Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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El vértigo de la eternidad (Privado)

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El vértigo de la eternidad (Privado)

Mensaje por Ramiara d'Aosta el Miér Mayo 10, 2017 3:00 pm

La sera scende già, la notte impazzirò,
e in fondo agli occhi tuoi bruciano i miei.

Francesco Regna.



Alisó la tela de su vestido colorado sin poder evitar dirigir un pensamiento cargado de admiración hacia las mortales que eran capaces de meterse dentro de un corsé así de ajustado y respirar al mismo tiempo.
Conforme pasaban los años, y las influencias, la moda mutaba, pero siempre era –de una forma u otra- dolorosa para las mujeres. Cuanto más dolor más belleza… Suerte que ella no lo padecía, podía meterse dentro de aquel bello traje sin preocuparse por acabar con algún hueso quebrado a causa de la presión.

¿Qué hacía allí? No conocía, ni deseaba conocer, a la condesa que cumplía años. Simplemente había recibido la invitación –suponía que a causa de los negocios que ella tenía con el esposo de la mujer- y confirmado de inmediato su asistencia porque, ¿cómo iba a rechazar la posibilidad de asistir a tamaño festejo? No era frívola, pero sí bastante solitaria por lo que vio en aquella celebración, que duraba cuatro noches, la posibilidad de empezar a sociabilizar otra vez porque era sabido: vampiro que se aislaba era vampiro que enloquecía.

Recogió un poco su vestido antes de comenzar a subir por los amplios escalones. Por obvios motivos, el dormitorio que le habían asignado quedaba en el piso subterráneo de la edificación central del palacio, por eso debía subir para poder llegar hasta el mismísimo centro del festejo.
La gente iba y venía, las risas todo lo invadían y hasta lograban acallar la melodía que los músicos creaban. Ramiara notó que todos caminaban acompañados, era la única que marchaba en solitario. No le molestaba, ella era así y se aceptaba, pero la diferencia era notoria: ellos parecían disfrutar de la fiesta, en cambio ella sólo caminaba por el pasillo atraída hacia la música.

En lo que iba durando su eternidad, Ramiara había pasado por varios estadíos: soledad absoluta, sociabilidad extrema, soledad selectiva, amistades enfermizas, aislamiento y ahora se hallaba cómoda de regreso en la soledad selectiva… aunque era más sincero decir que tenía sólo amistades por conveniencia.

Entró en el salón principal, dispuesta a beber algo de vino y a sentarse en un rincón para disfrutar de la música sin ser importunada, lo mismo había hecho la noche anterior.
Disfrutaba de la segunda copa, mientras veía a los demás convidados bailar alegres, cuando comenzó a sentirse incómoda sin razón aparente. Sentía un peso en el pecho, podía decirse que se parecía a la sed… pero no podía ser aquel horrible mal puesto que se había alimentado hacía solo unas pocas horas. Involuntariamente –casi como si alguien más la hubiera redirigido- su mirada se desvió hacia el otro extremo del salón, más allá de quienes bailaban, más allá del grupo de músicos… un hombre la observaba fijamente mientras caminaba hacia ella y Ramiara no tardó en reconocerlo a pesar de todo el tiempo transcurrido, a pesar del odio más profundo y de las explicaciones adeudadas… Era él.


-No puede ser… –susurró y se puso en pie sin advertir que la copa resbalaba de su mano izquierda y acababa sobre el alfombrado.

Pero era. Conforme él se acercaba a ella, Ramia volvía a recordarlo todo. ¡Hasta su cuerpo le advertía que estaba peligrosamente cerca de su creador!
Había pasado cientos de años planeando qué le diría si lo volvía a ver, había trazado en su mente distintas formas de cortarle la cabeza. Soñaba con quitarle esa falsa vida, quería lastimarlo. ¡Hacía tanto que lo quería! Pero allí, en el Palacio Royal, rodeados de quienes celebraban ajenos al poder de sus miradas, lo único que pudo hacer Ramiara d’Aosta fue escapar antes de que él llegase, huir ahora que sí podía hacerlo. Simplemente se giró y salió apresuradamente hacia los jardines.


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Re: El vértigo de la eternidad (Privado)

Mensaje por Kaspar Furtwängler el Lun Jun 19, 2017 10:16 pm


Había enviudado recientemente, y por fortuna o por desgracia, su mujer le había dejado demasiados contactos. Él, siendo lo que era, poseía sólo algunos conocidos aún vivos, nobles que lo había contratado alguna vez para instruir a sus hijos en el arte de la guerra; o esos hijos mismos, que terminaban por descubrir su naturaleza cuando volvían a encontrarse y Kaspar seguía tan igual que siempre. Eran personas con poder, ¿y para qué necesitaba más? No obstante, los Széchenyi de Hungría eran mucho más conocidos, una familia de abolengo actual, y su unión con Silke le trajo cierta fama que nunca le sentó bien. Y aún ahora que la muy maldita estaba muerta, ese eco lo perseguía, como Orestes perseguido, acosado por las Furias.

No sólo eso, sino que la alta sociedad de París supiera que Kaspar Furtwängler estaba soltero de nuevo, lo ponía en la mirada de todos. Estaba considerando ya dejar la ciudad, después de todo, nada lo ataba ahí. Así, recibió una de tantas invitaciones que usualmente era difunta esposa quien leía y elegía a cuales iban a asistir. Él no tenía tacto para eso, era un guerrero, no un aristócrata, aunque ese papel estuviera jugando ahora.

Casi al azar eligió una. Se dijo que con una aparición pública que hiciera iba a bastar. Y llegada la noche, se vistió con sus mejores galas, que en ese ego suyo, creía se le veían casi tan bien como las armaduras y cotas de mallas. Iba de negro, supuestamente aún era un viudo doliente del deceso de su esposa. Eso hacía resaltar la palidez de su piel y el azul de sus ojos como la sangre que corría por las venas de los antiguos reyes.

Tan sólo arribar, se vio rodeado de gente. Madres que le acercaban a sus hijas, para que las considerara como segundas esposas. Hombres que querían una tajada de los negocios Széchenyi. Mujeres más perversas que sólo querían enredarse con el nuevo viudo. Con habilidad, logró ir descartando a cada una de esas personas. Educación que siempre tuvo, claro, nació en un hogar privilegiado, pero que sobre todo, había aprendido con los siglos.

Entonces fue como si un trueno cruzara el cielo y cimbrara la tierra. Una mujer no dejaba de hablarle, pero había dejado de prestar atención hacía un rato, buscando, aunque no sabía con exactitud qué. Pareció un juego de sincronía. Las parejas que danzaban en el salón, se abrieron como el mar rojo ante la orden divina de Moisés, y pudo verla. Con calma, tomó de los hombros a la dama que tenía enfrente, sin decirle nada la hizo a un lado, y comenzó a caminar el línea recta, hacia ella. Parecía llamado por un canto celestial, o que iba de manera voluntaria a su ejecución.

Las parejas volvieron a ocupar la pista, sólo le dieron un segundo para poder verla, y cuando se asomó, ya no estaba. Aunque ahora la sentía. La sentía debajo de la piel. En su paladar. En sus ojos, clavada como agujas. La sentía dentro, profundo, sangre de su sangre y supuso que, después de tantos años, siglos… le debía una explicación. O al menos, una palabra.

Movido por ese mismo impulso primitivo, el que, intuyó, era un monstruo más allá del control que cada vampiro lograba, salió del salón, casi desapercibido, considerando la atención que recibió al llegar. Los jardines se dibujaron ante él. Árboles y matorrales, flores y agua corriendo a lo lejos. El aroma de algunos lirios y… ahí estaba, el crujir de las piedras bajo el peso de pisadas. Siguió el rastro, y la encontró junto a una fuente de mármol, de un ángel desnudo que vertía agua con un cántaro enorme.

Ramiara —conocía su nombre. Lo tenía grabado a fuego en la memoria, porque de todos los guerreros que enfrentó, fue ella, siempre ella, la más feroz. En su voz de bajo barítono, aquel nombre sonó a grito de guerra, a poesía Calíope—. Sí puede ser. Venos aquí, esta noche, tan lejos de casa, después de tanto tiempo —alzó las manos un poco, como para señalar la totalidad de las circunstancias y levantó el mentón. Si quería gritarle, golpearlo, ignorarlo, lo iba a entender, no obstante, él sentía la necesidad (una que había existido ahí desde hace mucho) de cruzar una palabra con ella, ahora que era como él.


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Kaspar Furtwängler
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