Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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|Women like you drown oceans|

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|Women like you drown oceans|

Mensaje por Amara J. Argent el Sáb Jun 10, 2017 4:32 am

“The kindest words my father said to me: women like you drown oceans”

— Rupi Kaur


Anclada en los cielos como testigo de los más enigmáticos secretos de París, refulgiendo en la cumbre de su esplendor, se encontraba la madre de todas las bestias, demarcando el inicio del solsticio de invierno.

Cómo todos los años, desde épocas ancestrales, era el comienzo de la estación de las largas noches, la velada escogida para el ritual de iniciación de los cazadores, especialmente, aquellos descendientes de la línea Argent y, por ende, sus aliados. Sin embargo, a pesar de que, a diferencia de sus opuestos, las mujeres que dedicaban su vida a la caza tenían la posibilidad de realizar la ceremonia tan pronto como alcanzaran la mayoría de edad, Bastien Argent alegó que su pequeña hija, Amara, con tan sólo doce años, se encontraba lista para asumir el macabro reto; por primera vez en su corta existencia, derramaría la sangre de los enemigos que por estirpe le correspondían, justo como alguna vez estos lo hicieron con sus congéneres, su familia.

El impetuoso cazador y el séquito de hombres que apoyaban su causa estaban dispuestos a abandonar a la suerte a sus sucesores, ofreciéndolos al bosque y a las criaturas de la noche, en una contienda donde sólo quien fuese más fuerte sería capaz de sobrevivir; una batalla de honor, en la que sus partícipes honrrarían  su apellido y enaltecerían a sus progenitores, pero sobre todo, un combate para el que, la joven y quebrada señorita aún no se encontraba lista, incluso a pesar de los esfuerzos y la insistencia de su padre por hacer de ella un soldado más, uno que portara su legado.


***


Acurrucada en una esquina de la ostentosa bañera, ubicada en el baño contiguo a su habitación, se encontraba Amara. Gota a gota, el agua que resbalaba por su dermis atenuaba los rezagos de sangre seca que la cubrían; la niña, con la mirada perdida en el infinito, permaneció inmóvil acogiendo las piernas entre sus brazos mientras la mucama se ocupaba de limpiar la suciedad restante con una áspera esponjilla que, a su paso, dejaba tiznada de un rosa intenso su blanca piel.

No pronunció una sola palabra, no había nada que decir y realmente, tampoco tenía nadie con quien hablar. Algunas heridas frescas, forjadas en el campo de batalla, se extendían a lo largo de su cuerpo. Eventualmente, las lesiones se convertirían en otras de las tantas cicatrices que portaba y, en determinado lapso de tiempo, se desvanecerían de su piel en un hilillo de plata, casi como si su existencia corporal intentase hacer honor a su apellido.

Para entonces pasaron tres años desde su primer intento de caza, pero hasta aquel momento ninguno de ellos poseía el mérito de considerarse exitoso.

En la velada de su primera cruzada fue su padre quien, tras inmiscuirse sigiloso en el bosque, impulsado por la curiosidad, más humillado que conmovido por la poca experiencia de la muchacha, intercedió por su vida asesinando a la bestia que de improviso saltó sobre ella. Con sus garras, la criatura le causó profundas heridas en la espalda que le dejaron fuera de combate por algunas semanas. Sin embargo, a pesar de haber abogado en su favor, el progenitor de la jovencilla no le dirigió la más remota pizca de atención hasta que se recuperó por completo y una vez lo hizo, se encargó de recordarle lo avergonzado que se sentía de ser su padre.

Durante su segunda cruzada, exactamente un año después de la primera, fue Stavo, el cambiante al que irónicamente Bastien admitió en su hogar a cambio de sus habilidades en pro de la caza, quien le respaldó en la contienda cuando entró en estado de pánico al verse superada dos a uno. Afligido por el pavor que surcaba el rostro de Amara, la criatura había optado por permitir que ella clamase aquellas muertes como suyas. No obstante, el perspicaz cazador no era un hombre fácil de timar y no tardó en ocuparse de que ambos conocieran precio de mentirle.

Aquella noche, en su tercer intento, la joven Argent se las había ingeniado para sobreponerse a sus miedos y vencer en combate a uno de los varios hijos de la luna que eran liberados en la noche del ritual; no obstante, a la hora de asirse con su espada y atravesar el corazón de la bestia, todos sus esfuerzos fueron en vano, pues, a pesar de su deseo por acabar con la existencia del engendro, similar al que le hizo espectadora del asesinato de sus congéneres, tanto su mano como su voluntad flaquearon, denegándole la ejecución del crimen, incluso a pesar de los fieros gritos de su padre exigiéndole derramar la sangre de su presa.

Bastien estaba furioso.

Terminado el baño, la moza ayudó a la doncella a desenredar sus castaños cabellos y cubrirse con su pijama de seda; una vez fregadas las manchas de mugre que quedaron en la bañera, la mujer solicitó permiso para retirarse. Nuevamente, ensimismada en la apática soledad de su propia habitación, la niña se dispuso a recaer en los brazos de Morfeo, con la ilusa esperanza de poder descansar un poco antes de quedar atrapada en otra de sus frecuentes pesadillas.

Grande fue su sorpresa cuando la puerta de madera, que conectaba su cuarto con el pasillo principal de la segunda planta, se abrió agresiva e inesperadamente. Poco a poco la silueta del cazador se aclaró entre las penumbras. El progenitor se limitó a mirarle con severidad, su boca no pronunció palabra y no gesticuló expresión con sus facciones. Un semblante parco se cincelaba sobre su rostro, pero Amara no necesitó más para descifrar sus intenciones. Luego de algunos segundos, el hombre se dio media vuelta y partió. La muchacha, a pies descalzos y en ropa de dormir inmediatamente le siguió; orden más clara no le pudo dar.

A ligero y silencioso andar Amara siguió a su padre a través del pasillo de la segunda planta, las escaleras y el primer piso; no obstante, en ningún momento el hombre se tomó la molestia de comprobar si la joven le seguía. Con la frente siempre en alto y la mirada ajustada en un solo encuadre, imperturbable y prepotente, avanzó hasta la pesada puerta de hierro que demarcaba la entrada al sótano de la mansión, abriéndola de par en par y deteniéndose a un lado de ella.

Comprendiendo nada más allá del mandato de su padre y el latente aire de irritación con el que este cargaba, la niña, dubitativa, siguió el camino indicado por la mirada de su progenitor, sumergiéndose poco a poco en la oscuridad del tenebroso sótano. Eran más bien pocas las veces que la joven cazadora había entrado en la cripta y en ninguna de aquellas ocasiones encontró allí objeto de agrado, pero incluso reconociendo la negativa tendencia de su destino, encauzada en la concepción de buen soldado que su padre le impartió desde el asesinato de su familia, continuó avanzando.

El rechinar de la puerta cerrándose a sus espaldas logró que una punzada de temor se extendiera a través de su cuerpo. El hombre le había abandonado a su suerte y la tensión en el ambiente aumentaba en relación al avanzar de sus pisadas. De repente, la tenue luz de un faro, cuyo rango de iluminación no era muy extenso, alumbró sutilmente el lugar; sin embargo, entre los finos hilillos de luz que amenazaban con extinguirse, se manifestó ante sus ojos la silueta de un joven hombre, no mayor a ella, encadenado con grilletes a la pared.
El aspecto del muchacho era deplorable: un raído pantalón era la única prenda que portaba, su piel estaba sudorosa y sucia, su cuerpo delgado y, entre quejidos, el jovencillo se revolcaba tanto cómo las oxidadas cadenas que apresaban sus extremidades se lo permitieron. Olvidando el contexto de la situación, el primer instinto de Amara fue apresurarse a brindarle ayuda al muchacho, pero su trayectoria se vio obstaculizada por una amplia selección de armas extendida a sus pies; un arco perfectamente tallado en madera le hizo tropezar y caer de cara contra el piso, captando inmediatamente la atención del chiquillo entre las cadenas.

En aquel preciso instante, la situación se tornó bastante clara para la cazadora. El joven alzó su rostro, gruñendo en su dirección; a pesar de la ausencia de luz, ella pudo distinguir el vibrante destello ámbar que refulgía en los ojos de la criatura. Era uno de ellos, un lobo, uno que en aquel instante se encontraba cegado bajo la influencia de su astro madre, esclavo de la luna llena, a merced de su propia bestia. No se trataba de alguien con quien pudiese razonar.

Con toda la fuerza que pudo invocar, concentrado ahora en su presa, la bestia haló agresivamente las desgastadas cadenas, haciéndolas ceder poco a poco de la pared donde se encontraban ensartadas. Impresionada, aun tirada sobre el suelo, la chiquilla se arrastró en reversa, temblorosa y temiendo lo peor. Tarde o temprano la bestia destrozaría los grilletes, y entonces, de no poder reunir la voluntad suficiente para asesinarle, no sólo terminaría de perder la contienda sino estaría en riesgo de perder también su vida, ese estado de existencia, que procuraba mantener intacto al ser resultado directo de la muerte de su familia: Si llegaba a morir en manos de un licántropo, todo sacrificio que fue hecho en su nombre sería vano.

Repentinamente, la corporeidad del muchacho dio paso a la figura de a bestia y los adoloridos rugidos del hijo de la noche hicieron eco a través del sótano. Aprovechando el sufrimiento de su oponente, apresurada, Amara se acercó y se armó con un par de filosas gemelas forjadas en plata, en cuyas hojas, se encontraba labrada una flor de lis, el símbolo más representativo de su estirpe, su familia. Sin dar espera a que el licano se libreara, la cazadora, a grandes zancadas, corrió de vuelta en dirección por donde ingresó. La puerta seguía cerrada.

¡Padre! —Imploró la chiquilla, golpeando desesperada la robusta puerta que le impedía la salida— ¡Padre, por favor!

Por el dorso de su mano cayeron unas pocas gotas de sangre. La niña golpeó tan fuerte el material de la puerta que su piel se alcanzó a rasgar.

Mátalo o muere.

Desde el otro lado, las palabras de Bastien le dejaron desamparada.

En perfecta sincronía con el andar de la bestia que se acercaba, Amara escuchó los pasos del hombre perderse en la lejanía. A ciegas y resignándose al destino, la cazadora lanzó una de las gemelas cuando sintió que la proximidad de la criatura fue demasiado arriesgada. Grande fue su sorpresa cuando la daga lanzada realmente dio en el blanco; no obstante, el lugar y la profundidad del impacto no eran suficientes para asesinar al lobo, por ello, cuando escuchó su cuerpo impactar contra el suelo, se lanzó sobre él y lo hirió reiteradas veces con la gemela que aún blandía en su mano. Tanta fue la adrenalina que no supo cuál de todas las heridas fue la que realmente causó la muerte de su opuesto. Para cuando terminó, nuevamente cubierta de sangre y con mirada vacía, la niña permaneció inmutable al lado de su víctima.

Una vez asesinada la bestia, la puerta no tardó en abrirse de nuevo. Los deseos de Bastien habían sido satisfechos. Con una amplia sonrisa surcando sus labios, el hombre se acercó a su sucesora y, en forma de caricia, con delicadeza, desplazó su pesada mano por la mejilla de Amara.

Mujeres como tú ahogan océanos  — Fueron esas las palabras más amables que jamás le dedicó.


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Amara J. Argent
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