Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Solo pido un poquito de paz | Arsénico

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Solo pido un poquito de paz | Arsénico

Mensaje por Galina A. Cherenkova el Miér Jul 12, 2017 11:42 am

—Grisha, dile a Sasha que se calle ya, me vastallar la cabeza.

Galina estaba desesperada, pues su hijo pequeño de tres años, Aleksandr, llevaba ya cerca de veinte minutos llorando sin parar y, tras haber intentado de todo, le había pedido a su adorable Grigoriy, de no mucha más edad, que cuidara de su hermano mientras ella alejaba la idea de arrancarse el cráneo y lanzarlo por ahí con tal de no sentir tanto dolor. Buscó entre el suelo de su casa algo que le pudiera servir como paño hasta que finalmente encontró una especie de trapo sucio de color marrón, resto de alguna de las prendas que ella misma se había hecho, seguramente. También cogió un cubo de madera medio podrida con agua sucia en su interior.

Voy un momento al río y vuelvo, na de hacer trastadas, que nos conocemos —advirtió la gitana a sus pequeños diablillos.
El menor de ellos había dejado de llorar en el momento en el que su hermano había ido a jugar con él. ¿Cómo lo conseguía? Con ella no había manera. Sospechaba que Sasha, de alguna forma, la odiaba y dado que se pasaban el día con Nadezhda, la tía de Galina, lo más probable era que la prefirieran a ella como madre.

Nadezhda, en ese momento, estaba en el mercado vendiendo algunas frutas y verduras con el fin de obtener unas cuantas monedas que le permitieran hacerse con cualquier trozo de carne para llevarlo a casa. Por eso, Galina tenía que quedarse allí todo el día, cuidando de sus hijos en lugar de salir a robar a los estúpidos visitantes adinerados que venían a París a ver a algún amigo o familiar por un breve periodo de tiempo y aprovechaban la situación para darse largos y despreocupados paseos por la capital francesa.

Por supuesto que Galina quería a sus hijos, pero era muy independiente y así quería que fueran los demás con ella, incluso niños menores de cinco años. Nada más salir de su hogar, vació el cubo de agua en el suelo y fue al río a lavar el trozo de tela y a llenar el recipiente con agua más o menos limpia. Después, se dirigió hacia su casa y cuando entró, sus hijos se estaban peleando. Ahora lloraban y gritaban los dos. Esto no había quien lo soportara.

La gitana resopló, dejó el cubo en el suelo con el paño dentro y se dirigió hacia los niños, cogiendo a cada uno con una mano por uno de sus bracitos. No los estaba cogiendo con fuerza, pero los zarandeó ligeramente enfadada, separándolos.
¡¿SE PUÉ SABER CACÉIS?! TOL DÍA REGAÑANDO, QUE PACÉIS PAYOS DE ESOS. Los gitanos respetan a su gente, vergüenza debería daros —dijo esto muy seria, mirando a uno y a otro—. Ahora os vais a quedar cada uno en un rincón, sin hablar, y después ya veré qué hago con vosotros.

En realidad no tenía nada pensado, nunca castigaba a sus hijos como tal. Era despegada, pero no gruñona, y nunca les había puesto la mano encima, aunque a veces las ganas no le faltaban. En cualquier caso, con eso conseguía un rato de paz. Se descalzó y se sentó en una especie de sillón cochambroso y de color verde esmeralda, recubierto de terciopelo estropeado y rasgado en algunas zonas. Estrujó el paño que había dejado en el cubo de agua y se lo puso sobre la frente, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.

Todo parecía ir bien hasta que, apenas cinco minutos más tarde, Grisha comenzó a hablar:
... Mi madre dice que no podemos hablar, vete... —murmuró hacia un rincón en el que no había nadie, aunque Galina no podía escucharlo desde donde ella estaba.
¿Qué he dicho? ¡Callarse! —gritó, sin abrir los ojos todavía, por lo que no pudo ver que Sasha también miraba hacia aquel espacio vacío con cierto hipnotismo. Lo único que le importaba en ese momento era disfrutar del silencio mientras durara.


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Re: Solo pido un poquito de paz | Arsénico

Mensaje por Arsénico el Sáb Jul 22, 2017 2:58 pm

La paz está sobrevalorada, lo había estado siempre desde que pensé por primera vez en la muerte hasta cuando no me habían enseñado una palabra para eso —y eso que el error más grave que cometieron conmigo en mi vida fue enseñarme a leer y a escribir—. Sin embargo, yo adoro mi no-existencia, y llegados a este punto sé que es como si los humanos os pusierais a hacer disertaciones sobre lo mucho que os gusta el oxígeno. No reparáis en ello aun cuando os hace suma falta para… bueno, para todo si estáis muy unidos al paso previo que a algunos nos acaba atando al limbo. Claro que a decir verdad, yo sí que reparé en lo que me hacía falta y por eso, porque por primera vez en mi embobada y placentera trayectoria como espíritu errante habían conseguido que me sintiera amenazada, no iba a abandonar mi anhelado mundo sin jugar bien mis cartas. Y eso, de algún modo o de otro, la incluía a ella.

Pobrecita mía, encantada me tenías de perturbarte la vida.

Los gitanos me resultan fascinantes, llevan ya muchos siglos como parias sin que la tierra se comprometa por fin a investigar la raíz del asunto para acabar con todo y por aquellos tiempos tan recientes desde mi muerte, cualquier colectivo que se sintiera marginado de la sociedad, evidentemente, contaba con mi total empatía. Quizá les volviera más desgraciados aún tener de aliado al veneno que no ponía remilgos en ser igual de tóxico para amigos y enemigos, pero eso era algo que sólo la joven Galina estaba a punto de descubrir en esos momentos. Pues quién mejor para aliviar un poco mis temores hacia una bruja piruja con el poder suficiente para invocar mi exorcismo que las artes adivinatorias de esa gente menos aparatosa. Los pobres estaban metidos en el ajo de aquella manera y aun así se las apañaban para no acabar en el medio de aquella guerra fría entre naturales y sobrenaturales. Casi un poco como yo, aunque todo hay que decirlo: yo era mucho más metomentodo y sabía que me lo había buscado. ¿Quién sería acaso si no buscara lo que me pasaba? Una pasiva no, desde luego.

Después de unos cuantos días de hacerme con la simpatía de sus pequeñas criaturitas —los niños y los animales son adorables, con su pureza íntegramente mala o buena, si el mundo los tomara de referencia quizá no me hubiera aburrido tan deprisa ni me hubieran entrado tantas ganas de largarme así del otro lado—, me decidí por fin a presentarme ante ella. ¡Qué nervios, por favó! Hacía mucho que no me dejaba ver por alguien para pedirle, bueno, ¡algo! Y para eso no había ido a por cualquiera al azar, incluso cuando yo era de encontrarle el detalle interesante hasta a una mota de polvo en la alacena. La gitana en cuestión me parecía peculiar, divertida y bueno, aun cuando defeco sobre las preferencias —o lo haría, si pudiera—, supongo que poseo cierta debilidad por las mujeres con carácter. Alguien tiene que salvaguardar la poca dignidad que le queda a la raza, especialmente si las cagadas del sexo masculino siguen apestando hasta para el olfato inexistente de una fantasma belga.

Así pues, me puse a jugar con los dos críos, siendo los únicos que podían captar la visión de mi cuerpo antropomorfo —qué palabrejas, qué arte me creo que tengo—, mientras Galina acababa desquiciada y cuando el temor de los pequeños se hizo mayor que su curiosidad, los dejé entretenidos en silencio con una ilusión muy agradable y aproveché para centrarme en su madre. Sobrevolé su cabeza y desde arriba comencé a infundirle más y más sueño, volátil pero sugestivo, un trance apetecible e inofensivo hasta que la sensación de estar hablando dormida fue del todo real. Idónea para conversar con los vivos y en esos momentos, completamente a mi merced. Sólo entonces ella se convirtió en la única persona que podía verme y escucharme.

—Ya te he proporcionado un poco de la paz que querías, ¿conseguiré que me prestes tu atención un segundito? —le susurré con mi tono afrutado todavía a espaldas de ella—. Hola, por cierto, me llamo Arsénico y no, no he venido a hacerles daño. Tampoco a ti, porque ya que sacas el tema, bueno, estoy aquí expresamente para charlar contigo, 'Mugre' querida.




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Re: Solo pido un poquito de paz | Arsénico

Mensaje por Galina A. Cherenkova el Dom Jul 30, 2017 1:01 pm

Aunque en ese momento había pedido silencio por el dolor de cabeza que tenía, no había cosa que odiara más que el hecho de que no se oyera nada. Nada salvo el latido de su corazón luchando contra sus sienes y, por supuesto, contra su pecho, recordándole de golpe todas las cosas malas que le habían pasado hasta entonces. Por eso evitaba el silencio: odiaba quedarse sola con sus pensamientos más tristes. 

Siempre había sido una mujer fuerte, pero eso no quitaba que una parte de ella estuviera rota en mil pedazos. Cada vez que dejaba a su mente vagar le venía lo mismo: el rostro de su marido, quien había muerto poco antes de abandonar Rusia con sus churumbeles y su tía. Nadezhda había sido como una madre para ella durante toda su vida, sobre todo desde que su verdadera madre abandonó el mundo de los vivos también y la dejó huérfana a los doce años. Grigoriy, su marido, sabía que seria el amor de su vida en cuanto la vio, en una fiesta del campamento gitano en el que ambos se criaron. Ella, por el contrario, no llegó a quererlo hasta poco antes de perderlo para siempre. 

Recordó el momento en el que nació su primer hijo, al que llamaron igual que a su padre porque así había sido en su familia durante generaciones y no quería que se perdieran ni el nombre ni la tradición. Ella accedió de mala gana porque quería llamarlo Aleksandr. Por este motivo, llamó así a su segundo hijo. Poco a poco, habían conseguido sacar a flote a su familia y tenían comida casi todos los días. Se podía decir que, por una vez, les iba bien. Y quizá fue por eso que se truncó todo de golpe, de la peor manera posible. No. En eso sí que se negaba a pensar. Agitó levemente la cabeza hacia los lados, como si con ese acto físico pudiera de verdad despejar su mente. Obviamente, no funcionó, pero al menos pudo parar durante algunos segundos aquel torrente de recuerdos negativos.

Empezó de nuevo a intentar relajarse. Cogió aire y lo sostuvo durante un, dos, tres segundos y después lo solto de golpe. Hizo eso mismo una y otra vez, de la forma más lenta y tranquila posible. Intentó relajarse como había hecho en numerosas ocasiones para realizar rituales que necesitaban cierto nivel de concentración y exigían tener la mente en blanco. Comenzó a imaginarse, de hecho, el color blanco. El blanco lo cubría todo, no había espacio para nada más. Era tan luminoso que no se dio cuenta del momento en el que ese blanco comenzó a ser negro.

Se había dormido.

¿Se había dormido? Pero podía oír la voz de una mujer, ¿no? ¿Sería todo aquello real? Aunque una parte de ella, la consciente, sabía que quería despertarse inmediatamente, la otra parte estaba más que contenta por haber logrado un rato de paz. Si aquello fuera una batalla, se podría decir que iba ganando el bando de Morfeo.
¿Quién eres?
La mujer se había presentado, pero parecía no haberla escuchado. Mejor dicho, sus palabras no aclaraban nada en absoluto. ¿De dónde había salido? ¿Qué quería? Y quizá lo más importante: ¿cómo sabía quiénes eran ella y sus hijos?


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Re: Solo pido un poquito de paz | Arsénico

Mensaje por Arsénico el Mar Ago 29, 2017 9:29 pm

¿Que quién era yo? ¡Valiente tontería! ¿No os parece? No, claro, vosotros también os lo estaréis preguntando desde que posasteis vuestras fatigosas pupilas en mí misma como ente, o en mis propias palabras como escritora fallida. Es una pregunta fácil de recrear acerca de mi presencia, real o metafórica.

¿Y desde cuándo me ha atraído a mí lo fácil, mis queridos degenerados?

Una vez a mis anchas dentro de la fantasía que yo misma había creado para nuestro deleitable reposo, me dediqué a contemplar a la gitana sin tapujos en aquel sucedáneo de realidad en que ambas nos podíamos mirar cara a cara. Aun cuando no me suelo mostrar al mundo de los vivos con tanta asiduidad, me gusta la sensación que provoca en mí el recuerdo de volver a ser iguales, aunque sólo sea en una burda apariencia digna de una mamarracha como yo.

¿Quién puede aguantarme de verdad? ¿Acaso no habéis aprendido nada de mis escritos?

—Quién soy yo no es tan importante en este caso como qué soy yo, pero lo que soy tampoco debería sorprender a quien procede de una cultura tan familiarizada con lo paranormal —respondí, o eso creía durante unos instantes, pues a juzgar por la confusión que aún brotaba de sus ojos no parecía haberle complacido mucho. ¡Ay, señor! Se ve que ya no estaba hecha para la comunicación humana, ¡dichosa falta de práctica! Ni siquiera se me daba bien cuando respiraba…—. ¿Qué te dice tu instinto, bella Galina? ¿Debo creer que soy la primera de 'nosotros' con la que te has topado?

Lo dije mientras permitía que a través de la parálisis del sueño —gracias a mí, mucho más agradable— tuviera una casual vigilancia de sus alborotados retoños, que bien me conocía los molestos actos reflejos de una madre respecto a sus hijos… y por una leve brecha en el tiempo que había empezado controlando, todo se detuvo para que yo pudiera acordarme de la mujer que había dado luz al veneno hacía ya cincuenta y dos largos años ajenos a mi joven aspecto… ¿Qué estaría haciendo la desgraciada de Emmanuelle ahora mismo? ¿La habría matado de pena nada más huir de su obsesiva dependencia o seguiría retrasando el momento en el que nuestras miradas se cruzarían definitivamente en el limbo? A veces pensaba que sólo eso podría ser realmente capaz de reunirnos… Ni la vida que yo había deseado abandonar desde el primer momento en el que ella me la dio tenía ya respuestas a lo que nosotras habíamos llamado 'familia'.

—¡Ups, perdona! —me disculpé antes de salir de mi trance rememorativo y colocarme de frente a ella para que pudiera, al fin, contemplarme enteramente. ¡Hay que ver, abduciendo a personas para mi propio beneficio y quedándome en Babia después! Mala y despreocupada Arsénico…— ¿Por dónde íbamos? Ah, quién soy yo… No sé si existe un nombre real para definirme, en la tierra todavía no ha habido labor alguna que le hiciera honor, pero creo que el folklore le empezó a dar algunos: 'espíritu', 'fantasma'... Dejémoslo en fantasma, sí. Una simple fantasma, pues, que lleva ya un tiempo sabiendo de ti y de tus hijos. A ellos les caigo bien, por cierto, imaginé que te gustaría saberlo… —recalqué, conforme la ilusión creada para su diversión les volvía más contentos y entretenidos, dejando así a las 'adultas' —bonita palabra para definir mi sesera— un margen mayor para la relajación— Dime entonces, mi buena 'Mugre', si estarías dispuesta a escuchar mis intenciones aquí.

Al grano, aun cuando mi piel era asquerosamente porcelanosa, muchos a mi alrededor no sabían si eso era un defecto o una virtud… Esperaba que aquella mujer tan original tuviera una tercera opción mejor.




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