Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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La voz del cuentacuentos. (Priv)

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La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Vie Ago 18, 2017 5:51 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Los pasos apresurados resonaban en la fría calma de la recepción del hospital. Había abierto las puertas empujando con la parte posterior de un hombro, aprovechando el peso de su cuerpo y el empuje de sus piernas, porque sus manos estaban ocupadas sosteniendo contra sí su preciada carga.

Stan se ahogaba. No sabía muy bien por qué, pero suponía que era consecuencia del catarro mal curado que había tenido el pequeño un par de semanas atrás. Le había dejado dormido, junto a su hermana mayor, ambos en la misma cama. Tenía que irse a trabajar y el turno de noche le obligaba a dejar a sus hijos solos. No le gustaba la idea, pero no tenía otro remedio. Había intentado compaginar otros horarios tras la muerte de Erin, pero al final había acabado asumiendo que sus opciones eran las que eran y tenía que apañarse.

Acababa de abrocharse las botas y echaba mano a la chaqueta cuando una asustada Elba apareció en la puerta de su dormitorio, descalza y apretando la tela de pequeñas florecillas de su camisón en un puño. Tenía apenas cinco años, la piel clara y pecosa y una abundante melena pelirroja. Se parecía tanto a Erin que se le encogía el corazón.

-¿Qué?
-Papá, Stan está haciendo cosas raras y está muy caliente.

No le gustó cómo sonaba aquello, porque Elba era una niña pequeña, pero lo suficientemente inteligente para saber cuándo algo no era normal. Dejó la chaqueta tirada en la cama sin hacer y dejó que su hija le arrastrase de la mano hasta la habitación del pequeño.

Lo encontraron con los ojos como platos, sin ser capaz de romper a llorar, como si el aire no le entrase en los pulmones. Decir que se asustó sería quedarse demasiado corto.
-Ponte los zapatos y algo encima -cualquier cosa, no hacía falta ni que se vistiera.

Agarró al niño con la ropa de dormir y descalzo, cogió las llaves de la casa y esperó a que Elba llegase a su lado para salir con paso vivo hacia el hospital. Tenía unos veinte minutos caminando. Stan se agarraba a él y boqueaba. Su respiración no parecía suficiente para su pequeño cuerpecito, que hervía en fiebre. Tras él, Elba intentaba mantener el ritmo, vigilada, cada poco, por su padre. Lo último que necesitaba esa noche era que se perdiera.

En el hospital todo parecía demasiado tranquilo. Lógico, dadas las horas, pues la mayoría estaría ya durmiendo. Irrumpió, con la cara desencajada, Stan bastante asustado y Elba pegada a su pierna.
-No se quede ahí parada -le gruñó a la enfermera-. Vaya a buscar al médico.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Mar Oct 10, 2017 5:19 pm

El pensamiento le llegó alto y claro y se le colorearon un poco las mejillas. ¿Por qué le importaba tanto lo que pensara de ella? porque Clyven ya tenía dos niños preciosos, ya tuvo una mujer magnífica, y ella... ella era insignificante. Así se había sentido toda su vída, ínfima, sin saber que en realidad era un titán.

Se dejó arrastrar por Elba entre los puestos, curioseandolos todos hasta que alcanzaron el típico en el que había que derribar unas latas de conserva con uas pelotas y si se hacía pleno de regalo un muñeco de trapo con forma de oso, gato, perro, corazón... Hania compró los boletos y dejó que Elba tirase, pero la pobre no llegaba. Probó ella pero su puntería era muy mala, así que le dio a Clyven la siguiente ronda y éste probó suerte. A la primera no acertó y Hania estalló en carcajadas.

Está rompiendo todos los clichés!! se supone que los hombres tienen esa habilidad!! Venga Elba, dale un beso a tu padre, yo creo que así le traerá suerte.

La niña se lo dio muy seria, tenía que ganar, era cuestión de orgullo. El capataz lanzó la bola con fuerza y derribó todas las latas. Hania y Elba saltaron, aplaudieron y jalearon el tiro, para la niña era un estallido de felicidad y para la rubia casi que también. Había sentido que les robaba a esos niños alguna cosa con su mera presencia. No quería pertubar el recuerdo de su madre, pero se encontraba tan bien con ellos que el hecho de que le dejaran disfrutar de esos momentos ya la llenaba. Elba recibió el muñeco como si fuera un tesoro.

Venga, ponle nombre. Le inventaremos una historia mañana.— Stan estaba de lo más a gusto en los brazos de su padre, pero como sabía que los niños estaban acostumbrados a esas horas a recibir algun dulce por su parte, se acercó a un puestecillo donde vendían manzanas recubiertas de caramelo y les llevó una a cada uno.

— Toma, muerde un poco de la mia.— Elba le ofreció de la suya y no pudo hacer otra cosa que darle un bocadito y aguantar estoicamente las náuseas. Tendría que pedirle a Héctor que la enseñase ese truco de comer comida humana sin vomitar. Cuando la niña le ofreció más ella negó con la cabeza alegando que el caramelo se le pegaba en pelo al acercarse a la manzana. Pasearon un poco más hasta la carpa central donde empezaría el espectáculo de trapecistas en seguida. Se sentaron en las gradas de madera. Stan quiso ir con Hania y Elba se aupó a las rodillas de su padre, intercambiando los papeles. A la rubia le gustaba tener al pequeño humano entre los brazos, limpiarle las babas de caramelo con su pañuelo y peinarle el flequillo despeinado con sus dedos.

Tras los trapecistas actuaron los que hacían espectáculos musicales y cómicos. Stan se acabó durmiendo sobre el hombro de Hania y ésta apoyó la barbilla sobre la coroilla del pequeño, le gustaba su olor tierno, lleno de vida. La noche estuvo llena de miradas que no decían nada pero se cruzaban y en ese momento era justo como el momento en que empieza a nevar el día de navidad. Las horas pasaron en un suspiro y pronto se encontraron cada uno portando a un niño dormido encima caminando hacia el coche de caballos que los esperaba en la salida de la feria. El cochero los llevó primero a la casa de Clyven y después ya se llevaría a la rubia a la mansión.

Bajó del coche con Stan en brazos hasta dejarlo en su camita y darle un beso en la frente, Clyven dejó a Elba en la propia y ésta también recibió el beso de la rubia. Lo habían pasado bien y estaban agotados, se sentía feliz por haber hecho felices un ratito a esos niños y de paso al padre que al verlos sonreir era como si recuperase un poco el sol de sus días.

Ha sido una velada muy divertida, gracias por todo señor Clyven. Que tenga buena noche, hasta mañana.

Se despidió del capataz en la puerta para poner rumbo a la mansión Lebeau.






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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Miér Oct 11, 2017 1:47 pm

Por un instante, cuando regresaron y entraron los cuatro en casa, Clyven sintió una punzada de felicidad perdida. Recordó las veces que había regresado a casa, llevando a Elba dormida en brazos, con Erin a su lado. Su esposa había hecho lo mismo que la rubia, la había arropado y besado.

Y luego lo había arropado y besado a él. De una forma mucho menos inocente. Se sintió culpable por desear aquello, por desear una mujer a su lado, una madre para sus hijos. A Erin. La echaba tanto de menos. Los tres lo hacían. Pero la vida seguía y él no era hombre de dejarse arrastrar hacia el fango hasta un punto que le impidiera caminar. Llevaba el peso del mundo de su familia a los hombros, cual Atlas.

Sin embargo, en la oscuridad en que le había dejado la falta de Erin vislumbraba un pequeño rayito de luz. Uno tenue y plateado llamado Hania. Frágil como el cristal, delicada como una flor. Parecía que sólo mirarla servía para mancillar aquella nívea piel, pálida a causa de la enfermedad que la alejaba del sol.

Se lo apagaría si pudiera, tan agradecido le estaba por dar ternura y alegría a sus hijos. Ambos niños estaban entusiasmados con la muchacha, desde que la habían conocido en el hospital. Se sentían muy especiales porque pasaba tiempo con ellos.

Clyven suponía que lo haría con más niños, como parte de su obra social, de su generosidad. Pero le daba igual, agradecía el tiempo que le dedicaba a sus hijos, que les concediera unas horas de compañía por las noches y que él ganara en tranquilidad al saber que estarían atendidos.

La noche había sido tan maravillosa que no quería que se acabara. Si ella fuera distinta, si él fuera diferente, quizás se atrevería a hacer un movimiento para alargar su estancia. Pero él era como era, hosco y hostil, malencarado y serio, de modales escuetos, a menudo rudos. Un obrero favorecido por las circunstancias, con cierta responsabilidad y una paga acorde, que le permitía vivir sin penurias. Pero eso, un obrero.

Y ella era la señorita de buena familia, dulce y educada, comedida, con primorosas formas y con el mundo a sus pies. No le faltarían pretendientes mucho mejores, con posiciones más adecuadas a la suya, sin cargas familiares, que dilapidaran su dote para sacar adelante a dos hijos que ni siquiera eran suyos.

No. Había sido una noche maravillosa, mas la idea de un broche diferente a una cordial despedida estaba totalmente fuera de lugar. No debía volcar sobre ella su soledad, su frustración y su necesidad de un roce de ternura. No cuando hacerlo implicaría que lo perdieran sus hijos. Porque si pasaba esa línea llevado por el impulso de una noche no significaría nada para él, ni para ella, pero sí lo haría para sus hijos.

-Soy yo quien le da las gracias. Buenas noches.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Jue Oct 12, 2017 12:13 pm

Regresó a la mansión en el coche de caballos, todavía faltaban algunas horas para el amanecer, así que no podría dormir tan pronto. La velada había sido entrañablemente divertida y no podía evitar sonreir cuando recordaba la expresión relajada de Clyven cuando veía a sus hijos reir y disfrutar. Era una verdadera lástima que tuvieran tan pocos momentos así, que la vida siempre arrastrase a los obreros y pobres a un ritmo frenético sólo por poder tener un techo y comida, era injusto. Y luego las familias ricas no compartían esos ratos porque consideraban que era mejor enviar a los hijos a internados y lugares donde les enseñaran cosas para su futuro. ¿Qué clase de sociedad absurda era esa?

Inconscientemente se acarició el dorso de la mano donde la había sujetado Clyven al bajar del coche y suspiró. Era un hombre callado y serio, que guardaba mucho más de lo que mostraba y que no dejaba al descubierto su dolor. Ojalá pudiera aliviárselo un poco, odiaba ver sufrir a la gente a su alrededor, no cuando ella pudiera hacer algo por remediarlo. ¿Pero el qué?


* * * * *

Pasaron los días en una sucesión similar, una rutina que se le antojaba perfecta, mientras empezaban las obras en el nuevo Orfanato. Las fiestas de recaudación de fondos las planificó para las noches libres de Clyven, y así no dejar desatendidos a los niños. Esos eventos no le gustaban porque habían mucha gente, muchas voces flotando en su cabeza y tenía que sonreir y charlar con aquellas personas, algunas muy falsas. Pero Héctor tenía un don de persuasión muy bueno y salieron grandes benefactores de la causa. En cuanto obtuvieron las licencias comenzaron las obras. Tenían que apuntalar las vigas de acero del caserón, porque aunque antaño fue un hotel de lujo, la estructura estaba dañada. Esa semana las colocarían trayéndolas desde la fundición Vøllan, un pedido bastante grande, por lo que el capataz tuvo que acudir a cerciorarse de que le mercancía llegaba correctamente y se descargaba como era necesario. Algunos de sus soldadores se quedarían a rematar el proceso. Habían hecho el trato con el señor Vøllan para que se trabajase a turnos y se acabase en una semana, así no se demoraría tanto, porque aún quedaban mil cosas por reformar, fontanería, tabiques, pintura, mobiliario... El jardín también estaba siendo restaurado y el caserón era un hervidero de gente.

La rubia necesitaba centrarse esos días en las obras y para que Stan y Elba no estuvieran solos, lo habló con Clyven y le mandó a una niñera, una jovencita llamada Alida que se quedaba con ellos toda la noche. Acudían juntas a su casa y les contaba el cuento de rigor, pero luego se marchaba al orfanato que estaba a pocas calles, dejando a Alida de guardia que de paso le ayudaba un poco con la limpieza y el desayuno. No era lo que más le hubiera gustado, pero necesitaba esos días para centrarse en el proyecto principal. Cuando tuviera el Orfanato en marcha podría verlos a diario, incluso podrían dormir allí si su padre se lo permitía.

Hania repasaba con una carpeta en la mano que estuviera todo coordinado y correcto, andaba de aquí para allá ayudando en unas cosas y otras, y ya había contratado al personal de cocina, que por el momento operaban en las cocinas del edificio para alimentar a las cuadrillas que trabajaban a destajo.

Cuando Clyven llegó al orfanato buscando al responsable del proyecto fue ella quien lo recibió.

¡Señor Clyven! me alegro de verle. ¿Vienen a descargar las vigas? será mejor que vayan por allí, el camino está más despejado, aquí está todo patas arriba. Menuda locura, no sabía que estas cosas fueran tan...aparatosas. Si quieren tomar algo, un café o un almuerzo aunque sea de noche, hay de todo en las cocinas.






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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Vie Oct 27, 2017 12:44 pm

Clyven no estuvo de acuerdo en la idea de tener una niñera, porque el dinero que suponía, a pesar de poder ajustarse a un presupuesto, implicaba renunciar al poco colchón financiero que tenía para hacer frente a cualquier imprevisto, como la enfermedad de Stan unas semanas atrás.

Una cosa era dejar a Hania entrar en su casa y otra era a una completa extraña. Luego cayó en la cuenta de que la rubia también era una extraña, pero quizás las circunstancias en que se habían conocido, la inocencia que irradiaba, esa vena benefactora que tenía y la genuina preocupación por sus hijos inclinaban la balanza a su favor.

Los niños la adoraban y eso también ayudaba. Stan la miraba con los ojos enormes y se reía. Elba estaba encantada de que la peinara y la tratara como a una princesita. Él hacía lo que podía, pero no tenía maña para esos menesteres.

Finalmente claudicó, aunque simplemente fuera por no llevarle la contraria a la rubia. No le gustaba ese brillo triste que le subía a los ojos cuando le negaba el capricho. Además, siendo egoísta, le venía muy bien que los niños estuvieran atendidos. Aunque no le gustaba que ella corriera con esos gastos, en el fondo para ella ese dinero no suponía ninguna diferencia y para él sí que lo era. Así que, por sus hijos -y por complacerla- se tragó un poco el orgullo y aceptó la ayuda.

Esa noche, cuando llegó a supervisar la descarga de las vigas, siguió las indicaciones de la muchacha.
-Buenas noches, señorita Doe. Gracias, los muchachos se lo agradecerán, así podrán reponer fuerzas cuando acaben su trabajo -porque antes no les iba a permitir escaquearse. Él tampoco pensaba hacerlo-. ¿Dónde quiere que se las dejemos? Mañana vendrá una cuadrilla para apuntalarlas, es mejor hacerlo con buena luz, por lo que pudiera ocurrir, pero así tendrán todo el material a mano.

A las puertas, esperando su señal, había una decena de hombres, grandes y fornidos, para llevar las vigas una a una hasta el lugar indicado. Por descontado, él también echaría una mano a moverlas, no sólo miraría cómo otros lo hacían. Era el tipo de hombre que pensaba que para dirigir a un grupo había que implicarse en el trabajo y mancharse las manos.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Mar Oct 31, 2017 3:07 am

Sabía que a Clyven no le había hecho gracia su propuesta al principio, podía escucharlo pensar y maldecir, pero no había podido hacer otra cosa y se sentía mal porque estaba muy limitada a las horas de oscuridad. De haber podido, no le hubiera importando dormir poco o no dormir y sacar adelante el proyecto del Orfanato sin desatender a los niños, pero era matemáticamente imposible, las horas no le daban para tanto.

Finalmente aceptó y la muchacha pudo respirar más aliviada, estaba empezando a darse cuenta que era capaz de hacer cosas por si misma, aunque sin la ayuda de Héctor hubiera sido imposible. Guió a la cuadrilla por el patio hasta el lugar donde debían dejar las vigas de acero y cuando lo tuvieron claro, empezaron a descargar y adejarlas en su lugar. El proceso era laborioso, pues pesaban una barbaridad y tenían que descargarlas con poleas y cuerdas y luego transportarlas entre todos. Los hombres tensaban sus músculos y sudaban a pesar de ser una noche algo fría; le resultaba fascinante ver ciertas expresiones en sus rostros, sus comentarios jocosos, las bromas que se gastaban entre ellos y sobre todo la media sonrisa del señor Clyven. Era un hombre tan serio que cuando sonreía era como si la luz lo rodeara.

Cuando acabaron de descargar se notaba el esfuerzo en sus caras de agotamiento, así que les hizo pasar a las cocinas. El comedor todavía no tenía techo, con lo que las cocinas eran el punto neurálgico del orfanato, allí tenían una larga mesa de madera con bancos a cada lado y les habían preparado bebidas calientes y bollos de azúcar. Tenía dada la orden de que nadie que estuviese trabajando allí se quedase sin descanso, con hambre o frío. Quería que desde el principio esas paredes estuvieran impregnadas del amor y la ilusión con la que estaba levantando ese hogar para niños desvalidos.

Si quiere mañana cuando venga a supervisar el apuntalado, le enseñaré el resto del recinto. Espero que lo puedan terminar antes de Navidad, son unas fechas muy complicadas cuando no se tiene hogar. Recuerdo que siempre deseaba que me llevasen y despertar una mañana nevada en mi cama, con una familia...cada año lo seguía deseando... pero no sucedió. Estas serán mis primeras navidades en mi casa y con mi tío.

Porque las alcantarillas era mejor no mencionarlas a alguien que no perteneciese al mundo sobrenatural. ¿Sabía Clyven que ella era huérfana? no estaba segura de que hubiera surgido en la conversación, porque el capataz hablaba muy poco. Bueno, si no lo sabía, ahora ya sí.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Jue Nov 02, 2017 3:45 am

Esa nueva información le llegó de srpresa. Había conocido a la seoñrita Doe ya como parte de la familia Fortier, con sus vestidos bonitos y sus buenos modales, con ese aura de cándida dulzura que se le antojaba una burbuja que nadie podía atravesar, como si Hania viviera en su propio espacio y las maldades del mundo no pudieran tocarla.

La tenía por lo que era ahora, una señorita de buena familia que empleaba su tiempo en la caridad. Pero jamás se hubiera imaginado que lo hacía porque ella misma necesitó de esa generosidad en el pasado. No hubiera imaginado que había crecido huérfana. Quizás por eso encajaba tan bien con sus hijos, porque sabía lo que era no tener madre.

Tenia suerte de haber encontrado a un familiar perdido y que éste tuviera tantos posibles para darle una buena vida. El pasado dejaba de importar cuando uno avanzaba. O eso se repetía él. Porque no aspiraba en su vida a más que a mantener un empleo y a darles la oportunidad a sus hijos para una vida mejor. Quería que Stan estudiara, que fuera un hombre de leyes, o un empresario. Lo que fuera, que más que él. Quería que Elba encontrara un hombre que la amara como él amó a su madre. O más si eso era posible. Y que le diera todo lo que a sus ojos se merecía su pequeña.

Y si para eso él tenía que quebrarse el lomo trabajando noche tras noche lo que le quedaba de vida, lo haría. Habían perdido a Erin, pero todavía le tenían a él. Quizás no pudiera mostrarles su amor de la misma forma que lo hubiera hecho una madre, porque los besos y abrazos no los regalaba con asiduidad, pero tenía sus formas de demostrar lo que le importaban.

-Haremos todo lo posible.
Tan parco en palabras como siempre, era su forma de decir que iban a esforzarse para que al menos un puñado de niños tuvieran un lugar al que acudir.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Vie Nov 03, 2017 3:37 am

Cuando comprobó que todos los obreros estaban servidos y tenían sus descansos, los dejó para regresar al jardín donde una cuadrilla colocaba tuberías nuevas bajo el adoquinado de la entrada para sustituir las viejas que alimentaban de agua la fuente, quería un recinto agradable, donde apeteciese salir a jugar. Estaban invirtiendo mucho tiempo y dinero en trabajar a destajo y que estuviera terminado lo más pronto posible.

De día iba a necesitar a gente de su confianza para que estuvieran al cargo y solucionasen cualquier cuestión, que de momento eran de los que Héctor le había sugerido, ya que ella no conocía a nadie. El director financiero de ese Orfanato sería uno de los hombres de negocio que tenía Héctor, que conocían a fondo el patrimonio del titán y tenían su confianza y el prestigio social suficiente para ir a cuqluier banco, oficina o estamento a arreglar cualquier burocracia necesaria. Contarían con cuidadoras, maestros, personal de mantenimiento y cocina y necesitarían también una enfermera y un médico. Estaba todo en marcha y la mayoría de la gente vería a la señorita Doe como la dueña, la benefactora pero poco más. No podía arriesgarse a intentar llevar ella todo aquello que de noche no era posible hacer así que tendría que aprender a delegar y a supervisar. Pero en cualquiera de los casos estaba feliz por hacer algo útil, y quería que todo aquello tuviera su sello y su forma de hacer las cosas.

La noche siguiente regresaron los obreros del acero y se pusieron a apuntalar las vigas era un trabajo laborioso y pesado, así que les dieron un descanso mayor, descanso que aprovecho para acercarse a Clyven y llevarlo a visitar las instalaciones mientras charlaban. Le explicó que allí estarían las aulas, en el otro lado las habitaciones, la sala de lectura, la de juegos... Básicamente era ella la que hablaba porque para variar el capataz no disparaba una palabra.

Siempre que quiera pueden hacer uso de las instalaciones, siéntase libre de venir con Elba y Stan cuando quiera, sobre todo me refiero de día, ya que yo no puedo traerlos a jugar a plena luz del sol. Espero que tenga la confianza necesaria conmigo para hacerlo, en adelante éste será mi hogar, pasaré a quí más tiempo que en ningun otro lugar. Y... señor Clyven..— se detuvo un momento retorciéndose las manos algo nerviosa, recordando las palabras de Héctor, pero haciendo caso omiso de ellas.— Me... gustaría repetir algun día una noche como la del circo...si... si usted quiere. Si le viene bien..— ¿Acababa de decirle eso? Dios santo!! no sabía ni cómo se había atrevido. Desvió los ojos rápidamente hacia el jardín que tenía un cobertizo largo.— ah... eso lo vamos a convertir en un invernadero para que aprendan a cultivar plantas...— eso es, mejor de cambiar de tema.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Dom Nov 12, 2017 6:08 pm

Dudó un poco sobre si dejar a sus hombres trabajar sin él y acompañar a la señorita Doe a ver las instalaciones. No le gustaba ser el tipo de jefe que criticaba, que dejaba a sus subordinados hacer todo el trabajo y se dedicaba a mariposear. Pero aquella mujer era, en definitiva, quien daba las órdenes allí, quien elegia los colores de las paredes y las tapicerías, quien marcaba los plazos, quién manejaba el dinero.

Además, a ojos del capataz, era un ser dulce y adorable, poco menos que un ángel. No podía negarle el capricho, menos aún después de cómo se volcaba con sus pequeños. Sólo con eso, a él ya lo tenía a sus pies para lo que ella ordenase. Si ofrecía café, él lo tomaba, si había hecho galletas, se las comía aunque no le gustara especialmente el dulce.

-Elba estará encantada. -Stan era todavía demasiado pequeño para según qué juegos, pero si pudiera pasarse por allí para disponer de unas horas para atender otros menesteres, lo agradecería mucho. Se sorprendió del comentario sobre el circo. Lo habían pasado bien y había sido una velada entrañable, pero había dado por sentado que había sido fruto del momento, del cariño que le había cogido a sus hijos y que no se repetiría. No en breve, al menos. Carraspeó un poco para intentar aclarar lo que iba a decir-. A mí también me gustaría. Si a su tío le parece bien. -Porque, por supuesto, antes de cualquier movimiento, fuera de la naturaleza que fuera, necesitaba el consentimiento del hombre responsable de la muchacha. No quería dañar su reputación, sobre todo teniendo en cuenta que, debido a su afección, sería en las horas nocturnas-. Un invernadero... Ajá.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Mar Nov 14, 2017 6:51 am

Y hasta ahí toda la conversación sustanciosa entre el capataz y la joven filántropa, porque Clyven era de pocas palabras, desde luego. Las siguientes noches pasaron rápidas, la obra avanzaba a buen ritmo y esa noche se presentó en casa del hombre ella sola sin la joven niñera que había contratado para sustituirla.

Buenas noches señor Clyven, Alida me avisó que no podría venir porque su madre estaba enferma y hoy me quedaré yo con Elba y Stan si le parece bien. En la obra he dejado a alguien de confianza y está todo bajo control.

Le apetcecía mucho pasar con ellos unas horas ya que había estado muy ocupada con todo el proyecto y estar con ellos era como un bálsamo para su atormentada existencia. Elba corrió hacia ella y Stan gateó hasta alcanzarla. Lo cogió en brazos y le llenó la cara de besos produciendole muecas y risas. Se llevó a Elba de la mano a la cocina porque siempre les traía alguna cosa rica, ya fueran galletas, magdalenas, tartas o dulces de fruta. Tenía un pacto con ellos de que debían comerse las verduras sin rechistar y como premio tendrían esos dulces, así que la rubia mantenía su promesa.

El capataz se marchó a trabajar y el principio de la noche fue animado, jugaron y cantaron canciones, pero poco a poco Stan fue apagándose. Tenía un poco de fiebre pero de momento no tenía tos ni dificultad respiratoria. El niño estaba lloroso y cansado pero no se podía dormir, necesitaba estar pegado a ella. Como su piel estaba fría, lo cogió en brazos y lo acunó, tratando de absorber su exceso de temperatura con la frialdad de su ser, consiguiendo que se durmiera finalmente. No estaba grave, pero no quería dejarlo solo con Elba hasta que llegase su padre y por la hora que era ya no les daría tiempo de ir al hospital sin que el sol la cazase y la destruyese.

Se angustió más por ese hecho y porque Clyven se enfadara con ella de no haberlo llevado, que realmente por Stan, ya que parecía un proceso febril sin importancia. El sol comenzaba a salir por el horizonte y tuvo que manejarse a duras penas para bajar las persianas y correr las cortinas. Aún así, no se podía fiar porque al levantarse de la cama con Stan en brazos una brizna de luz que entraba por un postigo la alcanzó en el brazo quemándole la piel y levantando ampollas. Se metió en el armario antes de que la alcanzase de pleno el amanecer, con el niño dormido entre sus manos. Elba se había dormido horas atrás sin enterarse de nada y cuando Clyven entró en la casa le susurró desde el interior de su escondite.

Señor Clyven, no se asuste, Stan está conmigo, se me durmió encima. Creo que tiene un poco de fiebre y no quise despertarlo, pero respira bien. No quería dejarlos solos hasta que volviera usted, pero no puedo salir de aquí, el sol me lastimaría.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Sáb Nov 25, 2017 5:28 am

Le había costado mucho aceptar la presencia de la niñera que Hania había contratado para sus hijos, pero la muchacha había demostrado que sus hijos estaban bien atendidos y realmente él estaba más tranquilo con alguien en la casa. El problema de que fuera la rubia quien pagara su salario le había hecho gruñir durante dos semanas, pero había acabado por claudicar. Era un capricho de la muchacha, le sobraba el dinero, los niños la adoraban y él... Él acabó por poner los ojos en blanco ante la mirada de Hania, bufar y acatar.

Le sorprendió que quien llegase esa noche fuera Hania. Le había pillado aún a medio vestir, en mangas de camisa, sin corbata y sin peinar, aunque con el pelo tan corto no era algo que se notase demasiado.
—Buenas noches, señorita Doe. No era necesario que se molestara.
Los niños estaban acostumbrados a estar solos y, por suerte, hasta el momento, no había pasado ninguna desgracia por ello. Elba se asomó por la puerta del comedor, con una trenza completamente deshecha, sujetando el pelo en una mano. Había escuchado la voz de la rubia y había salido a comprobar si realmente era ella.
-¡Hola! ¿Se queda con nosotros? ¡¡Stan!! ¡Corre! ¡La señorita Doe se queda con nosotros!
El pequeño pelirrojo intentó llegar hasta allí más rápido de lo que le daban las piernas con aquellos andares inestables que tenía y acabó cayéndose de bruces, poniendo las manitas en el suelo. Su padre giró la cabeza para ver si estaba bien y, como no había pasado nada, puso los ojos en blanco.
-Arriba.
El niño le miró como si se estuviera pensando el llorar o el levantarse. Pero pareció decidir que no era para tanto y acabó el camino gateando hasta llegar a la pierna de su padre, agarrándose a ella para volver a ponerse en pie y alargar la manita hacia Hania, girando la muñeca, a modo de saludo.
-¡Hoda! -una de las pocas palabras que conocía y que más o menos se le entendían. Le echó las manitas para que la cogiera.

La noche comenzó tranquila, pero conforme pasaron las horas y Elba cayó rendida al sueño, Stan comenzó a sentirse mal. Buscó acurrucarse contra Hania. A falta de su padre, Hania era su siguiente persona favorita y estando malito, que ella le abrazase y el mimase un poquito le hacía sentir mejor.

Cuando Clyven regresó a casa, percibió algo extraño. Pero no fue hasta que una voz salió del armario y al abrirlo vio a Stan dormido encima de Hania que no comprendió el por qué. Se quitó el abrigo y dejó las llaves en la entrada. Cerró firmemente las ventanas de la alcoba, las cortinas y puso una manta colgando delante para evitar que se colara algún requicio de sol. Encendió un par de velas y las dejó sobre la mesilla. En el resto de la casa había luz, pero aquella habitación quedó completamente a oscuras.

Regresó frente al armario y fue a liberar a la rubia del peso del niño. El pelirrojo se removió, medio despertándose porque lo separaran de Hania, pero al ver que quien lo hacía era su padre, le echó los bracitos al cuello y volvió a dormirse, apoyado en su hombro.
-Ey, ya está, campeón. Ya estoy aquí -le susurró, apoyando la cabeza suavemente contra la del niño y sosteniéndole la cabecita con la mano, que casi la envolvía entera. Miró a Hania-. Muchas gracias por quedarse, señorita.
Le ofreció la mano para ayudarla a salir de su escondite, esperando que la habitación estuviese lo suficientemente protegida. La notó fría, pero supuso que sería por haber tenido que esconderse y renunciar al abrigo de las mantas y el calorcillo del sol. Además, la noche era fría.

-Será mejor que duerma. -Y claramente se estaba refiriendo a allí, en su cama, mientras él se apañaba en algún sillón, para dar una cabezada, con Stan encima, cubiertos ambos con una manta-. Siento no poder ofrecerle algo de ropa más cómoda para dormir, pero nos deshicimos de todo lo de mi difunta esposa.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Dom Nov 26, 2017 7:05 am

Salió del armario tímidamente, mirando alrededor, porque el sol era un tormento, en su antebrazo estaba la señal de haber estado expuesta a él y no le apetecía arder en llamas ciertamente. Pero sobre todo estaba asustada por la reacción de Clyven, por si descubría el tipo de monstruo que era, por si decidía empujarla fuera de su casa a que saludase al sol y todo acabara así. Pero Clyven había cubierto las ventanas y rendijas y aquella habitación parecía segura.

Lo siento, no quería causarle molestias. ¿Debería haber llevado a Stan al hospital? si le sucediese algo yo... no me lo perdonaria.

Elba seguía dormida y tardaría al menos unas horas en despertarse, así que todavía tenía un rato de descanso. Clyven le dijo que se acostara en la cama, pero aquello no tenía sentido, él venía de trabajar y estaría reventado.

No, no, de eso nada. Usted viene de trabajar, estará cansado y Stan debería estirarse en la cama, acuéstese un rato...— vio que la cara de Clyven era el inicio de una de esas contestaciones secas que luego lamentaria y antes de que dijese nada la rubia se adelantó.— cabemos los tres, yo ocupo poco.

De inmediato le dieron los calores y le subió un ligero rubor a las mejillas. ¿Ropa de dormir? ¿qué? Aunque hubiera tenido ropa de Erin no la hubiera utilizado porque eso sería como manchar la memoria de su esposa.

No se preocupe, puedo dormir en saya.— Se quitó la falda y las enaguas que ocupaban como una mesa camilla, y también la camisa, dejando las prendas interiores cubiertas con la fina saya de color crema y los calcetines que llegaban hasta medio muslo. Se acomodó en un lado de la cama acurrucándose de lado, tratando de no ocupar demasiado espacio y que el niño y el padre pudieran estar cómodos, cubriéndose con la manta y tratando de cerrar los ojos y no pensar, porque ni de coña iba a poder dormirse, con el latido fuerte del corazón de Clyven a pocos centímetros de ella y su delicioso aroma, mejor que el de las galletas, despertando su apetito vampírico.

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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Miér Nov 29, 2017 1:40 pm

-Stan estará bien. -O eso esperaba. Las fiebres eran algo habitual cuando los niños estaban creciendo, así que no le daría importancia si se le pasaba al día siguiente-. No se preocupe, señorita. No sería co... -se detuvo cuando la rubia comenzó a quitarse la ropa.

Se dio la vuelta. ¡Maldita sea! Eso no le podía estar pasando. Hania era una señorita de buena familia, generosa y completamente ajena a las imágenes que por un momento cruzaron su mente. Pero había que entenderle. Era un hombre solo, viudo y a cargo de dos niños. Hacía una eternidad no veía el cuerpo de una mujer desnuda. Salvo su hija, pero ella sólo le inspiraba sentimientos de protección, jamás de lujuria.

Tragó en seco y esperó hasta que la rubia estuvo metida en la cama. Dejó a Stan con ella sobre el colchón y murmurando escuetamente que iba a por agua, se escabulló de la habitación un momento.

Paseó arriba y abajo nervioso por la cocina. Se tomó dos vasos de agua y respiró profundamente para tranquilizarse. Aunque la imagen de Hania en su cama, con Stan durmiendo a su lado era tan similar al recuerdo de Erin haciendo lo mismo con Elba que le era imposible no tener ese sentimiento de familia.

La rubia se había ido instalando poco a poco en sus vidas y era ese puntito femenino y maternal que los niños necesitaban, que él echaba de menos. Era un soplo de brisa fresca en su triste monotonía. Nadie podía culparle por sentirse atraído por ella. Ni siquiera podrían reprocharle que faltase a la memoria de su esposa, porque le había guardado luto suficiente.

Regresó a la alcoba y se cambió rápidamente de ropa, metiéndose en la cama con la misma velocidad, sin darle coba al asunto. Pensó en ponerse de espaldas hacia Hania, pero Stan estaba entre ellos y su hijo siempre era y sería una prioridad. Bajo las mantas, atrajo al pequeño contra su cuerpo, envolviéndolo en un abrazo protector. Miró a Hania a la tenue luz de las velas. Era una muchacha preciosa. E inalcanzable.

-Buenas noches, señorita Doe.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Jue Nov 30, 2017 2:39 pm

Podía escucharlo pensar aunque estuviera en la cocina y de forma instintiva se llevó los nudillos a los labios. ¿Le provocaba todo eso? ¿Entonces no le era indiferente? un sentimiento cálido la inundó instantáneamente devolviéndole la vida que la mordedura de un vampiro le arrebató. ¡No le era indiferente! y no la veía sólo como una niñera ni como un trozo de carne, la veía con ternura pero a la vez como podía mirar un hombre a una mujer y eso la hizo estremecer. Su imaginación no alcanzaba a vislumbrar realmente en qué forma la veía Clyven, porque jamás había tenido una relación de ningun tipo con nadie, ni siquiera de amistad, pero sentía despertar todos sus instintos femeninos cuando lo sentía cerca.

El capataz regresó a la habitación y le dio las buenas noches. Deseó abrazarlo y besarlo de la misma forma que Héctor la había besado, pero se quedó en un "Buenas noches señor Clyven, que descanse bien."

Pocas horas después Elba se despertó, tenía hambre, pero Hania no podía acompañarla a la cocina, el sol se colaba por las ventanas y las rendijas fuera de aquella habitación, así que Clyven tuvo que levantarse. Ella se quedó acurrucada con Stan, un poco más fría que horas atrás, porque de normal en ese instante ya se habría alimentado. No le importaba, no tenía hambre, la comida no era algo prioritario para ella, pero la pérdida de calor corporal podía delatarla. Trató de entrar en calor frotándose y pegándose a Stan que aun tenía unas décimas de fiebre y esperó a que padre e hija regresaran a esa cama. Ese día sería algo especial, ella no podía marcharse hasta que no anocheciera y tampoco podía salir de ese cuarto.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Vie Dic 01, 2017 4:31 pm

El agotamiento de toda una noche de duro trabajo le hizo caer dormido en pocos minutos. No era un sueño demasiado profundo, porque parecía vivir en una alerta permanente cuando estaba en casa, como si así pudiera compensar a sus hijos su ausencia durante la noche.

Los brazos de Morfeo fueron una liberación de los pensamientos que le hacían querer estar en los brazos de Hania. Eran tan bonita, tan delicada, tan dulce. Era una flor blanca en mitad de la hierba verde. Y él no era más que una bestia del monte que se acercaba, la miraba, pero no debía tocarla, porque la quebraría.

La voz de Elba le hizo levantarse con un gruñido a caballo entre la molestia y la resignación. Adoraba a su hija, pero unas horas más de sueño no le habrían venido mal. Además, lo primero que intuía al despertar era el cuerpo de Hania a su lado, con Stan entre ellos, como si fueran una familia.

Atendió a la pequeña pelirroja. Le preparó el desayuno y aprovechó para comer él algo. Más tarde le ofrecería a la rubia, cuando despertase. Una vez hubieron acabado, dejó los enseres en la pila para lavar y, con Elba en brazos, regresó a la habitación.
La niña se quedó mirando a la cama, donde Hania abrazaba a su hermanito.
-¿Por qué está oscuro?
-Porque a la señorita Doe no le puede dar el sol.
-¿Por qué?
-Porque le hace daño.
-¿El sol es malo?
-No, pero a ella le hace daño.
-¿La señorita Doe va a ser ahora como mamá? -preguntó inocentemente al ver a la rubia en el lado de la cama que tradicionalmente había sido de su madre. En su cabeza, ésa era la cama de papá y mamá y Stan y ella tenían permiso para dormir en el lado de mamá cuando papá llegaba a casa, porque mamá ya no estaba. Así que, por lógica, si Hania estaba en ese lado, que era el lado de mamá, tenía que significar algo.

Clyven se sintió muy incómodo con la pregunta, pero su hija no lo notó. Se tomó unos segundos para hilar una respuesta, dejando a la niña de pie sobre el colchón y encendiendo una nueva vela para dar una tenue luz a la alcoba.
-No, Elba. La señorita Doe no puede ser tu madre. Tú ya tienes una madre. La señorita se ha quedado a dormir aquí porque el sol le hace daño y no podía salir. Así que compórtate como una niña buena o no querrá venir a pasar más noches contigo.

Elba asintió. Se comportaría bien. Le gustaba Hania y por un momento se había hecho ilusiones de tener una nueva mamá. Quería una mamá y Hania era perfecta. Clyven acomodó algunas cosas por la habitación y, finalmente, se acercó a comprobar cómo estaba Stan, que respiraba haciendo un suave pitidito a causa de los mocos.
-¿La he despertado? -preguntó cuando se dio cuenta de que Hania no estaba dormida-. Lo siento. ¿Quiere desayunar?
Porque si quería, se lo llevaría allí. Si no, aprovecharía para meterse otro rato en la cama, a ver si podía robarle unos minutos más al sueño y escapar del infierno que era tenerla allí, al alcance de la mano, dulce y maternal con sus hijos, objeto de deseo a sus ojos, y no poder -o no deber- hacer nada al respecto.

La vida era dura. No sólo la vida.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Sáb Dic 02, 2017 5:28 pm

Había escuchado a Clyven razonar con Elba y casi se echa a llorar. No podía ser su madre, ni la madre de nadie, nunca jamás, porque estaba muerta, porque no podría engendrar vida, porque lo único que podía ofrecer era muerte. Pero su corazón lo tenían ganados todos ellos, quizás no pudiera reemplazar a Erin, pero sí podía protegerlos, cuidarlos, velar por ellos al menos al caer la noche.

Como Clyven empezó a trajinar para ponerle el desayuno a Elba, la rubia se removió un poco y el capataz cayó en la cuenta de que estaba despierta al regresar a la habitación. Se incorporó un poco evitando su mirada, no podía mirarlo a los ojos y decirle que que le gustaría quedarse a dormir muchos más días pero no porque el sol fuera la causa.

No se preocupe señor Clyven, no tengo hambre, duerma un rato más, que le hace falta. Elba y yo podemos leer un cuento mientras.

Salió de la cama y se cubrió con una manta que había sobre la repisa, sentándose en el sillón que pretendía ocupar un rato antes el hombre. Elba se sentó sobre sus rodillas con un cuento entre las manos. Leer la distraería de pensar cosas absurdas y de esos pensamientos tristes y oscuros.

El león y la liebre. Cierto día, un León que paseaba por el campo, encontró a una Liebre dormir plácidamente, y cuando estaba a punto de comerla, vio pasar a un gran Ciervo. Entonces, el León, viendo beneficios, dejó a la Liebre para perseguir al grande y jugoso ciervo...Al iniciar la persecución, la Liebre despertó por tal ruido que al ver tal dilema, emprendió su huida. Por otro lado, el León, se canso de perseguir al ágil Ciervo, y regresando cansado a buscar su premio consuelo, no encontró a la Liebre. Ante esto, el León se dijo: "Bien me lo merezco, pues teniendo en mis manos una buena presa, la dejé por querer otra mejor."

Vaya, la fábula tenía una moraleja que en ese momento se le antojaba muy irónica. Quedaban bastantes horas hasta el anochecer, así que envió a Elba a por un peine y los pasadores que le regaló. Observó a Stan dormido y a Clyven junto a él y no pudo evitarlo, acarició los rizos del niño y le dio un beso en la mejilla y la del capataz también estaba tan cerca... que le dio otro. Peinó a la niña con un montón de trencitas que entrelazó después para hacer un recogido decorado con los pasadores. Empleó en ello casi una hora, jugaron a muñecas y a tomar el té, y cuando alcanzaron el mediodía Stan se despertó y con él Clyven.

Buenos días pequeñín ¿estás mejor? ¿tienes mocos? ven aquí.— Lo cogió en brazos y le sonó la nariz con su pañuelo. Mejor no mirar al padre porque como se hubiera enterado de ese beso en la mejilla ahora se moriría de la vergüenza.— ¿ha descansado un poco, señor Clyven?






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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Dom Dic 03, 2017 4:04 am

Por suerte para ambos, el beso de Hania había pasado totalmente inadvertido. Y era mucho mejor así, porque Clyven no hubiera sabido reaccionar en consecuencia. No estaba habituado a las muestras de cariño de personas ajenas y le costaba interpretarlas. Sabía que había personas para las que el contacto era algo natural y sin importancia, otras que, como él, necesitaban tener un rodaje para llegar a ese punto. Así que, como no sabía qué clase de persona era la señorita Doe, era mucho más sencillo para ambos que el beso se hubiera perdido en los sueños.

Stan había pasado la noche regular, pero cuando llegó su padre, acurrucado contra su pecho, recuperó unas cuantas horas de sueño, permitiendo al capataz hacer lo propio, al no tener que encargarse de Elba gracias a Hania.
-Buenos días, señorita Doe. Sí, gracias.
-¡¡Papá, papá!! Mira qué trenzas más bonitas me ha hecho la señorita.
-Preciosas -respondió escuetamente, ganándose a cambio una enorme sonrisa y un abrazo de la pequeña pelirroja. Se le enterneció el gesto.
-Papá, ¿puede quedarse la señorita a comer con nosotros?
El capataz buscó la mirada de Hania antes de responder. Una leve curvatura en el lado izquierdo de la boca le hizo las veces de sonrisa.
-Eso deberías preguntárselo a ella. Y darle las gracias por las trenzas. Ah, y preguntarle qué quiere comer si acepta quedarse.

Elba abrió los ojos cargados de emoción. ¡¡Hania iba a quedarse a comer!! Porque papá había dado permiso y seguro que ella decía que sí. Soltó a su padre y se acercó de nuevo a Hania.
-Señorita Doe... ¿Se queda a comer?
-sonrió, con esos ojitos que parecían decir "no puedes negarte y lo sabes."

Sin molestarse en ponerse algo más decente que el pijama, Clyven comenzó a trastear por la cocina para preparar algo con lo que llenar los estómagos. Sin embargo, su despensa no tenía grandes manjares. Había legumbres, algunas frutas, algo de verdura.
Se asomó de nuevo a la habitación que mantenía a oscuras.
-Elba, a vestirte.
-Pero estamos leyendo un cuento.
-Ahora.

Tenía que salir a comprar algunas cosas para poder ofrecerle a Hania un plato decente. Ya bastante abuso le suponía dejarla encerrada en su casa, a cargo de Stan, como para dejarle también a Elba. Se llevaría a la niña con él, aunque sólo fuera para que llevase el pan.

Cogió un pantalón, una camisa y los zapatos y salió a vestirse a la habitación de los niños. Cuando volviera, intentaría dejar la sala también a oscuras para que Hania pudiera abandonar la alcoba con seguridad.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Mar Dic 26, 2017 4:39 am

— No se preocupe señor Clyven, cualquier cosa me viene bien, no soy exigente con la comida.— básicamente toda le sabía a ceniza, así que no le importaba que le cocinase un faisán con salsas sofisticadas o unas lentejas.

Mientras padre e hija se fueron a comprar algunas cosas, aprovechó para calentar agua y bañar a Stan en la tina. Había sudado de la fiebre y el baño le sentaría bien, cuando acabó lo dejó jugando con un trenecito de madera. El olor a jabón se extendió por la casa y como ella también había perdido calor decidió sumergirse en el agua y de paso limpiarse la quemadura del brazo, el sol la había rozado provocandole ampollas dolorosas. No podía morir de infección, pero era molesto. El calor del agua le hizo recuperar un poco el color de las mejillas y la sensación cálida la hizo sentir mejor. Se vistió de nuevo anudandose en el brazo una venda para no dejar a la vista la herida, no quería que los niños se preocuparan.

Recogió la habitación, haciendo la cama y doblando la ropa, colococando casa cosa en su sitio y acariciando con las yemas de los dedos el pijama de Clyven. Se llevó la prenda a la nariz inspirando el olor del capataz y cerrando los ojos. ese hombre despertaba en ella un apetito voraz y no tenía claro que fuera sólo ganas de morderle el cuello, la removía de una forma que se asustaba de pensarlo; por su mente se sucedían unas imágenes que si tuviera que contarlas en voz alta se avergonzaría.

Elba y Clyven regresaron de la compra bien pasado el mediodía, estupendo, porque sólo quedaban unas pocas horas para el anochecer y podría irse a casa de Héctor, alimentarse bien y no ser más un peligro para esa familia.

Lamento mucho ser un estorbo, ni siquiera puedo ayudarles en la cocina porque la ventana no tiene cortina que la cubra...— le dijo a Clyven desde el fondo del pasillo donde la luz apenas llegaba. Se había recogido la melena con un lápiz para que no se le mojase en la tina. La silueta de Clyven se recortaba contra la puerta de la entrada, ese perfil tan masculino, con su gran manaza sujetando gentilmente la de la niña, y non podía dejar de pensar que quería algo así para ella. Que de ser humana habría sido absolutamente feliz en un hogar así, con dos pequeños a los que cuidar y un hombre fuerte y sereno al que adorar. Pero no lo era, y esas cosas las tenía prohibidas. El mismo Héctor había permanecido milenios solo. Assur había estado milenios solo y ahora se emparejaba con alguien que era igual de monstruosa que él, porque los humanos no estaban hechos para los vampiros, y ella intuía que en su caso acabaría siendo igual, sola por toda la eternidad o relacionándose sólo con los que eran como ella.

Regresó al cuarto y se sentó sobre la cama frotandose las manos, tratando inútilmente de preservar el calor en ellas, ya que Stan había corrido con su padre y su hermana y los oía cacharrear en la cocina.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Miér Ene 03, 2018 5:13 pm

Elba protestó un poco, pero acabó por acompañar a su padre, agarrada a su mano, que envolvía completamente la de la niña, mucho más pálida y pequeña. Fueron a por pan y queso, a por carne y algo de verdura. No iba a ser un banquete como el que seguramente Hania estuviera acostumbrada a disfrutar en casa de su tío, pero era lo que podía permitirse dada la premura y sus escasas dotes culinarias.

Al regresar, Clyven mandó a Elba a jugar con Stan para centrarse en la cocina. Se quitó la chaqueta y se quedó en mangas de camisa, con éstas subidas hasta los codos. Se movía con seguridad en la cocina, no era un gran chef, pero se defendía lo suficiente como para alimentar bien a sus hijos. Sólo se escuchaba el sonido del cuchillo contra la madera de la tabla.

La voz de Hania le llegó como un susurro. Al principio le costó entenderla incluso, porque estaba bastante concentrado. Pero el timbre de la rubia atraía su atención sin remedio, como un canto de sirena.
-No se preocupe, señorita Doe. Usted ya ha hecho bastante por esta familia.

Su voz sonó bastante formal, casi como le hablaba en el orfanato, mientras daba órdenes a sus hombres. Pero cuando se giró para mirarla, con el pelo recogido y húmedo en los mechones rebeldes que habían escapado de su improvisado moño, el cuchillo que tenía en la mano se le escurrió hasta el suelo. Apartó la mirada al momento y se agachó a recogerlo. No debía ni mirarla...

Por suerte para él, el pequeño pelirrojo hizo su aparición y le supuso una oportuna distracción. Se le agarró a la pierna y le miró hacia arriba, con esos enormes ojazos, pidiendole un trozo de pan. Cortó el pico de un pellizco y se lo dio.
-Toma. Pero sólo esto, que luego no comes. Ve a jugar con Elba y haz caso a la señorita Doe.

Obedientes, los niños fueron a reunirse con Hania, ajenos a que en la cocina, en silencio, su padre daba gracias y maldecía al tiempo que estuvieran allí. Porque, de no estarlo, seguramente acabaría haciendo algo imprudente, osado e inapropiado. Algo como robarle un beso a la rubia.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Mar Ene 09, 2018 4:11 am

La comida desprendía un olor que en otro tiempo le resultaba delicioso, ahora sólo era agradable porque le contaba la historia de alguien que está preparando un obsequio con esmero, un acto cotidiano pero lleno de amor. Por eso le gustaba hacer galletas, porque eran un regalo, ponía en ellas su alma para luego regalarlas.

Aparecieron por la puerta con las bandejas de la comida, para los niños era una aventura comer en la alcoba, ya que Hania no podía salir de ella. Cuando vio sus caritas y los platos humeantes trató de sonreir, pero tenía por delante un buen reto. Menos mal que le pidió a Héctor que la enseñara a comer comida humana sin vomitar ni montar una escena. Se sentaron sobre la cama y Elba le explicó todos los pormenores del cocinado. La rubia tomó los cubiertos y realizó el acto reflejo de tomar aire, era la hora de la verdad. Cortó unos trozos y se los metió en la boca masticándolos y tragándolos, se concentró en que le supieran bien y le ordenó a su estómago que los dejase allí, al menos por un tiempo. Sonrió a la pelirroja.

— Está muy bueno, y estoy segura que es porque lo has hecho tú.— Miró de soslayo a Clyven, a ver si había notado algún gesto de tensión en ella; sus ojos siempre eran escrutadores, como si la atravesaran cada vez que la miraba. Se comió casi todo el plato, pero como era de tamaño medio, se excusó con que no era muy comedora, a la vista estaba por su delgadez. A continuación llegó el postre...¡Oh, no! ¿También tenía que comerse eso? tenía que hacer el esfuerzo, los niños estaban mirándola. Se metió un bocado entre los labios y puso los ojos en blanco.

— mmmmmm...está... buenísimo.— ¡madre del amor hermoso! que ese fuera el último plato, por favor. Internamente estaba dando gracias a Héctor por sus enseñanzas porque de no ser por él ya habría llenado el edredon de vómito sanguinolento. Retiraron los restos de la comida y fregaron los platos mientras la rubia hacía acopio de resistencia para guardar toda esa comida dentro de su cuerpo. Según le había dicho Héctor, se acababa desintegrando en cenizas. Cuando regresaron con ella alzó la vista hacia la pequeña familia y sonrió, a pesar del mal trago de la comida, habían comido juntos, como si fuerab lo normal.

— Señor Clyven, si quiere descansar un poco le hará bien, también a Stan, que aún está un poco caliente, yo puedo quedarme con Elba bordando un rato hasta que baje el sol y venga Alida.


Cuando la muchacha viniera a quedarse con los niños y Clyven se fuera a trabajar, ella podría regresar a la mansión y beber un poco de Tyler para no descontrolarse, además de curar su quemadura solar. Sabía que Johari estaba fuera en el carruaje, lo podía sentir, y en nada tocaría a la puerta para asegurarse de que saldría al anochecer. Todavía no había terminado de pensarlo y el ayudante de Héctor llamó al timbre.

— ¿La señorita Doe se encuentra bien? vengo a decirle que la esperaré aquí para cuando pueda salir.

Héctor sabía que estaba bien, se lo había dicho mentalmente, pero aún así, agradecía su preocupación y que mandase a alguien a por ella. Tenía mucho que hacer en el Orfanato, pero esa noche la cogería de descanso, no quería forzarse y acabar perdiendo el control. El olor de Clyven la estaba enloqueciendo de hambre y lo que no era hambre. Si los niños no estuvieran tenía serias dudas de lo que habría podido llegar a hacer. Dudas que la avergonzaban profundamente, porque no quería molestar al capataz, ni que se viera obligado a rechazarla por niñata impulsiva.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Dom Ene 28, 2018 6:42 am

El capataz no se percató de los esfuerzos de Hania por pasar la comida. En su mundo humano y corriente, ella no era más que una señorita de clase alta con una extraña afección en la piel. Tal vez intuyó que las palabras que le dedicaba a los niños eran en parte falsas y que el sabor de la comida no era tan delicioso como quería hacerles ver, por no herir sus sentimientos. Él también estaba comiendo los mismos platos y, si bien eran aceptables, desde luego no los calificaría como manjares.

Lo dejó correr, por los niños, que estaban encantados con la presencia de la rubia, y por la deferencia que ella estaba teniendo cuando, acostumbrada a los manjares que seguramente servirian en la mansión Fortier, se conformaba con aquella comida que él podia ofrecerle. Ja, soltó una carcajada sarcástica en su mente, seguramente lo que él servía como plato principal fuera peor que los restos que retiraban de su mesa habitualmente.

Sintió una punzada en la boca del estómago; la brecha entre ellos eran innegable. Hania se codeaba con la flor y nata de la sociedad parisina, estaba al frente de un orfanato que su tio construía sólo por darle el capricho, lucía vestidos bonitos, tenía la piel pálida y suave como la seda...

Y él solo era un viudo de clase media que se dejaba el lomo para sacar adelante a sus dos hijos pequeños, con las manos rudas y callosas, de piel curtida y poco cuidada... No estaba hacha la miel para la boca del asno. Y allí estaba claro que la rubia era la miel y él era el asno.

Dio gracias al cielo cuando vinieron a recogerla, porque tenerla allí todo el día, tan dulce, tan bonita, tan entregada a sus hijos, tan tierna y maternal, tan perfecta... le hervia la sangre y tenia que morderse la lengua para evitar morderla a ella, para no deslizar la mano entre esas telas y alcanzar su piel.

La ausencia de Hania en esas horas fue un bálsamo que le permitió retroalimentar la realidad. Sólo era una muchacha generosa, que por algún azar de la vida se había encariñado con sus hijos. Para ellos era una figura maternal que realmente necesitaban. Fin.

Fin de la historia.

O asi debería ser.

Pero como la vida era cruel y despiadada, volvía a ponérsela en los morros una y otra vez, con esa tierna sonrisa con la que llegaba a su puerta a preguntar por los niños, a pasar un rato con ellos. Esa noche se había acercado hasta allí para asegurarse de que Stan estaba totalmente recuperado y para hacerles compañía hasta la llegada de la niñera.

Por supuesto, la llegada de la niñera implicaba que Hania se dirigiría hacia el orfanato para vigilar el avance de las obras de acondicionamiento. ¿Y quién trabajaba en ese turno, en el mismo lugar, controlando a los hombres de la fundición Vollan mientras descargaban el material y se afanaban en colocar correctamente las vigas? Exacto. Él.

Gruñó contrariado, puesto que todo el camino hacia el orfanato iría en compañía de Hania. Todo el camino rumiando en su mente lo mucho que le gustaba esa mujer y lo lejos que estaba de su alcance. Bien, ¿podía empezar mejor la jornada?

Sí, podía. Podía llover. Esa fina llovizna que muchos llaman calabobos y que comenzó a caer cuando apenas llevaban un par de calles de camino al orfanato. Sin mediar palabras al respecto, el capataz se despojó del abrigo que llevaba y lo dejó caer pesadamente sobre los hombros de Hania, sin opción a réplica.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Mar Ene 30, 2018 5:02 am

Tras aquel día extraño había estado pensando sin cesar en lo ocurrido. Aunque trató de dormir, no paraban de sucederse imágenes en su mente: el perfil de Clyven dormido, el acero de sus ojos al vigilar a Stan, el cansancio que se reflejaba en las arrugas de su ceño fruncido, la ternura de sus labios cuando besaba la cabecita de sus hijos...y ese aroma que la enloquecía, le despertaba un hambre voraz y atenazaba su cuerpo bajo el ombligo. Se sintió mejor tras beber y descansar y por ese motivo decidió pasar a ver qué tal seguía el pequeño hasta que llegase la joven que los acompañaría durante la noche. Salieron al exterior y pensó que Clyven se dirigiría a la fundición, pero casualidades de la vida, esa noche trabajaban en el orfanato, así que caminaron unas cuantas manzanas hasta el imponente edificio que ya iba cobrando forma.

La lluvia los sorprendió y galantemente, el capataz la envolvió en su abrigo. Iba a decirle que no hacía falta, que ella por desgracia ya no sentía nada, sólo el frío perpetuo, y además no podía enfermar; pero eso era un tema que aún no podía hablar con él. ¿"Aún"? ¿es que quizás albergaba la esperanza de poder decírselo algun dia? no, no. Si lo hacía seguramente Clyven cogería a su familia y se alejarían de ella cuanto más lejos mejor.

— le... invitaría a un café, pero tendré que hacerlo yo y no sé si estará tan bueno. La cocinera está de vacaciones, se casa pasado mañana.— sabía que Clyven no era muy hablador, tampoco es que a ella le molestase el silencio, pero a veces se sentía mejor si hablaba y todo parecía normal y cotidiano.— a veces me pregunto cómo debe ser ese momento, cómo alguien se puede dar cuenta de que quiere pasar el resto de su vida con esa persona. Mi tío es viudo, como usted, y siempre dice que jamás amará a nadie como amó a su esposa. Quizás por eso no está interesado en matrimonios de conveniencia, ni para él ni para mi.— sin darse cuenta, estaba reflexionando en voz alta sobre cosas que probablemente al capataz le dieran igual.— lo siento...son boberías mías, seguramente a usted esto le suene a tonterías, yo... no sé mucho de estos temas, pero sí sé que no podría vivir toda mi vida al lado de alguien al que no amase. La vida es cruel y cada día puede ser el último ¿por qué malgastarlo asi? Cuando estoy con Elba, Stan y usted es como...sentir el sol en la cara.

Ups...estaba pisando terreno cenagoso. Desvió los ojos y se arrebujó en el interior del abrigo divisando la verja del orfanato. Atravesaron las puertas y se dirigieron a las cocinas donde la rubia se desprendió del abrigo con cierta pereza, le gustaba sentirlo encima, oliendo a Clyven y a polvos de talco. Puso la cafetera como recordaba que era, aunque no estaba muy segura y le acercó las dos piezas al capataz.

— ¿Me lo puede enroscar?.— en realidad ella tenía mucha más fuerza por su naturaleza vampírica pero nunca lo recordaba.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Lun Feb 12, 2018 2:00 pm

-Estará delicioso -atajó.
Porque se lo iba a beber aunque fuera el peor brebaje del mundo, sólo por no ver un brillo triste en esos ojos claros. No podía evitarlo, la inocencia que reflejaban los ojos de Hania le provocaban una imperiosa necesidad de protección. Aunque no de la misma forma que le salía proteger a Elba; Hania ya tenía quien se encargara de eso. Era algo difícil de explicar, porque tampoco estaba enamorado de ella como lo había estado de Erin, pero sentia que podía llegar a quererla.

Ya la deseaba, aunque era consciente de que estaba fuera de su alcance. Quizás era que llevaba demasiado tiempo solo y centrado en sus hijos y de repente le surgían todos esos instintos. Pero era dueño de sus actos y sabía respetar los limites. Hania era una mujer preciosa, dulce y se habia encariñado con sus hijos. Además, era de algún modo su jefa actualmente, porque había contratado los servicios de Vollan y Vollan había delegado en él, así que era el capataz el encargado de hacer que todo se ajustara a los deseos de la rubia.

-Lo sabes -era así de simple, no podía explicarlo, porque no era bueno con las palabras o con los sentimientos, pero sí tenía eso claro. Se sabía, se sentía, era algo que le latía bajo la piel, que no atendía a razones sino que explotaba y se extiende por cada rincón de su ser-. Su tío tiene una posición lo suficientemente importante para permitirse pasar por encima de las conveniencias.

Y para permitírselo a ella, por supuesto. Pero eso no implicaba que él pudiera tener opciones con aquella mujer. Quizás no estaría avocada a un matrimonio acordado, pero estaba más que seguro de que tenía pretendientes con ofertas más interesantes que la que él pudiera llegar a hacerle, si se diera el hipotético caso de que eso pasara fuera de sus fantasías.

¿Qué podía ofrecer él a alguien como ella? Nada que mereciera la pena considerar.

Recuperó su abrigo y lo dejó sobre el respaldo de una silla para tener las manos libres. Apretó la rosca y se lo devolvió a Hania en silencio. Tampoco había mucho más que añadir, ya había empleado muchas palabras ese día.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Jue Feb 15, 2018 9:14 am

No podía decirle que su tio llevaba milenios solo a pesar de tener toda la fortuna del mundo y que él en cambio había conocido la felicidad con su mujer y sus hijos, algo que ellos tenían vetado como criaturas de la noche. Hizo el café y colocó unas pastas en un plato con una servilleta. Lo sirvió en unaz tazas, aunque ella apenas le daría un sorbo y se sentó frente a él manteniedo las manos en la loza para absorber su calor.

— A veces la vida nos arrebata las fuerzas. Pero luego nos da más razones para seguir adelante... Muchas veces lo que deseamos y lo que nos conviene no es lo mismo y yo me pregunto qué es mejor. Si hacer caso a la razón o al corazón.— sabía que no debería hablar con él, que no debería suspirar por él porque era humano y ajeno a su mundo, y así debería seguir, nadando en la ignorancia y siendo feliz con sus hijos, pero no podía evitarlo.— Señor Clyven, pronto las obras estarán acabadas y...no podré disfrutar de su compañía tan a menudo y... ni siquiera sé qué pretendía decirle...— se rascó la sien tratando de recuperar el hilo de sus propios pensamientos.— creo que...le echaré mucho de menos aunque... si usted quiere podría llevarle un café algun dia o... lo que quiera.
O besarle cuando esté dormido, o inspirar el dulce aroma que desprendía su piel y que le erizaba el vello, o imaginar en la oscuridad que su mano acaricia el corto cabello del capataz tendidos en la cama. Cerró los ojos un segundo tratando de espantar esas imágenes de su pensamiento. ¿Por qué no le decía ya que le gustaba? oh, no! se moriría de vergüenza en el acto. Él era un hombre curtido y sensato, serio, callado...y ella una cría con la cabeza llena de pájaros, a la par que un monstruo ávido de sangre.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Miér Feb 21, 2018 3:57 pm

Probó el café. Normal. No diría que era el mejor que había probado, pero estaba bien. Tampoco era muy exigente con esas cosas. No probó las pastas de momento.

-La vida es dura -típico, tópico, pero verdad. La dejó seguir hablando, porque él no era hombre de muchas palabras y porque le gustaba la voz de la rubia. Tenía voz de cuentacuentos, de ésas que te transportan a escenarios mejores que el mundo real. Le gustaría oir de su boca cuentos en casa, observando desde un discreto rincón cómo sus hijos disfrutaban de la historia. Pero eso no sería posible, ni adecuado-. Nosotros también -la echarían de menos, sobre todo los pequeños. Aunque él también. Más de lo que quería reconocer, porque reconocerlo implicaba aceptar otras cosas. Cosas que no debían pasar.

Se tomó un momento para pensar y ocultó su gesto tras la taza al beber. La idea de Hania preparándole café cada tarde se le antojaba tentadora, pero no podía aceptar. No cuando eso implicaría tenerla cerca y eso podría llevarle a una situación comprometida.

Él era hombre, viudo, de clase media, no tenía los rígidos cánones sociales a los que se enfrenteba ella y por mucho que su tío le diera manga ancha, dudaba que él pudiera entrar por ella.

-No sé si sería apropiado. Usted tiene una reputación que mantener, señorita, y dudo que pasar tiempo en casa de un hombre viudo... No quisiera causarle problemas.

Demasiadas palabras juntas y todas cargadas de mentira, porque sus pensamientos gritaban justo lo contrario, que quería que le hiciera café, la cena, el desayuno y lo que fuera.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Sáb Mar 10, 2018 1:47 pm

¿Cambiaría algo que si le dijera que Héctor estaba deseoso de que pasase algo ya entre ellos? aunque la alentaba a tratarlo como una mascota, como un experimento, pero el caso es que no podía estar más de acuerdo. Escuchó sus pensamientos y no pudo evitar entristecerse. ¿A eso se reducía el problema? ¿a la diferencia de clases?

lo que diga la gente...yo...— se sentó frente a él y tomó entre las manos una servilleta que dobló y desdobló de forma compulsiva, repitiendo el movimiento varias veces.— ... viví en una alcantarilla... tres años. Comía basura y sólo deseaba... morir. Que acabase el tormento y el miedo. Sé lo que murmuran de mi y de mi tio...cosas horribles que no son verdad...así que la gente dirá lo que quiera porque siempre es así, pero no me importa en absoluto. Esa gente no estuvo ahí para impedir que...— las manos comenzaron a temblarle recordando el ataque del orfanato de Saint Clemence. Los recuerdos se arremolinaban frescos en su mente, pero algun tipo de piloto automático conseguía que no contase la verdad completa.— los matasen a todos. La masacre del orfanato cinco años atrás...sólo yo sigo viva...Assur me recogió y después encontré a mi tio.— cerró los ojos con fuerza tratando de espantar esos recuerdos, la sensación de tener un agujero en el estómago y la cabeza dando vueltas, el hedor de la podredumbre de la alcantarilla y el tacto de su propia piel reseca y acartonada, pegada al hueso, más criatura que persona.— No me interesa la sociedad, ni sus fiestas, ni las meriendas...sólo... sólo quiero por una vez en mi vida saber lo que es sentirme... Disculpe.— Se levantó con cierta brusquedad porque notaba que empezaba a perder el control de sus emociones y cuando eso sucedía era peligroso. Salió afuera y el aire frío de la noche calmó la vorágine que se desataba en su cerebro, exhaló el aire retenido y se frotó los ojos.

Clyven estaba en lo correcto, esas cosas desataban escándalos, la gente era así de imbécil, y el que no se podía permitir en nigun caso perder su puesto era él. No debía encapricharse del capataz ni de esos niños, porque por mucho que deseara una vida sencilla, su vida sería de todo menos eso, ahora dirigía un orfanato y el hombre que la hacía suspirar tenía unas creencias férreas en la estructura social victoriana y mucho que perder si decidía nadar a contracorriente.

¿Pero cómo olvidarlo? ¿cómo sacarlo de su cabeza? eso era tan complicado como pedir que apagase su sed de sangre.Había memorizado cada uno de los gestos de Clyven que había presenciado, sabía cuantas arrugas se le marcaban alrededor de los ojos cuando se reía con ganas y eso sólo sucedía cuando estaba con sus hijos. Podría enumerar de memoria cuántas pecas tenía en el antebrazo derecho y si al atarse las botas hacía una lazada o dos. No conocía su cuerpo, al menos la parte que siempre iba cubierta y casi podía dibujarlo en su cabeza, pues lo había visto con todas sus camisas, unas más prietas que otras. Pero no podía tocarlo, estaba tan lejano como la luna a la que suspiraba Héctor y de este modo la tortura se hacía más dolorosa. Lo merecía por monstruo, porque debería haber muerto y no ser lo que era.





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