Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Saudade | Privado

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Saudade | Privado

Mensaje por Helena de Bragança el Vie Jun 23, 2017 11:30 pm

“Duelen todas estas saudades. Pero la saudade que más duele es la saudade de quien se ama. Saudade de la piel, del olor, de los besos. Saudade de la presencia, y hasta de la ausencia consentida.”
Miguel Falabella

Todo había sido un desastre, un verdadero y total desastre. Habían tenido bajo control cada segundo, los refuerzos se habían ubicado estratégicamente en el plano y el trato había estado a punto de ser cerrado. El líder de los cambiantes había tomado la mano de Helena, le había dado un beso en el dorso y con una sonrisa encantadora pronunció aquellas malditas palabas: “saludos a Sofía”. La inquisidora, simplemente, no pudo contenerse. Se lanzó sobre Honecker y se convirtió en una loba. Él fue tomado por sorpresa y no pudo hacer demasiado por su vida, pereció bajo las fauces ensangrentadas y rebeldes de la infanta portuguesa, que hacía demasiado tiempo que no probaba la sangre. El metálico sabor de la venganza la llevó a arrancarle las entrañas, y sólo la trajo a la realidad, el sonido de disparos y unos gritos aislados. Alzó su cabeza, movió las orejas, olisqueó el aire y la voz de Aaron llamándola la hicieron volver a su forma humana. Desnuda y bañada de carmesí, se quedó quieta al notar que estaba siendo rodeada por los propios inquisidores, quienes habían masacrado a todos los integrantes de la banda. Entendió que había arruinado todo y estaba lista para merecer su castigo, hasta su compañero se interpuso entre ella y sus colegas y la salvó.


Déjame en paz —se quejó cuando ingresaron a la habitación del hotel. En el trayecto de regreso, se había quitado la suciedad con un pedazo de tela mojada. —No debías hacer eso. Podrían haberte matado —continuó, ofuscada, mientras se quitaba el abrigo que Aaron le había prestado. Debajo llevaba una parte de su ropa, sucia y rota.

Sin permitirle replicar, se encerró en el cuarto de baño. Allí, una tina caliente la esperaba. Agradecía aquel pequeño instante de placer. En cuanto su cuerpo desnudo tocó el agua, sintió cómo las tensiones arremetían contra su cuerpo, impiadosas. Llevaba sobre sí la preocupación. “Saludos a Sofía. Saludos a Sofía.” Aquella frase no paraba de replicarse, con malicia, en lo más profundo de su mente. ¿Cómo habían llegado a ella? ¿Cómo sabían el nombre de su hija? Recordó que hubo un instante de racionalidad en el que no sintió el aroma de su pequeña en ninguno de los presentes, no habían estado lo suficientemente cerca de ella. Quizá, Honecker pensó que ella continuaría la farsa. No la conocían. Helena era una mujer sumamente pensante y fría, pero cuando se trataba de Sofía, era capaz de todo, incluso, de poner en riesgo a la propia Inquisición.

Alzó las rodillas y se abrazó a ellas. Las lágrimas comenzaron a rodar sin cesar, una por una. Necesitaba ver a su pequeña, decirle que era su madre y que nunca más la dejaría. Quería llevársela lejos, donde nadie las encontrase y pudiesen tener una vida juntas. Sofía representaba lo único verdaderamente bueno que había hecho en toda su existencia, y la sola idea de saber que un ser frágil y puro estuviese en peligro por su culpa, le hacía añicos el alma. ¿Cómo podía llevársela si, aún escondiéndola, alguien la había encontrado? Había una sola solución para todo eso: no volver a verla.

La idea le revolvió el estómago, la boca se le volvió amarga y alcanzó a tomar un recipiente para vomitar. Arrancar a Sofía de su vida era la decisión más difícil, pero la necesaria. Cerró los ojos, agitada, y recordó su voz, su perfume, la suavidad de sus rizos, el brillo de su mirada, sus manitos pequeñas acariciándola, el sonido de su corazón… Debía despedirse de ella, verla por última vez y aprender a convivir con aquel dolor. Las entrañas se le retorcían como si estuviera pariendo una vez más… Se puso de pie tras refregarse la piel hasta lastimarla y se cubrió con una toalla. Se secó con desesperación, como quitándose los rastros de las heridas que ya no existían pero que existían en su interior, y luego se colocó la bata azul de seda, su favorita.

Al salir, con el rostro demacrado, se encontró con Aaron sentado en el sillón, esperándola. La miraba con fijeza y ella se sintió incapaz de sostenerle la mirada. Estaba avergonzada y, al mismo tiempo, molesta. De él también debía separarse, lo había puesto en un riesgo innecesario. Le dio la espalda sin emitir sonido, se sentó en la silla y lo miró a través del espejo del tocador. Tomó un cepillo y comenzó a desenredarse el cabello.

Me iré por unos días. Cuando regrese, iremos a Roma y pediremos que nos separen. Ya no podemos continuar juntos, Aaron —decretó, disimulando el nudo en la garganta.



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Re: Saudade | Privado

Mensaje por Aaron Townshend el Mar Sep 12, 2017 5:18 pm


Hubo mucho que no entendió de todo lo que había sucedido. El plan estaba siendo ejecutado con prolijidad, misma que él atribuía a ella, y no a él, aunque eso siempre había sido un trabajo en equipo. Él tomó la posición más cercana, y peligrosa, y pudo escuchar el intercambio. Apenas si parpadeó, preguntándose de qué se trataba el intercambio entre Helena y Honecker, cuando ella ya estaba en su forma animal. Muchas veces antes la había visto ya adoptar aquella apariencia, no obstante, esta vez fue distinto, aunque no supo precisar por qué. Sintió aprehensión. Quiso detenerla, o detener todo, pero a partir de ese momento, todo se fue en picada.

Destruyó a Honecker, y con él, todas sus esperanzas de seguir escalando en esa escalera de poder, de desarmar algo mucho más grande. Pero su preocupación no fue esa, en cuanto la conmoción lo dejó moverse, Aaron fue a por Helena, para ayudarla, protegerla de sus compañeros inquisidores, a costa de su propia vida. No lo hizo de manera consciente, fue una reacción, un acto reflejo del que se dio cuenta cuando ya era muy tarde para dar marcha atrás. Y continuó, llevó todo hasta las últimas consecuencias, aún cuando ella no se mostró agradecida. Tampoco esperaba que así fuera.

Cuando la ayudó, la cubrió, y la llevó de regreso al hotel, se sentó en el sofá frente a la puerta del baño donde ella se había encerrado. Más de una ocasión se puso de pie, se plantó del otro lado, y estuvo a nada de tocar, pero al final no lo hizo. ¿Ella lo habría sentido? Ahí, tan cerca y a la vez tan lejos. Fue sólo cuando se abrió la puerta que levantó el rostro, los ojos se clavaron en ella, no pudo evitar mirar su piel, lo que podía pues la bata la cubría, y es que ya no quedaban vestigios de la batalla. Se puso de pie cuando ella fue hasta el tocador, y la miró a través del espejo.

Algo había cambiado. En ella, en él, en ambos. Algo sustancial, lo supo, pero no logró señalar el qué. No dijo nada al escucharla declarar aquello. No dijo nada, aunque tenía mil cosas en la boca, luchando por escapar; preguntas, reclamos, todo, y nada.

No soy quién para detenerte. No lo haré —habló con un tono grave que, en su voz de por sí baja, sonó abisal—. Pero después de hoy, no pretendas que me largue así como si nada… Helena… —La llamó por el nombre que ella prefería, y eso ya era señal de algo—. ¿Qué demonios pasó ahí afuera? ¿Qué fue eso? Nunca…, nunca te había visto perder el control de esa forma. Sé que no tengo derecho a preguntar, sé que por algo no me has dicho quién es Sofía, pero creo que después de tantos años juntos, tengo derecho a saber. —Fue muy inteligente en su discurso. No tenía derecho a preguntar, pero sí a saber. Tragó saliva.

No pudo creer que en ese momento, él fuera el cuerdo de los dos, aún cuando el corazón se le hizo pequeño al escucharla decir que lo mejor era separarse. No quiso pensar en eso, mantuvo a raya a esas bestias.

Si eso quieres, si ya no quieres ser mi pareja en las misiones, adelante. —Quiso impregnar a sus palabras de un tono desapasionado, aunque lo que sentía era totalmente lo contrario. Un profundo dolor, parte embotamiento de la fallida misión, parte turbación de todo lo que estuvo en juego—. Sin embargo, ¿en verdad crees que con eso vas a solucionarlo? No pretendo que me debas la vida, tú me has salvado más veces de las que puedo contar, pero, Helena, estuviste a punto de morir a manos de la propia Inquisición, y de no ser por mí, así hubiera sido, no creo que sea lo más sabio para ti estar sola ahora… —Fue a continuar, pero se detuvo. ¿Qué quería decir? ¿Que lo necesitaba para protegerla?

De todas las mujeres que Aaron conocía, que eran muchas, y de todas las personas en general, Helena era la que menos necesitaba protección.

Y en ese momento se dio cuenta de la realidad tirana: era a la única que le interesaba proteger.


Última edición por Aaron Townshend el Lun Nov 20, 2017 8:29 pm, editado 1 vez


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Re: Saudade | Privado

Mensaje por Helena de Bragança el Dom Oct 22, 2017 11:12 pm

Sofía es mi hija —susurró. —Sofía es mi hija —repitió, en voz alta, y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. ¿Qué la había llevado a semejante confesión? Era incapaz de negar su identidad, no podía cometer una injuria de aquella dimensión. Era la primera vez que lo confesaba, aquel secreto que le oprimía el pecho y la tenía en vilo día y noche, se liberó. Todo el cuerpo se le aflojó, y Helena creyó que la vida se le vendría encima. Ya no podía con tanta pena, con tanta angustia, con tanta preocupación. Habían amenazado la seguridad de lo único que tenía en la vida, de lo único que debía proteger. Si Honecker había sido capaz de averiguar la identidad de la niña, podía no ser el único, y aquella idea le carcomía el corazón.

Se puso de pie y caminó hacia un perturbado Aaron. Apoyó la mano en su pecho y escuchó los latidos acelerados de su corazón. También, con aquella revelación, había buscado quitarle el dramatismo a la despedida. Él la comprendería, lo sabía, y no intentaría detenerla siendo un conocedor de la verdad. Su compañero nunca la traicionaría, y le había costado mucho aceptarlo: confianza ciegamente en Townshend.

Tiene casi siete años. No sabe que soy su madre, y su padre murió. Ha vivido bajo la custodia de una gran amiga, que es la única familia que conoce. Cree que soy su madrina, y la visito en pocas ocasiones. Me gusta contemplarla de lejos, ahí la siento mía… —la voz le tembló. Nunca había abierto su corazón de esa manera, ni siquiera con la tutora de Sofía. —Debo sacarla de París, Aaron. Por eso me iré. No sé si Honecker le vendió su identidad a alguien, no puedo ponerla en riesgo. Ella…Sofía es lo único que tengo, lo verdaderamente importante —sonrió con tristeza. Su hija le dolía, no era un sentimiento dulce y amoroso, era una herida profunda.

La abandoné —hizo una pausa—, la dejé en manos de mi amiga al día siguiente de su nacimiento. Yo le pertenecía a la Inquisición, y la someterían a cientos de pruebas para comprobar que no hubiera heredado mis poderes. Es una niña común y corriente, es muy feliz y repleta de ternura —desvió la mirada, porque ya no podía continuar conteniéndose. Cerró el puño y amplió la distancia entre ellos. —No es que no quiera continuar contigo, Aaron —lo observó de reojo. —No puedo hacerlo. Huiré del Santo Oficio, me esfumaré y no quiero que te veas involucrado en esto. No quiero ponerte en peligro a ti también.

Volteó y se abrazó a sí misma. Caminó hacia el tocador de nuevo y se sostuvo de la silla, con el mentón pegado al pecho. Lloraba en silencio, atribulada, resquebrajada. No quería dejarlo. El inquisidor se le había metido en la piel, y ahora se daba cuenta. Pero debía preservarlo, y eso implicaba alejarse de él lo más pronto posible. Llevarse a Sofía de Francia, sacarla del continente, llevarla por el mundo hasta que se olvidasen de ella, y por fin asentarse en algún lugar. Se despediría de su hija, volvería a Roma y se inclinaría ante el Sumo Pontífice. La someterían a torturas, ella inventaría información y la recolocarían en sus filas, ya más vieja, ya sin tanta energía. A pesar de su aspecto joven, Helena era una anciana, y el alma era demasiado pesada a esa altura del camino.

No volvería a ver a Aaron. Pero la vida era eso: amar y dejar partir. Adoraba al inglés, con sus modos irreverentes, su sonrisa compradora y su sagacidad. Se había ganado su corazón con su inmadurez, y Helena aceptaba con resignación dejar atrás, una vez más, un sentimiento semejante. Aaron se sumaría a su lista de recuerdos dolorosos y se volvería una cicatriz más. Se había acostumbrado a perder todo lo que amaba, y esta vez no sería la excepción. Esa era su marca; había nacido para servir, y al servicio debía morir. No importaba cuánto se esmerase en acomodar su Universo, este iba destinado al mismo lugar.



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Re: Saudade | Privado

Mensaje por Aaron Townshend el Lun Nov 20, 2017 10:27 pm


Quedaba claro lo poco que la conocía en realidad, lo poco que sabía de ella, ese siempre había sido el trato implícito entre ellos, el de no hacer demasiadas preguntas y por eso resultaba que funcionaban. Pero, ¡en realidad Helena era una desconocida? Era la relación más duradera que había tenido jamás, aunque ésta se tratase de una meramente laboral. Sabía cómo se veía por las mañanas, sabía los tics que adquiría cuando estaba ansiosa, o nerviosa, o asustada, o triste, tenía presente en su memoria los hoyuelos que se formaban en su rostro cuando sonreía, la conocía en todas sus facetas, y nadie iba a quitarle eso, ni este nombre nuevo para él, Sofía, ni Honecker, ni la Inquisición, ni nadie, maldita sea.

Toda su vida se había tratado de poseer. Poseer una mujer diferente cada noche para que le ayudara a lamerse las heridas que una relación enfermiza con su madre le había provocado. Atento a eso, no se dio cuenta que el bálsamo que en realidad necesitaba, el que en verdad lo ayudó a sanar, aunque fuera un poco, siempre lo tuvo a su lado, batallando, hermana de armas, la infanta de Portugal, ni más, ni menos, a la que ahora tenía a un palmo, y fue incapaz si siquiera de tocarla. Porque sólo una mujer así podía apaciguar sus angustias, y sólo una mujer así podía dejarlo pasmado como estaba.

La escuchó y cada palabra le pareció una nueva esquirla de algo hace mucho tiempo roto, y lastimaba, como si los fragmentos del relato se le clavaran en la piel entre los dedos y en la boca. En el pecho, y se hundieran hasta el corazón. La miró, ella ahora dándole la espalda, y aunque trató de no hacer mucho ruido, supo que estaba llorando. Fue entonces que se acercó. Se plantó detrás de ella, muy cerca y la tomó por los hombros.

Entonces yo iré contigo —dijo, y no era petición o pregunta, era un hecho—. Yo te ayudaré a sacarla de Francia, a borrar tu rastro para que la Inquisición no te persiga, Helena… —La giró con suavidad y de nuevo la tuvo de frente y muy cerca—. Helena, has sufrido mucho, es tiempo de que vivas con tu hija, que dejes este martirio, que desaparezcas y yo… yo quiero ayudarte. —La miró a los ojos con intensidad, sin soltarla. Era lo más tierno que Aaron se había comportado jamás para con ella.

Será una tortura perderte, ni siquiera estoy seguro que sobreviviré a mi primera misión sin ti, pero sé que es algo que debes hacer, y quiero ayudarte —continuó—, déjame ayudarte —reflexionó y con el pulgar diestro limpió las lágrimas del rostro de su eterna compañera. Luego, con el dorso de la mano, quitó un mechón de cabello rubio de su cuello.

Aaron, no lo hagas, se dijo, y no se escuchó a sí mismo. Jamás lo hacía y ahora menos que nunca. Se inclinó al cuello ahora libre y olió profundamente su perfume. Deslizó la nariz por su piel hasta que su boca llegó a la boca ajena y la besó. Pero la besó no como solía hacerlo con sus innumerables amantes, sin una personalidad en el acto. No, esta vez lo hizo como si no hubiera mañana, porque no lo había, sólo existía el ahora para ellos dos. La tomó del mentón y con calma se dedicó a recorrer y reconocer a Helena, sus labios, su lengua, su alma.

Ya no nos queda mucho tiempo —dijo, recargando su frente en la de ella, con los ojos cerrados y deslizando las manos lentamente por sus brazos.


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Re: Saudade | Privado

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