Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Eliah Sainz el Jue Ago 03, 2017 2:45 pm

De eso se constituía su vida: de volver a empezar una y otra vez. De no caer en la tentación de abandonarse, de no sucumbir ante el deseo de acabar con su vida esperando que la próxima que le tocase vivir fuese mejor.
No era que Eliah creyese que efectivamente había más vidas que transitar luego de la muerte, pero la duda sobre aquello había sido implantada en él por la primer mujer a la que había amado en su adolescencia. Una gitana dos o tres años mayor que él que siempre que se encontraban hablaba sobre la posibilidad de enmendar los errores del presente en vidas futuras. Era una ilusión, demasiado perfecto para ser real. ¿Y si solo tenían una vida y la gastaban pensando en que la siguiente sería mejor? No tenía mucho sentido, por eso él no se abandonaba. Seguía intentando hacer lo mejor con las herramientas que había ido adquiriendo con el paso del tiempo.

En fin, su vida presente avanzaba de esa manera. Había un momento para construir, luego todo aquello que con esfuerzo había armado se deshacía y vuelta a empezar. Era agotador, frustrante también, pero no podía parar. Si dejaba de buscar trabajo moriría de hambre, se condenaría a sí mismo a dormir para siempre de prestado en la herrería.
Así estaba ahora el joven. Yendo de casa en casa, ofreciéndose como trabajador en lo que hiciese falta, pero sin éxito todavía.

Se plantó frente a la tercera casa a la que acudía esa mañana, elevó una pequeña plegaria antes de atravesar la verja, más por costumbre que por fe, y se adentró en los jardines buscando quien pudiese atender su pedido.
Le costó hallar a alguien, el lugar parecía desierto. Sólo una mujer se encontraba en la parte trasera y parecía estar admirando las flores. Pensando que de seguro se trataba de una empleada, él se acercó confiado a ella y le habló.


-Buenos días, quisiera hablar con el encargado de la casa –la mujer se volteó hacia él y Eliah enmudeció de pronto. Por su pose, por su forma de vestir, por su mirada, advirtió que no se trataba de una empleada-. Disculpe, es que busco trabajo y… no quise molestarla –trató de explicar.

Eliah no solía experimentar vergüenza ante cosas así. Vergüenza era robar, violentar a otros para conseguir algo; no había nada deshonroso en pedir trabajo, mas sintió en sus mejillas el calor y supo identificar a qué se debía: le daba apuro saber que ante aquella dama él solo era un pobre hombre. No tenía nada especial con qué sorprenderla, no había en él nada grandioso con qué cautivarla. Y sí, eso le hacía sentir débil.


-Perdóneme, Madame. Puedo volver en otro momento –le aseguró, como queriéndose despedir y alejarse de quien parecía ser la dueña de la casa, pero los pies no le respondieron por lo que siguió allí, plantado frente a ella.


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Re: Nada que perder | Privado

Mensaje por Lorraine Leuenberger el Vie Ago 04, 2017 3:26 pm

El incesante sonido de las manecillas generó un eco en los pasillos empolvados de su subconsciente. Entonces, la rubia aterrizó una vez más en su realidad. Pasó sus dedos largos por el espeso mar de cabellos, recostada aún en la comodidad de su mullido tálamo. Suspiró con la mirada ausente de la belleza y la artificialidad que le rodeaba en su habitación. Se había quedado dormida después de llorar amargamente, como lo hacía todas las noches desde su llegada a la capital. Se abrazó a las sabanas resistiéndose a ponerse de pie. No se sentía del todo integra para levantarse. Se mostraba en un estado inconsciente. Había días que transcurrían de esa manera, aletargados, sumergiéndola en un espeso oleaje de memorias y culpabilidades. Tortuosas, imposibles. No había espacio del día u hora en la noche en la cual no dejara de pensar en los suyos, incluso en Michael, su eterno compañero a quien le juró fidelidad y quien de vez en cuando se colaba en sus sueños por petición propia de la hechicera. De este modo Lorraine se sumergió ese edén de pesadilla donde solo buscaba que la muerte tocara a su puerta en algún momento.

No supo en qué momento se quedó dormida por completo, cuando abrió los ojos nuevamente los rayos del sol ya se colaban por su ventanal. Recordó repentinamente que debía acudir a un evento de caridad que ya estaba dentro de su itinerario para ese día, se levantó de inmediato y suspiró dio un vistazo a su imagen en el enorme espejo ovalado. Nada distinto de lo que veía los días previos. Despierta Lorraine, levántate de este letargo, se repetía a si misma a diario, tomó un baño y se vestía dando paso al rito de transformación, la peineta dorada recorría cada surco de sus rizos, una ligera capa de rubor para enaltecer sus delicados pómulos y una pincelada natural de rosa pálido sobre sus labios. Aparentemente todo era perfección, aunque por dentro no necesitaba ni quería seguir así, por más que se miraba en el espejo no lograba encontrar a la verdadera Lorraine, esa mujer soñadora que ahora se escondía tras el velo de la soledad y el encierro.

Estaba lista para salir cuando recibió por parte del mayordomo dos misivas que cambiarían el rumbo de su día. En la primera el cochero explicaba que por razones personales no podría brindar más sus servicios, hecho que se lamentaba porque ella era una mujer que constantemente solicitaba de dicha labor. Por fortuna o desgracia en la segunda, el Museo de Louvre le hacía saber que la exposición había sido cancelada hasta aviso próximo. Suspiró con amargura y enfundada ya en su atuendo decidió tomarse la mañana para dar un pequeño paseo por el jardín.

Se hallaba distraída cuando la voz grave de un hombre la tomó por descuido.

–Buenos días buen hombre– respondió con una sonrisa amplia en su rostro –Debo confesar que soy a quien se dirige, nadie más salvo la servidumbre habita en esta vieja casona–

Negó con la cabeza y se aproximó hasta donde él estaba para darle la bienvenida.

–Adelante por favor, soy Lorraine Leuenberger, usted llegó en el momento indicado–

Realmente necesitaba suplir el puesto del viejo cochero asi que no dudó en hacerle pasar.



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Re: Nada que perder | Privado

Mensaje por Eliah Sainz el Jue Oct 05, 2017 1:22 am

Estaba seguro de que ella era una de esas mujeres que hacen al ambiente… O sea, de aquellas que llegan a una habitación gris y helada y con una sonrisa la vuelven acogedora y reconfortante. Era muy hermosa a pesar del aire de nostalgia, y quizás tristeza, que la envolvía… Y sí, no podía ser nadie más que la señora de la casa, sus formas delicadas le delataban.

-Un placer conocerla, señora –dijo e hizo una inclinación de cabeza que mostraba respeto-. Yo… sólo he venido en busca de trabajo –se acercó a ella a penas unos pasos-, me he desempeñado como cochero en el último tiempo, pero soy bueno con la madera, no le temo a la altura y he arreglado varios techos, también puedo hacer mantenimiento…

Calló, porque otra vez lo asaltó la vergüenza. Eliah no se reconocía en aquella sensación que experimentaba en esos momentos, mas sabía que tenía que ver con la mirada cautivante de la señora de la casa y con que, como un tonto, se la había quedado mirando más de lo que se podría juzgar como decente. Acabó por desviar la vista, se sentía algo incómodo… Necesitaba el empleo, pero le gustaba demasiado la mirada de aquella mujer y eso podría darle problemas en el futuro.

“Vergüenza es tener que robar para poder comer”, se repitió mentalmente.

Los momentos de silencio le incomodaban, temía no ser aceptado en el trabajo… Claro que ya había pasado por eso en varias oportunidades, pero aún así la adrenalina seguía trepando por su cuerpo. Podía pensar y analizar que aquello se debía a la incesante decepción que había sentido de pequeño, al ver que siempre que una familia acudía al orfanato para escoger a un pequeño al que hacer propio -al que cambiarle la vida dándole un hogar, una familia-, él había sido dejado de lado; era muy mayor, o muy miedoso, o poco fuerte… No lo sabía, pues nunca nadie le había dado una razón que explicase por qué no se lo llevaban a él, por qué no lo elegían. Había pasado noches enteras buscando el motivo por el cual las personas no lo adoptaban, no entendía qué era lo que estaba mal en él, y Eliah nunca había llegado a una conclusión certera. Por eso el fantasma del rechazo, que siempre estaba flotando cercano a él, lo invadía en esos momentos.


-Si no puedo serle útil en ningún área… ¿sería muy atrevido de mi parte pedirle que me recomiende con alguna de sus amistades?


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Re: Nada que perder | Privado

Mensaje por Lorraine Leuenberger el Mar Oct 24, 2017 1:32 am

El semblante de la mujer parecía ser un tibio rayo de sol aunque en su corazón las penumbras jamás le habían abandonado. Pero estaba decidida a iniciar de cero, porque incluso una asesina como ella merecía un poco de indulgencia, o al menos eso quería creer y de ese modo quizás sus culpas fuesen un poco menos duras, menos lastimeras. Por eso cuando el muchacho interrumpió en su momento de soledad ni siquiera se atrevió a refutarle, más que una mujer de alta cuna, ella siempre se describí a sí misma como una mujer afortunada, a quien el destino le había regalado riquezas, pero que se había cobrado con creces de la manera más vil posible. La muerte de su madre, posteriormente la partida de Michael y la incertidumbre que rondaba por su mente al no saber nada sobre Yulia. Pero ese no era el momento para derrumbarse, sintió la necesidad de huir en algún momento aunque fuese por un par de horas.

Sus ademanes delicados le ofrecieron de inmediato al joven una bienvenida singular. Lorraine estaba habituada a tratar con extraños. Pero no fue sino hasta que pudo verle más de cerca que notó un ápice de congoja en el aura ajena, apenas una mancha diminuta que mancillaba los tonos cálidos que le rodeaban. Había una bondad inmensa en los ojos, reconoció dicho don porque antes de que su vida se tornara una pesadilla, pudo conocer ese lado amable en Michael, fue inevitable no verle en aquel joven soñador. Apartó esa ensoñación para dejarse envolver por la retórica que él presentaba. Sonreía únicamente al ver como cada frase pronunciada nacía de manera natural en sus labios, no había actuación o acto de querer sonar presuntuoso sobre lo hábil que pudiese ser en su trabajo, creyó todo lo que le decía. Absolutamente todo. Ladeo la cabeza ligeramente, complacida, como una niña que se deja atrapar en historia de fantasía.

–Ya lo creo caballero, créame que en ningún momento pasó por mi mente el prescindir de sus servicios y aparentemente usted posee muchas más habilidades, pero ya con el transcurso del tiempo iremos descubriendo ese lado suyo, por favor pasé, no me gustan mucho las formalidades así que antes de hablar de negocios por favor sea tan amable de acompañarme–

Le escoltó al fondo del jardín, donde el agua de la fuente en mármol hacía un eco incesante pero sin resultar invasivo en las charlas que la alemana normalmente tenía con sus visitas, aunque a últimas fechas nadie más que el jardinero se paseaba por esa zona de la mansión. Ordenó con una voz suave galletas y un poco de té para ella y el joven, quien parecía no dejar de verle.

–Estoy segura que ha trabajado para personalidades mucho más importantes que esta viuda solitaria ¿O me equivoco? Justamente hoy mi chofer de años anunció su renuncia, lo cual me apena demasiado por era casi como de la familia, así que no será necesario recomendarlo porque inicia aquí hoy mismo ¿Está de acuerdo? Por cierto ¿Cual es su nombre?–

El mayordomo había servido ya dos tazas y colocado el resto de la merienda sobre la mesita. Ella se limitó a sonreír una vez más.

–Déjanos a solas por favor– ordeno y se dispuso a servir ella misma el té



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Re: Nada que perder | Privado

Mensaje por Eliah Sainz el Dom Nov 05, 2017 8:41 am

¿Así de fácil? ¿Ya estaba hecho? ¿En verdad parecía estar interesada en contratarlo? Eliah no podía creérselo porque él pertenecía a ese minúsculo grupo de personas a los que la vida les golpea sin piedad, a esos que tienen que insistir e intentar más allá del agotamiento para lograr lo que fuese que se habían propuesto. Eliah podía enseñar en los colegios acerca de la tenacidad y la perseverancia, pues creía que ya sabía como manejar lo que la vida le pusiese enfrente.

Mientras la seguía hacia los fondos del jardín, Eliah se obligó a no ilusionarse, aunque sí estaba esperanzado… Creía que en esa conversación con aquella mujer podía aparecer el cambio que tanto necesitaba tener en su vida. Quería decirle que a él tampoco le gustaban las formalidades, porque sentía que no lograba expresarse bien, que nunca podía hablar todo lo correctamente que le gustaría, pero no dijo nada. Solo la siguió y oyó lo que ella le explicaba, pues sabía que el empleado que hablaba más que su empleador era un necio.

Que hermosa casa tenía, si el interior de ese hogar era como el jardín –tan sobrio, detallista y cuidado, así como la impresión que ella misma le daba-, aquella mujer tenía un gusto exquisito y quedaría demostrado.


-Siento mucho que haya perdido a su cochero de confianza –le dijo, y se permitió fantasear con que algún día él también podría llegar a ser considerado como parte de la familia de la mujer-. Mi nombre es Eliah Sainz, es un nombre corto, un apellido corriente… seguro que lo recordará fácilmente –le aseguró, intentando parecer divertido y sereno, en verdad estaba nervioso esperando la confirmación de parte de ella.

Cuando le anunció que comenzaba a trabajar, Eliah no pudo reprimir el impulso de tomar su mano y besarla en modo de agradecimiento. No más dormir de prestado en las caballerizas, adiós a los baños en el río y a la sopa del comedor comunitario. Se repitió que no debía ilusionarse, que la mayoría de los trabajos en las grandes casonas no le duraban mucho porque los ricos eran extraños y la mayoría estaban locos… pero ¡qué difícil resultaba no creer que trabajaría para ella por muchos años! ¿Cómo no desearlo, si era tan considerada que hasta le estaba sirviendo el té?


-Muchas gracias, señora Leuenberger –esperaba haber pronunciado su apellido de forma correcta-, prometo que daré lo mejor de mí para que no se arrepienta nunca de haberme contratado hoy –le dijo en tono solemne, como quien hace un juramento a un ser querido-. Dígame, ¿qué recorridos suele hacer usualmente? ¿Qué lugares son los que frecuenta? ¿Con cuántos caballos cuenta y cuantos carruajes? ¿Cree que podríamos verlos?

Ya se sentía parte de la casa, quería hacer planes, probar los carros que ella tuviese y ver a los caballos. También le gustaría llevarla a dar un paseo para que viese lo buen cochero que era –gracias a los años que pasó desempeñándose en esa tarea-, claro que no podía proponérselo.


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