Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Save Me From Myself — Privado

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Save Me From Myself — Privado

Mensaje por Daphne McQuoid el Lun Jun 12, 2017 11:16 pm


"¡Heme aquí! ¡Tuya soy! ¡Dispón, destino,
De tu víctima dócil! Yo me entrego
Cual hoja seca al raudo torbellino
Que la arrebata ciego."

—Gertrudis Gómez de Avellaneda.





Algunas jóvenes de mi edad se aferran a ese sueño persistente de hallarse bajo el abrazo protector de algún amante. Un hombre extranjero que venga a sacarlas de sus miserables vidas de damiselas aburridas; que las rescate de la apatía de sus hogares y las lleve a un castillo con vista al mar. Es una idea tierna, nacida de la más pura ingenuidad. O al menos eso es lo que suele contarme mi prima, una joven contemporánea a mí, con demasiadas ilusiones y una personalidad que brilla por sí misma. Yo a su lado soy una sombra borrosa; soy la oscuridad de la noche. Me convierto en esa luna que prefiere refugiarse en el silencio de la vigilia, mientras ella es la representación más fidedigna de Helios (y no sólo por su larga cabellera dorada). De seguro Rose hallará a ese príncipe que tanto anhela, y no la juzgo, ojalá que así sea. Sólo espero que deje de atormentarme con su idea grotesca salida de cualquier circo corriente.

Mientras jóvenes como ellas desean una vida feliz, yo anhelo estar encerrada en el silencio de mis pesadillas y así poder desvanecerme en las alas de la muerte algún día. No creo que pueda seguir más de pie en este mundo, porque me he agotado, como si algún ser hubiera drenado todas mis esperanzas. ¡Oh! He sido tan egoísta al dejar a un lado a mis hermanos. ¿Qué pensarían ellos de la Daphne de ahora? De seguro les arrancaría tristezas y preocupaciones innecesarias; querrían atarme a una supuesta realidad que me lastima cada día. Aun así, algo me quiere aquí y no sé qué es. ¿Por eso es que él no me arrebató la vida cuando pudo haberlo hecho?

Nuevamente me ensimismé en la tristeza, sintiéndome tan abatida por la idea hiriente de que alguien rechazó mi petición. La única petición que hice desde la más orgullosa sinceridad; pero su mirada apagada por la confusión lo obligó a negarse. ¿Sentía lástima de mí? ¡No! Los seres como él no deben sentir pena de mortales como yo, porque no merecemos compasión alguna.

Me fui extinguiendo en la soledad de mi habitación, como lo hacían las últimas luces del atardecer. No había querido salir en todo el día y apenas probé bocado (hubiera preferido no hacerlo, pero pudo más ese aberrante deseo de existencia que el hecho de morir). Estaba molesta con él, porque su imagen no se apartaba de mi mente; porque me ilusioné con la idea de que me dejaría dormir para siempre. ¡Pero no lo hizo! No me dejó morir cuando estuve dispuesta a hacerlo. Aun así, se atrevió a prometerme una próxima visita, a pesar de seguir siendo desconocido. Se atrevió a jurarlo y yo... ¡No paraba de leer esa maldita carta! ¿Era una invitación? Fue ese pensamiento lo que me exaltó lo suficiente como para hacerme levantar y alistarme para la hora indicada.

Mi tía se veía contenta y yo no entendía el motivo. De seguro ya se había hecho un cuento de hadas en la cabeza, ¡pobre ilusa! Lo mejor en lo que tendría que pensar era en las palabras que le diría a mis padres para comunicarles mi muerte. Tampoco sonreí, no solía hacerlo, y no lo haría en ese momento, aunque la llegada de aquel coche me esperanzaba más de lo que creí que iba hacerlo. Incluso llegué a olvidar a Albert (estúpido cabezota, siempre metiéndose en problemas). Llegué a olvidar muchas cosas, menos a mis hermanos, a quienes recordaría en mi agonía como lo más hermoso de mi existencia.

Y fui conducida bajo la senda de penumbras a un lugar que, hasta ese momento, desconocía. ¿Así se sentía la cercanía de la muerte? ¿Así eran los últimos minutos de vida de una persona cuando sabe que ya no hay marcha atrás? Lo que más me sorprendió fue encontrarme con la vista de un mar oscuro, cuyo sonido rasgaba el silencio con ira. Ese era el mar que me recordaba a mi infancia, cuando había sido realmente feliz. Pero intenté no perderme en los recuerdos. Apenas, entre las penumbras, supe que él estaba ahí. Mi corazón se aceleró, y no sé si era alguna clase de emoción intentando fugarse de las prisiones que yo misma había creado.

—Entonces... ¿si está dispuesto a cumplir esta vez? Espero que no se retracte, Monsieur Kyros —mi voz se escuchó apagada, como solía serlo. Pero igual dejé escapar un ligero reproche en esas palabras—. Es un capricho terrible, no me juzgue por eso, pero hay personas que nos cansamos de vivir más rápido que el resto.




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Re: Save Me From Myself — Privado

Mensaje por Kyros Kierkegaard el Sáb Jul 01, 2017 2:19 pm

Daphne

Un susurro involuntario se deslizó por sus labios, ahogándose en el traqueteo del carruaje. Unos ojos índigo alborotaron sus memorias y un ligero aroma frutal lo invadió al revivir su primer encuentro con Isabel. Era inusualmente estremecedor cada semejanza encontrada al evocar el rostro de lady McQuoid nuevamente, desde su mirada muda e impoluta hasta el rezago de porte imperial.  Aunque lo que le quitaba el aliento era el tono de su mirada: un índigo acechado por un fantasma de eterna melancolía.

El vampiro dejó sus párpados caer y una dulce risa retumbo traviesa en su cabeza. Otra vez; aquellos ojos. No huiría de ellos. No de nuevo.

Omaha, messie Kierkegaard—, la voz grave y clara del cochero esfumó sus recuerdos, mientras una brisa marina se colaba rigurosa en sus pulmones. El vampiro descendió calmo e imperturbable; su porte magnánimo intacto incluso al vestir con aquella sobriedad: camisa y pantalones níveos de lino. Había llegado a la playa con anterioridad al tiempo estipulado, incluso podía observar los rezagos de un cielo róseo y ámbar abandonados por la partida el astro solar. Deambuló unos pocos pasos por aquel camino improvisado de piedras y tierra llana, a lo largo de una colina en descenso. Una hilera de polines cilíndricos guiaba su camino hacia la bahía mientras sus pensamientos se perdían nuevamente en la mirada de Daphne. Se entregó a sus brazos rogando la muerte; la seguridad de su petición perforaba la  poca humanidad que deseaba y necesitaba conservar. Era supuesto que el vampiro le concediera aquel deseo, en su lógica era la forma correcta de alimentarse, sin culpabilidad ni crueldad. Simplemente cumplir su deseo. Su arrepentimiento no fue predestinado ni un acto de benevolencia, fue consecuencia de un pacto. Y de una memoria muy preciada.

Jamás imaginó volver a ver esa mirada de nuevo. Mucho menos verse absorbido por el mar que comprendía. Sin darse cuenta, sus pies lo había encaminado hacia la orilla y el agua besaba sus botines de cuero negro. Con presura, empezó a desatar los cordones y deshacerse de sus calcetas. Las enrolló, tratando de que no se arruguen mucho y las ocultó su calzado. Con sus pies hundidos en la arena y su brillar esmeralda perdido en la distancia, disfruto un breve tiempo del paisaje antes de recorrer con presura la orilla con dirección este. Unas cien varas lo distanciaban de un diminuto precipicio, poco escarpado, que escondía tras de sí un gazebo de tilo blanco. Un mirador oculto del que pocos tenían conocimiento, comprensible, ya que Kyros lo mandó a construir hace unos años atrás, debido a que concurría la playa más seguido de lo que planeaba. Dado su solitaria ubicación, su perfecta vista al mar y su desatendida existencia—que se había manifestado en forma de enredaderas que escalaban una cúpula  y se entrelazaban con fuerza alrededor de las barandas— se convertía en el lugar preciso para llevar a cabo la tarea. Antes de volver a la orilla donde se encontraría con la mortal, encendió unas cuántas antorchas que estaban desperdigadas por el camino hacia el gazebo. La noche ya se asentaba en el firmamento y la brisa soplaba con un poco más de fuerza. Ya casi era hora y el vampiro no podía evitar sentir una punzada de nerviosismo por lo que iba a acontecer. El pequeño Judikael se asomaba tímido y por primera vez en mucho tiempo podía sentir cómo volvía a vivir sus días gloriosos, aquellos donde no era una bestia sedienta y podía disfrutar del sol. Del aroma de las rosas en los jardines imperiales y de las risas.

Volvió sin dificultad al lugar de encuentro, aunque estaba seguro de que para Daphne sería muy difícil discernir varias formas. De espaldas al camino, frente al horizonte, espero unos cuantos minutos con las manos ocultas en los bolsillos de su pantalón hasta que sintió la presencia de la mortal. Casi instantáneamente, al mirar aquellos ojos azulinos y melancólicos, un sentimiento de presión surgió en su garganta. Lo único que atinó fue a sonreír tristemente. Daphne seguía con aquella resolución y Kyros estaba a punto de frustrarla para siempre.

Lady Daphne— el vampiro avanzó hacia ella, disfrutando la sensación de sus pies hundiéndose en la arena. Frente a ella, dio una reverencia mientras tomaba su mano, para luego depositar un beso en el dorso, tal y como la costumbre lo requería. Al enderezarse pudo notar la impaciencia de Daphne, sabía que solo podía lograr que volvieran a concurrir si dejaba al aire la ambigüedad de su muerte. No había recurrido a la mentira, pero trataba de enredar el asunto todo lo posible para que no descubriera sus verdaderas intenciones— ¿Os gustaría dar un paseo?—dijo cálidamente, asegurándose de que sonara a una imposición más que a una pregunta. Sin obtener respuesta, se colocó a su lado izquierdo, flexionando su brazo derecho y ofreciéndolo para que lo tome. El vampiro notó la indecisión de la mortal, más como un acto rebelde que como una duda —Temo que si no lo sostiene—dio un vistazo rápido a su ofrecimiento—me veré obligado a buscar otras formas poco agradables de dar ese paseo—comentó gracioso, sin afán de ofenderla.

Impredecible. Esa era la única característica que definía su afán por ser diferente a toda la escoria sobrenatural que caminaba por el mundo. Deseaba poder otorgar lo que nadie pudo: la capacidad de elegir la mejor forma de hundirse.


Gracias, Loree <3

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Re: Save Me From Myself — Privado

Mensaje por Daphne McQuoid el Dom Jul 09, 2017 2:29 am

Podía considerarme afortunada por pensar que el destino había jugado a mi favor, pero no, en realidad era demasiado pesimista como para hacerme esa idea. Aun así, tuve la plena confianza de que mi mayor anhelo (nefasto, y sin sentido alguno, para cualquier otra persona), podía hacerse realidad. Tendría la dicha de descansar en las alas de la eternidad, sin tormentos; sin nada que pudiera lacerar mi espíritu nunca más. Sería libre de las ataduras de este mundo, sintiéndome finalmente libre. Sin embargo, había una pequeñísima parte de mí que gritaba para hacerme entrar en razón. ¡Dios mío! ¿Desde cuándo me había convertido en eso? Llevaba la pesadumbre grabada a fuego en mi rostro, y ya ni sentía los deseos de sonreír como en antaño. Oh, ciertamente. La respuesta recaía en esa convivencia hipócrita con mi tía Brigitte y sus hijas con exceso de color en el alma. ¿Acaso era un acto de rebeldía de mi parte? Tal vez por no lograr conseguir lo que quise en ese tiempo: permanecer al lado de mis hermanos.

Oh, ¿cómo podía ser tan egoísta con ellos? Si tan sólo tuviera la oportunidad de verlos de nuevo. ¡No! Ellos no tendrían que verme en estas condiciones tan malas, ¿qué iban a pensar? No lograba concebir la idea de la insensatez, y lo muy desagradecida que era con las únicas personas que me importaban. Aunque, esperaba, con el corazón en la mano, que cuando se enteraran de mi partida, comprendieran mi decisión y respetaran mi memoria en silencio. Claro, en un principio iban a reprochar mi egoísmo y el sufrimiento que les iba a causar, aun así, era la única salida... ¿o no?

¿Por qué siempre tenía que dudar? ¡Era una tontería hacerlo! Y menos en ese instante, cuando me dirigía hacia el fin de mi destino. Sin embargo, hubo algo que me indicaba lo contrario. No sabía si era por el lugar escogido por mi anfitrión, o si se trataba de su presencia. ¿Había escogido al verdugo correcto o...? ¡No lo sabía! Y me frustraba enormemente no tener una respuesta acertada, y justo cuando más la necesitaba. Simplemente, y como un acto de desesperación, me obligué a sentir el dolor de las uñas hundiéndose en la palma de mis manos. Eso me hizo reaccionar, para así poder prestar mejor atención a mi alrededor, y no a mis pensamientos huecos.

¡Un momento! Ahora que había logrado concentrarme con mayor facilidad, una duda repentina me asaltó: ¿sería Kyros Kierkeegard el indicado para cumplir con tal propósito? Bien, estuvo a punto de alimentarse de mi sangre en una ocasión anterior, producto de la misma casualidad. Pero en ese momento no percibía esa intención. ¡No la veía! Incluso su mirada me transmitió algo que no logré descifrar, y mucho menos cuando ya se encontraba a mi lado.

¿A quién demonios se le ocurría ofrecer un paseo antes de cometer un asesinato? ¡Ni siquiera a un suicida! Y yo nunca me consideré una tan buena, porque era una cobarde de proporciones astrales. Fruncí el entrecejo, un gesto bastante común en mí, desde luego. Sin embargo, no fui capaz de mantener su mirada durante mucho tiempo, si acaso unos segundos. Me incomodaba, y pude haber soltado una injuria terrible, que hasta habría obligado a mi tía a persignarse desde donde estuviera.

—¿Cuáles formas? —inquirí de inmediato, como una manera de provocar alguna ruptura en el carácter sosegado del vampiro—. Yo no quiero ningún paseo...

Por favor, que alguien me abofeteara por actuar como una niña caprichosa, porque sé que lo hice. Y lo peor, ¡lo mil veces peor!, es que me salió tan natural que dudé de mí misma.

—Lo siento, pero es que... pensé que quería acabar con esto, ya sabe, rápido. ¿O no lo hará?



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