Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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El hombre de la multitud

Mensaje por Miikka Saarijärvi el Jue Jun 08, 2017 12:33 am

"Ce grand malheur, de ne pouvoir être seul"
─Jean de la Bruyère

Nadie suele decir que los años pasen en vano; cada arruga y cicatriz, en sus singulares o habituales figuras, llegan a ser más que pequeños anexos de pasado sobre la piel. Largos recorridos, claros o rojizos, brillantes estrellas o las más repugnantes criaturas quilópodas que puedan imaginarse. Todo no es más que un recuento de vivencias acumuladas que pesan o embellecen, que extinguen o enorgullecen al portador de las mismas. Observarlas día tras día, crear lazos que rocen la conciencia individual adquirida tras el mutuo reconocimiento. Ver, estar, las huellas de los errores o accidentes pasan a ser más persona que, incluso, su portador, y la fuerza de la costumbre termina por transformarlas en parte irrelevante de algo más, tal como se tomaría a una extremidad.

Quien haya gozado hasta hoy día de siglos enteros de vida y aún no sea capaz de superar las heridas físicas y mentales de su pasado, no es más que un resentido inmaduro. Pero basta de pensar y dar con golpes de uñas, más garras que otra cosa, a la desafortunada madera de la mesa del café. Bien se habla que la paciencia es una virtud de los sabios, pero también, quien conozca al personaje de sombrero alto y levita que durante los pasados veinte minutos consultó en cuarenta y siete ocasiones su reloj de bolsillo puede afirmar que jamás ha conocido lo que significa aquella palabra.

Sin embargo, puede permitirse el capricho de tal arranque de ansiedad, pues la persona que debía asistir a aquella informal reunión al caer la noche no se dignó a alegrarle con su presencia. Toda la velada podría resumirse en un constante y molesto rechinar de colmillos y rascar de filosas uñas contra la superficie sin barnizar, arrancando quejidos y virutas con cada juramento al aire. Una mirada de violento cristal buscó las serenas facciones de su siervo, bastando aquello para comunicarle la decisión de volver al hogar o encontrar algún otro entretenimiento nocturno.

De pie ante la fachada del humilde local de baja sociedad, deslizó una pálida mano al interior del bolsillo de su chaleco y sacó, una vez más, el ya aburrido y pequeño reloj de cadena dorada y grabados desgastados. Su propio reflejo, junto a un tímido brillo de luna gibosa creciente, le recordó que habían transcurrido dos horas con diez minutos desde el momento en que el astro mayor decidió regresar a habitar zonas más interesantes del mundo, traducidas como una hora con treinta de tortuosa espera tras aquellas paredes sin adorno. Nadie era tan importante como para merecer seguir aguardando a su llegada. Ni el rey en persona le habría convencido de volver a su incómodo asiento en el interior; ningún negocio es más importante que su amado tiempo.

Dio una breve caminata en dirección a su residencia y se detuvo en seco. Demasiado temprano como para volver, le apetecía dar un paseo y encontrar, tal vez, algún blanco para cenar. Encargó entonces al viejo hombre adelantarse y no se movió del sitio hasta verlo desaparecer a la vuelta de una calle. Como el eco tintineante de una pequeña pieza de metal al caer, así apareció dentro de mente una idea ciertamente abstracta.

Silencio.

Motivado por algún instinto superior, dirigió sus pasos a los vacíos callejones de la ciudad, encontrándose pronto invadido por un malestar inexacto pero firme, que lo convencía de estar cerca de alguien. Podía sentirlo, podía oler su presencia, pero la lejanía o tal vez la ira de momentos atrás que mantenía nublado parte de su raciocinio o de su comprensión de realidad. Estaba seguro de no haber inhalado vapores extraños ni ingerido alguna clase de pócima de confusión, pero aquella idea misteriosa persistía. Atraído por una sombra aparentemente inexistente, guiado por el eco sordo de pasos que se confundía con sus propias botas contra el suelo, pasando a través de grupos de personas que continuaban sus actividades normales como si un ser inmortal no estuviese momentáneamente obsesionado con perseguir un atisbo de luna, un fantasma de los caminos.

Durante un instante se creyó hechizado y usó un retazo de cordura en aplicarse una barrera mental, un bloqueo. Nada cambió; lo que sea que fuese aquel sentimiento se trataba de algo genuino, no inducido. ¿Enloquecía, tal vez? Probablemente, enumeró raudo a todos aquellos seres de la noche de quienes oyó decir habían perdido la razón. Cosas de la edad. La incertidumbre dio paso a la euforia, se recostó de un frío muro con filtraciones mientras sonreía como los artistas, esperando estar más cerca de toparse con aquel misterioso hombre de la multitud.
ACLARACIONES:

Antes que nada, gracias por leer mi post y ojalá desees responderlo. Dejaré un par de cosillas por aquí que prefiero sean sabidas, antes de decidir tomar mi tema.

La primera se trata de disponibilidad. Por cuestiones de trabajo me ofrezco a hacer mínimo un post semanal, más si me es posible. La segunda tiene que ver ya con el contenido de este primer mensaje. Básicamente el tipo se ha vuelto loco(?) está seguro de haber presentido a alguien pero por cosas de la vida está mal de coco lleva rato siguiendo el rastro para identificarle. Podría tratarse de tu personaje, o tu personaje podría también ser la persona que faltó a la cita (de motivos no especificados) o ambos, o ninguna de las opciones,
¿Por qué no? Simplemente la forma de entrada que mejor parezca, pero dejé estos puntos abiertos para comodidad.

Sin mucho más que decir, me despido y hasta la siguiente respuesta.



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Re: El hombre de la multitud

Mensaje por Sigrid Alexi Wolfkang el Lun Jun 12, 2017 3:39 pm

*Todo el dia se la habia pasado cuidando de sus cultivos en el bosque donde estaba su casa ubicada fuera de la vista de cualquiera que pasara por esos lares, salvo pequeñas pistas que eran dos carteles de madera que estaba tallada y decia en Frances, ruso e Ingles. "Favor de no pisar los cultivos ni robarlos. Gracias"  y el segundo que decia en los mismos tres idiomas "Bienvenido a la casa de muñecas" sin mas no habia indicaciones de nada, pues donde ella recidia era en las alturas de las copas de los arboles donde habia construido su hogar. Pero el vivir lejos le hacia tambien el tener que ir a la ciudad por cosas que se le iban acabando*

*Su paz mental despues de haberse ido un par de meses a Asia a encontrar dicha paz la cual habia logrado recuperar y saborear despues de una recaida muy severa. Despues de un intenso dia de trabajo en casa, ya que a lo que se dedicaba habitualmente estaba en su temporada baja habia decidido ir a la ciudad a relajarse y pasarla bien caminar por las calles y los callejones paricinos le vendria bien para escuchar de nuevo la ciudad. Se dio un baño, se perfumo con flores de jazmin y labanda, la vestimenta escogida era sencilla un vestido verde claro con el fondo blanco que se veia  a partir del adorno del holan y se abria un poco mostrando la tela blanca de abajo tambien con holanes , manga corta, sin guantes sin embargo tenia las manos desde los nudillos hasta la primer cuarta parte del brazo vendados, sombrilla blanca en caso de que lloviera en las noches, como era casi de costumbre, el abrigo era corto y de color blanco, botines cafes de tacon, calcetas de rayas como era costumbre y no llevaba bolso pues el vestido tenia bolsos invisibles al costado donde podria meter las manos.*

*Sin sombrero y sin nada de adorno mas que un liston negro en la trenza de lado, donde el pelo blanco caia se salio de la casa, camino por todo el bosque hasta llegar a la ciudad, habia pasado por un cafe donde de reojo vio a un joven desesperado y con sombrero sin poner mucha atencion a los detalles de como era o quien solo lo vio de reojo mientras ella pasaba por la acera de enfrente, sentia las miradas de mucha gente y al mismo tiempo solo era mientras pasaba por lo que la sensacion de saberse observada era ya una costumbre. Mas no pudo evitar que despues de haber pasado por ese cafe de forma tan rapida una sensacion ya vieja y conocida aparecio, era como sentir la mirada de un cazador asechando a una presa pero ya vieja y de hace tiempo.*

*Bajo el ritmo de sus pasos al andar en los callejones, mirando hacia atras, pero nada el eco de pasos ajenos a los suyos el eco de sus propios pasos, y pensando de manera estupida abrio la sombrilla como si eso fuera a calmar la sensacion de ser observada a detalle, continuo su camino en el callejon donde habia mas multitud de personas y por ir distraida en tratar de ver quien o que la perseguia tropezo con una piedra al pisar para seguir avanzando y salir de ahi.*

*La sombrilla salio volando por el aire y no sabiendo donde habia quedado, la busco con la mirada pero no alcanzo a ver nada, pasaron unos segundos y trato de levantarse pero volvio a caer al notar que tenia una de sus rodillas levemente raspada inspecciono la herida, no era nada solo un raspon de niña pequeña, pero nadie en la multitud le ofrecia ayuda para levantarse, mas eso no era lo que la albina esperaba de la gente en realidad estaba buscando entre la multitud poder ver si alguien tenia su sombrilla y al tiempo que veia el polvo en las vendas de ambas manos. Los vendajes si se le veian de lejos parecian guantes sin dedos. Escuho la risa de los chiquillos gitanos quienes al ver que no tenia bolso se siguieron de largo solo riendo, pasaron varios barones que parecia que la prisa les impedia el ayudar a la pequeña joven de entre 12 y 14 años.*

*Pasaron unas señoras de alta alcurnia que tambien le rodearon y ni le prestaron atencion, unos clerigos de la iglesia catolica y hasta un par de ladronsuelos que tubieron la misma reaccion que los niños gitanos, sin embargo de ninguno de ellos venia esa sensacion de observacion a detalle algo vieja, presentetia que venia de la obscura acera de enfrente pero aun asi al mismo tiempo de todas partes. Los purpureos ojos de la joven alvina buscaron por todas partes, la conmosion de la caida le habia generado que barios cabellos se le escaparan de la satinada prision de seda de color negro, al igual que trajo el fleco corto hacia el frente del rostro, buscaba desesperada al autor de tal sensacion al tiempo que la ubicacion de su sombrilla, miro al suelo y lo logro ver la calle en el centro de esta pero al instante un caballo lo mando a volar de nuevo al pisar parte de la tela blanca de ecaje hacia el otro lado de la acera, venia demaciado trafico de personas y carruajes como para poder rescatar su sombrilla*

*Se quedo con el pensamiento en blanco fijando la mirada purpurea fija en un punto de la pared de la acera de enfrente, con los labios rosados entreaviertos, pensando que ya era demaciado tarde en recuperar esa sombrilla y un viento amable acarcio las mejillas y traslado el perfume de jazmin y lavanda impregnando por segundos el aire*




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Re: El hombre de la multitud

Mensaje por Miikka Saarijärvi el Vie Jul 07, 2017 12:13 pm

Oportunidad, interés, curiosidad, necesidad. Muchas son las razones que motivan a un hombre a encontrarse con otro e interactuar, usualmente hallándose tan mezcladas que cuesta comprender cuál ha sido la principal en poner en acción el primitivo instinto de comunicarse. Algunos hablan sobre destino y espiritualidad, otros se aferran a la ciencia detrás de las casualidades y demás eventos. Nadie podría responder con certeza a la cuestión de si aquella sombrilla desafortunada aterrizó sobre su pulido calzado movida por el azar o por algún rastro de voluntad propia en su interior.

La ansiada calma no había sido invitada aún a los vastos salones de su ser consciente, teniendo que repetir una y otra vez el amargo sabor de la inquietud que, obstinada, parecía decidida a no abandonarle y sumirle más bien cada vez más hondo en un estado de absoluta agitación. A pesar de ello, su semblante no podía estar más sereno; los años vividos habían sido mucho más afilados que aquellos colmillos que procuraba esconder de las miradas, mucho más afilados que las uñas, como garras, que rozaban el delicado y ahora polvoriento objeto al sujetarlo. Como todo buen caballero, procuraría devolverlo.

Testigo y partícipe indirecto de la desgracia, no era aquella mancillada muestra de hábil costura lo que rogaba por su atención, tras las pesadas cortinas de desasosiego, sino la joven que lo hubo perdido. Aquella no tenía nada que envidiar y mucho ganar al compararle con los extensos cúmulos de nieve que vió en el norte, en su tierra natal, en cuanto poseían la misma blancura y naturaleza pero diferían intensamente pues la primera estaba bendecida con el calor de la vida.

Desde su posición no parecía ser más que una niña, apenas cayendo dentro de los jardines de la adultez -y del camino, dicho sea-. Sin embargo, al acercarse un poco creyó percibir algo de madurez en su vacía mirada. Tanto su particular apariencia como alguna dudosa motivación causaron que terminase cruzando a través de la masa de transeúntes ya algo disminuida, seguramente encaminados hacia algún sitio de entretenimiento de dudosa moral, completamente ajenos a una albina alarde de torpeza y un vampiro aquejado por temores posiblemente inexistentes.


─Perdone la interrupción, señorita, pero me encuentro obligado por los principios que gobiernan mi vida a preguntarle si esto le pertenece y, ya que los astros han conspirado para ello, ofrecerle algo de soporte.

Una sonrisa que pretendía acertar en adornar sus palabras no hizo más que mostrarse deplorable en conjunto con sus pupilas, quienes resistían en un esfuerzo sobrehumano la necesidad de supervisar su entorno, en busca de alguna sombra o silueta sospechosa, que pudiese explicar aquel sentimiento que se resistía a desaparecer y comenzaba a exasperarlo.

Se sentía particularmente irritable. Comenzando por el retraso en la cita acordada y terminando en todo el peso abstracto que descendió abruptamente sobre sus hombros en segundos, aquel peso que seguía fastidiándolo e incluso causó que tensara algo más de lo debido los músculos de su brazo, al extenderlo de forma que la joven pudiese tomarlo de decidir aceptar su ayuda. A pesar de su edad, seguía pecando en ser demasiado pasional ocasionalmente, con la suerte de verse capaz de contenerlo al punto de no decidir lanzar toda su ira en hacer pedazos a la persona delante suyo. Imaginaba que lamentablemente era muy notorio su estado, incluso para una humana tan pequeña como esa. Ya luego pensaría alguna excusa, por el momento debía ser todo un caballero de París.


─He visto su tropiezo y lamento no haber podido acercarme antes, ¿Está usted herida? Estas calles no son completamente seguras y no aconsejaría que continuase su paseo en soledad, como parece estar.



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Re: El hombre de la multitud

Mensaje por Sigrid Alexi Wolfkang el Lun Jul 24, 2017 10:35 pm

*Sigrid levanto la mirada purpurea para ver los azules ojos frios de un hombre con sombrero y sonrio ampliamente mientras tomaba la mano del hombre para levantarse del suelo, con la otra mano agarro la sombrilla y se sacudio el polvo del vestido*

-me diriguia a ver a un cliente....- *dijo mientras notaba lo alto que era, se preguntaba un millon de veces que como siendo ella de origen ruso no haya salido alta, pero tal vez no era rusa y fue en ese lugar donde sus padres la habian dejado en el horfanato de paso tal vez.*

-y si la sombrilla es mia, fue como si por unos instantes cobrara vida propia...agradesco su compañia buen hombre....Y usted que hacia a tan altas horas de la noche?....-*Pregunto sonriente mientras comenzaban a caminar , depronto se detuvo en seco y volteo a ver al joven hombre* -Oh pero que rudeza de mi parte para que direccion va usted....ya lo estaba llevando conmigo sin saber nada....-*Rio levemente*

*Mientras se acomodaba parte del vestido, salvo leve raspones que sanaron al instante en las palmas de las manos y las rodillas, y que las vendas que envolvian aquellas diminutas manos se habian tornado un poco rosadas al mancharse por instantes de sangre. Las rodillas el vendaje estaba negro de mugre y ya mezclado con sangre pero igual ella sabia que a los pocos minutos estaria como nueva *

*Se acomodo el liston negro que hacia contraste con el blanco cabello, le llego a su nariz una mezcla ineresante de fragancias que provenian de quien le ayudaba, era la mezcla de viejo con perfume bueno, luego un segundo aroma ya mas tenue de a quien veria, pero al parecer su aroma ahora desaparecia en el viento asi como el de tierra humeda y agua en las lejanias se acercaba.*

*saco de su bolsillo un papel que leyo rapido en silencio era la direccion de a quien veria o como es que ese papel llego al bolsillo del vestido ya que no lo tenia anteriormente, voltio en todas direcciones pero no supo ni a quien prestar atencion era demaciada gente la que trancitaba*

-Le gustaria acompañarme a buscar esta direccion....-*Dijo a quien esperaba junto a ella al vampiro, ese era el olor a viejo que habia en el ambiente todos olian similar mientras sonreia amablemente*




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Re: El hombre de la multitud

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