Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Finn Hooper el Mar Abr 25, 2017 3:19 pm


“The clever wolly dogs have had their day
They shoot the dice for one remaining bone;
There is nothing more for me to say.”
— Sylvia Plath, Denouement


Había sido bueno mientras había durado. O eso le gustaba pensar a Finn. Ahí estaba el final de algo que, muy, muy en el fondo, siempre supo que iba a fallar. Quizá era eso, o que el chico era pesimista por naturaleza. Claro que le gustaba saber de su madre, aunque le sorprendía que siguiera casada con Francis, ese hombre al que sólo llamaba padre porque le habían dicho que lo era, sino, no lo creería.

Todo fue demasiado rápido tras la partida de Aishe. Llegó una carta, dirigida a él, a su dirección firmada por Vanessa Hooper, su madre. «Hijo», le decía, «te he buscado, tu padre te ha buscado». Al principio, Finn no creyó eso último, hasta que más tarde, su madre le confesó que todos los hijos bastardos que Francis tuvo estaban muertos, en la cárcel o habían resultado mujeres. Él, Finn, seguía siendo el heredero. Mantuvo correspondencia con Vanessa por algunos meses. Aunque la extrañaba, y se lo hacía saber, nunca le pudo decir que fuera a verlo, ni le prometió regresar a Londres, de donde había huido hace tiempo, al descubrir de dónde provenía la fortuna familiar. Sólo una vez preguntó por su padre, y la respuesta fue «delicado de salud», cualquier cosa que eso significara. No volvió a sacar el tema.

Todo se precipitó cuando su madre le anunció una visita. No de ella, sino de Larissa Bloom. Finn casi había olvidado ese nombre, ¡demonios! En cuanto lo leyó, y los recuerdos regresaron a él, plagados de muchos otros significados. Empuñó la misiva, la hizo una compacta bola de papel, y la llevó contra su pecho. Había sido bueno, mientras había durado.

-:-

Ahí estaba ahora, sumido en un silencio incómodo, tratando de enfocar su atención en Larissa Bloom, una chica de su edad de cabello color paja y ojos verdes, mejillas sonrojadas y tiernos labios rosas. Cualquier hombre estaría encantado de casarse con ella, hija de una prominente familia, un gran partido. Pero Finn no era cualquier hombre, y no estaba encantado.

Por todos los dioses que trató de ser amable, agradable, sonreír y responder, seguir la historia que su madre le había pedido que dijera (que había ido a estudiar, según entendía, eso fue lo que los Hooper habían dicho en Inglaterra). Sin embargo, no podía, mentir nunca se le había dado bien, , por eso sólo callaba. A veces soslayaba a un lado, donde una chica de piel morena, más joven que Larissa y él, estaba atenta a lo que su ama pudiera desear. Respiró profundamente y se puso de pie.

Se está haciendo tarde —les dijo a ambas, sin mirarlas—, mañana nos vemos —había quedado en darle un tour por la ciudad. En parte lo hizo para que dejara de hacer preguntas sobre su humilde vivienda.

Las acompañó a la puerta. Ahí el cochero las había estado esperando. Diablos, había olvidado toda esta pompa. Desde que había llegado a París, caminaba a todos lados, sin necesidad de otro medio de transporte. Las despidió, a su prometida con un beso en la mano, a la otra chica con un leve asentimiento de cabeza y cuando al fin se fueron, sintió alivio. Alivio de volver a estar solo, porque muy pronto, ya no lo estaría nunca más.

Pasaron algunos minutos, una hora quizá. Finn trató de distraerse con esos tontos poemas que escribía, cuando tocaron a la puerta. Se puso de pie y al avanzar hasta la entrada, notó los guantes de encaje que Larissa había olvidado. Bufó, agotado. No podía culpar a su prometida, apenas si se conocían. No se habían visto desde que eran unos niños, y no podía entender el desgaste que lidiar con otras personas le significaba.

Abrió la puerta, pero no encontró a Larissa, ni al cochero. Sino a esa chica que la acompañaba. Finn dio un respingo, no se lo esperaba.

Ho-hola —saludó—, pasa, ¿vienes por los guantes de Larissa? —Preguntó, de inmediato dándose la vuelta para no tener que verla a los ojos. No tener que contemplar esos rasgos morenos que eran como mirar al sol, tan hermoso y tan deslumbrante. Regresó sobre sus pasos y fue a por los guantes. Se giró con ellos en la mano, pero no se los ofreció de inmediato.

¿Quieres tomar algo? —Era una invitación extraña. En ese instante, una idea descabellada cruzó su cabeza—, si no tienes que regresar ya, claro. ¿Te está esperando el carruaje? —Preguntó, aunque fue ligeramente más seguro en sus palabras, le fue imposible mirarla de frente. Se quedó ahí, guantes en mano y vista gacha, aguardando.


Última edición por Finn Hooper el Lun Jun 19, 2017 8:48 pm, editado 1 vez


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Re: Denouement → Privado

Mensaje por Pauline Foster el Mar Mayo 09, 2017 12:03 am

Pauline creía ser de esas personas que se adaptaban fácil y rápido a los cambios de la vida, claro que su vida había cambiado en contadas ocasiones -por lo que tampoco podía estar segura de su capacidad de aceptación-, y frente a uno de esos cambios se encontraba ahora.
Lejos de su tierra natal, de su familia y amigos, más cerca de lo que desearía de Larissa, la consentida hija mayor de los Bloom, Pauline sentía que su vida había tomado otro rumbo. En realidad ese rumbo no era el suyo, sino el de la señorita a la que debía acompañar, esa vida no era su vida, sino migajas de la vida feliz e ideal de Larissa, pero ella se conformaba porque, ¿a cuanto más podía aspirar? No se engañaría a sí misma, no tenía sentido.

Aunque a veces la llevaba a perder la paciencia –que era uno de sus grandes atributos-, ahora Larissa le daba algo de pena. Era una joven que había viajado llena de sueños, llena de ilusiones, hacia esa nueva tierra, pero a la que la realidad había golpeado; su prometido no era lo que esperaba… a penas le había hablado, se lo notaba incómodo ante la idea de tenerla a ella en su casa haciendo sus mil preguntas y planificando días enteros de paseos. Claro que nada había dicho, las formas fueron cuidadas en todo momento, pero Pauline era observadora y la incomodidad del joven era evidente. ¡Ya podía sufrir anticipadamente al imaginar las noches de llanto que le esperaban a la señorita Bloom! Era caprichosa y algo maleducada, pero también muy sensible, más de lo que en realidad le convenía a cualquier mujer de su clase y posición.

Cuando la visita acabó y subieron al coche, con dirección al hotel donde se alojaban, Larissa aseguró que a la mañana siguiente le enviaría una carta urgente a su padre pidiéndole que le comprase una propiedad en París pues ella no pensaba vivir en esa casa pequeña… Pauline nada le dijo, ¿cómo podía si ni siquiera le importaba el tamaño de la vivienda del joven? Además sabía bien que no tenía sentido hablar y opinar porque cuando Larissa tenía sus crisis de verborragia acelerada no oía el consejo de nadie. Que hablase todo lo que quisiera, ella solo se limitaba a apretar su mano en señal de comprensión y contención.


“A veces los ricos se inventan los problemas”, pensó al oír que la señorita hablaba de la importancia de que sus hijos nacieran en un hogar amplio y decorado con buen gusto. ¡Pero si todavía no se había casado! ¡Sólo había oído unas pocas palabras de parte de su prometido y ya estaba pensando en la educación de los hijos no nacidos!

Casi agradeció que Larissa la mandase de vuelta en busca de los guantes olvidados, pues pasaría menos tiempo oyendo sus lamentaciones. Con lo que no contaba, en lo absoluto, era con la invitación del señor Hooper… Pauline pensaba tomar los guantes y ya, volver por donde había llegado, pero él le hizo una inusual invitación que ella no pudo rechazar.


-Sí, vine por los guantes de la señorita Bloom y me está aguardando el cochero, pero no le importará si me demoro un poco –le respondió con su voz grave y sin poder mirarlo a los ojos.

De esa manera aceptaba la invitación del hombre, no porque quisiese tomarse un té con él –ni nada de lo que le ofreciese-, sino porque estaba segura de que podía llegar a hablarle de la sensibilidad de Larissa, a convencerlo de que era una buena mujer y que sería una gran esposa y madre. De seguro él tuviera muchas preguntas para hacerle y si en algo podía ayudar a que aquellos dos comenzaran a sentirse unidos lo haría sin dudarlo.


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Re: Denouement → Privado

Mensaje por Finn Hooper el Lun Jun 19, 2017 9:06 pm


A veces, en esa incapacidad casi dolorosa que Finn tenía para socializar, cometía muchas imprudencias. Podía ser más inteligente que el resto de las personas, eso de acuerdo a los médicos que lo revisaron cuando era niño, pero eso no le quitaba lo ingenuo, ni lo torpe. Es más, parecía potenciarlo; pues ese intelecto superior siempre lo alienó del mundo, convirtiéndolo en el chico solitario que era ahora. Por ello mismo, se dio cuenta, una vez más y como siempre, no había planeado bien sus movimientos.

La verdad era que no había creído que llegaría tan lejos. Siempre era así. Jamás se tenía fe. Entonces, cuando la joven dama de compañía aceptó, se sintió en un aprieto. Dibujó una mueca de sorpresa, que no de incordio, ni de enojo. Trató de controlarse, esperando que ella no lo notara y se quitó del paso, para dejarla entrar. Hizo un ademán para que dejara el umbral e ingresara a la casa.

No tengo mucho —se rascó la nariz y dijo sin mirarla. Era uno de esos raros matices que se suponía no debía mostrar al mundo. Esas vicisitudes que su madre le había pedido tan encarecidamente que ocultara. Finn aún no aceptaba la ayuda de su padre, por lo que seguía viviendo con lo que obtenía de su trabajo en la biblioteca. Un dinero más limpio, solía creer con la razón de su lado.

¿Té, agua, café? —Enumeró lo más básico. Tenía una memoria privilegiada, y podía recordar con exactitud: poseía un poco de té verde, ideal para ambos, una sola porción de café, y agua… bueno, la que quisieran. Suspiró y se encaminó hacia la cocina, como si no estuviera a punto de dejar a una desconocida sin vigilancia.

Porque eso era, como lo era Larissa Bloom y todo el mundo aquel al que renunció al dejar Inglaterra. Él ya no pertenecía a ese lugar, ¿por qué insistían en llevarlo a la fuerza? ¿Qué debía hacer? ¿Huir de nuevo? Sentía que ya no tenía fuerza. Se detuvo como si recordara algo a mitad de camino y se giró. Alzó el rostro compungido, por esos pensamientos, no por la presencia. Parecía desolado, mientras estuvo con Larissa se mostró más entero, pero ya no podía más, aunque estaba consciente de que la chica de rasgos morenos no tenía la culpa de su idiotez. Cerró los puños con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos.

Dime una cosa… ¿Pauline? Ese es tu nombre, ¿cierto? ¿Puedo llamarte así? —Fue bajando la voz conforme fue hablando. Volvió a tomar aire—. Dime una cosa, tú conoces mejor a Larissa, yo… yo hace mucho que no la veía. Dime, ¿este matrimonio arreglado la hace feliz? —Pudo haber preguntado mil cosas, pudo haber pedido un consejo incluso, pero no, lo que hizo fue aquella barbaridad. Preguntar por la felicidad ajena, de una mujer a la que no conocía y que, si los planes seguían su curso, iba a significar su infelicidad. Una condena para toda la vida.

No soy muy bueno leyendo a las personas —regresó sobre sus pasos y continuó hablando bajito—, sin embargo sé que no soy la compañía más amena, ¿te dijo algo? —Una parte de él estaba aterrada de haber dado una mala impresión, algo instalado en su subconsciente de niño rico lo empujaba a tan horrible sensación de incertidumbre. Pero otra parte, una que no se conocía, quería escuchar que sí, que Larissa le había dicho algo, que ya lo odiaba, o que lo encontraba aburrido. Algo, lo que fuera, para poder cancelar ese maldito compromiso.


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Re: Denouement → Privado

Mensaje por Pauline Foster el Dom Jul 09, 2017 3:22 pm

¿Quién era ese hombre que se preocupaba por lo que ella, una simple empleada, quería beber? De pronto, Pauline lo vio de una forma diferente, distante por completo de la primera impresión que se había llevado de él al verlo compartir la tarde con su prometida. Claro que la señorita Bloom era una joven avasallante, así que no podía sorprenderse al presenciar cómo su prometido se retraía en su presencia, Mas ahora ese mal primer juicio que había hecho -al verlo tan desinteresado en la conversación de Larissa- se había esfumado, pues sí se interesaba en hacerla sentir cómoda a ella. Era por demás extraño.

-No se preocupe, beberé lo que a usted le parezca bien, señor Hooper –le dijo. Pauline prefería el té, por supuesto, pero no le pareció apropiado manifestarlo.

“Tampoco fue apropiado haber aceptado la invitación a ingresar sola en su hogar”, meditó al considerar que el cochero que la aguardaba podía pensar mal de aquella inusual situación.

-Sí –le respondió de inmediato, dejando las preocupaciones de lado-, ese es mi nombre, señor Hooper. Pauline Foster. Y sí, creo que la señorita Bloom está exultante, muy ilusionada al saber que unirá su vida a la de usted.

No podía decirle la verdad. Tal vez le hiciese daño, o le ofendiera, saber que Larissa había llorado al imaginarse viviendo en esa casa pequeña y de pocos lujos. Además las angustias de la señorita Bloom eran cosa diaria, tal vez en dos días olvidase todo al encontrar algo más por lo que llorar. Sus crisis eran intensas, pero pasajeras siempre.

-La conozco bien, sé que estaba esperando una conversación un poco más amena de su parte –dijo, con cuidado y eligiendo bien sus palabras-, pero también sé que para un hombre importante y ocupado como usted no debe ser nada encantador hablar por horas acerca de fiestas a las que no ha asistido.

Hizo una pausa, no quería herir su susceptibilidad, pero a la vez quería serle sincera. Sentía que debía ayudar a la pareja a unirse, a aprender a quererse. ¿Qué debía decir, entonces, para que Larissa cambiase ante el juicio del señor Hooper?

-No debe preocuparse por ella, es demasiado emocional, pero está realmente muy ilusionada con esta nueva vida que ambos comenzarán, ya se imagina siendo madre. –No pudo reprimir una sonrisa luego de mencionar aquello, porque le parecía algo ridículo. Pero ella no sabía nada de la vida, jamás se había enamorado de nadie y así planeaba seguir hasta la vejez-. La semana próxima es su cumpleaños –le dijo, suponiendo que él ya lo sabía-, creo que ella esperaba que le haga alguna mención acerca de eso. Tal vez quería saber si usted había pensado alguna forma de festejar el aniversario de su natalicio.

Pauline creía ver potencial en aquella pareja. A Larissa no le vendría mal vivir con menos lujos, poner sus pies sobre la tierra por primera vez. Y él parecía necesitar del ánimo alegre de su prometida. Tal vez pudiesen ayudarse más de lo que creían, aunque ninguno de los dos lo viera.


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Re: Denouement → Privado

Mensaje por Finn Hooper el Sáb Ago 19, 2017 11:13 pm


Se quedó ahí, desvalido y sin palabras, con una mano en la frente, tallándose el hueso frontal. Una presión creciente se iba acumulando detrás de la cabeza, anunciando una jaqueca inminente. Por la posición, no veía a los ojos a la chica, y lo agradeció, nunca se había sentido cómodo encarando a las personas; y aún así, podía lograr que éstas confiaran en él, era tal vez por su forma tan frágil de comportarse, ¿qué daño podía hacer un chico como él?

Oh, por favor —quitó la mano de por medio y dio un paso hacia ella—, llámame Finn. Hace mucho que no soy el «señor Hooper» —pidió. No dio más explicaciones, porque su madre se lo había pedido. La tapadera que su familia construyó en Inglaterra fue que él había ido a estudiar a París, no que había huido al enterarse que la fortuna familiar provenía de comerciar con la vida humana, una realidad que no pudo resistir. Dio otro paso, aunque aún existió una distancia considerable entre ambos.

No soy ni importante, mucho menos ocupado, yo sólo…«trabajo en la biblioteca», pero tuvo que callarse de nuevo aquello. No era buen mentiroso, pero ahí estuvo, haciendo su mejor esfuerzo. No creyó que fuera convincente, no obstante, no podía dar marcha atrás. Ya había herido a Vanessa demasiado, como para continuar haciéndolo—. Lo lamento. No recordaba que su cumpleaños se acercaba. Ahora lo tendré presente, y haré algo para ella. Quizá… quizá tú puedas ayudarme… —pareció un tanto más esperanzado, aunque no mucho.

Oh, cierto. Té. Tengo té. Eso puedo darte —fue atropellado en sus palabras, dio media vuelta y reanudó su camino hacia la cocina—. Ven, acompáñame por favor —le pidió a la joven. No se detuvo, ni miró hacia atrás, esperando ser seguido.

De inmediato comenzó a buscar en las gavetas. Aunque sabía perfectamente dónde estaba todo, sólo le estaba sirviendo de distracción. A la vista no hubo ningún sirviente, y es que no los tenía. Supo que eso podía resultar sospechoso. ¿Cómo el hijo de los Hooper vivía con tan pocos lujos? Aunque no estuviera en su país, se supondría que Francis y Vanessa verían por él, ¿no?

Puso a hervir agua en una tetera de metal y se giró para ver a Pauline. Le pareció una presencia mucho más tranquilizadora que la de su prometida. Larissa era, en efecto, alguien demasiado emocional, al grado de agotarlo. Y eso que desde hace mucho tiempo, aquel día había sido el primero en que la veía. Y esa mujer que se presentó ante él, era más cercana a la que se suponía, debía desposar.

¿Qué gusta a ella? Lo siento, hace mucho que no la veo. No la conozco —en su voz y en sus gestos, uno podía ver su angustia, una muy real, palpable—. Lamento no haber sido lo que ella se esperaba. No lo soy para nadie. Ni para mi padre —rio con amargura y se volvió a girar. De nuevo, comenzó a buscar de manera frenética en los anaqueles.

Tomó dos tazas de porcelana amarillenta, no eran muy finas, y las puso sobre la mesa de la cocina, con un mantel a cuadros y un florero del cristal en medio.

Pero tú me puedes ayudar, ¿cierto? —Pareció que se estaba sosteniendo de ella, aunque no dejaba de ser una desconocida. La miró fugazmente a los ojos, para luego desviar la mirada e ir en busca de la azucarera, dos cucharitas y servilletas de tela. Las puso junto a las tazas vacías.

¿Tú qué piensas, Pauline? —Y fue muy circunspecto en su pregunta, algo poco usual en él. Además, estuvo seguro, no muchos solicitaban la opinión de alguien que no era visto más que como un sirviente, alguien que debía estar ahí para atender, no para opinar.


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Re: Denouement → Privado

Mensaje por Pauline Foster el Dom Sep 10, 2017 2:05 am

Extraño. Así definiría Pauline al señor Hooper si tuviese que reducir a una palabra, a un calificativo, todo lo que había visto y oído de él durante ese día.

“A Finn”, se corrigió mentalmente, aunque sabía que le costaría llamarlo así por mucho que él se lo hubiera pedido.

-La señorita Bloom se disgustaría si me oyera llamarlo Finn –le dijo y lo miró a los ojos. Le gustó como sonó el nombre de él en sus labios y se dijo que era mil veces mejor que llamarlo por su apellido, pero no quería problemas-. Pero lo intentaré –le prometió, no sólo porque quería hacerlo sino porque le pareció que a él le disgustaba ser llamado señor.

Lo siguió y la palabra extraño se afianzó dentro suyo para describirlo. Manejaba él mismo su cocina, él mismo le serviría la taza de té. Por primera vez, Pauline cayó en la cuenta de que estaban realmente solos… había sospechado en la tarde que él no tenía empleada alguna, pero había elegido pensar que le había dado el día libre a la servidumbre aunque, ¿qué hombre que está por recibir a su prometida en casa por primera vez le daría el día libre a los empleados? ¡Ninguno! Eso sólo podía significar algo: Finn Hooper vivía completamente solo, y si así lo hacía probable era que no fuese quién decía ser…

Pauline se estremeció ante las propias conjeturas. Volvió a las palabras que el gusano de su maestro siempre le decía: eres demasiado fantasiosa, querida. Imaginas más de lo que te conviene. Y probable era que el hombre tuviese razón… Sin embargo, ella quería borrarse las dudas. Le debía lealtad a la señorita Bloom, pese a que el señor… pese a que Finn le gustaba y no aparentaba ser un mal hombre.

Logró ponerla nerviosa solo con disponer de la mesa, parecía completamente resuelto, como si toda su vida hubiera sido un sirviente. Pauline se decía que ella debía actuar, debía pedirle que le permitiese servirle, que se sentara, que ella lo prepararía todo pues era lo que correspondía. Ella era una dama de compañía, pero había servido toda su vida a la familia Bloom, desde niña, y lo haría hasta su muerte. Seguramente los hijos que él tuviese con Larissa fuesen cuidados por ella… ¿Qué le ocurría a ese hombre? Pero Pauline no pudo decirle nada, la voz no le salió para ofrecerse, solo pudo mirarlo asombrada.


-A ella le gustan las grandes demostraciones –le dijo luego de unos segundos de tenso silencio. Volvían a hablar de Larissa y de su fecha de cumpleaños que se aproximaba-, le gusta ser el centro, que hagan cosas importantes para demostrarle lo valiosa que es. -Hablaba sin prestar atención a lo que decía, algo más importante corría por su mente en esos momentos. ¿Debía enfrentarlo? ¿Con qué pruebas? ¿Qué derecho tenía?

“Debo cuidarla”, esa certeza era la que la movía. Se lo había prometido al señor Bloom, le había dicho que cuidaría de su hija.
Se debatía todavía sin saber qué decisión tomar cuando él le dio el pie perfecto pidiéndole opinión. Y ya no pudo soportarlo más:


-Yo pienso que… Que debería ser sincero con su prometida, señor… Finn. –Sí, pese a que su voz era insegura, Pauline lo había llamado Finn porque él tenía un nombre hermoso-. ¿Sus empleados tienen día libre? ¿O usted vive solo? ¿Es aquí donde viviremos cuando se lleve a cabo el enlace matrimonial? Claro que puedo ayudarle, quiero hacerlo –le aclaró con una sonrisa por completo ficticia-, pero es preciso saber la verdad. Pues esto no es lo que su madre le ha prometido a los padres de la señorita Bloom en sus misivas.

Quería decirle que eso –la casa pequeña, los muebles, y hasta el juego de tazas de té- le parecía mucho, era mucho para ella, una simple dama de compañía. Quería decirle que esa era una casa digna y que se notaba que él se sentía cómodo en ese lugar pues todo hablaba de la personalidad que le había impreso a su hogar… Quería asegurarle que no buscaba ofenderlo, que no debía avergonzarse por nada. Sin embargo no dijo más, había hablado demasiado y tal vez él pensase que lo estaba acusando. No le gustaba entrometerse así y sabía que podía juzgarse como una imprudencia, pero no tenía más opción. Su prioridad allí era cuidar de Larissa.


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