Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Quentin Zwaan el Vie Mayo 19, 2017 7:53 pm

Le susurraba secretos, ecos a sus oídos. Cánticos y silencios que se mezclaban, la sal, la carne y su pasado. La tenue brisa marina que le susurraba secretos a la impaciente marea que arrastra con ella finos granos de arena blanquecina y tapiza la playa de la ciudad parisina y sobre la cual el joven yacía sentado, con los brazos rodeando sus piernas, descalzo jugaba tranquilamente el aire con algunos mechones de su cabello. Su pálida piel parecía ser una con aquella gran alfombra de azúcar que era acariciada por el oleaje. Sus ojos se perdieron en la marea, en las formas caprichosas que el agua formaba, eran danzantes que reverenciaban y volvían a morir una vez más. No había nada en su mente, dejó descansar sus demonios y se tomó la tarde libre, últimamente no había mucha actividad en el sanatorio, lo cual era fabuloso pues aunque Quentin se consideraba un joven relativamente sano, no dejaba de frecuentar aquel sitio de vez en cuando.

Y el sol renuente a morir iluminaba con sus tibios y traviesos rayos la mirada de un par de ojos tristes que contemplaban su despedida en este trágico atardecer. Escuchó las risas de los niños jugando, y las conversaciones de adultos a su alrededor. Era un extraño en un mundo de fantasía, demasiado viejo para seguir soñando y muy joven para dormir en la rutina de sus deberes. Llevaba consigo sus viejas hojas donde solía hacer bocetos de lo que él consideraba importante para no olvidar. Descansaban en una pequeña bolsa de cuero que estaba a su lado izquierdo. Su mirada estaba posada en todo y nada a la vez. Solo quería estar alejado del sanatorio por un día. El agua llegaba de vez en cuando hasta rozar la punta de sus pies. Estiró los brazos hacia atrás recargándose en ellos, arqueó la espalda y dirigió su vista hacia un cielo aterciopelado.

Suspiró y cerró los ojos. Alejó todo sonido del exterior en su mente. Excepto el agua, bella sinfonía que le conducía hacia laberintos enmarañados en su consciencia. Se dejó guiar por aquellas vocecillas, navegaba en sus memorias más sin encontrar nada. Su padre, su madre. No había nada en ese hueco mundo que hacía tiempo le había brindado seguridad. No había nada. Y si bien el trabajo le distraía por momentos. En la noche, en la oscuridad volvía a sentirse solo. La compañía de los pacientes, los doctores, nada era suficiente para llenar ese espacio. Esos años que nadie sería capaz de devolverle. Atestó un golpe contra la arena. Furioso por no saber que ocurría con él. ¡Basta! No era momento de resucitar a los muertos, no era eso a lo que había venido. Atendió al llamado de la marea entonces. Permaneció en silencio, con la mirada en descanso. Se ancló nuevamente al momento, negándose a morir.




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Re: Mes Prières | Libre

Mensaje por Eun Mi Park el Jue Jun 29, 2017 10:44 pm

Cuando sus tristes recuerdos llegaban para atormentarla, Eun Mi, solía huir de la ciudad, tomaba algún carruaje y dejaba que el azar la llevara a donde el destino había prefijado un momento en su vida. Aquel día, había amanecido demasiado temprano, apenas el sol despuntó en el firmamento, los expresivos orbes de la oriental, hacía horas que se fijaban en el lento deambular de los vehículos y transeúntes que se dirigían a sus diferentes rutinas diarias.

El tener resuelto su situación económica, no la beneficiaba, ya que al no tener la necesidad de trabajar para mantenerse, sus horas pasaban tan lentas que se volvían una verdadera tortura. ¿que se suponía debía hacer una joven como ella? no era de edad avanzada como para ser parte de las damas de beneficencia, ni estaba casada para juntarse con las mujeres de la alta sociedad que parecían solo poder hablar de sus hijos, sus maridos y de los amantes que les devolvían un poco de pasión, faltante en sus apáticas vidas. Suspiró desilusionada por la vida que le tocaba vivir. Muchas veces se lamentaba de no poder comenzar con su verdadera misión en París, y así encontrar de una vez a esos inquisidores que habían perseguido y asesinado a sus padres y la habían retenido durante muchos meses a ella, siendo apenas una niña pequeña, en las mazmorras de la sede inquisitorial. Tras dos años de residir en la ciudad, aún no había conseguido la manera de acercarse a la peligrosa organización.

Cansada de su vida, de sus frustraciones y por sobre todo, de sentir que les había fallado a sus adorados padres, al no encontrar la manera de vengar sus muertes, decidió tomar un poco de aire fresco lejos de París. Fue por esa razón que aquella tarde, terminó en la Playa, apenas descender del coche y sentir en su rostro y cabellos, el fresco y húmedo viento que provenía del mar, el corazón de Eun Mi, pareció latir con mayor fuerza, como si un gran peso cayera a sus pies y por primera vez en años, volviera a sentirse como la criatura que solía correr por las arenas blancas de la playa de Haeundae en Busan, su ciudad natal.

Caminó por aquella playa, bordeando la orilla del mar, dejando que sus pies descalzos sintieran la frescura de las olas que lamían la blanca arena. Absorta en la marea, fue sorprendida cuando un poco de  arena golpeó sus pies y su vestido, como si alguien  hubiera tirado arena hacia donde ella pasaba, sin darse cuenta que podía ensuciar o golpear a un desconocido, - pero que demonios... - dijo sorprendida ante lo sucedido y buscando al responsable de aquella situación.



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