Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Strange Mercy (Libre)

Mensaje por Mina Valentine el Dom Jun 04, 2017 2:06 pm

Claro, la muerte no era para todos igual. Pero eso ya lo sabía ella

Clientes llegaban de un lado y otro de París, la ubicaban cada día con mayor facilidad e incluso se discutía menos sobre sus honorarios. El motivo, era el trabajo impecable que entregaba Mina, que dedicaba las horas necesarias para darle a la muerte belleza y un último recuerdo al afligido. Era detallista en cada asunto, se perfeccionaba conforme pasaba el tiempo en su arte y muy a pesar de ser completamente solitaria, le hacía conversación a los muertos como si los atendiera con gusto y como si a su modo, también les diera su despedida.

Sin embargo y muy de vez en cuando, llegaban cuerpos procedentes de otras ciudades, aquellas en donde el servicio post mortem era otorgado de modo muy básico, como solía suceder en las morgues, que apenas si organizaban lo necesario el cuerpo sin darle ningún detalle adicional. Ellos tampoco retrataban a nadie e incluso, para ellos la muerte no era otra cosa distinta a no ser ya nada. No así, para Mina su trabajo se trataba de algo muy distinto a vestir a un difunto o colocarle algodón para evitar situaciones molestas durante el proceso velatorio. Para ella el asunto de arreglar un cadáver consistía en hacerlo parecer aún vivo, como si con eso lograra que el duelo de sus dolientes fuese un poco más sencillo e incluso agradable. Pagaban grandes sumas de dinero, pero a cambio obtenían un cuadro o fotografía que conservarían siempre, y un cuerpo que lucía casi tan natural como la última vez que sus pulmones les permitieron un respiro.

Como era de esperarse, no siempre trabajaba en su casa, puesto que muchos clientes preferían que las escenas fueran recreadas en sus propias moradas, donde sus parientes fallecidos habían caminado o permanecido horas atrás, perteneciendo de modo completo a sus familias y rutinas, a una vida que se había desvanecido en el transcurrir de algunas horas. Los servicios de la inglesa eran llevados a cabo lo más rápido posible, evitando así que el proceso natural de descomposición le ganara tiempo; por no mencionar la rigidez, que era lo más difícil de lidiar a la hora de hacer parecer a un muerto como si todavía estuviera vivo.

Esa noche, apenas oscureció, alguien llamó a su puerta y al abrirla, supo que esa noche no sería tan normal como siempre. Casi a la fuerza tuvo que retroceder, mientras un extraño personaje cubierto con una capucha entraba con rapidez y dejaba un cuerpo inerte sobre el suelo
—Necesito que me ayude, yo no… no quería que muriera, fue un accidente que debo ocultar— susurró.

Mina no tuvo otra opción diferente a cerrar la puerta y a permanecer durante unos minutos en silencio mientras observaba el cuerpo, aún alejada y de pie. Bajo la capa, no se podía identificar a ciencia cierta a nadie, aunque ella creía que podía tratarse de algún sobrenatural que había asesinado a un ser querido quizás en un arrebato de adrenalina, como le pasaba a muchos.




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Re: Strange Mercy (Libre)

Mensaje por John W. Halsted el Sáb Jun 24, 2017 6:45 pm

La inmortalidad le había restado años de cordura


El Doctor Gallinger había dicho que ella era capaz de revivir a los muertos.

O de darles vida. No había sido claro. Esa noche Gallinger había bebido más de lo que solía beber en todo un año en aquellas fiestas de gala de las que a su esposa gustaba asistir y en las que él sólo se dedicaba a empinarse la botella. Nunca antes había existido un matrimonio tan deprimente como el de los Gallinger, pero él era un respetable cirujano que se había ganado su reputación a base de trabajo y ella era nieta de un General condecorado.

Everett había llegado a la mitad de su vida ya sin ganas de vivir la otra parte. Su espíritu entusiasta se había derrumbado conforme perdía pacientes y se terminaba de desmoronar cuando llegaba a casa. John lo había conocido en una clínica en Londres, él aún era joven y decidido. Ahora que lo había encontrado de nuevo en Paris hubiese deseado en aquel entonces haberle ayudado. Ahora quizá no serían rivales.

John no se veía a sí mismo como aquel doctor de la famosa novela quien podía revivir a un muerto. Él tenía la ciencia de su lado, la ciencia, la ciencia y el tiempo. Había logrado desarrollar un compuesto que le permitía limitar sus impulsos, había también inventado infinidad de procedimientos médicos, le había salvado la vida a un millar de personas; pero quería más. Más.  

La sangre de vampiro le había devuelto la salud a su esposa y le había dado una vida nueva. Y a él también. Por qué era que él no podía hacer lo mismo ¿Qué era lo que, al igual que Gallinger, le había estado consumiendo el alma con los años? ¿Qué era lo que le había evadido todo este tiempo? ¿Qué había pasado por alto? Debe haber algo, algo más, se decía.

Ella es capaz de devolverle la vida a los muertos (o de revivirlos), había dicho Gallinger. Y John lo había escuchado. Y John lo había creído. Incluso estando frente a su puerta lo seguía creyendo. Era magia, era sangre, era ciencia. Fuese lo que fuese eso era lo que él buscaba. Qué importaba ya si alguien se le había adelantado, qué tanto le importaba eso cuando su cordura estaba en juego. J.M. Christiansen, su mentor, se había volado la tapa de los sesos con esa pregunta en los labios.

El cuerpo lo había raptado de la morgue, siquiera habían tenido el tiempo de marcarlo. No era necesario, él ya sabía la razón de la muerte. Intoxicación en la sangre. Él mismo había preparado la trasfusión. Nadie sabía a ciencia cierta cuál era la probabilidad de sobrevivir a una pues nadie sabía aún qué hacía que la sangre de uno enfermara a otro. Las transfusiones habían funcionado un par de veces, John había presenciado unas cuantas. Pero todas y cada una de ellas habían sido pura suerte. Ese día la suerte no había estado con el señor Gentille, ni ese día ni hace 25 años cuando había decidido ser cochero pues el roce de las botas altas con la piel le había ocasionado un nudo en una arteria. Gallinger había intentado tratarlo, cortar el nudo y unir la arteria después, y las venas. Todo había sido un maldito show. El hospital era un circo.

Necesito que me ayude, yo no… no quería que muriera, fue un accidente que debo ocultar, le dijo a quien había abierto la puerta, de quien clamaban podía revivir a los muertos. La lastima y el congojo siempre habían sido mejores que la fuerza, pensó.



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John W. Halsted
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