Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Lusbella Toussaint el Vie Jul 07, 2017 11:56 pm

"Cuando te busco no hay sitio en donde no estés."
Gustavo Cerati.


Llovía y el mar se hallaba embravecido. Golpeaba con fuerza contra el puerto, descargaba su odio contra su eterna rival, la tierra. Cuando el barco atracó, Lusbella Toussaint descendió, impaciente, de su carruaje, cuanto antes terminase con aquello mejor. Su fiel cochero, el anciano Horatio, la siguió de cerca cubriéndola con el paraguas negro.

Pocas veces había hecho aquello, en general se encargaba su esposo personalmente de la elección de los esclavos. Podría decirse que Jacquin no era un hombre dado a confiar, le costaba delegar, por eso él mismo gustaba de seleccionar a las negras que metía a su casa. Sí, bien dicho estaba: las negras. Los Toussaint jamás habían tenido un esclavo hombre, no de manera permanente, no desde que Jacquin se había casado con Lusbella.

Era media tarde, pero el cielo estaba oscuro. Amaba las tormentas, Lusbella estaría volando sobre aquella si no tuviera necesidad de una nueva planchadora para su hogar… Se acercó a la tarima de exposición donde se presentaba a los esclavos, todavía no habían bajado a todos del navío, suponía que los estarían desnudando para presentarlos. Sabía que los compradores debían examinar bien la mercancía antes de adquirirla, por eso había llevado a Horatio hasta allí en lugar de pedirle que la esperase junto al coche... lo que le faltaba a ella era tener que andar hurgando en los genitales de las esclavas para decidir si debía comprarlas o no.
Ciertamente no era un espectáculo que disfrutase. Le resultaba doloroso saber que en otro tiempo –tantos años atrás que bien podría parecer una vida pasada- Sambot, su adorado Sambot, había tenido que pasar por algo similar…


“¿Cuántas veces? ¿En cuantos puertos? ¿Dónde estaba yo y qué hacía cada vez que a él lo exponían como mercancía?”, Lusbella se torturaba, siempre que pensaba en él lo hacía.

Una veintena de personas se agolpó frente a la tarima, la mayoría eran hombres dispuestos a juzgar de cerca de los africanos.


-Comenzaremos por lo mejor: las negras embarazadas –anunció, con la sonrisa propia de quien sabe que ganará dinero, un hombre alto y calvo que parecía dirigirlo todo allí.

Lusbella estuvo a punto de preguntarle a Horatio por qué las embarazadas eran lo mejor, pero no necesitó hacerlo. Al ver como disputaban por las únicas tres que había, entendió que quien las comprara se haría dueño de dos esclavos por el precio de uno. Desnudas, temblando de frío y con los vientres visiblemente abultados, las tres tuvieron que soportar la marca a fuego de los carimbos, allí mismo, antes de ser entregadas a sus nuevos dueños.
Luego llegó el turno de la venta de niños y Lusbella necesitó desviar la mirada. Se consideraba una mujer fuerte -al menos físicamente-, mucho más que otras que conocía, pero aún había cosas que tocaban el alma endiabladamente sensible que tenía.

Cuando giró su cabeza en dirección al mar lo vio. De pie, encadenado como los demás; su porte lo hacía distinguir del resto. Iba desnudo como todos los negros que habían tocado el puerto de París esa tarde, de seguro estaba cansado y sucio como sus compañeros, pero ese esclavo mantenía la cabeza en alto. Por un segundo él giró en dirección a ella, sus miradas se encontraron y él la sostuvo.


“¡Qué descaro!”, pensó ella, absorbiendo la fuerza de esos ojos que parecían traspasarla aún a la distancia.

Finalmente fue Lusbella quien desvió la mirada, enojada por tener que hacerlo. ¿Quien era ese esclavo que la había obligado a bajar los ojos? Obedeciendo a un impulso, se volvió hacia Horatio para ordenarle hacer lo único que no debía hacer jamás en la vida, para romper el pacto que con Jacquin tenía hacía años:


-Horatio, quiero a ese esclavo –le dijo y se lo señaló para que no hubiera equivocaciones-, paga lo que sea por él.

-Pero, señora… No podemos comprar esclavos hombres, su esposo va a matarme.

-Lo quiero, Horatio. Ya veré como hacer para meterlo en la casa sin que nadie lo advierta.

-¿Y la planchadora?

-Compra cualquiera, la que mejor te parezca. Yo esperaré en el carruaje, todo esto me ha revuelto el estómago.

Antes de marcharse volvió a mirar al negro que aguardaba a un costado su turno para ser presentado, examinado y posteriormente marcado. Si fuera blanco, por sus poses y gestos, cualquiera diría que se trataba de un hombre de la realeza. Pero era negro, y eso lo hacía irremisiblemente esclavo.



No sé si ya lo sabrás, mi vida se fue contigo.

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Lusbella Toussaint
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