Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Roland F. Zarkozi el Miér 07 Jun 2017, 04:20

“Todo placer tiene un componente ilusorio.
Lo que deseamos se mezcla con lo que obtenemos”.
- Juan Villoro



Roland se encontraba desnudo en su patio trasero. Se encontraba agitado, su cuerpo empapado de sudor. Aquella noche de luna llena no había sido normal. Por vez primera desde su cambio de naturaleza, no se encerró. Cada periodo de transformación se encerraba en una cueva llena de plata, se impedía el tener que escapar de casa y tener que hacerle daño a gente inocente. Sin embargo algo en él estaba cambiando, y sus ganas infinitas de rebelarse a sus propios principios, iba acrecentando.

Y ahí se quedó, desnudo, pensativo y cansado. Su cuerpo llevaba rasguños y rastros de sangre, probablemente habría tenido una pelea con alguno de su misma condición, no lo sabría nunca ya que no recordaba, y no tenía las ganas para hacerlo. Sonrió, pocas veces se daba el privilegio de poder dejarse llevar por sus impulsos y emociones; sinceramente no lo desagradó, incluso llegó a pensar que podría repetirlo no sólo cada luna llena, sino su día a día.

El inquisidor caía en su abismo personal. Él creía que en su interior existía un hoyo negro, mismo que se expandía y no se podía controlar. Probablemente Gregory tuvo razón, a final de cuentas su vida era una total desgracia y no le interesaba remediarla, por más acciones positivas, ninguna le salía bien, para él era preferible simplemente ya dejarse llevar. Su maldición no era ser un hombre lobo, su maldición era ser él, simplemente él.

Los rayos del sol comenzaron a dejar ver su cuerpo moribundo. Hizo una gran mueca, a Roland no le gustaba mucho el sol, quizá porque ya se había vuelto un hijo de la luna. Se levantó y al ponerse de pie, estiró su cuerpo; su espalda tronó. Avanzó con cautela por la parte de su casa, miró a ambos lados y se concentró para poder agudizar la percepción de su oído. Todos los inquisidores humanos seguían durmiendo, por lo que no tuvo problema alguno al ingresar a casa sin ser visto. Hizo aquello que comúnmente hacía. Comía carne cruda, bebía un poco de zumo de naranja, se daba una ducha fría y terminaba por adentrarse en la cama, así hasta que su cuerpo le indicara que debía despertar, levantarse, e intentar hacer ver que no había pasado nada, aunque toda la inquisición ya supiera su secreto. Bueno, no toda, pero si los que vivían en sus terrenos.

Aquella tarde Roland despertó inmerso en una gran tristeza. Observó su gran y fría habitación, se encontraba vacía. Los años se le estaban pasando, y nunca pensó que en realidad quería compartir su vida con alguien más. En ciertas ocasiones escuchó a un par de colegas dudar de sus gustos, en ocasiones de raro no lo bajaban, y una vez intentaron golpearlo a muerte para poder corregirlo. Una acción que costó muy cara para los posibles atacantes.

Roland no sabía que estaba esperando de su vida, lo que si sabía era que necesitaba satisfacer esa necesidad que murió el día en que Gianna dejó esa vida. Debía buscarse una nueva amiga, o alguien que simplemente le bajara las ganas. No era bueno socializando, mucho menos tenía maestría en seducción, pero por su propio bien debía hacer algo o moriría de impotencia. Algo más vergonzoso que llegar a buscar a una mujer en un burdel.

¡Ahí se encontraba la respuesta! ¿Pagar por la compañía de una mujer? Eso sí daba vergüenza, de sólo pensarlo llegó a creer que sí, podía existir algo de rareza en su interior. Aquella noche Roland no se vistió con pulcritud, se puso prendas ligeras pero no reveladoras, su estilo era casual, pero no dejaba de lado lo que era. Su alma solitaria lo invadía, pero esa noche su necesidad le era más grande.

Caminó por el bosque sin mirar atrás, no hubo criatura que interrumpiera su paso, parecía que todo estaba perfectamente planeado para que él cumpliera con aquella secreta misión. ¿Qué ocurría por la mente de El Silencioso? Nada, la puso en blanco, si llegaba a pensar más de la cuenta, las consecuencias serían graves, porque mientras más pensaba, más meditaba sus acciones, eso impediría que concluyera la noche de forma satisfactoria.

Roland escuchó gritos a lo lejos y a mitad de camino, en un principio se rehusó a hacer caso alguno, si interrumpía sus pasos, nunca más volvería a retomar ese camino. El detalle fue el grito de ayuda, un grito femenino mezclado con angustia y reto. Su sentido de la protección y el deber apareció. Todo aquello que creyó iba a ocurrir, se desvaneció. En un abrir y cerrar de ojos el ataque llegó. Fueron varios frentes, no lo vio venir. Se trataba de tres vampiros sedientos, mismos que pudo hacer que se fueran sin culminar su acto de horror. Antes de caer al suelo presa del dolor ocasionado por el veneno que en su cuerpo se alojó, pudo entrever una melena negra azabache, contraste perfecto a la blancura de una hermosa piel.

¿Acaso lo ayudaría?


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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Jue 08 Jun 2017, 21:07

¿Todos los burdeles funcionarían igual que aquel en el que me encontraba yo? Tal vez unos meses atrás habría podido responder a esa pregunta, pero una de las desventajas de no recordar nada era que no tenía ni idea de cómo funcionaban ciertas cosas, mientras que otras las empezaba a conocer por vivir en ellas, nada más. Suponía que no, porque la intuición así me lo decía; esa misma intuición me había dicho que yo era prostituta, y a los hechos me remitía para saber que lo era, aunque sólo fuera por la cantidad creciente de clientes que acudían a mí, satisfechos y deseosos de más.

¿Egocentrismos, Alchemilla, cuando todo lo que haces es abrirte de piernas y dejar que te monten estúpidos que no valen nuestro tiempo? Vaya contigo...

¿Y por qué no? Si los hechos decían una cosa, sería estúpido por mi parte no hacerles caso; podía estar desmemoriada, pero si había sido capaz de sobrevivir incluso a casi morir (ojalá pudiera olvidar cómo me había despertado de dolorida, en aquella cabaña, y plenamente consciente de por qué había terminado así...), tan mal no me iría, ¿no? ¡Ja! Si no te va mal es gracias a mí, no te olvides nunca de eso, ¡fulana desagradecida! Sacudí la cabeza casi imperceptiblemente, y la madame se lo tomó como que aceptaba; por supuesto, esa era mi suerte, ¿acaso me sorprendía...?

¡Debería! Merecemos algo mucho mejor que mancillarnos a domicilio, ¡ni que fuéramos esclavas! ¡Ni que fuéramos objetos que pueden utilizar...!

Pero lo somos, así que cállate. Y con la mirada clavada en la madame, que me daba las últimas instrucciones para llegar a la mansión del hombre que había requerido una prostituta, fingí que la escuchaba, sin interés. Estaba más ocupada intentando recordar si se suponía que los inquisidores, como aquel, tenían permitido solicitar los servicios que las fulanas ofrecíamos o si la Iglesia se lo prohibía... Tan distraída estaba que no me di cuenta de que me había llamado a mí misma fulana hasta que la voz, ella, me lo recordó despectivamente; me tuve que morder la lengua para no responder, pero por suerte la madame terminó y pude ir a prepararme.

Sí, Alchemilla, ve a arreglarte para el matadero; ponte tus mejores galas para el Sacrificio ritual... ¡Ay, si al menos ese sacrificio fuera a parar a Robbie el Conejo...!

A menos que el conejo planee pagar, lo dudo. Y con esa firmeza de mis pensamientos se calló, ¡por fin! Con el silencio me concentraba mejor en lo que hacía y en recordar las órdenes de la madame, ya que si no las cumplía podía significar la diferencia entre un día sin comer y un día con alimentos deliciosos que poder llevarme a la boca. Así pues, me embellecí como me habían solicitado, con transparencias negras que destacaban sobre mi piel demasiado pálida para lo que creía que podía llegar a ser (se sentía correcto pensar que el sol me doraba la tez, así que lo asumía como cierto), el pelo suelto y los labios carmín. Una vez lista, me marché sin mirar atrás.

¡Ojalá fuera eso cierto, hipócrita, pero mirarás atrás porque volverás a que sigan humillándonos! Podrías matarlos a todos... Podrías deshacerte de ellos y controlar el burdel; conozco las palabras perfectas...

¡No me interesan! A punto estuve de taparme los oídos, pero no lo hice porque estaba en público; no necesitaba recordar mi pasado para saber que comportarme como una demente en público me traería problemas, más aún que ser una mujer que iba por la calle sin acompañante masculino. Así quedaba particularmente claro a qué me dedicaba, pero las miradas de rechazo que recibí de otras mujeres con las que me cruzaba me resbalaron, como si ni siquiera las estuviera recibiendo. Hacía tal esfuerzo por concentrarme en no escuchar la voz que lo demás tampoco me importaba. Probablemente así fue como me perdí.

Oh, no... ¡Vampiros! ¿Los hueles? ¿Los notas? ¡Qué excitante! Pero te persiguen, te quieren devorar, ¡corre!

En vez de correr me detuve, y no por desobedecer (a veces, debía reconocerlo, ella tenía razón), sino porque fue mi reacción natural, presa del miedo. Los había oído, claro; estaba desmemoriada, no sorda, pero ¿qué podía hacer contra ellos? No tenía nada de plata salvo un brazalete en la muñeca, que no serviría mucho; aun así, cuando llegaron a atacarme, me defendí de uno de ellos clavándole la plata en la mejilla, y sirvió para alejarlo y enfadarlo, de modo que me atacó. No pude evitarlo: chillé.

¡Cobarde, eres una cobarde, estúpida, podemos defendernos..!

¡Pero ya lo intentaba! Me valía del brazalete de plata aunque el vampiro me estuviera golpeando, más interesado en eso que en morderme porque lo había enfadado; me llevé buenos golpes, que me empezaban a doler cada vez más, pero seguía viva. ¿Seguía viva! Abrí los ojos, que no sabía que había cerrado, y los vi atacar a un hombre con saña, mucha más que la que habían demostrado conmigo. ¿Por qué? Porque es un lobo, ¡fíjate bien! Y lo vi, claro, vi al lobo en él, pero me dio igual, ya que en cuanto se fueron corrí hacia él y me agaché para examinar sus heridas.

– Oh, no, no... – murmuré, y comencé a arrancarme trozos de la tela del vestido (¡otro castigo de la madame, estaba segura!) para anudarlos encima de sus heridas, haciendo un... Torniquete. ¡Eso! Torniquetes que apreté con fuerza para que el veneno no se extendiera; no sabía cómo lo sabía, pero lo hacía. A continuación, apreté las marcas de mordiscos para que expulsaran la mayor parte del veneno, y una vez creí que lo habían hecho, solté los torniquetes y le acaricié el rostro, pálido. – ¿Está bien? ¿Tiene algún sitio a donde pueda llevarlo? Debe descansar. – pregunté



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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Roland F. Zarkozi el Vie 07 Jul 2017, 03:25

Roland ni siquiera entendió porque se había acercado a ese lugar, estaba consciente que el veneno de vampiro en cantidades fuertes, podría matarlo, sin embargo quiso arriesgarse, porque muy probablemente aquel día y aquella noche no le interesaba cuidar su vida. ¿Suicida? No lo era, simplemente no tenía ganas de meditar más de tres veces la situación en la que se encontraba.

El Silencioso era un hombre de buen corazón. Su vida no fue sencilla, se dedicó a entrenar para poder matar a criaturas que deseaban cometer imprudencias en una ciudad que buscaba poder liberarse de tantas reglas, leyes y protocolos que parecían inservibles, pocas veces fue la que se encontró en situaciones con victimas de por medio, prefería cazarlos en soledad, porque si alguien moría antes de poder rescatarlo, una vida caía sobre su consciencia. Algo que lo atormentaba demasiado. No era consciente de muchos propositos en su vida, aquella noche no se trataba de él, sino de alguien más. ¿O se trataba de los dos? Quizá.

Perdió la cuenta después de la mordida número ocho. El veneno de vampiro resultaba tan insoportable como la herida de bala de plata, muchas veces probó algunas inyecciones para hacerse fuerte, experimentos que su padre en algún momento realizó con él, pero que todas fracasaron por su naturaleza. Un hombre lobo nunca se haría inmune al daño de su enemigo natural, ni siquiera los pocos estudios que se tuvieran en aquella epoca.

Escuchó una voz. ¿Acaso volvían? Creyó que había matado un par, si rondaba alguno por la zona, podrían terminarlo. ¿Era su fin? Dusoso, abrió los ojos por unos instantes. Grata fue su sorpresa al notar que no se trataba de algún enemigo, sino de la victima que había salido casi ilesa de aquella situación. ¡Una maravilla!

Se quejó un par de veces al sentir como aquella joven ejercia presión sobre algunas zonas de su cuerpo, incluso se movió con brusquedad intentando apartarle la mano, su torpeza no ayudó demasiado, por lo que se rindió al instante y dejó que intentará ayudarlo un poco. Se retorció un poco más, aquello era inevitable, su cuerpo estaba invadido de veneno.

- Le agradezco – murmuró con suavidad intentando enfocar la vista para poder conocer a su salvadora. Al menos no había huido como en otras ocasiones le había pasado. Cerró los ojos y relamió sus labios secos para poder intentar seguir articulando alguna frase. – Probablemente si no llegaba a tiempo estaría muerta, ¿acaso no le enseñaron que siempre debes salir acompañada? Cometió un grave error, no lo vuelva a repetir – Regañó con un toque de dulzura. Como pudo se apoyó de los codos e impulsó el cuerpo hacía adelante para ayudarse y poder lograr sentarse. La jovencita no tardó en entender lo que Roland quería, y agradeció de nuevo internamente porque volvió a ayudarle. – No tardaré en sentirme mejor, así que lo prudente sería que me indicaras a donde te llevo para que te encuentres a salvo – Se quejó de nueva cuenta llevándose una mano a la altura de su abdomen. Aquella mordida había sido la más dañina. ¡Malditos chupa sangre!

- Me llamo Roland – Sonrió a la chica. - ¿Su nombre?  - Se apoyó de ella para poder ponerse de pie. Era fuerte y además, no le gustaba que lo vieran débil. – Creo que podríamos ir un momento a mi casa, necesito reponerme antes de seguir avanzando por el bosque, así no podría darle protección alguna. – Entrelazó su brazo en los hombros de la chica para ayudarse a caminar – Lamento importunar su espacio físico personal, pero creo que no podría avanzar si no lo hago – Se excusó, aunque mostró la postura más respetuosa que pudo – Eres mi salvadora – Bromeó antes de comenzar el camino.


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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Lun 10 Jul 2017, 21:30

Suponía, y en esto debía utilizar la intuición más que mis recuerdos, que una mujer distinta, no prostituta, se habría escandalizado por él, su estado y sus heridas; sin embargo, yo no sólo no estaba escandalizada, sino que deseaba ayudar. Pese a que ella murmuraba y gruñía en mi contra, no necesitaba oírla bien para saberlo, yo deseaba genuinamente auxiliar al hombre (no, hombre no, ¡licántropo! ¿Aún no has aprendido que son peligrosos!) al que habían atacado por mi culpa, quizá precisamente por eso: culpabilidad. ¿O se trataba de algo más?

Por favor, no seas patética, ¡claro que es culpabilidad! Ahora déjalo, ya has extraído el veneno y no se va a morir, ¡es nuestra oportunidad de largarnos!

Y, por supuesto, ya que era la única opción que tenía cuando ella mostraba una opinión, yo hice lo contrario y continué auxiliándolo, sonriendo tímidamente cuando él me dijo que debía ir siempre acompañada y ayudándolo, después, a levantarse. Su estado debía de ser más grave de lo que parecía si no se había dado cuenta de que era una prostituta (¡furcia!) y a las mujeres como yo no nos acompañaban caballeros como él por la calle, y eso hizo que sintiera aún más deseos de auxiliarlo, por si los de hasta ese momento no eran poco.

Estás cometiendo un maldito error, ¡no debes acercarte a ningún licántropo!

– No lo repetiré, se lo prometo, pero usted debe dejar de preocuparse por mí y debe pensar en descansar, ¿de acuerdo? Lo acompañaré. – respondí, y me ofrecí, aunque él ya sabía que disponía de mi fuerza y de mi equilibrio porque se había apoyado en mis hombros de una forma tan respetuosa que hasta a mí me extrañó. Con una ceja alzada, me aproximé a él para que el resto de mi cuerpo le sirviera de apoyo, ignorando cualquier tipo de espacio propio que él quisiera respetar, puesto que, al no hacerlo nadie, ya casi ni siquiera lo necesitaba.

No sólo te acercas, Alchemilla, sino que te tomas confianza. Cuando acabes devorada y desgarrada por él ya me vendrás a llorar.

– No se preocupe por mí. – insistí, negando con la cabeza y haciendo acopio de todas mis fuerzas para guiarlo en aquel camino que él me estaba indicando. – Soy yo la que está agradecida por su ayuda, Roland, puede importunar mi espacio cuanto necesite. – afirmé, y solamente cuando llegamos a la puerta de su enorme mansión (al menos, a mí me lo parecía, pero estaba acostumbrada al burdel, ¿no?, así que no era objetiva... Ni en eso ni en casi nada) recordé que me había preguntado mi nombre.

Qué interesante dilema, ¿qué le vas a decir? ¿Tu nombre de verdad? ¡Alchemilla, Alchemilla, Alchemilla Gillespie!

– Me llaman Alchemilla, señor Roland. – me presenté, y de verdad me iba a separar de él y a depositarlo en el calor de su hogar, pero lo veía aún tan débil que no pude evitar acompañarlo dentro y asegurarme de depositarlo en un sofá cómodo para poder seguir tratándolo. Al no haberme echado aún, decidí que abusaría aún más de su confianza y me senté junto a él para examinar sus heridas con los dedos, tratando de rozarlas lo menos posible porque intuía que le dolerían.

Es un licántropo, se va a recuperar, ¡te has asegurado de ello! Uno más de esa plaga para el mundo, Alchemilla, ¡mira lo que has hecho!

– Es increíble, ya han empezado a curarse. – murmuré, entre dientes, aunque él me escuchó y yo aparté la mirada, azorada. No aparté la mano de su vientre herido, sin embargo, y cuando me giré de nuevo hacia él (aún con restos de rubor, me ardía tanto el rostro que lo notaba) rasgué la ropa y saqué todas las hebras de esa herida para que la cicatrización no le hiciera aún más daño. A continuación, hice lo propio con el resto de heridas, de modo que, cuando terminé, casi estaba más desnudo que vestido.

No puedes evitar ser una furcia.

– Lamento mi atrevimiento, pero si permito que la tela se mezcle con la piel va a ser peor. – afirmé, mordiéndome el labio inferior y apartándome un mechón de pelo del rostro, mechón que coloqué detrás de la oreja con natural, suponía, coquetería. – He curado algunas heridas antes, pero nunca de alguien como usted, creo. ¿Puedo traerle algo para suavizar el dolor? O, si lo desea, puedo marcharme, no quiero importunarle... – ofrecí.

Ah, esta es tu tú sumisa, ¡cómo no! Alimenta el ego de ese hombre, sí, así tal vez no nos devore. ¡Aunque podrías hacerme caso y así no lo haría! Estúpida.



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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Roland F. Zarkozi el Sáb 11 Nov 2017, 18:09

Más que sufrimiento, Roland estaba disfrutando de aquel momento. Nunca fue un hombre que sufriera cuando se trataba de un enfrentamiento, la mayoría de las veces resultaba sin ningún rasguño, así que la marea de sensaciones le resultaba reconfortante; podría decirse que se descubrió muerto en vida en algún momento y aquello lo hizo revivir.

Nunca antes se vio afectado por una riña que no le competiese, su padre nunca se cansaba de decirles que si algo no iba de acuerdo al plan, debían ignorarlo, él toda la vida lo hizo, Abigail, por el contrario, era más justa. Así que no, no estaba pasando un mal rato.  

- Hace mucho tiempo no me sentía tan vulnerable – Abrió los ojos un par de veces para acostumbrarse a la penumbra de aquella casa aislada, de esa manera pudo visualizarla mejor. – Podrías aprovecharte de la situación y hacerme más daño; quizá robar – Sonrió, aunque en ese instante un sonido parecido a una burla tenue se hizo presente. – No me malinterpretes, me refiero a que el escenario podría ser peor, y venos aquí, un mal herido que en cualquier momento podrá estar mejor que tú y una mujer que muestra su gran nobleza y corazón – Estiró su mano para acariciarle la ajena – Eres una buena chica, atrevida e irrespetuosa, pero una buena chica – Los dos adjetivos calificativos eran en referencia a la forma en que rompía los protocolos sociales, no por otra cosa que fuera negativa.

- ¿Ya te dije mi nombre? – La miró con una expresión de entera confusión. – Si fue así, disculpa que no lo recuerde, parece que si me dañaron en serio – Volvió a sonreír; parecía un enfermero que disfrutaba del dolor. No lo era. – Me llamo Roland Zarkozi – Los nombres le resultaban irrelevantes, tanto como los apellidos, cualquiera que estuviera dentro de su mundo, después de presentarse lo elogiaban, se llenaban de juicios sobre como creían que era, en muchas ocasiones hasta lo comparaban con su padre. – Pero eso no importa, Alchemilla, puedes llamarme Moribundo si es lo que deseas – Con esfuerzo se movió y se sentó – Eres muy hermosa, no debes exponerte de esa manera. No vale la pena el riesgo, lo sabes – Cualquiera que fuera, su madre siempre comentaba a las empleadas de la casa, que incluso una prostituta merecía compañía, cuidados y respeto; eran las más expuestas.

- No quiero ofenderte, pero estás tan desastrosa como yo – Se burló, el ardor de las heridas estaba disminuyendo. – Si tienes miedo de que te ofendan en mi casa, no te preocupes, hasta el peor de los marginados ha pasado por aquí y han tenido un techo para poder descansar, todos somos iguales – La ánimo para que levantara la cara y no se sintiera intimidada.

No tienes que irte, hay muchas habitaciones en las que puedes retozar, hay ropa limpia, comida y una cama caliente para que descanses, es muy tarde. – Hizo una pausa intentando descifrar las emociones de la chica – Y si tienes que irte, me veré en la obligación de acompañarte. ¡Ya sabes cómo puede terminar de nuevo las cosas! – Dramatizó y con calma se puso de pie – Comida nos hace falta, vayamos a buscar – De ninguna manera Roland dejaría ir a su salvadora de la casa. Le debía mucho y necesitaban más tiempo juntos y a solas.


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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Sáb 25 Nov 2017, 20:28

No creía que él quisiera que me marchara, para desgracia de ella (¡es una mala idea, estúpida, lárgate y deja de ponernos en peligro a las dos! ¡Egoísta, descerebrada, fulana!) y confusión mía; la certeza pareció venir de entre medio de ninguna parte, fuerte pero desconocida, y no supe si creerla o no hasta que él no lo dijo con sus propias palabras. En realidad, ni siquiera entonces pude estar segura porque parecía algo confundido todavía, pero decidí aceptar sus palabras por puro egoísmo y por tener un lugar donde quedarme aquella noche, estuviera o no en plenas facultades.

No sólo eres una egoísta conmigo, también lo eres con él, y se supone que estás agradecida, ¿no? ¡Mentirosa!

Intenté apartarla de mis pensamientos porque él lo necesitaba, y cuando ofreció dirigirnos a por alimentos acepté, de nuevo motivada por mi propia hambre y no por el sentido común, que gracias a Alchemilla debía de brillar por su ausencia en mi maldita vida. En el fondo sabía que tenía razón y que él, al ser un lobo, se curaría rápido, pero no había podido evitar preocuparme, y por eso me había ofrecido a ayudarlo, nada más. Y nada menos tampoco.

– Me quedaré con usted si me lo permite, entonces. – respondí, finalmente, aunque fuera evidente a aquellas alturas que la decisión había sido ya tomada y pese a los gritos histéricos de negación por parte de ella en el interior de mi mente, rebotando contra el cráneo y casi dándome dolor de cabeza. Él no lo captaba ni lo captaría, si le decía algo iba a tomarme por loca, y suficiente peligro corremos, así que me iba a tocar disimular como pudiera, aunque fuera respondiendo a sus preguntas de antes.

– A veces no se tiene más remedio aunque no merezca la pena el riesgo. – expliqué, encogiéndome de hombros y negándome a dar más detalles, aunque me valí de la excusa de aceptarle un vaso de agua para disimular que no quería indagar más en mí misma. Suficientes lagunas tenía al respecto como para compartirlas con un desconocido, ¡y un lobo nada menos! ¡Ya basta!

Vamos, pero si es la primera decisión buena que has tomado en lo que llevas de noche, ¡déjame celebrarlo!

– A veces sólo se tiene el cuerpo en el que se vive, que tiene necesidades, y para poder sobrevivir se tiene que utilizar esa herramienta tan burda. – terminé, ahora sí, y me senté donde él me indicó, no sin antes retirar un pedazo de tela de una de sus heridas, que ya había empezado a curarse, para que, como le había advertido antes, no fuera a mejor. Lobo o no, mejor que el resto o no, seguía sin escuchar a una prostituta, porque, total, ¿para qué...?

– No planeo robarle, señor. Tengo cierta dignidad. – concluí, sin demasiada acritud, pero sí asegurándome de que quedaba claro. Oh, sí, a él le va a quedar clarísimo, ¡por supuesto! ¿Y tú qué sabes? Claro, ¿qué voy a saber yo, que he sido la que te ha dicho lo que es él...? Debería tomar el control y robar, a ver si así te ganas tu merecido. Si eso pasa, nos mataría a las dos, y lo sabes.

Por eso no lo hago, fulana estúpida.



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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Roland F. Zarkozi el Miér 10 Ene 2018, 05:24

Tantas vueltas daba la vida que Roland intentaba no acostumbrarse a un estado de ánimo, ni siquiera se ponía cómodo en un asiento; el sentirse bien podía ser contraproducente, sentirse mal no le resultaba una opción. Demasiadas consecuencias había pagado por esas veces que se dejó vencer en la negatividad. Debía cambiar la toma de decisiones en su vida, poder transformar aquel destino que le brindaron tiempo atrás. ¿Podría hacerlo? Sí, solo bastaba tener un poco más de fe en sí mismo.

No la iba a dejar ir, al menos no esa noche. Habían sido demasiadas veces que dejó pasar cualquier tipo de contacto normal o la creación de algún vínculo humano. ¿Por dónde debía empezar? Se quedó pensativo por unos instantes, sin embargo no se detuvo, avanzó hasta una gran mesa de piedra que utilizaban para preparar los alimentos de todos aquellos que formaban parte de la academia, Roland estaba en su hogar, pero le faltaban motivos para poder disfrutarlo a plenitud.

En ninguna de las paredes que encerraba su propiedad existían terrenos dignos de ser mencionados; era tiempo de crear memorias que alimentaran el alma.

Nunca he temido que me roben — Su tono de voz evidenciaba burla, no es que fuera un engreído o creyera estar exento de tales males, simplemente encontrarse en una academia de inquisidores y servir como un alto rango, lo obligaba a tomar medidas de seguridad que impidieran tales desastres. — Si alguien intentara hacerlo no podría salir bien librado de mis territorios. — La idea era comer más que platicar, no debía contar toda su historia aunque lo quisiera realizar. Más valía comportarse y mantener un perfil bajo; aunque en ocasiones era necesario contar la historia que caía sobre sus hombros, también servía no mostrar todo su interior.


— Tenemos de todo tipo de alimentos — Le señalo una larga tabla donde se encontraban grandes bandejas que contenían comida recién elaborada. Probablemente hace poco tiempo las cocineras habían terminado su labor, porque el metal y maderas que fungían como trastes se encontraban calientes. — Esto es para quienes desayunan muy temprano antes de entrenar. A los novatos se les da una preparación muy extrema, muchos desertan a los pocos meses de llegar y prefieren irse a otras facciones. — Se encogió de hombros y sacó dos grandes platos. Uno se lo entregó en la mano y el otro lo paseó en las suyas antes de comenzar a servir lo primero que se le antojara. — No te preocupes por comer lo de los muchachos, siempre hay comida de más y sobra, así que estás en territorio seguro — Le sonrió. Conforme pasaba el tiempo Roland se sentía mejor, aunque aquella batalla casi lo lleva a la muerte, lo cierto es que extrañaba esa especie de dolor; lo hacía olvidar de todo.

Cuando terminó su selección de alimentos, volvió a sentarse en la gran mesa de madera improvisada de la cocina. Le gustaba ese lugar, olía muy bien y resultaba el más tranquilo de la casa cuando las mujeres cocinaban.

Cuéntame de ti, estoy seguro que hay más cosas interesantes que poder descubrir. Yo sólo soy un lobo solitario que disfruta de la comida y el mayor silencio posible — Ya no deseaba seguir hablando, no era un hombre para ello, así que simplemente comenzó a comer.


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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Dom 14 Ene 2018, 17:10

No recordaba haber visto nunca tanta comida junta, pero con mis escasos recuerdos el significado de ese nunca se diluía como el azúcar en el agua. Desde luego, en el burdel no me habían tratado nunca tan bien, pues los lujos eran para los clientes, y nosotras recibíamos lo que necesitábamos para aguantar un día más, una noche más, sin que se hicieran concesiones por nuestro trabajo o comportamiento.

Qué patético... ¿Estar en la miseria te hace celebrar la generosidad de un monstruo? ¡Corre, ahora que puedes!

Y, por supuesto, en lugar de correr me acomodé mejor; al contrario de sus deseos, que pasaban todos ellos por huir lo más lejos posible, me senté bien y elegí algunas de las piezas de fruta y de carne con un aspecto más suculento para mi plato. Me sentía todavía abrumada por la generosidad del lobo, que ya casi estaba curado por completo, y como no quería abusar de ella por miedo a enfadarlo no elegí más de lo que creía justo, casi como si siguiera en el burdel.

Casi prefiero que vuelvas al burdel, al menos ahí sólo te vendes, no corres riesgo de que nadie te mate.

Estuve a punto de sonreír por eso, a veces esa molesta vocecita de mis pensamientos ignoraba, no sabía si a propósito o no, que muchos hombres eran capaces de matar a sus prostitutas si éstos no los satisfacían lo suficiente, así que lo de correr más peligro era relativo. Hasta donde yo sabía, no nos encontrábamos tan cerca de la luna llena para que el lobo pudiera salir, y ¿de dónde demonios había sacado yo esa certeza...?

De mí, por supuesto, como todo lo que merece la pena de ti.

– Gracias por los alimentos. – afirmé, encogiéndome un poco sobre mí misma y apartando un mechón de pelo que quería escapárseme de la cara. A diferencia de hacía un rato, cuando lo había visto, parecía haberse convertido en un hombre silencioso, que no quería hablar mucho de sí mismo y confiaba en que yo lo hiciera, pero para su desgracia yo no me encontraba en condiciones de responder a su pregunta... Aunque fuera, desde luego, demasiado complicado explicarle por qué eso era así.

Es muy sencillo: tienes a alguien mejor que a ti misma y todo lo que conoces de tu vida no importa absolutamente nada.

– Lo cierto es que no hay mucho que contar... Oh, lo lamento, buen provecho. – me corregí, sacudiendo la cabeza e imitándolo al dar un mordisco a la punta de una fresa, jugosa y sabrosa hasta el punto de que tuve que cerrar los ojos un instante para concentrarme mejor en el sabor. Al abrirlos me di cuenta de que él me estaba mirando, seguramente porque tenía los labios manchados del jugo de la fruta, y me apresuré a retirarlo con los dedos.

– No tengo familia. – comencé, ignorando el “al menos eso creo” que venía después. – No provengo de una posición acomodada. No tenía muchas más opciones que esto o verme arrastrada a las calles, y prefería asegurarme un plato de sopa caliente antes que el frío del invierno calándome en los huesos, así que terminé en un burdel. – concluí, con lo que podía ser verdad (y me sonaba bien que lo fuera) o una simple invención de quien no me permitía saber más de mí misma.

Y ya sabes demasiado.

– Usted... Es inquisidor. Por lo de las facciones. – aventuré, sin decir tampoco que si era inquisidor y un lobo debía ser un condenado, una de las más terroríficas secciones del Santo Oficio. – ¿Entrena a otros? Sus terrenos parecen invitar a ello, son muy amplios, y bien cuidados. Su prometida debe de estar satisfecha por el hogar que se va a encontrar. – supuse, pero algo en su rostro me hizo fruncir el ceño, pues tal vez me había equivocado.

¡Nunca te equivoques con un lobo, jamás!



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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Roland F. Zarkozi el Dom 18 Mar 2018, 05:10

Roland sintió agrado por Alchemilla, pocas personas eran discretas y reservadas. Una que otra apenas y decía una palabra; en su mayoría eran habladores hasta los codos y eso lo incomodaba, sin embargo, la prostituta poco podía decir con su propia voz, pero su mirada, sus expresiones y el movimiento de su cuerpo le daban a él, otra lectura. Era El Silencioso, pero no por eso resultaba poco observador. Se notaba a leguas que para poder estar en un lugar con alguien a solas, primero necesitaba estudiarlo unos momentos. Así funcionaba el mayor de los Zarkozi.

La siguió observando por un largo rato, ambos no se habían percatado de la acción del otro en su totalidad; una gran ventaja. No deseaba incomodar a la jovencita, era su invitada y debía tratarla como tal, hacerla sentir en casa. Observar a alguien fijamente por un tiempo indeterminado podía ser incomodo, pero parecía que entre ellos dos las cosas iban muy bien, así que cuando ambas miradas chocaron, él simplemente sonrió con cordialidad. No es que estuviera cometiendo el peor crimen.

Algo en ella le resultaba extraño, misterioso y demasiado interesante para ser descubierto. ¿Sería una nueva misión? Eso dependía de como se desarrollara la noche.

Sin afán de ofenderla, señorita, y tomando en cuenta lo que acabamos de vivir, usted sabe bien que los humanos no son las únicas criaturas que habitan el planeta tierra, por lo que ya debió intuir mi naturaleza. — Sonrió ampliamente dejando ver sus colmillos largos, filosos y blancos — Soy inquisidor, condenado y sí, entreno a todos humanos o criaturas que lo necesiten — Estaba seguro que no se encontraba frente a una mujer que pudiera asustarse por tal información. Probablemente en el burdel habían peores cosas que solo ser una criatura por culpa de una mordida. Era discreto, pero también sincero, no había necesidad de ocultar la verdad ante el conocimiento ajeno.



— Estos terrenos son una herencia, aunque muchas riquezas que poseo las adquirí con mi trabajo, mucho de mi tiene que ver con lo importante que fue mi padre. — Aquel tema no era de su agrado. — Esta academia es noble y procuro apartarla un poco de la doctrina de la inquisición — Suspiró — Trabajamos para ellos, pero no significa que acatemos todas sus ordenes o que pensemos igual, algunos de los soldados se vuelven Cazadores independientes que solo dan caza a quienes causan daño social, otros se alinean y otros se vuelven profesores, aunque cada uno de ellos vuelve en caso de ser necesario, es un hogar a ratos — Y ellos podrían ser como su familia, aunque los lazos no eran tan estrechos, al menos no con todos, muy contados los que llegaban a crear vínculos irrompibles. Estaba hablando demasiado y eso lo hacía sentir incomodo aunque se aguantó. Nadie dijo que ser anfitrión resultaba fácil.

Volvió a comer otro poco, ya casi estaba en perfecto estado de salud, así que prefirió comer para que lo más difícil terminara pronto. El veneno que recorría su cuerpo a veces lo ponía de muy mal humor porque era el más doloroso. Nada que no pudiera aguantar.

Si tuviera una prometida no estaría hablando con usted — Bromeó, aunque era tanto una mentira.— Soy un hombre enamorado de su vida, pero aún no de una mujer — Le guiñó el ojo. Quizá terminaría por ser llamado El solitario y no El Silencioso.


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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Mar 03 Abr 2018, 16:08

No tenía buenas experiencias con los inquisidores. En realidad, siendo sincera y como en tantas otras cosas, no recordaba si en mi pasado había tenido un trato fluido con ellos, pero algo me decía que no: si acudían a prostitutas (eso sí sabía que lo había sido antes, en ese tiempo indeterminado del que no tenía nada salvo la certeza de que había pasado), no iban como inquisidores, sino como hombres; si acudían a nosotras, no era para cazarnos, sino para usarnos. Un consuelo, suponía, porque implicaba que seguíamos vivas al día siguiente, pero ¿a qué coste?

Ah, empiezas a entenderlo, ¿no? ¡Pues a ver si ahora logras comprender que es una estúpida idea seguir aquí, con él!

Estúpida o no, él era pacífico, y su silencio se me antojaba un bálsamo frente a la excitación excesiva de antes. En lo que a mí respectaba, el lobo de ojos azules y sonrisa cordial podía hacer cuanto le apeteciera, y aunque no iba a confiar en él porque a veces no confiaba ni en mí misma (¿y en mí, fulana? No, especialmente no confío en ti), sí podía darle un voto de... ¿de qué? ¿De confianza, cuando acababa de razonar que me sería imposible hacerlo? El cansancio, tal vez, empezaba a pasarme factura, pero quizá no era tanto eso como ella queriendo tomar la posición más ventajosa de las dos.

A veces eres muy intuitiva, fulana.

– No sé por qué supe que era un lobo nada más verlo. – expliqué, mordiéndome el labio inferior. Por supuesto que lo sabes, ¡yo te lo he dicho! Estúpida, no te olvides de la merced que te mantiene con vida, de quién te salva y quién te libra de ti misma. – Pero esa certeza es lo que me hace confiar. No estamos en luna llena y sé que, en eso, no corro peligro. En lo demás, se puede correr peligro con cualquiera, así que prefiero guiarme por su actitud hasta ahora, y de momento me ha tratado bien. – observé.

No, no hagas que se confíe, ¡no sigas por ahí!

Pero ella sabía, quizá antes incluso de que yo tomara la decisión consciente de hacerlo, que no iba a detenerme, no en aquel momento. La extraña gratitud que había sentido por él era casi como si me impulsara, y fue la culpable de que me levantara de donde me encontraba y, con paso lento, para que él pudiera ser partícipe de mis movimientos, me situara justo detrás de él, con una cercanía poco apropiada para cualquier mujer que no fuera de mi condición social.

– Es una lástima que no tenga usted prometida. Por lo que cuenta, pese a que se encuentra usted en el Santo Oficio, parece un buen hombre, y una mujer de buena cuna puede sentirse afortunada si su futuro marido posee, además de riquezas, gentileza. – ronroneé. No había sido mi intención que el tono me saliera así, como de una confidencia, y mucho menos hacerlo en su oído, pero me estaba guiando por algo que me empujaba a actuar así, y obedecía porque ese algo, por una vez, no era la estúpida voz que acosaba mis pensamientos sin mi permiso.

Harías muchísimo mejor escuchándome a mí que escuchando a tus viejas costumbres de sucia furcia, estúpida.

Pero la ignoré, por supuesto, la ignoré porque se sentía bien lo que estaba haciendo y porque preferí deslizar las manos por los hombros anchos del inquisidor y buscar los nudos de tensión y la dureza que alguien en su profesión sin duda poseía. Guiada, de nuevo, por algún conocimiento que era incapaz de atrapar con los dedos, masajeé sus hombros con suavidad, las yemas de los dedos concentradas en los lugares donde más duros se encontraban sus músculos, y solamente me detuve cuando al menos esa parte de él se encontró relajada.

– Me gustaría poder agradecerle lo que ha hecho por mí. Darme refugio, alimento, su compañía... Cualquier cosa que desee y que esté en mi mano, pídamela. Estaré encantada de otorgársela. – propuse. Con suavidad, mis manos se deslizaron hacia abajo, donde su espalda continuaba también anudada y tensa, y aunque tenía el estorbo de la tela como impedimento, también ahí le regalé suaves caricias, que competían contra las de mis cabellos derramándose por su pecho por la posición en la que me encontraba.

Esto es inaudito... ¡Estás seduciéndolo! ¡De esta no salimos con vida!



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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Roland F. Zarkozi el Mar 19 Jun 2018, 04:02

Su recuperación estaba a punto de finalizar. Eran esos pequeños detalles los que le permitían sentir que su nuevo estado era una fortuna y no una maldición. Resultaba complejo decidir entre lo bueno y lo malo de la licantropía, pero en ese instante agradecía el haber sido mordido por una criatura que por poco lo mata a él y a su adorada hermana. ¿Vivir por vivir? ¿Acaso de eso se trataba? Roland no lo creía, de hecho repudiaba la idea de no poder sufrir como los demás. A veces no entendía a Dios, la mayoría del tiempo no lo hacía.

En silencio, como siempre, Roland decidió que era momento de poner su atención por completo a la mujer. No es que no lo hubiera hecho antes, pero el veloz proceso de recuperación también era doloroso. Concentrarse en esos momentos no era tan sencillo, ni siquiera porque eras un hombre lobo. Así que sí, descaradamente la observó, lo hizo cómo si tuviera enfrente una obra de arte. Quiso descifrarla de principio a fin y comprender lo que pesaba, además, llamó su atención el cambio de dilatación de sus pupilas cada determinado tiempo.

¿Acaso ocurría algo especial dentro de aquel cuerpo? Roland quería averiguarlo sin importar el precio que tuviera que pagar. Era un hombre curioso y desde la muerte de su padre, ya no se quedaba con dudas de nada.

Una de las principales reglas de un cazador, es no bajar la guardia, mucho menos confiar en alguien. Si aquel encuentro se tratara de una pelea, ya hubiera perdido, incluso estaría muerto. ¡Qué importaba! La vida que ahora poseía iba abraza a distintos tipos de riesgos y eso le hacía sentir vivo. El Silencioso se relajó tanto que echó el cuerpo hacía atrás cerrando los ojos. Disfrutó de los habilidosos dedos de la muchacha. Llevaba un tiempo sin estar con una mujer, no pagaba por ellas, pero tampoco las obligaba a estar con él. Roland disfrutaba el sexo, no había duda de eso, pero también se nutría de otro tipo de cosas. A él le llenaba más la astucia acompañada de inteligencia y la bondad. Esos eran los mayores detonantes en su interior, por eso se sentía confundido a esas alturas de la noche, porque su cuerpo estaba reaccionando de forma poco conocida y predecible para él. No pensaba detener sus deseos, mucho menos sus emociones. Se dejaría llevar por una noche encantada.

Dobló el brazo con elasticidad lo suficiente para poder tomar la mano de la muchacha y detener su trabajo. Jaló con delicadeza la extremidad que sostenía y la puso frente a él. Era hermosa ¿para qué negarlo? Una belleza extraña y frágil que encendía sus instintos. Roland era ante todo un caballero y, aunque sabía de donde venía esa mujer, tampoco deseaba usarla o hacerla sentir un objeto. Para él no había nada más importante que darle su lugar a una fémina, porque nadie conocía la historia que cargaba por detrás, así como nadie sabía de la suya, aunque llegaron a creer que era perfecta y feliz.

La gratitud pocas veces es mostrada en estos tiempos, así que reconozco sus palabras, señorita Alchemilla — Susurró con la voz ronca. Se puso de pie para estar a su altura. La mano que la había sostenido por unos instantes se desvió de camino y quitó un par de mechones traviesos que le impedían poder observara con detenimiento. — No hice nada buscando una retribución — Su mano seguía danzando, acariciando y delineando zonas de el rostro ajeno.



— Cuando se agradece, se hace sin tener que consultar el ofrecimiento, porque puede llegar alguien más listo y querer abusar del momento — Él mismo quería perder los sentidos por ella. Delineó un poco su cintura, le gustaba la temperatura que sus manos calidad estaban percibiendo. — Me estás haciendo perder la razón y eso puede ser peligroso porque podría comerte — Aunque aquello podía sonar muy peligroso, él hablaba de ambos fundidos en el placer.


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