Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Olvidar... Sanar... Sólo se necesita tiempo.

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Olvidar... Sanar... Sólo se necesita tiempo.

Mensaje por Viktóriya P. von Habsburg el Sáb Jun 10, 2017 10:00 pm

Si se paraba a pensar en ello, probablemente habían pasado meses desde la última vez que dedicara toda una tarde a estar consigo misma. Dar un paseo por la ciudad pensando en sus cosas, ojeando escaparates o puestos callejeros, probando frutas del mercado, comprando caprichos que no necesitaba pero que captaban sus ojos. Una tarde propia de una joven de alta clase en pleno centro de París. Sin preocupaciones visibles, ni demasiados problemas en la cabeza. Gastando el dinero de sus padres, o derrochando una fortuna heredada. A ojos ajenos, eso era lo único que podía percibirse. Una realidad cotidiana y similar a la de cualquier otra joven con la que se cruzara. Una realidad que poco o nada se asemejaba a la suya. Lo cierto era que aunque compartiera con ellas rasgos tales como el físico, el cuidado y atención que prestaba a su apariencia y ropajes, o la costumbre de comprar de forma compulsiva, el resto era totalmente diferente. Allí donde la veían, tan joven, grácil y delicada, actualmente ya estaba casada, por segunda vez. Había perdido un marido y la razón por la que compraba, en lugar de ser por aburrimiento, era por los problemas que estaba teniendo con el segundo. Problemas que jamás se habría esperado tener. No tan pronto. Y menos con alguien tan agradable como supuso que era él.

Viktóriya estaba paseando, comprando, y recorriendo cada rincón de aquella ciudad que nunca le había agradado demasiado, porque a pesar de ser la primera tarde en bastantes meses que tenía libre de actuaciones, no tenía ningún deseo de regresar a un hogar en el que era odiada, junto a un esposo que no la amaba, y al que estaba unida no sólo por la Iglesia, sino también por el amor. Un amor que a pesar de todo no se había disipado y la mantenía como una esclava dentro de una cárcel de la que ni siquiera tenía ánimos de escapar. Patética. Así se sentía, y para llenar ese vacío, ¿qué mejor forma que probarse vestidos, navegar entre un mar de personas tan aburridas como ignorantes a los problemas ajenos, de un lado a otro para matar el tiempo? Quizá hasta le viniese bien. Aunque del aire de París pudieran decirse muchas cosas salvo que era puro, sin duda era más fresco que el que la rodeaba bajo la tensa atmósfera de su "hogar". 

Tras ordenar a un sirviente, que la había estado esperando cerca de una plaza mientras ella vagaba por las calles en busca de llenar ese vacío, que se llevara todas las cosas que había comprado de vuelta a la mansión, decidió guiar sus pasos a un lugar en concreto. Un sitio al que sólo había acudido una vez, y hacía tanto tiempo que ni siquiera recordaba cuándo. El jardín botánico. Las puertas principales, aún abiertas al ser solamente pasadas las cuatro de la tarde, la invitaban al interior de forma sutil. En cuanto cruzó el umbral, de pronto todo su cuerpo se relajó de golpe. El aroma de cientos de flores distintas, a hierba fresca, a naturaleza sin contaminación del mundo exterior, servía como una especie de antídoto a todos los males que la vida de ciudad causaba a aquellos que habitaban en ella. Y Viktóriya no era menos. Una leve sonrisa se apoderó de sus labios. Deseó con todas sus fuerzas que aquella sensación no desapareciese al marcharse de allí. Sabiendo que aquello no era posible, simplemente dejó que su mente se vaciara de pensamientos a medida que se adentraba en aquel lugar mágico, embriagada por la belleza de cuanto la rodeaba. Los anaranjados rayos de Sol volvían poco a poco el mundo de color dorado, haciendo que sus cabellos relucieran como los pétalos de aquellas flores que se mecían al compás del viento.


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Re: Olvidar... Sanar... Sólo se necesita tiempo.

Mensaje por Jang Park el Jue Jun 29, 2017 5:18 pm

Había trabajado toda la noche, comprendía que no era un oficio muy corriente, pero como siempre se decía, alguien debía hacerlo y en verdad, para el oriental, aquel trabajo en la armería, le agradaba, pues siempre surgía algún buen tema de conversación, o un posible trabajo como cazador o caza recompensas. Así, cuando terminó su turno, se dispuso a  regresar al piso que había pertenecido a su mentor y al que consideraba su hogar. Apenas el sol se asomó en el horizonte, el joven Dalton,  cabalgó rumbo a su hogar, - un edificio que alguna vez había sido una lujosa mansión, pero que en el presente había sido transformado en un grupo de apartamentos, siendo el suyo, el principal, el mas espacioso -. Lo que más amaba de ese lugar, era la zona en donde se encontraba, a pocos pasos de la entrada al Jardín Botánico. Ese Jardín, era su refugio, lo sentía como una extensión de su residencia, un lugar en donde podía ir a refugiarse cuando el dolor o la soledad, le ahogaban el alma.  

Pasó gran parte de la mañana durmiendo, cuando el sol estaba en lo mas alto del firmamento, despertó, tranquilo y relajado, por primera vez en mucho tiempo, sentía que había descansado. Su mirada recorrió su habitación, descubriendo el reloj de pie que marcaba con rítmico vaivén, cada uno de los minutos y las horas de cada día.  Sonrió al darse cuenta que ya era mas de medio día, - Eres un desastre Dalton - se reprendió, pero tras estirarse y bostezar, se encogió de hombros y se dispuso a levantarse - pues no tengo trabajo hasta dentro de dos días, ¿que se su pone que debería hacer? - se dijo mientras preparaba su baño y observaba el desorden que reinaba en su hogar, - deberé buscar aunque sea una doncella que mantenga la limpieza, eso si lo puedo costear - caviló mientras disfrutaba de un agradable baño caliente.

Tras desayunar, se dispuso a salir de su piso, aún con la idea fija de poner un aviso pidiendo personal de servicio para su hogar. Cuando se disponía a dirigirse al centro con la firme intención de hacer aquel aviso, sus ojos observaron la entrada del Jardín Botánico y simplemente dejó que sus pasos lo llevaran a donde realmente deseaba ir.

Paseó por los caminos que siempre recorría, dirigiéndose hacía el sector de la flora oriental, allí, donde verdaderamente se sentía en casa. Observar las plantas, flores y arboles que eran originarios de oriente, provocaban que el joven cazador se preguntara sobre su pasado oculto. Así, dejando vagar su mirada en aquellos bellos y exóticos paisajes, eligió una de las tantas bancas que se encontraban dispersas, se sentó y volvió a dejar vagar su vista por aquel lugar, el sol, bañaba de tonos dorados cada objeto, planta y persona que iluminaba, pues la tarde comenzaba a morir lentamente, un suave suspiro se liberó de su garganta, cuando observo a una joven que pasaba cerca de él, le parecía un ángel que desorientado a esa hora de la tarde, buscaba un lugar donde descansar de su arduo trabajo, - ¿Acaso el cielo y la tierra se unen en ésta hora de la tarde, dejando que los ángeles visiten el jardín? - se preguntó, mientras contemplaba como la briza acariciaba los largos cabellos dorados de la joven.  sentarse a reflexionar sobre su posible origen, o disfrutaba de la lectura de algún libro.

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Re: Olvidar... Sanar... Sólo se necesita tiempo.

Mensaje por Viktóriya P. von Habsburg el Miér Ago 16, 2017 6:28 pm

Mirando de cerca a la joven, casi podía notarse cómo poco a poco sus gestos y su postura se iba relajando paulatinamente. Desde la de una muchacha tensa, hacia la de una especie de ninfa que, más de caminar entre aquel festival de colores y aromas, parecía que flotaba. Casi sin darse cuenta, y movida por lo maravilloso del paisaje que la rodeaba, había tomado los bordes de su vestido blanco, y sus pasos, antes rápidos y seguros, ahora parecían alegres saltos. Danzaba entre flores, como alguna de las princesas, deidades o seres etéreos que había representado, en una de las muchas obras de la que había sido parte. Se sentía llena de vida, de paz, de color, hasta el punto de olvidarse de sus problemas, de sus inseguridades y miedos. Las coloridas anémonas hacían juego con el color de sus mejillas, y le recordaban vagamente al aspecto del jardín que una vez tuvo cuando aún se encontraba en su país, o viajando por los países asiáticos para bailar o actuar.

Una sonrisa se había asomado a sus labios, y poco o nada quedaba del ceño fruncido que hasta hacía un rato, mientras compraba, tenía. Parecía rejuvenecida, y se sentía igualmente joven. Ajena a la realidad, al mundo tal y como era. En aquel paraíso podía olvidar, y pretender que era otra persona, que era volátil e invisible como el aire, sin que nada ni nadie pudiera verla o perturbar su paz. Los lirios aún abiertos parecían sonreír y acogerla en su embriagadora esencia, dulce pero ligera, la misma esencia que una vez también a ella misma la había descrito. Cuando los años y las vivencias todavía no pesaban tanto en su espalda, cuando a ojos ajenos parecía una niña que nada sabía del mundo exterior, cuando sólo vivía por la danza, el amor y la búsqueda de la libertad. Cuando aún no había sido manchada por las penurias del día a día y la crueldad de la gente que la rodeaba.

Lo mismo ocurría con la pureza de las camelias, que tanto se asemejaban a la época de su vida en la que, rebosante de confianza, hizo de su sueño su profesión, y gracias a ello obtuvo el amor que siempre había buscado. ¡Con que inocencia había confiado su corazón, su alma y sus sentimientos a alguien más, sin pensar en lo que podría pasar! Y cuánto deseaba volver a experimentar una emoción tan cálida como aquella. Las yemas de sus dedos recorrieron ligeramente los pétalos de las flores, con suavidad, no queriendo dañarlos ni mancillarlos de ningún modo, imaginando cómo podría volver el tiempo atrás y así lograr que todo fuera como antes.

Fue cuando alcanzó un camino rodeado por hermosas glicinas cuando sus labios se despegaron y de ellos emergió una melodía, y con ella, una suave canción que, al compás de la brisa, iba dando vida a al camino por el que pasaba. En su mente, aquello había dejado de ser un simple jardín botánico. Se había trasladado a otro lugar, a su Edén particular.



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Re: Olvidar... Sanar... Sólo se necesita tiempo.

Mensaje por Jang Park el Vie Sep 01, 2017 12:12 pm

Aquella imagen, ese exacto momento en que la realidad se mezcla con la fantasía, había cautivado a Dalton, quien al ser un avezado lector de todo lo que caía a sus manos, había relacionado cada movimiento, cada caricia que hiciera la joven a las flores, un significado, que la convertía en una diosa de la primavera que ése año había llegado mas temprano de lo habitual.

Al verla, no pudo dejar de recordar los frescos que alguna vez su maestro le mostrara, en uno de los viajes que hicieran por Italia, en especial Florencia, en aquella esquicita ciudad, había vivido un embrujo, al contemplar la figura de una doncella, muerta hacía varias centurias, pero, que al contemplar su figura, parecía estarle mirando y queriendo contar algún secreto que guardara celosamente.

Al contemplar a esa joven, descubrió que era tan parecida a la misteriosa dama de Florencia que parecía su encarnación, su renacer en un nuevo tiempo y una nueva vida. al recordar la triste historia de la florentina, rogó porque la vida que llevara la misteriosa joven del Jardín, fuera mil veces mas feliz y bendecida que la amante de aquel príncipe del renacimiento.

Puso mayor atención, en las manos de la joven, en las flores, que con suma delicadeza tocaba - Anémona, lirio, camelias y glicinas - dijo en voz baja, - Espero que la perseverancia, la humildad, logren que vuestro amor se vuelva una realidad, que se aferre a una felicidad posible y no solo a falsas ilusiones - caviló. Dejó que el mismo caminar despreocupado, de aquella ninfa, fuera acercando sus pasos a donde él se encontraba. Cuando poca distancia ya los separaba, dejó su libro a un lado, para levantarse pronto, cuando observó que la mano de la joven tocaría un botón de Ranunculus Sceleratus, cogió la delicada mano y tiro de ésta, atrapando entre sus brazos a la etérea ninfa. Su mirada fue atrapada por la ajena, pero avergonzado bajó la suya, mientras intentaba excusarse, - Perdón, señorita, pero aveces, en mitad del paraíso, logran florecer capullos del mismo infierno -, soltó con delicadeza la mano femenina y levantó la suya, señalando el envenenado brote de sardonia.
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Re: Olvidar... Sanar... Sólo se necesita tiempo.

Mensaje por Viktóriya P. von Habsburg el Sáb Sep 09, 2017 4:05 pm

La naturaleza, las flores, y en definitiva, todo aquello que no estaba mancillado por la egoísta mano del hombre, además de poseer una belleza cautivadora, desprende un embriagador aroma que hace que cualquier otro problema, o cualquiera otra imagen, parezca mundana y absurdamente carente de "espíritu" en comparación. O al menos, eso era lo que ella, en su inocencia, siempre había pensado. Que es la gente lo que hace que el color y el valor de las cosas a su alrededor disminuya. Somos nosotros mismos los que decidimos trasladar la atención desde lo más importante a otras cosas, a la vez que intentamos no perder de vista la auténtica belleza del mundo imitándola, viéndola a través de prismas varios a los que hacemos llamar arte. En nuestra estupidez vamos perdiendo el foco, el norte, y el sentido, para al final vernos privados de autenticidad, y entonces nos quejamos de sentirnos confusos, de no ser capaces de ver en color, o de lo vacío de significado y fragancia que está el mundo. El egocentrismo nos aleja de esa hermosura que siempre buscamos, nos despoja de ese sentimiento de unidad que una vez nos caracterizaba. ¡Qué absurdo! Con lo sencillo que resulta desnudar tu alma, tal y como ella estaba haciendo, allí, en aquel momento, rodeada de flores que se mezclaban con ella armoniosamente.

Los pétalos le hacían cosquillas en los dedos, así como en las mejillas cuando pasaba entre ellos sin molestarse en apartarlos. Era maravilloso. Sublime. Se sentía más libre de lo que lo había hecho en años, y tan sólo había necesitado alejarse de la ciudad, que aunque bulliciosa y llena de actividades, la hacía estar más y más anclada a la superficialidad del mundo de los adultos. Una vez lejos, una vez su mirada salía de sí misma, de su voz interior, y se tornaba al verdadero exterior, uno que tan bien recreaba aquel jardín del Edén, su misma insignificancia dejaba de ser molesta. Sentirse pequeña, diminuta, dejaba de ser un problema cuando te enfrentabas cara a cara con los verdaderos, más antiguos, y más importantes habitantes del planeta. El tiempo, que para nosotros fluye incansable y se nos hace corto, para ellos marca una etapa de sus vidas que aceptan y con el que evolucionan sin cesar. La semilla se transforma en flor, y una simple flor es capaz de dar vida a cientos más, tornándose en aquello que ahora la invitaba y llenaba de paz.

A medida que su canción y el tempo de la misma iban llegando al fin, el paisaje a su alrededor también parecía ir cambiando en una cuidadosa transición, de flores más grandes y arbustos que la rodeaban, a otras más pequeñas pero igual de coloridas. Su voz iba acallándose, aunque la melodía en su cabeza y su corazón continuaban resonando... Y fue entonces, cuando movida por la curiosidad se acercó a una de aquellas diferentes flores, cuando un invitado inesperado se interpuso en su camino. Sorprendida, más por la presencia de otro individuo en la que creía que era su propia fantasía, que por la repentina cercanía del mismo, dio un pequeño salto, confusa primero, y luego aliviada. ¿En qué momento realidad y ficción se habían mezclado en su cabeza? Fantasear también podía ser peligroso. Luego clavó su mirada azul en la ajena, y esperó unos instantes antes de responder. - Entonces supongo que es algo bueno que caballeros más atentos que yo misma sean conscientes de mis alrededores cuando yo me encuentro ocupada con mis ensoñaciones. -Una leve pero grácil sonrisa, acompañada de una reverencia, marcaron la sutileza de su broma. - Gracias por vuestra asistencia, estaba tan centrada en colores y aromas que me olvidé por completo de identificarla. -Cuando el desconocido le mostró la planta más de cerca, pudo darse cuenta de su error. Era algo bueno que no la hubiese tocado directamente. De verdad la había salvado. - Espero que a vos no os halla causado mal... ¿Cómo podría agradeceros? -Dijo ladeando el rostro, y olfateando levemente la flor. - Curioso que su fragancia no sea desagradable a pesar de ser venenosa... -Incluso la naturaleza es cruel a su modo.


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Re: Olvidar... Sanar... Sólo se necesita tiempo.

Mensaje por Jang Park el Miér Oct 25, 2017 7:16 pm

Aquella hada de las flores, era en verdad una joven particular, pues sin conocerle, le ofrecía pagar de alguna forma, aquel gesto que pudo salvarla de un descuido mortífero. Dalton sonrió, con la simplesa de un niño, sin malicia, ni dobles sentidos. No deseaba nada, solo había estado mas atento que otros, ¿o acaso no habrían actuado de la misma manera, cualquiera de los caballeros que pasaran por el lugar?, pues la verdad era que si no hubiera estado atento a las flores, porque eran parte de sus estudios y del conocimiento aprendido en años, seguramente podría haber pensado que era una inocua flor.

- No se preocupe, no necesita pagar de ninguna forma, fue simplemente un gesto que cualquier ser haría por otro - se apresuró a decir. Mas al ver como la joven se inclinaba a oler el aroma de la venenosa flor, no pudo mas que negar con su cabeza mientras chasqueaba su lengua varias veces en forma de reprobación, - está jugando con fuego - dijo, elevando los hombros y suspirando. no se podía hacer nada, si la joven era cabeza dura y persistía en acercarse a la pérfida flor, pues debería aceptar los posibles peligros.

A pesar de ello, se quedó cerca de ella, intentando que dejara en paz la bendita planta, - permita que me presente - dijo, extendiendo su mano, aunque luego no supo si eso sería correcto, ya que no existía otra persona, que los estuviera presentando y haciendo de ello un acto mas formal. Pero tras contemplar nuevamente a la joven, llegó a la conclusión, que si la joven se encontraba allí, sin chaperona, era porque se trataba de una joven de pensamientos mas libres y no apegadas a las duras formas de la etiqueta y el protocolo. Volvió pues a mantener su mano levantada, y presentarse, - como le decía, mi nombre es Dalton Bradford, es un placer conocerla, señorita... - dejó sin contestar, esperando que la joven hiciera lo mismo y se presentara.
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Re: Olvidar... Sanar... Sólo se necesita tiempo.

Mensaje por Viktóriya P. von Habsburg el Sáb Oct 28, 2017 8:38 pm

Por un momento, las palabras del hombre la hicieron sonreír. Ella misma se creía ingenua por pensar lo mejor de otras personas, pero sin duda lo que él había dicho denotaba incluso más inocencia y confianza en la bondad de otros de lo que ella jamás había experimentado. Dudaba mucho que algún otro desconocido se hubiera interpuesto entre ella y el peligro de forma tan abrupta y sin requerir algo a cambio. Más que nada, porque el mundo de las flores solía ser desconocido por la mayoría de gente. Pero también porque consideraba que los demás tendían a ignorar los problemas ajenos y centrarse en los propios mucho más de lo que reconocían. Su descuido podría haber sido fatal si alguien genuinamente amable, como no dudaba que él era, no se hubiera encontrado allí para auxiliarla. El hecho de que el hombre pensara que tal acción era lo más normal del mundo denotaba su clara tendencia a preocuparse por los demás. Y eso era un rasgo que escaseaba, y que ella encontraba sumamente necesario en su círculo de amistades y conocidos. Y sí, aunque de momento no eran más que dos desconocidos, algo le decía que acabarían llevándose bien. Llámalo intuición femenina. 

- ¿No sabéis lo que dicen? Que a las ninfas el fuego no nos quema. No es que sea tan soberbia como para creerme una, tal magnificencia está lejos de mi alcance, pero hoy tenía todas las intenciones de actuar como una. -Siguió con sus bromas a modo de metáfora, pero ahora sí, se alejó de la cruel pero hermosa flor, al notar el desconcierto y preocupación en el rostro ajeno. - Aunque no creáis que es necesario que os pague, me sentiría mucho mejor sabiendo que he saldado mi deuda. A pesar de que a mi también me gustaría pensar lo mismo, son pocos los que ayudan a otros sin esperar nada a cambio. -Asintió levemente, con expresión pensativa, no quería quitarle la razón, ni tampoco obligarle a aceptar un pago, pero quería dejar claro que si necesitaba algo a cambio, ella lo daría gustosa. Después de todo, no sólo la había salvado de un envenenamiento, sino también de que su humor cambiara nuevamente, desde aquella alegría fugaz a la amargura de antes. Aunque claro, eso no iba a decirlo en voz alta.

- Encantada de conoceros, Señor Bradford. -Dijo estrechando su mano con decisión, a pesar de que no estaba acostumbrada a ese tipo de saludos, recordaba que en otros países esa era la forma más frecuente para presentarse. Los rasgos exóticos del hombre delataban cierta extranjería, aunque no estaba segura de su procedencia, ni consideraba apropiado decir algo al respecto. Lo curioso era que no recordaba que en oriente saludaran de aquella forma con mucha frecuencia. ¡Fascinante! De tener más confianza habría comenzado a hacer preguntas, pero era demasiado pronto. ¿De dónde procedería? - Mi nombre es Viktóriya von Habsburg. Aunque en el teatro me conocen como Persephónē. -Se presentó con una sonrisa, y cuando finalmente soltó la mano ajena, dio un paso atrás. - ¿Me acompañáis? -Ofreció, haciendo un gesto con el brazo en dirección al resto del jardín, inexplorado por la joven.


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Re: Olvidar... Sanar... Sólo se necesita tiempo.

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