Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Davy Jones {Privado}

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Davy Jones {Privado}

Mensaje por Gaspard de Grailly el Dom Mayo 21, 2017 12:19 pm

Los muertos rodeaban a Gaspard quisiera o no: más allá de su trabajo como ladrón de tumbas profesional, el agua en el que se acababa de zambullir estaba tan fría como sólo los malditos cadáveres lo estaban y como alguien sólo lo notaba cuando los tenía piel contra piel, por eso de cargarlos a la espalda. El resurreccionista habría suspirado teatralmente por la coincidencia, pero estaba demasiado ocupado buceando con la fuerza de sus potentes brazadas, en dirección al fondo tenuemente iluminado por la luna, para malgastar aire. Y una cosa era robar cadáveres, y otra muy distinta convertirse en uno: ¡regla número uno de los ladrones de tumbas!

Hablando de eso: ¿qué demonios estaba haciendo él, precisamente él, en el puerto de Le Havre, tan lejos de cementerios varios y tan cerca de (ugh) gente de todos los tipos, razas, colores y hasta sabores, si le apuraban? Pues lo de siempre, claro: buscar muertos. Sólo que, esta vez, no eran los muertos de siempre, sino los restos de los navíos que se habían hundido allí cerca (mira que él sabía poco de barcos, pero había que ser cafre para hundir uno tan cerca del maldito puerto...) lo que estaba buscando. Y vaya si lo hacía bien, el muy maldito...

Estaba acostumbrado a bucear. En su ecléctica vida, había aprendido a hacerlo de muy niño, y no había querido nunca renunciar a la costumbre porque ¿quién sabía cuándo le podía venir bien? Era exactamente la misma lógica que aplicaba a la hora de, en fin, prácticamente todo lo demás, y por eso había terminado siendo como era: algo que ni siquiera él comprendía del todo, pero que sí que identificaba como sí mismo y como algo con lo que no estaba a disgusto la mayor parte del tiempo. ¿Cómo juzgarlo si sentía asco de sí mismo cuando apestaba a carne podrida...?

Esa era una ventaja del fondo del mar (¿dónde estarían las famosas llaves de la cancioncita infantil?, se preguntó mientras buceaba entre los restos del naufragio): no olía a nada. Tampoco se veía mucho, pero ya llevaba varias zambullidas y Gaspard era bueno en las cosas que hacía gracias al esfuerzo que les metía (doblemente si contaba el de intentar concentrarse), así que no tuvo problemas a la hora de encontrar el tesoro. Incluso bajo el agua, sin más testigo que la madera podrida (otra constante en su vida: la podredumbre), sonrió y cargó con todo lo que pudo hasta que sus pulmones le dijeron que mira, mejor parase, y se obligó a subir de nuevo a la superficie.

Cogió aire cuando rompió la superficie del agua y nadó hasta la superficie de madera, cerca del barco pirata, donde estaban sus cosas. Primero guardó todas sus ganancias en una bandolera que había cargado desde su casa en París, y sólo entonces salió del agua, impulsándose con los brazos y realizando el movimiento de forma tan fluida como lo habían sido los de dentro del agua. A continuación, sacudió la cabeza para quitarse el exceso de agua de los oídos y se quitó la camisa, de todas maneras empapada, con la que había nadado hasta el fondo: estando solo, como creía estarlo, no la necesitaba para nada...

O sí, pero esa era la magia de ser Gaspard: su mente no paraba nunca quieta y siempre encontraba algo en lo que entretenerse. En aquella ocasión, ese algo fue rasgar la tela y cubrirse los dedos, llenos de cortes producidos por las maderas del navío; a continuación, se cruzó la bandolera y sacó la bota de vino que, afortunadamente, había decidido llevar consigo (bendita fuera esa maravillosa lucidez que lo había invadido durante un minuto entero con la soldada de su anterior entrega y la cual había invertido en ese maravilloso vino bordelés). Con el gesto de alguien muy acostumbrado a hacerlo, soltó el pitorro y bebió del líquido con tanta ansia que las gotas de color burdeos se mezclaron y diluyeron con el agua que le caía, a gotitas, por el pecho desnudo.

Probablemente fue entonces cuando lo notó, pero se detuvo en seco porque él era así, muy de hacer las cosas de improviso y sin avisar. Por el rabillo del ojo, captó movimiento en el barco pirata, y sus reflejos brillantes de cazador le permitieron esquivar el cuchillo que le habían lanzado desde la cubierta del barco con tanta celeridad que Fausto, su maestro (bueno...) durante un tiempo se sentiría sumamente orgulloso. A ciegas, cogió el cuchillo y lo lanzó a la dirección en la que se lo habían enviado, con particular satisfacción cuando escuchó un quejido de dolor de alguien a quien había acertado de lleno.

Su sempiterna sonrisa burlona apareció de nuevo mientras se dirigía al navío, dispuesto a terminar con quien lo hubiera atacado: así lo exigía su orgullo, y también la oportunidad de llevarse a casa un buen cadáver recién matado que a frescura sería insuperable. Sería la primera vez que lo hacía, en cierto modo estaba hasta emocionado, y por eso aceleró el paso en dirección a la cubierta del barco, a la cual, sin embargo, no llegó. Se plantó en seco, y esta vez no por sus prontos hiperactivos, en cuanto vio al dueño de la voz que le había parecido escuchar de repente reprender a su atacante: un vampiro.

Esta vez, y a diferencia de otras, lo de que era un vampiro no lo sabía por su experiencia, sino porque a ese, en concreto, lo recordaba: ¡joder, cómo no recordar la primera vez que se había excitado en su maldita vida...! Pero no podía ser cierto, ¿no?, tenía que ser su mente que había puesto ese rostro en el de otro ser diferente. Se clavó las uñas en las palmas de las manos hasta hacerse sangre (aunque ni lo notó) para concentrarse y enfocar bien, de forma que sólo hubiera un pensamiento, la realidad, en su cabeza; apretó y apretó, y el pensamiento del vampiro no se desvaneció, lo cual lo dejó con la verdad desnuda ante él: ése era el vampiro. Y, anonadado como estaba, se acarició inconscientemente los tatuajes de sus antebrazos de forma también automática, pero con muchísimo significado.



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Re: Davy Jones {Privado}

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Jue Jun 01, 2017 2:43 am

El océano que narraban sus leyendas estaba rojo de la sangre de las sirenas, gemidos de dolor en lugar de cánticos de apareamiento y una hilera de cuerpos flotando tras su estela de fuego. Thibault soñaba, o creía soñar en su desvergonzado vampirismo, cuando la herejía y esas culpables contradicciones que brillaban por su ausencia la mayor parte de décadas se abrían camino como él durante sus abordajes: entre salpicones de carne y espadas.

Tenía sueños horribles al ojo humano, su mente había progresado demasiadas imágenes incluso para su condición sobrenatural. Ya había bastante que retener siendo sólo un vampiro que se bebía cada noche, imaginaos si le añadíais la sola visión de un lobo de mar perseguido a partes iguales por la justicia y sus hipócritas fantasías.

Un vampiro pirata no se bebía cada noche, un vampiro pirata era inmune a las resacas de la puta existencia. Por eso, para emborrachar al capitán Black Blood hacía falta vaciar el mundo, y quizá aún hubiera que esperar a la próxima remesa del día si tu puerto no se convertía antes en otro de los muchos que lo veían zarpar.

Tan inevitable como el estruendo de su voz en mitad de una batalla naval.

A Thibault solían gustarle sus sueños hasta cuando le asfixiaban el aire metafórico que asolaba su raza entera. Sus sueños eran lo único que le provocaba un mínimo de dolor real en siglos, eran macabros, arrolladores, portadores de una agonía oscura que se pintaba de rojo a la mínima insinuación de tortura. Una auténtica masacre mental que no era menos horrible porque, efectivamente, le gustara sino porque a pesar de todo, lo hacía: disfrutaba deliberadamente de sus propias pesadillas.

¿Podía haber una realidad más arrogante aun en su eterna victoria?

Así precisamente había acabado aquella noche, con los estragos arrogantes del día —porque si abandonaba pobremente la vigilia era sólo cuando sus posibilidades activas podían verse disminuidas por el efecto del sol— agolpados en su instinto de hombre, pirata y vampiro. Ni su sorna habitual le curvó una sonrisa en los momentos de extraño e íntimo apogeo que empleó para subir al Skyfall, como si acabara de volver del estómago de una bestia del averno, y despertar a su tripulación del falso letargo que producía con su sola ausencia. Hasta la última cuerda mal amarrada del barco se vio forzada a recuperar su entereza al tiempo que a los marineros se les hinchaba el pecho por donde él pasaba, pero de puro nervio, de pura sumisión. Gladiadores que más que saludar al César, habían descubierto el origen de su salvajismo para luego entregárselo, a gritos o en silencio. Aunque nadie, ni sus subordinados más influyentes, tuviera el valor de lanzar un solo respiro ante el sádico que ya no necesitaba hacerlo para seguir existiendo.  

Sus ojos verdes dejaron de taladrar al puñetero oxígeno mismo sólo cuando dio un trago al vaso de ron que portaba consigo, pero ése era el complemento menos extraño de su aparición. Su camisa, arremangada hasta los codos, estaba rajada por delante y por detrás, tan sucia de rojo como el color de su pelo y que gracias a aquellas manchas que le abarcaban todo el cuerpo no hacía tan evidente la pequeña zona esquilada de su barba próxima a la garganta y que por primera vez para muchos, facilitaba la visión del tatuaje de la cruz, ahora llena de sangre. En efecto, sí, el monstruo chorreaba sangre, la misma que había chupado aquella noche para alimentarse de más y que por descontado, no le pertenecía; no era negra como el nombre que hacía temblar cada boca durante casi doscientos años.

Anne fue la única que se atrevió a iniciar una pregunta al pasar por su lado y descubrir que la impactante oscuridad de su pecho también revelaba parte del símbolo allí tatuado, mas obtuvo su respuesta en el miedo que la invadió. Ni la delicadeza o la rima de un 'Hoy me he pasado con la cena y mis onanismos mentales no son aptos para mortales' hubiera sido más franca que el peligro que desprendía su mirada. Una que, sin duda, no pestañeó después de que el hombro del segundo timonel fuera repentinamente ensartado por un cuchillo que salió de la nada. Y eso era lo que cualquiera tenía a favor de aquel diablo ensangrentado que se plantó en la cubierta para contemplar desde arriba al causante con la broma del tiempo a su entera disposición: nada en absoluto.

Lo reconoció al instante, al igual que todo lo que había corrompido a su paso, al igual que el mundo se retorcía un poco más ante su locura siempre que regresaba de sodomizar a Morfeo y elevaba su perspectiva a una categoría el doble o triple de sobrehumana. Aquel pirata despreocupado por las obscenidades de su imagen tantas veces expuesta a la faz de la tierra no sólo podía atravesarte de pleno, seguramente ya lo había hecho antes que ese cuchillo. Y ese cuchillo sabía a cenizas frente al impacto que mamó de aquella víctima tan paradójicamente indirecta de la sed que volvía a asediarle esa noche. Y más todavía después de verle.

¿Realmente había algo de indirecto en aquel accidental espectador de sus bacanales hambrientas? O más bien, en la falsa sencillez de un rostro joven, y a la vez, reflejo de la longevidad que le permitía merendarse su evidente y trabajada musculatura, ahora empapada y húmeda como toda la figura de Thibault perfectamente conservada gracias a un privilegio que a él le había dejado marca.

Agua y sangre, la limpieza más indeseada de cuantas podían leerse en aquellas pupilas dilatadas a causa del recuerdo que colgaba una vez más en los labios de ese puto blasfemo, aún manchados de sangre ajena. Se dedicó a restregársela por la uña del pulgar y salpicar después a ese mar que restaba en la desnudez del chiquillo que volvía a deshacerse bajo sus acciones.

Hasta las gotas negras que perlaban sus brazos tatuados enrojecieron durante un segundo.

—Por tu bien y el de la única persona oficial que queda para navegar mi barco, espero que esta vez hayas venido a participar.


Última edición por Thibault "Black Blood" el Dom Jul 16, 2017 4:13 am, editado 1 vez



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Re: Davy Jones {Privado}

Mensaje por Gaspard de Grailly el Jue Jun 01, 2017 12:39 pm

Lo miró tanto, tan rápido y tantas veces que parecía un milagro que sus ojos siguieran en sus órbitas, y sin embargo ahí estaban, quietos, todo lo que pudieran estarlo con esa sed que le había entrado de repente de verlo todo y con esos movimientos rápidos que sufrían, a diferencia de su cuerpo. Esa era una realidad con Gaspard: ni siquiera cuando estaba quieto, estaba quieto del todo; su hiperactividad salía a la luz de una manera o de otra, y aunque su escultórica figura se hubiera clavado en la cubierta del barco, eran sus ojos los que no podían (ni querían) detenerse.

Cualquier otro, en esas circunstancias, habría vuelto a sentirse un adolescente, estaría en medio de una regresión a sus quince años y bla, bla, bla, pero ¡Gaspard no era cualquiera! Y no se trataba de un individualismo extremo o mal entendido, sino algo interpretado de la manera más literal: Gaspard era un bicho raro, siempre lo había sido, y de adulto aún más; por ello, jamás se comportaría como el resto, y jamás le pasaría lo mismo que a una persona normal, porque ser común estaba altamente sobrevalorado, en su opinión. Una opinión modesta, pero que, en tanto suya, le gustaba mucho más que las del resto.

Así pues, Thibault se quedó quieto porque estaba aún captando detalles de la situación en la que se había visto arrojado sin comerlo ni beberlo (para eso aún había tiempo; su sexto sentido así se lo indicaba...). Lo principal, que lo satisfacía tanto que si no hubiera sido un hombre ancho por la musculatura se habría visto cómo se anchaba e hinchaba cual palomo, era que esta vez no era ajeno al placer visual, que captaba por accidente y del cual huía, confundido. No, esta vez era el protagonista absoluto, junto al capitán de sus sueños, nunca pesadillas, y ello lo satisfacía sobremanera.

En segundo lugar, también se sentía satisfecho porque había crecido, ¡y hasta qué punto! No se trataba de la observación de algo evidente, con lo que él había vivido sus treinta y cuatro años de existencia como algo normal y natural; se trataba de algo más, de una evaluación positiva del cambio que había sufrido con la experiencia, ¡y cuánta de esa había tenido! Con el perdón de Fausto, ella había sido su mejor maestra en la vida, y el escaso miedo que sentía Gaspard ante nada, especialmente ante probar cosas nuevas, lo había vuelto casi un marino curtido, cuando menos lo suficiente para no echarse a temblar ante el capitán de semejante velero bergantín. No de miedo, al menos...

Sin responder, Gaspard se puso en marcha: uno, dos, tres pasos hasta que llegó frente al capitán, indiferente por completo al miedo de la tripulación. Sus ojos, verdes como sendos bosques en llamas, bebían del hombre que tenía delante (¡hombre, esa era buena! Qué hilarante era cuando quería, ¿no?) con ansia, como si fuera un náufrago en sequía en vez de un hombre empapado en demasiados sentidos. Mudo, como casi siempre, de Grailly lo contempló sin miedo, vergüenza o reparo algunos, sino simplemente con curiosidad, parecida a la que sentía Thibault, aunque ignorara su nombre y supiera que el vampiro, a intenso, no lo ganaría nunca.

El cambio era vital en él, más que físico. Su cara, si se ignoraba la sombra de la barba que llevaba y los cabellos húmedos que le tapaban algunas de las arrugas de expresión que ya comenzaba a mostrar (sin avergonzarse: sus sonrisas le daban personalidad), era hasta cierto punto infantil; en estado neutro, incluso, podía considerarse aniñada, pero ¿cuándo se encontraba Gaspard en ese tipo de estado...? Nunca. Y mucho menos cuando, de golpe, se había cruzado con su fantasía hecha ser de carne, ¡y qué carne! Lo recordaba excitante, no tan... hermoso.

– Tal vez. – respondió. ¡Todo ese rato, toda esa espera, para que su única respuesta fueran dos malditas palabras! Que sí, de acuerdo, eran un logro cuando se trataba de alguien tan alérgico a hablar como lo era él, pero el pirata esperaba más, y Gaspard lo sabía. Ni siquiera el tono ronco y sensual, igual que la sonrisa burlona que ya tenía grabada en los labios (excitante como ella sola; Gaspard no era muy consciente del efecto de su sonrisa, en el límite de la demencia y el atractivo, pero lo tenía, ¡y vaya que sí!), serían suficientes, pero, por lo pronto, debía bastar.

Ante los ojos del capitán, sacó de nuevo su bota de vino y le dio otro trago; de pronto, su garganta estaba seca, en un nuevo contacto con su yo de quince años que, por otro lado, no era sino la reacción normal que provocaba un ser de la presencia del capitán de aquel navío. A continuación, y en contraposición a lo que cualquier humano normal haría, se limpió las gotas de sangre del brazo, marcando así un principio claro en todo eso que, difícilmente, tendría un final: ser mordido, sí; beber, no. ¡Nunca! No le gustaba la sangre de vampiro, pero sobre todo no le gustaba depender de nadie, ni obedecer, ni tampoco ser subyugado por ningún ser contra su voluntad.

– ¿Qué gano? Como fantasía estás bien, pero ¿quién sabe si la realidad va a decepcionarme? – reflexionó, y no lo hizo con acritud, pero todo su maldito lenguaje corporal era amargo, como siempre, fruto de la incomodidad que le provocaba estar rodeado de gente que no dejaba de murmullar a su alrededor. Ah, Gaspard el antisocial ataca de nuevo; irritado, cerró los ojos y sacudió la cabeza, tratando de poner en orden sus pensamientos. – El bien ajeno me da igual. Lo de por mi bien ya me interesa más. – afirmó.

No se trataba de que se estuviera haciendo el duro, sino de que era duro. No lo era a la manera de otros, fingiendo bravuconerías, sino de esa forma que tenía él de quitarse autoridades ajenas antes incluso de que se atrevieran a imponérselas. A esa actitud suya podía llamársele hosquedad, y lo cierto era que, para el espectador casual (ergo, la mitad de la tripulación, o lo que es lo mismo: todos los tripulantes que lo estaban viendo sin entender nada), así era; sin embargo, el capitán no era casual, y veía en él el interés que Gaspard no le ocultaba, aunque estuviera, sin hacerlo del todo, imponiendo sus términos. Habría que estar ciego para no hacerlo.



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Re: Davy Jones {Privado}

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Sáb Jul 15, 2017 4:35 am

Con sinceridad, ni con la memoria titánica de un dios —cosa que en cierto modo ya era— se acordaría realmente de lo que pensó o sintió o del estado mental y emocional, a rasgos generales, que tendría la noche de su orgía de sangre con ocho personas que cambió la vida del inesperado interlocutor que ahora estaba delante, de súbito, sin más introducciones que las sacudidas del azar, ahí plantado cual remo incrustado en la cubierta de un bote como alternativa final a hundirse en el océano con todo. O que, al menos, había adelantado su descubrimiento sexual a niveles igual de atroces que el pirata que los propulsaba, pues aunque la enfermedad ya viniera de todas formas en la imprevisible cabecita de ese humano, no podía negarse que el estilo y la fuerza de haberla contemplado por primera vez en alguien como Thibault eran sencillamente inigualables.

Más que con sinceridad, aquí lo diríamos con miedo, con pavor: se acordaba de lo que sentía entonces, en el puto reencuentro, precisamente porque ambos tenían al momento presente bien cogido del pescuezo en mitad de sus cuerpos, más empatados gracias a la mortalidad del tiempo en uno de ellos. Ni sus propios hombres lo querían cerca cuando estaba así, ni él tampoco los quería cerca, ya puestos, luego era un verdadero engorro buscarse otra tripulación desde cero si encima le añadías el de limpiar un buque lleno de muertos. Eso si morir a manos del sanguinario Black Blood era también lo menos retorcido que podía pasarle a quienes tuvieran la mala suerte de encontrárselo de esa manera. A fin de cuentas y por muy extrañamente jovial que se hiciera a veces su actitud, nunca dejaríamos de hablar de uno de los mayores criminales que ya había hecho historia desde hacía literalmente siglos.

Tampoco él dejó de mirar al producto más provocativo de su sed recién salido del agua, que continuaba empapando la cubierta con la suculenta desfachatez de su musculatura a juego con la de su lengua. Thibault le observó en calidad absoluta de depredador, una mezcla indivisible entre su instinto sobrenatural y la evidencia carnal del asunto, dos naturalezas que no es que lucharan para que una saliera a la luz —la ausencia de ésta ya había hecho suficiente daño por un día—, sino que en su estado, el macabro capitán sencillamente era todo a la vez. Podía serlo todo a la vez, y aquello le convertía en la última bestia a la que dejar suelta. Claro que, ¿quién iba a impedirle a un león caminar por la Sabana cuando le apeteciera?

Por un momento, eso fue lo que imaginó ver abriéndose sobre aquel pecho desnudo frente a él; las garras de un animal salvaje. Y por la manera en la que la robustez del intruso era esculpida a la luz de la luna seguro que antes que sangrar, serviría para afilarlas y hacer las delicias de un herrero. Pero si además de todo eso también sangrase a borbotones… bueno, al rugido vampírico de su hambre le parecería muchísimo mejor.

Finalmente, cuando el hombre acabó su última frase, Thibault dejó pasar unos segundos antes de terminar de apoderarse del espacio con una carcajada de libro, de fantasía; grave, sonora y absolutamente embaucadora a pesar de su evidente locura. La tripulación, todavía presente, se estremeció con tal maestría que ni las leves ventiscas de la noche provocaron el mismo número de escalofríos.

—Nada de 'tal vez' —respondió a su primer y escueto comentario—. Los ¿adverbios? de duda se los puedes meter a Argos por el culo —y señaló al herido timonel con un movimiento de cabeza para que supiera a quién se refería, sin mirarle siquiera porque su vista continuaba clavada en él, y es que en aquellos precisos instantes no había absolutamente nadie tan merecedor de su atención como el lanzador de cuchillos más original de cuantos había conocido—. Aunque ahí cabrían mejor los de negación, ¿verdad? —chistó ante la absurdez de su propio chiste, que se hubiera llevado unas cuantas reacciones animadas de no tener todos una corbata de huevos en el cuello.

El líder de la confusa manada sonreía, con un brillo incomprensible en sus ojos pero, sin lugar a dudas, retorcidamente encantado con la situación. ¡Vaya con el chiquillo mirón que permaneció escondido mientras él se llenaba el estómago del mismo rojo de sus cabellos, inolvidables como el resto de su persona —simpático calificativo—! Insolente y mordaz, así se aparecía el extraño sujeto en su primera introducción formal después de no-le-importaba-cuántos-años, aburridos a los ojos de un vampiro, mucho más a los de un vampiro pirata que nunca borraban del mapa. Y 'tal vez' aquella también fuera una buena forma de definir los crueles matices de la mirada de Thibault: impredecibles, como lo que la aparición de aquel humano que dejaba de ocultarse en las sombras podía suponerle ahora.

Las pisadas que dio para aproximarse —todavía más— a él probablemente cortaran la respiración a más de un tripulante, aunque mucho menos cortantes que el poco aire que quedó entre sus pieles cuando el vampiro hizo uso de sus habilidades contrahumanas para acabar a un centímetro de su brazo, del mismo que se había limpiado las gotas de sangre, y husmear el resultado. Apenas un escalofrío le rozó en aquella flexión con la que había acercado su rostro a su cuerpo y desde ahí, el remolino de ojos verdes se hizo tan invasivo que por una milésima de tiempo, el muchacho —en comparación al marino, lo era— pudo recordarse tan aturullado como en su despertar sexual.

Todo sucedió en una milésima de segundo gracias a su poder y, no obstante, supo que a él le habría bastado. Así que al volver a tener la espalda recta, gritó la orden definitiva: que todo el mundo saliera del jodido barco. Al puerto, al burdel, a las hamacas y a donde les diera la putísima gana siempre que no fuera la cubierta del Skyfall. No quería ni a un solo vigía fuera y ni las voces de Anne y Planchet se atrevieron a dar su parecer a lo que, si se despistaban, bien podría ser el fin de sus vidas. Así pues, el monstruo se quedó completamente a solas con el observante que se había convertido en el cazador de sus propios vicios. Y eso era un olor que le resultaba familiar.

—Al parecer tienes un talento especial para vértelas siempre con mi digestión. —apartó sus pupilas de él después de mucho, mucho rato— Te dejé mirar aquella vez, ahora vas a demostrarme de qué te ha servido. —caminaba lentamente a pocos centímetros, como si estuviera rodeándole con falsa distracción— Bien formado y con buena puntería, seguro que no habrás dedicado tu tiempo a ser normalito. —La sangre de sus víctimas todavía pendía de él, al igual que las prendas rajadas que se equiparaban a su desnudez. Sólo por poco, ya que la de su invitado resultaba mucho más evidente. Aparte de, claro está, un regalo para la vista— Mi memoria inmortal es muy aleatoria pero no me suenan esos tatuajes —señaló, al momento de girarse de espaldas y volver a clavarle esa tensión con la mirada sin necesidad de acercarse otra vez—. Ocho, ¿eh? De verdad, estoy conmovido.

Por ahora.



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Re: Davy Jones {Privado}

Mensaje por Gaspard de Grailly el Dom Jul 16, 2017 3:36 pm

Demasiado, se mirara por donde se mirase; demasiado en todos los aspectos, excesivo en otros tantos, particularmente abrumador, pero siempre para cualquier otro, no para él, no para un Gaspard de Grailly que había crecido mucho en comparación con la primera vez que lo había visto. Eso no significaba que dejara de tener efecto en él porque el vampiro sabía manejar sus armas, todas sus armas y eso que no había tenido el placer (de eso no le cabía duda) de probarlas, pero lo sabía bien por lo que vio entonces y por lo que veía ahora, solamente capaz de captarlo todo por su rapidez habitual, que requería de estímulos tan rápidos como los pensamientos que lo recorrían.

Bien, podía apuntar ese día con rojo en el calendario por muchas cosas, en primera instancia por el reencuentro, pero a Gaspard le hacía la misma ilusión ser capaz de afirmar, por primera vez en mucho tiempo, que su hiperactividad le había servido de algo aparte de darle problemas, ¡qué maravilla! Habría gritado de alegría, pero él no era de esos; por otro lado, tampoco era de esos que lo dejaban todo al ver a un antiguo ¿amor? Aunque Gaspard jamás lo hubiera querido, simplemente se puso cachondo por primera vez al verlo en una orgía salvaje que rompió su cabecita de chaval de pueblo, y punto.

Pues sí, para desgracia de todos y también la suya propia, así de eficaz era el aquitano para quitarse el velo de la nostalgia de los ojos, pero, por otro lado, eso tenía sus ventajas, como por ejemplo que no idealizaba al pirata y eso le permitía verlo por segunda vez como si fuera la primera y... en fin, merecía la pena. Realista o no, Gaspard de Grailly veía muy bien con esos ojos verdes suyos tan límpidos que cambiaban a veces de color, en función de la luz; esos mismos ojos que estaban clavados, sin miedo, en el pirata, a sabiendas de que seguramente no era la mejor idea del mundo no estar ni un poco asustado, pero ¡así era él!

Además, qué podía decir, tampoco es como si pudiera estarse quieto, y eso con toda probabilidad iba a molestar un poco al teatral vampiro, porque en vez de aguardar pacientemente ese examen, Gaspard cambiaba el peso de su cuerpo de un pie al otro, movía los dedos como si estuviera practicando un truco de magia con monedas y no dejaba los ojos quietos. Los oídos, por su parte, sí que lo estaban, receptores de todas las palabras que el otro tuviera a bien atronar con esa voz suya que parecía una tormenta, y que ni por esas temía el aquitano. Era una consecuencia natural de necesitar adrenalina a todas horas para existir: a veces, y sólo a veces, se pasaba de temerario, y claro, así le iba.

En cualquier caso, mientras el otro se acercaba y lo estudiaba, Gaspard se movía; Gaspard se movió todo el rato excepto cuando el capitán mandó salir (no, mentira: echó) a toda su tripulación, lo cual daba muestra de que no era algo que le apeteciera precisamente, ¿no? Nada en su gesto indicaba que hubiera seguido la orden del pelirrojo protagonista de sus iniciales fantasías, pero es que ni por él iba a renunciar a su anárquica personalidad, en el sentido más literal de la palabra: no obedecía a autoridades ajenas, a ninguna, salvo a la suya propia, que no podía ser ajena porque él vivía dentro de sí y... ugh, a veces pensaba demasiado. Maldito fuera el padre Clément por darle formación filosófica, y al mismo tiempo maldito no fuera por darle oportunidades para salir de su pueblo de una vez por todas.

Aún y todo, Gaspard siguió sin hablarle al capitán, incluso pese a ser consciente de que era un (extraño, inevitablemente) invitado en su barco. Moverse y mover la lengua debían de estar muy reñidos en él, quien, además, poseía una considerable curiosidad, de ahí que se alejara del vampiro como si no lo hubiera oído y se paseara por la cubierta para echar un ojo al barco pirata de entonces: lo recordaba igual, y estaba haciendo el ejercicio mental de las siete (por ejemplo) diferencias con lo que había visto hacía más de quince años. Y no por huir del capitán, sino porque él era así, y no se podía hacer nada por evitarlo, mucho menos por controlarlo.

– Sí, soy bastante oportuno, pero no sólo contigo, en general. – respondió, con total naturalidad (toda la que pudiera tener alguien que hablaba casi por obligación ante un mito erótico pasado y que seguía igual de fuerte en el presente por sus propios méritos, y no por recuerdos pasados). Al mismo tiempo, acarició la soga rugosa de la vela del mástil mayor, y después pasó a la madera áspera que la sostenía, con la mirada puesta en las vetas (que reconocía similares a las de sus cepas) y planteándose por un momento de qué árbol podía ser. En resumen: totalmente impropio con respecto a la situación, absolutamente inapropiado en relación con el efecto del capitán, pero lógico teniendo en cuenta que se trataba de Gaspard y él difícilmente actuaba como se esperaba de alguien en su misma situación.

– No los hice para que te conmoviera. De hecho, los hice por mí, no por ti, así que no te emociones tanto. – aseguró, y no mintió para nada, igual que tampoco sonó demasiado hostil, eso último simplemente por tratarse de quien se trataba, nada más. Con cualquier otro en su situación era más que probable que lo fuera, pero tampoco tenía ningún motivo para odiar al vampiro, más allá de que quisiera darle órdenes y él no estuviera dispuesto para nada a obedecerlo. Lo normal, vaya, no era algo extraordinario que eso sucediera, y mucho menos cuando era la dinámica normal en su vida y con casi todos, vampiros incluidos.

– Lo cierto es que no sabría ser normal ni aunque lo intentara, y siempre he preferido gastar mi tiempo en otras cosas. Si tengo buena puntería es porque cazo, por esa tontería de poder defenderme, y lo otro... bueno. Consecuencias de mis otras ocupaciones. – explicó, de forma tan somera como insuficiente, y por fin se plantó de nuevo frente al capitán, quieto durante un par de segundos antes de que, inevitablemente, empezara a moverse otra vez, pero es que, a ver, ¡no podía evitarlo! Lo habían parido así, se había criado así, y pese a intentar quitarse la costumbre, ésta había pervivido, así que ahí estaba, para siempre unida a él. Como el vampiro, a su manera...

– Eso es algo que me he preguntado desde hace años, ¿por qué me dejaste mirar? – inquirió, alzando una ceja y con genuina curiosidad, resistiéndose deliberadamente a picar el anzuelo que le estaba venga a lanzar el otro acerca de unirse. Sí, bueno, no le importaría, era evidente que a su cuerpo le gustaba, pero su mente no las tenía todas consigo, y a veces hasta él hacía caso de sus pensamientos de alarma, por mucho que fueran tan rápidos que no solía darle tiempo a capturarlos del todo. Aquella vez sí, pero no era necesario que lo pensara porque la alarma era sólo con mirarlo, así que pensó con la cabecita y siguiendo una línea de pensamiento bastante razonable y decidió seguir conteniéndose, por el momento. Por si acaso.



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Re: Davy Jones {Privado}

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Dom Jul 16, 2017 11:08 pm

Definitivamente había hecho bien en limpiar la cubierta de tantos pies apelotonados, porque para darle más espacio a la hiperactividad de ese nuevo —y no tan nuevo— personaje no venía mal que hubieran dejado el barco a su disposición. No de forma literal, pues por muy falto de miedo que estuviera ante la situación y su sobrenatural responsable, seguro que tampoco se trataba de un ignorante que desconociera la subversión y la rebeldía que caracterizaban a ese gremio eternamente perseguido. Un barco pirata sólo estaba a disposición de sus problemáticos hijos y más concretamente, de uno que seguía ebrio de libertad. Ésa sí que sabía cómo emborracharle bien.

Naturalmente, la orden que había lanzado al aire y que sus subordinados habían recogido a trompicones no iba dirigida al antiguo mirón de turno. Con total seguridad que Thibault era uno de los mayores ejemplos de camaradería respecto a quienes decidía aceptar en su tripulación, incluso le resultaba inevitable que algunos se ganaran su retorcido cariño, pero llevaba muchos, muchos años en el oficio y aquel oficio, queridos niños, nunca había sido de corderitos. La ambición y la tiranía estaban a la vuelta de la esquina y como buen marino vetusto, él también podía compartirlas, no en vano había tantos matices desperdigados en su carácter que lo hacían tan complicado de conocer realmente. En eso solía compadecer bastante a su pobre madre vampira, al menos hasta que volvía a tenerla delante porque, en fin… como para compadecerse sólo de poder olerla, que si en realidad era un cabrón malnacido pues lo era hasta el final y así no se privaba de haber conocido a semejante hembra.

—Qué vida más intensa… —respondió al apunte de su don para la oportunidad en general. Que el tipo no era ningún romántico ya había quedado claro y tampoco era algo que al pirata le importara demasiado, él mismo se encargaba de defecar varias veces sobre el mito idealizado de la piratería y volvía locos a los poetas de turno que a pesar de los siglos seguían ahí tocando las pelotas con sus sonatillas. Los poemas existentes que se habían documentado bien no ilustraban cosas bonitas sólo por estar escritos en verso.

Aprovechó que el otro no se daba cuartel a sí mismo, que tan pronto estaba más que menos cerca, para fijarse en su reacción con el entorno, cómo tocaba o miraba las partes de su barco que esa vez se encargaban de escenificar el encuentro y, lo quisiera o no, también definían a su inquieto ¿invitado? El capitán le daba la espalda cuando le replicó por sus tatuajes y no pudo evitar torcer otra sonrisa de curiosidad, bien porque el otro no hubiera pillado la ironía de lo último que le había dicho o porque, a pesar de hacerlo, había querido soltar la pullita de todos modos.

Encantador.

—Espero que, por descontado, no fuera para que 'me conmoviera' pero, ¿quién te dice que lo conmovedor no es precisamente que los hicieras por ti? —Alma de cántaro, parecía costarle ver que el tema no era una burla, sólo que a las cosas había que llamarlas por su nombre, y más cuando no tenían nada de vergonzosas. Si su propio constructo social le hacía verlo como algo vergonzoso ya, sin duda, era problema suyo. Y una atadura que Thibault, más viejo que él, había desechado incluso antes de ser inmortal—. Además, si tu personalidad es justo de las que no se dejan someter, entenderás que decirle cómo debería gestionar sus emociones a un proscrito bicentenario que viola a las opiniones ajenas, más que una gilipollez es algo completamente inútil. —Se pasó el pulgar por el mentón de su barba con distracción y descubrió por fin que la… pelea, sí, vamos a llamarla así aunque no fuera en absoluto bidireccional, con una de sus víctimas, además de con sangre humana, la había dejado un poco esquilada. ¿Tan mal de la cabeza iba esa vez que no se enteraba ni de cuando le dejaban sin pelo?— No creo que te guste demasiado hablar pero cuando lo haces, tampoco te esmeras en que pueda servir de algo —Se recreó un instante en ese rincón de su piel que solía ocultarle el tatuaje de la cruz de madera quemada, restregándose la uña por la tinta hasta que otro de los movimientos del chico le hizo volver a girarse hacia él—. Digno de un garbanzo que se queda observando en las sombras.

Sin borrar la macabra sonrisa de su rostro, negó inevitablemente con la cabeza ante aquel comportamiento tan peculiar con el que seguía moviéndose y desquiciando a toda lógica que, para su fortuna o su desgracia, un espécimen como el capitán Black Blood había perdido al nacer.

—Hay que ver cuánto te mueves ahora y lo quietecito que te quedaste entonces. —y sin ton ni son, se retiró el pulgar ensangrentado de la barbilla y lo miró casi por inercia, como si esperara verlo manchado del negro de la tinta. Vaya dosMucho que compensar aunque te sientas cómodo en la indiferencia. En serio, ¿qué le veis de especial a ésa? ¿Os lame los huevos o algo?

Y es que por un momento, tampoco pudo evitar acordarse de su querido ahijado… ¿Debilidad por el contraste que hacía con esa gente escueta que a pesar de todo tenía bien afilada su lengua? O debilidad por los jóvenes de buen ver, para qué engañarse cuando engañar era lo último que estaba haciendo con el recién llegado de las profundidades.

¿Por qué me dejaste mirar?

—¿Por qué lo dices? ¿Viste algo que te pareciera interesante? —Muy gracioso, piratilla.

Las velas del Skyfall fueron mecidas por la última ventisca que, de paso, le abrió un poco más esa camisa cada vez más hecha trizas, una lástima que el nene hubiera vuelto a alargar distancias pero así tuvo una mejor perspectiva de su cuerpo crecido a la hora de contestarle seriamente.

Y no, no me he fumado nada al decir que 'seriamente'.

—Como comprenderás, estaba ocupado con otras cosas y tú mismo comprobaste que no soy de una sola. Así pues, tampoco hay una sola forma de contestar a eso —declaró, antes de proceder al primer gesto de autoridad directa sobre él —pues hasta un niño chico vería que estaba siendo increíblemente permisivo y, por enésima vez, en-su-jodido-estado— y plantársele delante para frenar sus pisadas presentes y sobre todo, las futuras—: porque me dieras exactamente igual, por ejemplo, porque un pirata de más de dos siglos está acostumbrado al público, porque ese día no tenía ganas de sangre tan adolescente o porque a pesar de la sed incivilizada que podría haber desparramado sobre el lienzo en blanco que, aunque te cambien de color como de movimiento, pendía de tus ojos en esos momentos, conseguiste que algo de mi cabeza hambrienta pensara en mitad de mi cena qué pasaría si lo hiciera. —Lo había detenido en su misma línea casual: agarrándole la bota de vino que seguía estando ahí y reteniéndole a su vez del brazo que la sostenía mientras hablaba— ¿Qué es lo que ha pasado al final, ojazos? —Y ahora, mientras bebía y le devolvía él una pregunta— ¿Qué es lo que va a pasar?Dos preguntas.

Y especialmente Gaspard, cuyo nombre se le escapaba todavía, supo ver que el maravilloso vino bordelés descendía por su garganta… ardiendo en las llamas.



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Re: Davy Jones {Privado}

Mensaje por Gaspard de Grailly el Mar Jul 18, 2017 5:14 pm

Gaspard ni siquiera pensó en lo de conmovedor, ni en realidad en la mayoría de palabras que le estaba diciendo el otro, el capitán que se le puso tan autoritario como, suponía, era menester en un navío como aquel, ¿no? A ver, Gaspard de Grailly era de secano, eso era inevitable saberlo, y más cuando el otro recordaba precisamente dónde se habían encontrado (para los despistados: en un pueblecito donde el único mar a la vista era el de las cepas eternas, no el que atravesaba el pirata cuyo nombre aún ignoraba, ¡bravo!), ¿qué esperaba? ¿Que supiera de barcos más de lo que había podido leer en libros aleatorios a lo largo de su vida? ¡Y qué más!

Intensa sí que había sido su existencia, por descontado, pero tanto por sus circunstancias como por su propia personalidad, y eso a la vista quedaba con su comportamiento, incluso si el pirata lo condujo a su fin al obligarlo a detenerse, todo lo que alguien pudiera obligar a Gaspard a hacer algo al menos. Efectivamente: el aquitano se detuvo en su paseo, pero no detuvo el hormigueo de sus dedos ni sus movimientos rápidos, como si tuviera una moneda entre las falanges y estuviera jugando con ella; dado que apenas tenía monedas de normal, se temía, la magia y los trucos de manos no estaban en su futuro, ¡pero no por falta de talento! En todo caso por falta de infraestructura, como tantas otras cosas y...

¡Ya se había ido por las ramas! Su mente tenía esa costumbre de ponerse a elucubrar con asuntos varios, y normalmente no le importaba porque sabía que era capaz de absorber lo que le estuviera diciendo en cada momento su interlocutor y, además, planear posibles actuaciones y planes futuros, por si las moscas. Aquella no era ninguna excepción, ni en lo relativo a un plan ni tampoco en lo relativo a lo de que le importaba poco hacerlo, pues por mucho que el hombre (aceptemos eufemismos, ¿de acuerdo? Discutir lo que el otro era sería algo demasiado complejo y había cosas más interesantes en las que centrarse, la verdad); no iba a ser una excepción el pirata en tantas cosas, ¿para qué?

En esa misma línea, Gaspard de Grailly siguió calladito mientras el otro hablaba, batallando entre el obvio atractivo de la voz grave del pirata, el interés que le provocaba la explicación, la pereza que sentía ante el deseo de alguien por hablar (¡tanto!) y, sobre todo, la sorpresa continuada de que no se cansara del sonido de su propia voz. Continuada y genuina, ojo, que Gaspard seguía siendo un hombre que no hablaba demasiado, y cuando se encontraba a alguien que sí lo hacía había una parte de él que se paraba y se preguntaba cómo demonios era capaz alguien de hacerlo. Que lo de no hablar fuera por falta de costumbre o de egocentrismo lo dejaremos al gusto del lector, eso sí.

Lo que a Gaspard no le gustaba nada, sin embargo, era la actitud del otro. Tal vez porque lo había idealizado mucho, indudablemente por otro lado, pero que fuera tan obtuso que casi parecía cegato como un topo le estaba quitando parte del atractivo de la nostalgia, y como consecuencia de ello Gaspard iba ladeando la cabeza poco a poco, contemplándolo con el inicio de un ceño fruncido que terminó, sin embargo, en una ceja alzada. Así era: ni siquiera en sus expresiones faciales hacía Gaspard de Grailly nada que tuviera el más mínimo sentido para alguien que se encontrara fuera de su cabeza, pero ¿acaso no era esa la belleza de su comportamiento errático y de su personalidad imprevisible? Como mínimo era una consecuencia de ambas, así que bien podía tomárselo el otro como le apeteciera, porque Gaspard no iba a importunarse.

Sin embargo, no había nada de indiferente en él, así que sus huevos permanecerían secos y sin lamer, se temía. Por el momento, al menos, porque no era adivino y la atracción seguía existiendo: que se quitara la venda de la nostalgia de los ojos significaba dejar de idealizarlo, sí, pero eso no traía como consecuencia que parte de lo que estaba viendo no le gustara más que lo anterior, lo que había vislumbrado entonces. ¿Qué podía decir? No era un hombre fácil, no tenía gustos sencillos, y lo ideal y demasiado prístino era un soberano coñazo para alguien como él, que prefería sus luces y sus sombras más equilibradas, gracias.

No, Gaspard no creía en la perfección, no podía hacerlo cuando se había pasado la mayor parte de su vida entre viñas irregulares (podándolas para que fueran regulares, en muchos casos, lo cual le había enseñado la futilidad de ese tipo de comportamientos) y sacando a cadáveres de sus tumbas. Sabía que nada era perfecto, que apenas excavando un poco (o mucho, dependiendo de la tumba) terminaba saliendo la podredumbre que había dejado, y aunque se detuvo un momento para admirar la maravillosa comparación que acababa de hacer, Gaspard seguía siendo muy consciente de que lo prefería irregular y hasta irritante que perfecto como su mente lo había dibujado con los años y la nostalgia adolescente de entonces.

– De acuerdo. – replicó, parpadeando con esos ojazos que el otro le había recordado que tenía aunque Gaspard no hubiera dejado de usarlos, y tan rápidamente como solía actuar, recuperó la bota de vino y se bebió de un trago lo que quedaba, después de que el otro hiciera lo propio. Ay, aquitano, qué mal se te ha dado siempre compartir... Aunque lo cierto era que, con el vino, siempre se había mostrado posesivo, gajes del oficio. No, del de siempre no, del oficio pasado... Da igual. – No seré yo quien te diga cómo debes sentirte, pero concordarás conmigo en que este vino es bueno, lo suficiente para que me haya permitido el lujo de terminármelo yo. – aclaró, aunque sin justificarse, porque, total, ¿para qué?

Había algo en él (Gaspard, no el capitán) que le impedía obedecer, igual que tampoco podía estarse quieto; daba igual que fuera una idea pésima, que se encontrara ante un lobo de mar que hacía que los de tierra parecieran perritos pastores o que le hubiera dicho que se estuviera quieto: Gaspard no podía, sencillamente no era capaz. Y si bien pudo haber hecho el esfuerzo de herirse para ver si el dolor lo anclaba donde se encontraba, no quiso hacerlo porque su curiosidad era mucha, especialmente a la hora de dar corporeidad al otro frente a lo etéreo de su imagen mental del pirata. Así pues, Gaspard hizo algo que sólo podía considerarse una locura: le dio la espalda.

Eso sí, no fue algo que hiciera sin más o porque sí, sino que lo hizo tras descolgarse la bandolera, y con el objetivo inicial de guardarse dentro la bota (de cuero, y por tanto valiosa; sólo una rata callejera como él podía apreciar lo bueno de una piel de calidad como esa, curtida con el mayor mimo y una artesanía extraordinaria). Fue totalmente secundario que aprovechara para sacar la camisa y cubrirse con ella, no por frío sino porque era una suerte de defensa contra la intensidad ardiente del otro (por eso de estar húmeda y tal. Buena excusa, ¿a que sí?), y que dejara la bandolera colgada cerca, convirtiendo el barco en un perchero improvisado y a él mismo en un invitado de honor del capitán.

– Soy un poco ignorante para ciertas cosas, pero no recuerdo historias del Skyfall, así que no conozco el nombre de su capitán. – reconoció, quitándole importancia (realmente carecía de ella, a su juicio) a su afirmación con un gesto descuidado de la mano. – Ya ves, uno que es así, que se mueve cuando no debe y se queda quieto cuando tampoco. Tal vez es que entonces ya sabía cómo no meterme en el camino de una bestia sin poder defenderme, a lo mejor por eso no me uní, o tal vez porque fue la guinda de un pastel que estaba más que cocido cuando te vi a ti, también a tu manera un poco en ebullición. De todas maneras, si pretendes que te vaya a servir para algo, mejor me largo ya y me quedo con el buen recuerdo, porque no va a pasar. – aseguró, y con un encogimiento de hombros se dirigió hacia la rampa por la que había subido, loco de la forma más cuerda posible como sólo Gaspard de Grailly era capaz de ser.



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Re: Davy Jones {Privado}

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Jue Jul 20, 2017 11:07 pm

La historia de la piratería, junto a todas las tripulaciones que había tenido en todo el tiempo que llevaba en las aguas, dentro de la cultura popular marina que alertaba del escorbuto o las tormentas lejos de tierra firme, seguramente coincidirían en incluir también a la paranoia de loco 'Black Blood' post-cena sangrienta después de una pesadilla, real y ficticia. La primera más que nada para quienes morían, si es que había decidido jugar con sus vidas por las malas y la razón principal para tildarlo de peligro inminente era precisamente porque nunca podías saberlo, no hasta que fuera demasiado tarde. Pues si aquel pirata solía ser impredecible de normal, quizá aquel estado fuera de los más arriesgados para el resto del mundo.

La bala perdida que continuaba rondando por el Skyfall en calidad —no lo dudéis— de invitado con tanta insensatez podría haber acabado expuesto a multitud de opciones en él: no decir nada en absoluto para no desvelar ninguna de sus personalidades y seguir siendo sólo el ideal de 'un buen recuerdo', boicotear cada uno de sus movimientos hiperactivos hasta provocar lo inevitable, hincarle el diente y convertirlo en el plato fuerte de la noche, superar los efectos de pasarlo por la quilla con su fuerza natural y sobrenatural en un equilibrio para el que casi habían nacido cuando Amanda Smith desafió a lo imposible y lo rescató de sí mismo… y, en definitiva, cualquier cosa que pudiera imaginarse o la última jamás pensada. No por nada era un lobo marino hecho de sangre y niebla.

Sin embargo, tan parecido a las preguntas que seguían sin obtener una respuesta hablada: ¿qué es lo que estaba pasando allí entonces? Un Thibault intenso, eso por descontado, que acortaba distancias porque iba innato en su maldita curiosidad de polizonte, en su innegable magnetismo hacia el muchacho que ya no se escondía, pero quieto y atento; extrañamente ¿tranquilo? para lo que hervía en su interior y que había hecho que aquel rabo de lagartija necesitara reunirse con la humedad de sus ropas mojadas. Desde la perspectiva de que trataba con un vampiro no más civilizado en su vida humana, podría destrozarle con una nueva pelea de la que, sin duda, obtendría una resistencia muchísimo mayor que la de un tentempié corriente. Y aun así, no iba siquiera a intentarlo porque ese tipo le resultaba demasiado interesante y así como le pareció interesante dejar que mirara en su día, ahora no iba a impedirle lo contrario. Pues al igual que las palabras, las que ambos dijeran o escucharan, tampoco serviría de nada y porque si su joven, pero mucho mayor, interlocutor quería conocer más de la fantasía que empezaba a mutar en ¿hombre? —sí, lo pillábamos, no había descripciones para él ni tampoco las necesitaban—, no importaba si parado o con el petardo que debía de llevar en los pies, pero esa vez iba a tener que quedarse.

—En realidad, los he probado mejores —contestó en una sana provocación después de engullir la última visión de los labios y la lengua del humano sobre la bota de vino—. No son mi mejor adquisición para corroborarlo pero tenemos unos cuantos en la bodega si te apetece echar un vistazo. —¿El cortejo de la época? O el de un par de desgraciados a cada cual más original y...

¿Allí era uno solo el que se ponía a divagar de repente?

Seguramente no se diera cuenta, o todo lo contrario si había perfeccionado su capacidad observadora con los años —y algo le decía que sí—, de cuán respetuoso estaba siendo Thibault a su manera, incluso con la sonrisa más déspota o jocosa. No ocultaba sus intenciones para con él pero tampoco le daba por hecho, y eso que no todo el mundo podía decir que había sido el primero en excitar a tan fascinante sujeto. En aquellos momentos el vampiro también estaba descubriendo cosas gracias a su interacción; el modo en que seguía dejándose llevar a pesar de los siglos, envejeciendo un poco más a través de su eterna coraza, conociendo nuevas partes de sí mismo… tan cambiantes como los ojos que no había parado de acechar desde su primer pie sobre el Skyfall.

Eso, damas y caballeros, merecía su respeto… aunque le costara con ese cuerpo ahí delante y perlado del mismo mar que casi se lo llevó para siempre.

A la par de esa represión, lo que más le estaba dando por culo era su jodida sed, no había que olvidarla ni separarla de ninguno de sus actos presentes. En contraste con su elección de vestirse más, él aprovechó uno de sus paseos hacia las lanchas para descamisarse del todo en un gesto de clara pereza ante lo cansino de aquella prenda insalvable. Se asomó para verse reflejado en la oscuridad del agua por un mísero segundo, lo que fuera a distraerle momentáneamente del ardor de su garganta que no había colmado el vino, por mucha calidad que tuviera. El símbolo de su primera bandera pirata parecía relucir en la penumbra del barco hasta que volvía a moverse y el resto de sombras se deslizaban por su pecho tatuado. Nunca lo suficiente cuando se ponía a recordar el pasado.

—¿Ni siquiera cuando mi apodo inglés es 'Sangre Negra'? —De sus memorias grises le salvó otra media sonrisa extrañamente encantada con las ironías—. Parece que realmente estamos en decadencia…

No le molestaba que su fama no resonara en todos los puertos, tenía un ego ineludible pero no en ese tipo de cosas. Nunca había hecho nada para que se le conociera más que a ningún otro pirata sino porque sencillamente le daba la gana. La libertad seguía siendo su auténtico sello, la fama a veces era una poderosa herramienta que no iba a desechar pero nunca definía sus hechos. Por eso no le extrañaba lo más mínimo estar desmitificándose a sus ojos —y qué ojos—, pues Thibault sabía desmitificarlo todo, empezando por la figura ensoñada de aquellos proscritos del mar, y a pesar de ello, Dios y en especial el diablo sabrían por qué, seguía pareciendo un ser sobrehumano por muchas más cosas que nada tenían que ver con su origen vampírico. Para tal hazaña había una sencilla respuesta, la misma que para el comportamiento del extraño pueblerino: sencillamente, era así.

Estaba a solas con el mirón de Aquitania que jugaba con su desnudez, mojado y totalmente despreocupado, alguien de carácter poco convencional que para cualquiera menos para él habría sido una guinda más al desquicie de la noche, al descontrol de un torbellino que no atendía más que al sonido de su propia locura. Ante tamaño espectáculo —porque el aquitano lo era en su estilo— Thibault estaba siendo más abierto y espontáneo de lo que llegarían a creer ninguna de las personas que no se lo habían pensado dos veces antes de huir de su posible cólera. Quizá 'obtuso' no fuera precisamente la palabra que lo definía ahora mismo, claro que aquel chiquillo, a fin de cuentas, sólo le había visto una vez hasta esa misma noche, no tenía por qué saber todo eso y bueno… si así elegían llamar al obvio interés que sentía por él en ese caso sí, era un obtuso de la hostia y sin complejos, con toda la obscenidad del mundo si lo necesitaba —y si no, qué cojones—. A lo mejor se le estaba haciendo un poco abrumador, que no dejaba de ser un mortal sujeto a la mala costumbre de respirar. ¿Debía mostrar una actitud un poco más delicada, pues? Porque eso Thibault no lo había tenido nunca, ni siquiera en las fantasías que le hubiera atesorado hasta llegar al velo descorrido.

De correr(se) iba la cosa… sobre todo si el otro le daba la espalda. Las vistas no empeoraban, la verdad, así que por su parte, no había problema. En lo que a él respectaba, se detuvo frente al largo poste más cercano a la rampa para apoyarse y cubrir el resto de tatuajes traseros que el más joven aún no había podido verle, no si no aprovechaba su hiperactividad para otras labores. No se movió más, ni fue todo lo intruso que podían llegar a brindarle las habilidades vampíricas que atormentaban el espacio a su antojo si ése era su deseo. Contempló, así, al hombre que no le había contestado a muchas de sus preguntas y de su voz salió una sola que lo sintetizaba todo:

—Entonces, ¿de verdad no viste nada que te pareciera interesante?No hay nada que yo pueda hacer por ti, ¿verdad?. No recuerdo haber dicho que tuvieras que hablar para responderme.

Tampoco le hacía mucha falta con esa mirada.



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Re: Davy Jones {Privado}

Mensaje por Gaspard de Grailly el Vie Ago 04, 2017 6:11 pm

Por si las fantasías que había tenido con el otro a lo largo de los años (recordemos: veinte años dan para mucho... y más con la vida disoluta y pecaminosa que había estado llevando Gaspard de Grailly) no fueran suficientes, el pirata, “Sangre Negra”, había decidido alimentarlas aún más al mencionar el vino. Cabe destacar que, por una vez, el vampiro no era tan protagonista de las imágenes de la cabeza del aquitano como de costumbre, puesto que se estaba recreando más en la bodega del barco, repleta del elixir de color burdeos (nunca mejor dicho) que él tanto apreciaba, que en el capitán. Dicen, sin embargo, que la excepción afirma la regla, así que tampoco era para que el otro se ofendiera demasiado.

Lo cierto era que Gaspard de Grailly no sabía cómo tomarse al vampiro, que claramente estaba en una posición ajena a la mayor parte del control por su propia parte incluso y que parecía la definición más pura de asalvajado que pudiera ocurrírsele al imaginativo aquitano. Cierto, lo había imaginado muchas veces, conjurando su imagen en ciertas noches solitarias y con vampiros que no habían tenido tanto efecto como el que tenía delante; sin embargo, era imagen y acto, no razonamiento, lo que recordaba de él, y por eso mismo no sabía qué se escondía tras la cabellera pelirrojo del vampiro, tan intensa en la realidad como en su memoria. Parecía mentira que ésta no fuera fotográfica, pero recordemos que Gaspard seguía siendo humano, y no sobrenatural; recordémoslo porque a veces hasta él mismo lo olvidaba, según el contexto.

Desde luego, aquel encuentro era uno que al aquitano no se le olvidaría, no tanto por su buena memoria (que también, eso era innegable) como por las dimensiones que había adquirido... bueno, todo. ¡Se encontraba en un barco pirata, nada más y nada menos! Su sueño de adolescente, el de haber sido parte de la tripulación de aquel erótico hombre, en quien se fijó bien al girarse y dejar de darle la espalda por cierto, parecía cumplirse, sumado a otra fantasía suya, esta vez menos erótica que común: estar solo. No lo estaba del todo porque tenía delante al otro, pero no había gente alrededor, y eso al aquitano le encantaba, no mentiría ni en su propia mente, cada vez menos íntima.

¿Cuándo había empezado el otro a leer sus pensamientos? A Gaspard no le gustaba que nadie lo hiciera, prefería mantener su mente como una fortaleza inexpugnable a la que nadie daba acceso porque no confiaba lo suficiente en nadie, tan sencillo como eso; vampiro sensual o no, el aquitano no planeaba hacer una excepción con Sangre Negra, así que ahí quedaba la cosa. Además, Gaspard tampoco tenía la más mínima intención de disculparse (¿para qué?), pedir permiso (¿por qué?) o esperar a que el otro le dijera lo que podía hacer o no para llevar a cabo sus deseos, así que ladeó el rostro, divertido, y lo contempló un largo momento.

– La mía no es negra, si te sirve de consuelo. – respondió, aleatorio como solía, al comentario sobre la sangre, pero estuvo seguro de que el capitán entendió perfectamente a qué se refería, así que no hizo el esfuerzo de recordárselo porque no se sentía de humor para insultar una inteligencia ajena que sí sabía que existía. Por una vez y sin que sirviera de precedente, Gaspard de Grailly andaba sobrado de respeto; más le valía al capitán celebrarlo, porque no era algo que sucediera. No a menudo, en general. – Te vi a ti. ¿Por qué no te dejas de preguntas retóricas si ya sabes que vi bastante que me pareció más que interesante? – preguntó, práctico hasta la saciedad.

No esperó, sin embargo, a la respuesta, que no sabía si llegaría o no. Harto de esa extrañez de estar conociendo por primera vez a alguien que sentía que conocía demasiado, Gaspard afrontó la situación de la forma habitual en alguien como él: yéndose por la tangente y haciendo lo que nadie esperaba de él en ese preciso momento. Así, Gaspard empezó a andar, siguiendo el plano mental que se había hecho del barco pirata en el que se encontraba, y se dirigió hacia donde creía que estaba la bodega, a donde, para su escasa sorpresa, decidió seguirlo el capitán Sangre Negra. Responsable, éste último, de haberle dado ganas de ir en primer lugar, así que no le quedaba más remedio que apechugar con las consecuencias de sus actos.

En defensa de Gaspard, por mucho que sintiera curiosidad por el resto de dependencias del barco (recordemos: chico de tierra, mar de viñas y no de aguas, nada de barcos piratas a la vista de un chaval curioso y demasiado inteligente, ¡por supuesto que quería explorar más!), se limitó a bajar a la bodega y nada más. Bien es cierto que allí sí que sacó a la luz esa sed por saber y por el vino bordelés al tocar las botellas, leer las etiquetas y maravillarse un tanto por lo que estaba viendo: muchos caldos antiquísimos, valiosos como los que más y que lo dejaban casi tan seco como el capitán, aún ocupado observándolo.

– Tú sí que sabes cumplir fantasías y deseos locos, capitán. – comentó, burlón, pero entre la situación y la botella de vino que sostenía en las manos no sonó tan bromista como tentador, especialmente al haber reducido el espacio que los separaba (y también en el que se encontraban) y al mirarlo con el fuego de mil hogueras en sus ojos verdes. No podía evitarlo: el vino era algo que formaba parte de él tan intrínsecamente como sus tatuajes, después de haberlos cosido a su piel con tinta, o como sus órganos internos, era algo que conocía y con lo que se sentía bien. ¿Qué digo bien? ¡Mejor que bien! Así que no debía sorprender a nadie que el aquitano abriera esa botella y le diera un gran trago.

¡Ah, qué gloria bendita era aquel líquido! Como conocedor de la materia, Gaspard lo había dejado abierto un poco de tiempo antes de consumirlo para darle tiempo a airearse a aquel caldo, bastante reciente en contraposición a otros que había visto. No supo bien cómo había ejercido ese alarde de paciencia, siendo él tan impaciente como hiperactivo, pero lo consiguió, y bebió cuando supo que el líquido se encontraba al punto perfecto, ¿cómo no hacerlo si lo que planeaba hacer requería de esa perfección? A fin de cuentas, uno no besaba al capitán Sangre Negra con vino si éste último era vinagre; no tenía caso, y él de hecho se sentiría personalmente ofendido por ello.

– No está mal. – reconoció, al separarse, y fue semejante a una epopeya de halagos en cualquier otra persona, pero recordemos que Gaspard podía ser muy obtuso cuando se trataba de relaciones con otros seres, y más cuando éstas eran tan abrumadoras como la que había, sin comerlo ni beberlo, desarrollado con el pelirrojo capitán. – Lo peor no fue verlo sino las consecuencias de después. Imagina si me pareció interesante se detuvo para dar énfasis a la palabra. – que siempre he tenido problemas para hacer eso mismo que te vi hacer a ti sin unos colmillos de por medio. Culpa tuya, por completo. – admitió, encogiéndose de hombros, y a continuación bebió más vino. Porque por qué no.



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Gaspard de Grailly
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