre muchacho que su flamante nueva esposa no quería ser atendida por él, debido a su juventud? Se quedó pensativo, mirando a Nadia, y mirando al médico alternadamente. Luego sonrió.

No, no, estará bien, muchas gracias —declinó con educación. Luego se giró hacia ella—: ¿quieres aire limpio? Podemos salir. —En realidad, lo que quería Iain era evitar las preguntas del joven doctor, porque sabía que iba a insistir.


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