Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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The game of survival {Miklós L. DeGrasso}

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The game of survival {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Kala Bhansali el Lun Jul 03, 2017 2:47 pm

Habían pasado días desde la noche de luna llena donde todo su mundo se había truncado sin remedio. ¿Qué había hecho ella, en ésta o en otra vida, para merecer algo así? Primero había sido su familia, sus padres y sus nueve hermanos, separados todos por miles de kilómetros, en caso de que siguieran vivos. Kala había perdido mucho siendo una niña, y esas pérdidas habían sido, en gran medida, las causantes de que la Kala del presente fuera cariñosa por un lado —porque siempre había sido así— y reservada por el otro. Su ya no tan secreta historia había permanecido enterrada en su mente y en la de su tío durante años, y no fue hasta que ese hechicero la descubrió, de una manera completamente accidental, que empezara a confesar sus orígenes a las personas más allegadas, y, también, a las no tan allegadas, pero importantes en su vida, de una manera o de otra. Pero, el hecho de que lo hiciera no implicaba que no tuviera sus temores al respecto. No sabía en quién podía confiar; todos le decían que no abrirían la boca, pero en un mundo en el que la información era casi más poderosa que el dinero, poco le importaba a ella que juraran y perjuraran que guardarían silencio. Kala era una mujer que se fiaba más de los hechos que de las palabras, y ese nivel de complicidad lo había alcanzado con contadas personas, una de ellas Emhyr, que, al igual que sus hermanos, había desaparecido de su vida de la noche a la mañana. Literalmente.

Las heridas de su espalda todavía no habían sanado del todo, pero ya podía levantarse de la cama y moverse casi con normalidad. Era consciente de que un humano corriente no se podía haber recuperado en ese período de tiempo tan corto, pero tenía miedo de preguntar los métodos que habían usado para curarla. Ni siquiera se había atrevido a mirar las marcas de garras que cruzaban en diagonal desde su hombro hasta la zona baja de las costillas, y cada vez que recordaba el dolor que precedió a la pérdida total de la consciencia se le revolvía el estómago. Tenía miedo, mucho, pero no se atrevía a hablar con nadie sobre lo que la atormentaba por el simple motivo de que todos la veían bien. ¿No se daban cuenta, acaso, de que “estar bien” era algo que le quedaba muy lejos? Parecía que el simple hecho de salir de la carreta era un signo de recuperación tan irrefutable como empezar a comer después de un episodio de vómitos. No, nadie se dio cuenta de la mirada perdida de Kala, de cómo intentaba escaquearse cuando se juntaban más de dos personas a su alrededor, de las horas muertas que pasaba rompiendo palitos en la puerta de su carreta, ni del poco caso que hacía a los niños que corrían donde ella para saludarla. Kala no era Kala, pero eso parecía no importar demasiado. Estaba recuperada, ¿no?

Por primera vez, la carreta se le quedaba pequeña. Los colores de las paredes le saturaban la vista, el olor a canela el olfato, y por mucho que abriera cada ventanuco que tenía no conseguía ventilar la pequeña estancia. Necesitaba salir de allí y, aunque no necesitaba una excusa para ello, decidió que se llevaría unas cuantas prendas al río; así, de paso, intentaría entretener su mente haciendo algo tan cotidiano como la colada. Cruzó el campamento con un cestillo bajo el brazo, rechazando la ayuda que todo el mundo quería prestarle y llegando, al fin, al riachuelo que corría cerca del campamento. Eligió un sitio fuera de la vista de las carpas y carretas, rodeada de unos setos y algunos árboles. La clave era que no la vieran, así no la molestarían y podría disfrutar —en la medida que su cabeza le dejara— de un rato al aire libre y, sobre todo, a solas.

O tal vez no.



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Re: The game of survival {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Lun Jul 10, 2017 2:24 pm

Una cosa debía quedar clara: Miklós no había elegido encontrarse, aquel día, con Kala Bhansali. No sólo eso: por mucho que apreciara a la gitana, incluso con su anormalidad sentimental (otro nombre para apatía casi total, pero ¿a quién no le gusta un buen eufemismo?), Kala apenas se había pasado por sus pensamientos desde que se habían reencontrado, pero no por falta de interés, en absoluto, sino por circunstancias mayores. Lo que le había sucedido a Miklós en ese tiempo era que se había reencontrado con su hermana Imara, lo cual había puesto su mundo patas arriba, nada más y nada menos. Pese a que para un hombre de naturaleza distinta a la suya sería mucho más perturbador el estilo de vida que Miklós llevaba a diario hasta el extremo, ese de cazarrecompensas que soporta cualquier tipo de golpe con tal de ser el último que se caiga al suelo de dolor, él nunca había sido un hombre común, y ni siquiera pasado el medio siglo iba a empezar a serlo, por descontado. Así pues, ante tal huracán emocional que había sentido (¿no era eso lo que buscaba, acaso? ¿Sentir? ¿Y para eso se refugiaba en el dolor y bla, bla, bla? ¡Qué fraude estaba resultando ser el Rákóczi rebautizado como DeGrasso...!) y que aún estaba dejando secuelas, Miklós hizo lo que mejor sabía hacer: huir. En un segundo plano muy cercano se encontraba, como otro de sus talentos, el autodesprecio salvo por esos ocasionales ramalazos de orgullo de su familia materna, pero en las circunstancias que lo atañían en aquel preciso instante, lo que nos interesaba era su capacidad de huida, que lo llevó lejos del centro de París y en dirección a los bosques de las afueras. Una vez allí, se transformó en pantera, la forma que más suya propia era y que más le permitía liberarse (hasta sin saber que era eso, precisamente, lo que necesitaba), y a partir de eso vagabundeó y... bueno, el resto es historia.

Para resumir la historia debemos remontarnos a ese momento en el que la enorme y bella pantera negra bebía del río, ignorando la presencia de Kala Bhansali hasta que escuchó un ruido y la vio a lo lejos, asustada. Con paso felino, lento y elegante, y el lomo lo más rebajado posible, Laborc (nunca mejor dicho) se acercó despacio a ella, permitiendo que lo identificara como el animal que él mismo le había dicho que era, pero Kala parecía intranquila, y no se lo dijeron precisamente sus ojos, sino más bien el olfato del animal, que lo captó antes incluso que a ella: miedo. Su instinto animal se creció ante esa sensación, y Miklós se sintió perder un poco el control porque eso, el miedo, era lo que hacía que los animales atacaran y se volvieran locos, como estaba a punto de pasarle a él. Así pues, Miklós se vio obligado a transformarse de nuevo en humano, en un humano con aspecto particularmente descuidado que la límpida pantera no había dejado traslucir, y que, desde el punto del río en el que se encontraba, con el agua hasta las rodillas, se trasladó hacia ella. Sin embargo, no lo hizo como un humano normal, de forma incluso torpe, sino que aún mantenía la elegancia de la pantera en la que ella lo había visto transformarse sin despeinarse lo más mínimo, quizá porque la transformación había sido muy repentina o quizá porque, al ser tan pantera, Miklós Laborc también podía tener esa elegancia animal en situaciones normales. Fuera cual fuese el motivo, el húngaro terminó sentado junto a ella y con el rostro anormalmente vivo y expresivo, algo que contrastaba vivamente con el semblante torturado de ella. – Has conocido a Laborc, la pantera. No quería molestar, no sabía que estabas aquí y yo estaba vagabundeando. – se excusó y, a continuación, frunció el ceño. – ¿Qué te inquieta? Pareces intranquila. ¿Va todo bien? – preguntó.

Y, efectivamente, el hecho de que se estuviera mostrando tan cordial y receptivo, más allá del cariño que era obvio que sentía por Kala, ya era una indicación en sí misma de que era el propio Miklós el que no estaba bien, y también el que iba a ignorarlo para centrarse en ella y en ayudar a una vieja amiga.



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Re: The game of survival {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Kala Bhansali Ayer a las 4:07 pm

No estaba funcionando. Hacer la colada no la estaba ayudando a olvidar, por mucho que Kala se esforzara en hacerlo. Frotaba cada prenda con tanto ahínco que se estaba dejando la piel, en el sentido más literal de la expresión. Los nudillos le estaban empezando a escocer, y sólo el frío del agua del río conseguía mitigar un poco el dolor y la rojez. La pastilla de jabón tampoco estaba teniendo su día de suerte; la gitana la frotaba igual de fuerte, sacando una cantidad tan grande de espuma que era difícil de aclarar después. ¿Y todo para qué? La incertidumbre de lo que pasaría seguía ahí, abrumándola y consumiéndola poco a poco.

En su empeño por dejar la ropa lo más límpida posible, arqueó la espalda más de lo normal, sintiendo las heridas tirantes bajo la venda. El ramalazo de dolor la obligó a cerrar los ojos fuertemente, aguantando la respiración para no soltar un quejido en voz alta, aunque fuera lo que necesitara realmente: gritar tan fuerte que le doliera la garganta durante días. Dejó la pastilla junto a ella, pero dejó la camisa dentro del agua, viendo cómo la corriente arrastraba parte de la espuma. ¿Por qué no gritar, si eso ayudaba a deshacer el nudo que sentía en el pecho? Miró hacia atrás un segundo, y cuando se volvió hacia el río cogió aire profundamente, pero lo soltó de golpe al sentir una presencia cerca de allí. ¿Lo había sentido porque estaba realmente cerca o porque algo había cambiado dentro de ella?

El chapoteo del agua la hizo mirar en esa dirección, y fue entonces cuando vio a una bellísima pantera acercarse tranquilamente. No podía negar que, hasta que la identificó, se asustó hasta el punto de que olvidó todos sus otros problemas. Le costó darse cuenta de que no había panteras en París, y que la reciente confesión de Miklós sobre su forma felina predilecta encajaba demasiado bien con aquel animal. Dejó que se acercara sin quitarle ojo; era demasiado bonita como para hacerlo. A pocos pasos cambió su forma y pudo ver al húngaro, del que tampoco quitó ojo en el tiempo que tardó en sentarse junto a ella. Le resultaba muy difícil no mirarle, sobre todo cuando lo tenía tan cerca.

No molestas —dijo mientras movía la camisa dentro del agua, quitando así parte del jabón—. Además, el río es de todos, así que, aunque quisiera, no podría echarte, ¿no? —Sacó la prenda levantando los brazos, de manera que el agua sobrante cayó en cascada volviendo así a su cauce. La observó caer antes de volver los ojos hacia él—. Tu forma de pantera es impresionante, y muy hermosa.

Dejó de mirarle para seguir con su tarea de manera algo más suave esta vez. Su espalda y sus brazos se lo agradecieron, pero los que realmente lo notaron fueron sus nudillos. Con esa postura más relajada podía parecer que nada le pasaba, como si la presencia de Miklós hubiera ahuyentado sus fantasmas. La realidad, sin embargo, era bien distinta: en cuanto dejó de mirarle todos sus pensamientos volvieron a su mente, incomodándola en su interior. Asintió con una leve sonrisa ante la pregunta, intentando quitar importancia a sus asuntos, pero ¿a quién quería engañar? A Miklós, desde luego, no. Era el único que se había dado cuenta de que no estaba bien, quizá porque no la había visto en su peor momento, aquel en el que estuvo a punto de dejar ese mundo. Si se comparaba a la Kala de entonces con la de ahora, era evidente la mejoría física, pero era precisamente en el ámbito físico donde la gitana no tenía problema alguno, salvo el dolor que todavía no había remitido.

Dejó de frotar y mantuvo los ojos fijos en un canto del fondo del río antes de girar el rostro hacia el cambiante, aunque todavía sin mirarle. Levantó la mirada y se encontró con la de él, tan azul como el agua donde todavía tenía las manos metidas y entumecidas.

En realidad no. No estoy bien —dijo bajito, casi en un susurro, como si, en el fondo, no quisiera que él la escuchara. Algo que, de no ser él un cambiante con uno de los oídos más fino de París, hubiera funcionado, o, al menos, en parte. Suspiró—. Miklós… —Sacó la camisa del río y la escurrió si mucha fuerza, dándose tiempo a sí misma mientras pensaba si hacerle la pregunta o no—. ¿Qué sabes de los licántropos? —dijo finalmente, temerosa de levantar la mirada.



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