Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Floral & Fading {Aurélien Varèse}

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Floral & Fading {Aurélien Varèse}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Mar Mayo 16, 2017 2:31 pm

En los últimos días, había constatado empíricamente algo de lo que, por otro lado, había estado segura antes incluso de hacer la prueba: la diplomacia no llevaba a ningún sitio. No, no se trataba de que yo fuera una radical de cuidado, aunque media facción mía (calculando a ojo y a la baja, debo decir) pareciera pensar eso: se trataba más bien de que la Inquisición funcionaba como a ella le daba la maldita gana, y cuando seres tan egocéntricos como yo en mis mejores días la poblaban, pues así era imposible que hubiera entendimiento, claro. De no ser porque yo tenía muy claro que no creía ni, probablemente, jamás creería en Dios, me habría convencido de que los milagros existían simplemente por el hecho de que el Santo Oficio seguía, contra todo pronóstico y testarudo como él solo, funcionando, y hasta a veces cumplía sus objetivos. El hecho de que yo no estuviera de acuerdo con ellos no significaba que no tuvieran ese mérito, al César lo que es del César, y debía reconocerles que al menos el motor viejo y con la mitad de los engranajes rotos seguía tirando, por lo pronto. El problema residía cuando querías meterte dentro de ese conjunto de tuercas que se escapaban cuando tocabas la equivocada y te dabas cuenta de la suerte que era que algo o alguien tuviera algo medianamente claro ahí dentro. Luego con razón me llamaban a mí histérica: ¿cómo no iba a amagar con estarlo si debía tratar con semejante panda de memos? Cuando no se trataba de inútiles integrales, estirados o fanáticos, llegaban los que se creían demasiado importantes para ser molestados por otros inquisidores, ¡no fuera a ser que se contagiaran de algo...! Y en esas estaba, precisamente, tras recibir la octava negativa por parte del maldito líder de una facción a la que yo pertenecía pero en realidad no a reunirme con él, según decía porque estaba demasiado ocupado y lo que fuera que tuviera que decirle se lo podía decir a sus secretarios e intermediarios varios.

– Te voy a decir yo por dónde te puedes meter a tus intermediarios, cielo.

Absolutamente indignada, pues, ante la fútil insistencia que había estado llevando a cabo desde hacía días, arrugué el papel con la citación para uno de sus secretarios y lo arrojé lejos, para que no se le ocurriera volver a recordarme la negativa. Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, eso fue precisamente lo que hizo el papel, pero para mi fortuna me recordó algo en lo que debía pensar si quería enfrentarme a Aurélien Varese y salir victoriosa: si la montaña no iba a Mahoma, sería Mahoma el que tendría que ir a la montaña. O, lo que era lo mismo: si jugando con sus reglas no conseguía ningún resultado que me interesara, debía jugar con las mías propias para que, así, pudiera hacerme el enorme honor de enfrentarse a mí como llevaba tiempo queriendo que hiciera. Así pues, decidí en ese momento el curso de acción que debía seguir: primero, investigaría como si fuera una espía, y no un soldado; después, tendería una trampa; finalmente, él vendría. ¡Fácil, sencillo y a prueba de arrogantes incluso de su nivel! Ayudaba, por supuesto, que gozara de los medios para poder permitirme chantajear a sus secretarios, bien fueran económicos o anatómicos, porque varios de ellos se distraían tan fácilmente con mis encantos que resultaba hasta ofensivo no valerme de ellos para conseguir lo que quería... Así pues, averigüé que a veces actuaba de hermanita de la caridad y que no era infrecuente verlo en las calles con los desamparados, como si un hombre de su descripción no fuera imposible de perder de vista aunque se intentara; además, también averigüé que amaba las plantas e incluso tenía su propio jardín, cercano a Notre Dame. Ese era, exactamente, el tipo de información que yo deseaba recabar, y precisamente del que me valí para citarlo en ese mismo lugar, a través de uno de sus secretarios (al que había chantajeado, por supuesto: cualquier cosa con tal de convencerlo para que hiciera el trabajo), un par de noches después, alegando que tenía información valiosa para él. Así pues, cuando el día de la cita llegó, yo me cerca de la puerta, junto a un rosal particularmente bello, a esperarlo, y cuando finalmente llegó, fui más rápida que él y cerré la puerta de acceso con llave, apoyándome en ella para que no se atreviera a huir, no aún.

– Así que esto es lo que tiene que hacer una mujer para conseguir tu atención... No, ahora en serio, ¿planeabas verme dentro de este siglo o hacer un hueco en tu apretadísima agenda para una compañera, líder de facción, es demasiado costoso para ti? Pregunto por curiosidad, ¿eh?, sin acritud. Con acritud va esta pregunta: ¿cuándo demonios vas a dejarme utilizar a mis soldados condenados para las misiones que yo tengo planeadas desde hace meses con la excusa de que tú los necesitas?



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Re: Floral & Fading {Aurélien Varèse}

Mensaje por Aurélien Varèse el Lun Jul 03, 2017 10:30 pm


Aurélien Varèse siempre estaba ocupado. Era algo que todos sabían. Eso sí, pocos, o nadie, tenía la certeza de qué, sólo se tenía la noción de que recibir audiencia era virtualmente imposible. Pero no faltaban los necios, como era siempre. Usualmente el hechicero no se enteraba de los fútiles intentos de todo mundo por tratar de contactarlo. Tenía personal de sobra para para esas balas. La mayoría de las personas aceptaban con resignación tratar con él por medio de intermediarios.

No obstante, siempre había alguien que se salía de la norma. Uno de sus hombres, heraldo, secretario y escudo que impedía que el mundo exterior lo viera, fue a verlo, aunque sus esbirros mismos sabían que ni ellos tenían ese derecho. «Es la octava vez que escribe» le dijo. Y Aurélien, con un desapego y una convicción brutales, respondió que entonces sería la octava vez que le dijeran que no. Con ello creyó que el asunto quedaría zanjado y él podría seguir con su vida, que ya era bastante complicada, como falso Varèse, Carracci escondido, hermano mayor en busca de su hermana menor, hombre piadoso, jardinero, y por sobre todas las cosas, líder de una facción de la Inquisición; la más complicada, si se quería, la que juntaba a personas como él, que querían buscar redención. O no… la verdad es que la mayoría de los Condenados estaban ahí metidos por muchos motivos, sórdidos o no, pero pocos tenían que ver con encontrar manumisión a sus pecados.

Pasaron las noches, Aurélien incluso había olvidado el asunto de la líder de los Soldados tratando de contactarlo con tanta insistencia. Había recibido un mensaje críptico, sobre información que podía ser de su interés y ese asunto era el que ocupaba su mente ahora. Había aprendido, desde mucho antes de entrar a las filas de la Inquisición, que ese tipo de cosas no debían echarse en saco roto. Y en todo caso, si iba a una trampa, ¿qué iban a hacerle? Sabía defenderse demasiado bien.

Tras pasar por la Corte de los Milagros y repartir mantas y revisar los avances de un pequeño huerto que les había enseñado a cuidar a los vagos y enfermos, se dirigió al jardín propio en las inmediaciones de Notre Dame. El lugar causaba mucho revuelo, porque a veces, cuando el resto de las plantas de París no reverdecían, ese pequeño espacio era como una esmeralda en el corazón de una ciudad gris. Por supuesto, Aurélien hacía uso de las habilidades que los hermanos Sorrentino le habían legado.

Tan pronto puso un pie en ese terreno fértil que tan bien conocía, escuchó el chirriar de los goznes de la puerta. Se giró y vio a esta mujer cerrando, interponiéndose entre la única salida y él. Fue a preguntar qué demonios sucedía, pero ella sola respondió. Nunca había visto su rostro, sin embargo esas palabras le dejaron claro quién era: Abigail Zarkozi. Suspiró y le dedicó una mirada indescifrable.

Por fin nos conocemos —habló con parquedad. Sus palabras fueron una bofetada—. Muy astuta, madeimoselle Zarkozi, aunque usted y yo sabemos que su cuerpo interpuesto en mi camino no me detendría si quisiera irme ahora mismo, ¿verdad? —Avanzó con paso lento, aunque cuando fue a acercarse más, terminó por desviar sus pasos hacia el rosal que era uno de sus orgullos. Tomó con delicadeza una flor y se agachó para olerla.

Son también mis hombres, parece que lo olvida. Y sus habilidades los hacen más solicitados para tareas más complejas —continuó sin mirarla, en cambio, con las manos desnudas arrancó un par de hojas del matorral, que estaba impidiendo que éste floreciera aún más. Siguió avanzando entre plantas—. Es demasiado costoso, sí. Por mucho que sea mi colega. Una líder de facción como yo. Ocupo mi tiempo en asuntos de mayor relevancia, para atender este tipo de desencuentros tengo mucha gente capacitada. Me insulta al no haber aceptado hablar con ninguno de ellos. Están a mi servicio por algo, son personas de mi plena confianza —se envaró ahí, entre plantas. Parecía un rey pagano, y había algo de ello en su estampa. Imponía, y lo sabía, no obstante, Abigail lo hacía también.


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Re: Floral & Fading {Aurélien Varèse}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Lun Jul 10, 2017 2:15 pm

De acuerdo, tal vez mi cuerpo no fuera a suponer un impedimento para que él se marchara si deseara hacerlo, pero igual que eso lo sabíamos los dos, también éramos plenamente conscientes de que lo intentaría, y no hacía falta conocerme para llegar a esa conclusión porque, siendo franca, sólo encontrarme allí ya le indicaba cuál era mi carácter. De forma semejante, el hecho de haber tenido que recurrir a semejante artimaña para ganarme una audiencia con él, que ni que fuera el rey de Francia, me gritaba la clase de hombre que era él, uno tan seco y tan orgulloso que de verdad me hacía preguntarme si no tendría ínfulas de la realeza. ¿En serio, de verdad me tocaba aguantar a alguien así? Ya no se trataba solamente de haberme topado con la Iglesia, algo a lo que me había terminado por acostumbrar porque era mi estilo de vida, sino de haberme cruzado con un egocéntrico que se creía con la potestad de poder hablarme como le viniera en gana solamente porque... ¿por qué, exactamente? ¿Por ser líder de una facción a la que yo pertenecía, pero en realidad no? Espera, no podía ser eso el motivo de su arrogancia, no podía creerme que fuera tan obtuso para no entender algo tan básico de los condenados como que éramos de la facción que elegíamos ser, bien fuera la suya o la mía en mi propio caso. Desde luego, suficiente tenía con aguantarme las falsas autoridades de la Iglesia y de todos los altos cargos que tenía a mi alrededor (tantos y tan masculinos que, francamente, me aburrían hasta lo imposible, ¡no podía evitarlo! Y tampoco quería, pero eso no venía al caso) como para que encima él, un mandado como yo misma lo era para los que estaban demasiado ciegos para ver que hacía lo que yo quería, se creyera con la autoridad de cualquier tipo para discutirme. No, lo siento, por ahí no pasaba ni pasaría.

– El por fin lo veo un poquito innecesario dado que has hecho todo lo que está en tu mano para no conocerme, pero te lo voy a perdonar porque me siento generosa ahora mismo. Ah, y también te voy a ahorrar el trato educado cuando tus palabras se contradicen tanto con ese usted que me estás imponiendo; tutéame, Aurélien, qué menos que hacerme ese pequeño favor después de ignorarme por sistema y, cuando me tienes delante, decir que te pasarías mi cuerpo por donde te apeteciera si es que decidieras irte. Siendo así de desconsiderado conmigo no vas a llegar a ninguna parte.

No le ordené nada, ni tampoco utilicé un tono que pudiera confundirse con una petición: simplemente establecí una realidad, una que esperaba que él aceptara porque era cosa de lógica para mí que así lo hiciera, pero lo cierto era que me importaba muy poco cómo siguiera dirigiéndose a mí mientras siguiera haciéndolo. No era tan estúpida de dejarme llevar por el orgullo herido, que tampoco es que lo estuviera en demasía por otro lado, y desaprovechar la oportunidad que había tenido de pillarlo en su espacio privado para que me diera una audiencia que ya veía que iba a ser complicada. Sin embargo, tampoco iba a achantarme ante él y su aspecto de rey, lo cual reforzaba una vez más la idea que me había transmitido en un primer momento de que se lo tenía bastante más creidito de lo que le convenía y, desde luego, de lo que dejaba traslucir al resto. Eso explicaba las obras de caridad constantes y que se hubiera ganado la fama de ser alguien que se dejaba la piel por los más desfavorecidos: del mismo modo que solamente los más pecadores esgrimían la virtud y la necesidad de adherirse a ella como un lema existencial, sólo los más orgullosos y los que más superiores se creen gastan su tiempo dedicándose a la beneficencia y promocionándola como un rasgo de su carácter. Ya se sabe: dime de qué presumes... Pero, al margen de sabidurías populares, me fijé en él largo y tendido sin moverme de mi sitio contra la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y una de mis piernas doblada para apoyarla en la reja, más relajada de lo que cualquiera podría pensar. La enorme ventaja de haber lidiado con muchos hombres arrogantes en mi vida era que cuando me encontraba con otro más tenía la experiencia suficiente para que mis emociones no se llevaran lo mejor de mí, y algo me decía que, con Aurélien Varèse, debía luchar por mantener la cabeza lo más fría posible.

– Si te insulto, Aurélien, me temo que tienes dos problemas: sentirte insultado y después dejar de hacerlo, porque te aseguro que no me voy a disculpar. Si se tratara de uno de mis soldados, condenado o no, entendería los intermediarios, pero no eres mejor que yo para relegarme al último puesto de tu atención, lo creas o no, y más en un asunto serio. Del mismo modo, dirigir a los condenados no hace que ellos, nosotros, tengamos como tales tareas más difíciles, porque eso de la dificultad es algo muy subjetivo y, como comprenderás, abierto a debates. No he venido buscando pelearme contigo, no dejes que mi temperamento te confunda porque no es así; de hecho, prefería negociar, pero eres tú el que no ha dejado de ponerme dificultades en el camino. Así pues, dime, ¿hay algo que pueda hacer para negociar contigo? ¿O vas a seguir cerrado a cal y canto y me vas a hacer perder el tiempo?



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Re: Floral & Fading {Aurélien Varèse}

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