Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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La voz del cuentacuentos. (Priv)

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La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Vie Ago 18, 2017 5:51 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Los pasos apresurados resonaban en la fría calma de la recepción del hospital. Había abierto las puertas empujando con la parte posterior de un hombro, aprovechando el peso de su cuerpo y el empuje de sus piernas, porque sus manos estaban ocupadas sosteniendo contra sí su preciada carga.

Stan se ahogaba. No sabía muy bien por qué, pero suponía que era consecuencia del catarro mal curado que había tenido el pequeño un par de semanas atrás. Le había dejado dormido, junto a su hermana mayor, ambos en la misma cama. Tenía que irse a trabajar y el turno de noche le obligaba a dejar a sus hijos solos. No le gustaba la idea, pero no tenía otro remedio. Había intentado compaginar otros horarios tras la muerte de Erin, pero al final había acabado asumiendo que sus opciones eran las que eran y tenía que apañarse.

Acababa de abrocharse las botas y echaba mano a la chaqueta cuando una asustada Elba apareció en la puerta de su dormitorio, descalza y apretando la tela de pequeñas florecillas de su camisón en un puño. Tenía apenas cinco años, la piel clara y pecosa y una abundante melena pelirroja. Se parecía tanto a Erin que se le encogía el corazón.

-¿Qué?
-Papá, Stan está haciendo cosas raras y está muy caliente.

No le gustó cómo sonaba aquello, porque Elba era una niña pequeña, pero lo suficientemente inteligente para saber cuándo algo no era normal. Dejó la chaqueta tirada en la cama sin hacer y dejó que su hija le arrastrase de la mano hasta la habitación del pequeño.

Lo encontraron con los ojos como platos, sin ser capaz de romper a llorar, como si el aire no le entrase en los pulmones. Decir que se asustó sería quedarse demasiado corto.
-Ponte los zapatos y algo encima -cualquier cosa, no hacía falta ni que se vistiera.

Agarró al niño con la ropa de dormir y descalzo, cogió las llaves de la casa y esperó a que Elba llegase a su lado para salir con paso vivo hacia el hospital. Tenía unos veinte minutos caminando. Stan se agarraba a él y boqueaba. Su respiración no parecía suficiente para su pequeño cuerpecito, que hervía en fiebre. Tras él, Elba intentaba mantener el ritmo, vigilada, cada poco, por su padre. Lo último que necesitaba esa noche era que se perdiera.

En el hospital todo parecía demasiado tranquilo. Lógico, dadas las horas, pues la mayoría estaría ya durmiendo. Irrumpió, con la cara desencajada, Stan bastante asustado y Elba pegada a su pierna.
-No se quede ahí parada -le gruñó a la enfermera-. Vaya a buscar al médico.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Dom Mar 11, 2018 10:14 am

Echó mano para retenerla allí, para acabar de escuchar aquellas palabras que le sonaban demasiado hermosas para ser ciertas. Esperanza, rebeldía, quizás el atisbo de una oportunidad. Sabía que desearla no era apropiado, que todos saldrían lastimados si la situación se torcía, que él perdería el poco corazón que había sobrevivido a la muerte de Erin, que ella quedaría marcada para sociedad, que la repudiaría y ningún caballero la querría si él la deshonraba, los niños perderían aquella figura que habían adoptado como sustituta de una madre que les fue arrancada demasiado pronto.

Todo era demasiado complicado y, sin embargo, ahí estaba ese pensamiento, esa idea descabellada de que podría salir algo más de aquella conversación. Hania quería sentirse viva. Él... quizás era lo único que podía ofrecerle.

Intentó atraparla pero se le escapó como arena entre los dedos, dejándole una sensación extraña y un dilema en la cabeza. Podía apurar aquel café y volver al trabajo, olvidar ese instante de luz en la penumbra de su vida. Podía seguir adelante con su mediocre existencia, en una lucha constante donde no habia un mísero remanso de paz.

O podría arriesgarse y tomar aquello que veladamente se le ofrecía, si no había entendido aquella situación completamente al revés. Era un riesgo demasiado grande, uno que tenía muchas posibilidades de acabar mal, pero...

Apuró el café.

Se levantó y salió tras Hania. La observó unos segundos, casi etérea bajo la luz de la luna. Parecía un hada de ésas de los cuentos que a veces les leía a los niños. Por un momento pensó que, si la tocaba, estallaría en millones de diminutos cristales de colores.

Pero su mano, grande, ruda y morena, tocó la suavidad de la tela que cubría ese hombro, blanco como la nieve. ¿Sería su piel igual de suave que aquel tejido? Seguramente más. Deseó recorrer cada rincón. No debía, pero igualmente lo deseó.
-No tengo nada que ofrecerle, señorita Doe. Nada más allá de problemas.

Oh, pero había un pero subyacente, patente en el tono abierto de la frase. No tenía nada que ofrecer a una mujer como ella, que ya poseía todo. Nada salvo él mismo. Y esas ganas arrolladoras de besarla. Si había un Dios en el cielo, haría que se marchara, que no le mirase. Porque si le ponía al alcance esa boca de labios inocentes... Iba a enseñarle lo viva que podía sentirse con un simple beso.


Última edición por Clyven el Miér Mar 21, 2018 1:38 pm, editado 1 vez



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Mar Mar 13, 2018 9:20 am

Los sueños eran una tortura. ¿Para qué tener la capacidad de soñar si luego no se podían cumplir? albergar esperanzas de tener una vida más o menos "normal" era destructivo, como bien le advirtió Assur, eso no podría pasar jamás y empezaba a comprender lo que significaban sus palabras "eres la vergüenza de tu raza superior". Sufría enormemente por un humano que bien podría morir esa misma noche de un infarto, o de accidente o quizás en dos semanas agotado por una disentería. La frágil vida humana que sólo tenía una certeza: que algún día moriría y ni siquiera podían elegir cuándo.

No se esperaba su tacto en el hombro, quemaba, abrasaba a su paso y la agitaba como una hoja al viento. Se giró para enfrentar las miradas, a veces más sinceras que las palabras, y descubrió en la de Clyven un puntito de esperanza, una brizna minúscula de ilusión. De la misma forma que ella, no se había permitido a si mismo desear nada para él, ser egoista por un miserable segundo en su vida, pero el momento de serlo acababa de presentarse fugaz y quizás efímero. O lo tomaba o lo dejaba, pero si no era entonces, no sería nunca.

— Tener problemas es pasar la noche en el calabozo por estar en el lugar equivocado; estar con usted es como pasear bajo la lluvia rumbo a casa donde la chimenea está encendida. Ojalá los problemas fueran siempre así.

Elevó su mano hacia la mejilla de Clyven que la miraba con esa intensidad contenida, como si fuera un cazador nocturno acechando, presto a saltar sobre una pieza importante. De haber tenido corazón en el pecho, estaría desbocado, latiendo sin control, y a pesar de ser extraño, su mente reproducía la sensación, realista, golpeando en sus sienes, acelerando el tiempo y deteniéndolo a la vez en una pausa expectante.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Miér Mar 21, 2018 5:02 pm

Ojalá los problemas fueran siempre así.


El mundo estalló en millones de pedazos en un instante que pasó ante sus ojos muy lentamente, como si fuera eterno. La sensación de ver pasar la vida por delante cuando se estaba a punto de morir debía de ser muy similar a aquella. ¿Cómo iba a mantener la cordura? ¿Cómo iba a resistir la tentación cuando ésta le miraba con esos enormes ojos cargados de dulzura, cuando le hablaba con esa voz inocente? La tierra se abría bajo sus pies y notaba que caía a un abismo sin retorno.

Cerró los ojos un momento al sentir el tacto de los dedos pequeños y fríos contra la mejilla, rogando por que fueran una ilusión, por que, al abrirlos, Hania no estuviera frente a él y ese roce no fuera otra cosa que el viento de la noche parisina.

Pero no.

Allí estaba ella, preciosa, inalcanzable, con esos labios que le hacían desear pecar una y mil veces. Aunque hacerlo implicara meterse en problemas. Un hombre como él, con una dama como ella... No había futuro. Y, sin embargo, la tenía frente a él, mirándole a los ojos con la intensidad de una muda promesa, de estar los dos en la misma página, aunque fuera una página prohibida a ojos del mundo.

Incapaz de mantener la firmeza por más tiempo, Clyven dio un paso al frente, acercándose aún más a Hania, tanto que sus cuerpos se rozaban. Atrapó la mano de la joven con la suya, obligándola a quedarse donde estaba, contra su mejilla. La otra voló tras la rubia, atrapándola en un posesivo abrazo, demasiado apretado para lo que las altas esferas francesas considerarían decoroso. Se inclinó hacia ella, liberando la mano que tenía atrapada para llevar la propia a su nuca. Si iba a jugarse el futuro, haría que mereciera la pena.

Su boca encontró por fin la de Hania, como un nómada sediento que encuentra un oasis de agua fresca en el árido desierto. Contuvo la respiración sin ser verdaderamente consciente de que lo hacía, tal vez temiendo que la frágil figura de cristal que se le antojaba Hania se rompiera bajo su toque. Sus labios, secos y cortados por el frío, acariciaron los de la muchacha apenas un instante antes de que su lengua invasora quisiera tomar posesión del pequeño espacio al que se había reducido el universo.

No supo cuánto duró ese beso, ni le importaba. Mas al separarse, la retuvo allí, pegada a su cuerpo, dejando que sintiera el pulso acelerado bajo su piel, su respiración agitada, el sutil aroma de la atracción.
-Debería pedir formalmente a su tío permiso para visitarla.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Jue Mar 29, 2018 4:28 am

El corazón de Clyven batía furioso y acelerado y ella lo sentía en su propia cabeza retumbar como un tambor golpeado por algún gigante del Olimpo. Los segundos discurrían agónicos, a cámara lenta, como si quisieran retrasar ese momento eternemente y en un instante su mente deseó que no se parase el tiempo, que no le jugasen esa mala pasada ahora que estaba tan cerca de pasar lo que tantas veces había deseado.

Su mano la arrastró contra el cuerpo del capataz y la otra se enredó en su nuca, como si la envolviese una red que jamás la dejaría caer al vacío, vacío que sentía en su ombligo y en su pecho instantes antes de juntar los labios con los del humano. Había saboreado los labios de Héctor y de Assur, pero era muy distinto, esta vez era como si fuera la única vez que hubiera besado a alguien, todo parecía encajar, su inseguridad desapareció y reclamó más segundos al tiempo para saborearlos, sin separarse de él, arrugando entre sus dedos la pechera de la camisa. Tenía pánico de descontrolarse por la sed, de probar el sabor de la piel de Clyven y volverse una bestia sanguinaria, pero eso sencillamente no estaba sucediendo, tan sólo la había invadido el calor de golpe, coloreando sus mejillas y despertando otras sensaciones en su cuerpo que intuía por dónde iban, aunque en ese momento no serían saciadas, ya tenía mucho que digerir.

Las palabras del capataz resonaron casi huecas en sus oídos, abriéndose paso hasta esa parte del cerebro que todavía no se había quedado petrificada aunque funcionaba al ralentí, y algo hizo "click". Hania salió de ese estado de estupor para reir suavemente, sin apartar los labios más que unos milímetros de los Clyven.

— Debería... mi tío se lo dará y...yo creo que debería dejar de llamarle de usted, aunque se me va ahacer raro.— Su tío se iba a descojonar vivo, pero era algo que delante del humano no haría; al cerrarse la puerta sería otro cantar...

Allí parados en la puerta de la cocina, el tiempo se había detenido y no importaba nada más. Apoyó la cabeza contra su pecho y rodeó con los brazos su cintura, cerró los ojos un instante suspirando. Parecía que las alcantarillas no habían existido nunca, que el dolor, la sed y la locura jamás hubieran pisado su cuerpo, era como si acabase de dejar atrás toda esa vida infame para despertar a una nueva donde la luz venía de la mano de ese hombre y esos niños. ¿Esto quería decir que a partir de ahora podía abrazarlo cuando quisiera? ¿y besarlo? ¿y cogerlo de la mano? Le entró cierto vértigo y se apretó más contra él.

se...Clyven...— iba a decir señor Clyven, pero se frenó a tiempo para no decirlo. Su nombre sonaba tan bien dicho sin las barreras del trato formal.— siento desde ya cualquier problema que vaya a causarte...pero...ha sido el mejor beso de mi vida.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Sáb Mar 31, 2018 3:12 pm

Se rió.

Una risa grave y ronca que podía notar vibrar en su pecho. No eran carcajadas estridentes, ni sonoras, ni una risa abierta y llamativa. Era más bien un sonido ahogado, a medio disimular. Ése que se hacía cuando uno no quería reírse, pero no podía evitarlo, cuando la risa venía provocada por la felicidad, más que por la diversión.
-Vaya, gracias.

La abrazó contra su cuerpo un poco más, pegando los labios a su pelo. En su cabeza, se repetía una y otra vez que era una locura, que no podía acabar bien, pero que le daba igual, que quería hacerlo, que quería intentarlo, que Hania merecía el esfuerzo, que los niños la adoraban y que a él le gustaba y creía que podía llegar a quererla muchísimo.

-La semana que viene -que en realidad empezaba en un par de días-, el día que creas conveniente, iré a hablar con tu tío. Quiero que sepa que mis intenciones son honestas.

Porque las deshonestas tampoco era necesario especificárselas, suponía que se haría una idea. Por suerte, los niños eran aún lo suficientemente pequeños como para que las explicaciones no fueran demasiado complicadas.

-Deberia volver al trabajo. -Se separó de ella, pero mantuvo una de sus manos agarrada, para elevarla y darle un beso en el dorso-. Volveré para despedirme como es debido.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Vie Abr 13, 2018 11:34 am

Asintió a su petición de hablar con Héctor y lo dijo sin pensar.

—El lunes estará bien.— Porque ¿para qué tendría que esperar más si el lunes podía solucionarlo? Cualquiera diría que le corría prisa, y en parte así era... no fuera que Clyven cambiase de opinión en dos o tres días.

Tomó su mano y la besó con delicadeza, diciéndole que debía regresar a trabajar pero que volvería para despedirse como estaba mandado. Lo siguiço con la mirada hasta que desapareció por el jardín y un rato más, embobada por lo que estaba sucediendo en su vida. ¿Eso había sido real? ¿de verdad había pasado y no era una alucinación de su mente enferma? Se volvió y retiró la taza de café...no, esa taza se la había bebido alguien y no era ella, era real. Había dicho que regresaría para despedirse...pero el despacho estaba arriba, después de unos intrincados pasillos, y ella tenía mucho que hacer...pero si regresaba y no estaba allí..¡ay dios! estaba tan nerviosa que no atinaba. Finalmente fregó la taza, la colocó en su estante y salió corriendo a recoger papeleos pendientes que bajó torpemente a la cocina. Se le desparramó la carpeta entera y tuvo que recogerlos del suelo, apilarlos, volverlos a ordenar y buscarles hueco, porque aqullo no era un despacho sino una cocina con un obrador y una mesita pequeña para el descanso de los cocineros.

Encendió allí una lámpara y se puso a devolver correspondencia pero sus trazos eran temblorosos porque no coneguía centrarse y cada 2 segundos miraba la puerta. "¡Venga ya, Hania! su turno acaba al menos en tres horas, no va a entrar aún..." pero la ilusión era una poderosa motivación que distraía sus ojos y sus manos. En ningun momento se le ocurrió pensar que "volver para despedirse" implicase que tuviera que esperar justo allí, que el capataz sería perfectamente capaz de encontrar el despacho.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Dom Abr 22, 2018 6:30 am

Siguiendo la lógica, Clyven acabó su turno, despidió a sus hombres y fue a hablar con la señorita Doe. El primer sitio al que fue a buscarla fue el más obvio, el despacho. Pero ahí no estaba. Supuso que había tenido algun asunto que atender relativo al orfanato y se paseó por los lugares donde estaban trabajando en las reformas y adecuaciones, a ver si la encontraba. Al no hacerlo, acabó volviendo a la cocina.

No comentó nada sobre por qué estaba allí, porque ella tendría sus motivos para elegir un lugar de trabajo u otro y él no le daba importancia a esos detalles. Además, agradecía la soledad que ese emplazamiento les proporcionaba tras el cambio de turno. Los que salían no irían allí, porque deseaban volver a sus casas. Los que entraban no acudirían hasta la hora de sus descanso.

-Hania -la llamó en voz baja para atraer su atención. Le sonaba raro pronunciar su nombre en voz alta cuando ella pudiera escucharle, porque a solas, hacía tiempo que su mente había borrado la formalidad-. Debería acompañarte a casa. Está amaneciendo -y no quería que tuviera problemas con esa extraña afección solar.

Y hubiera insistido hasta salirse con la suya, de no ser por el carruaje con espesas cortinas que ya la esperaba en la puerta y que su tío había mandado a buscarla, por si se veía en la necesidad de volver bajo los rayos del sol. También podía quedarse en el orfanato hasta que cayera de nuevo la noche, pero eso era su elección; Héctor sólo le daba facilidades.

Clyven debía, además, volver con los niños. Así pues, tomó a Hania en sus brazos una última vez para darle un beso que ya se creía con cierto derecho a disfrutar y se marchó de regreso a casa, para dormir unas horas antes de que los dos torbellinos pelirrojos que tenía en su vida le despertaran.



El lunes por la tarde, antes de entrar a trabajar, Clyven se encaminó a la mansión Fortier. Por el camino había ido dándole vueltas a lo que quería decir y cómo, a si sería o no capaz de conseguir convencer a un hombre que nadaba en la abundancia que lo que le llevaba allí era su sobrina, por sí misma, y no por la dote que la acompañaba.

Era un obrero, vivía bien y su sueldo le permitía algunas comodidades, pero no dejaba de ser de una clase bastante inferior a ellos, que poseían prósperos negocios y hasta se permitían crear una fundación y un orfanato con lo que les sobraba.

Se había vestido para la ocasión, con una de las dos camisas que reservaba para los domingos y ocasiones relevantes y la última chaqueta que había comprado. Por supuesto, tendría que pasar de nuevo por casa para cambiarse para el trabajo, pero quería causar una buena impresión en el tío de Hania y eso pasaba por ofrecer el mejor aspecto que pudiera.

Llamó a la puerta de la impresionante vivienda y se sintió de nuevo insignificante. ¿Qué hacía él allí? Debería marcharse por donde había venido y asumir que ese precioso sueño llamado Hania no era para él.

Aunque lo cierto es que nunca se le había dado bien eso de renunciar a lo que quería, por mucho que costase. Así que esperó a que le abrieran y que le llevaran a la biblioteca, donde el señor de la casa le recibiría en compañía de su sobrina.

Héctor le recibió con cordialidad, pero sin demasiada cercanía, muy en su papel, aunque Hania podría percibir cómo en su mente era todo diversión. Oh, sí, lo que estaba disfrutando con aquello.

Clyven le dedicó una breve sonrisa a Hania, como saludo, ya tendrían tiempo para más. Estrechó la mano de Héctor, con las clásicas frases protocolarias, y a la mínima oportunidad, fue directo al grano.
-Vengo a solicitar su permiso para visitar a su sobrina, para en un futuro y si ella acepta, pedir su mano.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Lun Mayo 07, 2018 3:23 am

Desde esa noche en el orfanato y hasta el momento en el que sonó el timbre el lunes al caer el sol, Hania había estado en una nube, se despistaba con frecuencia, le hablaban y a veces ni se enteraba que lo estaban haciendo, hasta se le olvidaba comer, aunque eso no era precisamente una novedad. Sencillamente no podía creer que estuviera al fin pasando, que pudiera tener a Clyven así, de esa forma, tan cercana, pronunciando su nombre si el "señorita" delante. No podía aún creer que esos besos fueran suyos y solo suyos, que por fin el capataz se hubiera decidido a dejar atrás los mil "contras" que tenía aquello para fijarse el "pro". Flotaba, se sentía etérea, feliz y a la vez nerviosa, como si en su pecho anidasen un millón de hormigas.

Cuando lo vio entrar con su camisa y su chaqueta como aquella vez que fueron al circo no pudo evitar suspirar, lo veía tan tremendamente guapo que aún dudaba que estuviera allí. Héctor se había estado riendo por los rincones, soltando alguna que otra pulla que la rubia no acababa de entender, pero al menos le alegraba que el titán no estuviera reticente ni malhumorado, sino al revés.

Lo hicieron pasar a una sala donde Héctor recibía a la visitas con una copa en la mano. Uno de los sirvientes le ofreció otra a Clyven y otra a Hania, que bien sabían que no bebía, pero era el protocolo social. Tomaron asiento y la vampira creía que charlarían primero un poco sobre todo, sobre el orfanato, sobre los niños de Clyven...pero no, el capataz fue directo al grano y Hania casi se cayó de la silla cuando escuchó "y pedir su mano si ella acepta". ¿Pedir su mano? ¿pero en qué realidad podría suceder eso? sintió tan vértigo que palideció para luego incendiar sus mejillas de los nervios. Miró a Clyven sorprendida y despues a Héctor con gesto de "por favor, por favor, por favor...no digas que no".





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Lun Mayo 14, 2018 3:20 pm

Observó al tío de Hania intentando disimular su nerviosismo. No era un trago fácil para nadie y menos para un hombre como él, poco dado a los sentimentalismos. No obstante, la rubia lo valía.
En esos días había barajado muchas opciones y hasta había estado a punto de echarse atrás. Pero luego había pensado en Hania, en no ver más esa sonrisa, en no poder besarla, en la forma tan estúpida en que la perdería... y había decidido que no, que prefería arriesgarse a que su tío intentara separarlos, a que le echara en cara que apuntaba demasiado alto, que no era consciente de su posición... Lo que fuera. Lo aceptaría.

Sin embargo, ese hombre sólo le miraba con una expresión que parecía divertida, como si se aguantara las ganas de reírse en sus narices. No tenía claro si era porque buscaba humillarle o qué. Frunció levemente el ceño, esperando su respuesta.
-Bien. Comprenderá que, dadas las circunstancias, me preocupen los motivos por los que se acerca usted a mi sobrina. -Clyven fue a responder, pero Héctor le cortó con un gesto de la mano-. No sería usted el primero que pone una oferta de matrimonio sobre la mesa y lo único que busca es una dote. Usted, además, tiene dos hijos que mantener y ese dinero supondría un desahogo.

-Soy perfectamente capaz de mantener a mi familia sin depender de su dinero, señor Fortier. Y no me agrada que se refiera a Hania como si fuera una moneda de cambio. Si estoy hoy en su casa es por ella, no por su dinero.

-Nos entenderemos bien, entonces -añadió el vampiro con una sonrisa-. Puede usted visitarla, previo aviso. E invitarla a pasear, a cenar o alguna velada. Con o sin sus hijos. Le hago responsable de su seguridad y su bienestar mientras esté con ella.

Clyven asintió ante esas condiciones, eran razonables.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Jue Mayo 31, 2018 11:37 am

Héctor fue rotundo cuando le dijo al capataz que si iba buscando una dote se podía esperar sentado. Aunque el momento fue algo incómodo, Clyven también fue igual de rotundo con su respuesta y a Hania se le encogió el corazón muerto en el pecho. No podía dejar de pensar que por primera vez alguien la quería en su totalidad por ella misma...pero "en su totalidad" era en verdad un término incierto, porque Clyven no sabía su verdadera naturaleza.

Debería decírselo ahora que aún era pronto, pero si eso lo hacía recular... tenía mil dudas al respecto, porque quizás fuera más fácil que comprendiera que ella no era sólo unos colmillos cuando la conociese mejor.

Terminada la charla se levantaron y salieron por la puerta rumbo a algun lugar fuera de la mansión, a pasear o lo que quisieran porque...eran libres de hacerlo. La rubia exhaló el aire a modo de reflejo.

ha sido...un poco... incómodo. Pero sé que dices la verdad y mi tío acabará por verlo.— Entrelazó los dedos con los del capataz y mientras salían por la verja se cruzaron con Tyler, el hombretón que solía darle sustento a Hania. Le hizo una pequeña reverencia y Hania le dijo un "adiós, Tyler" sin darle más importancia. Pero Clyven endureció el gesto de forma imperceptible y se afanó a aclarar.— Trabaja para mi tío, es uno de sus hombres de confianza.

Porque decirle que era su saco de alimento hubiera sido raro y macabro. No pudo evitar sonreir cuando vio el gesto serio de Clyven y se detuvo poniéndose frente a él y mirándolo con esos ojos enormes.

¿de verdad te preocupa que...? ¡oh! eso es...nadie se había preocupado por mi de esa forma...— alargó las manos para acariciar las mejillas del humano.—No podría fijarme en nadie que no fueras tú...si aún me cuesta no tartamudear al hablarte.

Se estrechó contra él en un abrazo cálido, siempre le habían reconfortado mucho más los abrazos que nada en el mundo, pero tampoco había por qué elegir ¿cierto? así que levantó la barbilla pidiendo un beso, porque ahora que podía, no iba a desperdiciar ninguna oportunidad, que más valía tener que desear.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Vie Jun 01, 2018 6:15 pm

No le gustó Tyler. No podía decir por qué, pero habiá algo en la forma en que miró a Hania... Como si compartieran algo a lo que él era ajeno. Hania pareció percibirlo, porque se apresuró a explicarle quién era.

Vale. Bien. Pero seguía sin gustarle. De algún modo, se sentía muy territorial. No era algo que pudiera explicar, pero le había pasado desde que tenía memoria, como si hubiera algo en él que sintiera que todo era una amenaza para arrebatarle o poner en peligro lo que le importaba.

Y en esos momentos, lo que le importaba eran sus hijos y esa preciosidad rubia que se acurrucaba contra su pecho, saltándose todas las formalidades propias de su clase. La envolvió en un abrazo protector, posesivo.
El sabor de aquellos labios fríos era tan anhelado que parecía no tener suficiente. Pero no debía, por mucho que ansiara secuestrarla y llenarla de caricias, era un hombre respetuoso a su manera y no llegaría más lejos de lo que debiera llegar. Había conseguido permiso de su tío para conrtejarla y por esa noche era bastante logro. Además, esos besos dulces eran el mejor de los premios.

-He de marcharme al trabajo, pero... prometo enviarte una nota, concertando una cita. ¿Dónde te apetece ir?

No se lo había dicho aún a sus hijos, porque eran demasiado pequeños para entender las implicaciones de un cortejo, se lo diría cuando llegara el momento de concertar el matrimonio y Hania estuviera ya en trámites para dejar de ser la sobrina de Fortier para convertirse en su mujer.



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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Hania Doe el Mar Jun 19, 2018 3:44 am

¿Que dónde la patecía ir? al fin del mundo si era necesario, con él iría hasta debajo de un puente a vivir. Se dejó caldear en ese abrazo, kilos y kilos de carne, piel y ...sangre rodeándola. Pero por extraño que pareciese, no lo veía así, pesar de que para ella no debería ser más que un filete de la cena, era incapaz de verlo como un alimento.

Elevó la barbilla para enfrentar sus ojos con una amplia sonrisa, tenía ganas de gritarle al mundo que las clases no importaban, que todo eso de las apariencias era una chorrada, que lo verdaderamente importante es que su corazón tenía dueño y éste le correspondía y no había nada más importante que eso.

Donde te sientas más cómodo. Aunque no me crees...a mi las apariencias me dan igual, aunque mi tio dice que sirven para hacer mejores negocios. ¿Quieres ir a ver los fuegos artificiales del cuatro de julio? es una de esas cosas que sólo son bonitas de noche.

Porque cuando tu vida era la noche eterna te acostumbrabas a buscar estelas de luz que la llenasen de algo más que el vacío y la oscuridad. El cielo se pintaría de colores, de gente riendo y celebrando y podría salir a la calle de la mano de Clyven, como una persona normal.

Mañana pasaré a ver a Stan y Elba, se lo prometí y tengo ganas de verlos. Cuando esté todo acabado, me encantaría que vinieran alguna noche a dormir aquí, será como una aventura con los demás niños.

Y si él quisiera... si accediera a quedarse alguna noche también... enrojeció de pronto por pensarlo, quizás después de todo sí le diera hambre su cercanía, su aroma, su intensa forma de ser. Un beso más, uno tan sólo antes de irse...se puso de puntillas y reclamó lo que todo su ser le pedía. Cuando el capataz de marchó, enfiló de nuevo hacia la mansión resoplando, porque de seguro Héctor la estaría esperando con media sonrisa socarrona. Pues esta vez le daba igual, porque por fin se sentía dueña de sus pasos, de su vida, de su destino. Quería a ese hombre y lo estaba consiguiendo, a pesar de todo, a pesar de si misma y de sus dudas, esta vez nadie podría quitarle lo único que había deseado de forma egoísta para ella.





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Re: La voz del cuentacuentos. (Priv)

Mensaje por Clyven el Jue Jun 28, 2018 12:15 am

Los besos de aquella mujer eran adictivos. Podría pasarse la noche entera pegado a esos labios de porcelana, fríos, pero extrañamente atrayentes. Cada roce parecía robarle un poco de calor, pero a cambio sentía que explotaba todo su cuerpo.
Él no lo sabía, pero era parte del influjo de los vampiros. El sentimiento que había nacido por la rubia era real, pues jamás había probado su sangre, así que no tenía el vínculo de un esclavo. Pero la reacción física de su cuerpo, las sensaciones que percibía, la forma en la que cada sutil roce disparaba su deseo…
Después de todo, los vampiros estaban hechos para atraer.

Con mucho trabajo, se separó de su cuerpo y se obligó a mantener la compostura. Algo difícil, con todo lo que la deseaba, con el anhelo reprimido por recorrer su piel y despojarla de esas ropas que la hacían parecer una muñequita de porcelana para descubrir a la mujer en la intimidad.
-Los niños estarán encantados de verte. Sabes que te adoran. Tanto como yo.
Un último beso en la frente y se marchó, porque si no lo hacía ya, no lo haría. Y no estaba en disposición de perder el trabajo. No con dos hijos que mantener, una casa que sacar adelante y un cortejo que acababa de comenzar y que implicaría salidas y atenciones que deseaba dar, pero que no podría permitirse a los niveles a los que la rubia debía estar acostumbrada. Así que necesitaba trabajar duro, todas las horas que fueran posibles, para poder dar a sus hijos y a la que esperaba fuera su mujer una vida agradable.
Tal y como habían acordado, envió una nota con unas escuetas líneas para ir a ver los fuegos artificiales. Pasaría a recogerla al anochecer, aprovechando que esa noche la tenía libre.

Puntualmente estuvieron allí, él y los dos niños, porque querían ver los fuegos, querían ver a Hania y él no tenía con quién dejarlos, ya que la niñera también tenía el día de descanso. Así que rezó internamente porque la rubia aceptara de buen grado la presencia de los niños y que, cuando éstos cayeran rendidos unas horas más tarde, ellos pudieran tener un momento para disfrutar de la compañía del otro y, tal vez, pudiera estrecharla de nuevo entre sus brazos.



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