Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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El silencio de los ahorcados | Fernand de Louvencourt

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El silencio de los ahorcados | Fernand de Louvencourt

Mensaje por Danna Dianceht el Vie Mayo 12, 2017 12:20 pm

La venganza es una especie de justicia salvaje.
—Francis Bacon


Los cascos de los caballos era lo único que llenaba el silencio de esa noche en territorio Frances. El viento mecía delicadamente las hojas al paso de la duquesa y su montura, y aunque este pareciese muy tranquilo, en el horizonte de la noche se acercaba el anuncio de una inminente tormenta. Las nubes negras se acercaban violentamente a ese país lleno de luces y tan distinto de su pueblo natal Escoces. Por suerte aquella noche Danna lo tenía todo calculado y llegaría muchísimo antes a su destino que la tormenta hasta ella. Por unos segundos levantó su mirada al cielo y se encontró reviviendo el ultimo acontecimiento oscuro de su ducado, el cual había empañado sus verdes ojos en innumerables lagrimas por el dolor afligido a sus tierras. La muerte de cuatro infantes, hijos de su propia guardia personal los había tocado a todos de cerca y no era de extrañar, que fueran muchos los que gritaran por venganza hacia aquel horripilante crimen. Por su puesto, se había hecho justicia y tras interrogar a los causantes de tales asesinatos, se les había entregado a la autoridad que en este particular caso habían sido los padres de los niños. A ellos se les había dejado deliberar la muerte o vida de los culpables y todos, y cada uno de ellos finalmente habían encontrado la muerte.

En otra circunstancia la duquesa no habría tolerado tales prácticas aborrecibles como lo era para ella matar, aunque esas almas fueran culpables. No obstante, esta fue una excepción genuina y que se aseguraría no se repetiría nunca más en sus tierras; aún menos en su ducado. A consecuencia de ello, ahora se encontraba de camino a una taberna donde había logrado extraer de uno de los culpables que era donde se reunía con los demás hombres participes en la causa y con su capitán, quien lideraba cada una de sus acciones. Entre los relatos de los hombres antes de las ejecuciones, había llegado a su conocimiento que esos hombres, no únicamente eran militares, sino que además compartían con ella la maldición de la luna llena. Eran hombres lobo, en realidad, eran un gran número de ellos que se estaban aliando en un intento de detener la inquisición, y para ello muchos de sus miembros habían partido a distintos países buscando no solo alianzas para la causa; sino también buscando hombres con los que llenar sus filas.

Sin ninguna duda, aquella noche esos hombres ajenos al raciocinio de la humanidad; cegados por completo por la luna llena habían entrado en uno de los pueblos cercanos al ducado y lo habían atacado, llevándose a algunos heridos y a los cuatro niños que tras sufrir la mordedura letal de los hombres lobo, habían muerto incapaces de pasar el trance debido a su corta edad. Habría sido un error; un fatídico error. El cual ya se había pagado con creces, pero Danna no estaba tranquila, no cuando alguien desde las sombras mandaba a otros engrosar las filas de licántropos. ¿A caso no se daba cuenta de los peligros que eso desentrañaba ya de por sí? La luna llena los gobernaba a cada uno de ellos, todavía más fuertemente a los jóvenes. ¿Entonces, como los lideraría? ¿Cómo llegar a controlar a quien era por naturaleza incontrolable? Desvió de nuevo la mirada y esta vez su verde iris se fijó en una taberna alejada del tumulto de la ciudad. Aún no habían llegado ante ella que desmontó junto a los dos hombres que la acompañaban; cambiantes. En el cielo un ave rapaz llenó el silencio de la noche y la duquesa sonrió. El ave era su tercer guardián quien vigilaría desde el cielo que nadie los interrumpiera o amenazara. Miró a los dos cambiantes y en cuanto estos asintieron, la duquesa escondiéndose bajo la sombra de la capucha de su capa emprendió el camino hacia la taberna. Ya podía entrar y exigir esas respuestas que tanto necesitaba obtener.

Pasó tranquilamente entre esos guardias que vigilaban la puerta y al entrar, el olor hediondo de hombres borrachos y el alcohol se mezcló junto el olor de la cera de las velas. No fue difícil encontrar a los hombres que buscaba, pues un par de ellos al verla llegar giraron sus cabezas al verla y contemplaban fijamos a aquellos que la acompañaban. Hubo un cuchicheo entre sus dos guardias a su espalda, lo que no le dio mucha importancia como era costumbre en ella y en contra seguramente de los deseos de los cambiantes, sin miedo alguno caminó hasta la mesa más alejada de la taberna. Directamente hacia el causante de esas muertes, hacía el enemigo más fuerte en esos momentos de la inquisición y quizás, también el suyo. Esa noche se resolvería el enigma.— Espero no os importune señores—empezó a decir sentándose justo en uno de los asientos que había quedado libre en la mesa de esos hombres. —Estoy buscando a alguien y juraría que está entre vosotros. —Con la capucha aun ocultando parcialmente su rostro, más no sus ojos, se fijó en los licántropos allí reunidos pasando por cada uno de ellos, hasta posar su mirada fija en el único que no parecía estar tenso, sino más bien expectante. Interesado. Supo reconocer esa mirada al instante. Ella también había participado en intrigas, y esos ojos relataban mil cruentas batallas, como los de ella.— ¿Louvencourt? —Le preguntó directamente a él con una breve sonrisa en sus labios. No había sido tan difícil encontrarle.



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Re: El silencio de los ahorcados | Fernand de Louvencourt

Mensaje por Fernand de Louvencourt el Dom Mayo 21, 2017 9:23 pm

Pocas veces Fernand volvía a su residencia luego de un día pesado. ¿Volver a qué? ¿A quién? No… para eso estaba el hogar. El hogar de verdad, donde estaban quienes lo esperaban, tanto para compartir un buen rato como para romperle el hocico porque sí, porque la testosterona reprimida lo pedía. La taberna era su puta favorita, pues aunque la licantropía lo dotaba de una increíble resistencia a la embriaguez, no era el alcohol lo que le masajeaba las sienes, sino otros atolondrados. Su licor era la distensión de los demás; le hacía creer que se estaba camuflando con ellos, como si el ánimo fuese un virus capaz de ser contagiado por osmosis.

En serio quería dejar ir las emociones negativas generados con ocasión del reencuentro con Chantelle, pero todo se fue a la mierda cuando un elemento extraño ingresó a su territorio bajo la bendición de una caperuza. Fernand meneó la cabeza, divertido, como si ante sus ojos una niña hubiera alcanzado los dulces para darse a la fuga. No había forma más potente de llamar la atención que utilizar una capucha. Se daba un mensaje obvio de que algo importante se quería ocultar, ya fuera la apariencia o una transacción. Un imán para los curiosos. Disfrazarse de vagabundo a cara descubierta hubiera sido más inteligente de haber querido ocultarse, a no ser que… por supuesto, tuviera un rostro conocido.

Se concentró, cerró los ojos e inhaló profunda y largamente una vez. Se trataba de una hembra, así como él, con unos toques de azafrán por aquí y por allá. ¿Una dama de lujo? Posiblemente. Eso o una cortesana. Fuera como fuera, una mujer así, o estaba siendo vigilada desde algún punto no muy lejano, o era la pendeja más tonta que hubiera pisado París. Fernand optó por creer lo primero; de ser una tonta, no habría cumplido ni los quince. Se veía demasiado tranquila pasando por en medio de la pestilencia como para ser su primera vez.

«Así que tienes experiencia entrando en nidos de víboras» pensó. Y luego escuchó su apellido a través de un acento extranjero y tono ceremoniosamente molesto. Fernand reaccionó con curiosidad, pero también con mortal calma. Estiraba las pausas, no había prisa. Que la dama se expresara.

Depende de quién y para qué lo busca. Aquí todos somos Louvencourt. — aseguró al tiempo que los demás asentían, siguiéndole el juego — ¿Busca muerte, señorita? No hace falta. Aquí la muerte nunca termina, de la misma manera en que el alcohol no se rinde, pero no creo que haya dejado su tierra para que un puñado de estropajos la asquee con el hálito del trago del día. O si se le ofrece, tenga. Quema bastante, pero no se angustie. Se pone mejor.


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Re: El silencio de los ahorcados | Fernand de Louvencourt

Mensaje por Danna Dianceht el Mar Jun 06, 2017 6:02 am

Siempre queda a cada uno suficiente fuerza
para luchar por lo que está convencido.
—Johann Wolfgang von Goethe


El ambiente se había tornado tenso, y Danna no tenía ninguna duda de que aquel al que se había dirigido era el líder; era a quien buscaba. Únicamente él de todos los allí reunidos, mantenía aquella rigidez y porte de quien bajo sus hombros lleva una carga pesada. La inquisición en efecto valía esa carga, la lucha contra ese mal eterno que había nacido de la debilidad humana y de la que la iglesia, el santo papa había adoptado como suya, ahora era el mal de todos los dolores de cabeza de los sobrenaturales. Por que a ojos de aquellos maniáticos, de aquellos infames y asesinos, culpable o inocente siempre se era sentenciado a muerte y poco valía tu integridad, si eras no humano, eso ya te hacia ser tratado como una abominación.  Mucha gente había luchado contra ese mal. Ella misma en muchas ocasiones lo había hecho y aunque por suerte, Escocia parecía fuera del poder de la inquisición o por lo menos; de sus planes, para Dana eso no equivalía a mirar hacia otro lado. Tarde o temprano ellos también penetrarían en su hogar y en las tierras mágicas de Escocia, serían muy numerosas las hogueras que estaba segura llegarían a arder junto todo tipo de seres mágicos, o humanos sin poderes. La vida de su hija misma se vería extinta si alguno de la inquisición lograba entrar en Escocia y avisar de la reincidencia de brujería por la zona. Obviamente, ella jamás dejaría que eso pasara. Antes daría su vida por los suyos, pero si podía evitar que algún día eso pasara, estaba decidida a aliarse con el mismísimo infierno si eso aseguraba la permanencia de Escocia fuera de los ojos maliciosos de la inquisición.

La duquesa tras oír las palabras del licántropo negó suavemente con la cabeza. A pesar de llevar capucha, ya no era una jovencita. Ella no era una entupida a la que cualquiera pudiera engañar y aunque el mal ya había sido redimido, sentenciando los culpables a la horca, eso no quería decir que no quisiera hacer nada para que no re repitieran esos sucesos nuevamente. Tras años de estar encadenada mientras sus huesos se rompían al transformarse había llegado a controlar a su loba y aunque ahora esta fuera controlada por su consciencia humana, el espíritu de su loba siempre la acompañaba y ahora en efecto, esta le decía que ante ella se encontraba el cabecilla, y que los demás únicamente eran sus peones; sus guerreros. Su manada. Era fácil descubrir quien era el más dominante entre todos, más aún, si desde pequeña te habían educado para reconocerlos. Esa fuerza innata, era difícil de esconder.

No creo que le guste conservar durante más tiempo ese emblema, ni que siga con lo de compartir su apellido con sus hombres. — susurró devolviéndole una mirada calmada, pero fría y resolutiva. Lejos de aquella taberna había quedado la duquesa dulce y amable que todos amaban en tierras escocesas.—Uno jamás sabe que fechorías en su nombre se han llevado a cabo. —añadió sin entrar en detalles, pero dejando la frase en el aire por unos segundos para que esta tuviera más efecto en él. Bien imaginaba que aquellos que ella misma había sentenciado a morir al dejarlos a manos de sus hombres, tendrían amigos entre los guerreros y ahora mismo, llamar la atención del líder para llevarlo a un lugar privado era esencial. No quería derramar mas sangre de aquellos que eran como ella, pero si uno de aquellos se atrevía a ponerle una mano encima estaba segura que todos sus hombres caerían sobre ellos. Y a toda costa, quería evitarlo. Mejor le valía una alianza, que un enemigo más a poner en su lista de aquellos que querían verla muerta. Los cúales no eran pocos.

¿Sigue pensando en que todos sois Louvencourt, señor? — Sus dedos repiquetearon en el vaso que él le había acercado y negó nuevamente levantándose abruptamente de la silla. Los soldados a sus lados la miraron al levantarse, pero ella únicamente tenía ojos para evaluar a aquel lobo que tenia frente a si. El que tenía el control de todo, absolutamente todo.—Si queréis saber los crímenes que se amparan bajo su nombre, le esperaré en el despacho de la planta de arriba. Venid solo, yo dejaré mis hombres a un lado para poder hablar con tranquilidad. Ah, y por favor traed el trago si gustáis, no creo que os amargue mas el paladar de lo que tengo que contaros, Fernand De Louvencourt; si se me permite llamarle así.

En cuanto pronunció el nombre, se quedó midiéndole fijamente la mirada enviándole el mensaje claro de que conocía su identidad.Tenía recursos y a pesar de ser costosa la búsqueda, había sido fructífera. De no ser así, ¿como habría llegado hasta allí? Se quedó quizás por unos pocos segundos mirándole. Entrevió su curiosidad y como la escarcha calmada de sus ojos se rompía y entonces, allí fue cuando hasta que la duquesa decidió darle la espalda y sin importarle que aquellos soldados pudieran verla como una enemiga, con la suma tranquilidad de quien sabe que está haciendo las cosas como debe y sin miedo, subió por unas escaleras que la llevaban al despacho que había solicitado para tener mas privacidad. Estaba segura que Louvencourt no dejaría que le pasase nada en su presencia. En la puerta le esperaba uno de sus hombres, quien le dio la llave y tras el asentimiento de la misma bajó de nuevo al inicio de las escaleras donde decidido a hacer guardia, restó esperando que Danna finalmente terminase con todo aquello para regresar a sus hogares, sanos y salvos. Ella tras ver como su soldado hacia de guardián, sonrío y entró en la estancia decidida a encender todas las velas de aquel oscuro y roído lugar mientras esperaba que Fernand se decidiese a subir. Porque sabía que tarde o temprano lo haría. Jamás un líder dejaría que alguien ensuciase su nombre como ella acababa de hacer delante de los suyos. Y él, no sería el primero en dejarlo correr.



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Re: El silencio de los ahorcados | Fernand de Louvencourt

Mensaje por Fernand de Louvencourt el Vie Jul 14, 2017 11:41 am

Sin hacerse mala sangre, Fernand hizo a un lado sus ademanes y puso atención a la indiscreta mujer. Al principio se le hizo divertido, pero de pronto ya no hubo espacio ni para las más incipientes risotadas. Fue cuando distinguió ese particular aroma que sólo captan, así de veloz, quienes están hechos de la misma materia. Esa irreverencia que la hembra exponía tenía explicación. No importaba cuán ornamentada vistiera o cuán intenso fuera el aroma a finas especias que dejaban ir sus cabellos; ella era aguerrida, porque no podía ser otra cosa.

Fernand, que no era capaz de contener el espíritu inquieto de su genio, disuadió a uno de sus hombres de acompañarlo y siguió a la impetuosa mujer escalera arriba. Para cualquier otro, aquella escena hubiese significado una afrenta o un desafío, pero él no era un ser normal, sino un licántropo, de reglas abismantemente diferentes a las de un ser humano, por lo que los verdaderos insultos operaban a modo de complot. Valoraba cien veces más a un bruto desconsiderado honesto que a un cerdo traidor educado. ¿Y si la dama era una impostora con deseos de matarlo? No era novedad; la mitad de París quería su cabeza en una lanza, y la otra, desparramada en las calles. No quería ser protegido; quería ser lo que siempre había sido: un soldado en la línea del frente.

Apenas llegó al lugar, cerró la puerta tras de sí, sin hacer uso de ningún cerrojo. No quería manchar la reputación de ninguna mujer, pero ella lo había decidido así.

Avanzó con los brazos relajados, uno a cada lado, hacia Danna. Buscaba en su mirada posibles titubeos que delataran que se traía algo entre manos. En cualquier momento, algo se le podía escapar. Se detuvo a una distancia prudente y habló:

Primero lo básico. Usted sabe mi nombre, pero yo no conozco el suyo. Haga el favor de presentarse. — solicitó con premura. Mientras más tiempo permanecieran allí, más probabilidades tenían de ser oídos por indeseables — Parece que va en serio. Sería muy incauto de mi parte si creyera las palabras de una mujer ardiendo en ira, pero si presumiese que usted delira, tendría que ignorar el que haya formulado sus acusaciones con tanta lógica y certeza. Sé que no está mintiendo, pero si hay una cuota de duda en lo que dice, dígalo ya. Sepa que es grave. Explíqueme lo que sabe y cómo. No significan nada para usted, lo entiendo, pero para mí, es familia.

Y se sentía como el infierno ser apuñalado por la propia estirpe.


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Re: El silencio de los ahorcados | Fernand de Louvencourt

Mensaje por Danna Dianceht el Mar Jul 18, 2017 10:15 am

Hasta la camaradería más acérrima se quiebra,
cuando uno de sus congéneres es infectado
por el mal denominado "ego común".
—Anonimo


Cada uno de los detalles y de los movimientos del licántropo que ahora compartía espacio con la duquesa, esta había sido consciente de todos y cada uno de ellos. Desde que este la había seguido acompañado de un hombre que se había quedado esperando a las afueras de la habitación, hasta la forma en que él había finalmente entrado en la estancia, Danna había estado pendiente de todo. Por nimiedad que pudiera ser o considerarse, la licantropa era consciente de que hasta incluso aquello que no crees que tenga importancia, llegado al instante de la verdad; lo tiene. Y ella no había ido hasta allí y exponerse como se exponía a que la inquisición la viera acompañando la figura y las maquinaciones de ese hombre, sin saber que debía de encontrar y que no en aquel hombre. Y por el momento, cada uno de los gestos, hasta en la fuerza de la mirada masculina encontraba lo que aquellos soldados le habían relatado sobre él, y sobre su carácter. Con él, de no atacarle estaría segura, o por lo menos, lo mas segura posible en las actuales circunstancias, en las que de los dos, el que parecía tener mas prisa por terminar el breve encuentro, era él y no ella.

Entiendo vuestra premura, aún así no llego a entender de que pueda llegar a temer, estando rodeado de los suyos y de mis hombres. —Dijo caminando hacia una de las sillas en uno de los extremos que se encontraba tras un viejo escritorio que para lo que la ocasión ameritaba, se antojaba perfecto. Se volvió hacia el lobo y mientras se sentaba en una de las sillas le invitó con una de sus manos a tomar asiento en la contraria para poder así empezar, la inesperada reunión. — Soy Danna de Dianceht y rijo un ducado en Escocia, donde guardo y protejo las aldeas y pueblos de los alrededores. Y las acusaciones que le traigo me han llevado a viajar desde Escocia hasta Francia, solo por encontrarle y darle a conocer los hechos que en mis tierras llegaron a hacerse en su nombre.

A cualquiera que le dijera algo parecido, sabía de primera mano que la curiosidad sería inmediata. ¿Alguien que viajaba de tan lejos solo por poner en conocimiento a una tercera persona de ese suceso? Algo de vital importancia o de suma gravedad llevaba a la realeza a abandonar sus ducados y patrimonios por viajes más largos y oscuros que la regencia de sus tierras y sus linajes. Y viendo a Danna, con quien también compartía la condición de la licantropía y el espíritu más aguerrido de sus antepasados, estaba mas que clarificado que en su esmeralda mirada no hubiese ni un poco de duda o miedo. Estaba ahí por una razón y esa razón sería clarificada, tanto o más, como los motivos que llevaban a aquel aguerrido lobo a presentar batalla contra la inquisición. Una empresa tan costosa y difícil, que otros muchos antes habían llevado a cabo y habían perdido contra la milicia eclesiástica. Aún así, ahora que estaba frente a él, era consciente de que ese hombre escondía más de lo que parecía.

Sin entrar en detalles escabrosos de los hechos, tres de vuestros soldados llegaron a mis tierras y en una noche de luna llena atacaron mi ducado, llevándose consigo a tres infantes, hijos de mi guardia personal. Ahora se preguntará, si eso es todo y os diré que no. Esos hombres al día siguiente cuando fueron apresados, confesaron actuar en su nombre en una búsqueda de llenar sus filas de licántropos, yendo esencialmente a por los niños por razón de poder entrenarles y así empezar a crear y a abastecer vuestro ejercito de hombres lobos. –Su mirada en todo momento recaía sobre la masculina con suma tranquilidad y viendo sus facciones, presintió que no era algo que le alegrase en demasía, así como ella, en cuanto oyó tales estupideces de aquellos soldados. Estupideces; pero que en manos de malos hombres, podían hacer tanto o más daño del que ya habían provocado llevándose la vida de tres niños inocentes de todo mal. – Ahora que ya os he informado en grandes pinceladas de los sucesos, podríais decirme cuanto tenéis que ver en ello? Esos hombres murieron con el juramento de serviros hasta el último instante de sus vidas, y en ningún momento, parecieron lamentar ninguna de aquellas muertes. Entended ahora la gravedad del asunto.



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Re: El silencio de los ahorcados | Fernand de Louvencourt

Mensaje por Fernand de Louvencourt el Vie Oct 06, 2017 9:50 pm

Debía tener cuidado con aquella mujer, con esa loba perfumada cuyo no era posible disfrazar. El hermano mayor de Fernand le había dejado una enseñanza antes de morir: «Un diablo, cuando es diablo, uno lo ve y se aparta, pero cuando se las da de santo, elude hasta a Dios». Creía en la urgencia de la loba, en la certeza que transmitía su voz, en el fuego de sus ojos, tan similar al propio. Entre licántropos, intentar mentir era dispararse a los pies. Un absurdo, una impertinencia que no lograba más que la pérdida de paciencia. Sin embargo, ¿se podía confiar en esos individuos que la Duquesa mencionaba? Fernand tenía serias dudas.

El Insurrecto oyó a la mujer con atención, repasando varias veces cada una de las frases en su cabeza. A la primera oía como Fernand de Louvencourt; a la segunda, como alguien ajeno a la conversación que miraba desde fuera. Finalmente ubicó ambas manos sobre la mesa, apoyándose sobre los brazos abiertos, y miró a Danna.

Usted ha viajado por mar y tierra, reflexionado con la almohada sin dormir, y soportado la tosquedad de los hombres. Todo para llegar aquí, por respuestas y responsables. La Orden de los Insurrectos jamás repetiría el círculo esclavizador que usó la Inquisición con sus miembros, con nosotros, hasta llevarnos a la masacre. Es el sistema que queremos derrocar. Sobre esos hombres, me pone en aprietos, porque le creo. Seres como usted y yo no podemos ocultarnos muchas cosas. Desde aquí oigo, y sin necesidad de instrumentos, cada uno sus latidos. Si me estuviera mintiendo, su cuerpo me lo diría. — habló con franqueza, pero con un halo de complicación — Pero yo soy sólo un hombre de esta Orden, elegido por mis hombres. Pusimos límite a nuestros individualismos para poder confiar los unos a los otros. No puedo dirigirme a ellos ensalzando a nuestra raza como explicación a por qué deberíamos creerle a una desconocida que hace denuncias tan graves. Eso plantaría la ofensa en algunos corazones y una herida al ego es el primer paso para separar a los hermanos. Una fisura es justo lo que esperan mis enemigos para entrar a nuestras defensas y destruirlas desde adentro. Tengo que pensar en el peor escenario.

Se movió de la mesa hacia una silla y tomó asiento, conteniendo su brío de animal. Es que las palabras de Danna habían hecho reflotar el amargo pasado en el que veía adoctrinar las mentes a la fuerza y le parecía bien. Qué vergüenza, qué deshonra, su malsana y tonta juventud. Bufó para apartar las malas memorias y recuperó la compostura en un instante. Estaba delante de alguien que podía ser crucial, para bien o para mal.

Sé que está siendo honesta. Hasta ahí vamos bien. El problema es que es perfectamente posible que el objetivo de esos hombres haya sido traerla hasta aquí para hablar conmigo y desmoralizar a la Orden y quebrar la confianza, que es base de nuestra organización. Querrían hacer eso porque sirven a la Inquisición o a algún particular que tenga intereses contrapuestos a los nuestros. ¿Dispone de alguna prueba para enseñar a mis hombres? Cosas materiales, como un documento, mapas, símbolos, una prenda. Que no les quepa duda, ni a los sobrenaturales ni a los humanos. Aquí, hasta los aromas pueden marcar la diferencia.


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