Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Izsák Kodály el Dom Jul 09, 2017 12:59 am


“Soy un torpe pedazo de humano, siempre amando, amando y amando y nunca alejándome”
— Frida Kahlo


Había sido un suplicio del que no creía ser merecedor. Aunque siendo fieles a la verdad, había algo en sufrir que siempre había llamado a Izsák, como si ser mártir innecesario e inútil fuera lo que mejor sabía hacer. Evitar a aquella mujer, a ese par de ojos garzos que lo habían estado atormentado y que ahora poseían un rostro, un nombre y una voz, evitarla a ella era lo que lo tenía tan mal, abatido. Más de lo usual que ya era bastante decir.

A veces la veía a la distancia, con ese hijo suyo, que aseguraba era producto de aquella noche de tormenta. E Izsák era demasiado crédulo e ingenuo como para poner en tela de juicio aquella aseveración. Antes cualquiera pudo embaucarlo por ese gran defecto tan obvio, no obstante, la esposa del capataz decía la verdad, y podía verlo en esos rasgos del pequeño, que le recordaba a sus hermanos, dejados atrás en Hungría.

Otras tantas veces, Izsák prefería ignorarla, era fácil cuando había más gente presente. Se quedaba atrás y no agregaba nada a la conversación. Sus compañeros peones estaba acostumbrados a que fuera callado, así que no le cuestionaban demasiado. Y si acaso llegaba a topársela a solas, o con ese hijo de ambos en brazos, agachaba la mirada y seguía su camino.

Aunque se podría decir que había sido relativamente sencillo hacerlo, saberla una presencia constante, como una sombra, o como un dolor, lo estaba acabando de a poco. Era agotador y Dios sabía que Izsák no aguantaba mucho. Ya tenía suficiente con las jornadas de trabajo que eran castigadoras. Entonces llegaba a casa, si es que ese cuchitril que habitaba podía llamarse tal y se ponía a escribir. A escribir poemas que esperaba mostrarle algún día a Zola, el hombre que había ido a buscar a París.

Esa tarde, el sol se mostraba especialmente cruel. Iszák se detuvo de su labor de sembrar para limpiarse el sudor con un paño. Se sintió mareado, pero debía continuar. Un compañero notó su palidez, por un segundo temió que lo delatara o algo por el estilo, pero éste sólo le preguntó si había comido algo, y le recomendó ir a la finca por algo para el estómago, y agua. Iszák estuvo de acuerdo, dejó su azadón y se dirigió a las cocinas. Usualmente ese lugar siempre estaba lleno de mujeres preparando alimento al por mayor para todos ellos, y otras cuantas dedicadas a la comida de los patrones. Al ingresar, en cambio, se topó con soledad. La luz se colaba entre las tejas del techo, las cigarras parecían empecinadas en cantar a todo volumen y la estufa de leña estaba prendida, aunque nadie la vigilaba. Oteó el lugar y al menos, se dijo, podría descansar en la frescura de sus muros de adobe.

Vio allá un cántaro, tomó un vaso y se sirvió agua. Estaba al tiempo, pero agradeció de todos modos. La bebió toda de un trago y se sirvió más. Cuando se giró, la vio ahí, a contraluz en la puerta, rubia, casi blanca, como una perla en el río. Dio un respingo. Le tapaba la única vía de escape y se sintió acorralado.

Buenos días —saludó, agachando la mirada, clavando los ojos en el vaso sostenido por ambas manos—. Sólo vine por agua, pero creo que debería regresar a trabajar —continuó y luego pensó que hubiera sido mejor quedarse callado. Intentó levantar el rostro y mirarla, pero no pudo, simplemente no pudo y se quedó quieto, como un animal que ha sido atrapado y acepta su muerte.

Hasta ese momento, evitarla había sido una casualidad, no producto de su habilidad, cayó en cuenta de eso. Ahora la suerte lo había abandonado, y ahí estaba con ella a solas, una vez más.


One day I will find the right words, and they will be simple.
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Re: Les Jours Tristes → Privado

Mensaje por Tiphanie Vinsonneau el Vie Mar 30, 2018 2:40 pm

Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma
Julio Cortázar

Las noches se habían vuelto un suplicio, cada día descansaba menos. Temerosa de hablar en sueños, Tiphanie no dormía más que dos horas cuando su esposo se levantaba a las cuatro de la mañana, hasta las seis que era su turno de comenzar con las tareas. Luego, oculta en algún rincón, aprovechaba para tomar una siesta corta, cuando notaba que sus movimientos se volvían demasiado torpes producto del cansancio. Se mostraba especialmente solícita con Déodat, que en su afán de concebir otro hijo la tomaba todos los días, a veces con ternura, otras con violencia. Ella era incapaz de decirle que no, y le dejaba hacer, disfrutando en muy pocas ocasiones, no porque no lo amase, sino porque su pensamiento estaba puesto en disimular. Y así se pasaba las jornadas, reprimiendo y observando de lejos, evitando cruzarse con Izsák, esquivándolo constantemente y manteniendo a su hijo lejos de él, y de cualquiera que pudiera notar algún parecido. Aunque nadie sospecharía. La fama de Tiphanie era la de una buena esposa, sumisa y obediente.

Tras dejar a su niño jugando con los hijos de otros trabajadores, se encaminó hacia la cocina donde debía preparar la cena de todos los empleados. Debía decidir el menú, comprobar que todo estuviera en su lugar y, posteriormente, vendrían las tres cocineras a seguir sus instrucciones. Ser la esposa del capataz le daba cierta autoridad, que ella no sabía llevar. Se encontraba particularmente de buen humor, a pesar de las ojeras que le opacaban el bello rostro y de la poco visible pérdida de peso, pero que la tenía débil. Tarareó una canción en el trayecto, se soltó el cabello y hasta se colocó una flor púrpura en la oreja derecha. Antes de cruzar el umbral, se quedó paralizada al notar una figura que, tras entrecerrar levemente los ojos, supo quién era. El corazón se le cayó a los pies.

Buenas tardes —la voz le tembló levemente. Se instó a ser fuerte e ingresó, cerrando la puerta. El sonido de esta le hizo dar un respingo. —Yo…vengo a decidir qué comerán en la cena —se sentía una estúpida dando explicaciones, y entendió que Izsák debía sentirse de la misma forma. Rodeó la mesada de madera que había en el medio de la habitación y caminó hacia él. —Permiso —dijo, antes de estirar un brazo y tomar un anotador que estaba justo detrás del padre biológico de Gaël. Tuvo especial cuidado en no rozarlo. Lo miró de reojo y su expresión mutó, de una aterrada a una preocupada.

Estás muy pálido —cayó en el tuteo, casi de forma inevitable. — ¿Te sientes bien? Me parece que no has comido nada en todo el día —y, rápidamente, se puso manos a la obra. Fue hacia una esquina, descubrió una hogaza de pan, de la cual cortó dos generosas rodajas. Junto a ella, descansaba una horma de queso, y se hizo con cuatro trozos. Y también una manzana. Colocó todo en una bandeja y la colocó en la mesada del centro, justo frente a Izsák. —Ahora comerás esto. No volverás al trabajo en esas condiciones. Y luego cenarás, y muy bien. Pensaré en algo bien sustancioso para que recuperes fuerza —le sonrió, ampliamente. —No seas tímido ni tengas miedo, no te obligaré a nada, salvo a comer —se animó a bromear pues estaba realmente contrariada de verle la piel del color de la nieve, lo que le acentuaba el color del cabello, de la barba y de aquellos ojos que parecían contar la historia de miles de galaxias tristes.



"La perfección es una pulida colección de errores"

El perfume de una mujer dice más sobre ella que su letra:
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Tiphanie Vinsonneau
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