Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Sin miedo a nada (Privado)

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Sin miedo a nada (Privado)

Mensaje por Amélie Zwaan el Dom Mayo 14, 2017 12:35 am

"El mundo cambia si dos se miran y se reconocen."
Octavio Paz.




Muchas cosas habían cambiado en la vida de Amélie Zwaan en esos últimos meses. No era y no volvería a ser ya nunca más esa niña callada, solitaria e insegura. Había cruzado sus propios límites, se había enfrentado -como la poderosa guerrera que en realidad no era- a sus estructuras. Y había ganado.

Allí estaba ahora, ¿quien lo hubiera dicho? Ella -Amélie, la siempre cuidada niña, la que no salía jamás sin compañía, la dulce y femenina jovencita-, ahora era muy diferente y estaba haciendo cosas realmente imposibles.
Lorraine la había ayudado mucho, por primera vez en mucho tiempo se había vuelto a sentir cuidada con ese cuidado que solo las madres pueden brindar… pero Amélie sólo tenía un objetivo en mente y su nombre era Quentin Zwaan, con ubicación en París.

Le había costado tanto llegar… mas allí estaba ahora y no había tardado en averiguar algunas cosas sobre su hermano; salía poco, no se lo veía con mucha gente y gustaba de pasar tiempo en la biblioteca. No era mucha, pero era la información que tenía y le había costado mucho conseguirla… había tenido que besar a un joven empleado de esa enorme casa para que le dijera aquellas cosas acerca de Quentin.
Intentó pedirle al hombre que la dejase pasar, que la anunciara ante el señor Zwaan como una visitante… pero él se negó, aduciendo que podría perder su empleo por hacer algo así y que si ella pretendía que se pusiese en ese riesgo tendría que darle algo más a cambio. Un golpe le dio, por supuesto. Ofendida salió de allí, pero regresó al día siguiente y al otro y después al otro. Nunca la dejaron entrar ¡ni siquiera la anunciaron! ¿Por qué eran tan maleducados? ¿Acaso su hermano sería así también?
Cansada de ir una y otra vez de aquel lugar al hotel, Amélie –loca e insensata como se había vuelto- resolvió que esperaría cerca de la entrada. Decidió aguardar a que Quentin saliera de la casa, en algún momento tendría que ir a algún lado y no importaba si lo hacía en horas o en días, paciente Amélie lo esperaría al costado del camino, en la zona de los árboles. Ella no tenía qué perder y tampoco le temía a nada.

Rezó para que él saliera pronto, pues en tres o cuatro noches habría luna llena, su cuerpo ya comenzaba a alertarla de aquello, y Dios la oyó. Pues la mañana siguiente vio movimientos cerca de la reja… un coche se preparaba para salir de la casa y solo podía ser su hermano.


-Hola, soy Amélie Zwaan… sí, tenemos el mismo apellido ¡y no es casualidad! -ensayó en un susurro mientras intentaba acomodar su cabello negro-. ¡No, estoy sonando como tonta! Hola, somos hermanos –probó, pero la frase tampoco la convenció.

Estaba ansiosa, quería que el coche saliera ya mismo, y a la vez tan nerviosa… ¡Tenía un hermano e iba a conocerlo! ¡Su vida iba a cambiar!
Todo había sido una mentira. Tarde -pues su padre ya había muerto- había sabido que el respetado señor Zwaan tenía dos familias y que ella no estaba tan sola en el mundo como creía... De igual modo lo había perdonado. Nada, ni siquiera una mentira así, podía hacer que ella amara menos a su padre.
Al oír los cascos retumbantes, Amélie volvió a la realidad. ¡Por fin iba a poder ver a su hermano! Pero estaba ojerosa, despeinada y con su vestido rosa pálido lleno de hojas, producto de haber dormido en el pasto la última noche. Eso, aunque era algo frívolo, también la preocupaba.


“Si Lorraine supiera lo que estoy haciendo me mataría”, pensó, segura de que la mujer no lo aprobaría.

-Me llamo Amélie y mi padre me pidió que te buscase, me dijo que somos hermanos, Quentin… ¡No, no puedo empezar mintiéndole!

Oculta detrás de los árboles observó que el carro ya estaba relativamente cerca. Hizo un último intento por acomodar su cabello largo y lacio, pero sabía que ya no tenía solución posible.

“Padre, ayúdame. Sólo quiero que Quentin me quiera”, le dijo con el corazón mientras alzaba su mirada al cielo.

Amélie Zwaan se llenó los pulmones con el aire frío de la mañana y, cuando el coche pasó junto a ella, salió de su escondite:


-¡Quentin! ¡Quentin! –gritó, mientras se cruzaba frente a los caballos, obligando al cochero a frenar-. ¡Quentin, necesito hablar contigo! –El hombre hizo que los animales se detuvieran a tiempo y comenzó a insultarla, pero Amélie no lo oyó. Se ubicó al costado y comenzó a golpear la puertilla-: ¡Quentin, tengo que decirte algo! ¡Ábreme, es importante! Ábreme, por favor –rogó, sin dejar de golpear con el puño cerrado. La adrenalina la movía y no le permitía pensar con claridad, ni siquiera sabía qué estaba haciendo, no era consiente de que tal vez él la creyera una ladronzuela-. ¡Quentin, quiero decirte algo!

El cochero llegó a ella rápidamente y comenzó a tirar de su brazo, gritando cosas que ella no entendía. Mientras Amélie forcejeaba con el hombre la puerta finalmente se abrió, hacia afuera, y por ese impulso ella acabó cayendo de espaldas sobre el suelo regado de pequeñas piedritas.
Desde allí, completamente avergonzada por haber caído, lo vio. Sus miradas se encontraron y, aunque ella tenía la boca abierta y estaba dispuesta a seguir hablando, las palabras la abandonaron.




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Re: Sin miedo a nada (Privado)

Mensaje por Quentin Zwaan el Sáb Mayo 20, 2017 6:34 pm

Resultaba algo irreal aun el verse ahora sentado en una mesa que difícilmente se podría llenar. Los manjares que a diario eran preparados con esmero por indicaciones de su tío ya fallecido eran estrictas y dentro de las mismas había dejado claramente que nada debía faltarle. La servidumbre se había habituado ya en el trascurso de un año a las vagas demandas de Quentin, quien nunca se vio como un joven presuntuoso o egoísta, al contrario algunos murmuraban que su falta de carácter le convertía en un joven que difícilmente sería capaz de llevar a cabo continuar con el protocolo del papeleo de los negocios marítimos que su padre había dejado inconclusos o incluso el simple hecho de no tener temple al momento de ordenar algo.

Así que cuando el chico pedía le escoltaran hacia la biblioteca o el sanatorio no se rehusaban normalmente. Una vez que terminó de probar su desayuno le colocaron una gabardina sobre sus hombros advirtiéndole que el cochero estaba listo.

Abandonó la mesa y regaló una reverencia a la mujer de cuerpo rollizo quien se hacía cargo de la comida en la mansión.

–Muchas gracias Marie, todo ha estado exquisito como de costumbre, por favor no me esperen para comer–

Mencionó ligeramente apenado y se encaminó hacia la puerta, ascendió al carromato y suspiró con desgano cuando su saludo matinal no fue respondido por el cochero. Un hombre en demasía amargado por las circunstancias que la vida le había regalado. Quentin no lo culpaba, pero pensaba que no era justo que se rodeara de esa negatividad.

–Hacia el sanatorio por favor–

Mencionó mientras los caballos relinchaban y daban rienda suelta al incomodo paseo. La mirada del joven Zwaan se perdió por unos instantes en la arboleda que se erguía hacia los costados brindando ese aire de nobleza en el jardín extenso. Sus pensamientos etéreos se nublaron por completo cuando se percató de que alguien en el exterior le llamaba por su nombre. No esperaba visitas ese día, de hecho muy pocos se aproximaban a la verja a preguntar por Quentin, la mayor parte de los socios comerciales se habían marchado ya de la capital cuando se vieron en ruinas. ¿Quién podría ser entonces? ¿Marie? ¿Habría sido lo suficientemente despistado como para olvidar algo en el comedor?

Los gritos se volvían cada vez más palpables y la carroza se frenó de manera estrepitosa. Supo entonces que no se trataba de Marie y de inmediato buscó la manera de abrir la ventanilla, escuchó al cochero maltratarle con adjetivos innecesarios y tuvo que reincorporarse completamente para abrir la puerta. Inesperadamente este movimiento provocó la caída de una joven que clamaba su nombre con desesperación y angustia. La primera reacción de Quentin fue bajar para ayudarle y cerciorarse de que nada grave le había ocurrido en su caída.

–Madmoiselle ¿Se encuentra bien?–
De inmediato le ayudó a incorporarse, notó su estado de desvelo en el rostro.

–Dígame ¿Se encuentra bien? Ha sido un error mío el abrir de dicha forma la puerta, le pido una sincera disculpa–

Cuando se hallaron de pie una extraña sensación le invadió el cuerpo provocando que sus latidos se aceleraran de forma repentina.

–Me temo que no la conozco ¿Nos hemos visto antes? ¿Necesita algo?–

Un par de segundos bastaron para que su mundo cambiara, aunque ni siquiera sospechaba la magnitud que acarrearía dicho encuentro.




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Re: Sin miedo a nada (Privado)

Mensaje por Amélie Zwaan el Dom Mayo 21, 2017 1:31 pm

Aceptó la mano cálida que su hermano le tendía y se puso nuevamente en pie, acercándose a él sin dejar de observarlo. Podía reconocer algunos rasgos de su padre en él, la forma de sus cejas, el color del cabello… sus ojos. Sus ojos eran como los de su padre y eso –volver a encontrar la mirada de él en alguien a quien jamás había visto antes- la conmovió tanto que Amélie tuvo que respirar profundamente para no llorar.

-Sí, estoy bien… No nos conocemos, Quentin, pero tengo algo importante que hablar contigo. Necesito que me escuches, aquí mismo, dentro del coche o de la casa, lo mismo da… pero tengo que hablar contigo de inmediato.

Todavía apretaba la mano de Quentin con la suya, y no pensaba soltarlo, cuando el cochero comenzó a amenazarla con llevarla a la fuerza ante la policía si no se alejaba de inmediato de su señor. ¡Qué descaro! ¡Un simple cochero amenazando a una señorita de buena posición! Estaba azorada. ¿Acaso su hermano no era lo suficientemente firme en sus órdenes? ¿Por qué permitía que aquel inculto hablase de esa forma tan vulgar en su presencia?

-¡No sea impertinente! –le ordenó, poniéndose rápidamente en su lugar de jovencita de buena familia-. ¿Cómo se atreve a hablar de esa forma delante de nosotros? ¡Soy yo quien debería llevarlo ante la policía por haberme tocado como lo hizo! ¡Fue usted quien me empujó! –mentía y los tres lo sabían, pero no le importaba… él era solo un cochero mientras que ella era Amélie Zwaan y podía probarlo, tenía documentación que certificaba su identidad-. ¡Cállese ya mismo y vuelva a conducir el carro, que estar entre caballos es su misión en esta vida! ¡Vamos, rápido, no nos haga perder el tiempo! –apremió ante la cara de asombro que el hombre puso.

Tiró de Quentin y se metió con él en el coche, cuando se acomodaron cerró la puertilla. Sabía que estaba loca, que hacía lo que no se debía hacer… ¡Dándole órdenes a empleados ajenos! Pero ella estaba allí por algo mucho más importante, un hombre como aquel no la detendría.
Cuando el carro comenzó a moverse, Amélie volvió a mirar a Quentin, a sentir la mirada de su padre a través de él. Que dócil era… la había seguido sin más.


-Perdona todo esto –le dijo, pues el primer encuentro con él no estaba siendo lo que ella había idealizado-. Me llamo Amélie… y quiero mostrarte algo –había dudado, ¿era mejor decir la verdad o que él la leyera? La voz comenzaba a fallarle, por lo que eligió la segunda opción. Rebuscó entre los bolsillos internos de su vestido y sacó los sobres de los que no se había despegado jamás en esos meses, desde que sabía la verdad-. Toma… estas son cosas que escribió mi padre. Yo crecí en Le Havre, esta es mi carta de nacimiento –le tendió el papel-, y estos son otros documentos que indican qué debía hacerse en caso de que él falleciese.

Todo se lo dio, sin miedo. No sabía a dónde se dirigía el coche, tampoco si estaba encerrada allí con alguien que podría querer lastimarla al saber la verdad… No lo conocía, no podía adivinar lo que ocurriría a continuación, pero Amélie no tenía miedo pues su hermano parecía ser un joven bueno.




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Re: Sin miedo a nada (Privado)

Mensaje por Quentin Zwaan el Lun Jun 19, 2017 5:44 pm

Todo ocurría de manera tan rápida que apenas podía reaccionar ante los impulsos de la joven. Una extraña sensación le invadió repentinamente pero no supo cómo describirla. Como si el mero hecho de intercambiar palabras con ella fuese una especie de deja vu o un sueño que venía siendo repetitivo en días pasado y se concretaba finalmente al tenerle frente a frente, pero ¿Por qué? Sus latidos se tornaron salvajes al punto de casi estallar dentro de su pecho. No había sentido esa sensación más que en un par de ocasiones donde las pesadillas de sus días lúgubres aun venían a rondar sus sueños de vez en cuando, pero hacía un mes desde la última batalla interna contra sus demonios. Aunque no era exactamente igual puesto que este sentimiento acarreaba cierto aire de nostalgia. Ensimismado en esos pasajes turbios, aterrizó una vez más cuando la joven se enfrascaba en una ligera discusión con el chofer. Hizo amago de gritar y pedir que dejaran el tema en paz. Pero era demasiado menguado para interrumpir.

Solo fue testigo de aquel acto donde la joven de buenas a primeras había cerrado la puertecilla y ordenaba como una dama de buena cuna al chofer dirigirse al sitio donde originalmente se le había pedido unos minutos atrás. De mala gana el hombre solo miró con ojos de furia al heredero Zwaan y tiró de los caballos una vez más. Admiraba con fervor aquella fuerza en la voz de la desconocida, porque en más de una ocasión él había querido tener ese poder de autoridad pero los nervios lo traicionaban y prefería callar que ser descortés con la servidumbre. Ligeramente sobresaltado miró nuevamente a la joven y pudo hallar ciertos rasgos propios en ella: el color de cabello, las líneas de expresión que se dibujaban cuando fruncía el entrecejo y por unos segundos un recuerdo de su infancia se coló hasta esa escena. Si la memoria no le traicionaba le pareció ver a su madre reprimiéndole como cuando era pequeño. Eran pocas cosas que recordaba de sus padres y aunque fue un choque fugaz, fue real y tangible.

–De…descuide madmoiselle–

Iba a decir lo que su presencia acarreaba hacia él cuando se presentó un poco más tranquila y fue interrumpido.

Con detenimiento recibió los sobres y poco a poco comenzó a extraer las cartas y documentación.

–“Le Havre” –

Se detuvo un par de segundos. Sí. Su padre había mencionado aquel lugar en más de una ocasión y lo recordaba a la perfección porque había anotado ese nombre en sus cuadernillos para no olvidar aquel dato que le parecía importante. Siguió pasando sus ojos por las anotaciones y misivas que le habían sido entregados.

–Mucho gusto Amélie, sabe. Mi abuela se llamaba así o al menos eso creo recordar– sonrió con timidez –Pero como es que sabes mi…–

Su oración quedó a la mitad al sostener entre sus manos un acta de nacimiento, el registro que probaba que aquella mujer era más que una desconocida.

–¿Zwaan LeBlanc? Madmoiselle usted tiene los mismos apellidos que yo…–


El resto de las hojas cayeron de sus manos y solo el golpeteo de una lágrima sobre aquel documento que aun sostenía se escuchó. Pudo haber reaccionado de muchas formas, no obstante su única respuesta fue abrazarle, quería decirle muchas cosas y solo se le ocurrió quedarse ahí unos minutos cerca de ella.




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