Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Aletheia Brutus el Dom Mayo 28, 2017 6:28 am

Le dolía el hombro. Se había dado un buen golpe contra el muro y estaba casi segura de que el roce con la piedra sin pulir le había arañado la piel hasta hacerle brotar pequeños puntos de sangre. Aunque con el estampado de diminutas flores de su vestido no se apreciaba.

La bruja había ido a la Logia a buscar un par de tomos. No solía frecuentar la sede de la orden de hechicería porque hacía años que el uso que hacía de sus poderes era residual. Unas pociones, algún hechizo menor, generalmente para curar. La inquisición dejaba muy tranquilos a los hechiceros blancos; tenía otras criaturas que le urgía más cazar. Alguna bruja había sido atrapada y torturada. Y muchas desdichadas humanas acusadas de brujería. Ésa era la mayor caza de brujas. Porque aquellos que poseían la magia de verdad, solían ser capaces de escapar de las llamas purificadoras.

Sin embargo, hacía unos meses que la tensión era palpable. La inquisición no estaba tranquila y nadie sabía exactamente por qué. Tal vez era una nueva generación de inquisidores, obsesionados por la limpieza del mundo de cualquier mal. Quizás era que otras criaturas habían aprendido a esconderse mejor. O simplemente una tendencia cambiante al azar. Pero habían atrapado a tres hechiceros en los últimos cuatro meses y la Logia sólo había podido salvar a dos. El primero de ellos, un chiquillo apenas que se descontroló al ser acorralado, murió en la celda de los bajos de Santa Sede, donde había sido llevado a la fuerza para liberarle del demonio que le poseía a ojos de la Iglesia.

La Logia había tratado por todos los medios de mantener a salvo a sus miembros, pero los inquisidores parecían estar tomandose el trabajo de acosarlos de un modo muy personal. Se rumoreaba entre los hechiceros que esa reacción se debía a la negativa de la orden de magia de servir a los intereses de la Santa Madre Iglesia. Los dones de los hechiceros les facultaban para reconocer a cualquier sobrenatural a través de su aura y conocían multitud de conjuros que podían someter, inmovilizar o controlar a esos seres. Pero la Logia sólo ansiaba el conocimiento y el control de la magia. Para lo que la usara cada miembro en particular no era su asunto. Procuraban que nadie saliera demasiado de los límites, para mantener el secreto frente a la mayoria de humanos y protegerse de la Inquisición, los cazadores u otros seres. Pero si un nigromante atraía el alma de un muerto... O si un hechicero decidía probar un conjuro para cambiar de plano... O si buscaban hechizos nuevos cuyos efectos eran impredecibles... Bueno, ¿cómo iban a saberse las consecuencias de hacerlo, si nadie lo hacía?
Al final todo se reducía a eso, a la búsqueda de conocimiento y al control de la magia. Era su privilegio.

Después de todo lo ocurrido en el barco y tras el enlace de Elora y Xaryne, Aletheia había decidido que necesitaba recuperar los viejos hábitos. Había intentado ser la humana perfecta, la dama perfecta, la perfecta mujer de vida aburrida y mediocre esperando un marido conveniente. Pero esa vida no era para ella. Era sólo una sucesión de días vacíos que le dejaban la sensación de estar tirando sus mejores años por la borda.
Y entonces había llegado él. El huracán Paine. Había sacudido los cimientos de su mundo, la había hecho caer en todos aquellos actos que la sociedad criticaba, le había devuelto la magia.

Magia a la que ya no iba a renunciar, del mismo modo que no iba a renunciar al pirata. Así que había hablado con Stein acerca de algunos libros interesantes, con conjuros que podían serle útiles si iba a cambiar su tranquila vida en la ciudad por correr con los lobos en el bosque. Buscaba magia de protección, conjuros de ataque y defensa... Cualquier cosa que la preparara para la vida que iba a comenzar. Porque junto a Leif, la vida podía ser muchas cosas, pero jamás aburrida.

Con ese pensamiento en la cabeza, había pasado la mañana en la biblioteca de la Logia y había conseguido una lista de libros que poco a poco se iría llevando para consultar. Al salir, al inicio de la tarde, apenas en una de las calles que llevaban hasta la Sede, un hombre la abordó. Fue brusco, pero no especialmente maleducado. Le ofreció dinero y protección a cambio de servir a un fin más alto. Y quizás, en otro momento, la idea de que sus dones dieran muerte a cambiaformas y licántropos le hubiera parecido atractiva. Cuando todavía lloraba la muerte de Leon, cuando tenía pesadillas en las que se veía a sí misma una y otra vez, bañada en sangre, observando cómo aquella descomunal criatura acababa con la vida del hombre que amaba.
Pero ese tiempo había quedado atrás. Así que, con palabras educadas, aunque firmes, rechazó la oferta. Por desgracia, el inquisidor no se tomó bien el rechazo y comenzó a increparla y amenazarla y, en un arrebato, la empujó contra la pared, aprisionándola y diciéndole entre dientes todo lo que sería capaz de hacerle si la tuviera encadenada en los bajos de la Iglesia. Demasiado cerca de la Logia para que sus amenazas llegaran a buen puerto, varios hechiceros acudieron al rescate de su compañera y el inquisidor no tuvo más remedio que huir de allí, con el rabo entre las piernas y un hechizo que le provocaría un picor tan intenso que desearía arrancarse la piel a tiras.

No obstante, el día no iba a ser tan malo al final, porque cuando por fin alcanzaba su calle, vio un coche de caballos parado ante su puerta. En la ventana, una figura que reconocía a la perfección, se asomaba por la ventana esperando su regreso. Sonrió ampliamente y aceleró el paso. La puerta de la casa se abrió y un hombre cruzó el umbral todo lo rápido que le daban las piernas. Se acercaba al final de la treintena, tenía el cabello largo, recogido en la nuca, y vestía con ropas de viaje, cómodas, de buena calidad.
Si hubiera llevado el uniforme militar habría sido fácil reconocer que se trataba de un capitán, pero sin los galones, sólo podía identificarse a un hombre alto, bien parecido, cansado de un largo viaje y muy sonriente, que acudía al encuentro de la hechicera.
Ella se lanzó a sus brazos, exclamando su nombre. Él la tomó de la cintura y la levantó hasta que tuvo que mirarla hacia arriba, para dejarla nuevamente en el suelo y estrecharla en un fuerte abrazo, sin que le importase lo más mínimo que no fuera el saludo más adecuado entre un hombre y una mujer, en mitad de la calle. Hacía mucho tiempo que no la veía y le daba igual lo que el resto del mundo pensara. Era su hermana pequeña y tenía todo el derecho a comérsela a besos.
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Mensaje por Leif Paine el Vie Jun 09, 2017 6:29 am

La boda de Elora con Xaryne había supuesto un antes y un después. Tal como pronunció en el discurso de enlace, había llegado el momento de dejar atrás el pensamiento único para hacerlo colectivo. Años atrás sus problemas eran con el mar, con posibles traiciones o resuelta de reyertas cuando de dinero se trataba, pero tras anclar los pies a tierra sus principales preocupaciones eran para con su familia. Tenía unos hijos a los que quería mantener unidos, junto a él, y pronto nacería el que para él sería más especial. Podría verlo crecer, algo que no se le permitió con los demás. Fue y sería siempre un pirata, era imposible perder esa esencia, pero aquella vida quedaba relegada para dar paso a un hombre de familia, un líder que daría todo, incluso su propia sangre, por el bien común de los suyos.

El Warrior había zarpado poco después de la boda con la promesa de visitarle entre misión y misión. Verlo partir desde tierra no supuso ningún estrago para su alma. Era la elección que había tomado y estaba seguro que era la más correcta. Y la señorita Aletheia Brutus tenía mucho que ver en ello. Amaba a esa mujer como jamás pensó que podría hacerlo. Ir de falda en falda había parecido siempre la mejor opción de vida, pues así fue como le educó el temible y primer Capitán Paine, pero por mucho que había exprimido ese estilo nunca se sintió satisfecho. Ella le complementaba, le hacía darse cuenta que amarse a uno mismo no era suficiente. Aletheia había saciado un hambre que ni las putas, el ron o el mar fueron capaces de llenar.

Ahí empezaba su vida de verdad.

Tras la boda, puso más énfasis en la construcción del clan dentro de los bosques. Aseguró el territorio junto a sus dos hijos, Kethyr y Reydek, y estableció unas bases de convivencia: respeto, orden y lealtad. No solo con él, por ser el líder, también con los demás. Su deseo era llevarse consigo a la bruja, convertirla en su compañera, y aunque el día de la boda finalmente se firmó su relación, aún quedaban barreras por derribar y bases que asentar. El terreno emocional seguirían siendo arenas movedizas para él, pero había llegado el momento de dar el paso definitivo que diera inicio a su relación como tal.

Y ahí estaba, parado ante la casa de la hechicera. Con sus ropas de pirata, su aspecto de perdona vidas y tierra bajo las uñas. Con los dientes tan apretados que cualquiera que pasara a su lado podía oírlos crujir por la presión. Y es que la escena que estaba sucediendo ante él hizo hervir la bilis en su interior: su hembra en brazos de otro hombre. En su mente se iban formando pensamientos sobre traición, pero antes de hacer algo por lo que más tarde se arrepintiera, avanzó hacia la pareja con hielo en la mirada. Iba a darle la oportunidad de explicarse, aunque lo único que quería en ese instante era arrancarle la cabeza al otro hombre por osar poner sus manos en el cuerpo de la bruja.

-Vaya, pero qué ven mis ojos... - susurró justo ante ellos, con un tono de voz más oscuro que el averno. Su autocontrol se medía por la hinchazón de la vena en su cuello.




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Re: Con la Iglesia hemos topado... (Priv.)

Mensaje por Aletheia Brutus el Sáb Jun 10, 2017 3:13 pm

-Cada vez que te veo estás más guapa.
-¿Desde cuando tú eres objetivo en eso, Blaise?
-¿Tengo que serlo?
-¡Por supuesto que no! Pero, ¿qué haces aquí?
-Venir a secuestrarte. ¿Tienes idea de lo mucho que te echamos de menos y tú ni te acuerdas de nosotros?
-No seas mentiroso, que os escribo todo lo a menudo que puedo.
-Sí, para decirme entre líneas que tienes algo que contar, pero no decirme qué.
-Pues...
-Aletheia Brutus... ¡Conozco esa mirada!
-se echó a reír, antes de abrazarla de nuevo, estrujándola contra su pecho, hasta que la hizo quejarse y forcejear, como cuando eran niños-. Por tu bien, espero que haya una presentación formal a la familia. Eugène y yo tenemos que darle el visto bueno.
Su propia risa y el calor del cuerpo de su hermano envolviéndola y no dejándola ver impidieron que se percatara de la presencia de Leif hasta que estuvo justo ante ellos. El corazón le dio un vuelco y se tensó como la cuerda de un arco a punto de lanzar una flecha. Sabía que Leif habría oído su corazón acelerarse por su inesperada llegada. Y sabía también que era muy probable que su fino olfato de lobo percibiera el pequeño rasponazo en su hombro, porque había sangrado, aunque fuera de una forma muy superficial.
Se giró hacia él, con una gran sonrisa, con la que pretendía distraerle de todo lo demás. El brazo de Blaise seguía en torno a su cintura, mientras el soldado observaba de arriba a abajo a ese hombre, con gesto serio, estudiandole y decidiendo si era o no una amenaza.
-Leif, ¿qué haces aquí? Creía que ibas a comprar cosas con tus hijos.
-Aletheia, ¿y tus modales? ¿No me presentas a este caballero?
Blaise estrechó la mirada. Si había sabido leer entre líneas, su hermana tenía un hombre en su vida. Y si era ése que tenía delante... iban a tener una charla muy seria en cuanto se marchara.
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