Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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The Ground Beneath Her Feet — Privado

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The Ground Beneath Her Feet — Privado

Mensaje por Stanislav Rachmaninov el Dom Mayo 28, 2017 4:54 am


“She wears darkness as a queen wears a crown:
proud, confident, beautiful and above all meant only for her.”
— Sophia Carey


Regresó a Francia, no como un enviado del demonio Chaadayev, ni como un hombre sin reino, y sin corona, sino como emperador. Stanislav II de la casa Rachmaninov, ni más, ni menos. El pretexto original había sido ese tonto de Georgiy, buscarlo, regresarlo a la Madre Rusia, después de todo, eran los últimos de una estirpe, cuya sangre azul contenía también el fuego de la magia. Un Rachmaninov no podía andar suelto por ahí.

Sin embargo, ni él mismo podía engañarse; su regreso a tierras galas era por otra razón. Una más fuerte, y más humillante.

Trató de minimizar toda la pompa de la realeza que su recuperado título que confería. Viajó con el menor número de hombres posible, y aún así, a mitad de camino, regresó a dos cuartas partes del séquito, al considerarlo demasiado. Continuó su viaje y, aunque eso sí, se hospedó en un lujoso hotel de la ciudad, usó un nombre falso. No quería que nadie se enterara que el emperador de Rusia estaba en Francia.

Solo, sin acompañante alguno, Stanislav finalmente fue directo, y en cuanto se instaló, a aquella casa que le sirvió de refugio, en más de un sentido. Ahí debía estar Georgiy, creyó, aunque al acercarse no sintió su fuerza mágica, en cambio sintió otra que conocía bien. Demasiado bien. Y aún así, tomó la aldaba de la puerta y tocó con una seguridad que no sentía. ¡Era el zar! Una mujer no iba a minimizarlo.

Un rostro conocido atendió. Uno de los mayordomos de la casa Lesauvage, que había atendido sus caprichos mientras estuvo ahí. «Diferente a su primo», lo había escuchado decir más de una vez, aunque el hombre jamás fue grosero con él. Y Stanislav mismo sabía muy bien que podía ser un hombre muy difícil, por decir lo menos.

Busco a la señorita Lesauvage, aunque intuyo que eso ya lo supones —antes de que el otro hablara, Stanislav se adelantó con esa arrogancia casi violenta que lo caracterizaba—. ¿Está? —Alzó ambas cejas. Ni siquiera preguntó por Georgiy, directamente lo hizo por Claire.

Echó un vistazo al interior de esa casa que conocía bien. Que lo había visto en sus horas más oscuras, derrotado, exiliado, buscando consuelo en brazos de esa mujer a la que ahora maldecía, y que le había engendrado un hijo que no pidió. Parecía que se había saltado sus clases de Biología, impartidas en el ala Norte del Palacio de Invierno, porque ¿qué esperaba que sucediera cuando cada noche, abatido, solo, enrabiado, la buscaba a ella? Entonces la vio bajar por las escaleras, quizá curiosa por saber quién tocaba a su puerta.

Hablando del demonio —Stanislav ni siquiera tenía que tocar a las personas para que éstas se hicieran a un lado. El mayordomo le abrió paso cuando el zar dio la primer zancada. No era muy alto, pero imponía como su padre lo había hecho antaño. Aunque eso sí, él se prometió ser un mucho mejor monarca. ¿Mejor hombre y padre? No podía prometer lo mismo en esos dos ámbitos.


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Re: The Ground Beneath Her Feet — Privado

Mensaje por Claire Lesauvage el Mar Mayo 30, 2017 11:02 pm

"Vuelves a mí, porque el asesino siempre vuelve al lugar del crimen."
Óscar Hahn

<<Creí que nunca iba a saber lo que era el amor verdadero. No, al menos, hasta ésta noche. Lo vi ingresar al salón, con su vestimenta típica, con su porte característico y aquella sonrisa en los labios que era capaz de mover una montaña. Cuando vi la sonrisa del Zar, supe que estaba condenada a la desgracia. Sus dientes, blancos como la nieve que rodeaba el Palacio de Invierno, era una invitación al pecado. No supe por qué, de todo su cuerpo, los elegí. Quizá, porque me conectaron con mi lado animal, con una bestia femenina de la que no estaba enterada. Quedé embobada admirando su boca, y la imaginé recorriendo rincones de mi cuerpo que ni yo misma, en ese entonces, era capaz de tocar…>>

Un suave quejido de Jerome la interrumpió. Su hijo estaba afiebrado y lo había colocado a su lado para que descansase. Claire cerró el diario de su abuela Olenka, en su parte favorita. Se había aprendido de memoria el momento en que la mujer se había enamorado del, por entonces, Zar. Acarició, con el dorso del dedo índice, la mejilla del niño, que tenía una coloración rosácea debido a su estado febril. No le gustaba demasiado estar en la casa de sus padres, pero lo cierto era que cuando el pequeño se enfermaba, perdía el control de sus emociones y la soledad de su propia residencia, no ayudaba a mitigar la desesperación. Jerome era su punto débil, su talón de Aquiles.

Marianne, iré por un poco de agua —le anunció a la doncella, que se encontraba sentada en una silla al lado de la cama, junto a Jerome.

Iré yo, mademoiselle. —la joven hizo el amague de levantarse.

Quédate. Necesito estirar un poco mis piernas.

Guardó el diario en el cajón de la mesa de luz y salió de la habitación. Se detuvo un instante en el amplio pasillo y se llevó la mano a la boca del estómago. Estaba angustiada. Si bien Jerome ya comenzaba a mejorar, no podía evitar sentir temor. Claire, que vivía ocultando sus emociones, aprovechaba esos momentos en los que nadie la observaba, para alivianar su cuerpo y dejar que, en este caso el miedo, fluyera. Cuando estaba con su hijo o en presencia de otras personas, se mostraba fría e implacable, casi como un témpano de hielo. Y por más que su madre le pidiese que se expresara, había adoptado el silencio como método de supervivencia.

Continuó su camino, y cuando llegó a las escaleras, se detuvo en seco ante la voz que llegó desde la planta baja. Su propio y traicionero corazón, amenazó con salir de su pecho, se le secó la boca y un leve temblor le prohibió continuar con el descenso. Alzó la vista hacia la puerta y vio al mayordomo acompañado de un hombre. No, no de cualquier hombre. Era Stanislav, el maldito bastardo que ahora era Zar y que la había abandonado con un hijo suyo en el vientre. Él, su propio infierno, que la arrojó al viento cargando el deshonor en las entrañas. El instante de estupor fue superado por una inconmensurable ira, que la obligó a adoptar la pose de reina que, generalmente, utilizaba. Ya no lucía abatida por las noches en vela. Sólo lamentaba llevar un atuendo tan sencillo y estar despeinada. Comenzó a bajar hasta que él la vio y le habló. No había cambiado en nada. Continuaba siendo el mismo aberrante ser de años atrás.

Hace mucho tiempo que no veo un fantasma rondando en esta casa —respondió, con una sonrisa sardónica en los labios. Se quedó en el mismo lugar, a tres escalones del piso. —Leonard —se dirigió al mayordomo— ve ya mismo a la iglesia y pide por un exorcista —el hombre la miró con los ojos abiertos de par en par. —Déjanos solos —ordenó, ya sin ninguna clase de algarabía en la voz.

¿Qué haces aquí? —le preguntó cuando el empleado desapareció tras una puerta que conectaba con el sector del servicio doméstico.


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Re: The Ground Beneath Her Feet — Privado

Mensaje por Stanislav Rachmaninov el Lun Jun 26, 2017 11:13 pm


Aún en esas fachas, Claire era hermosa y la odió por ello. Porque le recordaba las noches en las que la tomó, para apaciguar su alma herida. Le recordaba todo lo que compartieron, odio y pasión a partes iguales. Continuó avanzando, sin despegar esos ojos como de plomo de ella. Sonrió nada más ante el recibimiento, tampoco esperaba que lo acogiera con los brazos abiertos. Echó un vistazo al mayordomo, fue breve y de inmediato, ella recobró toda su atención. Parecía que así estaba escrito que fuera, que no tenía otra opción más que mirarla. Y la odiaba, por Dios que la odiaba y aún así, quería volver a besarla en ese instante, hacerla suya contra el muro o el suelo. Hacer jirones ese camisón y esa bata.

Tal vez por eso la odiaba con tanta fuerza y con tanta rabia. Porque Claire lo conocía mejor que nadie. Sus cicatrices, las físicas y las del alma; y eso lo hacía débil. Débil ante ella, pero débil al fin y entre los Rachmaninov eso no se perdonaba. Alzó el mentón y ensanchó las fosas nasales, lucía amenazador y el hecho de que Claire no se amedrentara lo hacía desearla más, y odiarla más.

No soy un fantasma. Soy de carne y hueso, ¿quieres comprobarlo? —Dio un paso nuevo hacia ella, acercándose peligrosamente, aunque aún dejando una distancia prudente. Claire era letal, y no podía ser de otro modo, sino jamás la hubiera considerado, aunque el entendido entre ambos era que aquellas noches no significaron nada.

Y significaron mucho.

Ah, ¿es así como recibes a las visitas? Seguro ya estás al tanto de las buenas nuevas de lo que pasó en mi Imperio —y lo decía así, porque en verdad, ahora era suyo para gobernar—. Creí que serías más cálida, por los viejos tiempos —estiró la mano y tomó la muñeca ajena. Apretó, sin lastimarla y la jaló con fuerza hacia sí mismo. Pecho contra pecho. Respiración contra respiración. Y sonrió con el cinismo que siempre lo había caracterizado, potenciado ahora por una corona.

¿A qué crees que vengo? —Le habló a un palmo de distancia—. ¿A ver a mi querido hijo bastardo? —Era increíble que estuviera diciendo aquello, cuando aquel niño era bastardo por su propia culpa. Por su negligencia. Por miedo irracional al compromiso. A ser tan mal padre como lo fuera Stanislav I.

Vengo por mi primo, ¿tú qué crees? Es un Rachmaninov, por mucho que me pese. No puedo sentirlo, ¿dónde está? Tú debes saber, se cuentan todo —la soltó con fuerza—, son como dos niñitas que se hacen compañía y sus piran por los mismos hombres —se burló. ¿Eran acaso celos velados los que adornaban su discurso lleno de veneno? Siendo fieles a la verdad, Stanislav siempre sintió algo de envidia de su primo y la relación que tenía con Claire, porque hablaban, se entendían y protegían. Con él todo se limitó siempre a una cosa, que como resultado trajo un hijo no deseado, al menos por él.

No te atrevas a ocultarme información. Tarde o temprano me enteraría si me mientes —oteó el lugar, como si esperara ver a Georgiy por ahí escondido—. Recuerda que ya no estás tratando con un pobre exiliado. Soy Zar, como siempre estuve destinado a serlo —amenazó y volvió a clavar la mirada en ella y avanzó una vez más. La tomó del mentón con una mano.

Si bien siempre fue alguien sumamente arrogante, que parecía poder adueñarse de todo. Un hombre mercurial en sus modos y arranques, ahora lucía no sólo como un monarca, sino como algo salido de una pintura, o de un libro. Lucía imparable, exudaba poder.


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Re: The Ground Beneath Her Feet — Privado

Mensaje por Claire Lesauvage el Dom Sep 10, 2017 5:03 pm

Quería odiarlo, odiarlo con tanta fuerza para poder asesinarlo con sus propias manos. Era lo que merecía. Por un instante, fugaz como una estrella agonizante, fantaseó con sentirlo expirar bajo sus dedos. Era su desgracia, su condena. Pero, a pesar de que debía odiarlo, no podía. El pasado compartido, le había dejado lo más hermoso y desafiante que tenía. Jerome era la extensión de ambos, especialmente de Claire. Ella había convertido la vergüenza y abandono, en amor y armonía. Todos los días luchaba para que su hijo se sintiese especial, feliz y amado. Ella y la hermosa familia que tenía. Sin los Lesauvage le hubiera sido imposible. Eran personas de mente abierta, adelantados, que jamás sintieron la deshonra de la muchacha, y decidieron que no iba a vivir la maternidad en soledad. Sin embargo, cuando Stanislav volvió a tocarla, sin violencia pero sin delicadeza, se le revolvió el estómago. A pesar de todo lo que había sentido por él, tan fuerte como para entregarle su pureza, ahora había un profundo rechazo. Quería estar lejos, por el bien de todos.

Estuvo a punto de abofetearlo por haberse referido a Jerome de aquella manera. Bastardo. Bastardo. Repitió en su mente la palabra, y pensó que de esa forma siempre se referirían a él. El bastardo del zar, el bastardo de la Lesauvage. Ya lo hacían. Pero escucharlo de la boca del hombre que había sido parte de su concepción, la hirió en profundidad. Entendió lo condenado que estaba su hijo y en la tamaña tarea que le esperaba: debía hacer de él un niño fuerte, capaz de soportar el peso de la opinión ajena. Y la mejor manera de llevar a cabo esa misión, era teniendo a Stanislav lejos. Él no sería una buena influencia para Jerome. Ahora que podía verlo entendió que había madurado y sintió una profunda paz, que atenuó la tormenta que se había desatado en su ser.

—Tú no tienes un hijo, Stanislav —respondió con sequedad, mirándolo a los ojos. —Espero, por el bien de Jerome, que ni siquiera pienses en él. Tendrás un imperio, pero siempre serás un fracasado y un cobarde. Hablas con desprecio de alguien inocente y frágil, jamás serás feliz —y lo deseó, realmente deseó que él nunca encontrara la felicidad. —Jamás lo serás —y, al repetirlo, se convirtió en una sentencia.

Se acarició la muñeca, no porque le hubiera hecho daño, sino porque él, por más que Claire no quisiera, era fuego para su piel. Y le ardía allí donde había entrado en contacto. La naturaleza humana era indomable, y día a día comprendía la magnitud de una pasión que, por más que se hubiera esmerado, aún no lograba extinguirse. Stanislav le afectaba, a pesar de que no se le notara. La hechicera ocultaba todo, lo había hecho desde que era una niña.

—No sé nada de Georgiy. Hace tiempo que no estamos comunicados. Ahora que tienes el poder que te pertenece, deberías tener mejores informantes que yo —quería que se fuera. Iba a pedirle que se retirase, pero escuchó la caminata rápida de Marianne. Giró, preocupada.

—Mademoiselle, el señorito Jerome ha despertado, no lo veo bien. Pero pregunta por usted.

Se olvidó completamente de la presencia de Stanislav y corrió escaleras arriba. Intentaba despojar los pensamientos negros, pero cuando se recostó junto a su hijo y lo acunó entre sus brazos, no pudo evitar un par de lágrimas. Su cuerpo estaba caliente, lo sentía tan débil que temía lo peor. Él la miró con aquellos ojos verdosos y cansados, Claire le pasó el dedo índice por las mejillas, coloradas y tibias.

—Aquí estoy, mi vida. Tu mami ya está contigo. Sigue descansado, no me moveré de aquí —lo apretó suavemente contra su pecho y le comenzó a tararear una canción. Poco a poco, el cuerpito enfermo fue relajándose nuevamente, hasta que se le acompasó la respiración. Claire inspiró y expiró con lentitud, como si pudiera, de esa manera, absorber el malestar de su hijo y lanzárselo al viento para que se lo llevase.


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Re: The Ground Beneath Her Feet — Privado

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