Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Antes que tirar la puta al río, me encargo yo de que acabéis todos jodidos |Alchemilla Gillespie|

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Dom Abr 30, 2017 12:10 am

Pocas veces atracaba el Skyfall lejos de la ilusión maltrecha que representaba la civilización para quienes seguían siendo juzgados por ella. Siempre que podía evitarlo, claro está, y solía ser lo habitual en una nación tan sonora como Francia, pues la tensión, el descaro y la costumbre de plantarse en los puertos sin que hubiera represalias le ayudaba a distraer su locura. Sí, como leéis, para Thibault era una distracción y no un riesgo temerario que más de una vez se había convertido en lo que vuestros mitos recrearían después con tanta sed de aventuras: persecuciones en barco, sangre en las calles, combates a cañón y espada y el villano romantizado ensartando su bandera en el ojo de la justicia.

Veías dragones donde los había, consolaos al menos con esa inalcanzable certeza.

Sin embargo, aquella noche tuvieron que hacerlo todo lejos de allí; un descanso como nunca en muchos decenios para su capitán mientras que para sus hombres era más bien un engorro de proporciones tan inmensas como las del navío que les transportaba en sus leyendas. La quilla de éste debía ser urgentemente reparada y eso exigía una serie de requisitos mucho más peligrosos que las mariconadas del puerto. Abandonar el barco, para empezar, con todos los puntos flacos que ello implicaba para unos hijos bastardos del mar. Atracarlo, pues, en tierra firme donde hubiera árboles y rocas a las que sujetarlo con cuerdas de tal forma que la panza del curtido Skyfall quedara al descubierto de quienes arriesgaban su vida al posicionarse justo debajo de ella para operar. De modo que al menor descuido de los amarres o de los caprichos del viento… Adieu!, Szia!, Zài jiàn!, Goodbye!, Dahh! Mari! y el resto de idiomas que se comprendían en aquella tripulación. Así era, algunos ponían en riesgo sus vidas sin tener que moverse del suelo, la letra pequeña de la muerte no era tan romántica como soñaban todos los que deseaban unirse a ellos en sus hipócritas fantasías.

Para la mayoría que no fuera una criatura sobrenatural acostumbrada a la oscuridad, trabajar de noche estaba descartado así que lógicamente se hablaba de una ardua y sudorosa tarea de muchas horas al sol. De ahí que escogieran una de las calas más apartadas y rocosas, no sólo para la discreción que claramente todos necesitaban sino para que el vampiro protagonista tuviera su improvisado camarote en las oscuras cuevas. Pero eso no parecía ser lo que más preocupaba a la contramaestre Anne —un poco ofensivo si considerábamos que lo otro era que su capitán muriera abrasado por la luz del día, pero así era su niña—, quien se encargaba de dirigir aquella operación y por tanto, opinaba que, quizá y sólo por esa jodida vez, podían deshacerse de 'la carpa de follar' para estar más centrados y acabar el trabajo lo antes posible. La respuesta a qué demonios era eso la portaba su mismo nombre: las prostitutas se metían en dicha carpa y los hombres que quisieran desfogarse y quitarse el estrés podían entrar a hacerles una visita. Normalmente aquello no producía altercados, incluso con la peligrosidad de tantos hombres ansiosos juntos, la gente de Thibault se caracterizaba por el código de mutuo respeto con las trabajadoras y trabajadores sexuales, por lo que inicialmente los recelos de Anne tenían otra naturaleza y a pesar de todo, tuvieron que acabar cediendo ante la libido infantil del lugar.

Por allí cuanto más contentos, más rápidos, ¡qué triste sonaría en otros escenarios!

Las putas llegaron escoltadas por unos pocos en la madrugada para que tuvieran lista su maldita carpa a primera hora de la mañana, eso era cuanto el pelirrojo pretendía saber en las próximas horas que iba a dedicar a lo que le diera la Real gana si ninguno de sus hombres de mayor confianza acudía a avisarle de cualquier problema. Pero cómo no, iba a acabar dándole la razón a las quejas de Anne, aunque sólo fuera por la nueva incorporación de —por qué decirlo de otro modo— gilipollas que llevaban el tiempo suficiente entre ellos para no sospechar ni un poquito del origen inhumano de su líder. O sea sé: muy poco. Ajeno a todos los tripulantes, él se había colocado entre las rocas más elevadas de la cala, y su eterna mirada fija en el horizonte vio interrumpida aquella estupenda perspectiva que tenía de la playa a sus pies. Muy inteligente por parte de ellos, así en general.

En principio no deshizo su cómoda postura, flexionada como tenía la rodilla con el codo apoyado en ella mientras le daba un mordisco a un pincho moruno ardiendo que colgaba de sus dientes. Se esperó a identificar las caras de cada uno de los desgraciados que habían tenido la mala pata de elegir el rincón de su jefe para divertirse de más con una de las mujeres contratadas aquella noche. La joven sangraba del labio, completamente despeinada, pasaba de mano en mano igual que si jugaran a la patata caliente y dado que parecía gustarles tanto el tema, Thibault decidió echarles una mano al sorprenderles finalmente cual jodida aparición nocturna.

¿No era eso lo que hacían los monstruos?

Siguiendo con los asuntos candentes, al primero que pilló le restregó el palo ardiendo por la cara y los que había más cerca que aún sostenían a la chica no corrieron un destino mejor cuando los rajó indistintamente por la espalda y la barriga hasta atravesar el hombro del último que seguía levantado y que se unió a los otros en la arena.

Todo con el pincho moruno, sí.

—Veo que aquí no se os ha explicado que antes de tratar mal a una puta podéis cortaros la polla y comérosla con la ración del día —comentó lo más pancho, sin molestarse en mirar ni a uno solo de ellos mientras Planchett y un par más llegaban en mitad del altercado —pues al final sí que habían tenido uno— para encontrarlo resuelto en los suspiros del único hombre en pie, descontento por el estado de su peligrosa comida—. Encima ocho contra una, ni aunque tuviera el coño más gordo del burdel querría aguantaros dentro. —Continuó como si sólo estuviera hablando en voz alta de lo que iba a cenar y no acabara de dejar medio muertos a ocho tipos con un puto palo— Lleváoslos rapidito, anda, y podéis dejar que lo haga la marea si aún no lo han entendido por la mañana.

Les dio la espalda conforme arrastraban los cuerpos y cuando los quejidos que había provocado se perdieron a lo lejos, sus ojos, verdes incluso en la oscuridad, distraídos sólo en apariencia, respondieron a los de la muchacha que, junto a él, aún se mantenía erguida.



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Re: Antes que tirar la puta al río, me encargo yo de que acabéis todos jodidos |Alchemilla Gillespie|

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Lun Mayo 01, 2017 9:49 pm

No tenía miedo, ¿debería tenerlo? No estaba segura, como no estaba ya casi nunca segura de nada. Miraba al frente, pero sólo veía vacío; miraba hacia atrás, pero sólo veía una bruma, nada que me recordara quién era yo, a quién había tenido, por qué me encontraba allí. Pese a que me pareciera natural encajar allí y que una parte de mí hallara placer en lo que (me) hacía(n), sólo sentía dudas, no tenía ninguna respuesta, y a veces me descubría a mí misma mirando a un punto fijo, pasiva, sin rastro de aquella mujer que, encontrándose sola, salió de una cabaña abandonada y se buscó la vida en un burdel. Ese recuerdo sí era certero; lo sabía porque lo percibía con nitidez, y pocas certezas tenía tan claras como aquella, ni siquiera...

¿Cómo demonios te lo tengo que decir! ¡Tu nombre es Alchemilla!

Sí, sí, ¡ya! Pero no se sentía bien, no encajaba del todo, no entendía por qué si no tenía motivos para dudar de mí misma, ¡pero lo hacía! Escuchaba esa voz hasta cuando estaba dormida, y a veces... A veces sentía que se hacía más fuerte, como si me dominara. No podía evitar preguntarme si podía dominarme yo a mí misma, y la cabeza me dolía sólo de imaginarlo, lo cual daba ventaja a esa parte de mí. Porque era una parte de mí, ¿no? Mi yo más cauto, también el más egoísta; mi yo peor, el yo que sabía cosas y no me permitía recordarlas, el yo que no era muy yo.

¡Pues claro que soy tú! Y harás lo que yo te diga, ¡lo vas a hacer!

Sacudí la cabeza y traté de prestar atención. La madame se encontraba en el salón principal del burdel; la luz del sol se colaba entre las ventanas, con las cortinas aún sin tapar los cristales; su voz rebotaba en los satenes y terciopelos de los muebles, y me había perdido la mayoría de sus palabras, pero no lo principal lo había captado: quería voluntarias o las elegiría ella misma. ¿Y quién se atrevería, claro, a ofrecerse a un grupo de piratas que, como todos los de su calaña (o eso escuchaba a las mujeres de mi alrededor, no era como si pudiera saberlo, ¿a que no?), eran burdos salvajes y violentos hasta el extremo...?

No lo hagas, no lo hagas, no lo hagas, no lo hagas...

– Yo, madame. Yo deseo acudir. – me ofrecí, y dediqué una sonrisa desafiante a las mujeres que me miraban y cuchicheaban sobre mí, con mayor crueldad aún cuando la madame decidió bonificarme con un puñado más de francos por mi atrevimiento. Así pues, me levanté y me dirigí hacia ella, que me metió la bolsa de monedas por el escote, haciéndome perder la respiración mientras apretaba mi corsé y me advertía que tuviera cuidado.

¡Eres estúpida, no tienes ni idea del peligro, de lo que puede pasar, no tienes ningún tipo de consideración por nada, nada! ¡Nos destrozarán, nos partirán en dos..!

Que lo intenten; haberme rebelado me había despertado, me hacía sentirme fuerte, y me dio seguridad suficiente para dirigirme a la pequeña habitación que ya me había visto penetrada de todas las maneras posibles y cambiarme de ropa. No es que tuviera mucho para elegir, aunque sabía que el hecho de que la madame me hubiera permitido la esencia de azahar en cuanto se la pedí era ya algo que muchas de mis compañeras no tenían, y por eso no pensaba quejarme. No me disgustaba la vida que llevaba en el burdel, aunque parte de mí no estuviera del todo de acuerdo.

¡Es humillante! ¿Cómo puedes permitir que nos hagan esto?

Porque puedo. ¿Acaso había más motivo que lo justificara? Y juro, ¡lo prometo!, que noté que esa voz se enfurruñaba, aunque no tuviera el menor sentido y aunque no pudiera entender por qué si esa voz era yo misma y yo me sentía fuerte y sensual, sobre todo vestida con el liguero semitransparente, apenas cubierto por un vestido escotado y con poca tela, que había escogido de entre mis poquísimas opciones.

Ja... Estás muy segura ahora, pero ya verás cuando lleguemos; ya lo verás, escucha mis palabras, ¡escucha a Eddie!

¿Quién demonios...? En fin, qué más daba; en cuanto estuve lista, salí hacia donde las obligadas voluntarias, que me dedicaron miradas desde el odio al asco, aguardaban a los hombres contratados por la madame para que nos condujeran a los piratas. Esa fue, tal vez, la primera vez que monté en carruaje, pero ¿cómo podía saberlo...? Así pues, disfruté del trayecto y del aire frío en el rostro mientras duró, antes de que fuera sustituido por el aroma almizclado del sudor, la sangre y el ron de todos aquellos hombres que nos devoraron con la mirada como seguramente planeaban hacerlo con los dientes.

¡Con los cuchillos, más bien! Recuerda el latín, recuérdalo...

Lo ignoré, como también aparté esa fuerza interior ardiente que me quería recorrer y que significaba problemas, como cuando hice estallar el jarrón de mi habitación sin tocarlo siquiera. Tan distraída estaba que no me di apenas cuenta de cuando un grupo de ocho, o tal vez diez, me cogió de la mano y tiró de mí lejos de la lona donde se habían quedado mis compañeras; intenté ser encantadora para ellos, pero me respondieron abofeteándome, y el sabor fuerte de la sangre se me mezcló con la saliva, desagradable y metálico.

¡Te lo he advertido, tendrías que haberme hecho caso, maldita perra...!

Intenté resistirme, pelear y arañar; algo conseguí, pero eran muchos y me golpearon en el pecho, quitándome el aire e impidiéndome reaccionar. Asustada, temblorosa y desesperada, me movía sin parar para tratar de huir, intentaba ver algo para saber dónde se encontraba mi salida, pero ellos me manoseaban, me arrancaron el vestido y me golpeaban, estiraban del pelo, ¡me daban ganas de sollozar!, aunque sólo gritaba y jadeaba, presa de un mayor conflicto que hasta entonces, o eso recordaba, qué más daba. Aun así, no me rendí, seguía buscando una salida, y así continué hasta que algo, más bien alguien, me salvó... Un hombre pelirrojo, pálido, alto y atractivo como ninguno que se ocupó de ellos como si fueran infantes, nada menos.

Eso ha sido un golpe de suerte, Alchemilla, nada más. Nuestras plegarias a Eddie han dado resultado.

¿Y qué hice yo? Por supuesto, lo único que estaba en mi mano: di un paso adelante, lo agarré de aquella coleta que sostenía el fuego de sus cabellos y lo besé con ansia viva, como si así le agradeciera que me hubiera salvado; me apreté contra él, fruto de la desesperación, mis pechos aplastados contra el suyo, mi lengua interceptando la suya, sus colmillos mordiéndome y mi sangre, la de mis labios, la que se me estaba derramando por la barbilla, siendo suya...

Naturalmente: ¡es un vampiro! ¿De qué otro modo íbamos a comportarnos con él...?



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Re: Antes que tirar la puta al río, me encargo yo de que acabéis todos jodidos |Alchemilla Gillespie|

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Sáb Jun 17, 2017 4:40 am

Y como el buen pirata que era, el buen vampiro que es, Thibault dejó que su boca respondiera allí mismo al terror de su propio apodo. Sangre, oscura en la noche pero sobre todo en sus labios, contra sus colmillos, calentándose en la puta paradoja de su aliento muerto que, no obstante, ardía en la arrolladora plenitud de los besos que daba. Bien sabían los cielos y el infierno que miembros de su condición sobrenatural había habido de mucho antes de que la gloriosa reina de los Países Bajos posara sus felinas pupilas sobre aquel lobo de mar a punto de caer al vacío, pero como todo en el capitán Black Blood llevaba la definición del mito a un nuevo nivel: el de la reinvención misma. Porque no, técnicamente los chupasangres no respiraban, o eso decían la mayoría de las leyendas, y aun así él se estaba encargando de llenar todos los pulmones de la prostituta como si fuera lo opuesto al dios de la muerte que, sin embargo, nunca dejaría de ser.

Pobre y perecedera humana entre las garras del monstruo invicto.

La suculenta respiración de aquellos pechos palpitaba, apegada a sus ropajes húmedos recién llegados de surcar océanos. La mujer bien pudo hasta sentir la respuesta de su rocosa piel en esa misma zona, justo sobre el tatuaje de la bandera que aun oculto tras la tela pareció envolverla con la misma precisión que su eterna musculatura. Cada movimiento en aquella tormenta de lenguas, sangre y arena sucumbía más y más a un naufragio del que sólo el único experimentado podría sobrevivir, alimentado por el líquido carmesí que le convertía a él en ese mito y a ella, en el manjar de los dioses. Bebió y bebió con tanta vehemencia, divertido por la intrépida reacción de aquella trabajadora de la noche, que en su cabeza sólo cabía el rostro molesto de Anne como intervención más efectiva a la hora de interrumpir un banquete destinado a cualquier cosa menos la vida.

—¿Qué coño significa esto? —Muy apropiado mentar tales mundanidades, incluso si su fin sólo iba directo a la blasfemia pura y dura de una pedazo de bruta como ella, cuando el líder de tantos salvajes allí concentrados había acabado desparramado entre las rocas con una puta enroscada al cuello—. Capitán, creo que hemos pagado un servicio lo bastante largo como para actuar con un poco más de cautela después de la jodienda de hace unos minutos.

El hombre carraspeó con desidia y sin alterarse, mirando a la otra mujer en escena igual que si fuera un adolescente con las manos en la masa que por más veces que le pille todavía no consigue entender la sorpresa en los ojos horrorizados de su pobre madre. Acto seguido, se relamió los labios una vez que la joven insensata se hubo puesto en pie para lidiar mejor con la autoridad de la contramaestre. Él, por el contrario, sólo se movió para acomodarse mejor en el sitio como un puto romano en su triclinio.

—Supongo que con 'cautela' te refieres a lo que se asomará tarde o temprano por aquí —comentó en un gesto sutil hacia el futuro amanecer, que era lo único que verdaderamente podía suponerle algún tipo de preocupación— porque el sexo en la playa cuando ya está todo pagado no creo que te altere a ti el vello púbico.

—Escucha, joder, sabes que no me importa a qué te dediques en las pocas horas muertas —Cachonda mental— que tienes como líder, pero yo me oponía justo a este tipo de distracciones y mira lo que ha pasado al final. Ahora que ya está hecho encima no vayas a buscarnos problemas con ellas, cumplamos todos con nuestra jodida parte y acabemos lo que hemos venido a hacer sin que llegue la sangre al río.

Finalmente la pirata se aproximó hacia la chica herida y descubrió así el motivo real de su interrupción al entregarle un cuenco de agua templada junto a un paño y lo que parecía una pomada. Ignoró deliberadamente la risotada infantil de su jefe cuando su mirada cohibida sólo al fijarse en los atributos físicos de la ramera acabó de hablar por sí sola a pesar de la silenciosa, aunque significativa, despedida con la que se volvió por donde había venido.

Hijos, algunos nunca están dispuestos a que te lo pases bien.

—La sutileza ha sido sólo para que a ella no le extrañara. Como ves, ya tiene la cabeza lo bastante cargadita con otras preocupaciones —aclaró, de nuevo en una intimidad que aprovechó entonces para recrearse mejor en la persona que había salvado de unos cuantos hijos sanos del patriarcado francés—. Sé que a ti no te hace falta que te pongan al día con el tema. —Se incorporó frente a ella, de repente evidenciándose aun más la diferencia de alturas, y para ilustrar de lo que hablaba, le repasó la barbilla con la uña del pulgar, sensual y escalofriante como la gota de sangre que se llevó consigo—. Gracias, por cierto, no está mal para un viejo que hoy no tenía planeado divertirse —sonrió, distraído, al tiempo que empezaba a desplazarse por las rocas con bastante destreza—. ¿Cuál es tu nombre, mujer? —y se detuvo para volver a contemplarla desde aquella estampa onírica elevada entre mar y tierra—. Voy a beber lejos de más algarabías, quizá te apetezca acompañarme esta noche.


Última edición por Thibault "Black Blood" el Dom Jul 16, 2017 11:53 pm, editado 2 veces



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Re: Antes que tirar la puta al río, me encargo yo de que acabéis todos jodidos |Alchemilla Gillespie|

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Vie Jun 23, 2017 1:10 am

Cada vez más debilidad; cada vez más placer. Me hundía en la oscuridad de mis ojos cerrados y su beso apasionado, me caía en el vacío en el que él esperaba, al fondo, como una roca sólida que me mantenía mientras lo decidiera, sin olvidar ninguno que podría hacerme caer de nuevo cuando quisiera. Aferrada a él en un intento fútil de sujetarme, lo besaba porque estaba presa en su inmortalidad, prisionera de su fuerza sobrehumana y de la pasión de su contacto, que sí había iniciado yo, pero que él había controlado desde el primer momento. ¿Acaso alguien esperaba lo contrario...?

¡Ah, silencio! La falta de respuesta me sentó como una comida copiosa tras días de ayuno, ¿que había realizado alguna vez por Pascua? No lo sabía; no podía recordarlo. No, no quería recordarlo, no en ese momento: había una diferencia entre incapacidad y ausencia de deseo, no carnal porque ese empezaba a resbalárseme por la cara interna de los muslos, sino del otro. ¿Una prostituta, como yo, podía permitirse desear a un hombre? ¿Sentir atracción real por un cliente, un hombre que había pagado por consumirme y que, después de hacerlo, me tiraría por la borda?

¡Qué literal, dado que estaba en los brazos de un capitán de barco! No tan literal lo era lo demás: él no había pagado por devorarme, eso lo supe después, sino para que lo hicieran los demás que poblaban su barco. Yo me estaba regalando gratuitamente, entera para él, y él había decidido aprovecharse del fácil botín que le había entregado de buena mano, sin dudar ni un solo momento. Oh, ¡la voz empezaba a afectarme! ¿Desde cuándo se me pasaba siquiera por la cabeza que era sucia por desearlo...?

Mi mundo funcionaba por deseo, normalmente el que otros sentían por mí. Lo reconocía al verlo, no estoy segura de si porque lo conocía de antes o porque lo estaba aprendiendo; lo sabía ver e intensificar, y en eso mi querido capitán no era ninguna excepción: así lo demostraba al besarme. Tampoco lo fue la mujer que, al separarme de él e incorporarme, me observó; me había sucedido en ocasiones, mas no cuando la cabeza aún me daba vueltas (de la forma agradable, no de la dolorosa... Esa estaba tan en silencio que no la echaba de menos), y me vi obligada a ladearla, con ¿inocencia?

¡Sorpresa, zorra, he vuelto!

Comencé a temblar, pero ¿por ella o por él? El dolor volvió rápido, no el de sus mordiscos ni el de mis labios hinchados por sus besos, sino el de los golpes que me habían destrozado la ropa y que me exhibía aún más de lo normal. Mis pechos, que hacía un instante demasiado largo se le habían clavado con doloroso placer, casi despuntaban por el encaje negro, demasiado poco protector para la brisa marina. Con una sonrisa tímida, creo (supongo. ¿Tal vez?), agradecí a la mujer el ungüento; con los ojos clavados en él, verde contra verde, lo seguí sin dudar.

Te ha hechizado, ¡y la hechicera soy yo! Él es un vampiro, un chupasangres; estamos débiles por su culpa, no puedes confiar en él.

La ignoré como descubrí hacía tiempo que se me daba bien hacer; la ignoré porque prefería seguir al capitán, demasiado poderoso para lo que nos convenía, y tan seductor que aún sentía el roce de sus dedos en mi barbilla, apartando los restos de la sangre que él había bebido de mí con mi total permiso. Suponía que realmente no lo necesitaba, pues si lo deseaba mucho podría conseguir beberme entera sin que yo lo deseara, mas se lo había ofrecido, y él había aceptado sin dudarlo y sin hacerme dudar a mí.

– Alchemilla, capitán. – murmuré, pero él me escuchó; bajé la cabeza, pero él me vio; fruncí el ceño, y eso él no pudo captarlo porque mi cabello se lo impidió. Ella decía que mi nombre era Alchemilla, pero ¿lo era? No podía estar seguro. Me parecía familiar, quizá por haber estado usándolo, pero era como tomar unos zapatos prestados e intentar ponértelos: podían entrar, pero la forma del pie era otra, y no encajan del todo... No son tuyos, no te pertenecen, no te representan, no...

¡Basta! Eres Alchemilla; síguelo, Alchemilla, síguelo si tanto lo deseas en tu cuerpo.

– Preferiría acompañarle a quedarme atrás, con ellos. – afirmé, e hice un gesto hacia donde casi me habían utilizado. De no haber sido por su oportuna intervención, armado con nada más que un pincho moruno (no podría olvidarlo ni verlo igual, de eso estaba muy segura), la prostituta habría sido mancillada; ¿a quién le importaría, salvo a mí? No era como si, al recibir un pago, yo diera mi consentimiento... No era como si yo tuviera mis propios deseos, personados en el hombre al que seguí a través de las rocas hasta que nos detuvimos y pude comenzar a darme el ungüento que la mujer me había ofrecido.

No debes aceptar nada de ellos, no debes estar en su deuda, ¡nos valemos por nosotras mismas!

– ¿Sería tan amable de agradecerle a su compañera el ungüento? – pregunté, sonriendo, y a continuación repartí la sustancia por las heridas con peor aspecto, aunque hubo alguna en la espalda a la que no pude llegar. Con la confianza ciega que aparentemente demostraba al no mirarlo y ofrecerle mi punto ciego, me aparté el cabello hacia un lado para dejarle la herida a la vista, y con la otra mano deshice rápidamente la tela, de forma que ésta cayó al suelo y nada cubría mis pechos; nada salvo mis brazos, que los ocultaron de inmediato. – No... No alcanzo, capitán. – justifiqué, y giré el rostro únicamente para mirarlo y pedirle, así, el favor que no alcanzaba a plantearle con palabras.



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Re: Antes que tirar la puta al río, me encargo yo de que acabéis todos jodidos |Alchemilla Gillespie|

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Dom Oct 01, 2017 10:31 pm

Para un hombre que nada más poner un pie fuera de la tierra había ascendido tan pronto en la piratería como el mismo mar auguraría que su deber iba a ser conducir el peso de aquel bárbaro por los siglos de los siglos… ¿Qué puedo decir? Las necesidades básicas estaban conquistadísimas. Pero al igual que hacía un proscrito inmortal con todo el mundo del que disponía a sus pies, el terreno se extendía cada vez más a su paso y tenía unas ganas, incluso mayores que la propia eternidad, de seguir conquistándolo. Por eso seguramente, Amanda Smith diera en el maldito clavo hincándole el diente al sujeto que reunía todos los elementos perfectos para capitanear los océanos hasta que se quedaran secos.

Una forma sembrada de decir que quien pusiera cachondo de verdad al temerario Black Blood no se libraba de las venéreas, ni antes ni ahora.

Bromas aparte —pues la única suciedad que le asociarías a su cuerpo sería puramente metafórica—, cualquier ser vivo con una voluntad de hierro capaz de anteponer la prudencia a ese peligroso magnetismo que desprendía cuando ni siquiera pretendía abordarte —con todas las letras viniendo de un pirata— habría conseguido alejarse de la presencia de Thibault, o al menos hacer un bravo intento. Aquella mujer, no obstante, se había arrojado voluntariamente a merced de los riesgos de su sed, como ofrenda, como acto de agradecimiento, como simple e inevitable víctima de la atracción. Así que muy probablemente no perteneciera a ese grupo de muermos, cuya represión también resultaba interesante de despedazar cachito a cachito tras un reguero de sangre, mas no iba a negar que en el caso de una persona acostumbrada a trabajar con la carne y sus instintos, como nada menos que una prostituta, volvía el doble de interesante aquel comportamiento; aquella elección.

—Sí, apuesto a que lo prefieres —sonrió ante la sinceridad de su respuesta, al tiempo que continuaba su camino a través de las rocas y observaba cómo podía apañárselas para seguir su ritmo —Y vaya que si lo hizo—. Nada personal, esa falta de consideración, si quería verse así, solía tenerla hacia todo el mundo, ayudarla se parecería más a las galanterías y a la condescendencia que él había rechazado, no sólo al salvarle la vida sino a partir del extraño respeto que, de primeras, guardaba hacia toda alma luchadora.

Sin embargo, le tendió la mano una vez llegaron a la roca más alta y lisa, y la retuvo en los abrumadores segundos que retorció para mirarla directamente a los ojos mientras saboreaba la información de su nombre.

—Alchemilla —repitió, como si fuera un animal fascinado con la cena que no iba a comerse esa noche porque era demasiado… ¿bonita? Nah, el motivo real complicaba bastante más la trama pero, ¿por qué precipitarse si lo estaba disfrutando? Y por lo que parecía, tampoco era el único en eso—. ¿Tú cómo quieres llamarme? Por mi nombre, Thibault, por la 'Sangre Negra' con la que ensucio los mares, 'Black Blood' en su forma anglosajona… —casi recitó y finalmente se alejó para tomar asiento con despreocupación, una pierna estirada y la otra flexionada como futuro reposo del codo que se proponía a empinar de cara a la oscuridad de las aguas que tenían en frente— Bueno, qué más da, 'capitán' está bien —concluyó, y le hizo un gesto con la cabeza para que se acomodara también a su lado—. Oh, se lo agradeceré, seguro que estará encantada de oírlo —respondió y cuando llegó el momento de disponer de la espalda desnuda de su acompañante de última hora, el ron se deslizó con descuido por sus labios a la vez que sus ojos verdes recorrían el banquete de piel a su disposición—. Tranquila, mujer —'calmó' su petición con un reposado tono de voz, contrario a lo que pasó a hacer con la estimulante aspereza de sus yemas de marinero al presionar el masaje lentamente sobre ella, creando esa dicotomía tan delirante entre suavidad y estimulación. Ni él se estaba fijando ya en si las zonas por las que extendía el ungüento lo necesitaban, así que aprovechó su eficiencia para inclinar la cabeza y hablarle por encima de la oreja—, que yo sí que alcanzo… —susurró, antes de caer en la cuenta que más bien lo estaba murmurando con la lengua en su cuello— Ups, lo siento, creo que eso no estaba en la invitación —se disculpó con divertida honestidad, y esperó a que la chica volviera a mirarle directamente a la cara para 'amorrarse' otra vez a su bebida sin dejar de taladrarla—. ¿Alchemilla? ¿Como la especie de plantas? Exótico —comentó y entonces le ofreció un trago a la interpelada—. No eres alguien corriente, ¿verdad, Alchemilla? Has sabido enseguida que yo tampoco. No percibo aura sobrenatural, así que, aun siendo humana, debes de tener alguna habilidad especial. La cuestión es si estás, o no, enterada…



Have you seen blood in the moonlight? It appears quite black.

This ends when I grant them my forgiveness:
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Re: Antes que tirar la puta al río, me encargo yo de que acabéis todos jodidos |Alchemilla Gillespie|

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Lun Oct 09, 2017 11:01 pm

No quería pensar en nada que no fuera el capitán, su estimulante compañía, sus manos ásperas pero capaces de provocarme escalofríos cuando, hacía apenas un instante, eso era lo último en lo que había sido capaz de pensar. Arrullada por él, por su voz con la fuerza de los mares y la gravedad de los truenos de una tempestad, cerré los ojos y le permití manejarme como una muñeca mientras me curaba, sin apenas preocuparme por tapar mi cuerpo de su ardiente mirada, ya que permití que fueran mis cabellos los que, largos y lacios, me cubrieran los pechos.

Qué oportuna, ¿no?, finges que eres una sirena para el capitán de un barco. ¿Y te extraña que sea tan fácil dominarte? ¡No vales nada, no tienes nada de carácter!

El pensamiento, amargo en demasía por producirse en medio de una oleada tan placentera que la sentía incluso entre las piernas, me hizo abrir los ojos, pero en vez de enfrentarme a la realidad amarga, lo hice a un hombre peligroso que, sin embargo, se estaba comportando bien conmigo. Bueno, bien... Seduciéndome, como si fuera una joven virginal en vez de una prostituta curtida, como sabía bien que lo era, y no precisamente por tener a alguien que me lo recordaba a cada momento.

Oh, ¿quieres que lo haga, fulana? ¡Eres una puta, una sucia ramera!

La ignoré, como de costumbre, pero con más facilidad de lo habitual porque las palabras del capitán me obligaban a prestarle atención a él y nada más que a él, aunque lo que dijera tuviera que ver con ella, en cierto modo. No quería admitir nada de lo que me pasaba dentro de la cabeza con él, pues seguía siendo un total desconocido, y mi agradecimiento no era tanto para olvidarme de todo lo que había estado aprendido en los últimos tiempos. Aun así... Algo en mí deseaba hacerlo, algo diferente a la atronadora voz de mi cabeza, quizá lo más yo de todo lo que me quedaba.

No se te ocurra, Alchemilla, no puedes confiar en él, ¡no!

– Sí, es justo como la flor. Así es como me conocen en el burdel. – respondí, con una verdad a medias, pero que debía ser suficiente en aquellas circunstancias, en especial dado que no había ninguna mentira en lo que había dicho. Él, por su parte, no tenía por qué saber que ese era el único nombre que me conocía, que sabía que tenía que haber otro pero lo ignoraba, que yo no era la única persona que vivía en mis pensamientos. No tenía por qué saberlo, no, ni tenía yo fuerza suficiente tampoco para pensar en ello con semejante tentación hecha carne cerca.

Constantemente te sucede lo que a muchos hombres, puta, ¿te das cuenta? ¡Piensa con la cabeza que te toca!

– No es difícil ver que es usted extraordinario, capitán. Con o sin leyendas a sus espaldas, incluso si no supiera nada de la sangre negra que le da el apodo, me habríais parecido sobrehumano. Esa certeza es demasiado fácil tenerla para que se me pueda considerar un mérito. – expliqué, encogiéndome de hombros de modo que sus manos resbalaron de nuevo por mi piel, hasta caer próximas a mi cintura. Sin girarme del todo, únicamente el rostro, lo miré, y aparté el cabello suficiente de la cara para que también se moviera de su pudorosa posición, con lo cual él pudo verme más desnuda incluso que hasta aquel momento.

¡Te estás ofreciendo como un pedazo de carne, eres una...!

– No sé de dónde vino esto. Sé que soy capaz de mucho, que si digo ciertas palabras suceden cosas concretas, pero no sé cómo puedo controlarlo, y muchas veces, cuando lo necesito, ni siquiera lo siento como algo mío. Quién sabe, ¿a lo mejor porque no lo es? ¿Me estás escuchando! Pero no, no lo estaba haciendo: en su lugar, me encontraba mirando al capitán, ya medio girada hasta él, cualquier atisbo de pudor en la posición de mis cabellos esfumada al tiempo que éstos se me habían desplazado, por el giro, por todas partes.

Su atención se encontraba puesta en mí, tanto en mis palabras como en lo que le estaba ofreciendo medio sin querer y, a la vez, medio queriendo, de modo que lo premié apartando el pelo por completo para que pudiera ver lo que tanto ansiaba. A continuación, acepté la invitación que me había hecho antes y que intuía que seguía manteniendo y me desplacé hasta terminar sentada sobre sus muslos, con la mano en su pecho para ayudarme a sostenerme y como excusa para enredarme en la piel que le quedaba a la vista, salpicada de vello rojizo, nítido incluso con la escasa luz.

– Thibault... Capitán. Me gusta más así, capitán, me recuerda que es usted quien tiene el timón, y eso se me antoja más seguro que el apodo sangriento o un nombre de pila cualquiera. – comencé, sonriendo un momento, y después me encogí de hombros. – Dado que nos encontramos en un momento tormentoso, sobre todo yo, necesito toda la seguridad que usted me pueda dar. – finalicé, justo antes de reducir la distancia que nos separaba para besarlo en los labios, apenas un roce que, sin embargo, sabía a mar y a fuego líquido, justamente igual que él.

No puedes evitarlo, ¿eh?, ¡nunca has podido! Te pueden los vampiros... ¡Justo igual que a mí!



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Re: Antes que tirar la puta al río, me encargo yo de que acabéis todos jodidos |Alchemilla Gillespie|

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