Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Dead Men Tell No Tales → Privado

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Dead Men Tell No Tales → Privado

Mensaje por Reinout van Bergeijk el Jue Jun 01, 2017 9:15 pm


“The sea is emotion incarnate. It loves, hates, and weeps. It defies all attempts to capture it with words and rejects all shackles. No matter what you say about it, there is always that which you can't.”
― Christopher Paolini, Eragon



El vasto océano frente a él era lo mismo una puerta abierta, que un recordatorio cruel de la vida que llevaba ahora. Su reencuentro con Amanda Smith no hace mucho, le había traído nuevos bríos, nueva esperanza si se quería. La sola posibilidad de regresar a alta mar le hacía hervir la sangre con la pasión bucanera que, a pesar del sedentarismo, no se había extinguido en él. Un rebelde, siempre lo había sido, y aunque ahora ya no era un jovencito, ni en apariencia, mucho menos en edad, no tenía por qué ser diferente, aunque un ancla llamada familia lo amarraba a tierra.

El viento le despeinó el cabello. El aroma a sal y óxido inundó sus pulmones. Reinout cerró los ojos como si olfateara algo, algo importante… sus manos entrelazadas en la espalda sostenían con fuerza una nota. No una nota cualquiera. Aquella misiva no necesitaba firma, la hubiera reconocido incluso si no decía nada; en cambio, una rosa de marcada tinta negra era la que rubricaba el mensaje. Se había enterado, claro, de la muerte de Christopher Hornigold y lamentó que un pirata tan capaz ya no navegara los siete mares. Ah, tanto había cambiado desde que regresó al hogar paterno, a tomar su lugar como heredero van Bergeijk, pero el mar no dejaba de llamarlo como las sirenas a Odiseo.

El sol estaba por desaparecer en la fina y blanca línea del horizonte cuando escuchó pasos sobre la madera vieja del muelle. Pasos ligeros, femeninos y fieros. Se giró moviendo el bigote y sonrió al verla. Incluso él, un cínico, un embaucador, no pudo ocultar la sorpresa de verla de nuevo, así… aún recordaba (cómo olvidarlo) lo que compartieron juntos. Cómo esa chiquilla había logrado engañarlo, seducirlo, e incluso encantarlo. ¿Enamorarlo? Esas eran palabras mayores.

Pero qué tenemos aquí —abrió los brazos, en una mano la nota todavía sostenida con fuerza—. Confieso que fue una sorpresa saber de ti. Una muy buena sorpresa —sin mucho recato, Reinout caminó hacia ella, la tomó por los hombros y la besó en ambas mejillas—. En tu apellido llevas la condena, Regina Hornigold —se separó, sin soltarla y la miró con suspicacia.

No había mejor lugar para nuestro reencuentro —se giró y señaló con una mano, como si mostrara un gran e imposible truco de magia, el punto donde el sol ya se había ocultado, dejando a su paso nada más un resplandor naranja y el cielo que comenzaba a pintarse de noche.

Lamento lo de tu padre —entonces dejó de lado el entusiasmo y habló de manera más solemne. Christopher era un hombre al que respetaba y no había muchos de esos. Para que Reinout respetara a alguien de ese modo, se necesitaba mucho, ser algo verdaderamente extraordinario. Regina como su padre, lo era también. La soslayó, esperando ver una reacción.

Lamento también que nos veamos de nuevo hasta ahora, ¿dónde demonios habías estado? —Aligeró el ambiente, o trató de hacerlo. Se peinó el bigote, retorciéndolo con el índice y el pulgar  en un gesto ladino. Sus ojos azules astutos la miraron, como preguntándole con éstos también.

¿Qué podía esperarse? Los protocolos de la alta sociedad no iban con él y no iba a saludar a Regina con toda esa pompa de la que ya estaba harto. Con ella compartía historia, vivencias, era una igual y quizá eso era lo más valioso para un hombre como Reinout. No mentía al decir que lamentaba lo de su padre, y que esas fueran las circunstancias para volver a verse; sin embargo, se alegraba de hacerlo, Regina no sólo se había convertido en una hermosa mujer, sino que parecía tan determinada y feroz como recordaba.


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Re: Dead Men Tell No Tales → Privado

Mensaje por Regina Hornigold el Dom Jun 11, 2017 1:05 am

"Beyond the East the sunrise, beyond the West the sea, and the East and West, the wander-thirst that will not let me be."
Gerald Gould

La tierra le dolía. El mar aclamaba por su presencia, ansiaba envolverla en su oleaje y llevarla a parajes ricos. Añoraba la euforia de la caza, el momento previo a asaltar un barco, incluso el sonido de los cañones preparándose. Sus hombres sentían lo mismo que ella. Estaban malhumorados y le preguntaban, constantemente, cuándo volverían. Ella les pedía paciencia pero sabía que todo se había demorado más de lo esperado. Pero su tripulación era leal, y se conformaba con vivir en el navío anclado en el puerto; unos pocos la habían acompañado en la lujosa residencia que había alquilado en la zona céntrica de París. Su presencia era un misterio, le habían llegado invitaciones a fiestas, pues todos querían saber quién demonios se hospedaba en el enorme palacete, especialmente, por la danza de hombres mal vestidos que entraban y salían de allí. Regina no se dejaba ver, cuidaba sus movimientos y se mantenía más en alerta que nunca, en especial, porque no se sentía segura en la firmeza del suelo. Su sitio era allí donde no había estabilidad, sobre las aguas bravías y saladas.

¿Es necesario que lo ajustes tanto? —se quejó, con un gesto de horror. Una de las pocas mujeres de su tripulación, una cocinera de caderas anchas, rostro redondo y cabello rojizo y entrecano, oficiaba de doncella. No había querido contratar a nadie.

Señorita, usted no es como todas las muchachas. Mírese el busto, las caderas, es necesario ajustar más el corsé.

¿Me estás diciendo que estoy gorda, Ophelia? —preguntó con una sonrisa amplia.

No, sería incapaz. Usted es hermosa, sólo que estos malditos franceses hacen ropa para escuálidas, y si no ajusto más, se verá desalineada.

Tampoco quiero impresionarlo, ya me conoce des… —se detuvo al recordar la presencia de la pequeña Faith, que se reía en silencio, sentada en la cama, con Onyx en el regazo y Zeus trepado a su cabeza. —Ya me conoce bien.

Hace muchos años que no lo ve. Y lo necesita. Una mujer debe usar sus atributos —en un gesto rápido, le apretó los pechos, lo que hizo que ambas largaran una carcajada. Faith no entendió demasiado, pero rió también, por las dudas.

Salió de la residencia y un coche de alquiler la trasladó hacia el puerto, el sitio que había escogido para su reencuentro con Reinout. No iba a negar lo ansiosa que estaba; el cosquilleo en la boca del estómago y la transpiración en las manos enguantadas, la delataban. Además, no era la clase mujer que negara sus emociones. Se hacía cargo de ellas y de las consecuencias de sus actos. Había aprendido, a fuerza de golpes, que esa era la mejor manera de afrontar los hechos. Y así, con esa determinación, era que había decidido que la muerte de Christopher, su adorado padre, no naufragaría. Se había tomado el tiempo suficiente para cavilar las opciones, recabar información y había llegado a la conclusión de que necesitaba a aquel hombre que la había convertido en mujer, cuando aún era una niña. Ese hombre que tanto admiraba, respetaba y del que tanto había aprendido.

Lo vio de espaldas y caminó hacia él, incapaz de disimular la fiereza de su taconeo. Lucía femenina enfundada en su atuendo azul noche, pero el cabello negro, suelto y lacio, era mecido por la brisa salada y fresca. Ah…eso era todo lo que necesitaba. El sonido de la marea la amansaba, y dejó que los gestos afectuosos del otrora corsario, la llenaran de calidez. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo mucho que había necesitado el cariño de un amigo.

Sé que lo lamentas —fue lo único que pudo decir, con un nudo en la garganta. Estaba emocionada y afectada, no sólo por la sinceridad con la que se había dirigido van Bergeijk, sino porque él sería siempre alguien especial. — ¿De verdad me preguntas dónde he estado? —se acomodó rápidamente al cambio de rumbo de la conversación. —Es un secreto, querido. O pregúntaselo al Rey de Inglaterra de dónde vienen las riquezas, quizá él pueda responderte —se alejó unos pasos hacia atrás, necesitaba contemplarlo. Se llevó las manos a la cintura y lo observó de pies a cabeza —Estás más guapo que nunca. Lástima que no estoy buscando marido, sino te desposaría aquí mismo y te secuestraría como a una damisela —el humor era una de las armas de Regina, la que desenfundaba cuando estaba nerviosa. Y vaya que lo estaba…



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Regina Hornigold
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