Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Paradox → Privado

Mensaje por Edgar Leclercq el Lun Jul 31, 2017 10:13 pm


“The opposite of a correct statement is a false statement. But the opposite of a profound truth may well be another profound truth.”
― Niels Bohr


¿Qué pasaría si una fuerza imparable chocara contra un objeto inamovible? Esa es una de las más antiguas paradojas que le han quitado el sueño a estudiosos y filósofos por siglos. Para su fortuna, Edgar no era nada de eso, sólo un borracho venido a menos, sin ganas de cuestionarse los grandes misterios del universo.

Abrió los ojos. Estaba en el suelo de su oficina en el centro. Una en un feo edificio que había visto mejores tiempos. Incluso cuando su padre tuvo esa vinatería de poco éxito en ese mismo lugar, la construcción, recordaba, lucía mejor. Quizá era una metáfora del declive de los Lecrercq. Tampoco es que se detuviera mucho a pensar en eso.

Se puso de pie, recogió una de las botellas de Poitín, ese maldito licor irlandés que ningún hombre en su sano juicio aguantaría, sin embargo, se sabía, él no estaba en su sano juicio. Hace mucho que había perdido la cordura, y el amor propio. Levantó la botella, sólo para decepcionarse al notarla vacía y la dejó caer. Se tambaleó hasta su escritorio, donde tenía un montón de francos.

«Nota para mí con resaca:
Es el adelanto de un caso, idiota. Hazlo, y obtendrás más dinero.
(Más dinero para más licor.)
Atentamente,
El Edgar semi ebrio.»

Y lo recordó. Un hombre había entrado la noche anterior, con dinero, ese dinero que tenía frente a él. Edgar ya había comenzado a tomar, así que estaba un poco borracho, pero todavía pudo mantener una conversación con el cliente. Lo suficiente para que no saliera huyendo, al menos.

Se rebuscó algo en los bolsillos interiores del saco que apestaba a alcohol y sudor. Ahí estaba, anotaciones un poco ilegibles por su estado. Alejó y acercó la hoja un par de veces, se talló los ojos con el dorso de las manos. Eran los detalles, que había anotado porque se conocía. De lo poco que entendió, y que recordó, logró armar un caso más o menos coherente.

Antes de dejar su oficina, fue al baño a mojarse la cara y el cabello. Se olió las axilas, y no fue agradable, pero supuso que tendría que aguantarse. Oh, sí, y se enfundó una pistola de un solo tiro, por si acaso.

De lo que leyó y recordó, el hombre le pedía averiguar si su hija estaba en el burdel. Según él, las encargadas se la habían negado. La chica había desaparecido hace meses, y un conocido la había visto en aquel lugar. Cuando el padre fue a buscarla, sólo recibió excusas. Según el hombre, de una buena posición económica, no quería generar mucho escándalo, por obvias razones. Y Edgar prometió confidencialidad, aún estando un tanto borracho.

Así como no debía levantar sospechas de la alta sociedad parisina, tampoco debía hacerlo de la gente del burdel. Si lo veía preguntar por la chica Tellier, iba a ponerse feo.

Entró y nadie le prestó atención. Era obvio que no era hombre de muchos recursos, ¿qué iba a ofrecerles a las prostitutas? Estuvo un rato caminando por ahí, robándose tragos y anotando mentalmente lo que veía. Era bueno en lo que hacía, todavía y a pesar de la resaca.

Hey, tú. Llevas horas sólo mirando. ¿Vas a querer a una chica o te saco a patadas? —Una de las comadronas, no obstante, se percató de su ociosa presencia.

¿Qué? No, no… pero sí ya elegí a una. A… a… —buscó, buscó—, ¡ella! —Señaló una que le estaba dando la espalda. Parecía no estar con ningún cliente.

Sígueme la corriente —le dijo a la chica al oído—, y te pagaré —odió tener que gastar algo del adelanto en eso, y no en alcohol, pero qué se le iba a hacer.

¿Ve? ¿Ve, mujer? Ahora, si nos permite, iremos a un lugar más privado —le dijo a la mujer, entrada en años, que lo señaló y acusó.

Llévame fuera, por la parte trasera —volvió a decirle muy quedo a la prostituta que había elegido al azar—. Seguro he estado aquí, pero de lo que no estoy seguro, es que haya sido sobrio —continuó, mientras la tomaba del brazo y la hacía avanzar.


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Re: Paradox → Privado

Mensaje por Camille Jouvet el Dom Sep 10, 2017 5:06 pm

Hay instintos más profundos que la razón.
Arthur Conan Doyle


Quizá, sólo quizá, si se convertía en una observadora, el sexo comenzaría a asquearla. Fue por eso que aquella noche tomó la decisión de ir al burdel, sitio que detestaba. Jamás había trabajado en uno, le asqueaba compartir sus emociones, estar expuesta como un objeto en el mercado. Le parecía más digno conseguir clientes en algún callejón, allí era su propia dueña, no dependía de nadie más. Se enfundó en un atuendo sencillo, oscuro, pero sensual, con un escote pronunciado y una falda de pocas enaguas. El cabello suelto, salvaje y negro, caía en una cascada de bucles por su espalda. Podría haber pasado por una prostituta, especialmente por el carmín resaltándole los labios; claro, por una más elegante que las mujerzuelas que iban y venía a su alrededor.

Se sentó en la barra a beber un whisky, en un intento vano por vencer la ansiedad. Las manos le temblaban, y movía, de forma frenética, una de sus piernas. Incluso, se llevó las uñas a la boca y comenzó a arrancarse trocitos. Apuró el trago, para pedir otro más. Miró hacia un costado, y sobre uno de los sillones, una pareja copulaba. Los cuerpos desnudos, las pieles perladas de sudor, el gesto doliente y placentero, las caderas unidas y danzantes… Se le secó la boca y la propia excitación se convirtió en sufrimiento. Camille padecía aquel apetito que la obligaba a mantener relaciones sexuales con cualquiera, sin importar la hora o el lugar. Solía escuchar bromas sobre eso, pero para ella lejos estaba de ser una diversión. No había disfrute en su accionar, ni siquiera sentía que fuese real lo que experimentaba, porque inmediatamente después de alcanzar el clímax, volvía a sentirse vacía y frustrada.

En momentos como ese, en el que la desesperación parecía vencerla, buscaba evocar la imagen de sus hijos. Yves y Marion se volvían rostros difusos, y la culpa la envolvía como un vendaval, porque le parecía imposible que sus impulsos le ganasen al amor que sentía por ellos. Ellos eran lo único bueno que le había pasado, y odiaba no poder la cordura por ellos. A Camille le hubiera gustado ser una madre normal para ellos, pero agradecía la presencia de Meredith. Esa mujer parecía conocerla íntegramente, a pesar de que nunca hablaban demasiado. Era una anciana sabia y erudita en lo que a los seres humanos concernía. Era como si hubiera vivido miles de años absorbiendo experiencias propias y ajenas.

Lo que la sacó del transe momentáneo, fue una situación inesperada. De un momento a otro, se vio encaminada por uno de los pasillos del burdel, con un hombre que la superaba en tamaño y fuerza, que le pedía que lo llevara al exterior y le daría dinero. Actuó por inercia y, también, por cierto temor. Pensó en que si se negaba, aquel tipo que parecía no ser demasiado dueño de sí, la mataría. No podía darse el lujo de morir, había dos niños que dependían de ella. Se encontró con una puerta, que traspasó junto al extraño, y el aire fresco le devolvió cierta estabilidad. No se había dado cuenta de que había estado conteniendo la respiración hasta ese momento.

Un poco más tranquila, de un solo tirón se desembarazó del agarre y dio un paso hacia atrás. Miró de un lado a otro, allí no había nadie. Pensó que el sonido de la música, las voces, las risas y los gemidos, taparía cualquier pedido de socorro. Pero, Camille podía ser muchas cosas, menos una mujer sumisa.

Lamentablemente, creo que usted me ha confundido con alguna de las mujerzuelas que trabajan aquí —ella no era más digna que ninguna, pero había un deje de hipocresía en su personalidad, que la hacía sentir mejor el no tener un proxeneta al que rendirle cuenta de sus propios actos. Tuvo una visión completa del hombre y le pareció demasiado atractivo para ser real. No podía ser un ser terrenal… —Si no es molestia para usted, quisiera entrar y continuar con mi entretenimiento —aquella coraza de falsa dignidad, se desintegraría en cuestión de segundos. El instinto de Camille, que se había anulado por unos instantes, comenzaba a transformarla una vez más. Quería irse de ahí, quería irse de sí…


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Re: Paradox → Privado

Mensaje por Edgar Leclercq el Lun Oct 02, 2017 10:07 pm


Sólo hasta que lograron salir y el aire fresco casi lo tumba con una náusea, pudo verla bien. Arqueó una ceja, era muy bonita… no, no era simplemente bonita, era sensual, y tuvo que apartar esos pensamientos de su cabeza si quería completar su tarea, o avanzar algo esa noche, aunque fuera. Pensó en el alcohol que iba a poder comprar una vez que le pagaran completo. Edgar tenía muy mal su sistema de prioridades, donde el Poitín irlandés primaba por sobre cobijo y comida, ya ni decir sexo.

Abrió los ojos cuando ella habló y su gesto de sorpresa se volvió una sonrisa, para luego reír. Edgar reía como lo que era, un hombre que ya no tiene nada que perder, y por ello mismo, su risa era libre y contagiosa. Se llevó una mano al estómago y con la otra se tapó los ojos.

Dios mío —dijo aún con el rostro cubierto—, lo siento tanto. No sé si eso signifique halago u ofensa para ti, que te haya confundido con alguna chica del burdel, como sea… —Tranquilizó la risa y se irguió para verla, aún con el rostro relajado, un poco por la carcajada, otro poco por el alcohol—. Engañamos a la vieja, ¿no? O al menos fuimos lo suficientemente rápidos como para que no nos siguiera, gracias por eso —continuó, como si con sus palabras cándidas descartara la ofensa ajena. Al menos, el dinero del adelanto seguía siendo suyo en su totalidad.

Adelante, adelante. —Hizo un ademán con la mano, y del interior de saco sacó una licorera de metal, de donde dio tremendo trago. Se limpió con el puño de la camisa, y luego pareció recordar algo—. ¡No! Espera… —La detuvo y se acercó a ella. Cualquier otro, tras un trago tan largo de alcohol, estaría tambaleándose ya, con ganas de vomitar, o tirado de plano, pero no Edgar.

¿Frecuentas mucho este lugar? No te voy a juzgar. Hay algo muy sexy en pensar en una mujer con otra mujer. —Y no era el alcohol hablando, era él, desvergonzado y directo—. Estoy buscando a alguien, y quizá tú la hayas visto. —Pausó y dio un paso más al frente, acercándose demasiado a la desconocida, con el hedor a alcohol y mugre como única última barrera entre los dos. Aún así, había algo en él que resultaba encantador, que no te hacía querer huir, a pesar de que fue obvio que, por un momento, la mujer reflejó miedo en su mirada. Edgar no la culpaba, y no por su olor rancio, sino porque los hombres eran una porquería, y él era el rey de la Montaña Porquería, con su corona de porquería y un cetro de mentira. Sin embargo, no, no iba a dañarla, y esperaba que ahora que lo veía de frente y al completo, sin la sorpresa de ser sacada de la casa de mala nota, lo entendiera.

¡O ya sé! —Edgar podía ser bastante exasperante cuando comenzaban a ocurrírsele planes, aunque eran eficaces, uno debía aceptarlo, no en vano había sido un detective muy solicitado y aún hoy lo buscaban con más frecuencia de la que merecía—. Si no la conoces, Léa Tellier, por cierto es el nombre de la persona que busco, puedes preguntar tú. ¿Recuerdas esa paga que te prometí? Sigue en pie la oferta. —Le dolió tener que volver a deshacerse de una parte, pero así era la vida, sobre todo la suya, daba y quitaba a diestra y siniestra.

Mira, sé que no he demostrado ser el más coherente. —Y como para reafirmar, volvió a sacar la licorera y volvió a darle un trago. Hizo una mueca, apretando los ojos y gruñendo luego, recordando de algún modo su forma animal—. Pero su familia la está buscando, y yo los estoy ayudando… o… o… ¿no me dirás que eres tú, verdad? —Volvió a reír—. Sería una gran, gran coincidencia y habría hecho mi trabajo en tiempo récord. —Pareció que estaba hablando solo, riendo solo de su propio chiste, que era un soliloquio que él y sólo él entendía.


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