Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Serendipity {Mikolaj Lennox}

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Serendipity {Mikolaj Lennox}

Mensaje por Yvette Béranger el Vie Abr 28, 2017 12:16 pm

El jardín botánico siempre se le había antojado el lugar perfecto donde perderse sin ser especialmente vigilada por las doncellas que su madre mandaba con ella cuando salía. Yvette amaba las flores —las plantas, en general— y pasear rodeada de las más exquisitas extrañezas florales era un lujo del que se aprovechaba siempre que tenía ocasión. Los adoquines que formaban los caminos sonaban bajo sus zapatos, rompiendo el silencio reinante junto con el canto de algún pajarillo que buscaba pareja en aquella recién entrada primavera. Pronto se cumplirían dos años de la muerte de su padre y su vida había cambiado de arriba a abajo, empezando por su hogar. Su casa de Saint-Denis, que ahora sí podía decir que era suya, había quedado como residencia veraniega, mientras que la casa de Arnaud, su padrastro, había pasado a ser la vivienda familiar. Por otro lado estaba su compromiso fallido, que tantos quebraderos de cabeza le había dado debido a lo repentino del mismo. Finalmente —pero no porque fuera menos caótico que lo anterior, sino porque así se habían sucedido los eventos en el tiempo— el nacimiento de su hermanito Théo, que había revolucionado a toda la casa. Todo eso había sucedido en ese corto período de tiempo, pero todo ello era sólo lo que la gente a su alrededor veía. La vida de Yvette, en concreto, había cambiado más, mucho más, pero contadas eran las personas que sabían algo al respecto.

En efecto: la magia, esa compañera desconocida para la joven bruja, era un factor más que ella tenía en cuenta, pero que los seres queridos de su alrededor desconocían por completo. La dichosa magia que la acompañaba como si fuera su sombra, paso a paso, allá donde fuera, y que se despolarizaba de tal manera que había comenzado a ser un peligro, para ella y para el mundo entero. También era cierto que cada vez la controlaba mejor, pero apenas eran contadas las cosas que sabía hacer. Ya había imaginado que no iba a ser un camino fácil, pero el tiempo sólo conseguía acrecentar esa sensación que la angustiaba hasta pensar que lo suyo no tendría remedio.

Unas voces al otro lado de unos arbustos la sacaron de su ensimismamiento el tiempo suficiente para elevar la vista y cruzarse con una pareja que paseaba tranquilamente. Una sonrisa a modo de saludo y siguió su camino en silencio, seguida por su doncella personal, que no la quitaba ojo desde aquella vez que tuvo que salir corriendo para buscar ayuda. El camino la llevó hasta el invernadero donde habitaban las plantas más exóticas de aquel jardín: flores traídas de las mismísimas selvas amazónicas, llamativas y llenas de color, con grandes hojas que casi podrían refugiar a un humano de la lluvia. El calor allí dentro era asfixiante, pero no importaba. Yvette caminó hasta adentrarse en lo más profundo del edificio y se coló entre unos matojos hasta llegar a una zona que tenía el suelo cubierto de pequeñas piedras oscuras, fuera del camino transitable. Le gustaba aquella parte del jardín, la hacía sentirse todavía más solitaria, escondida del mundo entero. Julia ya se sabía sus costumbres, así que esperó sentada en un pequeño banco de piedra, sin molestarla. Sabía que siempre que acudía a aquel lugar pasaba las horas pensando y pensando, e Yvette agradecía aquel gesto de parte de la joven.

El calor en el invernadero era sofocante, pero no quería volver aún. De pronto, tuvo una idea. ¿Por qué no intentaba hacer correr una ligera brisa allí donde ella se encontraba? Cerró los ojos y se concentró. Hizo un ligero movimiento con la mano, moviendo los dedos solamente, y sintió cómo un airecillo le rozaba la cara. Sonrió, y se animó. Ese fue su error. Hizo el movimiento de la mano más brusco, y una corriente le azotó el rostro moviendo las hojas a su alrededor. Abrió los ojos de golpe, asustada porque el viento no paraba. «Mierda»

Un sonido a su espalda la alarmó. Los arbustos se agitaron, y cuando creyó que alguien la había visto, vio los grandes ojos de una gatita que se acercaba hacia ella. Yvette respiró hondo y el viento amainó. Sólo había que tranquilizarse.

Me has asustado, bonita —dijo acomodándose entre las piedrecitas—. Ven, no tengas miedo. ¿Qué haces por aquí? ¿Buscar algo de comer? Sólo vas a encontrar pájaros y algún insecto. Y plantas, muchas plantas. —Se rió—. Pero dudo que a ti te gusten las plantas, ¿verdad?


Última edición por Yvette Béranger el Vie Sep 08, 2017 1:01 pm, editado 1 vez



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Re: Serendipity {Mikolaj Lennox}

Mensaje por Mikolaj Lennox el Jue Sep 07, 2017 11:47 pm

¿Qué mejor lugar para ocultarse que un sitio público? ¿Quién podría oírles estando allí y bajo la apariencia de dos hombres que pasaban una tarde al aire libre?

No eran amigos, eso sería evidente para quién los observase: Mikolaj vestía en consecuencia a su clase y su acompañante… pues se notaba su procedencia, su actitud pendenciera y timadora podía reflejarse en sus ropas sucias y gastadas. Sin embargo, eran socios -para desgracia de Mikolaj-, socios a los que las cosas no estaban saliéndoles nada bien y se debía a que aquel hombre le robaba sistemáticamente (un supuesto barco hundido lleno de mercancía, el arribo de quince bultos cuando Mikolaj había pagado por veinte, la desaparición de algunos hombres… Mik no era tonto, Martin hacía tiempo que sacaba tajada a su costa, le robaba y él ya no podía sostener aquello). Quería deshacerse de él, Martin ya no le servía –le daba más pérdidas que ganancias-, podía hacer lo mismo que ya hacía y ganar más, no lo necesitaba ahora que habían comenzado a venderle el opio a los dueños de los dos burdeles más importantes de la ciudad. Él podía hablar directamente con ellos sin necesidad de intermediarios, cualquiera lo habría juzgado de locura, exponerse así… un hombre con su apellido y clase no necesitaba de aquellos riesgos, ¿pero qué era la vida sin el temor a ser descubierto? ¿Cómo podían vivir quienes no sentían a diario el sabor de la adrenalina en la boca?


-Ha sido un placer compartir estos años contigo, viejo amigo –le dijo, mientras se adentraban en la parte cubierta del jardín, el invernadero-. He querido traerte yo mismo tu parte de esta última entrega –le pagaría por adelantado, no quería que esa vez Martin tuviese contacto con el receptor de la entrega de ese mes. Le daría él una buena tajada y ya cobraría entero el dinero de sus contactos, necesitaba eliminar a aquel intermediario cuanto antes, podía conseguir por mucho menos alguien que lo reemplazase sin quedarse con mercancía-. Toma, esto es tuyo –le tendió una pesada bolsita de dinero.

-¿Es esto cierto? Cuando me lo dijeron no lo creí, ¿de verdad hemos terminado esta sociedad? –lo miró extrañado, era bastante más alto que él, su cabello negro y grasoso caía pesado a los costados de su rostro y sus ojos castaños se achinaban a causa del enojo-. Creo que no he entendido bien…


-No hay nada que entender. El dueño de los barcos soy yo, quien tiene los contactos soy yo y quién pone el dinero también soy yo. No necesito más tus servicios. –Impaciente, volvió a tenderle el dinero y esa vez el hombre lo tomó entre sus manos de uñas sucias. No lo contó, pero de inmediato lo guardó, no tenía motivos para desconfiar de Mikolaj y lo sabía. –Creo que no hay nada más que debamos decirnos. Te deseo buena fortuna, Martin.

Le tendió la mano y el hombre la estrechó, Mikolaj volteó –con la seguridad propia de quien ha nacido bajo el signo solar del león, como él- y comenzó a caminar de nuevo hacia el exterior.

-Que bella es tu prometida, Mikolaj –oyó que decía él-. Isaura –lo pronunció con suavidad, con lascivia-, hermosa, joven… debe ser tan suave allí abajo…


-No eres un hombre estúpido, Martin –le dijo pese a que sí lo creía tonto. Agradecía que todo aquello le hubiese tomado por sorpresa mientras le daba la espalda, pues mientras volteaba había tenido tiempo para sobreponerse-. Quiero pensar que tienes en estima tus pelotas, porque sabes que las perderías en cuanto te acercases a mi mujer.

-Ya me he acercado a ella, tanto que sé a qué huele, sé cual es el caballo que gusta montar, he memorizado el sonido de su risa –su voz se tornaba ronca-. Mis hombres conocen sus rutinas, camina por la laguna con su dama de compañía los sábados. ¿Cuánto pueden resistir a mi fuerza dos muchachas solas? Podría acabarlas con sólo una mano y me has visto acabar con hombres en menos de lo que se desnuda una puta… Quiero mi parte en este negocio, quiero seguir en esto.

-No la tendrás, nuestra sociedad se ha disuelto.

-Creo que no has entendido que puedo acercarme a tu prometida las veces que quiera, Lennox…

Siempre había hecho locuras, había viajado por medio mundo a pesar de su juventud, se había emborrachado hasta olvidar donde estaba, había yacido con hombres y mujeres al mismo tiempo mientras el opio le tomaba el cuerpo, había cabalgado durante horas bajo ese efecto… Sí, había hecho locuras. Sin embargo ninguna era como aquella: Mikolaj Lennox desenfundó su arma y disparó dos veces -sin pensar demasiado-, directo al pecho de Martin. Los pájaros volaron asustados sin poder escapar del invernadero. ¿Por qué lo había hecho? Porque no era un hombre que se dejase insultar, tampoco uno que permitiese que alguien de tan baja clase como aquel pirata lo amenazase. Porque estaba cansado de que sus órdenes fuesen cuestionadas. Había nacido creyendo que lo que un Lennox dijese era incuestionable, y en consecuencia a ello vivía... No tenía paciencia y tampoco tiempo para perder con piratas de poca monta.


“¿Qué he hecho? ¿Dónde esconderé su cuerpo ahora?”, eso fue lo único que le preocupó mientras sus oídos seguían aturdidos por el sonido potente de las balas al salir del arma.

Lo que no sabía era que había testigos de lo ocurrido.


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Mikolaj Lennox
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