Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Vie Ago 18, 2017 5:51 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Los pasos apresurados resonaban en la fría calma de la recepción del hospital. Había abierto las puertas empujando con la parte posterior de un hombro, aprovechando el peso de su cuerpo y el empuje de sus piernas, porque sus manos estaban ocupadas sosteniendo contra sí su preciada carga.

Stan se ahogaba. No sabía muy bien por qué, pero suponía que era consecuencia del catarro mal curado que había tenido el pequeño un par de semanas atrás. Le había dejado dormido, junto a su hermana mayor, ambos en la misma cama. Tenía que irse a trabajar y el turno de noche le obligaba a dejar a sus hijos solos. No le gustaba la idea, pero no tenía otro remedio. Había intentado compaginar otros horarios tras la muerte de Erin, pero al final había acabado asumiendo que sus opciones eran las que eran y tenía que apañarse.

Acababa de abrocharse las botas y echaba mano a la chaqueta cuando una asustada Elba apareció en la puerta de su dormitorio, descalza y apretando la tela de pequeñas florecillas de su camisón en un puño. Tenía apenas cinco años, la piel clara y pecosa y una abundante melena pelirroja. Se parecía tanto a Erin que se le encogía el corazón.

-¿Qué?
-Papá, Stan está haciendo cosas raras y está muy caliente.

No le gustó cómo sonaba aquello, porque Elba era una niña pequeña, pero lo suficientemente inteligente para saber cuándo algo no era normal. Dejó la chaqueta tirada en la cama sin hacer y dejó que su hija le arrastrase de la mano hasta la habitación del pequeño.

Lo encontraron con los ojos como platos, sin ser capaz de romper a llorar, como si el aire no le entrase en los pulmones. Decir que se asustó sería quedarse demasiado corto.
-Ponte los zapatos y algo encima -cualquier cosa, no hacía falta ni que se vistiera.

Agarró al niño con la ropa de dormir y descalzo, cogió las llaves de la casa y esperó a que Elba llegase a su lado para salir con paso vivo hacia el hospital. Tenía unos veinte minutos caminando. Stan se agarraba a él y boqueaba. Su respiración no parecía suficiente para su pequeño cuerpecito, que hervía en fiebre. Tras él, Elba intentaba mantener el ritmo, vigilada, cada poco, por su padre. Lo último que necesitaba esa noche era que se perdiera.

En el hospital todo parecía demasiado tranquilo. Lógico, dadas las horas, pues la mayoría estaría ya durmiendo. Irrumpió, con la cara desencajada, Stan bastante asustado y Elba pegada a su pierna.
-No se quede ahí parada -le gruñó a la enfermera-. Vaya a buscar al médico.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Mar Oct 10, 2017 5:19 pm

El pensamiento le llegó alto y claro y se le colorearon un poco las mejillas. ¿Por qué le importaba tanto lo que pensara de ella? porque Clyven ya tenía dos niños preciosos, ya tuvo una mujer magnífica, y ella... ella era insignificante. Así se había sentido toda su vída, ínfima, sin saber que en realidad era un titán.

Se dejó arrastrar por Elba entre los puestos, curioseandolos todos hasta que alcanzaron el típico en el que había que derribar unas latas de conserva con uas pelotas y si se hacía pleno de regalo un muñeco de trapo con forma de oso, gato, perro, corazón... Hania compró los boletos y dejó que Elba tirase, pero la pobre no llegaba. Probó ella pero su puntería era muy mala, así que le dio a Clyven la siguiente ronda y éste probó suerte. A la primera no acertó y Hania estalló en carcajadas.

Está rompiendo todos los clichés!! se supone que los hombres tienen esa habilidad!! Venga Elba, dale un beso a tu padre, yo creo que así le traerá suerte.

La niña se lo dio muy seria, tenía que ganar, era cuestión de orgullo. El capataz lanzó la bola con fuerza y derribó todas las latas. Hania y Elba saltaron, aplaudieron y jalearon el tiro, para la niña era un estallido de felicidad y para la rubia casi que también. Había sentido que les robaba a esos niños alguna cosa con su mera presencia. No quería pertubar el recuerdo de su madre, pero se encontraba tan bien con ellos que el hecho de que le dejaran disfrutar de esos momentos ya la llenaba. Elba recibió el muñeco como si fuera un tesoro.

Venga, ponle nombre. Le inventaremos una historia mañana.— Stan estaba de lo más a gusto en los brazos de su padre, pero como sabía que los niños estaban acostumbrados a esas horas a recibir algun dulce por su parte, se acercó a un puestecillo donde vendían manzanas recubiertas de caramelo y les llevó una a cada uno.

— Toma, muerde un poco de la mia.— Elba le ofreció de la suya y no pudo hacer otra cosa que darle un bocadito y aguantar estoicamente las náuseas. Tendría que pedirle a Héctor que la enseñase ese truco de comer comida humana sin vomitar. Cuando la niña le ofreció más ella negó con la cabeza alegando que el caramelo se le pegaba en pelo al acercarse a la manzana. Pasearon un poco más hasta la carpa central donde empezaría el espectáculo de trapecistas en seguida. Se sentaron en las gradas de madera. Stan quiso ir con Hania y Elba se aupó a las rodillas de su padre, intercambiando los papeles. A la rubia le gustaba tener al pequeño humano entre los brazos, limpiarle las babas de caramelo con su pañuelo y peinarle el flequillo despeinado con sus dedos.

Tras los trapecistas actuaron los que hacían espectáculos musicales y cómicos. Stan se acabó durmiendo sobre el hombro de Hania y ésta apoyó la barbilla sobre la coroilla del pequeño, le gustaba su olor tierno, lleno de vida. La noche estuvo llena de miradas que no decían nada pero se cruzaban y en ese momento era justo como el momento en que empieza a nevar el día de navidad. Las horas pasaron en un suspiro y pronto se encontraron cada uno portando a un niño dormido encima caminando hacia el coche de caballos que los esperaba en la salida de la feria. El cochero los llevó primero a la casa de Clyven y después ya se llevaría a la rubia a la mansión.

Bajó del coche con Stan en brazos hasta dejarlo en su camita y darle un beso en la frente, Clyven dejó a Elba en la propia y ésta también recibió el beso de la rubia. Lo habían pasado bien y estaban agotados, se sentía feliz por haber hecho felices un ratito a esos niños y de paso al padre que al verlos sonreir era como si recuperase un poco el sol de sus días.

Ha sido una velada muy divertida, gracias por todo señor Clyven. Que tenga buena noche, hasta mañana.

Se despidió del capataz en la puerta para poner rumbo a la mansión Lebeau.






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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Miér Oct 11, 2017 1:47 pm

Por un instante, cuando regresaron y entraron los cuatro en casa, Clyven sintió una punzada de felicidad perdida. Recordó las veces que había regresado a casa, llevando a Elba dormida en brazos, con Erin a su lado. Su esposa había hecho lo mismo que la rubia, la había arropado y besado.

Y luego lo había arropado y besado a él. De una forma mucho menos inocente. Se sintió culpable por desear aquello, por desear una mujer a su lado, una madre para sus hijos. A Erin. La echaba tanto de menos. Los tres lo hacían. Pero la vida seguía y él no era hombre de dejarse arrastrar hacia el fango hasta un punto que le impidiera caminar. Llevaba el peso del mundo de su familia a los hombros, cual Atlas.

Sin embargo, en la oscuridad en que le había dejado la falta de Erin vislumbraba un pequeño rayito de luz. Uno tenue y plateado llamado Hania. Frágil como el cristal, delicada como una flor. Parecía que sólo mirarla servía para mancillar aquella nívea piel, pálida a causa de la enfermedad que la alejaba del sol.

Se lo apagaría si pudiera, tan agradecido le estaba por dar ternura y alegría a sus hijos. Ambos niños estaban entusiasmados con la muchacha, desde que la habían conocido en el hospital. Se sentían muy especiales porque pasaba tiempo con ellos.

Clyven suponía que lo haría con más niños, como parte de su obra social, de su generosidad. Pero le daba igual, agradecía el tiempo que le dedicaba a sus hijos, que les concediera unas horas de compañía por las noches y que él ganara en tranquilidad al saber que estarían atendidos.

La noche había sido tan maravillosa que no quería que se acabara. Si ella fuera distinta, si él fuera diferente, quizás se atrevería a hacer un movimiento para alargar su estancia. Pero él era como era, hosco y hostil, malencarado y serio, de modales escuetos, a menudo rudos. Un obrero favorecido por las circunstancias, con cierta responsabilidad y una paga acorde, que le permitía vivir sin penurias. Pero eso, un obrero.

Y ella era la señorita de buena familia, dulce y educada, comedida, con primorosas formas y con el mundo a sus pies. No le faltarían pretendientes mucho mejores, con posiciones más adecuadas a la suya, sin cargas familiares, que dilapidaran su dote para sacar adelante a dos hijos que ni siquiera eran suyos.

No. Había sido una noche maravillosa, mas la idea de un broche diferente a una cordial despedida estaba totalmente fuera de lugar. No debía volcar sobre ella su soledad, su frustración y su necesidad de un roce de ternura. No cuando hacerlo implicaría que lo perdieran sus hijos. Porque si pasaba esa línea llevado por el impulso de una noche no significaría nada para él, ni para ella, pero sí lo haría para sus hijos.

-Soy yo quien le da las gracias. Buenas noches.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Jue Oct 12, 2017 12:13 pm

Regresó a la mansión en el coche de caballos, todavía faltaban algunas horas para el amanecer, así que no podría dormir tan pronto. La velada había sido entrañablemente divertida y no podía evitar sonreir cuando recordaba la expresión relajada de Clyven cuando veía a sus hijos reir y disfrutar. Era una verdadera lástima que tuvieran tan pocos momentos así, que la vida siempre arrastrase a los obreros y pobres a un ritmo frenético sólo por poder tener un techo y comida, era injusto. Y luego las familias ricas no compartían esos ratos porque consideraban que era mejor enviar a los hijos a internados y lugares donde les enseñaran cosas para su futuro. ¿Qué clase de sociedad absurda era esa?

Inconscientemente se acarició el dorso de la mano donde la había sujetado Clyven al bajar del coche y suspiró. Era un hombre callado y serio, que guardaba mucho más de lo que mostraba y que no dejaba al descubierto su dolor. Ojalá pudiera aliviárselo un poco, odiaba ver sufrir a la gente a su alrededor, no cuando ella pudiera hacer algo por remediarlo. ¿Pero el qué?


* * * * *

Pasaron los días en una sucesión similar, una rutina que se le antojaba perfecta, mientras empezaban las obras en el nuevo Orfanato. Las fiestas de recaudación de fondos las planificó para las noches libres de Clyven, y así no dejar desatendidos a los niños. Esos eventos no le gustaban porque habían mucha gente, muchas voces flotando en su cabeza y tenía que sonreir y charlar con aquellas personas, algunas muy falsas. Pero Héctor tenía un don de persuasión muy bueno y salieron grandes benefactores de la causa. En cuanto obtuvieron las licencias comenzaron las obras. Tenían que apuntalar las vigas de acero del caserón, porque aunque antaño fue un hotel de lujo, la estructura estaba dañada. Esa semana las colocarían trayéndolas desde la fundición Vøllan, un pedido bastante grande, por lo que el capataz tuvo que acudir a cerciorarse de que le mercancía llegaba correctamente y se descargaba como era necesario. Algunos de sus soldadores se quedarían a rematar el proceso. Habían hecho el trato con el señor Vøllan para que se trabajase a turnos y se acabase en una semana, así no se demoraría tanto, porque aún quedaban mil cosas por reformar, fontanería, tabiques, pintura, mobiliario... El jardín también estaba siendo restaurado y el caserón era un hervidero de gente.

La rubia necesitaba centrarse esos días en las obras y para que Stan y Elba no estuvieran solos, lo habló con Clyven y le mandó a una niñera, una jovencita llamada Alida que se quedaba con ellos toda la noche. Acudían juntas a su casa y les contaba el cuento de rigor, pero luego se marchaba al orfanato que estaba a pocas calles, dejando a Alida de guardia que de paso le ayudaba un poco con la limpieza y el desayuno. No era lo que más le hubiera gustado, pero necesitaba esos días para centrarse en el proyecto principal. Cuando tuviera el Orfanato en marcha podría verlos a diario, incluso podrían dormir allí si su padre se lo permitía.

Hania repasaba con una carpeta en la mano que estuviera todo coordinado y correcto, andaba de aquí para allá ayudando en unas cosas y otras, y ya había contratado al personal de cocina, que por el momento operaban en las cocinas del edificio para alimentar a las cuadrillas que trabajaban a destajo.

Cuando Clyven llegó al orfanato buscando al responsable del proyecto fue ella quien lo recibió.

¡Señor Clyven! me alegro de verle. ¿Vienen a descargar las vigas? será mejor que vayan por allí, el camino está más despejado, aquí está todo patas arriba. Menuda locura, no sabía que estas cosas fueran tan...aparatosas. Si quieren tomar algo, un café o un almuerzo aunque sea de noche, hay de todo en las cocinas.






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