Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Roland F. Zarkozi el Mar Jun 06, 2017 9:20 pm

“Todo placer tiene un componente ilusorio.
Lo que deseamos se mezcla con lo que obtenemos”.
- Juan Villoro



Roland se encontraba desnudo en su patio trasero. Se encontraba agitado, su cuerpo empapado de sudor. Aquella noche de luna llena no había sido normal. Por vez primera desde su cambio de naturaleza, no se encerró. Cada periodo de transformación se encerraba en una cueva llena de plata, se impedía el tener que escapar de casa y tener que hacerle daño a gente inocente. Sin embargo algo en él estaba cambiando, y sus ganas infinitas de rebelarse a sus propios principios, iba acrecentando.

Y ahí se quedó, desnudo, pensativo y cansado. Su cuerpo llevaba rasguños y rastros de sangre, probablemente habría tenido una pelea con alguno de su misma condición, no lo sabría nunca ya que no recordaba, y no tenía las ganas para hacerlo. Sonrió, pocas veces se daba el privilegio de poder dejarse llevar por sus impulsos y emociones; sinceramente no lo desagradó, incluso llegó a pensar que podría repetirlo no sólo cada luna llena, sino su día a día.

El inquisidor caía en su abismo personal. Él creía que en su interior existía un hoyo negro, mismo que se expandía y no se podía controlar. Probablemente Gregory tuvo razón, a final de cuentas su vida era una total desgracia y no le interesaba remediarla, por más acciones positivas, ninguna le salía bien, para él era preferible simplemente ya dejarse llevar. Su maldición no era ser un hombre lobo, su maldición era ser él, simplemente él.

Los rayos del sol comenzaron a dejar ver su cuerpo moribundo. Hizo una gran mueca, a Roland no le gustaba mucho el sol, quizá porque ya se había vuelto un hijo de la luna. Se levantó y al ponerse de pie, estiró su cuerpo; su espalda tronó. Avanzó con cautela por la parte de su casa, miró a ambos lados y se concentró para poder agudizar la percepción de su oído. Todos los inquisidores humanos seguían durmiendo, por lo que no tuvo problema alguno al ingresar a casa sin ser visto. Hizo aquello que comúnmente hacía. Comía carne cruda, bebía un poco de zumo de naranja, se daba una ducha fría y terminaba por adentrarse en la cama, así hasta que su cuerpo le indicara que debía despertar, levantarse, e intentar hacer ver que no había pasado nada, aunque toda la inquisición ya supiera su secreto. Bueno, no toda, pero si los que vivían en sus terrenos.

Aquella tarde Roland despertó inmerso en una gran tristeza. Observó su gran y fría habitación, se encontraba vacía. Los años se le estaban pasando, y nunca pensó que en realidad quería compartir su vida con alguien más. En ciertas ocasiones escuchó a un par de colegas dudar de sus gustos, en ocasiones de raro no lo bajaban, y una vez intentaron golpearlo a muerte para poder corregirlo. Una acción que costó muy cara para los posibles atacantes.

Roland no sabía que estaba esperando de su vida, lo que si sabía era que necesitaba satisfacer esa necesidad que murió el día en que Gianna dejó esa vida. Debía buscarse una nueva amiga, o alguien que simplemente le bajara las ganas. No era bueno socializando, mucho menos tenía maestría en seducción, pero por su propio bien debía hacer algo o moriría de impotencia. Algo más vergonzoso que llegar a buscar a una mujer en un burdel.

¡Ahí se encontraba la respuesta! ¿Pagar por la compañía de una mujer? Eso sí daba vergüenza, de sólo pensarlo llegó a creer que sí, podía existir algo de rareza en su interior. Aquella noche Roland no se vistió con pulcritud, se puso prendas ligeras pero no reveladoras, su estilo era casual, pero no dejaba de lado lo que era. Su alma solitaria lo invadía, pero esa noche su necesidad le era más grande.

Caminó por el bosque sin mirar atrás, no hubo criatura que interrumpiera su paso, parecía que todo estaba perfectamente planeado para que él cumpliera con aquella secreta misión. ¿Qué ocurría por la mente de El Silencioso? Nada, la puso en blanco, si llegaba a pensar más de la cuenta, las consecuencias serían graves, porque mientras más pensaba, más meditaba sus acciones, eso impediría que concluyera la noche de forma satisfactoria.

Roland escuchó gritos a lo lejos y a mitad de camino, en un principio se rehusó a hacer caso alguno, si interrumpía sus pasos, nunca más volvería a retomar ese camino. El detalle fue el grito de ayuda, un grito femenino mezclado con angustia y reto. Su sentido de la protección y el deber apareció. Todo aquello que creyó iba a ocurrir, se desvaneció. En un abrir y cerrar de ojos el ataque llegó. Fueron varios frentes, no lo vio venir. Se trataba de tres vampiros sedientos, mismos que pudo hacer que se fueran sin culminar su acto de horror. Antes de caer al suelo presa del dolor ocasionado por el veneno que en su cuerpo se alojó, pudo entrever una melena negra azabache, contraste perfecto a la blancura de una hermosa piel.

¿Acaso lo ayudaría?


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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Jue Jun 08, 2017 2:07 pm

¿Todos los burdeles funcionarían igual que aquel en el que me encontraba yo? Tal vez unos meses atrás habría podido responder a esa pregunta, pero una de las desventajas de no recordar nada era que no tenía ni idea de cómo funcionaban ciertas cosas, mientras que otras las empezaba a conocer por vivir en ellas, nada más. Suponía que no, porque la intuición así me lo decía; esa misma intuición me había dicho que yo era prostituta, y a los hechos me remitía para saber que lo era, aunque sólo fuera por la cantidad creciente de clientes que acudían a mí, satisfechos y deseosos de más.

¿Egocentrismos, Alchemilla, cuando todo lo que haces es abrirte de piernas y dejar que te monten estúpidos que no valen nuestro tiempo? Vaya contigo...

¿Y por qué no? Si los hechos decían una cosa, sería estúpido por mi parte no hacerles caso; podía estar desmemoriada, pero si había sido capaz de sobrevivir incluso a casi morir (ojalá pudiera olvidar cómo me había despertado de dolorida, en aquella cabaña, y plenamente consciente de por qué había terminado así...), tan mal no me iría, ¿no? ¡Ja! Si no te va mal es gracias a mí, no te olvides nunca de eso, ¡fulana desagradecida! Sacudí la cabeza casi imperceptiblemente, y la madame se lo tomó como que aceptaba; por supuesto, esa era mi suerte, ¿acaso me sorprendía...?

¡Debería! Merecemos algo mucho mejor que mancillarnos a domicilio, ¡ni que fuéramos esclavas! ¡Ni que fuéramos objetos que pueden utilizar...!

Pero lo somos, así que cállate. Y con la mirada clavada en la madame, que me daba las últimas instrucciones para llegar a la mansión del hombre que había requerido una prostituta, fingí que la escuchaba, sin interés. Estaba más ocupada intentando recordar si se suponía que los inquisidores, como aquel, tenían permitido solicitar los servicios que las fulanas ofrecíamos o si la Iglesia se lo prohibía... Tan distraída estaba que no me di cuenta de que me había llamado a mí misma fulana hasta que la voz, ella, me lo recordó despectivamente; me tuve que morder la lengua para no responder, pero por suerte la madame terminó y pude ir a prepararme.

Sí, Alchemilla, ve a arreglarte para el matadero; ponte tus mejores galas para el Sacrificio ritual... ¡Ay, si al menos ese sacrificio fuera a parar a Robbie el Conejo...!

A menos que el conejo planee pagar, lo dudo. Y con esa firmeza de mis pensamientos se calló, ¡por fin! Con el silencio me concentraba mejor en lo que hacía y en recordar las órdenes de la madame, ya que si no las cumplía podía significar la diferencia entre un día sin comer y un día con alimentos deliciosos que poder llevarme a la boca. Así pues, me embellecí como me habían solicitado, con transparencias negras que destacaban sobre mi piel demasiado pálida para lo que creía que podía llegar a ser (se sentía correcto pensar que el sol me doraba la tez, así que lo asumía como cierto), el pelo suelto y los labios carmín. Una vez lista, me marché sin mirar atrás.

¡Ojalá fuera eso cierto, hipócrita, pero mirarás atrás porque volverás a que sigan humillándonos! Podrías matarlos a todos... Podrías deshacerte de ellos y controlar el burdel; conozco las palabras perfectas...

¡No me interesan! A punto estuve de taparme los oídos, pero no lo hice porque estaba en público; no necesitaba recordar mi pasado para saber que comportarme como una demente en público me traería problemas, más aún que ser una mujer que iba por la calle sin acompañante masculino. Así quedaba particularmente claro a qué me dedicaba, pero las miradas de rechazo que recibí de otras mujeres con las que me cruzaba me resbalaron, como si ni siquiera las estuviera recibiendo. Hacía tal esfuerzo por concentrarme en no escuchar la voz que lo demás tampoco me importaba. Probablemente así fue como me perdí.

Oh, no... ¡Vampiros! ¿Los hueles? ¿Los notas? ¡Qué excitante! Pero te persiguen, te quieren devorar, ¡corre!

En vez de correr me detuve, y no por desobedecer (a veces, debía reconocerlo, ella tenía razón), sino porque fue mi reacción natural, presa del miedo. Los había oído, claro; estaba desmemoriada, no sorda, pero ¿qué podía hacer contra ellos? No tenía nada de plata salvo un brazalete en la muñeca, que no serviría mucho; aun así, cuando llegaron a atacarme, me defendí de uno de ellos clavándole la plata en la mejilla, y sirvió para alejarlo y enfadarlo, de modo que me atacó. No pude evitarlo: chillé.

¡Cobarde, eres una cobarde, estúpida, podemos defendernos..!

¡Pero ya lo intentaba! Me valía del brazalete de plata aunque el vampiro me estuviera golpeando, más interesado en eso que en morderme porque lo había enfadado; me llevé buenos golpes, que me empezaban a doler cada vez más, pero seguía viva. ¿Seguía viva! Abrí los ojos, que no sabía que había cerrado, y los vi atacar a un hombre con saña, mucha más que la que habían demostrado conmigo. ¿Por qué? Porque es un lobo, ¡fíjate bien! Y lo vi, claro, vi al lobo en él, pero me dio igual, ya que en cuanto se fueron corrí hacia él y me agaché para examinar sus heridas.

– Oh, no, no... – murmuré, y comencé a arrancarme trozos de la tela del vestido (¡otro castigo de la madame, estaba segura!) para anudarlos encima de sus heridas, haciendo un... Torniquete. ¡Eso! Torniquetes que apreté con fuerza para que el veneno no se extendiera; no sabía cómo lo sabía, pero lo hacía. A continuación, apreté las marcas de mordiscos para que expulsaran la mayor parte del veneno, y una vez creí que lo habían hecho, solté los torniquetes y le acaricié el rostro, pálido. – ¿Está bien? ¿Tiene algún sitio a donde pueda llevarlo? Debe descansar. – pregunté



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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Roland F. Zarkozi el Jue Jul 06, 2017 8:25 pm

Roland ni siquiera entendió porque se había acercado a ese lugar, estaba consciente que el veneno de vampiro en cantidades fuertes, podría matarlo, sin embargo quiso arriesgarse, porque muy probablemente aquel día y aquella noche no le interesaba cuidar su vida. ¿Suicida? No lo era, simplemente no tenía ganas de meditar más de tres veces la situación en la que se encontraba.

El Silencioso era un hombre de buen corazón. Su vida no fue sencilla, se dedicó a entrenar para poder matar a criaturas que deseaban cometer imprudencias en una ciudad que buscaba poder liberarse de tantas reglas, leyes y protocolos que parecían inservibles, pocas veces fue la que se encontró en situaciones con victimas de por medio, prefería cazarlos en soledad, porque si alguien moría antes de poder rescatarlo, una vida caía sobre su consciencia. Algo que lo atormentaba demasiado. No era consciente de muchos propositos en su vida, aquella noche no se trataba de él, sino de alguien más. ¿O se trataba de los dos? Quizá.

Perdió la cuenta después de la mordida número ocho. El veneno de vampiro resultaba tan insoportable como la herida de bala de plata, muchas veces probó algunas inyecciones para hacerse fuerte, experimentos que su padre en algún momento realizó con él, pero que todas fracasaron por su naturaleza. Un hombre lobo nunca se haría inmune al daño de su enemigo natural, ni siquiera los pocos estudios que se tuvieran en aquella epoca.

Escuchó una voz. ¿Acaso volvían? Creyó que había matado un par, si rondaba alguno por la zona, podrían terminarlo. ¿Era su fin? Dusoso, abrió los ojos por unos instantes. Grata fue su sorpresa al notar que no se trataba de algún enemigo, sino de la victima que había salido casi ilesa de aquella situación. ¡Una maravilla!

Se quejó un par de veces al sentir como aquella joven ejercia presión sobre algunas zonas de su cuerpo, incluso se movió con brusquedad intentando apartarle la mano, su torpeza no ayudó demasiado, por lo que se rindió al instante y dejó que intentará ayudarlo un poco. Se retorció un poco más, aquello era inevitable, su cuerpo estaba invadido de veneno.

- Le agradezco – murmuró con suavidad intentando enfocar la vista para poder conocer a su salvadora. Al menos no había huido como en otras ocasiones le había pasado. Cerró los ojos y relamió sus labios secos para poder intentar seguir articulando alguna frase. – Probablemente si no llegaba a tiempo estaría muerta, ¿acaso no le enseñaron que siempre debes salir acompañada? Cometió un grave error, no lo vuelva a repetir – Regañó con un toque de dulzura. Como pudo se apoyó de los codos e impulsó el cuerpo hacía adelante para ayudarse y poder lograr sentarse. La jovencita no tardó en entender lo que Roland quería, y agradeció de nuevo internamente porque volvió a ayudarle. – No tardaré en sentirme mejor, así que lo prudente sería que me indicaras a donde te llevo para que te encuentres a salvo – Se quejó de nueva cuenta llevándose una mano a la altura de su abdomen. Aquella mordida había sido la más dañina. ¡Malditos chupa sangre!

- Me llamo Roland – Sonrió a la chica. - ¿Su nombre?  - Se apoyó de ella para poder ponerse de pie. Era fuerte y además, no le gustaba que lo vieran débil. – Creo que podríamos ir un momento a mi casa, necesito reponerme antes de seguir avanzando por el bosque, así no podría darle protección alguna. – Entrelazó su brazo en los hombros de la chica para ayudarse a caminar – Lamento importunar su espacio físico personal, pero creo que no podría avanzar si no lo hago – Se excusó, aunque mostró la postura más respetuosa que pudo – Eres mi salvadora – Bromeó antes de comenzar el camino.


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Re: My Back Pages → Privado

Mensaje por Alchemilla Gillespie el Lun Jul 10, 2017 2:30 pm

Suponía, y en esto debía utilizar la intuición más que mis recuerdos, que una mujer distinta, no prostituta, se habría escandalizado por él, su estado y sus heridas; sin embargo, yo no sólo no estaba escandalizada, sino que deseaba ayudar. Pese a que ella murmuraba y gruñía en mi contra, no necesitaba oírla bien para saberlo, yo deseaba genuinamente auxiliar al hombre (no, hombre no, ¡licántropo! ¿Aún no has aprendido que son peligrosos!) al que habían atacado por mi culpa, quizá precisamente por eso: culpabilidad. ¿O se trataba de algo más?

Por favor, no seas patética, ¡claro que es culpabilidad! Ahora déjalo, ya has extraído el veneno y no se va a morir, ¡es nuestra oportunidad de largarnos!

Y, por supuesto, ya que era la única opción que tenía cuando ella mostraba una opinión, yo hice lo contrario y continué auxiliándolo, sonriendo tímidamente cuando él me dijo que debía ir siempre acompañada y ayudándolo, después, a levantarse. Su estado debía de ser más grave de lo que parecía si no se había dado cuenta de que era una prostituta (¡furcia!) y a las mujeres como yo no nos acompañaban caballeros como él por la calle, y eso hizo que sintiera aún más deseos de auxiliarlo, por si los de hasta ese momento no eran poco.

Estás cometiendo un maldito error, ¡no debes acercarte a ningún licántropo!

– No lo repetiré, se lo prometo, pero usted debe dejar de preocuparse por mí y debe pensar en descansar, ¿de acuerdo? Lo acompañaré. – respondí, y me ofrecí, aunque él ya sabía que disponía de mi fuerza y de mi equilibrio porque se había apoyado en mis hombros de una forma tan respetuosa que hasta a mí me extrañó. Con una ceja alzada, me aproximé a él para que el resto de mi cuerpo le sirviera de apoyo, ignorando cualquier tipo de espacio propio que él quisiera respetar, puesto que, al no hacerlo nadie, ya casi ni siquiera lo necesitaba.

No sólo te acercas, Alchemilla, sino que te tomas confianza. Cuando acabes devorada y desgarrada por él ya me vendrás a llorar.

– No se preocupe por mí. – insistí, negando con la cabeza y haciendo acopio de todas mis fuerzas para guiarlo en aquel camino que él me estaba indicando. – Soy yo la que está agradecida por su ayuda, Roland, puede importunar mi espacio cuanto necesite. – afirmé, y solamente cuando llegamos a la puerta de su enorme mansión (al menos, a mí me lo parecía, pero estaba acostumbrada al burdel, ¿no?, así que no era objetiva... Ni en eso ni en casi nada) recordé que me había preguntado mi nombre.

Qué interesante dilema, ¿qué le vas a decir? ¿Tu nombre de verdad? ¡Alchemilla, Alchemilla, Alchemilla Gillespie!

– Me llaman Alchemilla, señor Roland. – me presenté, y de verdad me iba a separar de él y a depositarlo en el calor de su hogar, pero lo veía aún tan débil que no pude evitar acompañarlo dentro y asegurarme de depositarlo en un sofá cómodo para poder seguir tratándolo. Al no haberme echado aún, decidí que abusaría aún más de su confianza y me senté junto a él para examinar sus heridas con los dedos, tratando de rozarlas lo menos posible porque intuía que le dolerían.

Es un licántropo, se va a recuperar, ¡te has asegurado de ello! Uno más de esa plaga para el mundo, Alchemilla, ¡mira lo que has hecho!

– Es increíble, ya han empezado a curarse. – murmuré, entre dientes, aunque él me escuchó y yo aparté la mirada, azorada. No aparté la mano de su vientre herido, sin embargo, y cuando me giré de nuevo hacia él (aún con restos de rubor, me ardía tanto el rostro que lo notaba) rasgué la ropa y saqué todas las hebras de esa herida para que la cicatrización no le hiciera aún más daño. A continuación, hice lo propio con el resto de heridas, de modo que, cuando terminé, casi estaba más desnudo que vestido.

No puedes evitar ser una furcia.

– Lamento mi atrevimiento, pero si permito que la tela se mezcle con la piel va a ser peor. – afirmé, mordiéndome el labio inferior y apartándome un mechón de pelo del rostro, mechón que coloqué detrás de la oreja con natural, suponía, coquetería. – He curado algunas heridas antes, pero nunca de alguien como usted, creo. ¿Puedo traerle algo para suavizar el dolor? O, si lo desea, puedo marcharme, no quiero importunarle... – ofrecí.

Ah, esta es tu tú sumisa, ¡cómo no! Alimenta el ego de ese hombre, sí, así tal vez no nos devore. ¡Aunque podrías hacerme caso y así no lo haría! Estúpida.



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